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Full text of "Historia de la Revolución y Guerra de Cuba"

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HISTORIA 



DE LA 



I|EV0LÜGI0I1 Y GÜERRjl DE CÜBjl. 



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133 XjA. 




1 Clli II 



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Gil Gelpi y Ferro, 



Cuando se reflexiona sobre los ríos de sangre 
y de Ingrimas (jue cuestan á la humanidad algunos 
errores, que hubieran podido destruirse con facilidad, 
antes de haber adquirido crédito, uno se pregunta 
si el (jue conoce la verdad tiene el derecho de ca- 
llarse, y si no debe tener siempre valor para decirla. 

Lcttres á Mr. iJAbbc de Pradt^ par un indi- 
gene de VAmerique du Snd.- — Paris, l8l8. 



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Tipogrrafia de la GACETA OFICIAL, Teniente Hey 23. 



lesT. 




ící/ iizemolict t/ye ícá uae ríuict/níe 



f¿te% aiios tte ttichw Ue/encltelorv en ta 




cíe ^2¿í6a^ ítt ^Q0cvn€lelco r^ánttnoux/. 



éil (6clpi ij Jíi}rro. 






PROLOGO. 



Sin reunir las altas dotes que se requieren para ser un buen histo- 
riador, y conociendo el temple de alma que se necesita para hacerse 
superior á la crítica, voy á escribir la Historia de la Revolución de 
CuHA, por considerar el asunto más digno de estudio, si cabe, que el 
de la Revolución de los vireinatos del Continente Americano; princi- 
piada cuando las Legiones del Emperador de los franceses, al parecer, 
eran dueñas de la Península Ibérica, teniendo al Rey de España cauti- 
vo, y terminada después de catorce años de sangrienta lucha, con 
suerte fatal para la Metrópoli; quedando aquellos pueblos de distintas 
razas, antes tranquilos, ricos y felices, entregados á la anarquía, la 
guerra civil y la dictadura. 

Habiendo estudiado desde joven los acontecimientos de América, 
y después de haber tomado parte activa en la discusión de los proyectos 
que presentaban los hombres que pretendieron llevar á cabo la Revo- 
lución política y social, que debía separar las Islas de Cuba y Puerto 
Rico de la Metrópoli; teniendo reunidos muchos materiales de diversas 
procedencias, á pesar de mis limitados medios, espero dar interés á 
este trabajo.. Como después de treinta años de escribir para el públi- 
co, amigos y adversarios políticos me conceden rectitud de intención 
y firmeaja de carácter, creo que podré tratar de los hombres y de Ioí? 



— 8 — 

sucest^ con exactitud é i ni ¡jare ial ¡dad, dejando consignadas en estas 
páginas grandes verdades y lecciones que deberán estudiar los pueblos 
y los gobiernos de nuestra Patria. 

Éntrelos innumerables hechos históricos, actos de , valor y emi- 
nentes rasgos de abnegación y patriotismo que delx) referir, me veré 
en la necesidad de intercalar las faltas y errores que se han cometido; 
los males que pudieran haberse evitado y el daño que han producido la 
vanidad, la ambición y el egoismo de colectividades é individuos; 
[)ero, cumpliendo con el deber de referir los sucesos con verdad, diré 
lo íjue un historiador hisi>ano americano al reseñar las desgracias de su 
Patria: 

**Me es ¡xínoso tener que usar este lenguaje al tratar de hechos de 
tanta magnitud, (|pe no han sido bien conocidos ni debidamente califi- 
cados; pero la tarea que me he impuesto, que me lleva mucho más le- 
jos de lo que al emprenderla i)ensé, y el criterio analítico, imprescin- 
dible del (]ue toma el buril de la Historia en la mano, rae obligan á 
ello, aunque este libro sea mi sentencia de muerte*' 

A Dios gracia.s, ni en la Isla de Cuba ni en la Metrópoli los parti- 
dos políticos son tan rencorosos, ni tan intolerantes como los de la 
Nueva Granada, en la época en que el amigo y comi>añero de Bolívar 
escribía la relación histórica de lo que había visto. Entre nosotros no 
se corre peligro por exponer verdades de las que en el porvenir han de 
apro\'echarse los esi)añoles de uno y otro lado del Atlántico. 

Siendo un axioma: *'<|ue el mejor libro no es el que lo dice todo, 
sino el que más ideas despierta y mejor dirije el entendimiento," y 
debiendo procurar poner éste al alcance de todas las clases y de todas 
las fortunas, no entraré en ciertos detalles, que, si pueden interesar á 
individuos y localidades particulares, no son de interés general; siu 
embargo, aquí ha de encontrar el lector algo que buscaría en vano en 
otras obras que sobre la Revolución y Guerra de Cuba han escrito 
ó escriban en adelante personas de talento superior, sin conocer bien 
los hechos ó inspirados por los que tienen interés en desfigurarlos. 

Según los preceptistas, la Historia de las Revoluciones debe escri- 
birse, cuando, sin haberse perdido su memoria, pueda por otra parte el 
escritor juzgar con libertad los hombres y los acontecimientos. En 
nuestros tiempos no se puede seguir este precepto: ahora se quiere sa- 
ber todo pronto; y si no se publicara cuanto antes la relación verídica 
de lo (pie aconteció en la Isla de Cuba desde 1868 hasta 1880, todo 
pasaría á la posteridad desfigurado; apesar de la importancia que tiene 
para la Historia de nuestra Patria una Revolución que puso en peligro 
los ricos y envidiados restos del Grande Imperio que fundaron nues- 
tros antepasados en los dilatados países que descubrieron, conquistaron 
y colonizaron á costa de inmensos sacrificios. La Revolución de 



— 9 — 

Cuba; la guerra que los españoles hemos sostenido, en medio de las 
grandes perturbaciones de la Madre Patria, por no perder las Antillas; 
la circuns|3ección con que todos los partidos que en la Metrópoli han 
subido al Poder han procedido; las reformas radicales que se han plan- 
teado en Cuba y Puerto Rico, y que han cambiado por completo el 
sistema político y el orden social en amba^ Islas, merecen estudiarse 
detenidamente, por la importancia que entrañan y porque hacen honor 
á la Nación que tan grandes cosas ha realizado en medio de tantos 
conflictos. 

Contando con la indulgencia del público, espero que esta obra 
será bien recibida, como inspirada por el buen deseo de servir y hon- 
rar la Patria que nos ha dado el ser, á cubanos y á peninsulares; de de- 
fender la justicia y la verdad; de difundir buena doctrina y de dejar ú 
la juventud las provechosas lecciones que siempre contiene la Historia 
DE LAS Revoluciones, (Iuerras civiles v de las grandes reformas 

SOCIALES V POLÍTICAS. 



INTRODUCCIÓN. 



-«^^»'*- 



I^ Isla de Cuba, cuya parte occidental cierra el Golfo de Méjico, 
no dejando más abertura que hacia el Sur un estrecho entre Cabo San 
Antonio y Cabo Catoche, y hacia el Norte los Canales de Bahama, en- 
tre Bahía Honda y los Arrecifes de la Florida, tiene 42,000 millas 
cuadradas ó sean 118,833 kilómetros de superficie; lo que equivale ala 
cuarta parte del territorio de la Península Española. Siendo la super- 
ficie territorial de Haití de 29,000 millas; la de Jamaica 5,400 y la de 
Puerto Rico 3,800, resulta que, sumando las tres sólo 38,200 millas 
cuadradas, la sola Isla de Cuba tiene más extensión de territorio que 
las otras islas llamadas Grandes Antillas. Cuba tiene una cuarta parte 
más de territorio que la Irlanda, y casi la mitad del de la Gran Breta- 
ña (Inglaterra, Escocia y Principado de Gales) que sólo cuenta 88,000 
millas cuadradas. Las tres cuartas partes de los terrenos de Cuba son 
bajos, pero tiene altas montañas; siendo las del S. E. entre Cabo Cruz, 
Punta Maisí y Holguín las más elevadas, y que según Humboldt, do- 
minan los más altos picos de Santo Domingo y Jamaica. Sus tierras 
han sido consideradas siempre como de las más fértiles de los países 
intertropicales; y como las llanuras de las tierras altas son menos cáli- 
das que las de las costas, en la Isla de Cuba pueden conseguirse las 
producciones de varios climas. 



— 12 — 



La Grande Antilla se extiende once grados de longitud del Este 
al Oeste; y en sus dilatadas costas del Norte y del Sur tiene bahías y 
])uertos que por su magnitud y por la seguridad que ofrecen á los bu- 
ques de todas clases y del mayor calado, pudieran envidiar todas las 
naciones marítimas. 

^*En las costas de Cuba abunda el buen pescado, decía un escritor 
extranjero del siglo pasado, sus bosques están cubiertos de cedros, cao- 
bas, robles, granados, guayacanos y ébanos: sus campos de árboles 
frutales y plantas olorosas: tiene minas de oro y cobre y canteras de 
piedra imán: el cristal de roca es de lo más exquisito, sus colinas son 
abundantes y sus puertos seguros. En Cuba hay 480 refinadurías de 
azúcar tan bueno como el de Holanda, y de las cuales se envían todos 
los años á Europa de 200 á 300 mil quintales." 



II, 



Apesar de lo mucho que se habían celebrado la fertilidad y la 
riqueza de las Antillas, después de las conquistas de Méjico y del Perú, 
la Isla de Cuba y la de Puerto Rico hubieran quedado abandonadas, 
coma las de Santo Domingo y Jamaica, cuya población española y de 
color se trasladó en masa al Continente, si el Gobierno de la Metrópo- 
li, conociendo su importancia para vigilar las costas de los vireinatos, 
no hubiese tratado de conservarla á toda costa. Cuando las otras dos 
grandes Antillas cayeron en manos deenemigos de España, se fortificaron 
los puertos de Cuba, y se procuró que siempre hubiese en ellos respetables 
fuerzas de mar y tierra. De Méjico se remitían fondos á Cuba y de la 
Península desembarcaban en la Habana soldados, marineros, colonos 
y artesanos que trabajaban por cuenta del Estado, levantando fortifica- 
ciones, construyendo buques de guerra y mercantes, y atendiendo á 
las plantaciones para que no faltaran víveres cuando recalaran las flotas 
y las escuadras. La Habana era el gran puerto militar de las posesio- 
nes españolas del Golfo de Méjico y del Mar Caril>e; Comandancia 
General de Marina y residencia del Jefe de la Escuadra que denomi- 
naban de Barlovento. 

*'E1 Comercio de la Habana, decía un escritor extranjero en 1785, 
es el más considerable de América, pues en él se juntan todas las mer- 
caderías que salen de los puertos de Tierra Firme y de Nueva Est)afta, 
y principalmente de los galeones. Su ciudad tiene cerca de una legua 
de circuito, y abunda de todo lo que se necesita para vivir. También 
hay en ella muchas familias nobles y ricas." 

Apesar de la importancia que ya entonces tenían las ciudades de 



— 13 — 

la Habana y Santiago de Cuba, y algunas poblaciones del interior de 
la Isla, como Puerto Príncipe, Bayamo y otras, la exportación de pro- 
ductos de Cuba no pasaría entonces de tres millo^ies de pesos al año, 
incluso el valor del tabaco que se exportaba por cuenta del Gobierno. 
Entretanto, en aquella misma época la colonia francesa de Santo Do- 
mingo, cuyo territorio apenas llegaba á la tercera parte del de la Isla 
de Cuba, contaba ya 50,000 blancos y medio millón de esclavos y casi 
igual número de negros y mulatos libres; habiendo en la entonces rica 
colonia francesa, 830 ingenios de azúcar; 3,117 cafetales; 3,150 hacien- 
das de añil; 54 de cacao; 182 fábricas de ron y otros vaJiosos estable- 
cimientos. En 1,789 se exportaron de Santo Domingo para Francia, 
artículos por valor de 135 millones de francos, en 700 buques france- 
ses, tripulados por 18,060 marineros, (i) 

En aquel mismo año la Isla de Cuba sólo exportó productos de su 
suelo por valor de cuatro millones de pesos, porque no tenía como 
Santo Domingo medio millón de esclavos y un número igual de liber- 
tos. La isla inglesa de Jamaica producía en la misma fecha una canti- 
dad de azúcar cuatro veces mayor que la que producía Cuba y el ron 
de la misma colonia británica valía más que el azúcar; porque también 
los ingleses de Jamaica tenían un gran número de esclavos cultivando 
sus fértiles tierras. ¿En qué consistía el atraso de la Grande Antilla 
Española, cuando tanto florecían la kla inglesa y la colonia francesa 
de Santo Domingo? Es de grande interés para comprender bien la 
Historia de la Revolución de Cuba, de la guerra y de las reformas, el 
estudio previo de estos datos, . puesto que sólo así se podrán conocer 
las verdaderas causas de ciertos hechos. 

Cuando toda la fuerza vital de la Grande Antilla Española estaba 
reconcentrada, por decirlo así, en los dos puertos de la Habana y San- 
tiago de Cuba, porque en ellos desembarcaba y se quedaba casi todo 
el i)ersonal que servía al Gobierno en los arsenales, maestranzas y fac- 
torías, los hijos de Cuba, blancos, al llegar á su mayor edad, salían 
solos ó con sus padres para los vireinatos del Continente, en su mayor 
l)arte, donde entonces se levantaban aquellas grandes fortunas, al lado 
de las cuales poco significaban las de las nobles y ricas familias de la 
Antilla española. Regularmente los servicios prestados por los milita- 
res, marinos y empleados civiles en Cuba y Puerto Rico se recompen- 
saban con destinos de mayor importancia y categoría en los vireinatos 
del Contimente. Los favorecidos, desde las Antillas pasaban al punto 
donde eran destinados con sus familias. Por otra parte, los hijos de 
los comerciantes, agricultores y artesanos de Cuba se dedicaban á las 



(i) Montbrion, Dictionnaire du Commerce. Don Mariano Torrente, "Política 
Ultramarina." 



— 14 — 

carreras militares y á las de empleados civiles; y también se veían en el 
caso de trasladarse al Continente ó á la Metrópoli, á fin de adelantar 
en sus respectivas carreras. De aquí podemos deducir que si en Cuba 
la población blanca no disminuía, debíase á la continua llegada de sol- 
dados, marinos, operarios y colonos de la Península y de las Baleares y 
Canarias, y porque desembarcaban libremente en Cuba, como en todas 
las colonias españolas y extranjeras, esclavos africanos de uno y otro 
sexo; y como eran bien tratados, tenían hijos que no salían de la Isla, y li- 
bres ó esclavos de las familias ricas, una buena parte de ellos se dedi- 
caban á la agricultura; de aquí resultaba que la produa:ióa también 
aumentaba, aunque no tan rápidamente como en otras colonias. 

Antes de terminar el siglo décimo octavo contaba la población 
de la Isla de Cuba 272,140 almas, y en 181 2 por datos que Humboldt 
consideró exactos había ya 600,000 habitantes; 274,000 blancos y 
326,000 de color, de los cuales 112,000 eran esclavos. En el período 
de veinte años la población de Cuba había aumentado en más de ciento 
por ciento. Un aumento tal de población sólo se ha visto más tarde 
en algunofr Estados de la República anglo-americana. 

¿En qué consistió aquel rápido aumento de la población de la Isla 
de Cuba? ¿Porqué no ha continuado en la misma proporción después 
de aquella época? 

También este hecho necesita ser debidamente estudiado, á fin de 
apreciar en su justo valor lo que han dicho los enemigos de España y 
los publicistas españoles mal informados, al tratar de los motivos de 
queja que ha dado la Metrópoli á los cubanos. 

Desde 1,791 hasta 1,805 el Gobierno mandó muchas fuerzas de 
mar y tierra á la Isla de Cuba, con el objeto de sostener la Luisiana y 
la Florida, aumentándose al mi.smo tiempo considerablemente el nú- 
mero de operarios en el arsenal, maestranza y factorías. En la misma 
época en la colonia de Santo Domingo, la más importante de cuantas 
poseía la Francia, se planteaban las reformas radicales decretadas en 
París por los demócratas fanáticos, que habían declarado terminante- 
mente que era necesario ante todo * 'salvar los principios aunque se 
l^erdieran las colonias**; y como era de esperar, dieron por resultado la 
pérdida de las colonias y de los principios, con el degüello de los 
blancos, la independencia de los negros; la guerra civil, la anarquía y 
la barbarie. Los franceses que escaparon con vida de aquella catástro- 
fe, se establecieron en Cuba con los esclavos que pudieron salvar; y 
con los que compraron luego á los ingleses y anglo americanos, culti- 
varon en la Antilla española el café, el cacao y la caña de azúcar como 
lo habían hecho en la colonia francesa. En 1,800 el Gobierno de Ma- 
drid se vio obligado á ceder la Luisiana á los franceses, que luego la 
vendieron á los anglo americanos. Muchos de los franceses y espafio- 



— 15 — 

les establecidos en las orillas del Mississipi y del Alhabama, mal aveni- 
dos con los nuevos dueños de aquellos territorios, entonces casi despo- 
blados, se retiraron á la Isla de Cuba, y no pocos con los esclavos que 
liabian adquirido; y con sus capitales é industria fomentaron ingenios 
y cafetales ó se dedicaron á La cría y beneficio de ganados. 

Por último, cuando en el afío de 1810 estalló la Revolución en el 
Continente, mientras toda la España, menob la Isla Gaditana, estaba en 
poder de los franceses, muchos hombres previsores de los ricos vireina- 
tos mandaron sus familias y los fondos de que podían disponer á la 
Grande Antilla, porque comprendían que en ella había de mantenerse 
enarbolada la bandera española; porque tenía buenas guarniciones y 
excelentes medios de defensa y porque había afluido á Cuba y Puerto 
Rico mucha gente de la Península mal avenida con los franceses. 



III 



Ardía en los vireinatos españoles del Continente americano la lucha 
entre realistas é independientes: después de 181 5 se hizo en Europa la 
paz general, dejando un gran número de militares sin empleo: muchos 
de éstos, soldados, oficiales y jefes, los unos por su cuenta particular y 
los otros enganchados por los agentes de los partidarios de la indepen- 
dencia de América, se dirigían al Río de la Plata, á Venezuela y á los 
demás países insurreccionados, donde se organizaban cuerpos de ex- 
tranjeros, que á las órdenes de Mac Gregor, Brayer, Miller, Holstein 
y cien otros jefes europeos que con sus batallones engrosaban los ejércitos 
de Bolívar y de San Martín; mientras que Brion, Aubry, Brown, Serviez 
y Cockrane, con centenares de oficiales y miles de marineros probados 
en largas y sangrientas campañas marítimas, armaban y tripulaban las 
escuadras de Buenos Aires, de Chile y de Venezuela, para batir á los 
buques nuestros, prestar auxilios valiosos á los enemigos de España y 
perseguir nuestro comercio. La Metrópoli, después de la lucha de heis 
años con los franceses, había quedado sin recursos; y aunque mandó sol- 
dados al Continente Americano, pronto se vio que sería imposible pacifi- 
car completamente tan dilatados territorios. Desde entonces muchos pe- 
ninsulares y americanos ricos pensaron en abandonar las hermosas tierras 
de la Nueva Granada y Venezuela, y poco después las de Guatemala y 
Méjico y establecerse con sus familias y esclavos en las Antillas, donde 
veinte años antes habían encontrado seguro asilo y medios de hacer 
fortuna miles de fugitivos de la colonia francesa de Santo Domingo. 
Entonces empezó una nueva era de prosperidad para las islas de Cuba 
y Puerto Rico, que no debe atribuirse al sistema casi autonómico que 
se estableció en ellas, ni á las reformas económicas que se plantearon 



— i6 — 

por necesidad, abriendo los puertos al Comercio extranjero. El pro- 
greso de la población y de la riqueza de las Antillas se debió á que 
después de la paz general de 1815, el tráfico de negros tomó grandes 
proporciones: según los datos que tomo Humboldt jxira su ensayo po- 
lítico de la Isla de Cuba, en los años de 1818, 1819 y 1820 sólo por la 
Aduana de la Habana se registraron 41,000 negros: ¿cuántos se regis- 
trarían por Santiago de Cuba y demás puertos del Sur de la Isla donde 
tantos franceses de Santo Domingo tenían sus cafetales é ingenios de 
azúcar? Importándose gran número de mujeres africanas y siendo en- 
tonces los esclavos tan bien tratados, no había de aumentar considera- 
blemente el número de negros criollos? 

Además de la inmigración que desde 1810 hasta 1823 hubo en las 
Antillas de familias del Continente americano, aumentó también la 
inmigración de peninsulares, que no pudiendo dirigirse como antes á 
los ricos vireinatos se quedaban en las Antillas. Así se exj)lican los 
progresos de la población y de la riqueza de Cuba, (i) 



(i) Acaba de publicarse en la Habana el siguiente: 
CUADRO SINÓPTICO de los principales censos de la Isla de Cuba desde 

1768 A 1879, ^^N ^•'' RKSUMEN DE SUS RENTAS GENERALES EN LOS A?5«>S 
QUE SE CONSIGNAN. 



BLANCOS. 




DE COLOR LIBRES. 




Años. 


Varones. 


Hembras. 


TOTAL. 


Años. 
1768 


Varones. 


Hembras. TOTAL. 


1768 


61490 


47925 


1.^9415 


9240 


13500 


22740 


1774 


55576 


40864 


96440 


1774 


16152 


14695 


30847 


1787 


58420 


38190 


96610 


1787 


15985 


13232 


29217 


1792 


72299 


61254 


133553 


1792 


26989 


28921 


55930 


1804 


130000 


104000 


234000 


1804 


32000 


28000 


60000 


1810 


150000 


124000 


274900 


1810 


60000 


48600 


108600 


1817 


H9725 


I 26964 


276689 


1817 


70044 


49177 


119221 


1819 


131420 


108410 


239830 


1819 


62000 


35000 


97000 


1825 


175000 


150000 


325000 


1825 


63000 


37000 


looooo 


1827 


168653 


142398 


311051 


1827 


51962 


54532 


IOÓ494 


1830 


178423 


153929 


332352 


1830 


59450 


53675 


113125 


1841 


227144 


191 147 


41 829 I 


1 841 


75703 


77135 


152838 


1846 


230985 


194784 


425769 


1846 


72651 


76575 


149226 


1849 


245695 


21 1438 


457133 


1849 


79623 


84787 


I644IO 


1850 


262350 


217140 


479490 


1850 


84108 


87625 


171733 


1852 


. 279420 


213459 


492879 


1852 


86320 


82996 


169316 


1855 


286079 


212673 


498752 


1855 


96210 


89234 


185444 


1857 


301328 


258833 


560161 


1857 


88364 


89460 


177824 


1859 


328065 


261712 


589777 


1859 


84421 


90853 


175274 


1860 


343953 


288844 


632797 


1860 


91942 


97906 


189848 


1862 


468107 


325377 


793484 


1862 


113746 


1 18687 . 


232433 


1867 


491512 


34 í 645 


833157 


1867 


1 21 708 


126995 


248703 


1869 


423604 


373992 


797596 


1869 


I I 6402 


122525 


238927 


1874 


472612 


383565 


856177 


1874 


141117 


122303 


2634 20 


1877 


576272 


386903 


963175 


1877 


128853 


143625 


272478 


1879 


529642 


396095 


925737 ^ 


1879 


141800 


146027 


287827 



— 17 — 

En virtud del aumento de la población blanca y africana, y no de 
resultas de las reformas económicas tendentes á desligar los intereses 
mercantiles de Cuba de los de la Metrópoli, que por necesidad se hu- 
bieron de tomar cuando los corsarios armados en Europa y en los Es- 
tados-Unidos con bandera de las repúblicas hispano-americanas, perse- 
guían nuestra marina, la producción de azúcar que en 1791 sólo era de 
200,000 quintales, equivalente á 49,000 cajas, en 1819 se elevó á 
192,444 cajas. Y es de advertir que ya entonces se dedicaban muchos 
brazos al cultivo del café y del cacao, cuya exportación llegó á ser 
considerable, particularmente de las jurisdicciones de Santiago de Cuba. 
Más tarde la producción del azúcar adquirió colosales proporciones, 
habiendo llegado la exportación de este valioso artículo á la enorme 
cantidad de 100,000 toneladas al afto, equivalentes á tres millones de 
CAJAS, cuyo importe por término medio no bajaría de sesenta millo- 
nes de PESOS j y esto justamente cuando los reformistas cubanos y los 
publicistas españoles mal informados, se lamentaban de las trabas que 

se oponían al desarrollo de la producción de Cuba ¿Qué pretendían? 
¿No se abrieron los puertos de la Isla á los extrangeros mucho antes que 
los Ingleses, Franceses y Holandeses renunciaran al privilegio exclusi- 















Tanto 






DE COLOR ESCLAVOS. 






por ciento 














TOTAL 


de 
aumento 


Rentas 










generales 














ó dis- 


de 


Años. 


Varones. 


Hembras. 


TOTAL. 


Años. 


general. 
204155 


minución. 


la Isla. 


1768 


45«» 


27000 


72000 


1768 


• • 


$ 468320 


1774 


28771 


15562 


44333 


1774 


I 7 1620 


—0' 1 5,93 


532001 


1787 


32800 


17540 


50340 


1787 


176167 


-(-o'o2,64 


864570 


1792 


47330 


37126 


84456 


1792 


273939 


-fo'55»49 


I I 18324 


1804 


75000 


63000 


138000 


1804 


342000 


+0*57,69 


2000000 


1810 


130000 


87400 


217400 


1810 


600000 


-fo'38,88 


41 14708 


1817 


137115 


102579 


239694 


1817 


635604 


+o'o5,93 


3128338 


1819 


135000 


81203 


216203 


1819 


553033 


—0' 1 2,99 


4105355 


1825 


170000 


120000 


290000 


1825 


715000 


--©'29,28 


5722198 


1827 


183290 


103652 


286942 


1827 


704487 


— o'oM7 


8508679 


1830 


208120 


102098 


310218 


1830 


755695 


-fo'07,26 


8972547 


1841 


281250 


155245 


436495 


1841 


1007624 


-}-o'33y33 


""5345 


1846 


201011 


122748 


323759 


1846 


898754 


—0' 10,80 


I I 140779 


1849 


199177 


I 24720 


323897 


1849 


945440 


+o'o5,25 


12664328 


1850 


200000 


122519 


322519 


1850 


973742 


-fo'02,99 


12326897 


1852 


197425 


124422 


321847 


1852 


984042 


— o'oi,o5 


11981422 


1855 


222400 


1375S9 


359989 


1855 


1044185 


-}-o'o6,ii 


13831724 


1857 


222355 


149755 


372110 


1857 


1110142 


-¡-o'o6,32 


17461780 


1859 


220999 


143254 


364253 


1859 


I 129304 


-|-o'oi,72 


18945473 


1860 


224076 


152708 


376784 


1860 


I 199429 


--o'o9,32 


18921650 


1862 


218722 


151831 


370553 


1862 


1396470 


+0' 17,40 


19430587 


1867 


203412 


141203 


344615 


1867 


1426475 


-fo'02,15 


32852233 


1869 


217300 


145988 


363288 


1869 


I 3998 I I 


-fo'01,63 


52359708 


1874 


209432 


"7343 


326775 


1874 


1446372 


— 0'00,2I 


53251582 


1877 


112192 


86902 


199094 


1877 


1434747 


— o'oo,82 


60132538 


Í879 


89517 


81570 


171087 


1879 


142465 1 


— o'oo,7o 


54752977 



— i8 — 

vo de comprar y embarcar los frutos de sus respectivas colonias? ¿No 
se aconsejaba al gobierno francés desde 1834 que en sus Antillas pu- 
siera en práctica el sistema que hacia tantos afíos se había establecido 
en Cuba, y Puerto-Rico? (i) 

Por desgracia muchos de los hijos de aquellos fugitivos "de Santo 
Domingo y del continente Americano y no pocos cubanos y peninsula- 
res al verse ricos, se extraviaron creyendo que debían ser dueños del 
I>aís en que habían nacido y cuya riqueza se ñguraban que procedía del 
aire, de la temperatura y del suelo. Los historiadores de Colombia nos 
han dicho cuáles eran los proyectos de Bolívar, y que contaba llevarlos 
á cabo con el concurso de los amigos que tenía en la Isla de Cuba. 
Muchos de los liberales de 1820, ignorando que como dijo últimamente 
en las Cortes un Diputado por Puerto-Rico, en las Antillas las palabras 
libertad é iudei)endencia se consideraban sinónimas, ayudaban á los 
amigos del Dictador de Colombia. Como se ha dicho, que si en aquella 
época los proyectos de Bol i v ir fracasaron se debió á la sagacidad y to- 
lerancia del General D. Dionisio Viv.^s, sin negar á este gobernante 
grande inteligencia, es necesario dar á conocer lo que en aquellos 
tiempos pasaba en Venezuela y la Nueva Granada para que se com- 
prenda lo que podían hacer contra las Antillas los directores de la 
revolución del Continente. (2) 

He aquí cómo describe los proyectos de Bolívar uno de sus 
amigos: 

"Terminada la guerra de la indejDendencia con la batalla de Ayacu- 
cho 'dejando la paz un ejército de 25 á 30 mil hombres disponibles, 
pensó el Gobierno de Colombia en una expedición á las Islas de Cuba 
y Puerto-Rico, después de auxiliar al Gobierno de Méjico para rendir 
el castillo de San Juan de Ulúa en el puerto de Veracruz, debiendo 
Méjico coadyuvar con tropas á la expedición sobre las dos grandes islas 
mencionadas.*' 



( 1 ) ((Une des causes qui contribueraient puissamment á accrolte la prosperítc des 
coloiiies, c'est la création des entrepóts et la faculté d'y admettre toutes les marchandt- 
ses, comme h Cuba. C'est á ce moyen que TAngleterre a cu en partie recours, et que 
l'a mise á méme d'expéd'er (en 1829) á ses colonies d'Amérique pour la valeur enorme 
de 170,080.730 fr. de marchandises; tandis que toutes nos colonies nous demandent á 
l>c¡ne 40 millions d'artícles dUmportation par année.» Montbrion, Dicíionnaire Unrvcr- 
sel du Comtnercíy art. Colonies, París 1848. 

(2) Aunque hayan dicho lo contrario escritores españoles, por otra parte muy 
leales, es lo cierto que todos los i)eninsulares que en la Isla de Cuba se agitaban y se. 
guían los consejos de los partidarios de la independencia, eran de los que se habían 
afiliado en las logias masónicas y que de buena fé creían que trabajaban en favor de la 
libertad del mundo entero. Sin embargo muchos de aquellos liberales que en 1823 y 
24 pusieron la Isla de Cuba en peligro se desengañaron pronto. 



j 



— 19 — 

**Para esto se necesitaba de una marina respetable y superior á la 
que la España tenía en aquellas islas; mas difícil si no imposible era 
que Colombia y Méjico pudieran poner una marina ni siquiera igual. 
Sin embargo esto no se previo, haciéndose esfuerzos extraordinarios, 
inútiles y minosos para conseguirlo; y apesar de ellos no pudo reunirse 
en Cartagena una escuadra que llegase á la mitad de la Española, (i) 

Los colombianos, según el mismo historiador, tenían muchos al- 
mirantes, capitanes de navio y oficiales que cobraban sueldo y sobre- 
sueldo de embarque á la española^ pero no tenían buenos buques ni 
encontraban marineros. Con el del empréstito negociado en Inglaterra, 
llegaban á los puertos de Colombia cadenas enormes, anclas para na- 
vios de línea, balas de calibres desconocidos, grandes cocinas, jarcias 
etc., que todo se perdió y se malbarató. '^Entonces, añad^, los co- 
lombianos conocieron que los ingleses se habían burlado de ellos, y 
desistieron de hacer expediciones al seno Mejicano y renunciaron á su 
proyecto de hechar á los españoles de las Antillas.'* Por lo demás, 
como los jóvenes que procedentes de la Península ya no se afiliaban en 
las logias masónicas que desde 1820 tanto habían favorecido la causa de 
la independencia, el poder español en Cuba se afirmaba y robustecía. 

Los gobiernos de Inglaterra, Francia y los Estados-Unidos de re- 
sultas de las terribles medidas que tomaron algunos capitanes españoles 
exasperados porque los corsarios tripulados y armados por aventureros 
de todas las naciones, con bandera insurgente les habían apresado sus 
buques se vieron obligados á prohibir el Corso que ejercían los marinos 
de todas las naciones con buques abanderados por los Agentes de los 
gobiernos de las repúblicas hispano americanos contra la marina espa- 
ñola. Desde entonces empezó el desarrollo del comercio entre la Me- 
trópoli y sus Antillas, que se hacía en buques españoles. Estos hacían 
escala en los puertos de Cuba y Puerto-Rico cuando cargaban en los 
Estados-Unidos y en el Brasil artículos destinados al comercio de la 
Península. Como después de prohibido el Corso cada año era mayor 
el número de buques nacionales que entraban en los puertos de las An- 
tillas, procedentes de la Península y de las Canarias, era cada año mayor 
el número de jóvenes peninsulares y canarios que desembarcaban en las 
costas de Cuba, donde como es sabido, desembarcaban también nume- 
rosos africanos. 

Es un hecho notorio que en la Isla de Cuba la riqueza procedente 
de la agricultura é industria se ha debido exclusivamente á dos únicos 
factores: 



(i) Memorias Histórico — Políticas del General Joaquín Posada Gutiérrez. Bo- 
gotá 1865. 



— 20 — 



19 Al joven peninsular que con su trabajo, actividad, inteligencia 
y economía ha reunido capital. 

29 Al brazo del africano, adquirido con el capital y dirigido por 
el activo, económico y calculador peninsular que deseaba dejar una 
fortuna á sus hijos. 

Los peninsulares enriquecidos en Cuba sólo han trabajado por sus 
familias: éstas, cuando más han conservado los bienes heredados, sien- 
do muy pocos los que se han aumentado con el producto del trabajo de 
sus individuos nacidos en la Isla. Es necesario tener en cuenta estos 
hechos á fin de poder formar juicio exacto del proceder de individuos, 
clases y partidos políticos, (i) 

Aumentando considerablemente la población peninsular desde 
1828 y la importación de negros, aumentaban en la misma proporción 
los productos de la agricultura y la industria y se extendían la navega- 
ción y el comercio. Por desgracia con el aumento de la riqueza, con 
el carácter tolerante del General Vives y de Ricafort que le sucedió en 
el mando se pervirtieron las costumbres, se aumentaron los abusos, has- 
ta el extremo de facilitar á los enemigos de la pública tranquilidad los 
medios de conspirar y de poner de nuevo la nacionalidad en peli- 
gro. La oportuna llegada á la Isla de Cuba del nuevo Capitán Ge- 
neral D. Miguel Tacón, hombre de raras condiciones de mando, hon- 
radez, rectitud y firmeza de carácter quien teniendo además gran cono- 
cimiento de las cosas de América, aseguró la tranquilidad y la esperanza 
en'el porvenir que se iban debilitando, y reprimiendo á los criminales, 
extirpando inveterados abusos, perfeccionando la administración é 
impulsando las obras públicas, mejoró la situación de la Isla. 



I\ 



Recordando el General D. Miguel Tacón lo que habla .sucedido en 
Méjico y en el Perú durante el período llamado constitucional de 1820 
á 1823; sabiendo lo que había pasado en la Isla de Cuba en aquellos 
mismos años de libertad y habiendo acordado las Cortes y el gobierno 
de la Metrópoli que las posesiones de Ultramar fueran regidas por leyes 



(i) En el curso del año de 1879 publicamos un folleto titulado. La Regene- 
ración dV Cuba y los Regeneradores; y otro con el titulo de Los Autonomistas de 
Cuba y la Autonomía de las Colonias inglesas y donde se tratan extensamente estas ma- 
terias y otras de no menos importancia, de cuyos folletos remitimos ejemplares á los 
ministros, senadores, diputados y publicistas de la Metrópoli antes de abrirse las Cortes 
en las que se debían discutir los proyectos de reformas para Cuba. 



21 — 



especiales, procuró que en Cuba no se organizaran partidos políticos, á 
fin de que en caso de necesidad, liberales y carlistas, progresistas y 
moderados, defendieran todos con igual interés y decisión la bandera 
de la Patria. Firme en este noble propósito cuando el General Loren- 
zo, aconsejado por hombres que suponía españoles liberales, se pronun- 
ció en Santiago de Cuba, en favor de los progresista^ que en la Penín- 
sula habían proclamado la Constitución df 1812, Taí:ón sin vacilación 
mandó una columna de tropas al Departamento Oriental; dictó las 
medidas que consideró necesarias para impedir que otros Gobernadores 
siguieran el ejemplo del de Santiago de Cuba, y reprobó los actos del 
General Lorenzo. Este que conocía las condiciones del Gobernador y 
Capitán General de la Isla, comprendió que se había colocado en muy 
difícil situación, y cediendo al consejo de hombres prudentes, recono- 
ció la Autoridad Superior y se embarcó para la Metrópoli, (i) 

Restablecida la tranquilidad, apesar de los desórdenes y de la 
guerra civil que en tan triste situación habían colocado las provincias 
peninsulares, Cuba seguía progresando rápidamente, con gran satisfac- 
ción de los leales que veían al frente del Gobierno de la Isla un Ge- 
neral enérgico y honrado, que con rara inteligencia aprovechaba como 
elementos de orden y de progreso hasta los prisioneros carlistas que le 
mandaba el Gobierno de Madrid, á quienes proporcionaba trabajo. 
De la época del General Tacón son muchas obras de utilidad pública; 
y la confianza que los capitalistas tenían en el porvenir lo demuestran 
los ingenios que se fomentaron, las costosas máquinas que se montaron y 
los ferro-carriles que empezaron á construirse cuando aun no los tenían 
las grandes naciones del Continente Europeo. 

El rápido desarrollo de la producción y la riqueza de Cuba, coin- 
cidía con la gran reforma social que acababa de plantearse en las 4^ti- 
lias inglesas contra la voluntad de los habitantes de las mismas de origen 
europeo, que la atribuían al interés que tenían los influyentes accionis- 
tas funcionarios y negociantes de la Compañía de las Indias Orientales 
en sacrificar la producción de las Antillas que dependían de la Corona. 



(i) D. José Q. Suzarte. decidido reformista, dice hablando de los desórdenes de 
1821 á 1823, que la Milicia Urbana, compuesta en su mayor parte de crioUps "fué la 
que hizo rendir el único batallón urbano de peninsulares, que se amotinó y atrincheró 
en San Felipe: ella laque se opuso á que el Coronel Lemus proclamase la indepen. 
dencia, cuando nos quitaron la Constitución y volvimos al absolutismo." 

Hablando luego del pronunciamiento del General Lorenzo, dice que éste se deci- 
dió á embarcarse sin combatir. <*Por los ruegos principalmente de los cubanos que no 
querian que se encendiese la guerra civil, y la prueba es que habiéndose afiliado más 
de siete mil hombres de caballería criolla y más de tres mil de infantería nativa, to- 
dos se volvieron tranquilos á sus casas." Amigo del Pais^ Enero 3 de 1882. 



22 — 



Daba lugar á que se hicieran tales suposiciones la circunstancia de que- 
dar las colonias de Asia como estaban; apesar de contarse en ellas los 
esclavos de las razas mahometanas por millones. En poco tiempo los 
hacendados de Jamaica y de las demás islas inglesas gastaron las can- 
tidades que hablan recibido del Gobierno por compensación del valor 
de sus esclavos emancipados, y no encontrando entre los libertos 
quien quisiera trabajar á jornal en las fincas que antes tanto azúcar y 
ron producían, se vieron obligados á dejar abandonadas aquellas ricas 
propiedades, y las hermosas islas en que habían nacido aquellos in- 
gleses de sangre pura, emigrando en su mayor i)arte á los Estados 

Unidos. 

En las costas Norte y Sur de la Isla de Cuba se contaban entonces 

ocho puertos habilitados para la exportación de azúcares, cafés, made- 
ras, cera y otros artículos, pudiendo decirse que los buques podían 
cargar para el exlrangero los artículos en los puertos más inmediatos á 
los ingenios, vegas de tabaco y cafetales: sin embargo de lo que habían 
aumentado ya las exportaciones por los puertos de Matanzas, Cárdenas, 
Sagua, Santiago de Cuba, Trinidad y Cienfuegos, en el año de 1838 
por el solo puerto de la Habana salieron jiara la Península y el extran- 
gero registradas 368,356 cajas de azúcar; lo que da una idea del gran 
desarrollo de la producción del valioso artículo, en los nuevos inge- 
nios de la Isla. 

Tan pronto como se probaron los buenos resultados de los ferro- 
carriles, sólo se pensó en establecer sociedades y construir vías férreas 
para trasportar los productos de las fincas á los puertos: con la cons- 
trucción de los ferro-carriles se fomentaron ingenios con potente 
maquinaria en los extensos terrenos que se llamaban de Banaguises y 
en las inmediaciones de aquellas grandes fincas y en las bifiírcaciones 
de las vías férreas se levantaban caseríos, que pronto se convertían en 
importantes pueblos. Pronto la exportación de azúcar de la Isla de 
Cuba se elevó á un millón de cajas al año. El aumento de la ri- 
queza particular y pública atraía la juventud peninsular en mayor nú- 
mero, y los buques anglo-americanos que no estaban sujetos al Derecho 
de Visita^ continuaban importando esclavos por cuenta de los hacenda- 
dos cubanos con los que aumentaban considerablemente cada año la 
producción de sus fincas. 

Los generales que sucedieron en el mando al enérgico y entendi- 
do Tacón, siguieron el mismo sistema y poco trabajo les costó el man- 
tener la tranquilidad y la confianza en el porvenir y dar impulso á todo 
cuanto podía contribuir á la prosperidad de la Isla. Los Generales 
Ezpeleta, Príncipe de Anglona y Valdés, todos hombres dignos de la 
confianza del Gobierno de la Metrópoli, desempeñaron sus cargos á 
satisfacción de peninsulares y cubanos amantes de la Patria. 



— 23 ■- 



V. 



Durante largos años desempeñó el alto cargo de Superintendente 
General de Hacienda de la Grande Antilla, el Excmo. Sr. D. C. M. de 
Pin i líos, Conde de Villanueva, ilustre cubano, siempre dispuesto á 
plantear cuantas reformas administrativas y fiscales se considerasen á 
propósito para aumentar la producción y desarrollar los negocios de la 
Isla. Para llevar á cabo sus proyectos, el Sr. Conde de Villanueva 
nunca encontró oposición seria de parte de los Gobernadores Generales 
ni de los Gobiernos de la Metrópoli. Las Corporaciones de la Haba- 
na en las que el elemento insular predominaba, y particularmente la 
Junta de Fomento y el Municipio, no pocas veces proponían reformas 
que quizás perjudicaban los intereses de la Madre Patria. Es el caso 
que al desarrollarse rápidamente la producción y al aumentar la riqueza 
particular y pública, las doctrinas de los economistas libre cambistas 
ganaban terreno, difundidas por un partido poco numeroso, pero hábil 
y perseverante que sabia alucinar á los hacendados y comerciantes de 
cierta posición, y enlazados con jefes de partidos políticos, y funciona- 
rios públicos poco previsores que no comprendían con que fin se pro- 
llagaban aquellas doctrinas. A los parientes y amigos de abogados, 
publicistas y aspirantes, afiliados en los partidos separatistas, no se les 
ocurría que con el libre cambio, habían de quedar complétamete separa- 
dos los intereses marítimos y comerciales de Cuba de los de la Metró- 
poli, y que por este camino se contaba llegar muy pronto á la realización 
de un gran proyecto político, (i) 



(i) Para que se comprendan mejor los proyectos de que vamos á. tratar, copiare- 
mos algunos párrafos de un historiador mejicano, que refiriéndose al año de 1812, 
dice: 

"Los Bastados Unidos favorecían la insurrección con su constante mira de apode- 
rarse de la gran parte del territorio de N. España de que han despojado á la república 
algunos años más tarde. Ocurrió á pedir auxilios á aquel Gobierno, D. Bernardo Gu- 
tiérrez de Lara, que había venido á los Estados Unidos sobre la entrevista de éste con 
Mr. Monroe, Ministro de Negocios Extranjeros entonces, y Presidente de la República 
de 1817 á 1823; dijo D. Luis de Onis al Virey en despacho de 14 de Febrero: "Mon- 
roe ponderó mucho la Constitución de estos Estados, y le dio á entender que deseaba 
el Gobierno americano que se adoptase la misma en Méjico; que entonces se admitirían 
en la Confederación de estas repúblicas y con la agregación de las demás provincias 
americanas formaría una potencia la más formidable del mundo". El Coronel Bernar- 
do que habla escuchado con bastante serenidad al Secretario de Estado hasta un plan 
propuesto de agregación, se levantó furioso de su silla al oir semejante proposición y 
salió del despacho de Mr. Monroe, muy enojado de la insultante insinuación." 

Arangoíz, Méjico desde 1808 hasta 1867. Parte la. Cap. VIII. 



— 24 — 

En los Estados del Sur de la República anglo-americana habla un 
partido anexionista: era el demócrata esclavista, que hacia aftos estaba 
trabajando con el objeto de anexar á la República nuevos territorios 
situados al par del paralelo de 30° 30' de latitud septentrional, á fin 
de asegurar la esclavitud sin la que, según decían no podia en las tierras 
calientes florecer la agricultura. Con aquellos demócratas esclavistas 
anglo-americanos tenían ya íntimas relaciones los principales jefes de 
la democracia de Cuba, cuando en 1845 fueron nombrados Mr. Polk, 
presidente y Mr. Dallas, vice- presidente de la República, é indicaron 
sus proyectos anexionistas, ai)oderándose definitivamente de los exten- 
sos territorios de Tejas, donde se trasladaron muchos demócratas de la 
Luisiana y otros Estados, con sus esclavos, á fin de exj)lotar las tierras 
nuevamente adquiridas, (i) 

Conviene aquí tener presente que, en el año de 1 821, el Congreso 
de los Estados Unidos, después de una larga discusión, pasó una Ley 
para la admisión del Missouri, sin restricción alguna como Estado de la 
República; pero con inhibición de la esclavitud en todos los territorios 
de los Estados Unidos situados al Norte de los 36° 31' de latitud sep- 
tentrional. Al cabo de veinte años de haber pasado aquella Ley lla- 
mada de compromiso, esto es en 1841, vino á ser el caballo de batalla 
de los demócratas esclavistas de los Estados del Sur para anexarse pri- 
mero el territorio de Tejos, más extenso que la Península Ibérica, para 
procurar la adquisición de cuantos territorios pudiese la República 
conseguir, situados al Sur del mismo paralelo de los 36° 30', por me- 
dio de compras, convenios ó conquistas. Aquellos demócratas que 
veían aumentar de continuo el número de esclavos, puesto que de me- 
dio millón que se contaban en la República cuando se aseguró la inde- 
pendencia habían llegado á contar cerca de cuatro millones al cabo de 
medio siglo, querían tener segura la libertad de trasladarse con sus 



(i) En otro despacho del 19 de Abril de 181 2, deda Onis al Virey de Méjico: 

"Cada dia se desarrollan más y más las ideas ambiciosas de esta República, y con- 
fírmando sus miras hostiles contra España. V. E. se halla enterado ya por mi corres- 
pondencia de que este Gobierno no se ha propuesto nada menos que fijar sus limites 
en la embocadura del rio Norte ó Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31 o y de 
allí tirando una línea recta hasta el mar Pacifico, tomándose por consiguiente las pro- 
vincias de Tejas, Nuevo Santander, Cóhahuila, Nuevo Méjico y parte de la provincia 
de Nueva Vizcaya y la Sonora. Parecerá un delirio este proyecto á toda persona sensata; 
pero no es menos seguro que el proyecto existe, que se ha levantado expresamente un 
plano de estas provincias por orden del Gobierno, incluyendo también en dichos ¡imites 
la Isla de Cuba^ como una pertenencia natural de etta República^ 

Arangoiz, obra citada. 

Ya se ve como desde 181 2 en que nuestro digno ministro plenipotenciario P. Onis 
lo comunicaba al Virey de Méjico, esperaron la ocasión para realizar su proyecto. 



~ 25 — 

esclavos á los países anexados. Suponían que los países vecinos, anar- 
quizados ú oprimidos, se habían de regenerar y enriquecer con las ins- 
tituciones políticas y sociales que Jorge Washingjton había establecido 
y sostenido, con los demócratas esclavistas de Virginia y demás estados 
meridionales, que eran los más ricos y adelantados de la República. 

De la anexión de Tejas surgió la guerra de Méjico, que terminó 
en 1848, poniendo á los anglo-americanos en posesión de Tejas, Nuevo 
Méjico y la Alta California; con cuyas adquisiciones se aumentó en 
una tercera parte más el gran territorio de la República. Los anglo- 
americanos vencedores, pagaron á los mejicanos vencidos quince millo- 
nes de pesos'f pero se quedaron con aquel gran pedazo del manto de 
Moctezuma! ¿Se creían los demócratas esclavistas de los Estados Uni- 
dos que el limitado territorio de la Isla de Cuba sería tan fácil de ane- 
xar á la República como los inmensos terrenos de Méjico, que eran 
seis veces más extensos que los de la Grande Antilla? ¿No había en 
Cuba un partido que estaba dispuesto á prestarle su apoyo? Los de- 
mócratas esclavistas de los Estados Unidos estaban en el poder; se 
atribuían toda la gloria de la guerra de Méjico; pretendían regenerar la 
América intertropical, estableciendo en todos los territorios que fuesen 
anexando las instituciones democráticas y la soberanía de los Estados 
particulares, extendiendo, aumentando y perpetuando la esclavitud en 
los países cálidos como primer elemento de producción y riqueza. 

Por una fatalidad, mientras en los Estados Unidos desde las altas 
regiones del poder se proclamaban y se ponían en práctica esos prin- 
ripios poli tico -sociales, el Gobierno inglés, siempre dispuesto á favore- 
cer los intereses de la Gran Compañía de la India, después de haber 
planteado las reformas sociales en sus Antillas, que ya no producían 
azúcar sino en cortas cantidades, trató de hostilizar á los productores 
de las Antillas españolas, de Nueva Granada, de Venezuela, y del Bra- 
sil, que producían este artículo con el trabajo de los esclavos. En Cuba 
el Coronel Turubull y los comandantes de algunos cruceros abusaban 
de la condescendencia más bien que de la debilidad de nuestros gober- 
nantes, y facilitaron á los anexionistas los medios de atraer á su partido 
á cuantos temían no tan sólo por su riqueza, sino por la seguridad de 
sus familias. Por fortuna, cayó el débil gobierno de los progresistas; 
y cuando los agentes del Coronel inglés consiguieron seducir á algunos 
desgraciados para pasar á vías de hecho, estaba ya de Capitán General 
de la Isla de Cuba, D. Leopoldo O'Donell, que supo contener á tiem- 
po á los conspiradores. ( i ) 



(i) Mucho se ha escrito acerca de la conspiración de la gente de color, de la 
severidad que se desplegó y de la suerte que cupo á los ñscales. 

Lo que podemos asegurar en conciencia es que, llegamos á la Habana poco des' 

4 



— 26 — 

Apesar de la seguridad que -prometía la nueva situación de la Me- 
trópoli, el partido anexionista ganaba terreno; los encargados de hacer 
propaganda democrática esclavista, suponían que la Nación Española 
no podia impedir que los ingleses africanizaran la Isla de Cuba, como 
lo estaba ya la Jamaica, de donde emigraban la mayor parte de los ha- 
bitantes blancos, y concluían afírmando que: *'la propiedad y la rique- 
za de la Isla de Cuba sólo podían estar seguras anexando las Antillas 
á la Gran República; cuya bandera estrellada mantenía á raya todos 
los poderes del Viejo Mundo, y cuyo destino manifiesto era dominar 
exclusivamente en los })aises intertropicales de América. ' ' 

Entusiasmados muchos ricos hacendados y propietarios de la gran- 
de An tilla con la creciente prosperidad de los Estados Unidos; con la 
energía de su Gobierno, que no habiendo querido admitir el Tratado 
de Reciprocidad^ celebrado entre las naciones de Europa y llamado de 
Visita^ lo que facilitaba á los marinos anglo americanos los medios de 
continuar el tráfico de negros, que ya no podían hacer los europeos 
con sus respectivas banderas, menudearon los viages de Cuba á los Es- 
tados Unidos, y se generalizó la costumbre, entre las familias, de man- 
dar los hijos á los colegios anglo americanos para educarse. Entre 
tanto, ya los demócratas esclavistas de la Luisiana, Virginia, Carolinas 
y demás del Sur, calculaban cuántos senadores y diputados i)odrían 
mandar los estados de Cuba al Congreso de Washington, y en cuánto 
aumentaría la preponderancia de la democracia esclavista. Muchos de 
los jefes del Sur, creían poder llevar la autonomía de los Estados par- 
ticulares hasta el extremo de permitir la importación de inmigrantes de 
cualquier país, como se había permitido en los primeros años de la 
indei^endencia de la República, por elart. lo Sección IX de la Cons- 
titución de los Estados Unidos que decía: 

**La inmigración ó importación de las personas que alguno de los 
Estados existentes hoy creyese conveniente admitir, no será prohibida 
por el Congreso antes del año de mil ochocientos ocho\ pero se podrá 
imponer sobre tal importación una contribución ó derecho que no ex- 
ceda de diez pesos por persona. ' ' 

Como al llegar el prefijado año había continuado libre la importa- 
ción de negros africanos en los Estados del Sur, que había garantido 
la Constitución de la República hasta 1808-, los demócratas esclavistas 



pues de descubierta; nadie hablaba más que del gran peligro que la población blanca 
había corrido. Los que después fueron anexionistas eran los que más exageraban la 
gravedad de la situación. 

Algunos meses después volvimos á la Habana y todos los dueños de esclavos pje- 
sos por verdadera ó supuesta complicidad en la conspiración hasta negaban que hubiese 
existido y se quejaban porque no les entregaban sus negros presos. 



— 27 — 

pretendían que debía continuar aquella importación de personas, me- 
diante un derecho que no excediera de diez pesos; mientras algunos 
de los Estados la creyeran conveniente. Esto equivalía á perpetuar no 
tan sólo la esclavitud, sino hasta el tráfico de negros; y esto era justa- 
mente lo que más deseaban entonces las anexionistas cubanos. 

La revolución francesa de 1848 y los desórdenes que produjo en 
varias naciones de Europa; los funestos resultados que dieron las refor- 
mas que decretaron Jos republicanos franceses para la Martinica y la 
Guadalupe, y las amenazas de los socialistas, prestaron fuerza á los que 
en Cuba sostenían la urgente necesidad de buscar seguridad para sus 
vidas y fortunas, poniéndose bajo la bandera de la Gran República 
anglo íimericana, donde tan bien amparada estaba \2l propiedad', ya con- 
sistiera en capital, en fincas ó en esclavos. Desde entonces los cubanos 
anexionistas activaron sus trabajos, y como dice un escritor español, 
''comprometieron á los Estados Unidos en un plan de engrandecimien- 
to, que tanto lisongeaba su ambición, cual era la de poder reunir á su 
República la perla de las Antillas.'* Con esta idea, aunque encubierta, 
tuvieron los descontentos la mejor acogida en dicho país, y escudados 
con la laxitud de las leyes, se formaron clubs revolucionarios, se des- 
bordó la prensa predicando la doctrina de la anexión, se proclamó 
abiertamente la cruzada contra el dominio español, se hicieron alista- 
mientos, se organizaron fuerzas militares y se aprestaron buques para 
llevar á cabo temerarias expediciones contra la Isla de Cuba, (i) 



VI. 



Estaba de cuartel en la Isla de Cuba el Mariscal de Campo don 
Narciso López, hijo de Venezuela, que como toda su familia, había 
seguido adicto á España, y que después de la pérdida de los vireinatos 
del Continente había pasado á la Isla de Cuba. Trasladóse luego á la 
Península; tomó activa parte en la lucha de los siete años contra don 
Carlos, distinguiéndose como jefe valiente y entendido. Terminada 
la guerra solicitó y obtuvo el pase á la Grande Antilla. Viéndole 
alejado de las esferas del poder, el partido anexionista puso los ojos en 
él, como dice un escritor cubano, (2) logrando incorporarlo á sus fi- 
las, haciéndole comprender que odiado en su patria por haber comba- 
tido contra ella, necesitaba rehabilitarse por hechos contrarios á los 
que antes había realizado, y halagando su vanidad con el dictado del 



(i) Torrente, Política Ultramarina ^ cap. XIV. 
(2) "Amigo del País," número 17. 



— 28 — 

Bolívar de Cuba. Retiróse López á Cienfuegos, y sólo de tarde en 
tarde hacía viajes á la Habana, sin duda con el objeto de conferenciar 
con la Junta anexionista, que según noticias del mismo escritor, presi- 
día el abogado D. Anacleto Bermúdez y de la que formaban parte 
D. Ramón Palma, el Conde de Pozos Dulces y otros, l^s idas y ve- 
nidas del General; la correspondencia y mensajeros que recibía, y las 
imprudencias de muchos partidarios, hicieron que el Gobierno llegase 
á la convicción moral de que ese jefe conspiraba. Al fin dio orden 
secreta al Gobernador de Cienfuegos '*para que lo aprehendiese con 
sigilo y lo remitiese á la capital; mas los partidarios del General, que 
habían tomado sus precauciones para el caso que se esj)eraba, y que 
tenían establecida su contra-policía, supieron á tiempo lo de la orden 
recibida, y mientras la autoridad deliberaba sobre el mejor modo de 
cumplirla, le hicieron salir de la jurisdicción, y él por caminos extra- 
viados y haciendo una marcha rapidísima, increíble, se puío en Matan- 
zas en una sola jornada de diez y seis horas, sin cambiar de caballo, 
sin detenerse más que pocos momentos en las tiendas del camino para 
tomar algunos alimentos y dar agua y alguna comida al generoso ani- 
mal, que murió al dejarlo en la casa en que acostumbraba alojarse 
cuando iba á aquella ciudad." En Matanzas comió con el Goberna- 
dor Brigadier Falgueras, y á las diez y media de la noche se embarcó 
en un buque mercante anglo americano que al amanecer se hizo á la 
vela. 

Tan pronto como llegó á los Estados Unidos, D. Narciso López 
trató de organizar una expedición contra los españoles de la Isla de 
Cuba. En Nueva York había una Junta Cubana compuesta de Aran 
go, Iznaga, Betancourt, Agüero y otros, que estaba en relaciones con 
las Juntas de la Isla y de las que recibía mucho dinero; sin embargo, 
la tal Junta Cubana no quiso proporcionar al afamado jefe los fondos 
que pedía. Trasladóse á Nueva Orleans donde los anexionistas anglo 
americanos le prestaron los recursos que la Junta Cubana de Nueva 
York le había negado. 

'*A mediados de Mayo salió de Nueva Orleans una fuerza provis- 
ta de municiones de guerra, y cuyos individuos se decían inmigrantes, 
en buques con registro para Chagres, acordando como punto de reu 
nión la Isla de Contoy, inmediata á las costas de Yucatán. El Gene- 
ral López, con 609 hombres á su mando, se aproximó á las playas de 
Cuba en el vapor Creóle. Desembarcó en el pueblo de Cárdenas, del 
cual tomó posesión, después de haber incendiado la casa del Teniente 
Gobernador, para obligar á la guarnición á rendirse; verificado lo cual 
fueron hechos prisioneros dicho jefe con tres de sus oficiales y veinte 
y siete hombres de tropa, que luego se pasaron á las filas del General 
López. En la tarde del 19, habiendo cambiado su plan de ataque, 



— 29 — 

dispuso López el reembarque de su gente, con objeto de efectuar otra 
invasión por la parte occidental de la Isla, y al efectuarse esta opera- 
ción tuvo lugar una sangrienta escaramuza. Reembarcados ya, la tro- 
pa expedicionaria obligó á los oficiales á hacer rumbo hacia Cayo 
Hueso, que era el puerto americano más inmediato. ¥A vapor de gue- 
rra español Pizarro los alcanzó al momento de entrar. El Coman- 
dante español pretendió de las autoridades de Cayo Hueso que le en- 
tregasen los expedicionistas; mas, como no se accediese á tal demanda, 
hubo de dar la vuelta á la Habana, donde informó de los hechos á su 
(iobierno. El General Taylor, que había expedido una proclama 
contra armamentos y expediciones de esta naturaleza, envió á las costas 
de Cuba una respetable fuerza naval, que llegó ya tarde para impedir 
la invasión. Como el General López no embarcó todas las tropas 
que se hallaban en Contoy, el vapor Pizarro hizo allí unos cien pri- 
sioneros que llevó á Cuba. Exasperado hasta lo sumo el Conde de 
Alcoy, que por entonces era Gobernador de esta Isla, viéronse aquellos 
hombres en gran peligro de ser sentenciados á muerte, lastimoso fin 
que cupo á cuatro de los ex^^edicionistas que se quedaron rezagados en 
Cárdenas.*' (i) 

''Nunca como entonces, dice un reformista cubano, estuvo tan á 
pique de desprenderse de la corona nacional el rico brillante de las 
Antillas, no solamente porque la popularidad y el prestigio del Gene- 
ral López vallan un ejército, y el país no tenía organizados elementos 
de defensa, sino porque la gran mayoría de los habitantes del país, so- 
bre todo los dueños de e.sclavos, sin excepción, simpatizaban con la 
anexión, por temor de que Inglaterra arrancase á nuestro Gobierno, el 
día menos pensado, una medida abolicionista. Adem^^s, el Sur de los 
Estados Unidos que tenía sus hombres en el poder, propendía con to- 
das sus fuerzas á la anexión, para fortalecer la representación de los 
Estados esclavistas en el Congreso y para mandar aquí sus negros cuan- 
do creyese amenazada la propiedad de éstos en el Continente. 

**Pero la estrella de España conjuró tantos y tan complicados ¡kí- 
ligros, que fneron desvaneciéndose por acontecimientos que á ocasio- 
nes parecieron providenciales, entre ellos la muerte inesperada del 
General Taylor, Presidente de los Estados Unidos, en momentos en 
que se pronunciaba con impetuosa arrogancia por la anexión. 

**La primera gota de sangre americana que corra en la Habana, 
será la señal de una guerra á muerte entre las dos naciones,'* diz que 
dijo al Sr. Capitán General Roncali, en una comunicación que dirijió 
con motivo del apresamiento por nuestra marina de unos ochenta hom- 
bres, que en un bergantín sospechoso y sin papeles, se encontraba en 



(I) E. Willard. Hist. de los E. U., traducida por D. M. T. Tolón. 



— so- 
la costa de la isla de Mujeres, donde según las noticias, iba á reunirse 
una nueva expedición. Y los ochenta prisioneros fueron devueltos á 
su país, bien tratados y vestidos de nuevo. Pocas semanas después, 
el Quaker City sorprendió la población, entrando con la bandera á 
media asta en señal de duelo. Y en pocos momentos corrían, hasta 
los ámbitos más apartados de la Habana estas palabras: *';E1 Presidente 
Taylor ha muerto!'* 

**El arribo de López á las playas de Cuba, dice después el mismo 
reformista, que sorprendió á todo el mundo, y más que nadie al Go- 
bierno, causó una sensación de estuix)r tan grande, que no es estraño, 
que no volviesen de ella los más decididos partidarios del anexionismo 
que lo supieron, y que no estaban preparados para marchar á unírsele 
por carecer de armas ó de recursos, ó por no haber hecho sus arreglos 
ó disposiciones. La mayor parte de los simpatizadores, fuera de la 
zona de la Habana, Cárdenas y Matanzas, supieron la llegada y la sali- 
da del General conjuntamente. Si él hubiera coiUinuado su marcha, 
sobre Matanzas, donde reinaba el pánico notándose en la tropa sínto- 
mas que alarmaban á los jefes, quizá se le allega algún golpe de gente 
y por lo menos muere con gloria." (i) 

Testigos oculares han añrmado que los compañeros de López, en 
su casi totalidad anglo americanos, gritaban en alta voz por las calles 
de Cárdenas que les habían engañado, y preguntaban ¿dónde están los 
cubanos armados que debían recibirlos como libertadores? En Cárde- 
nas, población nueva y floreciente, donde el elemento peninsular era pre- 
dominante no podían encontrar los anexionistas muchos partidarios. 
Por esto, apesar de la imprevisión del Capitán General de la Isla y de 
la j)oca actividad que. desplegó el Gobernador de Matanzas, el General 
de prestigio se vio obligado á reembarcarse, ''habiendo esperado en 
vano dos días á que se le uniesen los partidarios anunciados. ' ' A estas 
palabras del cubano reformista podemos añadir las del General D. Jo- 
sé de la Concha: 

"Rechazada (la expedición de López) por el espíritu de la pobla 
ción, esencialmente mercantil y poca dispuesta á dar sus simpatías á 
las ideas que representaba, tuvo que embarcarse precipitadamente.** 

Aunque después de aquel suceso el Conde de Alcoy tomó algunas 
disposiciones para el caso que los anexionistas repitiesen el golpe, co- 
mo nunca había sido muy querido de los españoles decididos, vio que 
su poca popularidad exigía ya su relevo y D. José de la Concha fué el 
designado para sustituirle en tan importante mando. 



(i) El Amigo del Pals^ núm. 1 7. — Director: D. José Quintin Suzarte. 
La importancia de la primera expedición de los anexionistas, nos obliga á darla 
por extenso, y sacándola de los escritos de autores poco sospechosos. 



— 31 - 

Vil. 

El General D. José de la Concha, en las Memorias dirigidas á D. 
Francisco Serrano y Domínguez, al entregarle el Gobierno Superior 
Civil de la Isla de Cuba y refiriéndose á los años de 185 1 y 1852, épo- 
ca de su primer mando, decía: 

**A mi llegada á la Isla, existía en el partido que por componerse 
de personas nacidas en la Península y ser en alto grado afectas al Go- 
bierno de la Metrópoli, ha recibido el nombre de partido peninsular, 
una opinión general y compacta de que en favor de la anexión existían 
trabajos extensos. No era grande todavía el número y la importancia 
de las personas que acariciaban aquella idea: y pronto adquirí la con- 
vicción de que un gobierno conciliador, dirigido á estirpar abusos y 
])oner la administración á la altura que exigían los intereses del país, 
conjuraría todo peligro. Acaeció en este estado de cosas la segunda 
expedición de López, desembarcando en Pozas, y á la que precedió el 
levantamiento de algunas partidas de poca importancia en Puerto Prín- 
cipe y Trinidad. Consecuente con mi modo de ver las cosas, me abs- 
tuve, de adoptar medidas anormales. Ni declaré la Isla en estado de 
sitio ni dicté bandos severos, ni hice armamentos extraordinarios. La 
población entera se condujo con lealtad. Ni un solo habitante se unió 
á la expedición." 

En otra Memoria publicada años después, y refiriéndose á la segun- 
da expedición de López, decía el mismo General D. José de la Concha 
lo c[ue sigue: ■ 

*'Era entonces crítica y grave la situacióji de Cuba, porque los 
Estados del Sur de la Unión Americana aspiraban, en previsión de sus 
futuras contiendas con los del Norte, á la anexión de la Isla, en la que 
contaban, además, con el apoyo de un partido numeroso. Aquella se- 
gunda expedición se realizó, y derrotados completamente quedaron 
cuantos la componían, muertos ó prisioneros, incluso entre éstos el 
mismo general D. Narciso López, que fué ejecutado en la Habana. A 
los pocos días del desembarco de aquella expedición, fueron aprehen- 
didos por nuestra marina de guerra, 50 americanos que intentaban 
salvarse en lanchas después de haber tomado parte en la acción del 
Morrillo. Conducidos á la Habana, á donde llegaron á las dos de la 
madrugada, di sin ninguna clase de consulta la orden para que fuesen 
pasados por las armas al amanecer, y si lo fueron á las once de la ma* 
ñaña se debió á haber yo comprendido que, apresados en la mar, era 
preciso hacer constar por sus declaraciones que pertenecían á la expe- 
dición de López y se habían batido contra nuestras tropas. 



— ■^^ ^_ 

jZ 



"Aquella medida tan rigurosa estaba completainenie justifícada, 
pgrque de antemano había dado un bando declarando piratas á los que 
sin ninguna bandera nacional vinieran á introducir la guerra en la Isla 
de Cuba; y era indispensable su ejecución, por cuanto se estaba practi- 
cando en lo3 campos con los prisioneros y continuaba la lucha con los 
que aun se resistían. 

''Fuerte con el derecho legal que me había servido para llevar á 
cabo aquella ejecución, me negué poco después á recibir como comi- 
sionado del Gobierno de los Estados Unidos al Comandante Parker, 
que con cuatro buques de guerra se presentó en la Habana para inqui- 
rir la forma en que la ejecución se había llevado á efecto. Lejos el 
Gobierno americano de pedir ninguna clase de satisfacción ni rejiara- 
ciones al de España por aquel fusilamiento, disponía poco después que 
la bandera española fuese saludada al presentarse un vapor de guerra 
en Nueva-Orleans, para así dar una satisfacción por los exceses cometi- 
dos en aquel puerto contra el cónsul y ciudadanos españoles á conse- 
cuencia de la excitación producida al ejecutarse los 50 amtíricanos en la 
Habana.*' (i) 

T^a energía del General Concha salvó entonces la Isla de Cuba. 
Muchos eran los que habían prometido reunirse con los expedicionarios 
y levantarse en varios puntos de la Isla, pero dejaron á los extranjeros 
que luchasen solos. Aquellos aventureros eran valientes y pelearon 
como desesperados: el General Enna, Segundo Cabo de la Isla, murió 
en uno de aquellos combates. Sin embargo, á no haber sido por la 
pronta ejecución de los que habían sido declarados piratas de antema- 
no, á los pocos días habrían llegado otros y al fin los anexionistas cuba- 
nos se les hubieran reunido. Aquellos actos de severidad infundieron 
saludable temor á los aventureros que se preparaban en los puertos del 
Sur de la República anglo americana para tomar parte en la conquista 
de Cuba. 

Relevado el General Concha en el mes de Abril de 1852, por un 
disgusto con el gobierno de la Metrópoli, los enemigos de España vol- 
vieron á reanudar sus trabajos. Comprendiendo que nada conseguirían 
con expediciones de aventureros extranjeros, si no encontraban al des- 
embarcar eficaz apoyo, procuraron que los anexionistas de la Isla estu- 
vieran de antemano comprometidos y preparados. Al efecto, ya en el 
mes de Diciembre de 1852 se descubrió en Vuelta- Abajo una vasta 
conspiración, en la que figuraban personas muy notables, que debían 



(i) Memoria sobre la guerra de la Isla tle Cuba y sobre su estado polUuo y eco- 
nómüo. — Desde Abril de 1874 hasta Marzo 1875. — Por el Capitán General de Ejército 
Marqués de la Habana. — Cap. II, sec. xxa 



— 33 — 

reunirse con los expedicionarios que se suponían ya preparados. Algu 
ñas disposiciones del Gobierno que fueron qui^á inoportunas, después 
de los recientes hechos, aumentaron ei número de los anexionistas. 
Vinieron luego los sucesos de la Metrópoli que facilitaron á los direc- 
tores del partido anexionista, los medios de asustar á los dueños de es- 
clavos,. El Gobierno tenia contra si á muchos de los generales. y hom- 
bres políticos que habían pertenecido al partido moderado, y esto ha- 
cía suponer que no tardaría en estallar una revolución en la Península, 
y que los progresistas subirían al poder. De aquí concluían tjue los 
abolicionistas ingleses podrían arrancar al Gobierno de la Metrópoli 
un decreto de emancipación, y esto hacía que muchos hacendados 
volviesen sus ojos hacia la Gran República como otras veces se ha 
dicho. 

Por su parte, los demócratas de los Estados del Sur que eran due- 
ños de más de cuatro millones de esclavos, no podían mirar con indi- 
ferencia los acontecimientos de España, puesto que de ellos podía re- 
sultar la abolición de la esclavitud en una extensa Isla que estaba á 
poca distancia de sus costas. Como, según se había dicho, los demó- 
cratas tenían en sus manos el poder, apesar de las ideas conciliadoras 
del sucesor del Presidente Taylor, ningún obstáculo serio 'habían de 
encontrar los anexionistas para reunir gente y embarcarla para la Is»la 
de Cuba. No se descuidaban, pues, en sus trabajos. Como la Junta 
Cubana, que antes no había (querido prestar recursos á López, com- 
prendió que nada podría hacer sin los recursos de los demócratas anglo 
americauos, tomó el partido de reconocer por general en jefe de las 
expediciones al anglo americano Quitman. 

Estalló por fin en la Metrópoli la revolución y contra todos los 
cálculos, después de Vicálvaro, fué nombrado Don José de la Concha 
nuevamente Gobernador Superior y Capitán General de la Isla de Cu- 
ba, en Agosto del año de 1854. 



>^III 



Cuando el General Concha llegó á la Habana los ánimos estaban 
escitados por las medidas que se habían tomado, dirijidas á la repre 
sión del tráfico de negros; á formar registros exactos de los esclavos y 
á facilitar los casamientos entre personas de distinta raza. El interés 
individual y las preocupaciones habían facilitado el trabajo á los anexio- 
nistas, como se ha dicho. Personas de gran fortuna se habían obliga- 
do á contribuir á los gastos de nuevas exi>edic¡ones y levantamientos, y 

5 



— 34 — 

al efecto se emitieron pagarés con hipoteca, que produjeron recursos 
considerables, (i) 

Teniendo ya sus proyectos muy adelantados; los anexionistas á la 
llegada del General Concha á la Isla, ya no podian retroceder ni apla- 
zar su ejecución; por esto al poco tiempo fué preso en Baracoa un jo- 
ven hijo de la Isla, llamado Estrampes con su compañero Félix, que 
conduelan dos barcos americanos cargados de armas. A los dos me- 
ses debía embarcarse el anglo-americano Quitman. Concha tomó serias 
disposiciones para defender la Isla, siendo la más importante quizá, 
por su inmensa trascendencia, la de la organización-y armamento de los 
cuerpos de voluntarios, que fué considerada por el i>artido español co- 
mo una prueba de la ciega confianza que la primera Autoridad tenía en 
aquella juventud siempre y ante lodo española. Esto dio al General 
una fuerza que, como dice acertadamente en sus Memorias: "Sólo 
comprende quien conoce hasta qué punto raya en entusiasmo el amor 
de los peninsulares en Cuba establecidos, al nombre español, y lo cuan- 
tiosa» de los intereses y de la riqueza que tienen que proteger." 

A estas significativas frases que tanto honran á los españoles de la 
Isla de Cuba y que fueron escritas y publicadas en el año 1859, aña- 
día el mismo General: 

**Estas disposiciones alentaron aquel partido, decaído y desconfia- 
do momentos antes: trocaron su recelo en ánimo y energía: resucitaron su 
espíritu ordinario. A centenares * corrieron sus individuos á alistarse 
en los improvisados batallones, mezclados en gran número de españo- 
les cubanos. La reunión diaria, y la fraternidad engendrada por las 
asambleas militares, hizo lo demás; y en pocos días pudo contar el Go- 
bierno de la Isla con una fuerza cívica entusiasta, dirijida á un solo 
objeto y exenta de los inconvenientes que llevan consigo las milicias 
ciudadanas, fuerza que al propio tiempo constituía una reserva, relati- 
vamente aguerrida, y cuyo aspecto imponente contribuyó, en unión 
con las demás disposiciones apuntadas, á desplegar el aparato militar, 
(jue inspirando respeto á las turbas filibusteras, dio por resultado la 
dispersión de las mismas y la ruina de la expedición en el país en que 
se formó." 

Satisfecha la vindicta pública con el castigo de Pintó y Estram- 
pes; levantado el estado de sitio y restablecida la confianza se conside- 
ró conjurado el peligro y fueron puestos en libertad todos los detenidos 
cuando lo permitió la seguridad de la Isla. 



(i) Memorias dirijidas al Excmo. Sr. I). Francisco Serrano y Domínguez, por 
el Excmo. Sr. D. José de la Conchu. 

Creemos lo más acertado extractar lo que dice el ilustrado Jefe acerca de su se- 
gundo mando en Cuba. 



— 35 — 

En comunicación del Capitán General de la Isla, dirijida al Go- 
bierno de S. M. con fecha 22 de Octubre de 1855, ^ puede ver que el 
r/u¿f revolucionario de la Habana remitía á los Estados- Un idos los fon- 
dos para la expedición, y que según carta de D. Domingo Goycuría, 
en Abril de 1854, se habían mandado 300,000 pesos y debían hacerse 
nuevas remesas. En Mayo ó Junio del mismo año debía salir una expe- 
dición de mil quinientos á dos mil hombres para Cuba, lo que no se lle- 
vó á cabo porque los planes de Quitman no estaban acordes con los de 
la Junta Cubana; Pintó en sus cartas daba pruebas de ser el alma de la 
conspiración y las de Goycuría ponían de manifiesto el intimo enlace de 
aquellos planes con la empresa de los dos desgraciados que pretendían 
depositar armas en Baracoa y con el asesinato de Castañeda el aprehen- 
sor de Narciso Lópejs. En la misma comunicación se detallan con 
documentos tomados de la causa de Pintó y de los Manifiestos de Nueva- 
York, las instrucciones que Quitman dio alas partidas preparadas en la 
Isla, y la orden que tenían de no levantarse hasta que la expedición se 
hubiese hecho á la mar. Se habían publicado cuentas, listas de com- 
prometidos y de buques. La Junta Cubana de Nueva York en un Afir- 
nifiesiOy aludiendo á la prisión de Pintó, decía: 

**Llegó por fin el término prefijado para el movimiento, que era 
urgente aprovechar, si no se quería sufrir pérdidas enormes en los me- 
dios efectivos por razón de los referidos contratos, cuando se recibieron 
de la Habana las infaustas nuevas, que después se han convertido en he- 
chos sangrientos, de la feroz tiranía española.'* 

Af)esar de la evidencia de los hechos hubo entonces empeño, por 
parte de los enemigos de España, en negar la conspiración, atribuyen- 
do á la feroz tiranta española, el castigo de los culpables; pero más 
tarde los mismos conspiradores publicaron sus proyectos del año de 
1855. Según sus mismos relatos 6.000 anglo-americanos mandados por 
Quitman, debían salir de los puertos de Nueva Orleans y Mobila, con 
buques armados, llevando á bordo fusiles, monturas y municiones por 
los que debían levantarse cuando diera la orden D. Ramón Pintó que 
era el jefe de la conspiración de la Isla. 

Al fin se vino á confesar la verdad: en vista de las disposiciones 
del General Concha, del armamento de los Cuerpos de Voluntarios y 
del entusiasmo de los españoles, el General Quitman no quiso embar- 
carse; hizo dimisión de su cargo y la Junta revolucionaria de Nneva- 
Orleans no tardó en disolverse. Primero se levantó el estado de sitio, 
luego fueron puestos en libertad muchos de los presos por estar com- 
prometidos en aquella conspiración y más tarde de acuerdo con el Go- 
líierno de la Metrópoli, el Capitán General dio un decreto de amnistía 
para todos los delitos políticos. Así procedía el Gobierno que califi- 
caban de tirano y feroz, porque aplicó la ley áunos pocos jefes de una 



-36- 

conspiracion que á no haber sido descubierta y contenida á tiempo, 
hnbiera hecho correr ríos de sangre de un extremo á otro de la Isla. 

Por terminar la resefta de aquel segundo mando del General Don 
José la Concha, copiaremos lo que escribió el mismo: 

**A los siete años de las revueltas y conspiraciones que habían te- 
nido lugar desde 1848, sucedió un estado de completa paz y tranquili- 
dad en la Isla, pero no la paz y tranquidad resultado de un gobierno 
de opresión y de tiranía. Ni un solo proceso político se formó, ni un 
solo cubano apareció bajo la vigilancia de la policía por cuestiones po- 
líticas en los cinco años que después permanecí en Cuba. 

**Esa situación general de la Isla me permitió ocuparme en mejo- 
ras importantes en todos los ramos de la administración pública, cuya 
mayor parte han quedado subsistentes; y con la creación de los Bancos 
en aquella época y todas las medidas tomadas se desarrolló el bienestar 
y la riqueza publica, y la Hacienda de la Isla llegó á un estado que 
dio lugar á que en los cinco años de mi mando se enviasen al Tesoro 
de la Península más de diez y seis millones de pesos de sobrantes, que- 
dando dos millones de ilesos en el fondo de reserva de aquellas cajas al 
entregar el mando á mi sucesor, el Capitán General Don Francisco 
Serrano." (i) 

¿Qué puede añadir el historiador á estos significativos párrafos? 
¿En que país de Europa trascurrían cinco años sin que fuera necesario 
formar un proceso político? Ni en la misma Inglaterra se hubiera po- 
dido decir otro tanto, puesto que, nadie ignora que hace muchos años 
los irlandeses se están agitando continuamente. 

No estaremos conformes con muchas de las medidas que tomó el 
General Concha, tendentes á reformar la Administración, durante su 
segundo mando; pero convenimos en que algunas fueron buenas, que 
contribuyeron á la extiri>ación de abusos y al desarrollo de la pro- 
ducción y aumento de la riqueza. Y cnovenimos también, en que, 
desde entonces la Isla de Cuba, que tanto había costado á la Nación, 
empezó á contribuir como era de justicia á las cargas públicas que pe- 
saban sobre los españoles. 



Se ha escrito mucho acerca de la esclavitud, del proceder de los 
ingleses que emanciparon los esclavos de las Antillas, conservando 



(i) Memoria sobre la Guerra de la Isla de Cuba. Por el Capitán Ceneral de 
Ejército, Marqués de la Habana. Madrid 1S75. 



— 37 — 

tantos millones en la India, y de los abusos de fuerza que cometieron 
con los habitantes de las Antillas españolas, del Brasil y de Venezuela 
|>ara obligarles á emancipar sus esclavos. Los anexionistas cubanos y 
los dueños de esclavos de los Estados del Sur de la república anglo- 
americana, supieron sacar gran partido, como se ha dicho de aquellos 
abusos de los ingleses. Los hacendados de las Antillas, según los 
anexionistas, podían verse privados de un momento á otro por un decreto 
del Gobierno de la Metrópoli de lo que constituía sus fortunas y el 
porvenir de sus familias. Como se ha indicado también, habían con- 
seguido atraer á su campo cierta clase de peninsulares, asustados por la 
supuesta debilidad del Gobierno de la Madre Patria y alucinados con 
los grandiosos proyectos de los demócratas esclavistas de los Estados 
L^nidos. Estos se proponían ya entonces, **establecer una gran Con- 
federación de Estados autonómicos con esclavos, que comprendiera 
Méjico, Centro América y Cuba, constituyendo una Gran Democracia 
Esclavista que llegara á tener la supremacía en la producción de todos 
los artículos Intertropicales. " ( i ) 

Pero en aquellos años se había venido verificando en la Isla de 
Cuba im cambio en el orden político y social del cual nadie se daba 
cuenta, y que favoreció en gran manera los trabajos de reorganización 
del General D. José de la Concha. Por una parte, con la creciente 
prosperidad de la Isla de Cuba aumentaba considerablemente todos los 
años la inmigración de jóvenes peninsulares, mientras que per otra 
desde 1841 los frecuentes cambios de Gobierno de la Metrópoli con el 
consiguiente movimiento de empleados, obligaba á una gran parte de 
los peninsulares y cubanos á fijar la vista en acontecimientos de la Pe- 
nínsula. Desde entonces pudieron comprender los anexionistas que na- 
da adelantaban con tener de su parte algunos ricos egoístas dispuestos 
á sacrificar la nacionalidad á sus fortunas. En 1850 no se podía repe- 
tir lo que se había hecho después de 1841 cuando se suponía que: '*E1 
Regeníirdel Reino no tendría resolución y firmeza para oponerse á la 
voluntad del Gobierno inglés." Como durante el mando de D. José 
de la Concha ni el gobierno inglés ni los cónsules habían de proceder 
como en los tiempos de Turnbull el disgusto y la alarma de los años 
anteriores habían desaparecido. (2) 

Durante el tiempo que medió entre los dos primeros mandos del 
General Concha no dejaron los ingleses de extremar sus quejas y recla- 
maciones contra el General Cañedo, suponiendo que eran los peninsu- 



(i) Véase un discurso pronunciado por Mr. Wilson, Senador por Massachussets 
en un gran meeting celebrado en Filadelfía. 

(2) J. M. Torrente, Política Ultramarina. — Madrid 1854. 



-38- 

lares los que importaban los esclavos, sin contar que en aquella época 
casi todos los ingenios de Cuba pertenecían á familias del i)ais, los 
hacendados eran los que compraban los esclavos en su mayor parte, 
como que jx)seyendp casi toda la propiedad territorial, eran los que más 
necesitaban de brazos, (i) 

Durante el segundo mando del General Concha la idea anexionista 
fué perdiendo terreno no entre los ricos peninsulares y cubanos que 
antes temian la debilidad de los gobiernos de la Metrópoli y que se ha- 
bían quejado tanto de algunas medidas que para satisfacer las necesidades 
de los tiempos y obedeciendo las ordenes terminantes de los gobiernos 
de Madrid, habían dictado los generales Pezuela y Cañedo. Desde 
aquella fecha las ideas de progreso continuaron en todas las clases de la 
sociedad; pero tomaron distintcs senderos. Una gran masa de penin- 
sulares, reconociendo que ciertas reformas eran indispensables, no tan 
sólo apoyaban la autoridad que las aconsejaba sino que con frecuencia 
querían ir mucho más allá de lo que convenía á los intereses generales 
de la nación y de la Isla. 

No puede negarse que por aquellos años los buques con bandera 
anglo-americana continuaron importando africanos en la Isla de Cuba, 
pero es preciso convenir en que el negocio ofrecía mayores dificultades 
cada día. Los ingleses tenían buques de vapor en las costas de África 
y en las aguas de las Antillas. Los buques se declaraban bueua presa 
aunque no se les encontraran negros abordo con tal que tuvieran en la 
bodega víveres, armamento, pipería y maderas para levantar entrepuen- 
tes. Los buques de guerra españoles, siguiendo las órdenes é instruc- 
ciones del gobierno apresaban á los buques negreros que encontraban 
en aguas de las Antillas: sin embargo, las dificultades que la trata ofrecía 
en la mar, eran de poca monta comparadas con la que los importadores 
de negros tenían que vencer una vez desembarcados en las costas de la 
Isla los africanos y aun cuando ya estaban en las fincas. Era entonces 
muy frecuente ver empleados subalternos procesados por falta de celo 
en el desempeño de sus deberes y por habérseles probado que se había 
desembarcado clandestinamente algún cargamento de negros en sus 
respectivos distritos. Lo que de aquí resultó fué que los hacendados 
por su parte diesen mejor trato á los esclavos á fin de que su número 
aumentara en vez de disminuir como en los Estados Unidos; mientras 
que los hombres políticos y las corporaciones más influyentes formula- 
ban proyectos y pedían reformas de cierta clase con el fin de atraer á 
Cuba inmigración blanca europea. 



(i) J. M. Torrente, Política Ultramarina. — Madrid 1854. 



39 — 



El Capitán General de ejército D. Francisco Serrano y Domínguez 
sucedió á D. José de la Concha en el Gobierno Superior de la Isla de 
Cuba. Con el país próspero y tranquilo y estando los anexionistas en 
actitud espectante, porque no sabían lo que había de suceder en los 
Estados Unidos, donde las relaciones entre los políticos del Norte y los 
del Sur eran cada día más tirantes, el mando del afortunado General se 
presentaba muy fácil. Casado con una señora hija de la Isla y siendo 
él como dice un escritor del país, hombre generoso y afable, pronto 
supo conquistarse las simpatías de los cubanos. En virtud de la amnis 
tía completa que se había dado en tiempo del General Concha pocos 
eran los emigrados que no se habían aprovechado de ella: entre esos 
pocos se contaba el Sr. Conde de Pozos Dulces, quien por fin se resol- 
vió á regresar á su país después de largos años de residir en el ex- 
trangero. 

"El General Serrano, dice un demócrata cubano, conociendo todo 
lo que valía el Conde de Pozos Dulces, quiso atraérselo y desde luego 
le ofreció la dirección del Instituto agronómico mandado fundar por Real 
orden de 4 de Marzo de 1860, y que hubiera al fin planteado, á no 
haber surgido los sucesos de Santo Domingo y Méjico, que pusieron en 
mal estado la Hacienda de Cuba, y no le permitieron disponer de la 
cantidad necesaria para su instalación." 

"Sus amigos le ofrecieron otros destinos para que con cierto des- 
canso pudiera dedicarse al arreglo de sus negocios particulares, pero no 
quiso aceptar ninguno hasta que en 18 de Mayo de 1863 se le brindó 
la dirección de El Siglo, periódico que un año antes había fundado 
D. José Q. Suzarte." (i) 

Por estos rasgos se puede juzgar como trataba el gobierno español 
á los cubanos que algunos años antes habían querido entregar la Isla á 
una Nación extrangera. 

Durante el mando del General Serrano pasó á Méjico una expedi- 
ción al mando del Teniente General D. Juan Prim, con el objeto de 
cooperar con los franceses é ingleses á la pacificación de la República 
y al establecimiento de un gobierno que acabara con la anarquía. El 
(General Prim, tan pronto como comprendió que los Jefes de las fuerzas 
francesas de mar y tierra tenían órdenes reservadas de su Emperador, 
para llevar á cabo determinados proyectos, con resolución verdadera- 



(i) Véanselos artículos titulados ^'' El Conde de Pozos Dulces'^ que publicó la 
Discusión " periódico de la Habana en Octubre de 1 881. 



— 40 — 

mente catalana; sin pasar comunicaciones, ni perder tiempo esperando 
ordenes, embarcó sus soldados y regresó á la Isla de Cuba con toda su 
fuerza. En las Antillas y eii la Metrópoli el proceder del General fué 
censurado por los que no conocen la situación de las repúblicas hispano- 
americanas; pero no tardaron los acontecimientos á venir á probar cuan 
acertada había sido aquella retirada. ¡Ojalá hubiésemos sido siempre 
tan previsores! 

Al encargarse el General Serrano del Gobierno de la Isla de Cuba 
hacía }'a algunos años que los dominicanos de continuo amenazados por 
los haitianos, buscaban el protectorado de una nación que pudiese ase- 
gurarles sus vidas y haciendas. En 1853 el Gobierno español había 
mandado un Comisionado á examinar la situación de las dos Repúbli-- 
cas de la antigua Española, y en particular el de la de Santo Domin- 
go, que no contando más que la cuarta parte de los habitantes que tie- 
ne Haití, posee las dos terceras partes del territorio de la Isla. Como 
es sabido, la República dominicana, apesar de la dominación de los 
haitianos cuenta con una parte de la población de raza europea. El 
dictamen del Comisionado fué favorable á la anexión, y el General 
Serrano, como el Gobierno de Madrid creyeron que. había llegado la 
hora de la reincorporación del pueblo dominicano á la Monarquía. La 
Nación española había alcanzado un período de prosperidad, como no 
lo había disfrutado desde principios del siglo; y como la República de 
los Pastados Unidos estaba entonces comprometida con la guerra sepa- 
ratista la anexión podia verificarse sin compromisos ni temores. 

El día 19 de Marzo de 1861 el General Pedro Santana dirigió una 
proclama á los dominicanos, anunciándoles que se trataba de realizar el 
proyecto de que se habían ocui)ado los hombres más beneméritos de la 
República. No siendo nuestro ánimo entrar en detalles ni en aprecia- 
ciones respecto- á la mal dirigida obra, nos limitaremos á decir que 
después de haberse verificado sin oposición, en vez de limitarse nuer- 
tros hombres políticos á tener allí dos batallones y organizar un gobier- 
no económico, que por de pronto innovara poco y se limitase á dar 
impulso á los negocios de particulares, que desde las Islas de Cuba y 
Puerto-Rico y de la Península se emprendieran en el país incorporado, 
sin tener en cuenta que sólo contenía 150 mil habitantes, apesar de ser 
su territorio doble del de la República de Haití; que todas sus expor- 
taciones no pasaban de 600,000 pesos y que las rentas del Estado no 
ascendían á 140 mil pesos al año, se figuraron nuestros hombres í]ue 
con sólo montar el Gobierno y la administnición como en la Isla de 
Cuba, ya la República pobre se había de transformar en colonia rica; 
y que su presupuesto de ingresos había de elevarse á muchos millones. 
Esto á lo menos se desprende de la prisa que se dieron para nombrar 
gobernadores, intendentes, magistrados, prelados y canónigos para los 



— 41 — 

150 mil habitantes de color en su mayor parte, que se ponían de nuevo 
á la sombra de la bandera española. 

¿A quién debe echarse la culpa de todos los males que produjo la 
incori3orarión de Santo Domingo á la Monarquía? ¿No debían estu- 
diar más detenidamente la situación y las necesidades de aquellos habi- 
tantes las autoridades de la I^la de Cuba? 

Por no hablar más de tan desgraciada empresa, nos limitaremos á 
decir (jue algunos caudillos descontentos, aprovechándose de los desa- 
<:iertos de los gobernantes, levantaron el estandarte de la rebelión y que 
se les unieron muchos hombres blancos y de color que habían aceptado 
con satisfacción el dominio de la antigua Metrópoli. Una vez empe- 
zada la lucha en un jjafe vasto, despoblado; cálido y húmedo y que no 
podía proporcionar al gobierno recursos de ninguna clase, no era difí- 
cil calcular que al fin se tendría que abandonar; á menos de adoptar el 
sistema de fortificar algunos puntos de la costa, sostener en ellos guar- 
nición con fondos de la Metrópoli, y procurar que al rededor de los 
fuertes se aglomerase población adicta y pacífica, que al amparo de los 
soldados y sin administración dispendiosa, fuese poco á poco explotan- 
do los bostjues, criando ganados y cultivando la tierra á fin de ir de- 
sarrollando los negocios hasta que se consiguiera sacar de la misma Isla 
los recursos necesarios para la conservación y defensa. 



El Teniente General D. Domingo Dulce y Garay, fué el sucesor 
de D. Francisco Serrano en el Gobierno Superior de la Isla de Cuba. 
Militar honrado, el General Dulce había adquirido fama de prudente 
desempeñando la Capitanía General de Cataluña. Dos objetos se pro- 
puso ante todo desde su llegada á la Isla: impedir por todos los medios 
la importación de esclavos, y guardar la mas estricta neutralidad entre 
los dos partidos que estaban batiéndose encarnizadamente en la Repú- 
blica anglo-ameri'cana. Lo primero lo consiguió por completo: la in- 
mensa mayoría de los dueños de esclavos, que diez años antes eran 
anexionistas y decididos partidarios de la esclavitud, como sus aliados 
los demócratas anglo-americanos, ya habían cambiado de rumbo y pre- 
tendían dar impulso al trabajo libre. Si algunos pocos armadores y ha- 
cendados persistieron en importar negros, tales dificultades encontraron 
de parte de la autoridad, que después de sufrir considerables pérdidas, 
hubieron de convencerse de que la continuación de aquel tráfico era im- 
posible. La generalidad de los españoles leales aplaudieron las medidas 
del nuevo Capitán General, encaminadas á evitar complicaciones con 

6 



— 42 — 

los extranjeros en circunstancias tan difíciles. Si hubo algunos egois- 
tas y ambiciosos que se quejaron del rigor con que se persiguió el con- 
trabando de negros, y de las trabas que se pusieron á los buques que 
desde los puertos de Cuba podían llevar artículos de cierta clase á los 
beligerantes de la vecina república, la inmensa mayoría de los españoles 
leales y sensatos aplaudían las medidas encaminadas á evitar reclama- 
ciones y futuros conflictos. 

La Guerra de Santo Domingo, funesto legado que dejó al General 
Dulce su antecesor, exigía sacrificios: de la Península llegaban solda- 
dos, armas, municiones y pertrechos: pero los gastos del Tesoro de la 
Isla aumentaban por causa de la guerra con los dominicanos, como ha- 
bían aumentado antes con la expedición á Méjico; pero aquel aumento 
era de poca importancia, comparado con el gran desarrollo que habían 
tomado la producción, la riqueza y la exportación é importación de la 
Isla. 

"Antes de 1864, dice un bien informado escritor, no se satisfacía 
al Estado contribución directa de ninguna especie: la renta decimal só- 
lo producía en toda la Isla (porque los hacendados pagaban lo que 
querían) 493.461 pesos anuales; las alcabalas de fincas, esclavos, con- 
sumos de ganados, loterías y demás impuestos indirectos, con inclu- 
sión de aquella suma, no excedían de 2.973,934 pesos, Pero esto im- 
portaba poco á la fecunda imaginación de los anexionistas que suponían 
á los habitantes de Cuba los más abrumados de contribuciones del 
mundo, entero. Añadían á la citada cantidad los 6.343,670 pesos que 
ingresaban en el Tesoro como producto de los derechos de importa- 
ción, exportación y demás incluidos en el capítulo de rentas marítimas; 
como también de multas, penas de Cámara, bienes de regulares etc. 
etc., logrando reunir así el total de once millones ^ trescientos ochenta y 
siete mil, seiscientos cincuenta y siete pesos, que era el total de la recan- 
dación de Hacienda.'* (i) 

Es de advertir que, desde la época en que la expedición de Mé- 
jico y la guerra de Santo Domingo exigieron sacrificios ya no se man- 
daron sobrantes á la Metrópoli; de manera que, ésta y nó las Antillas 
vino á pagarlo todo. 

Pues bien, cuando ya en aquella fecha las exportaciones de Cuba 
be valuaban en 80 millones de pesos al año y las importaciones en po- 



( I ) A estos datos que después de la paz se publicaron en el Diario de la Mari- 
na de la Habana, hay que añadir que en el preámbulo que precede al decreto de /^es- 
tablecimiento del Tribunal de Cuentas de la Isla de Cuba, el Sr. I^n y Castillo dice 
que en 1855 «1 presupuesro de gastos de la Isla de Cuba, inclusos los premios de la Lo- 
tería, sólo ascendía á 14.254,006 pesos. Es poco más ó menos lo mismo que la fe- 
cha á que el escritor del Diario se referia, 



— 43 — 

co menos; cuando el comercio interior era tan considerable y se desa- 
rrollaba el lujo en proporción de la riqueza, ¿no era ridículo suponer 
que un presupuesto de catorce millones de gastos, inclusos los premios 
de la Loteria, y once sin ellos, mataba el progreso de la Isla? ¿Por- 
qué las autoridades y los españoles ricos é influyentes no comprendieron 
desde entonces que los antiguos anexionistas empleaban las cuestio- 
tiones económicas como peligrosas armas políticiis? 

Cuando se trataba de plantear reformas económicas, tendentes to- 
das á separar los intereses materiales de Cuba de los de la Metrópoli, 
los ricos peninsulares y los funcionarios públicos estaban siempre dis- 
puestos á prestar su apoyo á los que habían tomado el nombre de re- 
formistas, que pedían la supresión de las Aduanas, y el establecimiento 
de una contribución única directa; sin tener en cuenta que con la pri- 
mera de estas dos medidas se privaría al Gobierno de la Isla de su prin- 
cipal fuente de recursos; al paso que se importarían del extanjero una 
gran parte de los artículos que en Cuba se consumían procedentes de 
la Península; mientras que con la segunda, teniendo en cuenta la or- 
ganización social del país y las dificultades que había de presentar la 
repartición equitativa de las cuotas para el pago del impuesto directo, 
se había de producir un disgusto general contra las Autoridadec y las 
leyes. Y que preparaban el terreno para conseguir los dos objetos, 
bastará para probarlo observar que los llamados economistas suponían que 
cada cubano contribuyente pagaba al año el 25 por 100 de contribución; 
al paso que el contribuyente de Inglaterra sólo pagaba el 6; el de Fran- 
cia el 8, el de los Estados- Unidos el 3 y así los demás. Con razón 
añadía el escritor á que nos referimos lo que sigue: 

**Puesbien, esas amañadas comparaciones había quien las creía exac- 
tísimas y hechas á toda conciencia y ponían él grito al cielo por lo mu- 
cho que les mortificaba el fisco; y otros, aunque estaban en el secreto de 
la falsedad, aparentaban abrigar la mismas creencias." En la Metró- 
poli se trabajaba en otro sentido, (i) 



(i) En una biografía del Sr. Alfonso, Marqués de Móntelo, se lee lo siguiente: 
"Eran aquellos momentos muy críticos para Cuba, y entonces fué que concibió 
Alfonso un proyecto para salvarla, poco conocido. Consistía éste en proponer á los 
gobiernos de España, Inglaterra y Francia un tratado, por el cual se comprometiese la 
primera á dar á Cuba dentro del término de un año, una Constitución política seme- 
jante en su espíritu á la del Canadá, y á declarar la abolición de la esclavitud en todos 
los dominios españoles, sin indemnización á los amos, á la conclusión del presente siglo, 
que fué el mismo término que para aboliría en su país pedia el presidente Lincoln diez 
años después, como transacción, á los sublevados Estados del Sur. Inglaterra y Francia , 
por su parte, garantizarían á España por el mismo espacio de tiempo, la tranquila po- 
sesión de esta Isla contra toda invasión del extranjero, y toda insurrección de blancos ó 
de negros en su interior. 



— 44 — 

Los que se titulaban reformsitas no se limitaban á pedir reformas eco- 
nómicas: habiéndose declarado demócratas de las escuelas más adelan- 
tadas, hacían activa propaganda en favor de sus doctrinas; y apesar de 
las declaraciones de españolismo, no perdían ninguna de cuantas opor- 
tunidades se les presentaban para hacer manifestaciones que todos los 
españoles leales sabian perfectamente lo que signifícaban. Cuando mu- 
rió Don José de la Luz Caballero, director de un Colejio, y bien co- 
nocido por sus ideas anti -españolas, aprovechándose de la condescenden- 
cia del General Serrano, se hicieron manifestaciones bien significativas, 
y éstas se repitieron varias veces durante el mando del General Dulce. 

ííntre tanto, los demócratas esclavistas de los Estados- Un idos per- 
dían terreno, y era fácil calcular que dentro de poco serían completa- 
mente vencidos. Entonces los antiguos anexionistas cubanos se de- 
clararon partidarios de los republicanos del Norte y prometieron que tan 
pronto como pudiesen disponer de la libertad necesaria paia formular 
en Cuba sus tarifas, lo primero que harían sería abrir sus puertos y 
mercados á los productos da la agricultura, de Jas fábricas y de la pesca 
de la república anglo -americana, aboliendo por de pronto los derechos 
diferenciales de procedencia y de bandera, ó sea igualando los produc- 
tos y buques españoles con los extranjeros. ¡Doloroso es decirlo! no 
pocos comerciantes, hacendados y funcionarios públicos, alucinados por 



^'Consultado este proyecto á Sir Henry Bulwer, y mereciendo su completa apro- 
bación, embarcóse el Sr. Alfonso para Inglaterra en Julio de 185 1, con recomendacio- 
nes de Sir Henry para Xx>rd Palmerston, entonces ministro de Negocios Extranjeros. 
Tanto este señor como el Señor Iztáriz, nuestro Embajador en Londres, acogieron con 
suma complacencia y favor el proyecto de tratado, y lo recomendaron ambos al Cio- 
bierno de Madrid, y dos meses después fué Alfonso á París y lo presentó al Ministerio 
francés, más hallábase por entonces preocupado Napoleón preparando el golpe de Es- 
tado del 2 de Diciembre, y no pudo prestarle su atención. Sin embargo, más tarde, 
y cuando subió al Ministerio el Marqués de Turgot, éste tomó la iniciativa, y propuso 
al gobierno inglés el llevar á cabo el tratado. 

"Había caído entretanto el partido W/<]^, y reemplazado Lord Palmerston por Ix)rd 
Malmesbury, éste evadió su consecusión, proponiendo á su vez que se invitase á los 
Estados- Unidos á concurrir al* tratado. Negóse á ello el gobierno americano, y esto 
dio motivos á una larga correspondencia diplomática entre aquellas naciones, siendo e' 
resultado fínal que no se llegarse á acordar el tratado. 

"Otros servicios prestó el Sr. Alfonso á su país en el orden político.^Aunque ave- 
cindado por laigos años en París, venía á Cuba de vez en cuando, por radicar aquí la 
mayor parte de sus bienes y los de su esposa; y en esas ocasiones tomó parte muy ac- 
tiva en los trabajos del Comité Reformista que el Capitán General D. Domingo Duke, 
autorizó en la Habana en la primera época de su mando. Más tarde, habiendo pasa- 
do en Madrid gran parte del año 1864, organizó allí, con !a eficaz cooperación de) 
conde de Vega- Mar, el Comité cubano, compuesto de hijos de Cuba y de penmsulares 
identificados con ella por relaciones de familia é intereses materiales. Pormáhanlo los 



-45 - 

los escritas de El Siglo dirijido por el Sr. Conde de Pozos Dulces, se 
declararon partidarios de las reformas económicas radicales. El In 
tendente Conde de Armíldez de Toledo, era de los que no pudiendo 
suprimir las Aduanas, á pretexto de favorecer la producción de la Isla 
y por grangearse las simpatías de los anglo-americanos, tomó la funes- 
ta medida de imponer á los productos de los Estados-Unidos en ban- 
dera española los mismos derechos que si se importaban en bandera 
extranjera. 

Pero es el caso, que entre los antiguos partidarios de la anexión de 
Cuba á los Estados- Unidos se hablan formado dos partidos. El uno 
se componía de los que querían abolir la esclavitud y entrar á formar 
parte de la República anglo-americana, ó declararse independientes. 
Estos eran más influyentes en los departamentos Central y Oriental. 
En la Habana predominaban los que pretendían un gobierno auto- 
nómico, que sin separarse completamente de España, pusiese en sus 
manos todos los empleos, les facilitase los medios de sustituir gradual- 
mente el trabajo de los esclavos por el de inmigrantes blancos, sin que 
disminuyeran su producción y su riqueza, y dirigiendo sus miradas á 
los Estados- Un idos, de donde esperaban el apoyo material y moral 
para conseguir un gobierno libre y la garantía de que les sería conser- 
vado, (i) 



Senadores 1). Andrés de Arengo, conde de Vega- Mar, Marqués de O' Cavan y conde 
de 2^1divan los Diputados á Cortes D. Manuel Aguirre de Tejada, el Brigadier Ri- 
quehi^e el coronel D. J. Modet, y otros señores, hasta el número de veinte, éntrelos 
cuales se contaban el coronel D. Jacobo de la Pezuela, D. Sabino Ojero, el capitán Don 
Anastasio Carrillo, etc. Elegido por ellos el Sr. Alfonso, Presidente del Comité, y 
también de su Comisión ejecutiva permanente, gestionó ésta última el otorgamiento de 
las reformas para Cuba, dirigiéndose personalmente á todos y & cada uno de los Seño- 
res Ministros de la Corona, á los Capitanes Generales que habían gobernado la Isla, y 
á otras personas influyentes en las esferas del Gobierno. 

"No fueron vanas nf estériles aquellas gestiones del Comité, puesto que á ellas se 
debió que dispusiese el Ministerio la creación de la Junta de Información que en 1865 
y 1866 se reunió en Madrid y discutió y propuso las reformas que consideró justas y 
convenientes para el régimen de este país." 

( I ) Ks preciso tener en cuenta que cuanto más libertad tenían los antiguos se- 
paratistas para manifestar sus aspiraciones, más claras se veían su divisiones. 

I>o qne si se podía notar era que la parte menos importante era la que deseaba la 
independencia absoluta. Quizás los más entendidos deseaban la anexión á los Estados 
unidos aunque se vieran en la necesidad de libertar sus esclavos; pero tenían buen 
cuidado en ocultarlo á fin de no hacerse sospechosos al Gobierno de la Metrópoli. 



-46- 



En el mes de Enero del año de 1865, el ministerio presidido por 
el General Narváez preseató á las Cortes un proyecto de l*ey por el 
cual se anulaba la de 1861 referente á la incorporación de Santo Do- 
mingo á la Monarquía Española. En el Senado el proyecto fué apro- 
bado por 93 votos contra 39, y en el Congreso de diputados por 155 
contra 68. En el mes de Mayo se publicó el Real Decreto mandando 
que nuestras tropas evacuaran el territorio Dominicano, y el General 
D. José de la Gándara verificó el embarque de nuestros soldados, pre- 
vias las correspondientes negociaciones con el gobierno que los domi- 
nicanos hablan organizado. Los que entonces censuraron el proceder 
del gobierno y de las Cortes ignoraban lo que estaba pasando en la Is- 
la de Cuba, donde los que trabajaban contra la nacionalidad veían con 
la mayor satisfacción que la Grande Antilla se quedaba sin soldados, y 
que en la vecina isla morían los que llegaban de la Metrópoli, quizá 
por falta de buena dirección ó por los rigores del clima. Quizá mu- 
chos de los que censuraron aquella medida no sabían cómo se malgas- 
taban los caudales, que sólo aprovechaban malos empleados y contra- 
tistas. 

Es preciso tener en cuenta que en los Estados Unidos la lucha 
había terminado con el completo triunfo de los Estados del Norte; que 
habían prometido á los esclavos ponerlos en libertad, y buscar un te- 
rritorio inmediato á la República donde pudieran establecerse. No era 
pues aquella la ocasión más oportuna para dejar la Isla de Cuba sin sol- 
dados y sacrificar miles de españoles en Santo Domingo. 

El Gobierno español estaba en buenas relaciones con el de los Es- 
tados Unidos; y tan pronto como en Madrid se recibió la noticia del 
asesinato del presidente Lincoln, el gobierno de S. M. y las Cortes en 
nombre de la Nación Española, se apresuraron á manifestar el .senti- 
miento de horror con que los españoles habían recibido la noticia de 
aquel crimen, justamente cuando terminaba la guerra en la República. 
Al mismo tiempo se hacían fervientes votos por el pronto restableci- 
miento del Secretario de Estado Mr. Seward que había sido gravemente 
herido. 

En aquella mi.sma época continuaban las hostilidades entre nuestra 
escuadra del Pacífico y las repúblicas de Chile y el Perú: después de 
haberse propuesto un arreglo, volvió á empezar la lucha y nuestros bu- 
ciues, como es sabido, bombardearon el puerto de Valparaíso y luego 
el Callao de Lima. Al mismo tiempo el Ministerio que presidia el ge 
neral O'Donell celebraba un tratado con el gobierno de la República 



— 47 — 

de San Salvador, reconociendo su independencia. El mismo Ministe- 
rio reconoció el Reino de Italia, dando así una muestra del espíritu li- 
líeral que en el Gabinete presidía, y de la exactitud con que la Corona 
se conformaba con los preceptos constitucionales sancionando lo que 
los ministros responsables con la aprobación de las Cortes resolvían. 

Aquel mismo Ministerio presidido por el General O'Donell, y del 
rual ocupaba la cartera de Ultramar el Sr. Don Antonio Cánovas del 
Castillo, trató de reunir en Madrid una Junta de Información, com- 
puesta de vocales elegidos por el Gobierno y por los Municipios de las 
Antillas, (i) con el objeto de presentar á las Cortes un proyecto de 
reformas políticas, económicas y sociales j3ara las mismas Antillas. 

El Gobierno tenía en cuenta las representaciones de los habitantes 
de la Isla de Cuba; (2) luego la nueva situación en que se encontraba 
la República de los Estados Unidos, y por último, el deseo de mejorar 
el gobierno y la administración de las dos importantes Islas. Antes 
de terminar el año de 1866 ya estaban reunidos en Madrid los vocales 
elegidos por los municipios con los que había nombrado el Gobierno; 
y la prueba de la libertad con que las elecciones se habían hecho, bas- 
tará decir que entre los muchos partidarios de radicales reformas polí- 
ticas, económicas y sociales había algunos que toda su vida habían sido 
enemigos de España, y que últimamente querían anexar Cuba á los Es- 
tados Unidos. 

Como era de esperar, desde las primeras reuniones la Junta de in- 
formación, como dice uno de sus individuos, el Sr. S. Argudín, se pre- 
sentó dividida en dos bandos; y siendo la fusión imposible, cada vocal 
presentaba un voto particular, excusando discusiones que no podían 
llegar á buen término, estando los con.servadores al frente de adversa- 
rios pertinaces eu sus planes y propósitos preconcebidos, y en los que 
no admitían la más ligera modificación. Los conservadores debían te- 
ner presente, lo mismo que el Gobierno, la gran autoridad que entre 
los reformistas debía ejercer el anciano D. José Antonio Saco, que for- 
maba parte de la Junta y que desde mucho tiempo atrás había escrito 
lo siguiente: 

**Yo bien sé que los derechos políticos que España nos concederá, 
nunca tendrán la amplitud que si Cuba fuera independiente ó formara 
l>arte de la Confederación americana, porque una colonia es una colo- 
nia; pero en nuestras circunstancias ¿porqué hemos de empezar por la 
revolución que es precisamente por donde acaban y deben acabar aún 



(i) Por mitades. 

(2) En casi todas las Exposiciones, fírmadas por insulares y peninsulares, lo que 
se pedia era la asimilación posible de las Antillas con la Península, y por consiguiente 
la admisión de los diputados antillanos en las Cortes. 



los pueblos que pueden salvarse con ella? ¿qué necesidad hay de acudir 
á las armas para obtener lo que se puede alcanzar con la fuerza de la 
opinión respetuosa y enérgicamente manifestada? Tomando el camino 
j<^/¿? que nos indican la prudencia y nuestra propia conservación, 
evitaremos trastornos y guerras civiles, mantendremos y fortificaremos 
de dia en dia nuestra nacionalidad; los peninsulares domiciliados se 
identificarán con Cuba, en vez de oponerse, como se opondrán hoy á 
la anexión ó á la independencia, prestarán su apoyo á las reformas pa- 
cíficamente proyectadas, pues conociendo ya que son necesarias para 
la existencia de Cuba seráles también muy agradable y honroso el de- 
fender sus intereses desde el asiento que ocui>arán conK) miembros de 
la legislatura colonial que en Cuba se debe establecer; se estir¡>arán 
muchos abusos; al odio y otras pasiones sucederán el afecto y Ids senti- 
mientos generosos: y estrechándose los vínculos (|ue hoy están relaja- 
dos, Cuba se irá labrando un dichoso porvenir. Tales serán algunas 
de las grandes ventajas que se conseguirán, nosotros reclamando y el 
Gobierno metropolitano concediendo.'* 

El Gobierno pudo comprender que apesar de la autoridad que en- 
tre los reformistas ejercía el Sr. Saco, los íóvenes pretendían ir más 
allá de lo que sefíalaba aquel antiguo autononiista en sus escritos. Co- 
mo se puede ver en el Libro que publicaron en Nueva YqjIc aquellos 
reformistas, no pudiendo pedir la indei^endencia de Cuba pretendían 
reformas que imponiendo cargas á la Metrópoli, no le dejaban ventajas 
directas ni indirectas. 

Hé aquí porqué el nuevo ministerio dio por terminados los traba- 
jos de la Junta de Información, que se dio por disuelta con gran satis- 
facción de los españoles leales de Cuba. 



Apesar de la determinación tomada por el (jobierno de la Metró- 
poli que declaró terminados los trabajos de la Junta de Información, y 
apesar de las divisiones que surgían en el campo reformista, continua- 
ba la propaganda después de 1866 sin cambiar de ideales; y cuáles eran 
éstos, lo dijo poco tiempo después uno de sus publicistas. 

*'¿Qué necesitamos de España? Nada. ¿Qué debemos pedirle? 
Nada, porque nada necesitamos de ella para llegar á la virilidad: la 
misma naturaleza de las cosas, el mismo andar de los tiempos han ido 
proporcionando á Cuba lo que le conviene para alcanzar un envidiado 
porvenir." Después de haber dicho que España debía abolir la escla- 
vitud y plantear radicales reformas políticas y económicas, continualia 
en los siguientes términos: 



— 49 — 

'^España, después de resuelto el problema social, se encontraría 
con una provincia gravosa, en vez de ser como hoy fuente de abundan- 
te producción, y se vería obligada á liberalizar sus formas de gobierno 
[>ara levantarla de nuevo al grado de esplendor antes alcanzado y liber- 
tarla de la carga que pesaría sobre su erario para sustentar una posesión 
que consumiera mucho más de lo que produjese. Por eso dije que nada 
teníamos que pedir, porque los adelantos de la época y la fuerza irresis- 
tible de las circunstancias, nos traerían cuanto sea preciso para levantar- 
nos airosos y continuar con jxiso firme y con esperanzas ciertas, por el 
camino de la civilización. Pero si Cuba no debe pedir, España debe 
dar y dará so pena de falsear los principios de su evolución última de 
la que justamente se enorgullece, y dar un paso atrás, que no sólo sería 
su ruina, sino que la cubriría de eterna vergüenza. España debe dar, 
no sólo como acto de justicia, sino como acto de conveniencia. España 
debejdar para cumplir su promesa, para ser consecuente con los princi- 
pios absolutos que ha proclamado como dogmas de su Constitución, y 
sabré todo, para conseguir y conservar el afecto de la Isla de Cuba, 
haciendo que ésta marche con ella voluntariamente por la senda común 
del progreso, compartiendo sus mutuas glorias y común bienestar: 
Esfxiña debe dar, para que cuando llegue el momento de presentarse 
Cuba en la sociedad de las naciones^ momento ineludible^ sea ella, como 
madre cariñosa y enorgullecida con su vastago, la que introduzca á su 
hija en esta augusta reunión. De esa manera el lazo de unión de ambas 
durará lo más posible; y el día en que se desate — mas no se rompa — será 
de común acuerdo, sin trastornos, sin odios, estrechadas siempre por el 
amor sus relaciones, con mutuo provecho de los dos pueblos . , . . 

**¿Mas que debe darnos Esj^aña? Todo lo que ella tenga para sí, 
porque lo considera bueno. Todas las libertades sin asustarse por 
ninguna y consultando á Cuba, sólo para su planteamiento. Su i)ai)el 
es prepararnos para que podamos gobernarnos, como un buen padre 
en.seña á su hijo para que en su día dirija el solo sus acciones, (i) 

Estos anfibológicos párrafos y los que hemos copiado del Sr. Saco, 
bastan para darnos una idea de los planes de los reformistas. Esperar 
que los gobiernos de la Metrópoli cedieran á las exigencias de los tiem- 
pos, procurando que con reformas sociales y económicas se consiguiese 
que Cuba fuese una carga para la Metrópoli: se quería que los peninsu- 
lares establecidos en la Isla les ayudasen, y al efecto se les prometían 
asientos en la legislatura Cubana; contando que se desataría, sin rom- 
perse, el lazo que unía las Antillas á la Metrópoli. Cuando ha.:ían 



(i) "Cuba y su Porvenir," por J. M. Zayas. 



— so — 

propaganda reformista eran tan sei>arat¡stas como antes; ensayaban un 
nuevo medio para llegar á un mismo fin: tan pronto como hubieran te- 
nido gobierno autonómico y legislatura cubana se hubieran dado leyes 
tendentes á desatar ó cortar los lazos que por necesidad desde 1865 ha- 
bían declarado que aceptaban; pero siempre condicionalmente. Mien- 
tras la Junta de Información estaba reunida en Madrid; apesar del se- 
creto que se debía guardar, El Siglo y los demás reformistas recibían á 
la vez noticias de lo que pasaba é instrucciones respecto á lo que debían 
hacer en las Antillas los publicistas del partido. Según lo que se pu- 
blicó años después, uno de los vocales de aquella Junta escribía confi- 
dencialmente desde Madrid á la Habana: 

"Han empezado ya los trabajos de la Junta, habiéndosenos pasado 
impreso el interrogatorio referente al segundo punto de la información, 
que como recordarás se refiere á la reglamentación del trabajo esclavo 
y libre y á la cuestión de inmigración. En ese paso vimos el propósito 
de escatimar ó excusar el interrogatorio político y protestamos alta- 
mente contra la inversión ó la supresión que se pretendía, manifestando 
que nos era imposible resolver ninguna pregunta secundaria sin cono- 
cer de antemano la solución del problema político; único y principal 
que nos había movido á aceptar el mandato. ' * 

En otra carta el mismo vocal escribía: 

** Después de largos y calurosos debates con el presidente délas 
conferencias, y habiendo obtenido la declaración formal de que el in- 
terrogatorio político se estaba redactando y no se excluiría de la infor- 
mación, consentimos en ocuparnos de absolver las demás preguntas, 
siempre con la reserva de que nuestras respuestas no nos ligaban á nada, 
pues las subordinábamos á la cuestión política.*' (i) 

Se puede comprender cómo escribían en la Isla de Cuba los publi- 
cistas que en secreto recibían estas noticias, con las correspondientes 
instrucciones para atraer á los peninsulares establecidos en las Antillas, 
exponiendo las ventajas del gobierno propio. Después de disuelta la 
Junta de Información la propaganda reformista se dirigió á buscar 
apoyo en los Estados Unidos: se creyeron los autonomistas que las 
reformas políticas que se plantearan, debían asegurarse con la garantía 
de la República anglo-americana. Al efecto, declararon que una vez es- 
tablecido en Cuba el gobierno *'del país por el i>aís,** éste decretaría la 
libertad de cultos á fin de que pudieran desembarcar anualmente en Cuba 
cientos de miles de alemanes, sajones y esc{«.ndinavos, para cultivar las 
tierras y establecer desconocidas industrias; que celebraría tratados de 
comercio con la República anglo-americana y que llevaría tan adelante 



(i) Biograña del Sr. Conde de Pozos Dulces ya citada. 



— 51 — 

como pudiera las reformas económicas. Los reformistas en su afán de 

buscar las simpatías de los anglo-americanos, llegaron al extremo de sos> 

tener que sería conveniente para los intereses de la Isla de Cuba tomar 

sobre sí una parte de la deuda de los Estados Unidos, como puede 

versG en las columnas de los periódicos reformistas. Por último don 

M £mbil presentó un proyecto de emisión de quince millones de pesos 

en Bonos, con garantía de los hacendados y capitalistas de la Isla de 

Cuba, que debían negociarse y emplearse en los Estados Unidos á fin 

de conseguir que mejorasen los precios de los azúcares. 

I-os publicistas reformistas se encontraron entonces con un adver- 
sar/o oon quien no hablan contado: la Prensa de la Habana, antiguo 
periodic:© que antes había tenido poca importancia política, cambió de 
propi^tai^ios y de Dirección: desde entonces los reformistas vieron 
conit>3.t:idos enérgicamente sus proyectos mejor combinados y puestos 
sus t>l£i.nes en evidencia, (i) 

CI! continuaban los reformistas de la Habaua mal avenidos con los 

pat^^<^^4Ms del Centro y de Oriente; aunque siempre estaban de acuerdo 

pat^ «conspirar contra la Metrópoli. Además, permanecían en el q^- 

trat^^^ro algunos de los antiguos expedicionarios y conspiradores, que 

^0 ria-"fc>ían querido aprovecharse de la amnistía general que hacía años 

\vaJ^V.«i. ciado el Gobierno. Estos eran partidarios de la independencia 

Y publicaban en los Estados Unidos y en la misma Isla de Cuba el pe- 

f\ód\co "Zei Verdad'' y otras hojas sueltas que durante largos años se 

repartieron clandestinamente en todos los pueblos sin que la policía 

hiciese diligencias para descubrir á sus autores y r<q)artidores. 



Imposible sería comprender cómo se vino preparando en Cuba la 
revolución y la insurrección de Yara, si no entráramos en ciertos deta- 
lles referentes á las combinaciones de los reformistas; y como hemos 
hablado de los Bonos de Embil y del proyecto de tomar una parte de 
la deuda de los Estados Unidos en la Isla de Cuba. 



(i) Paede decirse que hasta aquella fecha los trabajos de los escritores reformis- 
ta» no habian sido impugnados seriamente, porque hasta 1866 todos creían que Cuba^ 
con sólo establecer la libertad de cultos y de comercio había de convertirse en Grande 
Emporio de Comercio de América. 

Cuando la Prensa empezó á combatir ciertos proyectos; el de admitir el papel 
moneda de los Estados Unidos; el del Bono de Embil y otros, muchos españoles de 
corazón comprendieron de lo que se trataba y se separaron de los que se servían de las 
cuestiones económicas como de armas políticas. 



— 52 — 

Por el primero de los dos proyectos el Sr. Embil, que apesar de 
residir en Cuba como ciudadano mej'cano, por haber nacido en Méjico, 
era uno de los mái activos anexionistas, se comprometía á mejorar en 
un 25 por ICO el precio medio de los azúcares déla Isla de Cuba, si los 
hacendados le garantían un Bono de 15 millones de pesos que el emi- 
tiría y negociaría en el extrangero, con condiciones que sólo debían 
conocer los que estaban en el secreto. La Prensa comprendiendo lo 
que podía significar aquel proyecto, que á primera vista parecía tan 
absurdo, trató de descifrar lo que llamó el Embolismo: ^^ El Siglo'' no 
quiso darse por entendido; pero un periódico reformista de Matanzas, 
dijo que en los Estados Unidos, con quince millones de pesos discreta- 
mente repartidos, se podía conseguir que publicistas, diputados y hom- 
bres políticos influyentes se interesaran por la suerte de Cuba. La 
Prensa no necesitó mis explicaciones para exponer lo que había pen- 
sado respecto á los medios que podían emplearse para conseguir (jue los 
azúcares de Cuba se importaran en los Estados Unidos libres de dere- 
chos. Justamente los hacendados que en otro tiempo habían dado fon- 
dos para las expediciones anexionistas, contaban con el aumento de 
valor que habían de tener los azúcares una vez que Cuba quedase incor- 
porada á la República. Con los artículos del periódico español con- 
servador, muchos de los hacendados ricos, insulares y peninsulares, que 
hubieran tomado parte en el Bono por el natural deseo de ver mejorados 
los precios del producto de sus ingenios, como lo prometía el rico me- 
jicano se negaron á tomar parte en una empresa qué consideraljan anti- 
española y el proyecto fué abandonado, (i) 

El segundo proyecto llegó á ser aprobado por muchos hombres 
que no comprendían toda su trascendencia. Hacía tiempo que El 
Siglo había tratado de la conveniencia de tomar los cubanos sobre sí 
una parte de la deuda de los Estados Unidos, puesto que teniendo la 
Isla tanto comercio con la República, convenía que cuanto antes ésta 
reparara las pérdidas sufridas con la guerra separatista. Combatido el 
proyecto por el más decidido órgano del partido español conservador, no 
se trató más del asunto hasta que estuvo funcionando el telégrafo eléc- 
trico submarino entre Cuba y los Estados Unidos. 

Establecido el servicio del Cable, el Sr. F . . . convocó en su 
despacho á los principales banqueros, hacendados y comerciantes de la 
Isla, con el objeto de firmar un compromiso que estaba ya redactado, 



(i) El primer articulo de La Prensa contra el proyecto del Bono, estuvo á 
punto de ser borrado por la censura. Suponía el censor que daba demasiada impor- 
tancia á un proyecto que parecía absurdo; pero al día siguiente leyó el segundo y vio 
claro lo (|U2 implicaba. Llamó á su autor "el de esta obra" y comprendió bien la tra- 
ma lo mismo que el Gobernador General de la Isla. 



— 53 — 

por el cual se habían de obligar todos á recibir en pago de los frutos, 
letras y efectos que vendieran las monedas de oro de cuño anglo-ameri- 
cano. El Sr. F . . . y otros hablaron de la conveniencia de firmar 
el COMPROMISO, aduciendo razones extrañas é inoportunas, pero que los 
concurrentes debieron encontrar buenas, cuando se prestaban á firmar 
el documento. 

El Director de la Prensa que había sido también llamado como 
los Directores de los demás periódicos, expuso que reconocía el dere- 
cho de los señores hacendados banqueros y comerciantes para recibir 
la moneda anglo americana y cualquiera otra en pago de sus frutos, le- 
tras y efectos; pero que firmando el compromiso, á los pocos días el 
papel raoiíeda de Jos Estados Unidos estaría en circulación en la Isla 
de Cuba. Esto era evidente aunque los concurrentes que no estaban 
en el secreto no lo hubiesen comprendido. El Sr. Unamuno, Admi- 
nistrador de la Compañía Española de alumbrado del Gas, fué á sen- 
tarse al lado del Director de la Prensa, que en sur i dijo que hasta 
entonces y sin necesidad de compromisos los comerciantes y hacendados 
tomaban el oro americano con el premio ó descuento que tenía en 
plaza, según estaban altos ó bajos los cambios sobre los Estados Unidos. 
Pero que firmado el compromiso se daría al oro americano el valor 
equivalente al español y que sin embargo no estaba en esto el mal, sino 
que en la Habana tendría el agiotage una sucursal de Wall Street, 
donde por aquel tiempo se hacían las jugadas á la baja y alza del oro; 
y que sabiendo por el cable hora por hora las oscilaciones del oro, los 
interesados en que los habitantes de Cuba tomasen sobre sí una parte 
de la deuda de los Estados Unidos, conseguirían su objeto, puesto que 
no pagarían las letras y los azúcares en oro anglo-americano, sino dan- 
do su equivalente en papel al precio que se cotizara en Wall Street 
según el último telegrama. Como el Director prometió ocuparse 
seriamente del asunto, los hábiles reformistas que habían inventado el 
compromiso al ver puestas en evidencia sus verdaderas intenciones de- 
sistieron de llevar á cabo su proyecto, (i) 

Otros trabajos tenían entonces entre manos los incansables refor- 
mistas, y entre ellos el de hacer ingresar en las logias masónicas el mayor 
número posible de jóvenes peninsulares; y al efecto tenían activos 
agentes en Cuba y en los Estados Unidos. Lo que con esto se propo- 
nían ya se verá en seguida. 



(i) Puede asegurarse que desde el día en que acudimos á la reuiiión celebrada 
en los salones de la Empresa de Almacenes y Banco de Comerciólos hábiles reformis- 
tas, que nos veían por vez primera aunque hacía algunos meses que leían nuestros artí- 
culos en las columnas de la Prensa, comprendieron que habíamos de desbaratar sus 
más hábiles combinaciones. 



— 54 — 



Apesar de las evidentes pruebas de talento que estaba dando )a di- 
rección de El Siglo j ya la mayoría de los radicales no se conformaban 
con sus prudentes planes. Hé aquí la causa, explicada por el citado 
reformista, biógrafo del Sr. Conde de Pozos Dulces; que dice así: 

'* Volvió el Conde á ponerse al frente de El Siglo, cuya populari- 
dad sufría á la sazón las necesarias consecuencias del fracaso de la Co- 
misión de reformas. 

*' Las cuestiones económicas, las agrícolas, las de instrucción públi- 
ca y las de intereses generales para el país seguían siendo mag«stralmen- 
te tratadas en los artículos de fondo, y el periódico, lejos de merecer 
aquella impopularidad, continuaba publicándose, abrigando su director 
esperanzas de obtener el triunfo de las doctrinas que había predicado 
con tan ardiente fé, cuyo fin era alcanzar de la Madre Patria el plan- 
teamiento de un régimen liberal en Cuba, bien asimilándola á las de- 
más provincias españolas, bien concediéndole las leyes especíale^. 

''Por esta época ocurrieron sus desidencias con D. José de Armas 
y Céspedes, que al separarse de la redacción de aquel periódico repar- 
tió el prospecto de otro que iba á fundar con el título de El Occidente, 
manifestando que El Siglo no tenía razón de ser, y que ligado para 
siempre á un pensamiento ya muerto, debía sucumbir, como la mujer 
de Mala^bar, arrojándose á la hoguera después de la muerte de su esposo. 
Esta actitud del antiguo compañero y amigo ocasionó profunda pena 
en el atribulado ánimo del Conde, para quien el porvenir tenía reser- 
vadas todavía más tristes decepciones. 

"I, a separación de los Sres. Armas y Céspedes del Sr. Conde de 
Pozos Dulces y la declaración de los primeros (pues los dos hermanos 
Armas parecían empresarios de El Occidente) contrariaba un pensa- 
miento que er el de Saco, de Pozos Dulces y otros que esperaban lle- 
gar á su ideal político sin sacudimientos y sin necesidad de anexarse á 
los Estados Unidos, y marcaba el lugar y tiempo de las grandes evolu- 
ciones del partido reformista de Cuba. 

** Desde la derrota de los confederados del Sur, con los cuales sim- 
patizaban todos los separatistas cubanos, éstos se habían inclinado en 
su mayor número á los que por medio de hábiles declaraciones y por la 
fuerza de las circunstancias, contaban conseguir de los gobiernos de la 
Metrópoli una concesión tras otra, hasta obtenerlo todo. 

"Después de 1866 los anexionistas se sobreponían á los otros, 
porque toda la juventud de las grandes ciudades, que se dedicaba á 
las carreras literarias, contaba que podría lucir sus talentos en el Con- 
greso de Washington. ¡ Error y grande! ¡ No son las imaginaciones vi- 



— 55 — 

vas, ni las palabras fáciles; sino los cálculos exactos y los razonamientos 
fríos y desapasionados los que convencen á los hombres de negocios y á 
los grandes políticos de las naciones industriales y mercantiles! ....'* 

'*Las ideas del Conde, dice luego el mismo biógrafo, no habían 
sufrido la menor variación, apesar del rudo combate que diariamente 
sufrían: contestando en cierta pcasión á la Prensa, que le echaba en 
cara que ya no escribía los artículos de otro tiempo, le decía: '* Hoy» 
como en la época á que se contrae el colega, tenemos ardiente fé en 
las opiniones que él ha estado combatiendo diez y ocho meses, sin 
arrancarnos una palabra que pueda autorizarlo á dudar de la entereza 
con que seguimos abrigándolas; aunque es muy cierto que hoy serian 
inoportunas las controversias de aquellos tiempos, ya porque algunas 
no tendrían razón de ser, ya porque otras relativas á asuntos discutidos 
hasta la saciedad, sólo podrían fastidiar á nuestros lectores. ' ' 

Al través de los cargos que los publicistas del partido reformista 
ya divididos, se dirigían mutuamente, se desprendía claramente que, 
en último término, todos eran separatistas; que relacionados con los 
hombres que en la Metrópoli dirigían los partidos revolucionarios, tenían 
exactas noticias de lo que se estaba preparando en la Península; y que 
estaban persuadidos unos y otros de que tan pronto come en la Madre 
Patria triunfara la democracia, Cuba había de ser libre. Por esto los 
unos pretendían un gobierno autonómico, como el que hacía poco ha- 
bía establecido Inglaterra en el Canadá, equivalente á la independencia 
de hecho; mientras que los otros querían la separación absoluta é in- 
mediata de la Metrópoli. £1 primero de los dos bandos no tenia sol- 
dados. Eran sus directores, Saco, el Conde de Pozos Dulces y otros 
publicistas de la Habana, que contaban gobernar la Isla con el apoyo 
de los ricos peninsulares é insulares: el otro bando separatista lo cons- 
tituían los demócratas insulares, y sus principales jefes eran curiales, 
literatos y algunos hacendados de Santiago de Cuba y Puerto Príncipe, 
siempre mal avenidos con los de la capital de la Isla. 

Como los publicistas mal informados de la Península y los cubanos 
empeñados en desfigurar los hechos, aseguran que si en 1867 se hu- 
biesen planteado en las Antillas las reformas liberales que pedían sus 
representantes en la Junta de Información, se hubiera evitado la insu- 
rrección y la guerra, ocurre aquí preguntar: ¿Qué hubiera sucedido 
después de planteadas las reformas que pidieron los hombres que venían 
trabajando en favor de ¡a revolución hacía tantos afios? ¿Se hubieran 
quedado todos los separatistas satisfechos con la autonomía del Canadá 
equivalente á la independencia de hecho? Después de establecido "el 
gobierno del país por el país'*, con Ministerio cubano. Cortes cubanas, 
Administración de Justicia y empleados civiles cubanos ¿cómo se ha- 
brían quedado los partidarios de la Independencia absoluta? ¿Cómo 



_ 56 - 

habrían tratado los demócratas de todas razas, y en particular los de 
Oriente y del Camagüey, á los gobernadores de la Habana? ¿Se hu- 
bieran dado por satisfechos? Desde ahora se puede contestar negati- 
vamente á estas preguntas. 

¿Si á imitación del Gobierno inglés, que al establecer la autono- 
mía en el Canadá retiró todas las fuerzas de mar y tierra que tenía en 
aquellas colonias, el Gobierno español, después de planteado aquel sis- 
tema en Cuba y Puerto Rico, hubiese retirado el ejército y la escuadra 
de las Antillas, se hubieran evitado las revoluciones, levantamientos y 
guerras? ¡Ya veremos lo que sucedió al recibirse en ambas Antillas la 
noticia del triunfo de la Revolución de la Península que estaban espe- 
rando los autonomistas y los separatistas de Cuba ! Por ahora sólo di' 
remos que planteado en 1867 el sistema autonómico, el Gobierno es})a- 
ñol no hubiera podido sostener fuerzas de mar y tierra en las islas, in- 
dependientes de hecho, y que nada podían producir á la Metrópoli. 
Entregadas las Antillas á sus propios hijos, pronto había de estallar en 
ellas la guerra civil, que dejenerando en guerra de razas, quizá hubiera 
facilitado la ejecución de los proyectos de los anglo americanos, que 
deseaban entonces favorecer la inmigración de los Estados del Sur de 
los cinco millones de esclavos que acababan de ser declarados libres, y 
que se consideraban como un peligro constante para la raza blanca ven- 
cida en aquella parte de la República, (i) Los escritores y oradores 
superficiales, que han tratado las cuestiones de las Antillas sin haberlas 
estudiado debidamente, han causado inmenso daño á la Patria; y en 
particular á las mismas Islas, por cuya suerte han querido interesarse 
antes de estallar y después de haber estallado la Rerwlucwn, (jue los 
cubanos enemigos de la Metrópoli estaban preparando en Cuba, en 
Puerto Rico y en la Península hacía mucho tiempo, por medio de la 
masonería. 

Al recordar los trabajos de propaganda de los escritores cubanos 
que prepararon la Revolución política, social y económica de las An- 
tillas Españolas, no podemos olvidar á los escritores y hombres políti- 
cos que desde la Metrópoli les ayudaban con sus actos, sus discursos y 
sus escritos. Los jefes de la democracia peninsular aceptaban el con- 
curso de losseparat' .tas cubanos para llevar adelante sus proyectos, pro- 



( I ) Cuando al poco licmjDo de estar en guerra los Estados del Norte con los del 
Sur, se presentaron al Gobierno presidido por Mr. Lincoln los comisionados de la raza 
africana ofreciendo sus servicios con tal que se les prometiese la emancipación de los 
esclavos, se les contestó que procurasen prestar su apoyo á la Unión, y que en recom- 
pensa terminada la guerra el Gobierno procuraría adquirir un territorio poco distante 
donde los emancipados de los Estados del Sur pudieran establecerse. ¿ Sería Cuba ? 
Esto preguntaba la Prensa á los reformistas. 



— 57 — 

metiendo en cambio, que, de los beneficios de la Revolución de la 
Metrópoli participarían los demócratas de las Antillas. Si hemos de 
dar crédito á confidenciales noticias, los revolucionarios españoles reci- 
bieron, en distintas fechas, por medio de las Sociedades masónicas y 
por otros conductos valiosos y oportunos auxilios de los que preparaban 
la revolución de las Antillas. 

Aparte de los recursos pecuniarios quí los conspiradores antillanos 
pudieran proporcionar á los jefes de los demócratas peninsulares y á los 
emigrados políticos de Cuba y Puerto Rico, salían fondos para sostener 
publicaciones, fundadas con el exclusivo objeto de sostener las preten- 
siones del partido reformista de las Antillas. Entonces fué cuando en 
Madrid se recomendaba el sistema colonial de los ingleses. Con fre- 
cuencia se leían en aquellas publicaciones párrafos como el siguiente: 

**La política colonial de Inglaterra se limita á hacer á sus colonias 
dueñas de sí mismas, habiéndola** otorgado, sobre la libertad política y 
administrativa que ya disfrutaban, la independencia industrial y co- 
mercial que pone bajo su propia responsabilidad la gestión de todos sus 
intereses. Con toda sinceridad se oye repetir cada día en Inglaterra, 
<iue, cuando sus colonias quieran separarse de la Metrópoli y reclamar 
su independencia absoluta, no se opondrá el menor obstáculo á su se- 
paración. '* 

Suponiendo que con respecto al Canadá, á cuyos habitantes, todos 
blancos y en su mayor parte franceses é irlandeses de origen, y por 
consiguiente poco adictos á la Metrópoli, acababan de dar los ingleses 
la independencia de hecho, por evitarse complicaciones con los Esta- 
dos Unidos, se pensará en Inglaterra como decía el escritor de Madrid, 
era reciente la insurrección de la India, que el Gobierno inglés había 
conseguido sofocar, derramando ríos de sangre inglesa é indígena y 
poniendo á precio las cabezas de los generales, jefes y oficiales de los 
insurrectos. Sólo habían trascurrido tres años desde que en Jamaica 
el gobernador inglés Erye, por sofocar una insurrección, había manda- 
do ahorcar por centenares á los descontentos, sin probar que todos 
fuesen rebeldes; y su conducta había sido aprobada por el Gobierno y 
el Parlamento de Inglaterra. 

Pero ¿que importaba la verdad histórica á los escritores demócra- 
tas de la Península, que se habían comprometido á defender á los cu- 
banos, que entonces se llamaban reformistas? ¿No bastaba que los 
demócratas peninsulares fuesen en Cuba muy obsequiados y que sus pu- 
blicaciones de Madrid tuvieran muchos suscritores en las Antillas? (i) 



(i) Cuando el Sr. Asquerino, director de La América^ hizo un viaje á la Isla de 
Cuba, filé muy obsequiado por los reformistas, que le dieron banquetes regaos y le pro- 
digaron los aplausos cada vez que pronunció un discurso. 

8 



-58- 



El General D. Francisco Lersundi, sucesor de D. Domingo Dulce 
en el Gobierno Superior de la Isla de Cuba, era hombre de claro en- 
tendimiento; conocía las corrientes de los tiempos; la situación de la 
Metrópoli; sabía lo que podía suceder, y no pudiendo conseguir que 
aumentaran las mermadas fuerzas de la Isla, porque su antecesor había 
dicho que en Cuba para mantener la tranquilidad no se necesitaban 
soldados y el Gobierno de la Metrópoli así lo había creído, procuró 
atraer á si el partido español, que durante el gobierno de Serrano y de 
Dulce había permanecido retraído. En el Ayuntamiento de la Habana, 
en la Sociedad Económica, en la Universidad y en las demás corpora- 
ciones, eran contados los peninsulares miembros de ellas, y la Cen* 
sura de Imprenta estaba á cargo de un abogado cubano, y por cierto 
decidido partidario de las doctrinas de El Siglo, 

El General Lersundi nombró Censor á un peninsular de recono- 
cida ilustración, que sin restrinjir en lo más mínimo la libertad de es- 
cribir dentro de las prescripciones de la ley, censuraba con más equidad 
y justicia que su antecesor, quien no pocas veces pasaba el lápiz rojo á 
los mejores artículos de la Prensa, cuando daba á los de El Siglo las 
contestaciones que merecían. 

Estando el partido español al lado de la Autoridad, no corría pe- 
ligro la pa/; aunque fuera el número de soldados que guarnecían la Isla 
en extremo reducido. Sin embargo, los hombres conocedores de la 
situación, lamentaban la ceguera de los que opinaban como el Genera^ 
Dulce; quien, porque durante la guerra de Santo Domingo había deja- 
do la Isla de Cuba sin soldados y nadie se había levantado, se figuraba 
que no se necesitaban tropas para conservar la tranquilidad en la gran- 
de Antilla. Lersundi conservó buenas relaciones con el elemento cu- 
bano; pero al mismo tiempo vio con satisfacción que los peninsulares 
de importancia no permanecían alejados de Palacio, como durante el 
mando del General Serrano, y más aun después que le sustituyó el Ge- 
neral Dulce. Así el nuevo Gobernador Superior podía apreciar con 
mayores datos la situación y las necesidades del país y cómo estaban 
sus habitantes divididos. 

En Julio de 1866 fué nombrado Ministro de Ultramar el Sr. Don 



Es verdad que una caricatura del inspirado Landaluce y los artículos que sobre 
aquellos obsequios publicó la Prensa de la Habana, órgano del partido español, le 
quitaron las ilusiones. 

Años después nos decía en Madrid que los reformistas cubanos no le habían cum- 
plido nada de lo ofrecido. 



— 59 — ■ 

Alejandro de Castro, con quien el General Lersundi no estaba en bue 
ñas relaciones; y en el acto de recibir la noticia de aquel nombramien- 
to mandó á Madrid la renuncia de su elevado cargo. Aceptada la 
dimisión fué nombrado para sustituirlo el General Don Joaquín del 
Manzano, militar á la antigua, bien conocido en la Isla como recto y 
honrado; que á nadie había de perseguir por sus opiniones políticas; 
que i>odía perdonar alguna imprudencia, pero que no había de permitir 
que se infringieran las leyes ni que se perturbara el orden. 

Como por desgracia todos los cambios de ministerio eran seguidos 
de numerosos cambios en el personal de la administración de la Isla, 
no pocos de los cesantes se quedaban en Cuba, esperando nuevos cam- 
bios de ministerio: muchos de ellos contando ser repuestos y estando 
añliados en las sociedades masón 'cas, trabajaban en favor de sus respec- 
tivos partidos y haciendo méritos para cuando triunfasen sus amigos. 
Muchos de aquellos empleados cesantes procuraban que entrasen en las 
logias masónicas en que estaban afiliados, los comerciantes, artistas, mi- 
litares y marinos peninsulares, haciéndoles grandes promesas y ofre- 
ciéndoles la protección de los directores de la sociedad, á quienes 
suponían casi omnipotentes. La juventud que vive de ilusiones, y no 
pocos hombres que sin ser jóvenes buscan los medios de figurar, ingre- 
saban en la masonería; y muchos de los que no habían recibido educa- 
ción esmerada, ni podían comprender una palabra de las cuestiones 
políticas y sociales de que se les hablaba, tenían á los que de tales ma- 
terias trataban en las reuniones de los hermanos, por verdaderos rege- 
neradores de la humanidad; focos de luz de los pueblos y sabios de 
primer orden. La mayor parte de los jóvenes peninsulares que entonces 
se afiliaron en la masonería, dependientes de las tiendas y almacenes, 
ó de los escritorios de banqueros y comerciantes, permanecieron du- 
rante algún tiempo en la creencia de que adquirirían ciencia y descu- 
brirían grandes secretos políticos. 

En algunos pueblos de la Isla de Cuba los trabajos de la masonería 
se hicieron entonces demasiado públicos; y los directores y maestros 
olvidaban con harta frecuencia que las leyes no permitían las asociacio- 
nes públicas ni secretas, sin intervención ó á lo menos sin permiso de 
los delegados del Gobierno. El general Manzano se vio en la necesidad 
de tomar algunas medidas contra las imprudencias de los masones de 
una población importante: desavenidos los de una logia con los de otra, 
y habiéndose hecho recibimiento público y ruidoso á uno de los jefes 
de la asociación^ hubo denuncia á la Autoridad de parte de los herma- 
nos descontentos, y hubo de formarse causa al Teniente Gobernador 
que no sólo había tolerado aquellas manifestaciones sino que había 
tomado parte en ellas. Como tantos otros hombres españoles y hon- 
rados, aquel Teniente Gobernador no conocía más que á medias los 



— 6o — 

trabajos de los directores de la masonería cubana, y por consiguiente 
ignoraba que los hermanos sólo trataban de comprometer al mayor nú- 
mero posible de peninsulares, militares y paisanos, en favor de la Re- 
volución, que estaban preparando los masones cubanos en combinación 
con sus agentes de la Metrópoli. Como lo han declarado más tarde 
los directores de aquellos trabajas, se trataba de prestar auxilios á los 
emigrados de los partidos radicales, y á los que trabajaban en la Penín- 
sula en favor de la Revolución: de los beneficios de ésta debían ser 
partícipes los insulares y peninsulares demócratas: hasta aquí llegaban 
los hermanos que pagaban y prestaban apoyo á la causa de la Demo- 
cracia: los que dirigían los trabajos sabían que triunfante la Revolu- 
ción y planteadas en Cuba y Puerto Rico las reformas democráticas 
que habían de decretar los Gobiernos de la Revolución triunfrnte, ¡o 
demás (esta era la frase) debia venir pronto y por si mismo, (i) 



El Gobernador Superior y Capitán General de la Isla de Cuba 
D. Joaquín del Manzano pasó á mejor vida, después de una corta enfer- 
medad y su muerte fué vivamente sentida por todos los buenos españoles, 
que apreciaban como merecía al General honrado, recto é inteligente, 
que comprendía la situación de la Isla. Como desde Junio de 1867 
D. Alejandro Castro había dejado la cartera de Ultramar que obtuvo 
D. Carlos Marfori, fué de nuevo nombrado Gobernador y Capitán Ge- 
neral de la Isla el Excmo. Sr. D. Francisco Lersundi, quien al encar- 
garse por segunda vez del mando de la grande Antilla, no podía ignorar 
(¡ue en la Metrópoli los directores de la Revolución proyectada tenían 
sus trabajos muy adelantados; pero quizá no creía que los cubanos que 
conspiraban fueran tan temibles como los pesimistas querían suponer, 
ni que estuvieran tan íntimamente relacionados con los conspiradores 
de la Metrópoli. 

Por su parte los directores de las logias masónicas y los más carac- 
terizados partidarios de la Revolución eran más prudentes que antes. 
No ocultaban sus aspiraciones ni sus esperanzas; pero decían que triun- 
fando en la Metrópoli los enemigos de la dinastía, Cuba vería plantea- 



(i) Hacía muchos años que los más entendidos partidarios de la Independen- 
cia comprendían que era por medio de reformas decretadas en la Metrópoli que debían 
conseguirla. 

Había un partido que no participaba de esta opinión y como se verá luego, esto 
salvó la Isla. 



— 6i - 

das las instituciones que deseaban y que por consiguiente quedaría unida 
con fraternales lazos con las provincias hermanas de la Madre Patria. 
Es verdad que entre los reformistas, al parecer tan unidos, había aspi- 
raciones bien distintas: el triunfo de la Revolución había de ser, según 
los unos; ''El Gobierno del país por el país,** lo que en prosa vulgar se 
traducía: **Los empleos de Cuba para los cubanos.-** para los otros el 
triunfo de la Revolución que se preparaba debía dar por resultado, un 
Gobierno democrático en la Metrópoli: la asimilación de las provincias 
antillanas á las peninsulares, y la destitución de todos los empleados 
adictos á la dinastía y naturalmente la colocación de todos los demó- 
cratas peninsulares y cubanos que habían contribuido y continuaran 
contribuyendo á la grande obra que simultáneamente había de regenerar 
la Metrópoli y las Antillas. ¿Sabían los generales y los hombres políti- 
cos que prepararon la Revolución de 1868, y que aceptaron el con- 
curso y los auxilios de los cubanos, lo que después del triunfo éstos se 
proponían exigirles? ¿Habían calculado lo que implicaba el estableci- 
miento en las Antillas del sistema democrático, que se quería establecer 
en la Península? (i) 

Si todo lo que han publicado los separatistas en estos últimos tiem- 
pos es verdad ¿Cuantos favores no debemos los españoles á la Divina 
Providencia? (2) 

Aquí es del caso recordar las felicitaciones que se habían mandado 
al General Serrano por haber dicho en el Senado que los cubanos eran 
tan 'merecedores de los bienes de la libertad como los peninsulares y 
las pruebas de afecto que de los reformistas había recibido el General 
Dulce. 

Ya nadie ponía en duda que en la Metrópoli la Revolución se 
acercaba y que debía ser radical: el Gobierno se manifestaba dispuesto á 
la resistencia. El Duque de Mont|)ensier, cuñado de la Reina Isabel, 
se suponía amigo de una parte de los conspiradores, y se vio obligado 
á salir de España. Los generales Serrano, Córdova, Zabala, Dulce y 
otros habían sido desterrados: apesar de estas y otras medidas severas, 
los revolucionarios ganaban terreno, y los demócratas de todas las es- 
cuelas reunían sus fuerzas para derribar la monarquía de la Reina. Los 
que trabajaban en favor de la Revolución de la Metrópoli, continuaban 



(i) Se aseguró que de Cuba se habían proporcionado los autores de la Revolu- 
ción de Cádiz grandes recursos. Habrá tal vez exageración; pero conociendo las reía* 
ciones que mediaban entre los directores principales de aquel movimiento y algunos 
reformistas cubanos muy ricos, residentes entonces en la Península se comprenderá que 
por necesidad debieron contribuir los fondos cubanos al triunfo de los pronunciados. 

(2) Enrique Piñeiro en su libro titulado: Morales Lemus y la Rf.volución 
nos proporciona datos interesantes. 



— 62 — 

su propaganda y ni en la Capitanía General de la Isla, ni en el Minis- 
terio de Ultramar se figuraban que en las Antillas hubiese^ un partido 
dispuesto á levantarse en aquellas circunstancias, enarbolando el pendón 
de la Independencia. Viendo que los prohombres de los antiguos par- 
tidos separatistas hacían causa común con los demócratas de la Metró- 
|K>I¡, y aspiraban á realizar luego su Revolución por medios pacíñcos, 
no parecía natural que después de haber esperado tantos años y de te- 
ner siLS planes tan adelantados, quisieran exponerse á un fracaso por 
dar un gol¡)e antes de tiempo. 

Kn el Ministerio de Ultramar y en la Capitanía General de la Isla 
de Culia no tenían presente que hay un hecho constante en la historia 
de las revoluciones de los pueblos; hecho constante que los gobiernos 
debieran tener siempre en cuenta: los propagadores de nuevas doctrinas; 
los que preparan los ánimos para que las masas populares se agru|)en 
al rededor de una bandera y los que preparan un nuevo sistema social 
y [Kilítico, pueden saber lo que se proponen; pero ignoran siempre lo 
que han de exigirles los que acudan á su llamamiento. El Gobierno de 
Madrid y las Autoridades de la Isla podían saber (si es que lo sabían) 
á lo que aspiraban los directores de las escuelas reformistas de Cuba; 
¡jero ni los ministros, ni los gobernantes de la Isla, ni los mismos Jefes 
de los |)artídos militantes tenían en cuenta el hecho constante de todas 
las revoluciones, violentas y pacíficas, preparadas desde larga fecha ó 
producidas por un acontecimiento inesperado: siempre los hombres 
más eminentes de entre los que las dirigen son arrastrados por candillos' 
oscuros, ó ambiciosos sin escrúpulos, salidos de las localidades más 
insignificantes ó de las clases más atrasadas y menos influyentes. Los 
Jefes de los partidos militantes de Cuba no podían figurarse que al lle- 
gar la hora tan es])erada, les hablan de arrebatar los frutos de la victo- 
ria los hombres menos idóneos jmra organizar, gobernar y administrar 
la Isla. 



Partiendo del^ periodo más digno de serios estudios de nuestra 
larga historia, esto es, del período en que más abundan los heroicos 
hechos, los grandes sacrificios y las terribles catástrofes, y que empezó 
con el combate naval de Trafalgar y terminó con la batalla de Ayacu- 
cho, hemos procurado compendiar con la mayor exactitud posible los 
acontecimientos de la Isla de Cuba, exponiendo al mismo tiempo la 
organización política y social establecida; las modificaciones que ha te- 
nido y cómo se han desarrollado la población, la producción y la 
riqueza. Hemos tratado de explicar cómo estaban divididos los habi- 



-63- 

tanteSy cómo se formaron los partidos políticos, y cómo han venido 
trabajando los que han pretendido Gobernar por sí la Grande Antilla. 
Creemos que con lo dicho se puede formar exacto juicio de la situación 
de la Isla de Cuba cuando se recibió la noticia de haber estallado y 
triunfado en la Metrópoli la Revolución que tanto deseaban los demó- 
cratas, y que debía transformar por completo el orden político y social 
en las Antillas. Ahora ya será más fácil comprender el peligro que 
corrieron y cómo se salvaron los envidiados restos del Grande Imperio 
que fundaron nuestros antepasados en el Nuevo Mundo! 

Sólo nos resta advertir que los hábiles políticos que desde tantos 
años atrás venían trabajando en favor de la Revolución de las Antillas 
y que después de haber visto las dificultades que habrían de encontrar 
para llevarla á cabo por medio de las armas, se habían propuesto reali- 
zarla pacíficamente, por medio de reformas radicales decretadas en la 
Metrópoli, no se habían fijado bien en los elementos componentes de 
la población de las hermosas y ricas Islas. No hablan calculado que 
la mitad de los habitantes de Cuba y Puerto-Rico eran de color, y que 
libres ó esclavos, eran adictos á la Metrópoli. Tampoco tenían en 
cuenta que en la Isla de Cuba, en 1868, había más jóvenes peninsulares 
que en 1810 en todos los virreinatos del Continente Americano y que 
una inmensa mayoría de los blancos nacidos en Cuba y Puerto-Rico, 
querían permanecer de nombre y de hecho unidas á España. Y por 
últino, los que contaban llegar á su ideal definitivo, aprovechándose 
de las radicales reformas políticas y sociales que habían de decretar los 
Jefes de la Revolución triunfante en la Metrópoli, no contaban con 
que tan pronto como el telégrafo anunciara á los ministros Españoles, 
demócratas ó conservadores, que en las Antillas se necesitaban fuerzas 
para sostener la bandera de la Patria tendrían buques de vapor para 
trasportar un ejército en tres semanas. Apesar de esos errores de cál- 
culo quizá los hábiles políticos hubieran realizado la Revolución pací- 
fica; quizá planteadas las reformas se hubieran desligado de compromi- 
sos proporcionando algunos millones de pesos al Gobierno de la 
Metrópoli, como algunos de los prohombres cubanos habían ¡censado, 
si como en todos los países según se ha dicho, no hubiesen sido más 
activos los audaces y ambiciosos que los conspiradores hábiles. Mien- 
tras en la Habana estos últimos deliberaban acerca de los medios de 
atraer á los peninsulares ricos y á entenderse con las Autoridades que 
debían plantear las reformas democráticas tan esperadas y proclamadas 
por sus amigos en la Península, en los Departamentos Central y Orien- 
tal se trataba de buscar otro camino para llegar á la Independencia. 
También los ambiciosos de aquellas tierras, las más montañosas y menos 
pobladas de la Isla, hacía tiempo que trabajaban en secreto en favor de 
una Revolución política y social; pero sin pensar en negociaciones ni 



-64- 

en ofrecer millones á los gobiernos de la Metrópoli (i). Aquellos 
caudillos de montañeses siempre habían sido amigos de la independen- 
cia, de la igualdad de las razas y de la propiedad ajena. ¡Aquellos eran 
enemigos de la Metrópoli; pero lo eran mucho más de los reformistas 
de la Capital de la Isla! 

Al terminar este discurso ó introducción, indispensable en una 
obra de esta clase, debemos declarar que no simpatizamos con los de- 
mócratas de las Antillas españolas, ni con los demócratas de la Penín- 
sula, porque á nuestro juicio entienden y quisieran practicar la doctrina 
democrática como la vienen entendiendo y practicando los caudillos de 
las Repúblicas hispano-americanas hace más de sesenta años. Sabiendo 
como se entiende el gobierno del pueblo por el pueblo, en los países 
donde todos se creen aptos para mandar y nadie se considera obligado 
á obedecer, donde no hay quien quiera dedicarse á los trabajos pesados 
y mal retribuidos de la agricultura, la industria y las artes, estamos 
intimamente convencidos de que sin la savia vivificadora que reciben 
de la Madre Patria, Cuba y Puerto-Rico, dentro de pocos años serían 
tan pobres y tan atrasadas como Haití, Santo Domingo y Jamaica. (2) 

Como la Península sólo puede proporcionar á sus Antillas los ele- 
mentos de vida que necesitan, con la condición de que las ventajas 
sean recíprocas, todos los proyectos de los autonomistas y demócratas 
libre-cambistas han de producir en la práctica los mismos resultados 
que la Independencia absoluta. Las provincias peninsulares sólo pue- 
dan dar elementos de vida á las Antillas, si tienen en ellas mercados 
ventajosos para sus productos y colocaciones para sus hijos; que es jus- 
tamente lo que quieren negarles los autonomistas y los demócratas libre- 
cambistas. Y es preciso tener presente que por más que lo contrario 
hayan dicho escritores afamados, en estos climas no pueden venir á 
trabajar los hombres del Norte de Europa. 

He aquí porqué nos proponemos publicar sin más dilaciones este 
trabajo, que tiene un fin ú objeto bien determinado. 



( 1 ) Sobre los trabajos de los conspiradores del Departamento Oriental de Cuba. 
Véase la Historia de la Insurrección de Lares. 

La enemistad entre los caudillos de los reformistas y conspiradores del Departa- 
mento Oriental con los del Oeste nunca se ha extinguido. 

Máximo Gómez durante la guerra varias veces vio fracasar sus planes por celos 
entre los rebeldes del Camagüey y los de Cinco Villas. 

(2) Kn la antigua Española toda la población, exceptuando un corto número de 
habitantes de Santo Domingo, es de origen africano y viven de lo que espontáneamen- 
te produce el suelo. 

En Jamaica, de los 500,000 habitantes que cuenta sólo 14,000 son blancos en su 
mayor parte deprendientes de las compañías cuyos vapores subvencionados por el üo- 
biemo inglés hacen escala en los puertos de la antes rica Isla. 



\ 



-65- 

Ya que la Divina Providencia, apesar de las faltas y de los errores 

^^ los gobernantes y de la habilidad y perseverancia de los enemigos 

^España, no ha querido que en esta Antilla se perdieran los elemen- 

"^ <ie civilización, de bienestar y de progreso que los españoles han 

' ^^-clo, quisiéramos evitar la repetición de pasadas desgracias. Aunque 

^ ^^ Isla de Cuba la Revolución que preparaban los reformistas no 



^ ^*~iunfado, y aunque han sido vencidos los que en 1868 levantaron 



^¿v ^ ^*^3ra el estandarte de la Independencia, la antigua organización po- 

^^^-social ha sufrido una transformación completa; y los cambios 

^^ ^ ^ icos y sociales pueden ser buenos ó malos, según el camino que 

^Xendan gobernantes y gobernados. No basta proyectar grandes 

^^^í$¿5s; no basta declarar que con el nuevo sistema las revoluciones y las 

guerras han terminado. Si se agotan todas las fuentes de la riqueza 

particular y pública con reformas desacertadas; si se hieren de muerte 

el sentimiento moral y las consoladoras creencias, de las clases más 

numerosas y menos afortunadas, los pueblos no pueden esperar sino 

miseria, tiranía y desórdenes interminables; aunque sus instituciones 

sean libres. 

Si en adelante los gobernantes no proceden con prudencia, 
justicia, fortaleza y templanza, y si entre los gobernados no predomi- 
nan las creencias religiosas, el amor al trabajo, el espíritu de economía 
y otras condiciones que faltan entre las clases que en Cuba se han dis- 
tinguido siempre por sus propensiones revolucionarias, ó el Gobierno 
de la Metrópoli se verá en la necesidad de gobernar autoritariamente, 
por medios excepcionales, ó dejando á los habitantes de las Antillas 
arbitros de sus destinos, como lo desean los que durante tantos años 
han trabajado en favor de la Revolución tendrán que sufrir todos los 
males de la guerra civil, la anarquía y la dictadura. 

A fin de que los hombres honrados sepan á qué atenerse y com- 
prendan lo que pueden esperar de los directores de los partidos mili- 
tantes de las Antillas, y para que los gobiernos puedan contener á 
tiempo á los que no quieran arrepentirse ni enmendarse, vamos á rela- 
tar sin pasión y con la mayor exactitud posible los sucesos de la Isla 
de Cuba, desde que se levantaron los hombres que desde muchos años 
atrás venían preparando la Revolución, hasta que terminada la guerra el 
Gobierno de la Metrópoli estableció en las Antillas un nuevo régimen, 
promulgando y mandando observar la Constitución de la Metrópoli. 



9 



HISTORIA 



I)K LA 



PVOLUGION Y GUERRA DE CÜBj. 



PARTS PRIMERA. 



Desde el levantamiento de Yara hasta la jura 

de Don Amadeo de Saboya. 



CAPITULO PRIMERO. 



Presagios.— Noticias de la Peninsala.— Proceder de las Autoridades.— 
Exigencias de los reformistas.— Fuerzas de mar y tierra antes del 
levantamiento de Yara en Onba.— La Antilla hermana.— Traba- 
jos de las sociedades secretas en las dos Islas y en la Metrópo- 
li.— Insurrección de Lares.— Derrota de los insurrectos.— Llega la 
noticia á Guba. 



Así como en el mundo físico se conoce la proximidad de las tem- 
p>estades por la pesadez de la atmósfera, el vuelo de los pájaros, la 
fosforescencia de las aguas del Océano y otras señales, así en el mundo 
moral y político presagian siempre las revoluciones y guerras la agi- 
tación de los ánimos, el extravío de las ideas, las vacilaciones de los go- 
biernos y los trabajos de los descontentos. En la Isla de Cuba, desde 
los primeros días del mes de Setiembre de 1868, se comprendía que 
algo serio se estaba preparando. Los elementos reformistas procuraban 
dar tregua á sus diferencias; los hombres de más prestigio entre ciertas 
fracciones hacían frecuentes viages de un pueblo á otro de la Isla, y un 
periódico de Santa Clara con la palabra ^ ^ Labor emus^^^ al parecer dio 
el santo y seña á sus correligionarios. Los llamados reformistas pro- 
curaban atraer á sus filas á los peninsulares de ideas avanzadas y á los 
descontentos á quienes los últimos ministerios habían dejado cesantes. 



— 4 — 

Los que habían proporcionado recursos á emigrados de la Península y 
á los Jefes de la democracia militante aseguraban que había llegado la 
hora de la libertad para los españoles de uno y otro lado del Atlántico. 
En medio de tanto movimiento, las autoridades de la Isla perma- 
necían impasibles: comjjrendían por una parte que en la Metrópoli se 
había de verificar un cambio radical en el orden político y que debían 
ser relevados; mientras (pie por otra no tenían fuerzas materiales ni las 
competentes órdenes para tomar medidas preventivas de cierta clase, 
l^os reformistas cubanos y los demócratas peninsulares que estaban al 
corriente de lo que pasaba en la Metrópoli esperaban recibir de un mo- 
mento á otro importantes noticias j)or el cable submarino. Cuando el 
periódico reformista de Villa Clara dio el santo y seña, por la vía de 
Cayo Hueso sin duda se había recibido de Madrid ó de Cádiz alguna 
noticia importante (i). Así se pasó el mes de Setiembre. Al fin se 
anunció oficialmente el triunfo del Ceneral Serrano en Alcolea el 28 
de Setiembre y su entrada en Madrid, lo (jue implicaba el triunfo de la 
revolución y la caída de la Reina Isabel (pie había tomado el camino 
de Francia. En medio de la agitación (pie produjo tan grave noticia, 
los reformistas redoblaron sus fuerzas para ponerse de acuerdo res¡)ecto 
A lo que debían pedir á la revolución triunfante. Uno de los peninsu- 
lares que se había puesto más en evidencia entre los que pedían insti- 
tuciones democráticas, y (pie había firmado una Circular recomendan- 
do el periódico órgano de los reformistas más avanzados que los de 
*'^KíS¿g/o,'^ salió en Comisión como varios otros y regresó satisfecho 
á la Habana *'¡por(pic todos I03 hermanos le habían prometido esperar 
tranquilos hasta que los demócratas de la Madre Patria tuviesen orga- 
nizado su gobierno! Los má> impacientes pretendían que se hicieran 
manifestaciones; pero el General Lersundi, no teniendo sino noticias 
telegráficas de la revolución, declaró (jue ningún cambio se haría en el 
gobierno y administraci()n hasta recibir las oportunas órdenes é ins- 
trucciímcs del nuevo gobierno de la Metrópoli. Los peninsulares y 
cubaníís, en su inmensa mayoría aprobaron la actitud del General y le 
prestaron su leal apoyo para impedir (¡ue los demócratas quita.sen los 
escudos y coronas de los edificios públicos y derribasen las estatuas de 
las plazas y paseos; y es de advertir (jue, desde aquellos primeros días 
de Octubre, muchos peninsulares y cubanos de ideas liberales compren- 



(i) "A mediados de 1868 tenían constituidas muchas ciudades de la Isla juntas 
secretas para preparar la lucha por la independencia, las logias masónicas, que en al- 
gunos puntos se componían de cubanos casi exclusivamente, sirvieron de núcleo; y 
como la aspiración era idéntica, comenzóse á agitar la cuestión política en muchos lu- 
gares al mismo tiempo." 

Euriijite Piiteiro.- Morales I^mus y la ínsurrecdon de Cuba. — Nceva-York 1871. 



— 5 — 

dieron que las exigencias de una parte de los reformistas no se limita- 
rían á pedir libertades, y que sería necesario luchar desde que se apun- 
tó la idea de pedir garantías. Esto de las garantías era más serio de lo 
que algunos hombres de buena fé se figuraban: basta observar que uno 
de los más importantes órganos del partido reformista decía: * 'Supo- 
niendo que el gobierno de la revolución plantee en Cuba todas las 
reformas que necesitamos: ¿quién nos garante su conservación? ¿No 
puede venir mañana otro Gobierno que nos las quite? ¿No será lo me- 
jor que busquemos la garantía de una poderosa nación ex trangera?" 
Estas y otras importantes cuestiones que pusieron sobre el tapete los 
partidarios del "gobierno del país por el país," abrieron los ojos á 
muchos ilusos. 

Entonces fué cuando calculando que era indispensable prepararse 
para la lucha, los mismos hombres que en 1850 habían pertenecido á 
los cuerpos de voluntarios comprendieron que era necesario armar á 
los jóvenes decididos á defender la nacionalidad á todo trance. I^ 
^^ Prensa^ ^ órgano de los españoles conservadores encareció la necesi- 
dad urgente de proceder al armamento de cuerpos de voluntarios en 
suficiente número para prestar eficaz auxilio al ejército cuyo buen espí- 
ritu nadie podía poner en duda. Ya sabemos que después de las ten- 
tativas de los anexionistas se había aumentado el ejército de Cuba y se 
habían armado los cuerpos de voluntarios para conservar el orden y 
contener á los enemigos de España. Sin embargo, según puede verse 
en las Memorias del General Concha, en 1850 las tropas de la Isla de 
Cuba sólo sumaban juntas 14,498 hombres: en 1851 llegaron á 19,577 
hombres; pero en 1854 sólo se contaban 16,180 soldados de todas ar- 
mas. El General Concha consiguió llevar el efectivo del ejercito de 
Cuba á 23,000 hombres; pero con los acontecimientos posteriores, y 
sobre todo con la guerra de Santo Domingo el ejército de Cuba había 
disminuido bastante. En Madrid había hecho fortuna la idea de ([ue 
en las Antillas se podía conservar la paz sin necesidad de ejércitos ni 
escuadras. Se decía en corroboración de esta idea, (jue D. Domingo 
Dulce, durante la lucha con los dominicanos había dejado la Grande 
Antilla sin soldados sin (pie los cubanos hubiesen pensado en alterar el 
orden. 

Según datos publicados en Nueva-York por los partidarios de la 
independencia, que bebían en buenas fuentes, al recibirse en Cuba la 
noticia de la caída de la monarquía de Doña Isabel se contaban en la 
Isla doce regimientos de Infantería; un cuerpo de Ingenieros; otro de 
Artillería; dos de Caballería; una sección de Guardia Civil; un regi- 
miento de Bomberos; un cuerpo de guardia correccional; dos compa- 
ñías de guarnición de hospitales militares y cinco regimientos de Caba- 
llería é Infantería de milicias disciplinadas. Todos estos cuerpos, 



— 6 — 

según el mismo estado, publicado en el extrangero por los enemigos de 
España, sumaban 4as fuerzas siguientes: 

Veteranos de todas armas, inclusos los ofi- 
ciales i4>3oo hombres. 

Guardia Civil 640 

Correccional 120 

Bomberos armados . . 1,000 

Infantería y Caballería de Milicias. . . . 3i4oo 

Soldados cumplidos y retenidos en servicio. 300 



TOTAL 19,760 hombres. 



Restando las guarniciones de los fuertes, los guardias de presidios 
y hospitales y las milicias disciplinadas de blancos y hombres de color 
que permanecían en sus casas ¿con qué tropas contaba el Gobierno? 
Tenía 1,500 hombres en el Departamento Oriental; 2,000 en el Cen- 
tral y el resto en el Occidental sólo 6,000 soldados estaban armados 
con fusiles de Remington; el resto de las tropas conservaban el arma- 
mento antiguo. En las aguas de Cuba contaba el Gobierno con las 
fragatas *^ Carmen'' de 40 cañones; la ''Gerona" de 50, dos vapores de 
ruedas, cinco goletas de hélice y algunos buques menores. Hacía años 
que hombres distinguidos habían puesto en evidencia la necesidad de 
crear una marina apropósito para vigilar y defender las costas de Cuba, 
pero nada se había hecho. 

La Isla de Puerto Rico; la antigua Borinquen, lo mismo que 
su hermana mayor, desde la destrucción de la colonia francesa 
de Santo Domingo, la pérdida de los virreinatos del Continente y las 
reformas sociales de las Antillas inglesas, á la sombra de la ban- 
dera esp?Jíola había visto aumentar considerablemente su pobla- 
ción y su riqueza. Los emigrados de Haití y de Costa Firme habían 
desmontado tierras y tenían valiosos cafetales é ingenios. Aunque só- 
lo cuenta menos de la décima parte del territorio de Cuba, en 1868 
Puerto-Rico contaba 600,000 habitantes, resultando poco más de 70 
por kilómetro cuadrado, cuando Cuba no tenía doce siquiera. Había 
pocos esclavos, pero la raza de color libre era casi tan numerosa como 
la blanca, y una y otra en su mayor parte vivía diseminada por los 
campos y en pequeños pueblos. La población peninsular era poco 
numerosa y la administración pública era en proporción menos costosa 
que en Cuba. Desde muchos años atrás había en la menor de las An- 
tillas un partido separatista. Ya en 1835 se habían hecho algunas ten- 
tativas de insurrección; y no habiendo sido, debidamente castigados los 



— 7 — 

autores y cómplices, en 1838 los separatistas consiguieron seducir á 
unos cuantos cabos y sargentos del ejército para que proclamaran la 
república. D. Miguel López Baños que gobernaba la Isla, menos con- 
fiado que el General Latorre, nombró un Consejo de Guerra para juzgar 
á los culpables. Dos sargentos expiaron en el patíbulo su crimen y como 
instigadores, los hermanos D. Andrés y D. Juan Vizcarrondo y su cu- 
ñado D. Valentín Quiñones, fueron también castigados, aunque menos 
severamente de lo que merecían. 

Aquel oportuno castigo mantuvo por largos años la tranquilidad 
en la Isla. Pero desde 1867 se habían organizado en las principales 
poblaciones las sociedades secretas. Cada hermano contribuía con una 
cantidad para los gastos.de la asociación y se comprometía á compare- 
cer con su caballo al punto que se le indicara en cualquier momento. 
Después de disuelta la Junta de Información de Madrid el Sr Bel vis, 
de acuerdo con el Sr. Morales Lemus, pasó á Chile y al Perú, que esta- 
ban entonces en guerra con España, en calidad de agente de los pa- 
triotas de Cuba y Puerto-Rico. Quedó así establecida la uniformidad 
de ideas y una línea de comunicaciones entre los separatistas de ambas 
Antillas, que contaban con bnenos amigos en la Metrópoli. 

Todo estaba preparado en Puerto-Rico para el movimiento que 
debía estallar el 29 de Setiembre de 1868, en cuya fecha esperaban los 
conspiradores que recalarían buques en la costa de Mayagüez con armas 
y dos ó tres mil negros. Descubierto el plan y habiendo las autoridades 
tomado sus medidas, en particular el Coronel Iturriaga, quien dio cuenta 
de lo que pasaba al Capitán General de la Isla D. Julián Pavía los 
acontecimientos se precipitaron: los conjurados se levantaron, reunie- 
ron gente y se dirigieron en número de ochocientos ó mil hombres 
hacia el pueblo de Lares, situado entre escar]>adas montañas en el inte- 
rior de la Isla. En dicho pueblo despertaron á los pacíficos habitantes 
con los vivas á la República y á la Independencia de Puerto-Rico y 
mueras á los españoles, saquearon tiendas y bodegas y nombraron Jefes 
militares y altos funcionarios de la República. Se dio la orden de can- 
tar el Tedeum por el sorprendente triunfo que los patriotas habían 
conseguido, pero se vieron obligados á pensar en los medios de salvar- 
se. El General Pavía que no creía en los proyectos de los liberales de 
Puerto-Rico, recibió aquel desengaño é inmediatamente dio órdenes 
para que se pusiesen fuerzas en movimiento para perseguir á los pertur- 
badores del orden. Los rebeldes se vieron obligados á dispersarse. 
Algunos de sus principales Jefes, entre ellos el anglo-americauo Bruck- 
man y el dominicano Banseu fueron muertos y otros cayeron en poder 
de los soldados y milicianos. 

El día 9 de Octubre de 1868 se supo en la Habana por un telegra- 
ma de Santiago de Cuba la noticia de haberse levantado los patriotas 

10 



— 8 ~ 

de Puerto-Rico en el partido de Lares. I^ noticia se recibió en la 
Capital del Departamento de Oriente por un vapor francés, y como se 
tenían pocos detalles cada cual la comentaba á su manera; sin embargo, 
la noticia causó profunda impresión y vino á sacar de su indiferencia á 
los que no querían creer que en Cuba pudieía jierturbarse el orden. 
Por otra parte los cubanos y peninsulares que en distintas poblaciones 
de Cuba se habían manifestado más impacientes, pidiendo cada día con 
más insistencia un cambio de sistema político, hicieron manifestacio- 
nes que alarmaron á los españoles que no eran domócratas, porque co- 
nocían lo que resultaría en la Grande Antilla proclamada la República 
democrática, dadas las condiciones de una sociedad cuyos elementos 
componentes eran de condiciones y razas tan distintas. Acostumbra- 
dos estaban los españoles de Cuba á oir las declaraciones de los refor- 
mistas que pertenecían, por confesión propia, á las escuelas democráti- 
cas más avanzadas; pero esto se escuchaba como la exposición de una 
teoría que nunca habría de ponerse en práctica; mas al llegar el 9 de 
Octubre las noticias de Puerto-Rico, después de lo que se sabía de la 
Metrópoli, todos comprendieron que la situación de Cuba era grave. 
Entonces se recordó que en las oficinas y estaciones de telégrafos había 
muchos empleados que no eran adictos á España; que otros estaban 
comprometidos con las sociedades secretas y que pudieran, aun cuando 
fuesen adictos á la Madre Patria, encontrarse con las manos atadas. 
De aquí se deducía que de un momento á otro las autoridades podían 
encontrarse sin comunicaciones, mientras que los directores de los par- 
tidos radicales, que tanto habían trabajad(» en aquellos últimos meses 
para coligarse, estarían siempre al corriente de lo que pasara en la Pe- 
nínsula, en Puerto-Rico, y en las poblaciones de los tres departamen- 
tos de la Grande Antilla. Se sabía que en Santiago de Cuba se traba- 
jaba activamente y que algunos de los directores de aquellos trabajos 
mantenían activas relaciones con los Jefes de los partidos más avanzados 
de la Península. Se calculó que la? noticias de la insurrección de Lares, 
antes de saber.se en la Habana, habrían sido trasmitidas á Bayamo, 
Holguín, Puerto-Príncipe y otras poblaciones del interior de la Isla. 
Luego se fueron recibiendo noticias bastante detalladas del levan- 
tamiento de Lares, de la derrota de los rebeldes y de lo que se propo- 
nían según los documentos que se les tomaron. El llamamiento á las 
armas de todos los hijos de Puerto-Rico, blancos y negros; libres y es- 
clavos estaba ya acordado antes de levantarse. Por los documentos y 
declaraciones de los presos se echa de ver que desde mucho tiempo 
atrás los demócratas de Puerto-Rico sabían como los de Cuba, que en 
la Península había de estallar una gran revolución y que el Gobierno 
de Madrid no podría enviar soldados ni buques á las autoridades de las 
Antillas para sofocar las insurrecciones que estallaran. 



í — 9 — 

' Por fortuna en la Isla de Puerto-Rico era fuerte y compacto el 

partido español; aunque segün los cálculos de entendidos estadistas, en 

I toda aquella Isla sólo habla trece mil peninsulares. En Cuba eran és- 

tos numerosos y decididos; pero tenían á su lado á los cubanos tan de- 
cid idos como los porto-riqueños á defender la bandera española, aunque 
de la Metrópoli por de pronto no pudieran recibir auxilios de soldados 
y buques. 



I 



k 



I 

I 



CAPITULO II 



Levantamiento de Yara.- Se publica la noticia.— Dudas disipadas.— 
Actitud de los españoles.— Desengaño de los reformistas y sepa- 
ratistas.— Los caudillos de la revolución.— Sus primeros actos.— 
Nombran gobiemo.—Proyectos.— Golpe frustrado en Manzanillo.- 
Beunión de cabecillas.—Correrías por Holguin y las Tunas.- -Ata- 
que y capitulación de Bayamo.— Proclamas.— Partes, relaciones 
y notas. 



Kn la capital de la Isla de Cuba después de las noticias recibidas 
de Puerto Rico, á pesar de haber sido la insurrección de aquella Isla 
sofocada, los ánimos estaban intranquilos, porque se temía que algo 
sucediera en la grande Antilla. Tanto los españoles conservadores 
como los reformistas deseaban recibir noticias de la Metrópoli. Los 
últimos esperaban que el Gobierno Provisional de Madrid mandaría 
cuanto antes las órdenes necesarias para plantear las reformas que, se- 
gún aseguraban, los jefes de la revolución triunfante les habían ofre 
cido. Los reformistas y demócratas contaban los días (jue debía tai dar 
el Correo salido de la Penír^sula después de la entrada en Madrid del 
General Serrano, que había anunciado ya el telégrafo submarino. Los 
reformistas y los demócratas peninsulares, contaban que en Cuba se 
constituiría un Gobierno Provisional, como en la Península y que los 



— n — 



directores de aquella coalición tendrían en sus manos los destinos y la 
futiu'a suerte de la Grande Antilla. Pero es el caso que además de los 
cubanos reformistas y los demócratas peninsulares que en aquellos días 
estaban de acuerdo, había otros hombres relacionados con los directo- 
res de los partidos avanzados de los departamentos del Centro y Orien- 
te, que no estaban dispuestos á seguir como á remolque á los reformis- 
tas y demócratas de la Habana ni esperaban con tanto afán las órdenes 
de la Península. Los separatistas permanecían callados; trabajaban en 
secreto para cuando llegase la hora de dar el golpe y secundar á sus 
amigos del interior de la Isla. Con tan encontradas corrientes la mar 
de fondo aumentaba y los españoles conservadores estaban más inquie- 
tos cada día. Sus temores no eran infundados. El día 13 de Octubre 
de 1868 se publicó en la Gaceta Oficial de la Habana el documento 
siguiente: 

** Según telegramas oficiales, en Yara, jurisdicción de Manzanillo, 
se levantó el día 10 una partida de paisanos, sin que hasta ahora se sepa 
el cabecilla que la manda ni el objeto que los conduce. 

*'Supónense unijdos á ellos los bandoleros perseguidos en otras 
jurisdicciones, y su importancia debe ser escasa, cuando en el mismo 
pueblo de Yara tuvo un encuentro antes de ayer con una pequeña co- 
lumna de soldados que salió de Bayamo en su persecución y huyeron á 
los pocos tiros que se cruzaron, dejando en el terreno del encuentro, 
sin duda para mejor ocultarse, cinco escopetas, un trabuco, cuatro ma- 
chetes, una lanza, diez caballos ensillados ó enjalmados y uno muerto 
de l>ala de fusil; todo sin más que una leve herida de un soldado de la 
columna, que ayer .seguía la persecución de los fugitivos. 

** De Cuba y de otros puntos de la Isla concurren fuerzas conside- 
rables del ejército, ya para dispersar en breve tiempo la gavilla levan- 
tada, ya para que en las jurisdicciones inmediatas no secunden el 
ejemplo de este escándalo, tanto más criminal, cuanto que coincide con 
momentos en que el interés primero de la Isla es la conservación del 
orden para no comprometer objetos de inmensa importancia social. 

''Sobre loe criminales que sean cogidos, y que según bando publi- 
cado están ya incursos en la jurisdicción militar, caerá pronto inexora- 
ble el peso de la justicia. 

**En el resto de la Isla hay perfecta traníjuilidad. 

**Lo que de orden del Excmo. Sr. Capitán General se publica en 
la Gaceta Oficial para general conocimiento. 

** Habana 13 de Octubre de 1868. — El Coronel Jefe de Estado 
Mayor interino. — José de Chessa." 

Esta noticia oficial vino á disipar las ilusiones de los directores del 
partido reformista de la Habana. La misma vaguedad del parte oficial 
en el cual se confesaba que nada se sabía respecto al número de insu- 



12 — 



rrectos, ni de la bandera que habían enarbolado, ni acerca de los nom- 
bres y condiciones de los Jefes del levantamiento, en aquellas circuns- 
tancias ponía de manifiesto la poca influencia de los reformistas que 
desde la Habana querían dirigir la política de Cuba tenían en el Orien 
te de la Isla. No desconocían los directores del partido reformista que 
el levantamiento de Yara pudiera ser un obstáculo para realizar sus 
proyectos de llevar á cabo una revolución política y social, sin necesi- 
dad de guerras civiles, con el concurso de los demócratas de la Metró- 
poli y atrayendo á sus filas una buena parte de los peninsulares residen- 
tes en la Isla. Los españoles conservadores, intransigentes, incondi- 
cionales ó como se quieren llamar á los cubanos y peninsulares que 
ante todo y sobre todo querían ser españoles, de nombre y de hecho 
permanecieron tranquilos, esperando noticias más detalladas y prepa- 
rándose para sacrificarlo todo, si era necesario, al cumplimiento de sus 
deberes, sin reparar en la magnitud de los sacrificios que los aconteci- 
mientos podían exigir de todos los españoles incondicionales de Cuba; 
ya hubiesen sido en la Metrópoli liberales, moderados, republicanos ó 
carlistas. I^a Autoridad Superior de la Isla les inspiraba confianza y al 
rededor del General Lersundi se agruparon los españoles de corazón, 
sin distinciones de opiniones ni procedencias. Los Jefes de los refor- 
mistas que contaban con el concurso de los demócratas peninsulares, al 
ver la unidad de sentimientos que reinaba entre los españoles incondi- 
cionales, comprendieron lo que había de suceder; pero disimularon y 
no aplaudían ni condenaban la insurrección de Yara, como si les con- 
viniera esperar para declararse, que se les hicieran nuevos ofrecimientos. 
Muchos de los peninsulares que se habían puesto de acuerdo con los 
reformistas para pedir un régimen á la vez democrático y autonómico 
para las Antillas, conservaron aun por algunos días sus ilusiones: cuan- 
do se publicó el documento oficial que se ha reproducido, algunos 
peninsulares no querían creer que los demócratas cubanos del Depar- 
tamento Oriental hubiesen levantado la bandera de la independencia, 
después de lo que pocos días antes les hablan prometido. La ceguera 
de unos pocos no detuvo á la inmensa mayoría de los españoles guiados 
por sus nobles sentimientos. 

Al recibirse en la Habana la noticia del levantamiento de Yara los 
antiguos cuerj)os de voluntarios estaban casi en cuadro. En pocos 
días, sin necesidad de órdenes ni avisos, toda la juventud esi)añola corrió 
á alistarse á los batallones de voluntarios y á pedir fusiles. No habien- 
do suficientes para tantos jóvenes decididos, se pidieron por telégrafo 
á los Estados Unidos armas de los más acreditados sistemas. Pronto 
se recibieron más detalladas noticias y .se comprendió que la lucha era 
inminente. Los reformistas que por no perder la popularidad entre 
ciertas clases, no querían dar imp.ortancia á la insurrección ni conde- 



— ^3 — 

Jiarla enérgicamente, hubieron de reconocer que algunos hombres de 
escasa importancia del Departamento Oriental sin respetar las órdenes 
ni .itender los consejos de los reformistas de la Habana y demás pobla- 
ciones de la parte occidental de la Isla, se les habían adelantado im- 
pnidentemente. 

Por los partes telegráficos y comunicaciones que pocos días después 
se recibieron, supieron las autoridades y el público que el Jefe princi- 
pal de los insurrectos era D. Carlos Manuel de Céspedes, Abogado de 
mediana reputación y hacendado de escasa fortuna. El día lo de 
Octubre, con algunos amigos suyos, había levantado el pendón de la 
'' íni/e/fendencia'''' en un ingenio de su propiedad, llamado *^ Damaja- 
S^^9 ' ' jurisdicción de Manzanillo, á corta distancia del caserío de Yara, 
dora cié se dirigieron inmediatamente después, proclamando la indepen- 
dencia, y dando vivas á ''Cuba Libre," sabiendo que encontrarían gente 
dispuesta á secundar su levantamiento. Se supo de una manera segura 
que si Céspedes no contaba con el favor de los directores del partido 
reformista de la Habana, en cambio tenía simpatías en las regiones del 
Centro y del Oriente de la Isla. Se supo al mismo tiempo que conta- 
ba con el auxilio de algunos militares de buenas condiciones para hacer 
la ff uerTa de montaña en aquella parte de la Isla. Los españoles leales 
tenían algo de esto previsto y como se verá luego, la autoridad no se 
dejó a.liicinar por los que le aseguraban que tan pronto como llegase 
el i-^^»^x'o Gobernador General que debía plantear las reformas prometí - 
da5, los rebeldes del Departamento Oriental se apresurarían á volver á 
su^ bogares. Se supo por último que con Carlos Manuel Céspedes 
^ta.l>an D. Francisco Aguilera, los Tamayos, I). Luis Marcanoj los 
^acieos y otras personas que tenían mucha influencia en aquellas juris- 
dicciones. El elemento más importante para los que levantaban el es- 
^W^arte de la rebelión era el dominicano, y en particular los Jefes y 
O^ciales que al abandonar las tropas españolas la vecina Isla, continua- 
fon sirviendo en las ñlas de nuestro ejército trasladándose á Cuba con 
íius familias. Para tener los detalles más exactos de aquel levantamien- 
to, basta saber que según datos publicados en Nueva- York por amigos 
de Céspedes, tan pronto como éste, desde la *^ Damajagjm'' se trasladó 
ó. Yara, se apoderó del caserío con los 147 hombres que constituían to- 
da su fuerza. Al salir del ingenio sólo contaban con 40 escopetas, 
cuatro fusiles, unas cuantas pistolas y machetes viejas. Asegura un autor 
separatista que el día doce de Octubre, esto es á las cuarenta y ocho 
horas de haberse levantado ya Céspedes tenía cuatro mil hombres, y que 
antes de terminar él mes contaba ya más de ocho mil; lo que prueba, 
aun cuando haya exageración en los números, que aquel levantamiento se 
venía preparando hacía ya mucho tiempo. Como en aquellas regiones 
centrales no había fuerzas que pudieran emprender la persecución de 



— 14 - 

los rebeldes, éstos pudieron acudir á los puntos (jue se les indicaba sin 
temor de encontrar enemigos. Por esto los primeros días de la revolu- 
ción se parecían á las fiestas y romerías. ¡Así empezó el terrible dra- 
ma que tanta sangre ha hecho derramar durante diez años en la Isla de 
Cuba! 

Después de haberse apoderado de Yara, Baire, Jiguaní y otros pe- 
queños pueblos de aquella región montañosa, donde no había más 
fuerzas militares que los tres ó cuatro soldados que tenían á sus órdenes 
ios capitanes de partido y sus subalternos, la mayor parte de aquellos 
campesinos de distintas razas, todos pacíficos, se figuraban que habían 
triunfado por completo. Habían acudido al llamamiento de Céspedes, 
porque proclamaba * * Cuba Libre: * * es probable que si hubiesen procla- 
mado la independencia ni blancos ni negros se hubieran prestado á 
seguirle. Los directores del levantamiento dieron cuenta á sus amigos 
de las poblaciones inmediatas del gran movimiento que habían llevado 
á cabo y de los triunfos que habían conseguido. Los afiliados en el 
partido debían encargarse de trasmitir las noticias al occidente de la 
Isla y al extrangero, con los comentarios correspondientes. Entre 
tanto Carlos Manuel Céspedes y sus compañeros; deseando probar que 
eran hombres activos y resueltos, poniéndose al frente de la gente que 
más confianza les inspiraba, emprendieron la marcha hacia Manzanillo. 

Esta población situada en el golfo que forma la costa de Cabo 
Cruz, corriendo al N. N. E. para continuar con rumbos del cuarto cua- 
drante, era cabecera de distrito; contaba 3,060 habitantes blancos, 
1,926 libres de color y 621 esclavos. En su puerto hacían escala los 
vapores de la costa del Sur, tenía mucho comercio de cabotaje y con 
el interior de la Isla. Había muchos peninsulares, comerciantes y gen- 
tes de mar y era su Teniente Gobernador D. Francisco Fernández de 
la Reguera. El 9 de Octubre se supo en Manzanillo que habían salido 
de la población ciertos sugetos bien conocidos por sus ideas ant i-espa- 
ñolas, y que habían sacado casi á la fuerza de sus casas á muchos cam- 
pesinos de las inmediaciones. Los españoles leales, cubanos y penin- 
sulares, comprendieron que se trataba de perturbar el orden! El Te- 
niente Gobernador pasó al cuartel y puso sobre las armas los treinta y 
ocho soldados del Regimiento de la Corona, que eran las únicas fuerzas 
del ejército que guarnecían aquel importante pueblo. Llamó en segui- 
da á los hombres que le inspiraban más confianza y que estaban en 
aptitud de empuñar las armas y les comunicó las noticias que había 
recibido. Expuso el peligro que corría la población si se veía atacada 
por los rebeldes, puesto que él estaba resuelto á rechazar la fuerza con 
la fuerza, aunque sólo contase con sus pocos soldados, que al efecto 
estaban ya haciendo los necesarios preparativos para la defensa. Sin 
vacilar un momento los concurrentes, peninsulares y cubanos, y los 



— 15 — 

^i^e fueron acudiendo sin ser llamados, se ofrecieron á ayudar al digno 
* uniente Gobernador y á sus soldados á defender el pueblo. 

Con el concurso del Sr. Alcalde Mayor Don Victoriano García 
^^í'ed.es, el Sr. Asesor I). Jesús Marino y los Señores Velázquez, Can- 
S| -^'^rgüelles, Noa, Ramón, Sánchez, Niera, Casáis, Muñiz, Rovira, 
^^*^as y otros, al frente de los dependientes de los establecimientos de 
.^ ^^rcio, artesanos, gente de mar y jornaleros del muelle, pudieron 
^<^^ ^^derarse con fuerzas suficientes para rechazar cualquier ataque de 
^t^emigos. El Sr. Cura de la parroquia, con el teniente cura y un 
V^^l)ítero del pueblo, corrieron al lado de los defensores de la bande- 
ra de la Patria, dispuestos á prestar á los decididos españoles cuantos 
auxilios necesitaran de su sagrado ministerio. Sin duda los amigos y 
cómplices de los rebeldes les avisaron de que los españoles de Manzani- 
llo estaban bien armados y preparados para defenderse. Sea como 
fuere, es lo cierto que por entonces renunciaron á dar el golpe de ma- 
no que tenían preparado, y en vez de continuar su marcha hacia Man- 
zanillo, retrocedieron de repente y tomaron la dirección de Bayamo, 
reuniendo de paso la gente que habían levantado otros cabecillas. El 
plan de los principales caudillos era apoderarse de Holguín, Bayamo 
y las Tunas, donde Céspedes y Aguilera tenían muchos amigos. Es- 
Pííraban que una vez establecido el Gobierno Provisional de **C//^¿/ 
//^re'' podrían dar cuenta de lo ocurrido á los gobiernos extranjeros, 
/ que estando instalado el Gobierno revolucionario en una población 
í^nportante del interior de Cuba los que acababan de levantar el estan- 
"3rte de la independencia serían reconocidos como beligerantes y á lo 
'Henos por el Gobierno de los Estados-Unidos. ¡Vanas ilusiones! 

Habiéndose encontrado Céspedes con Marcano que había reuni- 
ílo alguna gente, supieron que Mármol se había situado á corta distan- 
cia de Bayamo con otra partida. Los tres cabecillas se reunieron y 
<-'on sus resi>ectivas fuerzas practicaron algunas correrías por aquellas 
jurisdicciones, sin duda para llamar la atención, ganar tiempo y adies- 
írar sus fuerzas. I^ conspiración había ido bien preparada: en todos 
'osaistritos se levantó la gente alistada, y si aquellos caudillos no se 
apoderaron en pocos días de Holguín, las Tunas y otras poblaciones 
fue porque los españoles leales, apesar de su escaso número y del aban- 
dono en que el gobierno tenía hacía muchos años aquellas jurisdiccio- 
nes se prepararon para la defensa, (i) 

Hl día 17 de Octubre se acercó Céspedes á Bayamo, con cuutro mil 

(1) Sobre los preparativos hechos por los conspiradores publicó el Sr. Piñeiro 
interesantes datos. Dice que Céspedes estaba al frente de la conspiración en Manza 
nillo; que había desplegado mucha actividad, y que todo peligraba por haber sospc- 
tliado algo las autoridades españolas y que jx)r esto, de acuerdo con Aguilera habían 

II 



_ i6 — 

hombres, mientra.s iiue las fuerzas restantes continuaban sus correrías 
esperando sin duda apoderarse con un golpe de mano, de Holguín y 
las Tunas. Es la ciudad de Bayamo una de las más antiguas de la Isla 
de Cuba, fundada por Diego Velázquez, y es la población más impor- 
tante de la región central de aquel departamento. Era entonces cabe- 
cera de distrito y Tenencia de Gobierno, y tenía bastantes negocios 
con las poblaciones del interior y las de la costa del Sur de la Isla. 
Contaba con mucho ganado y tenía bastantes tierras en cultivo. En 
la ciudad ascendía la población á 2,303 habitantes blancos, 2,885 ubres 
color y 931 esclavos. Era su Teniente Gobernador Don Julián de 
Udaeta, y atendida su importancia como ciudad central, apesar de las 
reducidas fuerzas del ejército de la Isla, constaba su guarnición de cien 
soldados de infantería y veinte y cinco de caballería, veteranos, acli- 
matados y dispuestos siempre á batirse con los enemigos de España. 
I). Julián Udaeta, había hecho antes dimisión de su cargo y le había 
sido admitida. El Gobierno había pasado la orden correspondiente 
para que el Teniente (Gobernador dimisionario entregara el mando al 
Comandante D. Pedro Mediavilla, tan pronto como se presentara en 
Bayamo. Se dijo que desi)ués se había dado contra-orden, y el Señor 
Udaeta se quedó al frente déla Tenencia de Gobierno. 

En Bayamo, como en todas las poblaciones del interior de Cuba, 
los i>en¡nsulares eran menos numerosos (jue en las ciudades y villas del li- 
toral y los funcionarios públicos ,los militares y hasta los mismos comer- 
ciantes peninsulares, por necesidad habían de contraer íntimas rela- 
ciones y amistades con los habitantes de los pueblos en que residían; y 
como las principales familias de Bayamo eran las de los Céspedes, Agui - 
lera, Maceo y otras bien conocidas por sus opiniones políticas poco fa- 
vorables á España, muchos funcionarios públicos y militares se encon- 
traron comprometidos, y no pudieron hacer lo (]ue las circunstancias 
exigían. 

Al aproximarse los rebeldes á Bayamo el Cjobernador mandó (¡ue 
los veinte y cinco soldados de caballería que formaban parte de la guar- 
nición practicaran un reconocimiento. Los exploradores regresaron á 
la población con el comandante Guajardo y tres individuos de tropa 
heridos. El Teniente Gobernador, sin intentar ninguna otra opera- 
ción, se encerró en el cuartel con todos los soldados. Los insurrectos 
penetraron en la ciudad, se apoderaron de ella y arrojaron artículos 
inflamables alrededor del cuartel donde el Teniente Gobernador se ha- 



iijado el día del levantamicntu pero íjuc tuvieron cjue anliciparlo. Habían celebrado 
muchas reuniones de jefes del partido de la indei)endencia. ¿I.o sabían los reformis- 
tas d£ la Habano? 



í 



/ 



— 17 — 

' . encerrado con los soldados. Después de haber disparado algunos 
^- ^> los rebeldes intimaron la rendición al Sr. Udaeta. Este al prin- 
¿:0(. ^ 5e negó á recibir el oficio: luego lo leyó sin querer tomarlo en 
d^vv 'aeración, mientras que los dos valientes y pundonorosos coman- 
^^^ Novell y Mediavilla, proponían á su jefe varias operaciones para 
\^í^lener al enemigo. A todo se opuso el Sr. Udaeta: por último, los 
dos comandantes le propusieron la salida del cuartel á las once de la 
noche y ponerse en marcha hacia Manzanillo, que sólo dista de Baya- 
mo unas doce leguas con buena carretera, particularmente para infan- 
tería y ginetes. La proposición, tan noble como prudente, no fué 
aceptada por el Teniente Gobernador que no quiso comprender que 
aquellos hombres recien levantados, mal armador, que nunca habían 
peleado, no podrían impedir el paso á 125 soldados de tropa veterana 
bien armados y provistos de municiones y siendo parte de ellos de caba- 
llería. ¿Sería que eí Sr. Udaeta no temía á los que gritaban: Viva Cu- 
ba Libre? Se figuraría acaso que se trataba de un pronunciamiento en 
sentido progresista? Sea como fuera, es lo cierto que empezaron las 
conferencias entre el Teniente Gobernador y los caudillos de los insu- 
rectos; se hicieron proposiciones y se ajustó un convenio entre los de- 
fensores de ^^Cuba Libré*'* y lo^siíiados de Bayamo que firmó D. Luis 
Marcano con el significativo título de segundo jefe de las tropas de la 
''República de Cuba.'' 

Los insurrectos no respetaron ninguno de los artículos del corue- 
"'0. Apeníis los soldados depusieron las armas ftieron tratados como 
prisioneros de guerra; y á los comandantes Novell y Mediavilla se les re- 
macharon barras de grillos y fueron tratados cruelmente. Orgullosos 
con su fácil triunfo, los caudillos de la insurrección creyeron que pron- 
to serían dueños de Holguín y de las Tunas. Como Bayamo dista 28 
leguas de Santiago de Cuba, y como por otra parte los Comandantes 
Generales de los departamentos Central y Oriental no tenían tropas 
disponibles para mandar á la región Central de Bayamo, los jefes de 
los insurrectos no temían á los soldados que pudieran enviar contra 
ellos en aquellas circunstancias, y creyeron que tenían tiempo de sobra 
para nombrar el Gobierno de la República. Como tenían imprenta 
publicaron relaciones pomposas de victorias, proclamas á los habitantes 
de la Isla y las actas de los primeros acuerdos y de la proclamación de 
la Independencia. Este último documento, que se publicó luego en 
Nueva- York, estaba firmado en Manzanillo el 10 de Octubre de 1868, 
\o que prueba que la expidieron cuando se dirijían á esta población 
contando entrar en ella sin resistencia. En aquel documento los di- 
rectores de la insurrección expusieron las causas que les habían obliga- 
do á conspirar desde mucho tiempo antes de estallar la revolución en 
la Península, y á levantarse cuando supieron el resultado de la revolu- 



— i8 — 

ción de Cádiz. **A1 tomar las armas contra el gobierno español, de- 
cían, es de nuestro deber, siguiendo los precedentes de otros países ci- 
vilizados, proclamar ante el mundo las causas que nos impelen á dar 
este paso, que si de momento produce algunos disturbios, pronto nos 
hade asegurar la felicidad futura." 

Es inútil transcribir lo que decían en aquellos documentos sobre 
la dominación española y sobre los elementos con que contaban los 
cubanos para triunfar y asegurar !a paz en la Isla. En la nota que el Go- 
bierno Provisional de la República Cubana pasó al Gobierno de los 
Estado-Unidos, decía entre otras cosas: "En la mencionada ciudad 
de Bayamo hemos establecido nuestro Gobierno Provisional y organiza- 
do nuestros cuarteles generales, en los cuales tenemos más de trescientos 
prisioneros hechos al ejército español, entre los cuales hay generales y 
gobernadores de alto rango." Apesar de la diligencia de sus amigos 
y agentes, las notas de los caudillos rebeldes no produjeron efecto ni 
en la Isla ni en el extranjero. 

Los españoles leales, sin desconocer la importancia que daría á 
los rebeldes la toma de Bayamo y calculando lo que trabajarían los 
agentes de Céspedes y Aguilera en el Departamento Central y por las 
jurisdicciones de las Cinco Villas para secundar á dichos jefes de la 
República, continuaron sus preparativos militares para defenderla ban- 
dera de la Patria. Los reformistas no podían desconocer que su plan 
había frascasado, y que no les sería posible llegar á la independencia 
por medio de refí^rmas y concesiones hechas por los gobiernos de la 
Metrópoli y sin exponerse á los horrores de una guerra civil que pu- 
diera degenerar en guerra de razas muy fácilmente. El contenido de 
las proclamas remitidas á toda la Isla y el de la nota pasada al Gobier- 
no de los Estados- Un idos, revelaban bien á las claras que los caudillos 
de la in.surrección, que suponían tener á sus órdenes tantos miles de 
hombres y tantos recursos, para nada contaban con los reformistas de 
la Habana ni con los demócratas de la Metrópoli; habían empezado 
nombrando Gobierno Provisional de la República Cubana por .su cuen- 
ta y proponiéndose luego constituirse á voluntad de los que disponían de 
la fuerza y quedarse con el Gobierno definitivo de la ísla. Si se re- 
cuerda que los más caracterizados jefes militares délos insurrectos eran 
dominicanos, y que en sus filas había no pocos hijos de las repúblicas 
vecinas; y por último, si se considera que los caudillos del Departa- 
mento Oriental en sus proclamas aseguraban que la clase de color se 
pasaría á sus filas, se comprenderá cuan fácil debía parecerles la conxpleta 
conquista de la Grande An tilla. 



-»-•♦< 



CAPITULO ill. 



Primeras disposiciones del Gendral LeTSimdi.— Noticias que se publi- 
can.— Lo qne se supo extra-oficialmente.— Nuevo Comandante 
General de Bayamo, Holguín y las Tunas.— Se piden tropas al 
Gobierno.— Salen fuerzas de la Habana.— Datos estadísticos.— 
Tele^rrañstas.— Noticias que trasmiten.— Telegramas de Puerto-' 
Principe y Santiago de Cuba.— Protestas y medidas de las au- 
toridades. —Reflexiones. 



Tan pronto como se tuvo noticia del levantamiento de Yara, y por 
consiguiente antes de saberse en la Habana la desgraciada capitulación 
de Bayamo, el General Lersundi dispuso que los Coroneles Loño y 
Quirós, con las fuerzas que pudieran reunir en las inmediaciones de 
Manzanillo, trataran de dispersar á los rebeldes. Aunque en la capital 
de la Isla no había soldados disponibles, y aunque no era prudente sa- 
car tropas de los puntos que ocupaba el reducido ejército de Cuba en 
los tres departamentos, como no se podía sofocar aquella rebelión si no 
se enviaban fuerzas á la zona que recorrían sus caudillos, y como el Ca- 
pitán General no quería alarmar á los leales, se publicó en la Gaceta 
Oficial el siguiente documento: 

''Capitanía General de la Isla de Cuba. — Estado Mayor. 

**Las noticias sobre la partida levantada en la jurisdicción de 



20 - 



Manzanillo, están toda-s contestes en que se ha dividido en pequeñas 
fracciones para eludir mejor el en( uentro de las partidas que las persi- 
guen, siendo las Tunas el punto hacia el cual se han dirigido los cori- 
feos de este movimiento con los cjue se han adherido á tan deplorable 
calaverada. 

^'El Capitán General deseando (juitar todo pretexto á los que se 
dedican á invenciones alarmantes auníjue absurdas, ha dispuesto se ocupe 
militarmente todo el territorio perturbado, y á este fin ha hecho salir 
algunas compañías de infantería con un escuadrón de caballería con 
destino á las Tunas y Manzanillo, con lo ([ue jjuede darse por termina- 
do este ridículo y criminal intento, en el cual llevan arrastrados por la 
fuerza á varios |>aisanos que han empezado á presentarse. — El resto de 
la Isla está en perfecta tranquilidad. 

**Y de orden de S. E. se hace inscrlar en hi Gaceta ])ara (jue el 
público sepa á qué atenerse. 

*' Habana i8 de Octubre de 1868. — Por O. del Coronel Jefe de 
F^. M. el segundo Jefe interino, Antonio Ortiz.'" 

Como entonces funcionaban los telégrafos en toda la Isla y los in- 
surrectosno pensaban en destruirlos, porque contaban servirse de ellos, 
todos los habitantes de la Habana el día 18 de Octubre sabían que era 
necesario tomar enérgicas medidas para sofocar aquel movimiento. 
Aplaudieron la cordura de la primera Autoridad al hablar de oficio de 
la intentona, pero aplaudieron mucho más la resolución de mandar 
fnerzas al departamento Oriental y nombrar al Coronel D. Eugenio 
Loño Comandante Cieneral de las ftierzas de Bayamo, Holguín y las 
Tunas. Más se aplaudió, si cabe, la actividad que el General desplegó 
para armar cuerpos de Voluntarios y en particular á los que debían mo- 
vilizarse, compuestos en su mayor parte de soldados licenciados que al 
efecto se enganchaban. Los movilizados debían entrar en campaña 
inmediatamente y los españoles de todas condiciones y edades que se 
alistaban en los cuerpos del Instituto, estaban dispuestos á prestar ser- 
vicio donde se les indicara. Esta actividad desplegada á tiempo facili- 
tó al General los medios de sacar de las i)oblaciones y mandar á cam- 
paña todas las fuerzas del ejército. 

El (Jeneral Lersundi además de tomar estas acertadas disposiciones 
trasmitía diariamente telegramas al Gobierno Supremo de la Nación, 
dándole cuenta de las noticias que se recibían, de las medidas que se 
veía obligado á tomar y pidiendo que á la mayor brevedad posible se 
mandasen soldados para reforzar el ejército de la Isla. Por muy preo- 
cupados que estuvieran el General Serrano y los demás hombres de 
Estado que constituían el Gobierno Provisional de España; por mucho 
tjue influyeran en su ánimo las opiniones del General Dulce, que supo- 
nía (|ue en Cuba se podía gobernar y conservar la tranquilidad sin ne- 



— 21 



ees/dad de ejército ni escuadra, y por muy prevenidos que estuvieran 
contra el General Lersundi por ser un adversario político, no pudieron 
negar que en Cuba se habían levantado pocos ó muchos, cubanos y do- 
minicanos proclamando la independencia y pidiendo el auxilio de go- 
Wern os extrangeros. No mandar tropas á Cuba hubiera sido declarar- 
se cómplices de los rebeldes. Serrano prometió enviar á Lersundi con 
/a mayor brevedad posible las tropas que se necesitaran para pacificar 
la IhIcí,, y plantear después las reformas que decretaran las Cortes según 
se hal^ía prometido en el programa de Cádiz, y estableciendo en las 
Antillas un régimen que estuviera en armonía con el que se planteara 
en la. ^letrópoli. Ahora vamos á relatar lo que se hizo en la Isla. 

X3esde el día i6 de Octubre y cuando aun no se tenían noticias 
detalladas del movimiento de los rebeldes empezaron á salir fuerzas 
¿e la. Habana. Las primeras compañías lo verificaron por el ferro- 
^•í)it*iril de Batabanó, donde las esperaban vapores de la costa del Sur y 
\o> lltívaron á Manzanillo. El día 17 (24 horas después) tomaron la 
^-v^^tna vía cien hombres de caballería al mando del Coronel Franck 
t\^^ debía reunir otras fuerzas de la misma arma y emprender las ope- 
^í^^c\ories desde Manzanillo, á las órdenes de D. Eugenio Loño. Ler- 
S^-^^cLi no quería disminuir las fuerzas que tenía en Puerto-Príncipe y 
Santiago de Cuba; pero consideraba indispensable mandar considerables 
refuerzos al gran triángulo del Centro del departamento Oriental, que 
tiene por vértices Bayamo, Holguín y las Tunas, y cuyos lados son las 
antiguas carreteras, auncpie malas, (jue van á Manzanillo y á Santiago 
de Cuba, en la costa del Sur y á Oibara, puerto de la del Norte de la 
Isla. Seguro de poder organizar nuevas fuerzas para conservar en 
Vuelta-Abajo las que allí tenía, contaba poder mandar cada dos ó tres 
días soldados y voluntarios movilizados á Gibara y á Manzanillo, em- 
barcados en los vapores de las empresas particulares cpie navegaban por 
ambas costas. Convencido el Gobierno de (pie los particulares, amigos 
y adversarios sabían todo lo ([ue i)asaba en los departamentos Central y 
Oriental, desde los últimos días de Octubre de 1868 se publicaron 
cuantas noticias se recibían de las operaciones de los rebeldes. I^as 
largas y frecuentes comunicaciones quí los caudillos de los insurrectos 
y sus agentes de la Habana mandaban por escrito y por telégrafo á los 
Estados Unidos se leían cuatro ó cinco días después en la Habana en 
las columnas del **/fW-A/" ó del *'//í'rí7A/." ?'ra inútil guardar re- 
servas. ( I ) 

Los españoles leales no se desanimaban con las malas noticias que 



(i) ** Estalló la revolución en un cxlronio de la Isla, y el reslo del país >u\k) al 
mismo tiempo que el Gobierno español la noticia inesperada. Se habían levantado 
ciento veinte hombres, aboc^ados, nié'bco'^, pro])ictar¡os, literatos, labriegos, ignorantes 



— 22 



se recibían: comprendían que estaban en la hora de prueba y que era 
tiempo de proceder con actividad y energía. Cada día se enganchaban 
en mayor número los hombres jóvenes y entusiastas que querían formar 
parte de los batallones de voluntarios movilizados. Todos los vapores 
de la costa del Norte que salían de la Habana para Gibara y los que 
dejaban el surgidero de Batabanó para Manzanillo llevaban voluntarios 
enganchados y además armas y pertrechos; y como en su mayor parte 
aqu:íllos jóvenes habían servido en los cuerpos del ejército y milicias, 
eran verdaderos soldados desde el día en que se incorporaban en sus 
respectivos batallones. De Matanzas, Cárdenas, San Antonio de los 
Baños y otras poblaciones se dirigían á la Habana centenares de volun- 
tarios para que se les destinara al departamento Oriental, mientras que 
los caudillos de los rebeldes aseguraban á los campesinos arran- 
cados de sus casas que nadie se había de atrever á perseguirles. Cés- 
pedes y sus amigos, que estaban bien informados de lo que i>asaba en 
toda la Isla, por telegramas y comunicaciones de sus agentes se mostra- 
ban cada día más recelosos é indignados porque los conspirados de 
o "ras comarcas no se levantaban. Sabiendo que de la Habana salían 
fuerzas para Oriente pedían á sus amigos que no los dejaran aislados, y 
que procurasen enviarles armas y recursos. Pero es el caso que enton- 
ces I js separatistas de toda la Isla andaban divididos. Los que no sim- 
patizaban con los Jefes del levantamiento conseguían calmar á los impa- 
cientes, aconsejándoles que no alarmasen á los peninsulares, ya que se 
proponían conseguir el gobierno propio por medio de sucesivas refor- 
mas. Recapitulando todo cuanto se había escrito en los últimos años, 
trataban de probar que los autonomistas, los separatistas antiguos y los 
republicanos peninsulares, debían ponerse de acuerdo para conseguir 



del manejo de las armas y de las cosas de la guerra, muy pocos con fusiles, con esco- 
petas de caza y pistolas de lujo muchos, con sólo armas blancas los demás. 

"No Tparecían capaces de resistir una semana al ejército regular que guarnecía 
aquellos distritos; y el nombre del Jefe atrevido que había pronunciado el grito de in- 
dependencia, sonaba por primera vez en los oídos de la inmensa mayoría de sus com- 
patriotas; pero lo que faltaba en concierto y preparación anterior, era compensado por 
la justicia de la causa y la unanimidad del sentimiento que une á los hijos de un suelo 
esclavo, contra el enemigo común, contra el opresor de todos." 

Por estas palabras de E. Piñeiro se puede calcular lo que escribirían en los Esta- 
dos Unidos los cubanos que estaban mejor preparados de lo que el citado autor supone 
para el levantamiento de la Isla. Estando entonces varios ¡periódicos anglo-america- 
nos dispuestos á defender con calor la causa de los insurrectos y siendo tan rápidas y 
frecuentes las comunicaciones entre Cuba y los Estados Unidos hubiera sido ridiculo 
querer ocultar la verdad de lo (|ue pasaba. De la publicidad resultó otra gran ventaja: 
de las estravagantes noticias de los soñados triunfos (jue los amigos de los insurrectos 
después publicaban resultó su completo descrédito. 



— «3 — 

de la Metrópoli las reformas á que aspiraban los que hablan represen- 
tado en la Junta de Información tres años antes al partido reformista. 
Fué entonces cuando algunos ricos autonomistas de la Habana ñjaron 
mejor la atención en los elementos con que podían contar los españoles 
en la misma Isla, dado el caso que por un tiempo dado la Primera Au- 
toridad de Cuba no pudiera recibir auxilios de la Metrópoli. Sin 
embargo muchos de los reformistas persistían en creer que una parte de 
los peninsulares establecidos en la Isla aceptarían el gobierno autonó- 
mico. 

Aquí es del caso explicar cómo estaban repartidas la i^oblación y 
la riqueza de Cuba á fin de comprender la necesidad que los llamados 
reformistas tenían de lios peninsulares. M^ de las dos terceras partes 
de la población total de la Isla estaba en la parte occidental de la linea 
Norte Sur que va desde Morón al Júcaro. En esta sección se contaban 
1.044,824 habitantes; mientras que en la sección oriental de la misma 
Unea, con mayor extensión de territorio, sólo habla 375,337 habitantes. 
En la parte occidental de la Isla, desde dicha linea de Morón á Júca- 
ro, las razas estaban en la proporción siguiente: 601,656 blancos; 
120,880 libres de color; 313,288 esclavos y 9,100 asiáticos. 

JjSl población del extenso territorio situado al Oeste de la linea del 
Júcaro, y que comprendía los departamentos Central y Oriental, era 
la siguiente: r63,o^4 blancos; 96,058 de color libres y 66,335 esclavos. 
Los autonomistas de las grandes poblaciones por alucinados que estu- 
vieran, cuando calculaban lo -que podrían hacer entregados á los cau- 
dillos del departamento Oriental, dominicanos y de color algimos de 
ellos sin poder contar con la juventud peninsular, no debían estar muy 
tranquilos: ¿no podían los hombres de color libres y los esclavos de la 
part€ occidental de la Isla trasladarse á la otra parte de la linea del Jú- 
caro? ¿No podian las rivalidades de los caudillos producir muy pronto 
una guerra de razas? Por lo que toca á la producción y la riqueza de 
Cuba, antes de estallar la insurrección se consideraba que en los depar- 
tamentos Central y Oriental no habla más de la sexta parte de la del 
total de la Isla. Si se desligaban los lazos que unían la grande Antilla 
á la Metrópoli por medio de la independencia ó de la autonomía ¿qué 
interés habían de tener los jóvenes peninsulares en defender la riqueza 
de los hacendados cubanos y peninsulares que querían gobierno propio 
y comercio libre con los extrangeros? Pero había quien pensaba de 
otra manera, (i) 



(i) No podian dejarse solos á esos hombres, que decían en alta voz y afrotan- 
do la muerte, lo que el corazón de cada uno repetía sin cesan circuló por la Isla una 
corriente eléctrica irresistible, y en tres ó cuatro meses, á despecho de f&ncbres profe- 
cias y mñ tramas engañosas tendidas por el Gobierno, el resto del Departamento Orien- 

12 



— 24 — 

Según los datos que publicaron en el extrangero los enemigos de 
España interesados en disminuir el número y la importancia de los 
peninsulares de Cuba, había entonces en toda la Isla 115,114 hijos de 
la Península, de las Baleares y de las Canarias. En su inmensa mayo- 
ría eran hombres mayores de 16 años y que no llegaban álos 50. Co- 
mo los cubanos de raza blanca, inclusos los niños y las mujeres no pa- 
saban de 600,000, claro está que el elemento p)en insular contaba un 
número de individuos en disposición de empuñar las armas y empren- 
der una ruda campaña mayor que el cubano autonomista. ¿Y aquella 
juventud había de permitir que la gobernaran los ricos hacendados 
y literatos cubanos, que hablan conseguido alucinar á unos cuantos 
peninsulares ricos? ¿No era sabido que la numerofa clase de color sim- 
patizaba más con el elemento peninsular que con los cubanos autono- 
mistas? Si al estallarla insurrección de Yara el Capitán General hubiese 
dispuesto que una parte de los hombres de color hubiesen salido á 
campaña con las tropas, hubieran servido con tanto entusiasmo como 
los viejos soldados, y ninguno se hubiera pasado al enemigo. Más 
tarde probaron los hombres de color que tenían en mucha honra servir 
como los mejores, en las filas españolas. El partido español conocía 
mejor de lo que se figuraban los autonomistas cuál era la verdadera 
situación de la Isla de Cuba, y de qué lado estaban la fuerza, los recur- 
sos y el verdadero patriotismo: por esto no desmayaron un solo instante, 
apesar de los manejos é intrigas de los que por el camino de las refor- 
mas querían llegar á tener gobierno proj)io con el auxilio de una parte 
de los hijos de la Península. 

Como antes de la guerra, las líneas telegráficas continuaban fun- 
cionando de un extremo á otro de la Isla. Las autoridades no ignora- 
ban que una parte de los telegrafistas simpatizaban con los llamados 
laborantes, autonomistas ó separatistas, y que unos y otros por medio 
de claves, se comunicaban órdenes y daban noticias á sus agentes que 
las trasmitían á las poblaciones de la Isla, á los Estados Unidos y á la 
Metrópoli. Hasta se sabía (jue, gracias á los buenos amigos que los 
laborantes tenían en las líneas telegráficas, estaban no pocas veces éstos 
mejor informados de lo que ocurría cpie las autoridades mismas. Sin 
embargo, el Capitán (ieneral apesar de comprender las ventajas que 
sacaban de los telégrafos los enemigos de España, no quiso prohibir la 
trasmisión de telegramas particulares, porque calculó acertadamente 
(pie tan pronto como los enemigos se vieran privados de aprovecharse 
de las líneas para trasmitir noticias y de los servicios que los telegrafis- 



lal y el Cainagüey y los ix)blados distritos del centro de la Isla secundaron el movi- 
miento y salieron al campo. 

Enrique Piñeiro. — ^*' Morales Lemus y In Kci'olución de Cuiui."^ NUEVA-VoRK 187 1 



— 25 — 

tas adictos podían prestarles, se apresurarían á destruir todas las líneas. 
A la primera autoridad de la Isla le convenía saber pronto cuanto se 
tramaba en Santiago de Cuba y en Puerto-Príncipe, y con razón con- 
taba que primero había de saberlo por conducto de los agentes de los 
autonomistas y separatistas que por las autoridades locales que no siem- 
pre proporcionaban con oportunidad noticias respecto á los trabajos del 
laboran tismo en la Isla y en el extrangero. (i) 

Apesar del antagonismo que había entre los hombres influyentes 
de la Habana con los caudillos de los separatistas y autonomistas de 
Puerto- Príncipe y Santiago de Cuba, en los últimos meses de 1868 se 
trató de que se llegase á un acuerdo. Al efecto intervinieron algunos 
demócratas peninsulares y se recordó el llamado Programa de Orense, 
que había sido aprobado por Castelar y Garrido. F)n el primer artículo 
de aquel Programa se ofrecía á los españoles la República democrática 
federal. En el articulo 130 se decía clara y terminantemente que las 
posesiones de Ultramar gozarían de los mismos derechos que la Penín- 
sula. De aquí se podía deducir que trasformados en Estados federales 
de la República española, los departamentos Central y Oriental dichos 
dos estados para nada debían depender de la Habana. Esto halagaba 
más á una parte de los reformistas del Centro y Oriente que los proyec- 
tos de gobierno autonómico. 

A principios de Noviembre el General Lersundi recibió un tele- 
grama del Brigadier D. Julián de Mena, Comandante General de 
Puerto-Príncipe, en el que le decía que los amigos de la libertad desea- 
ban saber cuál era el pensamiento del Gobierno respecto á las institu- 
ciones que se habían de dar á los habitantes de la Isla de Cuba. El 
^^neral Lersundi, por única contestación, trasmitió al Comandante 
^'Cneral de Puerto-Príncipe el telegrama que acababa de recibir de 
Madrid, y que se publicó en la Habana el día dos de Noviembre en que 
'í)s amigos de la libertad de Puerto Príncipe, por conducto del Briga- 
dier Miena, hicieron la pregunta y cuyo telegrama decía lo siguiente: 
**Cai>itanía General de la Isla de Cuba." — Estado Mayor. 

**E1 Excnio. Sr. Ministro de la Guerra con fecha 29 del pasado 



( X ) (Juando estalló la insurrección de Yara, siendo notorio que una parte de los 
telegrafistas de la Isla simpatizaban con los autonomistas y separatistas, el Gobernador 
(»eneral pensó mucho en si convendría ó no dejar los telégrafos á disposición del pú- 
bbco. Como hasta entonces, ó si seria mejor reservarlos para el ser>'icio del Gobierno 
e%^*\isivamente. Al fin después de pesadas todas las razones se convino que se dejara 
Vv>^c» pues sí sólo el Gobierno podía servirse de él, al momento serian cortadas todas 
\&s> líneas. Por lo demás al Gobierno le convenía que los separatistas recibiesen noti- 
cias de todos los departamentos. Aunque se sirvieran de ingeniosas claves ellos mis- 
inos habían de contar cuantas noticias recibían. 



— 26 — 

me dice en telegrama ofícial lo siguiente: Recibido el telegrama de 
V. E. Por el correo que sale el 30 van el Maniñesto del Gobierno, y 
una Circular del Ministro de Ultramar, consignando ambos documentos 
declaraciones en extremo satisfactorias para esos habitantes, que serán 
justa y debidamente atendidos. ' * 

**Haga V. E. publicar esta noticia: el Gobierno espera que V. E. 
seguirá como hasta aquí á la altura del elevado cargo que desempeña, 
inspirándose en los sentimientos de patriotismo y acierto que le dis- 
tinguen. — El Ministro de la Guerra. — Madrid 39 de Octubre de 1868.** 

El Brigadier Mena, al recibir el telegrama lo mandó publicar en 
el Boletín Extraordinario en Puerto-Príncipe, donde fué recibido con 
desdén. Las promesas del Gobierno de Madrid daban bríos á los par- 
tidarios de la Independencia. Los más exaltados se sobrepusieron á 
los prudentes. Entonces empezó la insurrección del Camagüey. En 
Puerto-Príncipe, ciudad central antigua, donde desde 1780 hasta 1838 
había estado instalada la única Audiencia de la Isla, siempre había te- 
nido en su seno partidarios de la Independencia. Contaba con 18,216 
habitantes blancos, 8,034 libres de color y 4,334 esclavos. El depar- 
tamento estaba dividido en diez partidos, que sólo contaba 70,000 ha- 
bitantes y de color libres en su mayor parte, dedicados á la ganadería 
y á los pequeños cultivos. Después de haber recibido los telegramas 
del General Lersundi, el día 4 de Noviembre de 1868, salieron de 
Puerto-Príncipe los primeros sesenta hombres montados y armados, y 
en los siguientes días se fueron al campo gran número de personas po- 
bres y ricas, diciendo muchas de ellas que iban á pasar algunos días en 
sus fíncas. Los trenes del ferro-carril de Nuevitas á Puerto-Príncipe 
corrían diariamente el trayecto de 18 leguas sin que los insurrectos lo 
impidieran. Los trabajos estaban bien preparados y en pocos días el 
levantamiento de los separatistas del Camagüey podía considerarse 
completo. El día 6 de Noviembre los separatistas de Guáimaro sor- 
prendieron á los diez y ocho hombres de la Guardia Civil, única fuer- 
za que habla en aquel importante punto, y los remitieron presos á 
Puerto-Principe, sin maltratarlos; al mismo tiempo las partidas de insu- 
rrectos se aproximaron á la capital, poniendo en alarma á los españoles 
leales. El Brigadier Mena, considerándose y con razón, rodeado de 
enemigos y con pocas fuerzas de que disponer, se encerró en el con- 
vento de la Merced con los soldados y los voluntarios resueltos á de- 
fenderse. Fortificáronse los alrededores del convento, se colocaron 
convenientemente los cañones que había disponibles y se hizo acopio 
de víveres. El Brigadier Mena apesar de no poder contar sino con 
quinientos hombres, np temía que su posición pudiera ser tomada á la 
fuerza por los enemigos que tenía al frente; pero conpeía el país y las 
circunstancias, y debía temer una traición ó una sorpresa. Los espa- 



— 27 — 

ñoies de la Habana y el Gobernador General de la Isla conocían la 
situación comprometida en que se encontraba Mena, pero no era posi- 
hle mandarle auxilios. 

* * 

Como era de esperar, los acontecimientos de Santiago de Cuba 
debían ser de tanta importancia como los de Puerto-Príncipe. 1^ no- 
ticia de la toma de Bayamo fué la señal del levantamiento de los cons- 
pirados de los pueblos inmediatos á la capital del departamento de 
Oriente. Por fortuna los i)eninsulares de Santiago de Cuba eran más 
nunnerosos y más activos que los de Puerto-Príncipe. Sabiendo bien lo 
que j>asaba, en pocos días se encontraron en aptitud de prestar á la 
Patria importantes servicios. Los insurrectos llegaron 4 la vista de la 
ciudad- destruyeron el ferro-carril del Cobre y cortaron el acueducto 
que al:>astece la ciudad de agua potable. Estos actos, en vt z de amila- 
nar á los leales excitaron su entusiasmo, y en pocos días todos' estuvie- 
roa arnaados y organizados militarmente. 

Las primeras noticias que se recibieron . en la Habana de los suce- 
sos de Santiago de Cuba, se publicaron el día 2 de Noviembre en el si- 
guíente documento: 

**E1 Excmo. Sr. Comandante General del departamento Oriental 
ha remitido al Excmo. Capitán General el parte detallado de la acción 
sostenida contra los insurrectos á un kilómetro de Baire, el día 25 de 
Octul>re próximo pasado, por la columna al mando del Coronel don 
I)ctuetrio Quirós y Weyler, del cual resulta que el enemigo se presentó 
en numero de 600 hombres, la mayor parte á caballo y unos 150 á pié, 
attt^ados éstos de machetes y aquéllos de fusiles, pistolas, escopetas, ri- 
flcSj revolvers, carabinas y tercerolas, mandados por los principales 
Jefes de la insurrección entre los que conocieron al titulado general 
íí" Maceo, Lucas Castillo, al Milanés y algún otro: se situaron en la 
c^sa y venta del Pino, y habiendo salido el Jefe á las 1 2 del día, dis- 
puso que saliese una compañía de la Corona, á la que siguió otra de 
Cuba quedando la restante fuerza esperando hasta saber la resolución 
del enemigo. 

''La sección que tenía el enemigo armada de machete salió al ca- 
mino y atacó á las dos compañías de la Corona y Cuba. Los soldados 
los recibieron á la bayoneta h iciéndoles retroceder. El enemigo dejó 
en el campo 13 muertos, gran número de caballos, que se inutilizaron, 
fusiles, escopetas y machetes. 

**Y satisfecho el Excmo. Sr. Capitán General del brillante com- 
p)ortamiento de la expresada columna, ha dispuesto que se publique en 
la orden general para el debido conocimiento. 



— 28 — 

**El Coronel, Jefe de Estado Mayor interino. — -José de Chessa^ 

Pocos días después se publicó en la Habana el Bando que el Co- 
mandante General de Santiago de Cuba había publicado al saberse la 
noticia del levantamiento de Yara. Era como sigue: 

'*D. Joaquín Ravenet y Marentes, Mariscal de Campo de los 
ejércitos nacionales, Comandante General del departamento Oriental. 

*'La desgracia aviva el conocimiento del error y la demencia abre 
camino al arrepentimiento. D.íspués de la victoria alcanzada por las 
armas del Gobierno sobre los sediciosos de Contramaestre, en uso de 
mis facultades, ordeno y mando: 

Articulo único. Los sediciosos que levantados en Yara y disemi- 
nados por el territorio de Holguin, Jiguaní, Bayamo y Manzanillo 
depusieran las armas y se presentasen al Jefe militar de cada una de 
aquellas cabeceras ó de las columnas de oi:)eraciones en el término de 
doce horas contándose desde la publicación del presente Bando en ca- 
da uno de dichos territorios, quedarán exentos de la formación de 
causa y consiguiente pena, y libres para volver á sus casas, á excepción 
de los promovedores, cabecillas y Jefes de la i)isurrección. 

** Santiago de Cuba 23 de Octubre de 1^6^.— Joaquín Ravenet,*^ 

Según parte recibido del Coronel Quirós, decía el Comandante 
General de Santiago de Cuba que unos 180 individuos se habían apro- 
vechado del indulto y vuéltose á sus casas. 

Al recibirse estas y otras noticias del Departamento Oriental hubo 
de recordarse que muchas de las familias establecidas en él eran de ori- 
gen francés y procedentes de Santo Domingo. Muchos de aquellos 
dueños de cafetales é ingenios, al ver los elementos componentes del 
ejército libertador debieron recordar lo que en 1792 sucedió en la rica 
colonia francesa y (pie con todos sus horrorosos detalles habrían oído 
contar á sus abuelos. La guerra de raza más temible en aquel monta- 
ñoso y despoblado departamento que en otras regiones de la Isla. Bas- 
tará observar que en la Tenencia de gobierno de Jiguaní había entonces 
12,312 habitantes blancos; 4,658 libres de color y 602 esclavos; pero 
en la Capitanía de partido de Jutinicú sólo se contaban 1,044 blancos 
por 5,712 libres de color y 7,896 esclavos. En donde había ingenios 
y cafetales abundaban más los esclavos, pero en las serranías del inte- 
rior los hombres de color libres eran los más numerosos y los más fuer- 
tes. Esto debió contribuir á que los hacendados de Santiago de Cuba 
no siguieran el ejemplo de los de Puerto- Príncij^e, que como se ha di- 
cho, tan pronto como el veterano Brigadier D. Julián de Mena anunció 
su firme resolución de rechazar á los insurrectos, en su mayor parte 
abandonaron la ciudad con sus familias y se dirigieron á sus fincas, 
probando asi que estaban en buenas relaciones con los caudillos de los 
insurrectos, en cuyas filas sirvieron después todos los que estaban en 



— 29 — 

Ptitud de empuñar las armas, consiguiendo que sus esposas, hijas y 

^f'Hanas les siguieran á los campamentos. 
£n Santiago de Cuba tampoco los peninsulares eran muy numero - 
K ' Puesto que no pasaban de mil los que podían empuñar las armas, 

^ se pusieron á su lado muchos hijos del país, algunos de ellos anti- 
S^lOs partidarios de la anexión á los Estados Unidos y hasta de la inde- 
pendencia. Aquellos habitantes de la capital del Departamento Orien- 
tal conocían bien á los Céspedes, Aguilera, Marcano y otros y sabían 
lo que debían esperar de una revolución dirigida y preparada por ellos. 
Agrupados los peninsulares y cubanos leales al rededor de la autoridad 
de la capital del departamento, se organizaron batallones de volunta- 
rios, se hicieron cuantiosos donativos y se compraron armas y pertre- 
chos. En pocos días hubo en Santiago de Cuba dos batallones de 
voluntarios de Infantería, un escuadrón de Caballería y algunas fuer- 
zas hueltas perfectamente organizadas y equipadas, siendo hijos del país 
en su mayor número y que desde aquellos primeros días prestaron á la 
patria valiosos servicios. 



CAPITULO IV. 



Voluntarios y milicias disciplinadas.— Su origen.— Se reorganisan en 
la Habana y en las demás poblaciones.— Elementos de que se 
componen.— Aptitudes para el servicio.— Sale á campaña el 
Ck>nde de Valmaseda.— Desea la paz.— Escribe á sus amigos de 
Puerto-Príncipe.- No le escuchan.— Va prevenido por la vía fé- 
rrea.--Es atacado. 



Como en la Isla de Cuba nunca hubo tropas de línea suficientes 
para guarnecer las numerosas fortalezas y tener fuerzas disponibles en 
las grandes poblaciones y puntos estratégicos, desde larga fecha existían 
los cuerpos de Milicias disciplinadas, de blancos y de color y de 
Honrados Bomberos, con buena organización militar y que en todos 
tiempos habían prestado excelentes servicios. Cuando las intentonas 
de López se armaron cuerpos de Voluntarios; pero asi que el peligro 
hubo pasado los batallones fueron quedando casi en cuadro. Al estallar 
la insurrección, mientras la Autoridad nombraba Jefes de confianza 
para ponerse al frente de los cuerpos de Milicias Disciplinadas y reor- 
ganizarlas, en la Habana la juventud corría presurosa á empuñar el 
fusil y los españoles que tenían caballo se alistaban en los escuadrones 
de voluntarios de caballería. Todos aquellos entusiastas voluntarios 
se vestían y equipaban á su costa para el servicio de guarnición y de 



— 31 — 

campaña. Los que carecían de recursos para hacerlo tenían seguros 
los de sus Jefes y amigos. Así fué como en pocas semanas con los 
antiguos cuerpos de voluntarios (jue se reorgéin izaron y con los nuevos 
batallones que se crearon, (juedó en la Habana perfectamente armada 
y e<iu¡pada una fuerza compuesta de seis batallones, de más de mil pla- 
zas cada uno. Mandaban acjuellos seis primeros cuerpos de volunta- 
rios los Coroneles por su orden, 1). José María Morales; I). Julián de 
Zulueta; D. Miguel Antonio Herrera; I). Nicolás Martínez Valdivieso; 
D. Ramón Herrera y D. Francisco Calderón y Kessel; teniendo por se- 
gundos Jefes comerciantes, hacendados y antiguos militares peninsulares 
y cubanos, todos decididos defensores de la patria. Era segundo Jefe 
del primer batallón de voluntarios el Sr. D. José Eugenio Moré, cuya 
familia había adquirido mucha celebridad en Costa Firme, por los gran- 
des servicios j)ersonales (pie sus individuos habían prestado y por los 
inmensos caudales (pie habían saciificado en defensa de la bandera es- 
I)añola. Los voluntarios de caballería, de antigua creación aumentaron 
considerablemente el número de plazas, y continuaron á las órdenes de 
su Coronel, el Sr. Mar(p;ésde Aguas ('laras. 

El Sr. I). Bonifacio B. Jiménez en pocos días organizó un nuevo 
batallón de voluntarios, que tomó el número de primero de Ligeros, 
y muy pronto contó con más de 1,200 plazas. También el antiguo 
hacendado D. Manuel Martínez Rico, alistó y organizó otro nuevo 
batallón de voluntarios que fué el sétimo de la Habana. Entre tanto 
el Sr. D. Miguel Suárez Vigil organizaba el primer batallón de Arti- 
llería, D. José Olano completaba la organización de la Comi)añía de 
Guias del General y se trataba ya de alistar un nuevo batallón de Lige- 
ros. Como no había bastantes armas para los (pie las i)edían, se tele- 
grafió á los Estados Unidos y á la Península para que á la mayor bre- 
vedad posible se remitieran miles de fusiles de los nuevos sistemas 
más acreditados, y al llegar á la Habana se distribuían entre los vo- 
luntarios de la Capital y los de otras i)ol)laciones. En las localidades 
inmediatas á la Habana, como (iuanabacoa, Marianao, y Regla, se 
procedió con más actividad si cabe en el armamento de los voluntarios 
á fin de evitar que los enemigos de Esi)aña intentaran algún levanta- 
miento en sus inmediaciones. La gente de mar de Casa Blanca y Re- 
gla y los operarios de los astilleros y muelles, corrieron como era de 
es|)erar á empuñar las armas y ofrecer sus servicios al General Lersundi. 
Para dar una idea del entusiasmo que reinaba entre los españoles leales 
peninsulares y cubanos de la Grande Antilla, bastará extractar lo que 
al principiar Noviembre decían las más acreditadas publicaciones de la 
Isla. De Santiago de Cuba avisaban (jue el nuevo escuadrón de vo- 
luntarios de caballería creado hacía pocos días, y cuyo Jefe era D. Sil- 
vestre Góniez de la Torre, engrosaba rápidamente sus filar, con muchos 

13 



— 3^ — 

jóvenes pertenecientes á las familias distinguidas de la población y 
personas de arraigo en el comercio. Había empezado ya á prestar 
servicio en aquella fecha. De Trinidad escribían que el Teniente 
(Gobernador, creaba dos compañías más de voluntarios, pues contaba 
con elementos para ello, y serían cuatro las que habría organizadas de- 
finitivamente. En Remedios ya el lo de Noviembre formaron los 
voluntarios de Infantería y Caballería, bien armados y equipados, y se 
estaban organizando otras dos compañías de escopeteros. En Guanajay 
y en Cabanas y otros pueblos el día lo de Noviembre, esto es antes de 
un mes de haberse recibido la noticia del levantamiento de Yara, se 
habían armado en todas dichas potaciones los cuerpos de voluntarios 
como en la Habana, dispuestos á contener á los enemigos de la patria. 
La Prensa de la Habana publicaba diariamente noticias de todas las 
poblaciones de la Isla, dando cuenta de los batallones y escuadrones de 
voluntarios, que se armaban y esto desanimaba á los se|)aralistas y á 
los reformistas. 

En Matanzas, Cárdenas, Sagua, Cien fuegos y Pinar del Río se 
organizaron y pertrecharon numerosos cuerpas de Infantería, Caballe- 
ría y Artillería de voluntarios, que prestaron inapreciables servicios de 
destacamento y en campaña, como se verá luego, rivalizando en valor, 
entusiasmo y abnegación con los veteranos del ejército; siendo de ad- 
vertir que en las poblaciones más distantes de la Capital de la Isla el 
servicio era más pesado y peligroso por tener el enemigo á poca dis- 
tancia. 

Pues bien, en Remedios, Sagua y otros pueblos la mayoría de 
los voluntarios, y en particular los de Caballería, que estaban más 
constantemente en .servicio de campaña, eran hijos de Cuba. La res- 
petable fuerza que tan rápidamente se organizaba y que dftbía desbara- 
tar todos los proyectos de los enemigos de España, estaba ligada por 
un solo sentimiento y esto debía mantenerla unida y compacta; y este 
sentimiento se fortificaba más cada día al ver los procedimientos de los 
rel>eide3 y los manejos de los titulados reformistas. Mientras se espe- 
raban las armas que se habían pedido por telégrafo, en la Habana, y 
en las demás poblaciones los voluntarios alistados se reunían diaria- 
mente en los puntos determinados para instruirse en el manejo de los 
fusiles de nuevo sistema y en las maniobras militares. En casas parti- 
culares y en establecimientos de comercio era muy común á todas ho- 
ras, ver secciones de voluntarios haciendo el ejercicio. Como formaban 
parte del instituto hombres de todas edades, clases y procedencias, en 
los ejercicios militares .se encontraban juntos, entablaban relaciones 
hombres que un mes antes no se conocían y puede decirse que así em- 
pezó á la vez un cambio notable en las costumbres de la sociedad cu- 
bana, y el entusiasmo por la patria, hijo de un notable sentimiento que 



I 



— 33 — 

hasta entonces, entre los individuos de determinadas clases había estado 
como adormecido, se animó de una manera nunca vista. 

En los pueblos más inmediatos á los distritos donde los caudillos 
insurrectos habían conseguido reunir más gente, los españoles activaron 
más sus preparativos de defensa. En Manzanillo mientras se esperaban 
los fusiles que había prometido por telégrafo el General Lersundi, el 
Teniente Gobernador D. Francisco F. de la Reguera, con fecha 28 de 
Octubre, publicó un Bando ordenando que en el término de veinte y 
cuatro horas todos los habitantes de la jurisdicción presentaran cuantas 
araias de fuego y blancas tuvieran para repartirlas entre los voluntarios. 
Verificado el reparto entre los habitantes de Manzanillo, la importante 
población quedó en aptitud de rechazar á los insurrectos, aunque se 
presentaran en gran numero. El Capitán General repartió todos los 
fnsiles que pudo en las poblaciones de la Isla que mandaban ccmisio- 
nados á la Habana en solicitud de armas y municiones. I^ actitud de 
los antiguos reformistas, que discutían ya si les convenía más la inde- 
pendencia que la anexión á los Estados Unidos avivaba el entusiasmo 
de los leales dispuestos á sacrificar vidas y fortunas por conservar á 
Kspafia sus Antillas. Los que pretendían llegar á la independencia sin 
lucha y por medio de una serie de evoluciones pacíficas, como los 
caudillos de los departamentos del Centro y de Oriente que habían 
levantado el pendón de ''^ Cuba Libre,''' á mediados del mes de No- 
viembre debieron comprender que su empresa no era de realización tan 
fácil como se habían figurado al principio. No contaban que Ips pe- 
ninsulares y cubanos leales tomaran tal actitud ni que desplegaran tanto 
entusiasmo y tanta actividad para ponerse en disposición de resistir á 
sus enemigos. Entonces muchos reformistas . cambiaron de plan y de 
sistema, (i) 

Hemos creído necesario exponer detenidamente lo que pasó en la 
Isla de Cuba en las seis primeras semanas de agitación y cómo se orga- 



(l) "Opinaron (los habaneros) que sería ventajoso ejercer presión sobre el an- 
gustiado Capitán General, é instigarlo á pronunciarse. Creían también que los cubanos 
de Oriente habian tomado por pretexto el programa de Cádiz y pensaron hacer acto 
de conspiración y favorecer la causa de sus hermanos presentándose á Lersundi y 
pidiéndole la promulgación de las nuevas libertades. Esta fué la Junta memorable del 
23 de Octubre: I^ersiindi los trató en ella con rudeza de soldado, los interrumpió cuan- 
do hablaban, les dijo con acento airado, y gestos de energúmeno, que no quería oirlos 
inÁs, que él á lo sumo obedecería estrictamente lo que de España le ordenasen, "pero 
106 guardaré muy bien de pronunciarme fmrque mi lealtad, agregaba en tono fanático, 
liega hasta el trono del Altísimo." 

Enrique Piñeiro, — Morales Le mus y la Resolución tle Cuba- -Afuera- York 187 1. 

Luego se verá más claro lo de la Junta y el cambio de sistema y de plan de los 
reformistas. 



— 34 — 

nizaron y armaron los cuerpos de voluntarios, puesto que de su activi- 
dad y entusiasmo y de los esfuerzos del ejército dependió en aquellos 
momentos la salvación de la rica y envidiada Antilla. ¿Qué hubiera 
sucedido si los leales hubiesen mirado con indiferencia las evoluciones 
de los enemigos? Si los españoles de Cuba, como los demócratas de 
la Metrópoli, confiados en las promesas de los amigos de los reformis- 
tas, hubiesen creído que bastaría plantear en las Antillas instituciones 
democráticas para que los insurrectos depusieran las armas, ¿no se ha- 
brían llevado un funesto desengaño? Los que después en la Península 
preciándose de^ españoles, escribieron contra los voluntarios si hubiesen 
pi*esenciado ciertos rasgos de abnegación y patriotismo hubieran com- 
prendido cual era el resorte que les movía: hubieran confesado que te- 
nía razón la ^^ Prensa'' cuando decía: ^^Para los españoles de Cuba 
cansarse serla suicidarse ^ \ Por fortuna los españoles de Cuba no se 
cansaron en largos años de lucha al defí?nder la bandera de la patria ! 

Hechas estas necesarias observaciones, podemos continuar la rela- 
ción de los acontecimientos. 

Al estallar la insurrección desempeñaba el importante cargo de 
General Segundo Cabo y Sub- inspector de Infantería y Caballería de 
la Isla el Excmo. Sr. D. Blas Villate y de las Heras, Conde de Valma- 
seda, Mariscal de Campo, que en épocas anteriores había ejercido dis- 
tintos mandos en varias poblaciones de la Grande Antilla. El señor 
Conde tenía muchos amigos desde larga fecha en toda la Isla. Con- 
fiando en ellos y en las simi)atías que había conquistado en todas ¡mar- 
tes, i)or sus nobles antecedentes y por la inteligencia y rectitud que 
siempre había desplegado en el ejercicio de sus cargos, el General Vi- 
llate jjodía .considerarse como el militar más apropósito en aquellas 
circunstancias, |>ara acabar con la insurrección sin derramamiento de 
sangre. El Gobernador Superior desde principios de Noviembre dis- 
puso que el General Villate se encargara del mando de las fuerzas de 
oi)eraciones; que el Mariscal de Campo D. Joaquín Ravenet desempe- 
ñara el cargo de General Segundo Cabo, y que el Brigadier D. Fruc- 
tuoso Muñoz pasase á encargarse de la Comandancia Cieneral de Santiago 
de Cuba. El día 6 de Noviembre el General Villate y el Brigadier 
Muñoz salieron de la Habana, y por el ferro-carril de Batabanó llega- 
ron al Surgidero, donde se eml>arcaron en uno de los vapores de la 
costa del Sur, y se dirigieron al departamento Oriental de la Isla. Con 
dichos generales se embarcó en Batabanó el Coronel D. Juan Ampudia 
nombrado Teniente Gobernador de Manzanillo. 

Justamente en aquellos días llegaron á la Habana algunas jjersonas 
caracterizadas, que habían salido de Cádiz el día 15 de Octubre, des- 
pués de hal)er conferenciado con los vencedores de Alcolea y tenían 
especial encargo de recomendar á las autoridades moderación y pru- 



— 35 — 

deocia, y el de decir á los reformistas que los hombres de la revolución 
plantearían en las Antillas las reformas radicales que los cubanos de 
ideas más avanzadas habian pedido. Por lo que decían aquellos hom- 
bres, qiic bien podian llamarse emisarios de los caudillos de la revolu- 
ción triunfante, se podía comprender que estos últimos estaban íntima- 
mente {persuadidos de que, planteadas las reformas, la Isla de Cuba 
quedarla p^ciñcada y con el orden asegurado sin necesidad de emplear 
e/ército^ ni escuadras. El General Lersundi y el Conde de Valmaseda 
no podían desentenderse de las opiniones del nuevo Gobierno de la 
Metrópoli, sin contraer una gran responsabilidad. 1^ monarquía ha- 
bía caido; la reina había cruzado la frontera y la Nación Española 
había r^onocido de hecho el nuevo Gobierno. Las instituciones de 
la Isla de Cuba iban á cambiarse y el Capitán General y las demás 
autoridades superiores habían mandado á Madrid las renuncias de sus 
respectivos cargos; pero mientras no llegaban las autoridades que debían 
relevarlas estaban en el deber de conservar el orden. Por esto á la vez 
que- pedían órdenes y refuerzos al nuevo Gobierno procuraban con las 
tropas y voluntarios de que podían disponer, impedir los progresos de 
los que habían levantado el pendón de la independencia. Procediendo 
segün los deseos del Nuevo Gobierno de la Nación se trató de ensayar 
las negocíac jones con los caudillos de los insurrectos. Ningún General 
^ra más^apropósito para el caso que el Conde de Valmaseda, quien con 
satisfacción aceptó el encargo de negociador, deseando no tener necesi- 
dad de. abrir la campaña, aunque dispuesto á emprenderla con vigor si 
»os caudillos de la revolución persistían en seguir por el mal camino. 

Oe acuerdo con el General Lersundi y deseoso de quitar á los re- 
l^ldes-Jiíista el último pretexto de queja, el Conde de Valmaseda, desde 
* l>ordo del vapor que le llevaba á Manzanillo, escribió á uno de sus 
amigos de Trinidad la siguiente carta que publicaron todos los |)eriód¡- 
cos de. la Isla. 

*1 Señor D. Policarpo Barañao.*' 

* 1 Cayo Blanco 8 de Noviembre de ií68, á bordo del vapor Broock 
^u marcha para Manzanillo." 

*f Mi estimado amigo: comisionado por el Excmo. Sr. Capitán 
^^neral para encargarme del mando de la fuerza empleada en las ope- 
raciones contra los sublevados en algunas jurisdicciones del departa- 
'^^cnto Oriental, cumple á mi deber excogitar todos los medios posibles 
l^'^ ^Corresponder á tan honorífico nombramiento. Entre ellos, (y usted 
4^^ Conoce mi carácter no lo extrañará) es valerme de los muchos 
*"^*^>s con que cuento en esta Isla para rogarles que escriban á los que 
elios.^ tengan en las jurisdicciones sublevadas ó en las limítrofes, y hagan 
con sus consejos una cruzada de paz y atraigan á los que olvidados 
de ^ti;^ deberes se han colocado fuera de la ley. 



— 36 — 

** Me duele en el alma ver este hermoso |xiís donde tantas simpa- 
tías he encontrado y es la cuna de mis hijos, envuelto en los horrores 
de la guerra; verá sus habitantes tan pacfñcos y hospitalarios, empuñar 
las armas contra sus hermanos: ¿y esto, ton qué objeto? Por buscar en 
un cambio de sistema una felicidad que nunca estarla más lejos de sus 
hogares que en el momento en que se hubieran realizado sus deseos. 
Que tiendan la vista por sus campos' feraces y bien cultivados, que vean 
sus ciudades engrandecerse y hermosearse como por encanto, que vean 
sus puertos llenos de buques para exportar sus valiosos frutos, que re- 
cuerden la paz doméstica, sus diversiones de todos los días, sus gestio- 
nes al momento satisfechas por sus autoridades locales, y qué no bus- 
quen en lo desconocido una felicidad que nunca ha -de parecerse á lo 
presente. Que miren también esas repúblicas del Continente ameri- 
cano, que por buscar el bello ideal de la felicidad, sólo encuentran la 
desolación de su i>aís y la muerte ])rogresíva de sus mejores hijos; que 
en ellos aprendan que no está la ventura en las revueltas intestinas, sino 
en la paz del país en que se habita y en el bogarle la familia. 

**En fin, ayuden ustedes al Gobernador que busca la felicidad de 
los gobernados, (lue por todos los medios procura no tener lágrimas 
que enjugar, y cjue esto sea pronto, porque dentro de breves días de- 
saparecerá el consejero y sólo quedará el militar dispuesto á cumplir 
sus deberes y que debe responder de la alta misión que se le ha con- 
fiado/^ 

**De usted espero que con todo empeño secundará los deseos de 
su afectísimo amigo que besa su mano. — £/ Conde de Valmaseda.^^ 

Hemos querido publicar integra esta carta del General Villate, 
escrita con el corazón en la mano, según la frase Vulgar, para que se 
juzgue de los sentimientos de los españoles peninsulares colocados en 
elevadas posi<:iones, con fortunas en el jxiís y establecidos en él con 
familia desde larga fecha. Funcionarios públicos, ricos hacendados y 
capitalistas pensaban como el Conde respecto á las aspiraciones de los 
cubanos que no se agrupaban al rededor -de la bandera de la patria sin 
exigir promesas ni estipular condiciones. Los peninsulares y cubanos 
leales, que conocían mejor que los funcionarios y los ricos capitalistas 
á los enemigos de la nacionalidad nada esperaban de aquellas negocia- 
ciones ni de las reformas radicales que había de plantear el General 
encargado de relevar á D. Francisco Lersundi.- 

El General Villate organizó en Manzanillo una columna de escasa 
fuerza, y dirigiéndose por mar á la playa ó estero de Vertientes, á fin 
de desorientar al enemigo, desembarcó allí y se puso en marcha para 
Puerto-Príncipe. Desdé Manzanillo despachó emisarios para distintos 
puntos del departamento Oriental y para el Camagüey con cartas para 
sus amigos personales que eran muchos, en toda la Isla\ En todas ellas 



— 37 — 

«expresaba el Conde en los mismos términos^ pues procediendo con 
lealtad, lo que habla dicho al señor de Barafíao debía repetirlo á los 
demás amigos. Los-Jefes insurrectos del departamento Oriental con- 
testaron á las cartas con insultos á España y al mismo General Vi líate. 
Los reformistas del Camagüey, que no querían soltar aun la careta, 
fueron más comedidos en sus contestaciones al General; pero sin pro- 
meter nada. Sin embargo, es preciso consignar aquí algunos párrafos 
de una, carta que dirigieron los patriotas cubanos de Puerto-Príncipe al 
Conde. ''Rechazamos, decían, todo ruin ])ensamiento ó bastarda su- 
jestión que tienda á menoscal)ar la integridad del territorio. Como 
hijos de España hacemos fervientes votos al cielo por su felicidad y 
engrandecimiento; como ciudadanos confiamos entrar en el quieto y 
pacífico goce de sus preeminencias y franciuicias, y esperamos que la 
provincia de Cuba disfrute un día ¡guales derechos que las restantes de 
la Ma.ción, consignados en iguales leyes, con las modificaciones que 
<íxije I3, localidad y que sin duda surgirán de la discusión que se verifi- 
que er^ jj^s Cortes Constituyentes. 

** Hemos procurado hacer brillar ante usted la justificación que 

"^ ^oima. Cuando el corazón está puro, cuando hierve en él el santo 

"^^^^ de la libertad, cuando ésta no tiene otra deidad ni otro numen 

^ ^ ^^ Madre Patria, entonces puede descansarse, en la seguridad de una 

^^^Hcia tranquila. 
. * * Sírvase usted aceptar esta espontánea manifestación, eco fiel de 
^*^*>t¡mientos unánimes de los firmantes, que se repiten de usted co- 
^ "^^^ más atentos etc. ' ' 

Al día siguiente de haber contestado en estos términos al Conde 
^e Valmaseda, los mismos firmantes dirigieron al Excmo. Sr. Capitán 
General de la Isla una carta concebida en estos términos: 

** Excmo. Sr. Gobernador Suj^erior: — Los que suscriben, vecinos 
hacendados, propietarios y del comercio de Puerto-Príncipe, honda- 
mente afligidos por las alteraciones que el orden ha experimentado en 
diversas jurisdicciones de la Isla, é íntimamente ¡jersuadidos de que 
hoy en ella no se encuentran sino ciudadanos leales y honrados, po- 
seídos de sentimientos de elevado patriotismo, que son el primero y úl- 
timo pensamiento de las almas nobles y generosas y amantes del orden, 
base fundamental del progreso, deploran las manifestaciones hechas 
para alterarlo, se colocan en la vía de la legalidad, aceptando lo hecho 
por la Nación y al lado de la Autoridad para prestarle su cooperación 
moral y material con objeto de restablecer dicho orden, y esperan y 
desean firmemente, alentados por su adhesión y civismo, continuar 
siendo parte integrante de la invicta nación española con todos sus de- 
rechos y obligaciones al igual de las provincias peninsulares de ella; 
enviándole á la par su felicitación más entusiasta por los gloriosos tras- 



-38- 

cendentales acontecimientos últimamente ocurridos en aquel privilegia- 
do suelo tan amante de sus franquicias y libertades, en que tendremos 
cumplida participación. Sírvase V. E. aceptar esta espontánea mani- 
festación, eco fiel de las aspiraciones unánimes de los firmantes." 
*' Puerto- Príncii^e 13 de Noviembre de 1868." (i) 

Dejaremos aparte el contenido de estos dos documentos, y prescin- 
diremos de sus apreciaciones respecto á si en la Isla de Cuba había sólo 
hombres honrados y leales. La im|X)rtancia histórica de estas cartas 
está en la doblez de los firmantes. Si no i>ara todos, á lo menos para la 
mayor parte de éstos los insurrectos que desde el mes anterior se ha- 
bían apoderado de Bayamo y atacaban á los defensores de Holguin y 
las Tunas eran unos héroes con los cuales estaban en buenas relaciones. 
Los españoles leales de la Habana y demás poblaciones sabían á qué 
atenerse y continuaron sus trabajos de defensa en todas partes. 

El General Lersundi contestó por telégrafo al Comandante Gene- 
ral de Puerto-Príncipe, manifestándole la satisfacción con que había 
recibido aquel documento, y diciéndole que no esperaba menos del 
patriotismo y lealtad de aquellos habitantes y que daría cuenta al Go- 
bierno Supremo de la Nación de este nuevo título de los españoles de 
Puerto- Príncipe á la consideración del Gobierno, que estaba dispuesto 
á concederles amplias libertades. Entre tanto, como Noviembre toca- 
ba á su término y no llegaban á la Habana los soldados que el Goberna- 
dor General había pedido, los enemigos aseguraban que ya no vendrían, 
y con esto estaban cada día más envalentonados. En estas circuns- 
tancias llegó á Puerto-Príncipe el Conde de Valmaseda al frente de una 
columna de ochocientos hombres de las tres armas. • El Conde había 
ejercido el alto cargo de Comandante General de aquel departamento 



(i) Como prueba de la falta de sentimiento moral de los hombres que pretendían 
regenerar la Isla de Cuba, copiaremos el siguiente párrafo de uno de sus publicistas: 

** I^ insurrección se había propagado en el extenso é importante distrito del Ca- 
maguey, y el 3 de Noviembre la ciudad de Puerto- Principe salió en masa al campo. £1 
General Villate, Conde de Valmaseda, que se hallaba en Manzanillo, dispuesto á mar« 
char sobre Bayamo, recibió la noticia del levantamiento del Cámagüey, y comprendien- 
do la gravedad de esta rápida propagación, se dirigió velozmente el 9 á Puerto^ 
Príncipe." 

Después de explicar cómo Valmaseda fué desde Vertientes hasta la ca|Mtal del 
Camagiley sin que los Jefes de los insurrectos lo molestaran en el camino, dice: 

" Reunidos después en las Minas el 20 de Noviembre los Jefes camagüeyanos, re- 
chazaron casi unánimemente el programa español, y se declararon por la separación de 
la Metrópoli y la independencia como única idea revolucionaria." 

E, Piñeiro, obra citada. 

¿Qué agravio habían recibido de £spaña desde que habían firmado el día 1 3 del 
mismo Noviembre la carta al (íobernador General de la Isla? 



— 39 — 

y según se ha dicho, coiKxrta los habitantes y su territorio y había sido 
siempre" muy querido. Al llegar dirigió una sentida proclama á los 
habí ta.ri tes del Camagüey que empezaba en estos términos: 

* * A los habitantes de la ciudad y jurisdicción de Puerto-Príncipe: 
— Camagüeyanos. — Estoy en vuestra población y en ella he entrado 
coirio amigo. A mi paso desde Vertientes aquí, he encontrado el ca- 
riñoso resjieto que yo esperaba y en la ciudad rostros placenteros por 
mi v^enida ¿Es que esperáis de mí el remedio de vuestros ¡jesares? Si 
así lo habéis creído, me habéis juzgado como soy y deseo ser para 
vosotros." 

I^.as palabras del General Villate probaban que los habitantes del 
canipo no se habrían levantado si no les hubiesen arrancado casi por 
fuerza de sus casas. En su proclama se quejaba amargamente de los que 
se habían levantado en armas cuando el Gobierno de la Revolución les 
concedía espontáneamente cuanto habían pedido. Pero en el departa- 
mento del Centro como en el Oriental, se atribuyeron las palabras del 
Conde y las promesas del Gobierno de la Nación á falta de medios para 
batir SL los rebeldes. El Conde mandó poner algunos presos en libertad 
y trató de conseguir que los sublevados depusieran las armas. Sin duda 
los nciismos amigos de los insurrectos hicieron publicar en la Habana la 
noticia de que la pacificación del Camagüey estaba muy adelantada y 
que Se habían presentado quinientos hombres con sus armas. Un tes- 
tigo ooular dice que cuando N. Arango se retiró del campo enemigo, 
dejando el mando á su hermano Augusto, sólo le siguieron unas doce 
o catorce personas que á poco volvieron á engrosar las filas rebeldes y 
fuerc>rk luego Jefes de partida. 

Eli sentido moral se había pervertido entre aquellos hombres faná- 
ticos cjue se habían propuesto conseguir su independencia sin reparar 
en rrke^ios. ¿Qué les importaba burlarse del Conde de Valmaseda que 
durante largos años había sido su amigo? Afiliados en las sociedades 
secretas y habiendo prestado juramentos políticos, sacrificaban á sus 
'a^3.1es la amistad, el interés personal y los lazos de familia. Sólo así 
^ ^^I>lica lo que desde aquella fecha sucedió en las ciudades y en los 
^^'^'i j>£irnentos de los insurrectos. El Conde de Valmaseda no podía 
Qu^ci^.xse en la ciudad donde se habrían acabado pronto los víveres des- 
^^*^ los que se habían marchado al campo no regresaban ni permi- 
*^ ^ue los campesinos abastecieran el mercado. Los directores de 
^ ^^"^^niobras políticas aseguraban al General Villate, que si con su 
^ ^^"^í^na se retiraba hacia Nuevitas no sería hostilizado. Sin creer del 
tocio ^ jQg falsos amigos, el Conde se puso en marcha por la vía férrea; 
^^^^ tomando toda clase de precauciones, porque supo que el ferro- 
C^^ril había sido cortado en varias partes. Al emprender la marcha 
Y\aci^ Nuevitas llevaba la misma columna y con. la misma fuerza con 

14 



— 40 — 

que había entrado en Puerto-Príncipe, procedente de ia costa del Sur 
según se ha dicho. Al llegar frente á los montes de Bonilla y al pasar 
el puente llamado de Tomás Pío, la tropa del Conde de Valmaseda re- 
cibió una descarga, casi á quema ropa, de la cual resultaron un oficial 
y nueve soldados muertos y treinta heridos. El General Villate, que 
sospechaba de la lealtad de algunos hombres, nunca hubiera creído que 
le prepararan tal celada, mayormente cuando para continuar con sus 
intrigas y obtener más pronto lo que pedían al Gobierno de la Metró- 
poli les hubiera convenido que llegara á Nuevitas sin tropiezo. Pro- 
cediendo así, D. Blas Villate hubiera continuado siendo bnen amigo de 
algunos de los que se titulaban reformistas; pero después de aquel ata- 
que de mala ley y que costó tanta sangre debió perder todas las ilusio- 
nes y desde entonces fué el resuelto y constante perseguidor de los ene- 
migos de la patria, como se verá en el relato de las campañas siguientes. 



CAPITULO V. 



Voluntarios movilizados.— Oondiciones de sas individuos.— Jefes que 
los mandan.— Actividad que desplegan.— Marcha sorprendente 
del batallón del " Orden."— Acción de las Yeguas.— Llega á 
Paerto-Principe.— Batallón de " España."— Pasa á Gibara, em- 
prende su marcha hacia Holguin en auxilio de sus defensores.— 
Fuerzas del eneniigo.— Operaciones militares.— Marina.— Acción 
del Cobre.— Moreno del Villar.— Lámela.— Defensa de Holguin. 
—Socorros.- Columna de Benegasi. 



En vista de la escasez de tropas que había en la Isla y reconocien- 
do his ventajas que se podrían sacar de la organización de batallones de 
cubanos y peninsulares aclimatados, que al mando de Jefes y oficiales 
del ejército pudieran salir inmediatamente á campaña contra los insu- 
rrectos, el Excmo. Sr. Capitán General con fecha 19 de Noviembre de 
1868 ex[)idió un decreto en cuyo preámbulo se decía que, deseando 
restablecer pronto la tranquilidad perturbada, se mandaba proceder al 
alistamiento y organización de dos batallones de voluntarios, que con 
los nombres de '* España^ ^ y *' Orden ' ' debían ser mandados por Jefes 
y oficiales que hubiesen servido con buenas notas en el ejército, y soli- 
citaran el honor de formar parte de los nuevos cuerpos. En el mismo 
decreto se expresaban las condiciones del enganche de voluntari<)s, de 
su paga y de las ventajas que podían obtener al terminar su compromi- 
so, que sería á la conclusión de la guerra. 



— 42 — 

El primer Jefe que se presentó á la Capitanía General ofreciéndo- 
se á servir en los nuevos cuerpos de voluntarios movilizados fué el 
Coronel D. Francisco Acosta y Alvear, hijo de la Isla de Cuba, retira- 
do del servicio y que vivía en la jurisdicción de Sancti-Spíritus, donde 
su esposa tenía valiosas fincas. El General Lersundi, que conocía el 
valor y decisión del Coronel Acosta, aceptó en el acto sus ofrecimien- 
tos, encargándole que sin pérdida de momento, procediera á la orga- 
nización del batallón que debía llamarse del " Ordena Igual encargo 
recibió del Capitán General para proceder al enganche y organización 
del batallón ** i^j^^^a " el Coronel D. Francisco Méndez Benegasi. 
Fueron nombrados segundos Jefes del *' Orden'' y del ^^ España'' res- 
pectivamente, D. José Santelices y Velazco y D. Enrique G. Zurbano 
y Porro. Estos Jefes se dedicaron con tal actividad y celo al desem- 
peño del encargo recibido, que á no haber presenciado todos los habi- 
tantes de la Isla lo que hicieron no se hubiera creído. En la Habana 
se alistaron en el acto jóvenes robastos y en gran i>arte que habían ser- 
vido en el ejército y milicias disciplinadas y por consiguiente aclima- 
tados y diestros en el manejo de las armas, en número suficiente pjara 
formar dos batallones de más de mil plazas cada uno. Quedaron alis- 
tados suficientes voluntarios para proceder inmediatamente á la organi- 
zación de otro batallón de igual número de plazas que se llamó de 
^^ Matanzas," Como continuaran llegando de todas las poblaciones 
de la Isla jóvenes decididos á alistarse en los cuerpos movilizados, y 
conociendo el General Lersundi todo el partido que se podía sacar de 
aquellos elementos, dispuso que continuara el enganche y se procediera 
á la organización de nuevos batallones de movilizados, (i) 

Como el Coronel Acosta podía disponer de grandes recursos parti- 
culares y no reparó en gastar de su fortuna cuanto se necesitaba para 
habilitar á los soldados y oficiales de su cuerpo, desde el día 19 de No- 
viembre que recibió la orden de organizar el batallón desplegó extraor- 
dinaria actividad y allanó todos los obstáculos: á los pocos días pudo 
salir con el batallón para Batabanó, embarcándose allí con aquella respe- 
table fuerza en los vapores de la costa del Sur para Sancti-Spíritus. Allí 



(i) Como en la Península y en el extrangero se ha pretendido negar la activa 
parte que los cubanos y peninsulares residentes en la Isla tomaron en la lucha, es ne- 
cesario llamar aquf la atención acerca de la prontitud con que aquella juventud leal co- 
rrió á alistarse en los cuerpos de voluntarios movilizados. 

Aumentóse sucesivamente el número de batallones de movilizados: compuestos 
como se ha dicho de gente aclimatada y conocedora del terreno, durante los diez años 
de lucha fueron por su valor, abnegación y lealtad dignos compañeros de los veteranos 
del ejército como se verá en el curso de esta obra, en que han de referirse los hechos 
de armas de los cuerpos. 



f 



— 43 — 

supo que el Brigadier Mena se encontraba sitiado en Puerto-Príncipe por 
los insurrectos del Camagüey. El Coronel Acosta que tenia confianza en 
su batallón recién alistado, se propuso socorrer á su amigo. Dejando en 
Sancti-Spíritus una pequeña parte de la fuerza para mantener la tranqui- 
lidad, se puso en marcha con el resto hacia la capital del Departamento 
del Centro. El Coronel Acosta conocía el país y confiaba en su gente, 
y así pudo atravesar un territorio montuoso, despoblado y sin caminos, 
sin desviarse de la línea de más de cincuenta leguas de largo, y arro- 
llando las partidas de insurrectos que encontró á su paso. Los movili- 
zados del batallón del *' Orden^^ confiados en el valor é inteligencia 
de su Jefe, hijo de Cuba y rico, que compartía con ellos las privaciones 
yp)eligros de aquella marcha, de Sancti-Spiritus se trasladaron á Ciego 
de Avila y de allí sin vacilar continuaron hacia Puerto-Príncipe. Según 
supo el Coronel Acosta, los insurrectos habían reunido fuerzas en un 
punto llamado las Yeguas: en efecto, allí los encontró; mas, atacándo- 
los denodadamente los desalojó de sus posiciones, matándoles catorce 
ííonibres y haciéndoles gran numero de heridos. Fué tan completa la 
derrota de los insurrectos, que la fuerza de Acosta les copó más de 
tr&sciientos caballos y todo cuanto tenían en el campamento, llevándo- 
selo todo á Puerto-Príncipe, sin que los insurrectos, que contarían algu- 
nas i-r^iles de hombres, pudieran impedirlo. Este primer triunfo costó 
^ ^>3- tallón del ** Orden'' 6 muertos y i6 heridos. Aquellos volunta- 
nos imovilizados verificaron su entrada en Puerto-Príncipe, después de 
tan líxrga y penosa marcha y después del triunfo conseguido contra las 
""in^x-osas fuerzas rebeldes reunidas en las Yeguas, el día 21 de Diciem- 
p ^^ 1868; esto es, á los treinta y dos días de haberse dado la orden 
^ ^^Tjí^anchar voluntarios y organizar aquel cuerpo. Pero aquí es pre- 
ciso czüonsignar que sin los recursos pecuniarios de su Coronel, aquellos 
^^■^^^'rxtes no hubieran podido habilitarse con tanta prontitud, y por 
cor^Sii fíente á los treinta y dos días de haberse expedido la orden para 
su ^"í^ Ranche no hubieran podido socorrer tan oportunamente á los es- 
P^*^^^Xes que defendían la bandera de la patria en Puerto-Príncipe. 

lll golpe inesperado que recibieron los insurrectos del Camagüe) 
^^^^ lia derrota de las Yeguas y la entrada de Acosta en Puerto-Príncipe, 
í^^^^^^^dente de Sancti Spíritus, fué una lección severa, (i) Por nuestra 



w- ^ *) Quizá los Jefes del Camagüey que el 20 de Noviembre se reunieron en las 

^ ^ *^^^i y se pronunciaron decididamente en favor de la independencia no hubieran po- 

^*^^^ t><nsarque el batallón del " Orden" habia de socorrer á los españoles de la capi- 

^^ ^^\ departamento corriendo á marchas forzadas desde Sancti-Spíritus. Quizá pen- 

í»*^^olo hubieran continuado llamándose autonomistas. Los escritores de su partido no 

V^nl^^ de aquella marcha. Poco dicen respecto á los primeros movimientos del Conde 

^^^'"t» Imaseda. 



■"»**• 



y 



— 44 — 

parte sólo nos toca añadir que la recibieron á tiempo. Engreídos con 
los resultados del ataque dado en los montes de Bonilla á las tropas 
del Conde de Valmaseda, esperaban que el Brigadier Mena encerrado 
en la parte fortificada de la ciudad con un puñado de españoles leales, 
se vería pronto obligado á rendirse por falta de víveres, y sin esperanza 
de ser socorrido. Los insurrectos del Camagüey, como los de Bayamo, 
recibían constantemente noticias de sus amigos de la Habana en las que 
se les aseguraba que el General Xersundi no tenía un soldado de que 
disponer, y que de España en vez de soldados se e^cpedirían órdenes 
para conceder á los cubanos todas las libertades que pidieran. El gol- 
pe inesperado que les dio el Coronel Acosta con los voluntarios movi- 
lizados, además de la pérdida material que les hizo sufrir, quitó los 
bríos á los camagüeyanos, porque comprendieron que en la Capital de 
la Isla no estaban las cosas como suponían sus amigos. La llegada de 
la columna de Valmaseda desde Vertientes y la de Acosta desde Sancti- 
Spíritus sorprendieron á los campesinos. No contaban que la infante 
ría pudiese realizar tales y tan rápidas marchas por aquellos montes 
desiertos y sin caminos. Aunque la Habana, pyor la antigua carretera, 
dista 150 leguas de Puerto-Príncipe, los camagüeyanos vieron que con 
los ferro-carriles y los vapores de las costas, en cuatro días podían lle- 
gar de la capital fuertes columnas de tropas, con armas y pertrechos. 

El día primero de Enero de 1869 el Coronel Acosta, contra quien 
los laborantes mandaron publicar mil iniquidades en los Estados Uni- 
dos y en Méjico, con quinientos voluntarios del ** Orden'^ salió de 
Puerto-Príncipe y se puso en marcha para la linea de Morón á Ciego 
dé Avila, reconociendo de paso grandes extensiones de territorio. Así 
se inició la lucha entre los voluntarios y los rebeldes en los últimos 
meses de 1868 en la Isla de Cuba. 

El batallón ^^ España^ ^ á las órdenes de D. Francisco Méndez Be- 
negasi, se embarcó en los vapores correos de la costa del Norte para 
Nuevitas y Gibara. Reunidas en esta última población con las fuerzas 
que habían procurado contener á los que pretendían seguir el ejemplo de 
Bayamo y Puerto-Príncipe, las del batallón '•'España'' emprendieron 
las operaciones contra el enemigo. Como de Gibara parte la carrete- 
ra que va hacia Holguín, mala como todas las de su clase, siguiendo 
después hasta Santiago de Cuba, se puede atravesar por ella de Norte á 
Sur toda la Isla. Aquella antigua carretera de Gibara á Santiago de 
Cuba cuenta unas cuarenta y cinco leguas de largo, y á la tercera parte 
de la distancia, esto es á quince leguas de Gibara está la antigua ciudad 
Central de Holguín, qiie entonces estaba sitiada por los insurrectos y 
cuyos heroicos defensores no podían prolongar ya mucho más su resis- 
tencia. Benegasi, al llegar á Gibara supo lo que había sucedido en 
Holguín y cuál era la situación de sus defensores. Claro está que, en 



} 



— 45 — 

vírtiid de las órdenes é instrucciones que del Capitán General había re- 
cibido, estaba en el caso de volar en socorro de aquellos españoles leales. 
Inmediatamente Benegasi reunió nus fuerzas y buscó los medios de lle- 
var un convoy de víveres, armas y pertrechos para los defensores de la 
ciudad sitiada. 

I^negasi á los diez y ocho días de haber recibido la orden de en- 
ganchar y organizar el batallón ^^ España ^^"^ estaba ya con este cuerpo 
en Gibara. Reunidos los voluntarios movilizados con las fuerzas que 
en dicho puerto encontraron^ y llevando un gran convoy emprendieron 
la marcha para el interior y el día 6 de Diciembre de 1868, aquellos 
valientes con treinta caballos del regimiento de la Reina y dos piezas 
de artillería batieron al enemigo en el interior del departamento Orien- 
tal de la Isla. ¿Era posible desplegar más actividad y energía? Con 
igual actividad se engancharon y organizaron otros batallones de vo- 
luntarios movilizados que entraron en campaña y prestaron importan- 
tes servicios antes que el Gobierno de la revolución enviase al General 
I^ersundi los refuerzos que había pedido. Esto es necesario rejjetirlo 
incesantemente. 

Según los datos proporcionados por los mismos Jefes de la insu- 
rrección (i) en el mes de Noviembre de 1868 ''^ las tropas republicanas 
^^ C^s^óay'' levantadas en los departamentos Central y Oriental ascen- 
dían á. doce ó quince mil hombres entre infantes y ginetes. Es verdad 
que a.c|uella gente de todas razas no tenía organización y estaba mal 
arreada; es verdad que en su mayor parte los campesinos habían acudi- 
do zx\ llamamiento de hombres influyentes en sus respectivos distritos, 
^'^ l>i'eocuparse mucho de lo que significaba aquel levantamiento; pero 
^ tí^robién verdad que entre acjuella masa de campesinos y hombres de 
'^* r>ol)laciones levantados había algunos miles, de distintas razas dis- 
puejitos á seguir á las órdenes de algunos caudillos audaces y continuar 



C ^ ) Han ocurrido numerosos encuentros entre españoles y cubanos, en las Tunas 

J^ ^cs Octubre) en la Villa del Cobre y en las faldas del Monte de Alta Gracia, entre 

. *^*"t<:i- Príncipe y Nuevitas y en Morón. Los cubanos mal armados no pueden arro- 

^ ^^^ lc>s españoles de las poblaciones, pero son dueños de la mayor parte del territorio 

^^^ departamentos Central y Orieiital. IjOs bien informados corresponsales de la 

^*-*^a de los periódicos americanos calculan en 80,000 el número de insurrectos. El 

*^*^^ii General español, Lersundi considera insuficientes las fuerzas de que puede dis- 

\f ^*" para someter á los rebeldes, y ha pedido refuerzos con urgencia. En los últimos 

^e Diciembre el General español Conde de Valmaseda se adelantó con cuatro mil 

^^^*"«s y atacó Bayamo, residencia del Gobierno Provisional." 

^iiE American Anual Ciclí^pedia, Reíjister of important kvens. — 1868. 
-A.PPLETON and Co, New- York. 

1^1 autor de los artículos sobre España y Cuba de tan im|x>rtante obra simpatizaba 
C«ix^ los rtibcldes. 



-46- 

la vida de bandoleros por no volver al trabajo. La resistencia que encon- 
traron los rebeldes en Manzanillo, Holguín y las Tunas y las exi)edic¡o- 
nes de nuestras columnas abrieron los ojos á muchos, que desde entonces 
esperaron la oportunidad para regresar á sus casas. Sin embargo (¡ueda- 
ban á los caudillos rebeldes elementos de sobra jxira continuar la lucha, 
mayormente cuando esperaban un gran levantamiento en la parte occi- 
dental de la Isla, y cuando contaban que el Gobierno Provisional de 
Madrid estaba dispuesto á darles cuanto pidieran. Entre tanto los Je- 
fes délas columnas españolas sin preocuparse de los cálculos ni de las 
esperanzas de los rebeldes, continuaban desplegando en todas partes la 
actividad que el estado de la Isla requería. 

Tan pronto como el Brigadier D. Fructuoso García Muñoz se en- 
cargó de la Comandancia General de Santiago de Cuba, tomó enérgi- 
cas medidas, para emprender la persecución del enemigo, y en la 
** Orden GcfuraV del día 14 de Noviembre decía lo siguiente: 

*' Señores Jefes, oficiales, individuos de tropa y voluntarios de es- 
te Dejjartamento: 

*' Encargado de la Comandancia General he tenido la satisfacción 
de enterarme del excelente comportamiento observado por todas las 
fuerzas puestas á mis órdenes. 

*'Me complazco en creer que continuarán cumpliendo exacta- 
mente con su deber, guardando la más rigurosa disciplina, base esen- 
cial de la milicia, contra la cual se estrellarán todos los esfuerzos de los 
que intentan sumir en los horrores de una gu.'rra civil á esta parte de 
la Isla. Nuestra misión es puramente defensiva, pero dentro de ella 
impondremos á los enemigos del orden el resi>eto que se merecen los 
altos intereses que nos están confiados. 

**Asi lo espera del acreditado valor y buen espíritu de sus subor- 
dinados. — Fructuoso García Muñoz,' ^ 

El nuevo Comandante General; hombre de influencia y conocedor 
de todos los departamentos de la Isla, tomó algunas disposiciones á fin 
de ver si daba un buen golpe á los rebeldes. Por su parte el Coronel 
Ampudia encargado ya del mando de las fuerzas reunidas en Manzani- 
llo, practicó reconocimientos y causó bajas á los insurrectos. Al mis- 
mo tiempo las tripulaciones de las goletas de guerra '^ Huehni " ** Gua- 
dalquivir' ' y ^^ NeptunOy' con algunos soldados y voluntarios de Santa 
Cruz del Sur, á las órdenes del Comandante militar de dicho punto, 
sorprendieron el día 17 de Noviembre una partida de rebeldes, y la 
dispersaron, matándoles tres hombres, hiriendo á varios y quitándoles 
caballos y armamento. ¿Estaría esa partida encargada de recibir en 
aquella parte de la costa del Sur armas y municiones que sus cómplices 
les habían ofrecido? Sea como fuere, aquella persecución y la vigi- 
lancia de las costas cuando apenas había trascurrido un mes desde que 



— 47 — 

se había dado el grito de insurrección en Yara, debía sorprender á los 
que contaban que las autoridades españolas no podían disponer de 
fuerzas terrestres ni marítimas para contenerla. 

A mediados de Noviembre se empezaron á recibir en la Habana 
noticias de Holguín y de las Tunas. Según ellas ya el día 29 de Oc- 
tubre el Coronel Lofío estaba en las Tunas, cpn una columna compues- 
ta de soldados de San Quintín, de la Habana y de la Reina. Le 
acompañaban el Comandante de Estado Mayor D. Jorge Garrich y el 
Teniente Coronel de caballería D. Antonio Moreno del Villar. Aque- 
lla columna había batido ya varias veces á los insurrectos, desalojándo- 
los de las trincheras que habían levantado á tres leguas de las Tunas. 
M niismo tiempo se supo el resultado de las combinaciones del Briga- 
dier Oarcía Muñoz que publicó la Gaceta de la Habana en estos 
términos: 

* * El Comandante General del Departamento Oriental, en oficio 
fecha. 24 del corriente, participa al Excmo. Sr. Capitán General el gran 
descalabro sufrido por los sublevados, que, en número considerable, 
fueron á atacar el pequeño destacamento del Cobre. A la primera no- 
ticia caliese tuvo en Cuba de aquel intento, ti Comandante General 
^'spuso la salida de una columna de 400 hombres, con dos piezas de 
'^íori tafia, al mando del Coronel D. Francisco Abreu y del Monte que 
^""^^tió sobre el punto ofendido, cuyas inmediaciones encontró ya 
í-^^clas por el enemigo y lo mismo toda el área de la población á 
^l^c^ión del Santuario, donde se había hecho fuerte el destaca- 

. * * Sorprendidos los rebeldes con la inesperada aparición de nues- 

X^opas, y atacados y rechazados resueltamente de posición en 
^::Ví^^íón, la columna fué abriéndose paso hasta ocupar el pueblo, pro- 
duciendo una confusión general entre los enemigos, dispersándoles en 
todas direcciones y dejando el campo sembrado de cadáveres. La 
pérdida de éstos ha consistido en 62 muertos, multitud de heridos que 
pudieron retirar; 21 prisioneros, 200 caballos, 2 banderas y gran nú- 
mero de armas y municiones arrojadas en su desordenada fuga. 

**Se asegura que el Capitán Amado mató con un revólver á un tal 
Marcano, dominicano que se titulaba General y que quedó gravemente 
herido, Juan Pérez, que mandaba una compañía de voluntarios y se 
pasó al enemigo. Las pérdidas del ejército consisten en tres muertos, 
diez heridos y cuatro contusos. Se han distinguido en el combate don 
Francisco Fernández Torrero, Teniente Coronel; el Comandante de 
Estado Mayor D. Isidoro Llull, el Jefe de vanguardia D. Julián Ama- 
do; Comandante de Armas del Cobre D. Julián González, el Capitán 
de Artillería D. Sebastián González; Teniente de caballería del Rey 
D. Pedro Blázquez y las compañías de voluntarios de Gantrián y de 

15 






-48- 

Jainie y la de infantería del Cobre que en unión del destacamento hi- 
cieron en el Santuario una tenaz resistencia. 

''El mismo Comandante General participa haber dispuesto un re- 
conocimiento en el campo, á gran distancia, porque por todas partes 
aparecen nuevos cadáveres de los sublevados, y aun se dice que muchos 
de esos han sido arrojados á las zanjas de las minas para ocultarlos. 
Así mismo había dispuesto que todos los pequeños destacamentos se 
incorporen á las columnas de operaciones á fin de que el enemigo no 
se entretenga en la poco gloriosa tarea de atacar mil contra veinte. 

** Y S. E. ha dispuesto que este importante hecho de armas se pu- 
blique en la Gaceta para conocimiento de los habitantes de esta Isla. 

** Habana 29 de Noviembre de 1868. — El Coronel J. de E. M. in- 
terino.— ^/¿^j-^ de Chcssa,'' 

Los soldados y voluntarios que se defendieron en el Santuario del 
Cobre, j)eninsulares y cubanos, dieron relevantes pruebas de valor y 
energía, puesto que no contaban con ser tan pronto socorridos. La 
columna que saliendo de Santiago de Cuba, atravesó con tanta rapidez 
aquellos montes y desfiladeros en que los rebeldes habían escogido tan 
buenas posiciones realizó una operación de gran mérito. 

Pocos días después se supo en la Habana que el Teniente Coronel 
Lámela, habiendo llegado á Ciego de Avila, supo que los enemigos 
tenían un campamento en el ingenio ** Trapiche''' de D. Rafael Ma- 
chado, donde había unos 300 hombres procedentes de Puerto-Príncij^e 
y mandados por Valdés Uria. Lámela tenía á sus órdenes 150 caza- 
dores de Isabel II. 50 voluntarios, 31 caballos de Lanceros del Rey y 
50 soldados de Tarragona. Atacado el ingenio denodadamente por la 
columna, el enemigo, apesar de la resistencia que opuso desde las cer- 
cas, fué puesto en fuga: 

*' I.as pérdidas del enemigo en los parapetos y trincheras del campo 
y asalto á viva fuerza del ingenio *' Trapiche,'' dice el parte, consisten 
en 83 muertos y multitud de heridos que ocultaron en los cañaverales, 
sin contar con los que defendieron un pequeño rancho que contenía 
bastantes municiones y quedaron sepultados en sus ruinas á causa de 
una voladura interior que tuvieron la desgracia de sufrir. Han queda- 
do en mi poder 23 prisioneros, 400 caballos, sus monturas, banderas, 
armas municiones y correspondencias interesantes. Este brillante 
triunfo, E. S., se ha obtenido después de dos horas de combate, con 
sólo la pérdida, lo cuál parece un milagro, de un soldado muerto, seis 
heridos y nueve contusos. 

** Entre los prisioneros hay heridos de gravedad que procuraré 
sean auxiliados y asistidos con el mismo celo é interés que mis bravos 
soldados. ' * 

Sin duda aquella gente de Puerto-Príncipe tenía el encargo de 



-49- 

llevar el fuego de la insurrección á las jurisdicciones de las Cinco Vi- 
llas. Por lo demás, como entonces los rebeldes no tenían buen arma- 
mento, y su fuerza se componía en su mayor parte de hombres que no 
habían entrado nunca en acción de guerra, no debe extrañarse que 
sufrieran grandes pérdidas sin causar muchas bajas á nuestras columnas. 
También en Guantánamo recibieron los rebeldes un descalabro. 
El Comandante militar de aquel punto, con fecha 29 de Noviembre 
dio parte de que unos 500 insurrectos procedentes del interior, habían 
acamj>ado á tres kilómetros de allí al abrigo de una casa fuerte. A las 
3 de la tarde del 27 de Noviembre salió de Guantánamo una pequeña 
columna compuesta de una compañía del Regimiento de Cuba; 50 hom- 
bres de las escuadras (voluntarios) una pieza de artillería y 15 caballos 
de voluntarios y salvaguardias. Al llegar al sitio llamado Palma de 
San Juan encontraron al enemigo atrincherado y dispuesto á resistir; 
pero cargando la columna á la bayoneta y saltando las trincheras, se 
apoderaron los soldados y voluntarios de la casa fortificada, obligando 
luego al enemigo á emprender la fuga. En el campo quedaron treinta 
rebeldes muertos y unos 120 heridos en los cañaverales y sitios de las 

• 

inmediaciones. Se cogieron caballos, armas y banderas; no teniendo 
ía columna más que un muerto y diez heridos. El Comandante Ge- 
íiera^l de Santiago de Cuba en su parte declaró que estaba altamente sa- 
tisfec^ho del comportamiento del Comandante militar de Guantánamo 
^- Enrique Barges; del Jefe de la columna, capitán D. Pablo Díaz de 
ía (Quintana y demás oficiales, soldados y voluntarios que tomaron parte 
en el asalto de la casa fuerte y dispersión d^ los rebeldes. 

Con fecha 19 de Diciembre de 1868 se publicó en la Gaceta de la 
Haliaj^a que fuerzas salidas de Manzanillo tomaron un campamento de 
^ebel^^g^ que huyeron dejando ocho muertos en el campo con caballos 
y tt^onturas. Que habían tratado los cabecillas de esperar á los solda- 
dos y voluntarios, pero que fueron de nuevo derrotados dejando dos 
^uei-t^s más. Las fuerzas de Manzanillo sólo tuvieron dos soldados 
nerici^g El Comandante militar de Morón telegrafió á la Capitanía 
^^^^x-al que, después de la acción del Trapiche se habían presentado 
^5^ Viombres acogiéndose al indulto. 

-Ahora que se ha dado cuenta de las operaciones militares en dis- 
iintos puntos, que costaron á los rebeldes más de quinientos hombres 
^n los dos primeros meses de lucha, vamos á referir lo más importante 
flue Se hizo en el Departamento Oriental en aquellos dos mismos meses 
^ ^^a.iido el Gobierno presidido por el General Serrano no embarcaba 
^^ Soldado para auxiliar á los que defendían la bandera de la patria en 
^a Orande Antilla. 



A mediados de Octubre el Comandante Boniche, con una parte 
^^i t>atallón de San Quintín salió de Gibara y se dirigió al interior. 



— 50 — 

Arrollando al enemigo con su escasa fuerza llegó á Holguín y de allí 
pasó á las Tunas. La marcha de aquella pequeña fuerza reanimó el 
espíritu de los españoles de aquellas poblaciones del interior de la Isla, 
tan distantes de la Habana. 

Era Teniente Gobernador de Holguín el Comandante D. Francis- 
co de Cp.mps y Feliú, quien al recibir la noticia del levantamiento 
de Yara, nombró una Junta de Armamento y defensa presidida por 
D. Francisco Roldan, siendo vocales D. Gregorio F. de la Vega, don 
Vicente Moyna, D. José Dominícis y D. Pedro Garrido. Se nombró 
Secretario á D. José R. Aguilera que á los pocos días se fué con los 
rebeldes. Como desde tiempo atrás los conspiradores aconsejaban que 
no se pagaran contribuciones de ninguna clase, el Ayuntamiento de 
Holguín no tenía los fondos necesarios para pagar los serenos. Y sin 
embargo el lujo había aumentado de una manera notable y las fiestas y 
banquetes eran demasiado frecuentes. 

La Junta buscó recursos, mandó atrincherar Las calles, se fortifica- 
ron las casas de la manzana principal y se tomaron otras medidas. Se 
componía la fuerza española de una compañía de infantería de la Coro- 
na, una sección de lanceros del Rey., los licenciados del ejército y los 
voluntarios de infantería y caballería. Apesar de ser tan reducidas las 
fuerzas fueron rechazados los primeros ataques del enemigo. Este f;a- 
bía cuál érala situación de los defensores de Holguín que no tenían 
víveres ni municiones y que se veían obligados á economizar los tiros. 
Varias veces los Jefes rebeldes intimaron la rendición á los valientes 
defensores de la bandera española: Camps al fin les contestó diciendo: 
*'Mis soldados saben vencer ó morir, pero rendirse jamás.*' I^os va- 
lientes soldados y voluntarios consiguieron evitar el incendio de las 
casas que defendían apesar de la prisa que los rebeldes se daban para 
amontonar combustibles al rededor de ellas. El enemigo dueño del 
resto de la población, contaba que los españoles no podrían prolongar 
la resistencia. 

*' Llegó el 6 de Diciembre, sábado y día dedicado ala Virgen 
Madre de Dios, dice uno de aquellos defensores, (i) y empezó á decir- 
se en la fortaleza que los sitiadores habían sacado camillas y literas de 
enfermos ó heridos en dirección al Yareyal, y que por todos los cami- 
nos se veían partidas de hombres; pero si bien lo primero algo de fa 
vorable indicaba, lo segundo nada de particular tenía .... Vimos 
que habían quitado la bandera de la ca.sa de Marcano: al poco rato vi- 



(i) Véase el folleto titulado **L\ defensa de Holguín," publicado por el mis- 
mo Comandante militar, D. Francisco Camps y Feliú que contiene minuciosos é impor- 
tantes detalles de aquel glorioso hecho de armas. 



— 51 — 

mos bajar la de la torre de la Iglesia Mayor, y ya los comentarios fa- 
vorables hacían aparecer en el fondo del alma y entre los nubarrones 
de los sufrimientos, la gloria de entregar sin mancilla á tropas liberta- 
doras la bandera que trajo al Nuevo Mundo la civilización, y con ella 
la posible felicidad humana." 

A las tres de la tarde entró en Holguín la columna del Coronel 
Méndez Benegasi compuesta del batallón de voluntarios movilizados 
'^ Esp42fía^^ y alguna otra fuerza. El' día 6 de Diciembre entraba en 
Holguín, ciudad del Centro del departamento Oriental, salvando de 
wna muerte segura á sus heroicos defensores el batallón de voluntarios 
movilizados que había empezado á organizarse el 19 de Noviembre. 
¿Se puede dar mayor prueba de actividad y energía? 

Presaremos por alto los horrores que cometieron los rebeldes por 
las iniTiediaciones dií Holguín 'y en las casas que no pudieron defen- 
der los españoles del fuerte. Las privaciones que sufrieron aquellos 
héroes pueden compararse con las que más admiramos en las historias 
de los grandes sitios. "Antes de cerrar esta relación dice el autor ci- 
íado, debemos mencionar á los compañeros de infortunio y también 
^^ gloria, como los del Hospital Militar, el Alférez de la Corona, señor 
^Talles, con doce soldados de su batallón, el Capitán D. José Carmo- 
^^' <^on catorce lanceros del Rey y los de la Sanidad y Administración 
^■*ita.T, cuyos Jefes con el ayudante médico D. Narciso Falcó, y el 
^.^*^^^cior, D. Aureliano Uribarri, sufrieron las consecuencias del largo 
'^> aunque no tan estrictamente bloqueados, pero con mayores pri- 
^c^i Oríes que los de la Casa Fuerte.'* 
^ ' * Entre los de Sanidad Militar se distinguió el joven sargento don 

^^^*l¡o Jover, porque diariamente prestaba buenos servicios, buscando 
'''"^gt; y ganado mientras los hubo, y los entraba en el Hospital bajo 
*^^o de los enemigos. * ' 
Al verse libres, el Teniente Gobernador se dirigió á sus subordina- 
^"^^ ^ri estos términos: 

* * Comandancia Militar de Holguin. — Orden de la Plaza del dia 

^a^e- .JOiciembre de 1868. — Soldados, voluntarios y licenciados: A vues- 

^^ v-alor y constancia se debe que los revolucionarios no hayan piso- 

^^c> nuestro pabellón. Pocos habéis sido en número, pero suficientes 

**^^*^ cjue no haya dejado de ondear un solo instante la victoriosa ban- 

^^*^ española. Gloria, Victoria y Honor es nuestro lema, que con- 

^"^í^remos siempre al entusiasta grito de ¡ Viva España ! 

** Los valientes cazadores del batallón de *^ España'^ dos piezas 

crarnpaña y 30 caballos de la Reina con su bizajro Jefe D. Francisco 

^^gasi, después de una penosa y comprometida marcha de nueve 

^S^as y batiendo al enemigo en todo su trayecto, penetraron en esta 

^^dad en el día de ayer. Saludemos entusiasmados á estos bravos y 



- 52 — 

á nuestro digno Capitán General que tanto se ha interesado por nues- 
tra suerte. 

** Cuento siempre con vosotros, mis sufridos y valientes camara- 
das, como vosotros podéis contar siempre con vuestro Comandante 
Militar. 

'*Holguin 7 de Diciembre de 1868. — Francisco de Camps,'' 

El Coronel Benegasi dirigió una proclama á los habitantes de 
aquellas jurisdicciones en la cual les decía que el Capitán General le 
había encargado de la persecución de los rebeldes; que le habían visto 
ya llegar con su columna y que estaba resuelto á no dejar la jurisdicción 
hasta haber desempeñado su cometido. Les pedia que le ayudasen, 
regresando á sus casas y trabajando para reparar las pérdidas que ha- 
bían sufrido. 

Así terminó la gloriosa defensa de Holguín donde unos ciento 
cincuenta hombres faltos de recursos rechazaron á los envalentonados 
enemigos. Aquellos habitantes y soldados se lo proporcionaron todo. 

*' Después de los donativos que hicieron varios vecinos cuando se 
creó la Junta de Armamento y Defensa, dice el citado autor, en cuya 
ocasión el comercio sobrepujó á los hacendados, D. Antonio Real de 
la Rosa prestó treinta onzas á la Junta y puso á la disposición de la 
autoridad todos los víveres de su almacén. D. José Llauradó de quien 
tantas veces' nos hemos ocupado, después del primer donativo, prestó al 
Sr. Obregón, para necesidades de la columna 11,700 escudos . . . 
Los señores Freixas y Mercadé pusieron sus almacenes de víveres á 
disposición de la Junta. 

¡ Bellos rasgos de patriotismo ! 



CAPITULO VI. 



Situación económica.-~Manejo8 de los separatístas.—Manifestaciones 
y donativos.— El Banco Español y sus enemigos.— Donativos en 
distintas poblaciones.— Cómo se aprovechan.— El Conde de Val- 
maseda conferencia con Lersnndi.— Regresa á Nuevitas.— Mar- 
clia hacia Bayamo.— Lámela, Acosta, La Torre, Ampudia y Le- 
ño en sns puestos.— Ohstácnlos vencidos.— Observaciones indis- 
pensables.— D. Carlos de Borbón y Aldama. 



Desde la expedición de Méjico y de la guerra de Santo Domiivgo 
el Tesoro de la Isla de Cuba dejó de cerrar sus presupuestos con sobran- 
tes. Con el sistema tributario que por complacer á los reformistas se 
habla ensayado poco antes de estallar la insurrección, mermaban cons- 
tantemente los recursos del Estado. Aquellos desaciertos de los gober- 
nantes de Madrid se explicaban fácilmente. Entre los hombres más 
influyentes de aquella época predominaba la doctrina de los libre-cam- 
bistas. Legisladores, gobernantes y publicistas, muchos de buena fé 
creyeron que tenían razón los que pedían para Cuba la supresión de 
las Aduanas, sustituyendo su renta por una sola contribución única di- 
recta. Los ministerios que se sucedían en el poder pertenecientes á 
los distintos partidos militantes de la Metrópoli debían considerar ven- 
tajosa esta reforma fiscal, desde que no tan sólo la pedían los reformis- 



— 54 — 

tas cubanos, sino que la recomendaban hasta intendentes y altos fun- 
cionarios públicos, y no pocos ricos hacendados y capitalistas peninsu- 
lares que se dejaban engañar por falsos amigos que sabían explotar su 
ambición y su egoismo. Por otra parte, como desde el primer mando 
del General Dulce había quien suponía que en la Isla de Cuba no se 
necesitaban ejércitos ni escuadras para conservar la tranquilidad, desde 
que este General lo había dicho, se contaba que aun cuando con el 
nuevo sistema fiscal disminuyeran algo las rentas del Estado, en cambio 
se podrían efectuar grandes economías en los presupuestos de guerra y 
marina. Por la propaganda que se hizo de estas ideas, en los tres últi- 
mos años, habían ganado mucho terreno; y gracias á la conformidad de 
muchos actos del gobierno con ellas, al estallar la insurrección la Isla 
de Cuba se encontraba sin soldados y sin dinero en la Tesorería y con 
ciertas clases de la sociedad sumamente descontentas. Esto era justa- 
mente lo que se habían propuesto los directores del i>artido que aspira- 
ba á tener gobierno propio, (i) 

De resultas del trabajo de zapa que se venía practicando en toda la 
Isla, apesar de ser tan insignificantes ks contribuciones que se pagaban 
en 1868 había poblaciones ricas é importantes que desde muchos años 
antes no hacían efectivas sus cuotas. Un testigo ocular de lo que pa- 
saba entonces en todas las jurisdiciones de la Isla, donde las gentes del 
campo habían cambiado sus antiguas costumbres nos ha dejado el cua- 
dro mejor trazado de la situación de los habitantes de la Isla, de la im- 
posibilidad de hacer efectivas las contribuciones directas y la facilidad 



(i) Aquí es del caso hacer algunas observaciones respecto al estado del Tesoro 
de la Isla de Cuba. Como es sabido, desde que habían aumentado tanto la producción 
y la riqueza de la Isla y en particular después de haberse desbaratado los últimos 
proyectos de los anexionistas, se pudieron mandar tres ó cuatro millones de pesos 
anualmente á la Metrópoli para ayudar á los gastos generales de la Nación, ya que 
servían en las Antillas los buques construidos con los recursos de la Metrópoli, los Jefes 
y Oficiales de los cueras facultativos educados en los colegios que la Nación pagaba, 
y puesto que de la Península recibían las Antillas otros valiosos ser\'icios. Después de 
la malhadada guerra de Santo Domingo, ya desde Cuba no se pudo remitir nada á la 
Metrópoli, de manera que los gastos de aquella lucha, en ultimo resultado los pagó el 
Tesoro de la Península. 

Entretanto no tan sólo los presupuestos de Cuba en proporción de su riqueza eran 
sumamente bajos como se ha dicho, sino que la Hacienda no cobraba como debía los 
censos, las rentas de las propiedades del Estado, los derechos sobre emancipados y otras 
rentas que importaban millones y debían pagar los ricos propietarios y hacendados. En 
la Tesorería no había dinero porque no se hacían efectivas las contribuciones á fin de 
facilitar la producción de azúcar. 

En las columnas de la " Gaceta OJiciaP^ de los años que precedieron á la revolu- 
ción se puede ver quiénes eran los que por varios conceptos debían grandes sumas al 
Tesoro. 



I 



I 



— 55 — 
con que se podían sacar inmensos recursos (como se sacaron después) 

de las indirectasv (i) 

Al recibirse en la Habana la noticia del levantamiento de Yara se 
elev'ó al Excmo. Sr. Capitán General una Manifestación con miles de 
^rmas de peninsulares y cubanos, cuyo espíritu se comprenderá con 
sóio Jeer el último párrafo que decía: ** Españoles somos hoy como 
^y^^j y puede contarnos V. E. en el número de los que defienden el 
orden y respetan la ley. V. E. representa la Unidad Nacional y el 
principio de autoridad que proclamamos y acatamos, y nos verá seguir 
unidos á la bandera que con firme diestra enarbola. Esta manifes- 
tación de sentimientos excusa todo género de protestas, y V. E. puede 
contar siempre con la fiel adhesión que con tanta razón ha esperado. 
Habana 13 de Octubre de 1868. — El Conde de Caftongo; Julián de 
Zulueta; el Conde O'Reilly; José Ricardo OTarril; el Conde de San 
Fernando de Peñalver; Francisco Ibáftez; Nicolás M. Valdivieso; Mi- 
guel A. Herrera; el Conde de la Reunión; José de Cabarga; el Marqués 
^^ Valero de Urría; el Marqués de Almendares; Antonio de Ecay; 
Juan S. Aguirre; Ignacio de Mendiola; Ramón G. de la Maza; Miguel 
^^ Cárdenas y Cárdenas; José de Sarachaga; José Alcázar; José S. Ar- 
gudín; Francisco Duraftona; el Conde de San Ignacio; Mariano Gon- 
zález; Jacinto González Larrinaga; Ignacio Sandoval; Francisco Cal- 
derón y Kessei; Gabriel de Cárdenas y Cárdenas; el Marqués de Cam- 
po I^lorido; Ignacio de Montalvo y Barreto; Joaquín de Pedroso y 
Echevarría; Pedro Lacoste; Domingo Sañudo; Gonzalo Alfonso; León 
^ ^^^t^rtiartu," y seguían miles de firmas de personas de todas condicio- 
f^ y clases. De todas las poblaciones importantes de la Isla llegaban 
*ariíxinente á la Capitanía General manifestaciones redactadas en 
^^ tico sentido. 

"^rodos los firmantes de aquellas manifestaciones, cuyos nombres 
^^a.l3an diariamente las columnas de la ^^Frensa,^^ cumplieron fiel- 
^ent^ sus patrióticos compromisos. Pero aquellas manifestaciones se- 
^'^i"on con una línea indeleble los dos campos en que estaban dividi- 



C * ) I^le^to-P^íncipe, apesar de su gran riqueza antes de la guerra debía al Teso- 
*^^ contribuciones de mucho tiempo. 

C!on respecto á las costumbres que los habitantes del interior de la Isla, y en par- 
^***^^ los de los distritos tabaqueros, de tomar todo el año víveres de los almacenes y 
í** <le las tiendas, á pagar cuando se vendiera el tabaco, escribió un ilustrado militar 
^^^s curiosas. 

I*erdiéronse en las familias los hábitos de economía, y muchas se vieron arruinadas 
^'^ saV^erlo. 

;Xlal podían pagar contribuciones directas! Si los artículos de tienda y almacén 
4^^^ Consumían hubiesen pagado altos derechos y hubiesen sido más caros no se ha- 
T»an armiñado porque no los habrían consumido. 

• 16 



-56 - 

dos l"os habitantes de Cuba. Gran número de alcaldes y regidores do 
los ayuntamientos; catedráticos de la Universidad de la Habana y de 
los institutos; jueces y abogados; hacendados, comerciantes y literatos 
bien conocidos dejaron de poner sus fírmas en aquellos documentos, 
([ue comprometían de una manera formal y eran á la vez programas 
políticos de los que ame todo querían que Cuba continuara siendo es- 
pañola. A los pocos meses los que no habían fírmado aquellas mani- 
festaciones estaban en Nueva- York ó en el campó enemigo, confesando 
(jue eran y habían sido siempre partidarios de la independencia, aunque 
durante algún tiempo habían querido pasar tan sólo ix)r reformistas. 

El día 1 7 de Noviembre el Consejo de Dirección del Banco Esj»- 
ñol de la Habana, que poco antes había prestado un buen servicio al 
Tesoro, recogiendo los llamados Bonos de Santo Domingo, apesar de 
cuanto decían los que ya se preparaban para cuando la revolución es- 
tallara, pasó al Excmo. Sr. Gobernador Superior Civil y Capitán 
General de la Isla la comunicación siguiente: 

'* Banco Español de la Habana. — Subdirección: Excmo. Señor. 
**En cuantas situaciones apuradas ó difíciles se ha encontrado el país, 
y en que éste ha necesitado del auxilio de sus hijos para dominarlas, 
estuvo pronto el ** Banco Español'* á prestar su apoyo al Gobierno, 
sin reparar en ningún género de sacrificios, y cualesquiera (|ue fueran 
las personas encargada^ de su dirección y su consejo. 

** Esta costumbre tradicional desde su instalación, y con la cual 
se hallan completamente conformes los individuos que constituyen su 
actual dirección y consejo, les mueve á ofrecer á V. E. que tan digna 
y cumplidamente representa la Nación en esta a])artada provincia es^xi- 
ñola, no solamente la expresión de su adhesión firme y sincera, sino los 
recursos materiales de que el Establecimiento puede disponer, para que 
sean más fáciles de ejecutar las acertadas medidas dictadas por V. E. 
con el objeto de sofocar la rebelión que ha tenido lugar en el departa- 
mento Oriental de la Isla. 

*^ A este fin ha acordado el Consejo en sesión de esta fecha, y sin 
perjuicio de dar cuenta para su aprobación á la Junta General de 
accionistas, contribuir por el término de tres meses á razón de quince 
mil ilesos cada mes al sostenimiento de un cuerpo de 500 voluntarios, 
cuya organización, equipo y demás confia á la ilustrada autoridad 
de V. E. 

**Lo que con la mayor satisfacción tengo el honor de poner en 
conocimiento de V. E. para los fines que juzgue oportunos, rogándole 
se sirva manifestarme el día desde el cual empezará á tener lugar ese 
donativo, pequeña muestra de los sentimientos que animan al ** Banco 
Español de la Habana." 

**Dios guarde á V. E. muchos años. — Habana 17 de Noviembre 



- 57 - 

de 1868. — Excnio. Sr. — Miguel de la Puente; Excmo. Sr. Capitán Ge- 
neral y Gobernador Superior Civil de la Isla." 

A la precedente comunicación contestó el Excmo. Sr. Capitán 
(íeneral en los siguientes términos: 

*' Gobierno Superior Civil de la Isla de Cuba. —Hg recibido con 
suma satisfacción la interesante comunicación de V. S. participándome 
el acuerdo patriótico tomado por la Dirección y el Consejo del "Ban- 
co £s[>añol de la Habana," en que no solamente protesta clara, explícita 
y terminantemente de su adhesión firme y sincera al Gobierno Supre- 
mo condenando la rebelión que ha tenido lugar en el departamento 
Oriental de la Isla, sino que también me ofrece, en homenaje á la paz 
de esta provincia y en amor á la Madre Patria el donativo gratuito .su- 
ficiente para poner en armas y sostener por tres meses un batallón de 
voluntarios que venga en ayuda de la Autoridad con las demás fuerzas 
civiles y militares á combatir la revolución. 

* * Los sentimientos de españolismo puro, de verdadera unidad na- 
ciona.1 que revela el acto generoso de esa corporación, no por ser un 
necHo más en la serie de actos de lealtad de igual naturaleza en el 
"3a.nc:o Español de la Habana** pierde ni uno de los quilates de su 
rele-vante mérito. Precisamente la firme consecuencia y la inquebran- 
table cronstancia en los actos beneméritos y patrióticos está el más alto 
timl>ire de honor en los hombres, en las corporaciones y en los pueblos. 
'^^*^^H.osos los que como los individuos de esa Dirección y ese Consejo 
P"e'cl<iii hacer alarde de tan digna historia I 

* * Los leales habitantes de esta Isla tendrán en esa serie no inte- 
íTni-^-iy^j^ja, de actos de generosa nobleza un digno ejemplo que imitar, 
^ *^ i^atria otro motivo más de admiración y de amor hacia esta her- 
"ic>5^£i. provincia española. 

* *De esta manera, el Gobierno de la Nación multiplicará su celo 

P°*" ^^1 progreso y la prosperidad en todos sentidos, morales, materiales 

^ ^^^^ i ticos de esta siempre fiel Isla de Cuba; quedando relegados al 

"^^^^Ossprecio de todos los hombres honrados las mentidas ofertas de 

^^^^^*Jra y felicidad, hechas desde los campos de Bayamo por unos 

^^^^^ nares de incautos, acaudillados en su mayor parte por extrangeros 

qii^ li|)ran su fortuna en talar y saquear los campos, para dejar des- 

^ ^^ A los hijos de esos mismos campos que hoy les siguen por la fuer- 

* ^se recuerdo de sus grandes hazañas unidas al hambre y á la miseria 
qiie i^g espera. 

**En nombre de la Nación, que yo autorizadamente represento, 
^^pto y agradezco cordialísimamente las ofertas patrióticas del ** Banco 
"^paflol de la Habana,'* que de hoy más se ha hecho digno del noble 
*<^tado de Español que lleva tan merecidamente eii su título. 



• 58- 

'*D¡os guarde á V. S. muchos años. — Habana 19 de Noviembre 
de 1 868. —Francisco Lersundi, — Sr. Subdirector del Banco Español." 

'*Lo que de orden de S. E. se inserta en la Gaceta Oficial ^x2l 
conocimiento de todos los habitantes de la Isla. — Habana 20 de No- 
viembre de 1868. — **E1 Secretario interino.— ^<?í^ de Zabarte^ 

El Consejo de Dirección del Banco podía -contar con la aproba- 
ción de los accionistas al acordar los donativos, porque el gran instituto 
de Crédito de la Isla tenía por fundadores, accionistas y sostenedores 
á los llamados españoles sin condiciones, dispuestos á sacriñcarlo todo 
en defensa de la nacionalidad. I^s que por medios directos ó indirec- 
tos querían sei>ararse de ella eran enemigos del Banco desde su funda- 
ción. Sin duda los reformistas y separatistas comprendían que en 
circunstancias difíciles el Banco podría prestar importantes servicios á 
la causa de la ]xitria. Largo sería referir todo lo que se había hecho 
desde 1856 contra el Banco Español. I^ Caja de Ahorros y cuyo Di- 
rector era D. Carlos del Castillo, bien conocido por sus ideas anti- 
españolas, nunca había querido recibir los billetes del Banco que esta- 
ban á la par del oro. D. Francisco Fésser, Director del Banco de Co- 
mercio, había trazado un plan con el cual contaba sustituir el papel 
moneda del Banco Español con el de los Estados Unidos; plan que 
comprendió y explicó la Prensa\ y por último se venía pidiendo la li- 
bertad de los bancos de emisión, la creación de bancos hipotecarios con 
facultad de circulación para las mismas cédulas y se habían formulado 
como se ha dicho otros proyectos, que como demostraba la ^* Frerisa'^ 
lejos de producir ventajas para los hacendados, con las costumbres que 
había en Cuba, sólo podían precipitar su ruina. Al llegar los mo- 
mentos críticos se mostraban más agresivos los' enemigos del "Banco 
Español;" y la comunicación que va reproducida y los servicios que 
prestó después el Banco al Tesoro de la Isla, prueban que los sei)aratis- 
tas sabían calcular bien en favor de su causa cuando buscaban el ajwyo 
de buenos españoles alucjnados, demasiado ambiciosos ó egoístas para 
que les ayudaran á destruir el primer Establecí miei^to de Crédito de la 
Isla de Cuba. (1) 

La oportuna iniciativa de la Dirección del **Banco Español" pro- 
dujo su efecto: Las empresas de vapores y ferro-carriles; las sociedades 
anónimas de todas clases, compañias de seguros, banqueros y particu- 



(1) Déla ^^ Caja íie Ahorros ^^ que debia tener un fin desastroso muchos años 
después, y del "Banco de Conterdo " cuyos accionistas y acreedores sufrieron incalcu- 
lables pérdidas, se ha supuesto siempre qrte salieron en distintas épocas y partiailar^ 
mente en 1868 respetables cantidades para auxiliar á los enemigos de España. ¡ Y sin 
embargo, Una buena parte de los accionistas y depositarios de los dos establecimientos 
de crédito eran es9aftole5 leales, cubanos y peninsulares \ 



\ares "r-icos se suscribieron en las listas de donativos por cantidades res- 
^tE»J\>l^, con el objeto de pagar voluntarios movilizados, comprar ar- 
tuaTT\^rito de los más modernos y acreditados sistemas y subvenir á los 
gast.os de la guerra. De Matanzas, de Cárdenas, Colón, Cienfuegos, 
Trini dad, Santa Clara y otras importantes poblaciones, donde se hacían 
gastos para atender á los armamentos de localidad, llegaron á la Ha-. 
l)aTia. grandes remesas de dinero, producto de donativos para atender á 
los gastos generales de la guerra. Es dé advertir que los donantes 
prestaban ya servicios personales en su mayor parte, como pertenecien- 
tes á los cuerpos de voluntarios con sus operarios y dependientes. No 
se piiede calcular lo que ya en los dos primeros meses de la insurrección 
gastaron y entregaron generosamente los españoles leales, peninsulares 
y cul>anos, de Matanzas, Cienfuegos, Cárdenas, Colón y otras pobla- 
ciones de la Izarte Occidental de la Isla. Los únicos que en nada con- 
tribuyeron á sostener los gastos de la guerra j los que ni antes ni des- 
pués de la insurrección de Yara pagaron las contribuciones que les 
correspondían, aunque muchos de ellos eran ricos hacendados y pro- 
pietarios, fueron los que simpatizaban con los insurrectos y los que 
^I^^eraban que las provincias peninsulares iban á ser presa de la anarquía, 
y que por consiguiente ningún esfuerzo podrían hacer los gobernantes 
P*'"a- sofocar la insurrección de Cuba. 

^a se ha visto con qué prontitud se armaron y salieron á campaña 

IOS dos primeros batallones de voluntarios movilizados. Aquella acti- 

^'<Í£tci. no se paralizó en lo más mínimo. En la Isla se organizaron y 

arrrka,i-on en aquellos meses más de sesenta mil voluntarios. Muchos de 

^055 crvierpos fueron destinados á campaña ó á servicio de destacamento. 

Los cfue se quedaban en las poblaciones guarnecían las fortalezas, man- 

tenisiri el orden é imponían á los amigos de los insurrectos. Así fué 

qu.^ ^n Diciembre se pudo ver el gran partido que se había sacado del 

P^'triotismo de los que á mediados de Octubre se habían apresurado á 

^'^^I^t.ifSar los fusiles y de los generosos donativos que hicieron los indi- 

^^^uos y las asociaciones que se interesaban en el triunfo de España en 

^^ Antillas. 

*** 

Mientras así se preparaban los españoles del Departamento Occí- 

^•^tal, en el del Centro, sus enemigos después de lo que habían hecho 

n el Conde de Valmaseda, arrojaron la careta y casi todos se fueron 

^^n\po enemigo con sus familias; mientras en las Cinco Villas los 

. ^'^íg^os de la nacionalidad permanecían quietos en apariencia, supo- 

'^^o que lo que querían eran reformas políticas muy latas y garantí- 

^^ por una nación extrangera (los Estados Unidos). El General 



— 6o - 

Vahnaseda desde Nuevitas se trasladó á la Habana y conferenció con 
el General Lersundi. Al día siguiente salió en otro vapor para el nriis- 
mo puerto de Nuevitas y se puso de nuevo al frente de su columna que 
había sido ya reforzada y pertrechada por medio de los vapores de la 
costa. El Capitán General y su segundo Cabo que mandaba las tropas, 
creyeron que era necesario batir á los insurrectos en las mismas juris- 
dicciones donde se habían levantado y donde tenían establecido su 
titulado gobierno. Convinieron, pues, los dos distinguidos militares 
en que el Conde, desde Nuevitas emprendería la marcha hacia Bayamo, 
aunque reconocían bien las dificultades que había de presentar una 
expedición marchando por un país despoblado y sin caminos.- El 
Conde resolvió emprender la marcha, contando con salir airoso de su 
empresa. Era hombre resuelto y el soldado le admiraba. 

Las pocas fuerzas de que el General lersundi podía disponer es- 
taban ya bien distribuidas. El Coronel lámela, después de la acción 
del ** Trapiche," recibió la orden de continuar activamente la perse- 
cución del enemigo en las jtirisdicciones inmediatas á la línea de Morón. 
FÁ Coronel Acosta, con los voluntarios movilizados del ** Orden'' 
tenía á su cargo, el territorio de Sancti-Spíritus. Luego llegó á San- 
tiago de Cuba, nombrado por el nuevo Gobierno de la Nación, Co- 
mandante General del Departamento, D. Simón I .a Torre, y continuó 
la persecución de los rebeldes. Las columnas de López Cámara y 
otras consiguieron dispersar y matar alguna gente de las partidas que se 
presentaron por Cruantánamo, Palma Soriano y el Cobre. En Manza- 
nillo Ampudia seguía practicando reconocimientos causando bajas á los 
insurrectos. Por último, el Coronel Loño tenía orden de sostenerse 
por las inmediaciones de las Tunas esperando la oportunidad de reu- 
nirse con las fuerzas que mandaba el Conde de Valmaseda, de cuyos 
planes debió tener á tiempo el debido conocimiento, puesto que los 
vapores trasmitían con prontitud las órdenes á los puertos de la costa 
del Sur y del Norte y desde allí se remitían á los Jefes de las columnas. 

Hechos todos los preparativos, el día 22 de Diciembre de 1868 sa- 
lió el Conde de Valmaseda de Nuevitas, con las tropas que había saca- 
do de Puerto-Príncipe, aumentadas con un batallón del Regimiento de 
** España,** otro de voluntarios movilizados, llamado de ** Matanzas** 
recién organizado, con alguna otra gente, formando una columna que 
no pasaba dedos mil hombres. Estos decididos soldados debían ca- 
minar treinta y seis leguas en cuyo largo trecho de mal camino el ene- 
migo podía oponer seria resistencia. Seguía la columna un gran convoy 
de carretas cargadas de armas, municiones, víveres y pertrechos; y 
como los rebeldes tenían buen espionage, podían prepararse con tiem- 
[>o jxira hostilizar la columna y particularmente i)ara detener la marcha 
de las carretas. Al efecto abrieron zanjas en el camino en distintos 



— 6i — 

pun t.oür la segur del negro cortaba árboles gigantescos que caían é in- 
tercci^tiíiban el paso^ cuando los insurrectos podían disparar sin ser vis- 
tos, crsi^si á quema ropa sobre los soldados y veteranos. Es de advertir 
que , ^ritre los reb<:ldes había muchos dominicanos, mejicanos y vene- 
zola.in.os, que en sus respectivos países habían practicado largos años la 
tácticr^ de los guerrilleros. Tampoco faltaban en el campo de los ene- 
migos de España centenares de peninsulares y cubanos de distintas ra- 
zas, q^ie habiendo formado parte de las cuadrillas de bandoleros, que 
sierrip>re han infestado la Isla, que por su conocimiento del terreno eran 
eneio i gos temibles. Después de larga y penosa marcha el Conde se 
VIO en la necesidad de abandonar las carretas, por la imposibilidad 
absoluta de hacerlas adelantar; habiendo llegado á ser tan grandes las 
dificu.ltades de los caminos, que hubo día en que no se adelantó más de 
una legua. Se cargaron los efectos en acémilas y desde entonces la 
columna adelantó rápidamente. Los insurrectos que seguían de cerca 
la oolumna, después del abandono de las carretas, dijeron en sus par- 
ces c|vie el Conde de Valmaseda había sido derrotado y que el convoy 
^^t>3. en su poder; pero el general esp>añol pudo decir con razón que 
"^ Ha l)ía perdido ni un fusil, ni un cartucho, ni una galleta, (i) 

X^as fuerzas españolas avanzaban sin que los insurrectos, apesar de 

'a rMiucha gente de que podían disponer, y de las facilidades que el 

^^^^r\o les ofrecía, pudieran impedirlo. Tenían los rebeldes Jefes do- 

^^ir\ lejanos, como se ha dicho hábiles para aquella clase de guerra: ha- 

^i^r\ entonces recibido ya armas y pertrechos de sus amigos y del 

^*^^^. ligero. ¿Cómo puéi no detuvieron la marcha de una columna de 

'^*^^5* dos mil hombres? Aquellos soldados y voluntarios, desde el 

pii^j-t:c) de Nuevitas hasta Bayamo, con las vueltas que se vieron obliga- 

*^ 21. dar, recorrieron unas cuarenta y seis leguas de territorio, apode- 

aiTfcci^^ise de 22 trincheras que de antemano tenía el enemigo abiertas. 

l"^t:*eciso reconocer que aun cuando los rebeldes las defendieran mal, 



Eís 



( H) E. Piñeiro, que habla de la marcha del Conde de Valmaseda de Venientes á 

^^■~^v>-Principe, guarda silencio respecto á la marcha del (Jeneral a Bayamo. En el 

* ^*^^x-io de Appleton en la Revista correspondiente al año de 1 868 sólo se leen estas 

^'^'^^-^«-as respecto á la marcha del Conde: " En los últimos días de Diciembre el Ge- 

*'^'í- español Conde de Valmaseda se puso en marcha con una fuerza de cuatro mil 

^^^clos con el fin de atacar Bayamo, residencia del Ciobiemo Provisional." En la 

^^''*^^t:a del año siguiente de 1869, dice: 

** El General V'almaseda consiguió reunirse con el Coríniel Ix)ño en las Tunas y 
"* ^r^l^^i sobre Bayamo." 

^ada más dice el escritor que simpatizaba con los insurrectos y que ix)día projx>r- 
^^^^-^^^^rse datos de la Junta de Nueva- York. Por lo tanto podemos dejar sentado (|uc 
^**^6^na ventaja obtuvieron los insurrectos en aquella marcha y que se del^e prestar en« 
^■^ Í4& á lo que en sus partes dijo el Conde de V^almaseda. 



— 62 — 

nuestros exjjedicionarios necesitaron hacer grandes esfuerzos para flan- 
quearlas y tomarlas. Que los Jefes de la rebelión y sus amigos tenían 
el mayor interés en detener la marcha del Conde de Valmaseda, lo de- 
muestra la política que entonces adoptaron de publicar en Madrid y en 
el extrangero noticias exageradas, á fin de conseguir que con la inter- 
vención del Gobierno de los Estados Unidos ó sin ella el Supremo 
Gobierno de la Nación negociara con los rebeldes, bajo la base de la 
independencia. 

*'El General Carlos Manuel Céspedes, el héroe de la revolución es 
el Jefe de la insurrección,*' decía el New- York Tribune, celebraba los 
hechos de los insurrectos y daba curiosos detalles acerca de Céspedes 
y sus compañeros, (i) 

Las noticias que hacían circular en la Habana los agentes de los 
insurrectos; las que se leían en los periódicos de los Estados Unidos 
que llegaban diariamente á Cuba y la falta de noticias del teatro dé 
operaciones no hacían vacilar á los leales. Los separatistas contaban 
que el nuevo Capitán General de la Isla, á quien esperaban en la Ha- 
bana de un día á otro, tan pronto como supiera la derrota de Valmase- 
da se apresuraría á terminar la guerra por medio de un arreglo pacifico. 
Los leales sabían que el Coronel Loño sólo contaba con unos quinien- 
tos hombres de tropa en las Tunas, y nada había comunicado oficial- 
mente respecto á operaciones, i^ero confiaban en el valor y pericia del 
Conde de Valmaseda y no querían dar crédito á las noticias que pro- 
palaban los enemigos que suponían derrotados por completo á los de- 
fensores de la bandera española en todas partes; y que por consiguien- 
te Cési^Kídes era dueño de toda la Isla, exceptuando media docena de 
ciudades y villas de las costas. Justamente cuando ya en la Habana el 
nuevo Capitán General había iniciado la política liberal que no agra- 
decían rii aceptaban los que creían ó por lo menos suponían al Conde 
de Valmaseda y á Loño derrotados, se recibió en la capital de la Isla 
un telegrama /mWí?, que después se recibió de oficio, concebido en 
los siguientes términos: 

**E1 Comandante Militar de Trinidad, dice en telegrama de ayer 
al Excmo. Sr. Capitán General lo siguiente: 

**E.l Comandante Militar de Manzanillo me dice: El Comandante 
General de las tropas en operaciones: Manifieste V. S. al Capitán Ge- 



(i) Los periódicos diarios de Nueva- York, que en acjuel primer ¡x:ríodo de la 
revolución de Cuba se declararon todos en favor de los insurrectos, acogían como ver- 
daderas y las publicaban en sus columnas todas las noticias que les comunicaban los 
agentes de los rebeldes. Esto felizmente duró poco, y si se exceptúan los artículos por 
lo regular remitidos y pagados, poco ó nada publicaron tendente á excitar el entusiasmo 
en favor de los partidarios de la independencia de Cuba, como se verá luego. 



- 63 - 

neraJ. cj^ne ayer á las 12 del día entré en Bayamo incendiado en su to- 
taVidLa-d por el enemigo, asi como lo ha hecho también en el vecino 
puel^lo del DátiL 

* * La toma de Cauto del Embarcadero por mi columna, y la acción 
del Satlado, donde les causé 1 20 muertos é infinidad de heridos, los 
trae dispersos y entregados al pillage y procurándose víveres para es- 
conderse en la sierra. Y tengo la satisfacción de trasmitirlo á V. E., 
por telégrafo, á ñn de que llegue antes á ^u superior conocimiento.*' 

* * Lo que de orden de S. E. se publica en la Gaceta para general 
conocimiento. — Habana 19 de Enero de 1869. 

** El Coronel Jefe de E. M. inituTiO.—José de Chessa,'' 
Esta noticia dejó aterrados á los enemigos de la nacionalidad, que 
ían activamente trabajaban, como luego veremos, desde la llegada de 
^a nueva autoridad, y que ya tenían preparado el plan de Gobierno au- 
tonómico y que pensaban presentar cuanto antes. Según suponían, 
derrotado el Conde de Valmaseda se habría de llegar á un arreglo, 
porque los patriotas que habían organizado en Bayamo el Gobierno 
Provisional de "Cuba Libre** no se habrían de negar á trasladarse á la 
Habana y compartir con los autonomistas la honra de constituir un 
g'obierno que de hecho sería independiente. 

Largo sería el relato de aquella peligrosa marcha de la columna de 

^alni.aseda desde Nuevitas á Bayamo que se emprendió como se ha 

*^icho, el 22 de Diciembre y terminó con la entrada en Bayamo el 17 

^^ Enero. En veinte y cinco días. En las relaciones que los mismos 

^"nenciigos de España han publicado posteriormente de aquella campaña 

^^ Hsiii podido negar que apesar de los medios de que los Jefes insu- 

rre-ctos podían disponer para impedir la marcha de aquella columna 

"íerc^xi arrojados de todas las trincheras que habían levantado. Lo que 

^^c^i^. el Conde de Valmaseda en sus primeros telegramas bastaba y 

sot>r^3.l3a para dejar á los españoles leales completamente satisfechos. La 

torri^. ^el Cauto del Embarcadero; la acción del Salado en la que mató 

^^^^ Vxombres é hizo infinidad de heridos á los rebeldes, y la huida de 

^5to*5 de Bayamo, después de haberla incendiado, por despecho, al ver 

^*^ 1:^0 podían defenderla después de haber establecido allí su Gobier- 

^^ > decían más que los pomposos partes en favor de aquellos héroes. 

Aunque después se publicaron en la Habana extensos partes ofi- 

ci^l^^^ é interesantes detalles de aquella expedición y marcha del Conde 

^ ^^^Imaseda, creemos que con lo dicho y con la lectura del telegrama 

^lUe vino á reanimar las esperanza! de los leales y al mismo tiempo á 

^^'^^r por tierra los proyectos de los separatistas, á quienes favorecían 

^'^ Sran manera los acontecimientos de la Península, los compromisos 

^^Ti traídos por los hombres que ocupaban el Poder Supremo de la Na- 

^^^n y las preocupaciones del nuevo Capitán General y los altos fun- 

17 



-64- 

cionarios que con el habían llegado, á la Isla de Cuba para establecer 
un nuevo régimen político. 

Antes de ocuparnos de esta importante parte de la revolución y 
guerra de Cuba hemos de terminar aquí diciendo que la Autoridad su- 
perior de la Isla, á mediados de Eneró de 1869 cuando el Conde de 
Valmaseda entró en Bayamo tenía escasas noticias respecto á las fuerzas 
de los enemigos y las posiciones que ocupaban. A juzgar por lo que 
publicaron después los amigos de los insurrectos, el marqués de Santa 
Lucía y el General Castillo estaban en las inmediaciones de Puerto- 
Príncipe, teniendo algunas fuerzas destinadas á sitiar Gibara; tenían 
dos mil hombres encargados de mantener á Loño en jaque por las Tu- 
nas; y Céspedes, presidente del Gobierno provisional, se había acercado 
á Santiago de Cuba. Supone un escritor que ya entonces Quesada con 
seis mil hombres avanzaba hacia Puerto -Principe que continuaba de- 
fendiendo el Brigadier Mena. 

Aun cuando las noticias que los Jefes de la insurrección trasmitían 
á sus agentes de los Estados Unidos fuesen exageradas, nadie puede 
negar que en Enero de 1869 la insurrección aumentaba sus fuerzas en 
el departamento Oriental y en el Centro donde pasaban muchos exal- 
tados de la parte Occidental de la Isla, que desde la llegada del nuevo 
Capitán General contaban como seguro el triunfo de sus ideales. 






Al terminar el relato de este primer período de la revolución y 
guerra de Cuba es indispensable hacer algunas observaciones acerca de 
los mismos acontecimientos referidos, para imponer silencio á los que 
todo lo desfiguran y tergiversan. En su afán de negar á los volunta- 
rios y en general á los españoles leales de Cuba los grandes méritos, 
que contrajeron y los servicios que prestaron en aquellos primeros me- 
ses, se olvidan de lo que escribieron los más afamados publicistas ene- 
migos de Esi>aña. Por esto hemos de reproducir aquí algunos párra- 
fos del ya citado libro de Enrique Piñeiro. 

**Ya en Diciembre, dice, se supo por fin en la Habana toda la 
verdad, aunque no muy detallada, sobre el carácter de la insurrección, 
y nadie más se ocupó gran cosa de España y del alzamiento de Setiem- 
bre. Había comenzado la insurrección cubana, la grande, la temida, 
la esperada después de los últimos desengaños y el deber de los haba- 
neros aparecía ya claro y definido, adherirse á sus hermanos que com- 
batían y consagrarse á auxiliarlos de todas maneras. Formáronse en 
el acto comités y centros de acción, publicáronse proclamas y reco- 
gióse algún dinero. Morales Lemus entró desde el principio en las 



-.65- 

Juntíus organizadas, y fué uno de los que tomaron mayor parte en ellas 
y en 1 3. sociedad posterior que se llamó de "Laborantes/' término 
que ]:^£L]i conservado los españoles (que les dio la ^^ Prensa' ^^ para de- 
sigT\3.ir á los conspiradores cubanos y que quedará/' 

A^quí bastará observar que Morales Lemus era entonces querido y 
respetado entre los demócratas peninsulares reformistas que suponían 
que tan pronto como llegara el General Dulce y planteara las reformas 
los i iisiirrectos depondrían las armas. Esto creíanlos candidos pe- 
ninsulares demócratas. Morales Lemus trabajaba y según el mismo 
biógrafo vacilaba. " Lersundi le había dado una vez á entender, dice, 
coix palabras no muy embozadas que corría el peligro de ser fusilado, 
y pooo después había tratado de sondear los sentimientos de los cuba- 
nos en favor de los Borbones y en contra de los revolucionarios espa- 
fioles. " Es bien sabido que por entonces los carlistas ya trabajaban en 
rav-or cJel Joven Pretendiente. El mismo Piñeiro publica la carta de 
^^^ ^1 Sr. Aldama ofreciéndole k Autonomía y nombrándole Gober- 
nador de la Habana. Apesar de todo, observa el mismo escritor cu- 
"^^^^> Morales Lemus, el hombre de más prestigio entre los partidarios 
^ ^^- independencia, por su edad y condiciones de carácter, continua- 
ba. v-a.c:ilando, y en la Habana se hacía poco ó nada en favor de la in- 
^^P^^ridencia de Cuba. P]ntretanto, hablando de los españoles decidi- 
dos ^ incondicionales decía: 

* *En Diciembre estaba en toda su fuerza el impulso que puso las 

arnri^j_^ en manos de los españoles; eñ pocos días se hinchieron de sol- 

(ia^<io55 los cuatro batallones de voluntarios que existían casi en cuadro 

^^^^^ 1855 y se formaron tres ó cuatro nuevos con más de mil plazas 

^*^3- lino. Los españoles hacían algo; sabían bien lo que querían; 

P^T\sa.ban que cualquiera que fuese la marcha de las cosas eran ellos los 

^^^*^rfc sores naturales del régimen colonial, y dispuestos estaban á de- 

fenderlo. Locura hubiera sido por parte de los cubanos pretender un 

íi|zaTiiiento en la Habana, pues los españoles eran en número casi igual, 

SI se contaban sólo los combatientes y tenían las armas en la mano; 

P^ro tal vez pudo hacerse otra cosa que desgraciadamente no se inten- 

^y segíin creemos: apuntarse y alistarse lo mismo que los peninsulares 

^^ los cuerpos de voluntarios, no consentir que se trazara desde el 

princip JQ tan profunda división y evitar de ese modo que llegase, como 

^^ dos meses después, el día en que los españoles empezaron á dis- 

V^rar contra los habitantes de la Habana el fusil que llevaban siempre 

'^Ombro ó guardaban en sus casas, y en que no quedó á los cúbanos 

^U.e la oscura gloria de morir asesinados por las calles ó el triste 

^'^^c> de abandonar el territorio de la Isla." 

"^1 Sr. Piñeiro al escribir estos párrafos no tenía en cuenta el ca- 
^^ ni los antecedentes de sus paisanos y correligionarios. ¿No 



— 66 — 

habían dicho bien claro lo que querían? ¿Cómo habían de inspirar 
conñanza á los 'esjjafioles leales? En cuanto á lo de los tiros por las 
calles ya se verá quiénes fueron los provocadores. Es necesario obser- 
var que los españoles siendo los más fuertes y estando armados, no se 
habían de contentar con la oscura gloria de dejarse matar á tiros de re- 
volver por las calles de la Habana^ ni habían de abandonar la Isla que 
habían enriquecido con su inteligencia y su trabajo. 

Es necesario hacer aquí otra observación. Aunque el General 
Lersundi desde principios de Octubre había pedido soldados al Supre- 
mo Gobierno de la Nación, éste que hubiera podido disponer que á 
mediados de Noviembre desembarcaran en Cuba algunos miles de sol- 
dados, puesto que elementos de sobra tenía para ello, no lo hizo. Sin 
duda quería que los refuerzos llegaran cuando pudiera disponer de ellos 
el sucesor de lersundi. ¿Desconfiarían los hombres de la revolución 
del Capitán General de la Isla de Cuba? Hay motivos para creerlo. 
El Gobierno Provisional de Madrid debía saber que de París había sa- 
lido un mensajero de D. Carlos con un nombramiento de Virey para 
Lersundi y otros pliegos de importancia, "entre ellos un despacho de 
puño y letra del Pretendiente que daba al rico patriota cubano, Miguel 
Aldama, el título de Gobernador Civil de la Isla de Cuba, y contenía 
además un programa de Gobierno.** Sobre este asunto dice Pifteiro 
cosas impertinentes sobre el saqueo de la casa de Aldama verificado 
mucho después, y en Apéndice publica litografiada la carta del Preten- 
diente á fin de que nadie pueda, según dice, tacharla de apócrifa. 
Creemos oportuno reproducir aquí este documento histórico. Dice así 
el autógrafo litografiado: 

"Estimado Aldama: 

"Con esta fecha he tenido á bien nombrarte Gobernador Civil de 
la Isla de Cuba. Es mi ánimo que este nombramiento sea la garantía 
para esos pueblos de mis buenos deseos hacia ellos. 

"Si yo hiciera un manifiesto á los españoles, sería un memorial 
á los hombres de Alcolea; mi dignidad y mi corazón me lo prohiben. 

" Llevar los principios proclamados por la civilización á las Anti- 
llas españolas está más en armonía con mis sentimientos, que hacer pro- 
gramas de libertad, á los que en la Peníasula en nombre de todas ellas 
ejercen todas las tiranías. 

" Nombrado por mí, Virey de las Antillas españolas el ilustre Ge- 
neral Lersundi; ayúdale con tus influencias, con tus relaciones y tu 
decisión á llevar á cabo los dos pensamientos, que deban desarrollar la 
riqueza y el bienestar moral en ese país, con gran contento y provecho 
de la Metrópoli. 

"La abolición de la esclavitud en un plazo y forma que no perju- 
dique á los intereses creados, y de acuerdo con los notables del país. 



-67- 

"La administración autonómica más conveniente al buen orden y 
régimen de ese vireinato. 

'* Recibe la expresión de afecto conque te distingue tu Rey. — 
Carlos de Borbón. 

"París 31 de Octubre de 1868." 

Esta carta probablemente dictada por alguno de los cubanos que 
siempre estuvieron cerca del Pretendiente, no llamó la atención de los 
españoles de corazón que habían sido carlistas en la Península, pero que 
comprendían que en aquellas circunstancias sólo debían pensar en agru- 
parse al rededor de la bandera española. Aldama y los separatistas se 
burlaron de D. Carlos y de su carta; sólo el General Lersundi sintió en 
el alma que se diese al gobierno de la revolución aquel pretexto para 
emplear en las comunicaciones ciertas reticencias, de las que se lamen- 
taba en secreto con sus íntimos amigos. Por fortuna la actitud de los 
leales, las sabias medidas dictadas por la Primera Autoridad y el heroi- 
co comportamiento de los soldados y voluntarios, como ha podido 
observarse desbarataron todos los proyectos de los enemigos de España 
y abrieron los ojos á muchos de los demócratas, que al principio se 
habían dejado alucinar por falsos amigos. 



CAPITULO Vil. 



Nombramiento del General Dulce para el mando Superior de Cuba.— 
Antes de su llegada se publica la despedida del General Ler- 
sundi.— Gran Parada y revista.— Llegada y recepción de Dulce.— 
Embargue de Lersundi: manifestaciones.- Su significado.— Fun- 
dación de la "Voz de Cuba."— Empieza el nuevo mando de Dul- 
ce.- -Nuevos empleados.— Función teatral.— Alocuciones.— Decre- 
tos reformistas.— Proyectos de pacificación.— Ceguera del (Gene- 
ral Dulce.— Las noticias de Bayamo no le desvian de su plan.— 
Juicio de los enemigos de España acerca de él y de la situa- 
ción de la Isla de Cuba. 



Habían trascurrido ya cerca de tres meses desde el iriutifo de la 
revolución en A ¡colea y poco menos desde el levantamiento de Yara 
cuando se supo en la Habana que se había embarcado en la Península 
para la Isla de Cuba el nuevo Gobernador Superior Civil y Capitán 
General nombrado por el Gobierno Supremo de la Metrópoli. Era 
el Excmo. Sr. Teniente General D. Domingo Dulce y Garay, Marqués 
de Castell Florite, que algunos años antes había desempeñado el mando 
superior de la Isla; que se había casado con una señora cubana y que 
contaba tener muchos y muy buenos amigos entre los cubanos refor- 
mistas. 



-69- 

Próxima ya la llegada del sucesor del General Lersundi se 
publicaron en la ^^ Gaceta^ "* de la Habana estos dos importantes docu- 
mentos: 

** Orden general del ejército del j de Enero de i86g. ' ' 

* * Soldados, marinos y voluntarios españoles de la Isla de Cuba. ' ' 

*' Próximo ya á entregar á mi sucesor un mando que no busqué y 
aunque honroso, sólo pude aceptar bajo el imperio de circunstancias 
extraordinarias, vengo hoy a daros un cariñoso /Adiós/ y aseguraros 
prosperidad y gloria militar, si gloria militar pudiera encontrarse en el 
triunfo de enemigos cuya única evolución es huir y cuya vida y cuya 
fuerza consisten en su propia debilidad. 

**A1 inaugurarse el escándalo de Yara os dirigí mi voz, recordán- 
doos sencillamente vuestra elevada misión y la esperanza en que todos 
cumpliriais con vuestro deber: y vuestro deber y vuestra misión han 
sido cumplidos de un modo que jamás podrá olvidarlo vuestra patria 
agradecida. Los unos corristeis á los campos donde se presentó la 
revuelta y en veinte y seis encuentros habéis mostrado que los enemi- 
gos que tenéis delante no están á la altura de vuestro denuedo: los 
otros volasteis á cruzar las costas, y no contentos con el cumplimiento 
de vuestro encargo especial, aprovechasteis toda ocasión para uniros en 
tierra con vuestros compañeros de armas y compartir con ellos la satis- 
facción de desbandar y perseguir á los insurrectos: los otros, en fin, 
los voluntarios, dejasteis vuestros negocios, abandonasteis vuestras for- 
tunas y sin más estímulo que el del amor á la patria, más de treinta y 
cinco mil españoles empuñ.isteis voluntariamente las armas y guarne- 
cisteis en cuerpos organizados, los pueblos casi todos de la Isla, dando 
con ello un ejemplo digno de vuestros antepasados y de la santidad de 
la causa que defendéis. 

^* Todos, soldados, marinos y voluntarios, todos habéis merecido 
bien de la Nación Española y alcanzado títulos de gratitud de los ha- 
bitantes honrados y pacíficos de la Isla, porque el conjunto de fuerzas 
que habéis traído al pié del l^ábaro Santo de nuestra nacionalidad, 
constituye por sí sólo una fortaleza inexpugnable para ésta, y una espe~ 
ranza fundada para la Isla de una completa y pronta pacificación del 
territorio Oriental, todavía perturbado y víctima del espíritu de 
bandolerismo que caracteriza á esa facción menguada y sólo condu- 
cente hoy á desgarrar las entrañas de la misma tierra que protestan 
defender. 

**Si puede haber peligro aquí para el dominio español (que no lo 
hubo jamás) cuando los graves acontecimientos de Setiembre último 
vinieron á sorprendernos en el sueño de la confianza de que, este 
I)aís fidelísimo no podía abrigar en su seno elementos de traición y de 



— 70 — 

l^erfidia, ese peligro pasó y no queda ya más de él que una gran per- 
turbación campestre en forma de partidas, faltas de todo, encerradas 
próximamente en el territorio donde nacieron en Octubre y que apesar 
de las dificultades que la naturaleza y las condiciones del país oponen 
á su exterminio, están condenadas á desaparecer ante la acción enérgi- 
ca de los elementos poderosos de que dispondrá discretamente mi 
sucesor. 

**La paz de la Isla está próxima, no lo dudéis, pero si queréis lo- 
grarla pronto y conservarla mucho, preciso es que los buenos españoles 
viváis prevenidos á toda asechanza de los que, impotentes por sí para 
arrancar á nuestra patria querida este pedazo de su gloria y nacionali- 
dad, procurarán llevaros á exageraciones como medio de romper vues- 
tra confianza en la autoridad y destruir la fuerza de la unión de los 
buenos patricios, ante la cual han visto que el ^^ ahora b nunca^^ de la 
consigna revolucionaria, ha quedado reducida á ^^ ni ahora ni nunca^^ 
por el camino de la fuerza. 

** Conservad vivo como hoy este amor á la patria; tened confian- 
za en la autoridad legítima que os mande; estad prevenidos á las ase- 
chanzas de los astutos; despreciad el bulto, el ruido y el espanto con 
que os pintarán las circunstancias, como lo han hecho ya; y veréis 
evaporarse esa rebelión, acariciada por muchos ilusos en la teoría; pero 
imposible y espantosa hoy para la Isla desde que se ha presentado en 
el campo de los hechos con su aspecto sanguinario y destructor, 

'•Yo parto, soldados, marinos y voluntarios, en obediencia á los 
destinos que los sucesos me hayan deparado; pero salgo con honda pe- 
na en mi corazón de no seguir compartiendo con vosotros la envidia- 
ble misión de restituir por completo á este territorio su paz perdida, y 
sobre todo con el dolor de separarme de mis soldados, cuando quedan 
todavía aquí enemigos de la patria que combatir. 

"Consuélame, sin embargo, la seguridad de vuestros futuros 
triunfos, y el indudable, próximo y feliz éxito de vuestra empresa, 
porque español y miembro de la gran familia militar, mi satisfacción 
está donde están vuestras satisfacciones, y mi gloria donde está la gran- 
deza de mi patria; de esa patria, soldados, marinos y voluntarios, que 
agradecida os contempla, y en cuyo nombre os saluda al grito de ¡Viva 
España, y con ella la paz y ventura de Cuba I — Vuestro Capitán Gene- 
ral, Lersundi,^^ 

Este lenguage es digno de un Gobernador General que, sea cual 
fuere el juicio que se haya formado de sus actos anteriores, desde que 
se recibió la noticia del levantamiento de Yara hay que confesar que 
desplegó la energía, actividad é inteligencia que las circunstancias re- 
clamaban. Largo sería referir las dificultades con que tuvo que luchar 
y la firmeza de carácter que necesitó desplegar para contener á los im- 



— 71 — 

pacientes y á los que quizá sin pensarlo servían á los enemigos de 
España, (i) 

El mismo día 3 de Enero de 1869 se verificó la gran revista de 
despedida. Formados los cuerpos de ejército, voluntarios y milicias 
disciplinadas desde las dos de la tarde, se extendían desde el Paseo del 
Prado, frente á la calle de Colón, por el Paseo de Isabel II, Fuente de 
la India, Campo de Marte, Calle de la Reina y Paseo de Carlos III 
hasta las faldas del Castillo del Príncipe. Mientras el General Lersun- 
di recorrió aquella extensa línea y lo mismo durante el desfile de los 
cuerpos fué constantemente victoreado por los soldados y voluntarios. 
Los bomberos y las milicias disciplinadas competían con los recien or- 
ganizados voluntarios en buen porte y entusiasmo. 

El día 4 de Panero desembarcó en la Habana el Excmo. Sr. D. Do- 
mingo Dulce y Garay, quien fué recibido en el muelle por el General 
Lersundi, acompañado de las corporaciones é individuos que concu- 
rren á. semejantes actos y con todos los honores de ordenanza. Pasó 
el nuevo Capitán General por entre las filas de soldados y voluntarios 
9ue crubrían la carrera, y dirigióse al gran salón del Ayuntamiento 
donde prestó el juramento que pre.scriben las leyes, y tomó posesión 
del Gobierno Superior y Capitanía General de la Isla. Acompañado 
del c\\xQ cesaba en el mando pasó á los salones de la Capitanía General, 
dond^ el nuevo Gobernador quedó instalado, recibiendo enseguida á 
las corporaciones civiles y militares, títulos y particulares según cos- 
tunil:>r-€. Las personas y corporaciones que acudieron á saludar y feli- 
citar cromo era su deber á la nueva Autoridad Superior de la Isla, se 
d'^gieron en seguida al salón en que estaba el General Lersundi á ofre- 



( * ) Aunque el Sr. Piñeiro en su obra " Morales Lenius y la Rei'olución de 
lubí^ » » supone que en la Junta que califica de memorable, del 23 de Octubre los cuba- 
nos i'esidentes en la Habana habian tomado ix)r pretexto el programa de Cádiz pensan- 
^ i^sfccer acto de conspiración y favorecer la causa de sus hermanos, es lo cierto que 
•^^üía. p>eninsulares impacientes y que algunos fueron á la Junta. Un abogado penin- 
sular y por cierto de ideas conservadoras, sin duda alucinado, fué quien pidió al Gene- 
fií L-e^Tsundi que recibiera á unos cuantos hombres de importancia, á fin de tratar de la 
suuaoi^n del país y ver si se podía hacer algo para mejorarla. 

Convocados para el día siguiente acudieron en número de treinta y seis, que pare- 
<^>o excesivo al General, pero los recibió sereno. Para que hablasen fué preciso que 
Ursuridi dijera al abogado peninsular que se explicasen sobre el objeto de la entrevista 
l^íiicia.. Un abogado cubano habló largamente contra la tiranía y pidió que se plan- 
easen inmediatamente las reformas que venían pidiendo los autonomistas. El Coronel 
'lociet, habló en el mismo sentido. El General les contestó que no haría sino lo que 
Gobierno de Madrid le ordenara. El Coronel Modet fué embarcado para la Penín- 
^ttla de orden del Capitán General que no encontró correcta su conducta siendo militar 
y estando en activo servicio. Otros disgustos tuvo el General Lersundi causados por 
peninsulares alucinados. 

18 



— 72 ~ 

cerle sus respetos. Terminado el acto, el Capitán General saliente 
salió de Palacio y acompañado de sus ayudantes y de un gran número 
de personas notables, se dirigió á la Comandancia General de Marina. 

El Excmo. Sr. D. Francisco Lersundi fijó la hora de su salida pa- 
ra el día siguiente 5 de Enero de 1869, á las 4 de la tarde. Con el 
debía embarcarse también el Excmo. Sr. Jefe de Escuadra D. Guiller- 
mo Chacón, Comandante General del Apostadero, quien al recibirse 
la noticia del triunfo de la revolución en la Metrópoli, había mandado 
al nuevo Gobierno la renuncia de su elevado cargo, quedándose de- 
sempeñándolo hasta entonces con singular acierto y secundando como 
debía al General que tan activamente trabajaba para contener á los 
rebeldes. Uno de los vapores correos de la Empresa de D. Antonio 
López estaba ya preparado para recibir á los ilustres pasajeros. Desde 
medio día los espaciosos salones de la Comandancia General de Marina 
estaban materialmente llenos de personas notables, y allí recibió el Ge- 
neral Lersundi á los señores Cónsules extrangeros y comisiones de las 
corporaciones é institutos. lluego recibió á las planas mayores de los 
cuerpos del ejército y voluntarios, milicias disciplinadas y bomberos con 
el General Segundo Cabo á la cabeza y los Subinspectores de Artillería 
é Ingenieros, que no pudiendo ir todos á bordo fueron á última hora á 
despedir á Su Excelencia. Antes de las cuatro llegó á la Comandancia 
General de Marina el Excmo. Sr. Gobernador Superior Civil: los dos 
distinguidos personages tuvieron una larga entrevista sin testigos, sa- 
liendo después y dándose el abrazo de despedida. Cuando el General 
Dulce estuvo fuera, Lersundi dirigiéndose al numeroso concurso de 
personas notables que se habían quedado en los salones, manifestó en 
sentidas y elocuentes frases su gratitud hacia los españoles leales de 
quienes tantas pruebas de confianza había recibido y diciéndoles que 
abrigaba la esperanza de que habían de venir pronto para Cuba días de 
paz y prosperidad, terminando su discurso verdaderamente conmovido, 
asegurando que esperaba ser juzgado por sus actos y que la imparcial 
historia le haría justicia, (i) 

Al través de un gentío inmenso llegó el General Lersundi á la es- 
calera de la Machina y desde la falúa saludó á la multitud que le victo- 



(i) El General Lersundi se ñguraba que D.Domingo Dulce alcanzaría pronto 
la gloria de restablecer la paz, no tanto por medio' de las reformas que iba á plantear 
como por los batallones de soldados que el Gobierno Supremo de la Nación había 
puesto á sus órdenes, después de habérselos negado á él durante cerca de cuatro meses. 

" El General Dulce no aprovechará como hubiera aprovechado Vd., los refuerzos, 
justamente porque creer en la eficacia de las reformas." 

¡ Bien recordaba el General Lersundi eslas palabras que le dijo en el seno de la 
confianza el autor de esta obra! "¡Que claro veía Vd !" nos decía tres años después en 
Burdeos. 



— 73 — 

realza, con entusiasmo deseándole feliz viaje. \ Otro espectáculo le 
es[>era.l3a que debia conmoverle mucho ! Todos los botes y lanchas de 
los L>x.iciues mercantes fondeados en el puerto con sus banderas enarbo- 
ladxi5» y los remos altos formaban dos extensas y correctas lineas por 
entre las cuales debia pasar la falúa que conducía al ex-Capitán General 
de la Isla de Cuba. Quizá los capitanes que con sus tripulaciones tri- 
biitab>¿in aquel obsequio al Teniente General D. Francisco Lersundi 
com|>r-endían que aquel honor, hasta cierto punto se dispensaba á todo 
un sÍ5>tema de Gobierno y administración, que por espacio de trescientos 
setenta años habia imperado en los pueblos españoles de América. 
¡Bien, merecía tan honrosa despedida el sistema que el General Dulce 
venia, á declarar abolido ! ; El sistema del que fué el General Lersundi 
el último representante en América había civilizado numerosos pueblos 
de distintas razas y los había hecho felices, creando ricos y florecientes 
reinos en los territorios que antes de los descubrimientos, conquistas y 
colora izaciones de los españoles sólo ocupaban miserables tribus de sal- 
vajes antropófagos! El General Lersundi vio con la más grata satisfac- 
ción aquellos semblantes tostados por el sol, con la barretina del catalán, 
la t>oina del vascongado y el calañés del andaluz y del valenciano que 
«nícirk sus voces á las de los soldados y voluntarios que le victoreaban y 
del:>i<> hacer fervientes votos por la prosperidad de la marina mercante 
que -veía seriamente amenazada por los apóstoles de las nuevas doctri- 
níLs |;>olíticas y económicas que se iban á plantear en la Península y en 
las A^ntillas. 

IL.0S hombres pensadores de la Isla de Cuba comprendieron desde 
el día. 5 de Enero de 1869 por la tarde que los elementos conservado- 
res ^^spaftoles, firme sostén de la nacionalidad, no podían ser vencidos. 
Pocros días antes algunas docenas de abogados, hacendados, militares y 
corE-ic reían tes, y entre ellos algimos ricos peninsulares de los que siem- 
pre se dejaban arrastrar por hábiles intrigantes, habían pretendido que 
^^ ^^eneral l-,ersundi plantease las reformas políticas y económicas que 
el />¿y/x reclamaba. El General había rechazado con energía tales pre- 
tcrisiorj^g y no pocos peninsulares y cubanos leales desaprobaban acjuel 
prooeder del General que dejaba á su sucesor el encargo de cambiar el 
sistema de gobierno. Las pretensiones de los que se presentaron en el 
"alacio; el lenguage que algunos reformistas emplearon y la resolución 
con cj^u^ les contestó la primera autoridad abrieron los ojos á muchos 
"USOS: ya se ha dicho que las publicaciones de los separatistas de los 
t'Stados Unidos que en cuatro días llegaban de Nueva- York á la Ha- 
^^^ ponían de manifiesto lo que los españoles podían esperar de los 
s^P^-ratistas y de los reformistas. He aquí porqué la orden del día 
^^l ^^^zeral intransigente fué tan bien recibida por los leales y porqué 
^^ ^^a siguiente se le hizo tan significativa despedida. La reacción 



— 74 — 

empezaba, y algunos de los demócratas |)en insulares que acababan de 
llegar para ocupar los primeros puestos d^l gobierno y administración 
de la Isla fueron desde entonces más circunspectos en sus manifestacio- 
nes. Sólo el nuevo Gobernador General que se vio desde su llegada 
rodeado y obsequiado por los reformistas, que tenía por buenos amigos, 
se figuraba que era la tarea más fácil del mundo establecer en Cuba las 
instituciones democráticas, inducir á los rebeldes á deponer las armas 
y asegurar la paz y la tranquilidad de la Isla. 

Aunque durante los tres últimos meses de 1868 hubo censura pre- 
via, teniendo en cuenta la situación de la Metrópoli y las recomenda- 
ciones que recibía la primera Autoridad del Gobierno Provisional, los 
periódicos reformistas y demócratas pedían las reformas prometidas y 
lo discutían todo. La Prensa único y constante defensor enérgico de 
la Nacionalidad real y efectiva, y de los principios conservadores, prQ- 
baba que con un gobierno autonómico y el libre cambio que i^edían 
los que simpatizaban más ó menos con los insurrectos, pero que estaban 
mal avenidos con la integridad nacional, Cuba se perdería para España 
y para la civilización, desai^areciendo por completo su producción y 
riqueza. Por muchos esfuerzos que hicieran sus adversarios, quedaban 
siempre en pié las afirmaciones de la Prensa respecto á lo que se podía 
esperar en Cuba del Gobierno propio y de los hombres que después de 
haber sido anexionistas se habían transformado en autonomistas. 

En la segunda mitad del mes de Diciembre, y cuando se anuncia- 
ba ya la llegada próxima del General Dulce, se fundó la '* Voz de Cu- 
ba'^ con el objeto de defender las instituciones democráticas y la na- 
cionalidad, combatiendo todo cuanto se pareciera al sistema político, 
económico y social que hasta entonces había regido en las Antillas es- 
pañolas. ElSr. D. Gonzalo Castañón, demócrata peninsular al fundar 
la ^^Voz de Cuba,^' como todos sus amigos, se figuraba que establecidas 
en las Antillas las instituciones democráticas ya no habría separatistas. 
¡ Poco debía tardar en recibir un í ruel desengaño ! El nuevo periódi- 
co arremetió contra la Prensa. I^ aparición de la Voz de Cuba como 
órgano de los demócratas peninsulares, en aquellas circunstancias, vino 
á aclarar algunos puntos y á demostrar la imposibilidad de llegar á una 
cordial alianza entre los reformistas peninsulares, que pretendían esta- 
blecer en Cuba las mismas instituciones que se establecieran en la Me- 
trópoli y los autonomistas y separatistas que sólo querían lo que llama- 
ban gobierno propio. En vano el nuevo periódico se esforzaba en 
demostrar que era fácil gobernar y administrar las Antillas con institu- 
ciones democráticas, como las provincias peninsulares. En vano 
guardaba estudiado silencio respecto á la esclavitud y á lo que debía 
hacerse con ella; en vano, en fin, no (juería emitir opinión respecto á 
los separatistas: el hecho es que á los veinte días de haber empezado su 



- 75 — 

publicación, cuando llegó el nuevo Capitán General y por consiguien- 
te cuando no se tenía noticia de la entrada en Bayamo del Conde de 
Valmaseda, ya las ideas democráticas habían perdido terreno entre los 
españoles leales de Cuba y había empezado la saludable reacción de que 
hemos hablado al dar cuenta de la desi)edida que se hizo al General 
Lersundi, genuino representante de un sistema político, económico y 
social contra el cual tanto se había declamado. 

• 

Cuando el día 4 de Enero de 1869 el Excmo. Sr. 1). Domingo 
Dulce y Garay desembarcó en la Habana, eran de todos bien conoci- 
das sus ideas, tendencias y condiciones. También eran bien conocidas 
las instrucciones y amplias facultades que del Supremo Gobierno de la 
Nación había recibido. Contando con t.ener grande influencia entre 
los cubanos reformistas, que durante su anterior mando tantos elogios 
le habían prodigado, y teniendo el encargo de plantear un nuevo siste- 
ma, con facultades para proceder en todo como lo juzgara conveniente; 
creyendo además en la eterna mentira llamada la voluntad y la sobera- 
nía de la Nación, claro está que por sus ideas y antecedentes desde que 
llegó á la Habana debía escoger á sus antiguos amigos reformistas por 
consejeros, contando que podían auxiliarle para llevar pronto á feliz 
termino la empresa que el Gobierno Supremo de la Nación le había 
confiado. Es preciso reconocer, dados los antecedentes del Marqués 
de Castell Florite y lo que había hecho en la Grande Antilla durante 
su anterior mando, que otros hombres más perspicaces y menos aferra- 
dos á sus opiniones que él, con dificultad se hubieran librado de los 
escollos donde le llevaba su funesto destino. 

Con el General Dulce, además de su señora y cuatro ayudantes, 
llegaron en el mismo Correo los señores siguientes: Brigadier, D. Juan 
Lesea; (Gobernador Político de la Habana, D. Dionisio López Roberts; 
Coronel, D. Antonio M. Campos; Secretario del Gobierno Superior, 
D. José M. Díaz con muchos altos empleados, entre ellos el Sr. Ro- 
dríguez Correa, Ayala, Valls y Puig, Estrella y otros. También llegó 
en el mismo vapor el Sr. Obispo de la Habana, que algunos meses 
antes había salido para la Península á consecuencia de disgustos que 
había tenido con el General I^ersundi. Algunos de los altos funciona- 
rios que llegaron con el General Dulce eran ya conocidos en la Isla por 
haber residido en ella anteriormente; de otros se conocían sus escritos 
y de los demás sabían sus amigos á qué protectores debían sus nombra- 
mientos. 

Algunos de estos altos funcionarios, apesar de ser demócratas y de 
contar .:on buenos amigos entre los reformistas, debieron notar desde 



-76- 

el día de su llegada que no eran bien recibidos por los autonomistas 
que en todas partes y de todas maneras habían dicho ya **que los 
destinos de Cuba debían ser para los cubanos." Añadían que *'en el 
Canadá, con el Gobierno autonómico, sólo el Gobernador General es 
nombrado por el Gobierno de la Metrópoli." Aquellos numerosos 
funcionarios públicos, favorecidos por el Gobierno de la Revolución, no 
podían contar con grandes simpatías entre los españoles que temían las 
reformas que iban á plantearse. Sin embargo, nadie escribió una i>a- 
labra que manifestase disgusto ni desconfianza: el Excelentísimo é 
Ilustrísimo Sr. D. Patricio de la Escosura se encargó inmediatamente 
de la Dirección de Administración y el Iltnio. Sr. D. José M. Díaz de 
la Secretaría del Gobierno Superior de la Isla, á fin de poder dar pose- 
sión de sus destinos á los recién llegados y expedir los decretos que de- 
bían cambiar el sistema establecido. 

Tan pronto como el General Lersundi estuvo embarcado, se dijo 
que en el Gran Teatro de Tacón seiba á celebrar el triunfo de la Revo- 
lución representándose piezas compuestas á propósito; leyéndose poesías 
escritas por algunos de los altos funcionarios que acababan de llegar y 
recibiendo al nuevo Gobernador General y á su señora dando vivas á 
la '* Libertad" y al compás del Himno de Riego. Como las poesías 
que iban á leerse eran de color muy subido y If'S i^eninsulares y cuba- 
nos que estaban en la Habana en mayoría no veían las cosas como el 
General Dulce y sus amigos, el representante de los propietarios del 
Teatro tuvo que empeñarse con personas influyentes para que se supri- 
miera la parte más peligrosa del programa de la función á fin de evitar 
desórdenes. Acordóse que se darían los vivas á la libertad, pero que 
se suprimiría la lectura de las poesías. El nuevo Capitán General, en 
el acto de entrar en el palco con su señora, dio un viva á la ** Liber- 
tad" y la orquesta contestó con los acordes del Himno de Riego, 
mientras que los amigos del general victoreaban á "Cuba libre," pero 
muy pronto los vivas á "España" dominaron en todas las secciones 
del Gran Teatro. ¡Aquello fué significativo é imponente! 

El día 7 del mismo mes el periódico oficial publicó el siguiente 
documento: 

" Capiiania General de la siempre fiel Isla de Cuba: — Esta Jo 
Mayor. — Orden General del Ejército del j de Enero de iSóg^ 

* ' Soldados, marinos y voluntarios: * ' 

"Al tomar de nuevo el mando de esta Isla, os dirijo mi voz lleno 
de satisfacción y complacencia, como se debe hacer á hombres anima- 
dos de valor, patriotismo y grande abnegación. Tiempo hace que co- 
nozco las relevantes prendas que os adornan. El nuevo sistema de 
gobierno que una gran Revolución ha establecido en nuestra patria, 
introducirá reformas ventajosas que han de alcanzar á todos, y por 



, — 77 — 

/ consiguiente á vosotros que sois los guardadores de sus glorias. Seguid 

como hasta aquí al lado de la autoridad, la cual no tiene otra mira que 

k felicidad de esta privilegiada provincia y se desvela por los que tie- 

íJe el honor de mandar — ; Viva España! — Vuestro Capitán General.— 

domingo Dulce. '^ 

Al siguiente díase publicó en la misma ^^ Gaceta'^ esta Orden 

Í)EL DÍA. 

* * Capitanía General de la siempre fiel Isla de Cuba: — Estado 

**Esmi ánimo que la nueva era que principia en esta Isla, de- 
muestre que la legalidad es la primera de las atenciones de su actual 
í^girnen, para que los derechos de los ciudadanos no sean vulnerados, 
lii las atribuciones de los Tribunales de justicia interrumpidas por actos 
9iie, por más convenientes que pareciesen en circunstancias especiales, 
íieiti|>re serían inconciliables con los venerables principios reconocidos 
por el Supremo Gobierno de la Nación, principios á los cuales se ha 
de svijetar la Administración pública en esta provincia española. Me 
ne propuesto, pues, estudiar los medios más oportunos de plantear las 
reforrnas que esta misma Administración demanda; y uno de los más im- 
P^rt3.ntes es el relativo á la represión y castigo de los delitos, conse- 
cuenciia y condición indispensable de toda sociedad constituida. Los 
f dereolios de los ciudadanos deben respetarse y uno de ellos es el de que 

^o s^ les sujete á penas, sino cuando con arreglo á las disposiciones 
*^galcs les sean aplicadas por los Tribunales competentes. La libertad 
^ s^gnridad individual serán de hoy más una verdad; y no se dirá que 
^* C^ol)ierno que me está confiado pretende extender el círculo de sus 
3tril3^jciones, apesar de las facultades extraordinarias de que me hallo 
revestido. En consecuencia he venido en decretar; 

* * Primero. — Queda derogado el decreto de cuatro de Enero del 
3/1 o p>róximo pasado .por el cual se mandaron establecer en esta Isla 

^^^^¡siones Militares permanentes con el privativo conocimiento de 
^^ ^^litos de homicidio, robo é incendio. 

* * Segundo. — Las causas pendientes por los mencionados delitos á 
^'^^^^XP^ción de las que versan sobre robos en cuadrilla ó en despoblado, 
^ ?^^^ se hubiesen elevado á proceso, se remitirán á los respectivos juz- 

^^^í^^s ordinarios que de ellas debieron conocer, para que los sustan- 
¿vcn y determinen con arreglo á derecho. 

\ "Tercero. — De las elevadas á proceso se me dará cuenta para pro- 

ceder á lo que corresponda. 

"Cuarto. — Respecto á los delitos de infidencia, robos en cuadri* 
lia ó en despoblado, me reservo dictar las disposiciones oportunas ¡jara 



-78- 

su represión y castigo en cada caso que ocurra, dándome cuenta de los 
de infidencia que hoy existan y de los de robo en cuadrilla ó en des- 
poblado. 

** Quinto. — En cuanto á las nuevas que se formasen de los tres 
delitos expresados en el artículo anterior, me darán conocimiento los 
Tenientes Gobernadores y Jueces ordinarios á cuya noticia llegasen los 
delitos, sin perjuicio de practicar las primeras diligencias sumarias y de 
aprehender á los reos presuntos. 

"Sexto. —Las causas terminadas y archivadas en las actuales Co- 
misiones Militares, se remitirán á las respectivas Audiencias bajo com- 
petente inventario del cual se pasará un ejemplar á esta Capitanía Ge- 
neral. 

** Séptimo. — Las disposiciones que preceden tendrán el debido 
cumplimiento desde esta fecha, publicándose al efecto en la Gaceta 
Oficial A^ este Gobierno y Capitanía General y demás periódicos de la 
Isld, circulándose á quienes corresponda. ' ' 

"Habana 9 de Enero de 1869. — Domingo Dulce. ^^ 

Esta orden del día, que parecía redactada por uno de los muchos 
leguleyos que rodeaban al General, no fué bien recibida. Como su 
antecesor no quería que se dijera que había ensangrentado la revolu- 
ción, si bien es cierto que había algunos presos por delitos de infiden- 
cia, á nadie se había castigado por tales delitos. Entre tanto, el nue- 
vo Capitán General, que tanta prisa se daba para suprimir las Comi- 
siones Militares creadas hacía tiempo para contener á los bandoleros, 
ni una palabra decía de la insurrección, en aquellos momentos en que 
los españoles leales esperaban con ansia noticias de la columna del 
Conde de Valmaseda y cuando tantos sacrificios habían hecho para 
contener á los enemigos de la nacionalidad que estaban entonces tan 
envalentonados. 

El día ló vio la luz pública el siguiente decreto: 

" Gobierno Superior Político de la siempre fiel Isla de Cuba^ 

"Usando de las facultades que se me han concedido por el Go- 
bierno Provisional de la Nación, decreto lo siguiente: 

"Art. 19 — Todos los ciudadanos de la provincia de Cuba tienen 
derecho á emitir libremente sus pensiimientos por medio de la Impren- 
ta, sin sujeción á censura ni á ningún otro requisito previo. 

"Art. 20 — Los delitos comunes que por medio de la Imprenta se 
cometan quedan sujetos á la legislación común y Tribunales ordinarios. 

" Art. 39 — Son responsables para los efectos del artículo anterior, 
en los periódicos, el autor del artículo, y á falta de este el Director. 

"En los libros, folletos y hojas sueltas el autor; y no siendo co- 
nocido, el editor y el impresor por su orden." 



- 79 — 

''Serán considerados como hojas sueltas para los efectos de este 
decreto, los periódicos que carezcan de Director.** 

"Art. 49 — Las empresas de periódicos pasarán á este Gobierno 
Superior político una comunicación en la que ha de constar el nombre 
de la persona que dirija el ijeriódico." 

*'Art. 59 — Ni la religión católica en su dogma, ni la esclavitud 
hasta que las Cortes Constituyentes resuelvan, podrán ser objeto de 
discusión.** 

''Habana 9 de Enero de 1869. — Domingo Dulcen 

Como era de esperar, los que tenían por lema "ó todo ó nada** no 
se dieron por satisfechos con este decreto. Sin embargo, esto no impidió 
que salieran un sin número de nuevos periódicos que desfigurabau los 
hechos, se burlaban de los leales y trataban de justificar la insurrección 
sin rodeos. La Prensa dispuesta como antes á combatir contra todos 
en defensa de la nacionalidad, decía el día 12 de Enero entre otras 
cosas: "Desaforada gritería de muchachos anunció ayer á los habitantes 
de la Habana que la prensa era libre ¡Gran noticia! Los escritores de 
chispa han ensayado ya sus fuerzas; y francamente, ateniéndonos á lo 
que se vé, podemos consignar aquí que hasta ahora ninguno ha dado 
pruebas de gran talento. Probablemente se supondrá que es un genio, 
el que ha tenido valor para negar lo que el pueblo entero sabe que es 
cierto. ¡Que vivan muchos años respirando y hasta resoplando si 
quieren como ballenatos, los que, según dicen han estado hasta ahora 
oprimidos y ahogados por las mordazas! ¡Qué vivan libres y felices 
los que nos aseguran que hasta el día 8 de Enero de 1869 no habían 
podido respirar porque estaban gimiendo bajo la opresión de los 
tiranos!** 

La verdad es que los más distinguidos escritores del partido auto- 
nomista y del separatista hacía meses que estaban preparando sus traba- 
jos, y nada debían temer cuando desde la llegada del General Dulce 
eran sus consejeros áulicos. Registrando las colecciones de los perió- 
dicos autonomistas y separatistas de aquellos días, se puede ver lo que 
hicieron con la libertad de imprenta y con qué poco talento aquellos 
escritores procedieron. 

En aquellos días de efervescencia política empezó á circular la voz 
de que el General Dulce se proponía suspender las hostilidades prime- 
ro; luego celebrar un armisticio con los insurrectos del Camagüey y 
del Departamento Oriental, y nombrar por último negociadores que 
ajustasen la paz definitiva. Entre tanto los antiguos autonomistas ha • 
bían cobrado ánimo, con la influencia que tenían con el nuevo Capitán 
General y con otros altos funcionarios públicos. Las noticias que se 
ponían en circulación respecto á la supuesta derrota del conde de 
Valmaseda contaban que les habían de ser favorables, aunque aumen- 

»9 






— So- 
taran la influencia de los Jefes de la insurrección con quienes los refor- 
mistas de la Habana nunca habían estado en muy buenas relaciones. 
I*os políticos que después de haber trabajado tanto en favor de la anexión 
á los Estados Unidos se declararon después reformistas, celebraban 
reuniones, publicaban folletos y periódicos ponderando las ventajas de 
un gobierno autonómico como el del Canadá planteado de buena fé ix)r 
el Gobierno de la Revolución de Cádiz triunfante y garantizado por 
el Gobierno de la República anglo-americana, procurando atraer á sus 
filas á los peninsulares que antes habían considerado identificados con 
sus ideas. ¿Porqué no hemos de entendernos y labrar la felicidad de 
la Isla? 

Mientras que los hábiles políticos de la Habana trabajaban con 
tanta habilidad, los que no estaban por medias tintas y simpatizaban 
con Céspedes y Aguilera, hacían correr toda clase de noticias favora- 
bles á los insurrectos, y como al publicarse los decretos de reforma y 
declararse la abolición de la censura de imprenta nada se sabía aún en 
la Habana del Conde de Valmaseda que tan peligrosa marcha había 
emprendido, los políticos interesados en su derrota aseguraban que es- 
ta había sido completa. Los españoles leales, aunque conocían el pe- 
ligro de nuestros valientes expedicionarios, como sabían de qué manera 
se habían batido los soldados y voluntarios españoles desde que estalló 
la insurrección hasta entonces, no querían creer las noticias que propa- 
laban los que pretendían establecer la paz por medio de convenios; y 
por desgracia el nuevo Capitán General era quien más aferrado estaba 
á esta funesta idea que sólo podía conducir á perder tiempo, á envalen- 
tonar á los insurrectos y á malgastar los elementos de fuerza que el 
Gobierno Supremo de la Nación le había facilitado. Tan preocupado 
estaba el General Dulce, tal era la que podemos llamar su terquedad, 
que, cuando se recibió la noticia de la entrada del Conde de Valmase- 
da en Bayamo, y de los importantes y gloriosos hechos de armas que 
precedieron á aquella entrada y las más detalladas que fueron llegan- 
do no hicieron en el ánimo del General el menor efecto. Aquellas 
noticias lo produjeron, sí, y grande entre los defensores de la Naciona- 
lidad, porque comprendieron que aun cuando D. Domingo Dulce con 
su obcecación ocasionara graves males impidiendo que se acabara de 
una vez en los cuatro meses que restaban de tiempo seco y fresco con 
los insurrectos, éstos habían de ser vencidos. 

A fin de que no se crea que tratamos con demasiada severidad al 
Sr. Marqués de Castel Florite copiaremos algunos párrafos de lo que 
sobre el General, sus opiniones y sus proyectos, escribió el biógrafo 
del Sr. Morales Lemits: dice así: 

"Dulce llegó, presumiendo ciegamente que bastaría su presencia 
para calmar los ánimos y cambiar el aspecto de las cosas, figurándose 



— 8i — 

que era él la libertad, la reforma viva que todos adorarían al contem- 
plarla. Sin embargo, era un hombre muerto; su carácter apático na^ 
turalmente, estaba abrumado por la enfermedad, por un padecimiento 
del estómago que le cegaba las fuentes de la vida y le anulaba la volun- 
tad. Los españoles no le querían por sus veleidades de reformista 
durante la primera época de su mando; y los cubanos dudaban de él, 
por sus veleidades de español intransigente en el mismo periodo. Se 
hizo cargo del Gobierno el 6 de Enero; en el resto del mes decretó la 
libertad de imprenta y de reunión, sin permitir tocar de uno ni de otro 
modo tres cuestiones: la esclavitud, la religión católica y la integridad 
del territorio; publicó una ley electorab que negaba el voto á los que 
pagasen menos de veinte y cinco pesos de contribución directa, y se 
lo daba á todos los oficiales del ejército, la armada y las milicias, estu- 
vieran ó nó en activo servicio, y concedió una amnistía por delitos 
políticos válida por el espacio de cuarenta días; y envió secretamente 
unos emisarios á la insurrección. 

"La desconfianza en el interior de la Isla era muy grande, nacía 
de la esperiencia, y cuando la duda y la sospecha penetra en la masa 
del pueblo, es en extremo difícil desarraigarla. No era probable que 
los Jefes insurrectos, llenos de esperanza y de patriótico entusiasmo, 
profundamente resentidos contra el Gobierno, y convencidos del odio 
que les tenían todos los españoles residentes en la Isla, se prestasen á pe- 
dir perdón en cambio de las libertades decretadas." 

Ya veremos luego lo que resultó de las consideraciones qne guar- 
daba el nuevo Capitán General á los que tan poco se las agradecían, y 
lo que luego dice el biógrafo del político que en aquellos días estaba 
constantemente en movimiento á fin de dar consejos á.su amigo don 
Domingo Dulce y á ciertos peninsulares que siempre habían propendi- 
do á inclinarse hacia los autonomistas. 



CAPITULO VIII. 



D. Manuel Quesada es nombrado Oeneral en Jefe de los insurrectos. 
— Sns proclamas.— Otros Jefes.— Política de Dnlce.— Disgusto de 
los leales.— Se mandan comisionados á los insurrectos.— Plaso 
de cuarenta días.— Los rebeldes lo aproyecban.— Escenas san- 
grientas en la Habana.— Decreto de amnistía.— Depósitos de ar- 
mas.— Los empleados de policía.— Indiferencia de la Autoridad. 
-*- Actitud de los españoles leales.— Funciones teatrales.— Acti- 
tud de lat"Voz de Cuba." 



En aquellos días algunas embarcaciones ligeras hacían frecuentes 
viajes desde Nassau á Cayo Romano, donde D. Manuel Arteaga poseía 
tierras y casas. Se aseguraba que alli tenían los rebeldes depósitos de 
armas y municiones, que desde los cayos é islas de los ingleses, poco 
distantes, llevaban en pequeñas embarcaciones. En Cayo Romano 
había desembarcado D. Manuel Quesada, hijo de Puerto-Príncipe y de 
buena familia, quien, procesado años atrás y no por delitos políticos, 
había conseguido escaparse y pasar á Méjico, donde llegó á Coronel, 
sirviendo en el ejército de Juárez. Una vez en el Departamento Cen- 
tral, consiguió sobreponerse á los Arango y á los Agramonte y se puso 
al frente de las fuerzas rebeldes del Centro, dirigiendo á sus subordi- 
nados entusiastas y pomposas proclamas. He aquí una de ellas; 



-83- 

**C¡udadanos: Tres siglos de cadenas y de oprobios no han bas- 
tado á haceros esclavos de los tiranos. Al grito de libertad ningún 
cubano ha permanecido indiferente. Nuestros campos inundados de 
patriotas, han sido ya bautizados con la sangre jde nuestros hermanos. 

* 'Doce afios de guerra contra la injusticia y la tiranía me autori- 
zan con los honores de ciudadano general del ejército mejicano; y pró- 
digo siempre en ofrecer mi sangre á la patria, os traigo con mi esi^ada, 
elementos suficientemente poderosos para derribar con vuestros esfuer- 
zos ese tronco tiránico, origen de vuestra servidumbre, y al que hasta 
hoy habéis estado encadenados. 

"Nuestra guerra no es contra los españoles, sino contra su gobier- 
no despótico. La bandera de la libertad no desconoce ninguna na- 
cionalidad; á su sombra encontrarán protección los intereses y los 
hombres de todas las naciones. Sus amigos son nuestros amigos: sus 
enemigos los de la patria. 

* 'Nuestro lema es unión é indej^endencia. Con unión, seremos 
fuertes. Con unión, seremos invencibles. Con unión, seremos libres. 
jViva la América libre! — Manuel Quesada. — Camagüey, Diciembre 
de 1868.'* 

Quizá los autonomistas de la Habana confiaban en que los Arangos 
se pondrían de acuerdo con ellos, por rivalidades con Quesada. Ha- 
blando del mejor camino para llegar á la libertad, decía Arango: 
"Creo que esta medida es buena, pero no llena tanto como la anterior 
las necesidades actuales. Sin embargo, si los individuos que me 
confirieron su votación y juramento estiman que así conviene al 
país, suscribiré gustoso: si se deciden por el otro sistema sostendré su 
dictamen, y de un modo ú otro puedo hoy decir ¡Viva Cuba! ¡Abajo 
el Gobierno español! Españoles, no es mi ánimo hacer la guerra á us- 
tedes; no los relegamos de nuestro lado; queremos que todos seamos 
hermanos; pero españoles ó cubanos, el que nos hostilice será nuestro 
enemigo, y como tal no espere sino la muerte y el exterminio. Al 
arrojar el guante, mi lucha es para vencer ó morir. ¡A las armas, her- 
manos! y que la unión y el denuedo cubano prueben al déspota Gobier- 
no español que no hay bayonetas ni fuerza humana que vencer pueda 
al pueblo que dice: quiero. "Probaremos que la buena causa siempre 
triunfa ante el error y la pretensión injusta del tirano.'* 

Este lenguage de uno de los A rangos, si bien prueba que no quería 
quedarse atrás de su rival Quesada, indica que ectaba dispuesto á diri- 
girse á un mismo fin por otro camino; y esto debía inspirar confianza 
á los políticos que rodeaban al General Dulce. A mediados de Enero 
habían llegado ya á la Habana algunos miles de soldados de la Penín- 
sula y se esperaban los demás cuerpos destinados á reforzar el ejército 
de la Isla. Al mismo tiempo los cuerpos de Voluntarios continuaban 



-84- 

aumentando en número y mejorando su instrucción militar, equipo y 
armamento. Esto era lo que daba ánimo á los españoles leales, que se 
preocupaban poco de las proclamas de Quesada, Arango y otros Jefes 
de los insurrectos. Estos habían dado otras proclamas: Quesada había 
llamado á las armas á toda la juventud y dictado otras medidas que in- 
dicaban su propósito de continuar la lucha. 

Entre tanto el General Dulce concedía cuarenta días de plazo á 
los insurrectos para deponer las armas, y aunque poco se dijo á este 
respecto, se sabía que las operaciones militares durante este largo pla- 
zo quedaban como suspendidas. Como si esto no bastase, se publicó 
en la Habana la siguiente noticia que fué leída con general disgusto: 

'*Han pasado al campo de los insurrectos tres comisionados para 
tratar con los principales Jefes, y hasta se conocen ya los nombres de 
las personas á quienes se ha encargado una comisión que pudiera aho- 
rrar mucha sangre. Los señores D. José de Armas y Céspedes, Don 
Hortensio Tamayo y D. Ramón Rodríguez Correa que pasaron á 
Nuevitas con el objeto de conferenciar con dichos Jefes, están ya en 
aquel punto, y quizá han hecho conocer ya á los enemigos la intención 
del Gobierno." 

Ejerciendo entonces el cargo de censor un autonomista amigo del 
General, ya se comprendió lo que significaba esta noticia censurada, 
y tal vez dictada en las oficinas del Gobierno. De todos modos, el 
público supo que en vez de aprovechar el tiempo fresco que quedaba, 
activandp las operaciones militares, se perdían cuarenta días, lo que 
era una gran ventaja para el enemigo. Dejaremos hablar á un e.scritor 
enemigo. 

'*E1 Capitán General D. Domingo Dulce, dice, creyó* prudente 
tratar de pacificar la Isla con medidas conciliatorias, enviando dos co- 
misionados con cartas dirigidas á Carlos Manuel Céspedes. El prime- 
ro de aquellos comisionados escribió al caudillo cubano el 19 de Enero, 
suplicándole le concediera una entrevista. 

* ^Céspedes consintió en ello, asegurándole al mismo tiempo que 
todos sus esfuerzos para llegar á un compromiso serían inútiles, porque 
los patriotas estaban decididos á conquistar su independencia. La 
entrevista no llegó á verificarse por causa de la muerte del Jefe patriota 
Augusto Arango, que fué asesinado por los voluntarios españoles (ya 
se sabe que así lo dijeron entonces los insurrectos) al entrar en Puerto- 
Príncipe, sin embargo de ser portador de un salvo-conducto expedido 
por el Gobernador español de Manzanillo, dirigiéndose á aquella ciu- 
dad sólo con el objeto de llevar adelante dicha negociación. 

**No fué más afortunado el segundo de los comisionados en el 
desempeño de su misión. Entregó á Céspedes una carta del General 
Dulcei fechada en la Habana el 14 de Enero, en la que se expresaba el 



- 85 -. 

General como deseoso de poner fin á aquella guerra que estaba des*^ 
truyendo todos los elementos de riqueza de aquel privilegiado pais, 
pero Céspedes replicó que, en aquel momento había sabido el asesinato 
de Augusto Arango, y que ningún cubano volvería á entrar en confe- 
rencias con el Gobierno español.'* 

Dejando al escritor separatista la responsabilidad de lo que dice 
respecto á los comisionados del General Dulce, puesto que sería impo- 
sible encontrar datos ciertos en ninguna parte, por el empeño que hubo 
en ocultar ciertos hechos, hemos de decir algo acerca de la muerte de 
^' Augusto Arango. ¿Por quién fué asesinado? ¿A quiénes interesaba 
que muriera? 

El autor de un interesante relato de los sucesos del Camagüe y, 
testigo ocular, dice: 

**El día 26 de Enero ocurrió un suceso de grande importancia. 
A cosa de la una del día se oyeron tres ó cuatro tiros cerca de la po- 
blación, y acto continuo circuló la noticia de que habían sido muertos 
^^ el Casino dos sublevados; uno de ellos D. Augusto Arango, herma- 
'^o <ie Napoleón y Jefe de las fuerzas sublevadas desde la separación de 
^*^e Hasta que apareció su competidor Quesada. En la rebelión actual 
^^ i-itio de los primeros que empuñaron las armas, y sus antiguos 
^^inpromisos y su indomable valor lo pusieron con su hermano, á la 
abe^a de los sublevados. Hombre de ideas muy exageradas á favor de 
^^dependencia de la Isla, era de grande importancia entre los insur- 
j *^^^55: él los mandaba cuando se verificó el encuentro en Bonilla con 

^^liimna de Vi líate .... 
q * 'Varias fueron las versiones que circularon acerca de esta muerte 

r ^ausó mucha sensación. Según unos iba á buscar dinero para las 
^^t\.Sdas y para examinar por sí el estado de la población. Según otros 
^\j ida no tenia ningún objeto hostil, sino que por el contrario, su in- 
tención era presentarse al indulto y arreglar con el Gobernador los 
medios de acogerse al mismo mucha de la gente sublevada y disidente 
de Quesada. Aducían en comprobación de esto la circunstancia de 
haberle encontrado en el bolsillo un número áéi^^ Diario de la Mari- 
na" en que se había publicado la amnistía dada por el General Dulce. 
Se afirmaba que había estado en Nuevitas y venía de aquel punto con 
pliegos para el Gobernador y llevaba un pase; pero entre los papeles 
entregados nada de esto apareció, sino cartas y documentos particula- 
res y relativos á la insurrección; y se aseguró después que en efecto iba 
á tratar de la sumisión de su partida, y que para el efecto había tenido 
una entrevista con Jefes militares que estaban en Nuevitas. ' ' 

Si el autor de este relato que estaba en Puerto-Príncipe cuando 
tuvo lugar el suceso no quiso designar quiénes fueron los que mandaron 
disparar contra Arango cuando iba á presentarse, fué sin duda porque 



— 86 — 

consideró apasionadas las relaciones de los que suponían conocer la 
verdad. Basta observar que á los españoles que defendían la plaza no 
podía convenirles el asesinato de un Jefe que trataba de presentarse 
con su partida; al paso que aquella presentación hubiera sido un golp)e 
rudo para los que á toda costa querían continuar la lucha, persuadidos 
que los desórdenes de la Metrópoli habían de poner pronto en sus 
manos la Isla de Cuba. I.as fuerzas de que podía disponer Mena no 
llegaban á dos mil hombres y los víveres eran escasos, por consiguiente 
lo que le convenía era celebrar cuanto antes un armisticio. Dentro de 
la población había muchos enemigos de Esi>afta, que sabían perfecta- 
mente todo lo que pasaba: ¿no pudieran éstos desde Puerto-Príncipe 
haber comunicado noticias á los insurrectos y preparar la muerte del 
Jefe que trataba de presentarse con su partida? (i) 

Mientras esto pasaba en la capital del Camagüey, en Nuevitas había 
un batallón del regimiento del Rey, otro de la Unión y alguna otra 
fuerza. Se decía que estaban destinados á reforzar la guarnición de 
Puerto-Príncipe, pero no se movían: en dicho puerto entraban diaria- 
mente buques procedentes de la Habana con grandes cantidades de ví- 
veres; pero se aseguraba que por falta de medios de trasporte y por no 
considerarse aquellas fuerzas bastante numerosas, no se emprendería 
aun la marcha desde Nuevitas á Puerto-Príncipe. 



(i) Siguiendo nuestro plan y con el objeto de poner de relieve el sistema adop- 
tado por los enemigos de España para desfigurar los hechos, copiaremos lo que sobre la 
muerte de Augusto Arango publicó D. E. Piñeiro. 

"Augusto Arango, hijo del CamagSey, muy querido por su intrépido valor demos- 
trado en otras insurrecciones contra el poder español, conferenció en Nuevitas con dos 
de los comisionados de Dulce; aceptó la idea de una suspensión de hostilidades, y 
provisto de un salvo-conducto en toda forma, pasó á celebrar una entrevista en Puerto- 
IMncipe con su Gobernador el Brigadier Mena. Desde las afueras de la ciudad parti- 
cipó su llegada, su carácter y el objeto de su viaje al Jefe español, quien le envió un 
Teniente y dos soldados (jue le acompañasen hasta su presencia. Siguió con ellos ade- 
lante, y fué en el camino infamemente asesinado por los mismos que lo escoltalian; los 
voluntarios de la ciudad que sabían lo que iba á suceder, acudieron al lugar y mutila- 
ron horriblemente su cadáver. El mismo Mena autorizó ese hecho horrible é incalifi- 
cable. Los dos comisionados de Dulce estaban en el CamagUey, y en territorio de la 
insurrección; fueron respetadas noblemente sus personas, pero ¿quien ilxi á creer más 
en la buena fé de un gobierno cuyos miembros cometían actos tan espantosos y crimi- 
nales, como asesinar á traición y sangre fría á un parlamentario? "Nadie volvió á ocu- 
parse de las proposiciones y continuó la guerra." 

Enrique Piñeiro. — "Morales Lemm y la Revoluciona'^ Nueva- York i8yi. 

Por fortúnala verdad se abrió paso y se han podido apreciar la veracidad y la 
conducta de los hombres y los partidos. Los escritores extranjeros y algunos insurrec- 
tos no imitaron al Sr. Piñeiro, ya se verá cómo procedió el hermano del Sr. Arango re- 
conociendo la nobleza de los españoles. 



) 



-87- 

Sea como fuere á últimos de Enero el General Dulce y sus subal- 
íernos debían saber cuál era la situación de los defensores de la capital 
del Camagüey. Con gran sorpresa se supo en la Habana que si se ha- 
bían reunido en Nuevitas treinta mil raciones había sido para consumo 
de IsLs tropas allí acantonadas, que no debían moverse hasta haber ter- 
minacio el plazo de cuarenta días concedido á los rebeldes para deponer 
las armas. Entre tanto ¿qué había de hacer el intrépido Mena rodeado 
(le enemigos en una ciudad central de la que sólo ocupaba algunas 
í^nzanas? Teniendo esto en cuenta se comprenderá la verdadera causa 
del creciente desprestigio del General Dulce entre los españoles leales. 
I^os menos exigentes y más inteligentes habían de convenir en que la 
política que seguía era desacertada y que las operaciones militares no 
se llevaban con la inteligencia y actividad debidas. El mal aconsejado 
General todo lo esperaba de las concesiones y de los negociadores! 
La idea de tener 2,200 hombres en Nuevitas por tantos días, mal aloja- 
dos en una población tan reducida; la poca fuerza que tenía en las cin- 
^^ Villas, desde donde podían trasladarse á los departamentos Central 
y Oriental con tanta facilidad, probaban la poca atención que se pres- 
^^3- á las exigencias de la guerra. Entre tanto el día treinta de Enero 
•'^ anunciaba en Puerto-Príncipe que se había concluido la harina. Una 
*t>ra de bacalao costaba ya medio peso y una arroba de garbanzos me- 
^ía Onza de oro. Desde el día 14 había escrito las cartas para los co- 
'^ionados y desde la Habana á Nuevitas los vapores sólo empleaban 
^3 horas: ¿Qué había sabido el General en tantos días? ¿Qué esperaba 
*c>s comisionados? 

í^l descontento aumentaba entre los españoles y con razón. Los 
^^^^igos estaban al corriente de lo que se tramaba en las cinco Villas 
^ eY\ algunas jurisdicciones de Vuelta-Abajo, y tenían noticia antes que 
\^ mismas autoridades de lo que sucedía en distintos puntos de la Isla: 
hacían alarde de la buena organización de sus fuerzas y los aconteci- 
mientos probaban que tenían razón en estar orgullosos de poder contar 
con tan buenos agentes en todas las jurisdicciones de la Isla, en la Pe- 
nínsula y en el extrangero, y con auxiliares que les remitían armas y 
pertrechos del extrangero y de las poblaciones de la Isla. 

Los españoles leales, disgustados, comprendiendo el peligro que 
corría la causa de la nacionalidad, y exasperados por la actitud que ha- 
bían tomado y por la influencia que ejercían ciertos hombres, cuyas 
ideas y aspiraciones eran bien conocidas sólo pensaron en mejorar y 
aumentar los elementos de resistencia. Se procuró mejorar el arma- 
mentó de los cuerpos de Voluntarios, y se activaron los alistamientos 
de jóvenes y de hombres de edad madura en todas partes ya que se po- 
dían proporcionar fusiles á cuantos los pedían. 

En la Habana el entusiasta joven D. José de Olano, que había 

20 




-« 88 — 

■ 

organizado la brillante Compañía de Guías de Lersundi, aumentó su 
fuerza hasta el punto que podía considerarse como un batallón, y cam- 
bió su nombre por el de ^^ Guias del Capitán GeneraV^ porque pareció 
más propio. Era un brillante cuerpo compuesto por entusiastas y de- 
cididos jóvenes del comercio. 

El Señor D. Mariano González, propietario de la gran fábrica de 
muebles de Puentes Grandes armó, equipó y organizó á su costa la 
brillante compañía de Voluntarios de aquella localidad, que era muy 
importante por su situación. La compañía era un pequeño cuerpo de 
doscientos hombres, en su mayor parte operarios de la fábrica de su 
Capitán D. Mariano González, decidido hijo de Asturias, que no había 
de reparar en sacrificios tratándose de la defensa de la patria. 

En el Cerro otro asturiano decidido y de mucha influencia entre 
sus paisanos y en general entre los españoles todos, D. Antonio Alva- 
rez de la Campa (el Tocho) organizó también y armó á su costa la 
brillante y numerosa Compañía de Voluntarios del Cerro, que unida 
con la de Puentes Grandes, constituían una respetable fuerza para 
guardar aquellas importantes localidades, que son como puntos avanza- 
dos de la capital de la Isla, y donde los enemigos podían conspirar y 
prepararse para dar algún golpe, si los leales no les hubieran contenido. 

Con los Voluntarios que se habían armado y organizado tan rápi - 
damente en todas partes, y con las tropas que habían llegado de la Pe- 
nínsula, había fuerzas de sobra para organizar columnas y mandarlas á 
las Villas á levantar el sitio de Puerto Príncipe. Pero á todo esto se 
oponía el plazo fatal de los cuarenta días. 

*** 

En el mes de Enero de 1869, aprovechándose de la desacertada 
política de las autoridades, la parte más exaltada del partido separatista 
provocó en la Habana escenas sangrientas, que como podían haber 
calculado, tuvieron inmensa trascendencia. Quizá los hombres políti- 
cos que venían trabajando por conseguir la autonomía del Canadá, á 
fin de llegar sin guerras ni desórdenes á la independencia de hecho, 
comprendieron desde entonces la imposibilidad de llevar á feliz termi- 
no aquellos proyectos. Sea como fuera, es lo cierto que sin las san- 
grientas escenas que vamos á referir, provocadas por los separatistas 
más decididos, el General Dulce hubiera planteado sin vacilar una 
serie de reformas políticas, económicas y sociales, que por necesidad 
hubieran dado resultados funestos. Por la vía de Nueva- York se sa- 
bían noticias del campo enemigo, y aunque había exageración en las 
relaciones de los combates y en la enumeración de las fuerzas de que 
podían disponer los caudillos del Camagüey y del Departamento 



-89- 

Oriental, los leales veían claramente que los insurrectos cobraban cada 
día nuevos bríos, que sus Jefes no pensaban en someterse y que el Ca- 
pitán General no procedía como exigían las circunstancias. 

Asi las cosas se supo un día que por las inmediaciones del Puente 
de Chaves la policía acababa de descubrir un depósito de armas y mu- 
nicioRes. Se habló de otros depósitos y de informes que había recibi- 
do la policía respecto á los proyectos de los enemigos. Corrían rumo- 
res de que en los trenes de carga de los ferro-carriles se trasportaban 
armas y pertrechos; y si bien es cierto que los administradores de al- 
gunas líneas calificaron de falsos y calumniosos tales rumores, los es- 
pañoles leales no podían darse por convencidos, porque sabían cuáles 
eran las ideas de muchos empleados de las vías férreas y los compro- 
misos que ciertos administradores habían contraído. Pronto vinieron 
los sucesos á confirmar que los temores de los leales no eran infun- 
dados. 

Fuera del recinto de la ciudad antigua, y en la calle llamada del 
Carmen, perteneciente entonces al cuarto distrito de la capital de la 
Isla, tenían los enemigos uno de los depósitos de armas y municiones 
denunciados á la policía. Esta cumpliendo con su deber, trató de 
apoderarse de ellas. Allanada la casa numero 22 de dicha calle, se en- 
contraron en ella 22 fusiles, 59 carabinas largas rayadas, 5 escopetas, 
2 retacos, 15 pistolas de á dos cañones, sables, puñales, cuchillos, mo- 
rrales, pólvora, cartuchos y otros pertrechos, de todo lo que se pasó 
nota al Gobierno. Se comprendía que este armamento se había reco- 
gido por distintos medios, y que se esperaba la ocasión oportuna para 
repartirlo ó remitirlo á los enemigos. La Fr/^nsa, órgano de los espa- 
ñoles leales, que recibía comunicaciones de personas celosas y bien in- 
formadas de todos los trabajos de los agentes de los rebeldes, pedía á 
las autoridades que redoblasen su vigilancia y procurasen prevenir los 
golpes que en los mismos arrabales de la Habana intentaban dar 
los enemigos de la nacionalidad española. 

Cuando los agentes de policía estaban cumpliendo con su deber 
en la casa número 22 de la calle del Carmen, empezó á reunirse gente 
en las inmediaciones: muy pronto se pudo comprender que la reunión 
no era de simples curiosos. Por las palabras y ademanes de algunos 
que parecían directores del movimiento, se podía colegir que al invo- 
car los derechos do los ciudadanos y al calificar de tropelía el registro 
de una casa, contaban que podían atacar impunemente álos agentes de 
la seguridad pública. Después de haber invocado los derechos del 
pueblo, empezaron á dar gritos subversivos, lo que daba á entender su 
propósito de promover un desorden. Al fin uno de los alborotadores 
disparó su revolver sobre los salvaguardias, dejando á uno de éstos mal 
herido. Los agen!:es de policía trataron inmediatamente de prender al 



— go — 

agresor, pero los alborotadores lo defendieron. Por fin fué preso, y 
al tratar de llevarlo al cuartel de policía, se aumentó el gentío y al lle- 
gar al llamado Campo de Penal ver, la policía se vio atacada por aque- 
lla turba armada de revolvers, pistolas y armas blancas, pidiendo á 
gritos la libertad del preso. A duras penas la fuerza de policía consiguió 
conducir el delincuente á la Cárcel, pero los celadores y salvaguardias 
necesitaron luchar algunas horas para conseguirlo; siendo lo más dolo- 
roso que durante aquella larga marcha fué mortalmente herido D. An- 
tonio Soto, celador de policía! Y en la Habana había entonces nu- 
merosas fuerzas de infantería y caballería, esperando que terminase el 
consabido plazo para abrir la campaña contra los rebeldes! Y en el 
centro de la ciudad y en todas partes se sabía lo que pasaba en los su- 
burbios! Además del desgraciado Soto, recibieron heridas graves un 
compañero suyo y dos salvaguardias. Los amotinados dieron muerte 
después á un pobre soldado que encontraron sin armas que salía con 
ropa de casa de una lavandera. Los amotinados continuaron toda la 
noche amenazando y gritando, sin que á las autoridades se les ocurrie- 
ra hacer nada para restablecer el orden. Muchos serenos fueron atro- 
pellados y se vieron los demás en la necesidad de abandonar sus pues- 
tos por no ser víctimas de los alborotadores. 

Al día siguiente por la mañana, viendo los españoles leales de la 
calle de las Figuras lo que pasaba, sin que se presentara fuerza ni auto- 
ridad ninguna para contener á los perturbadores del orden, temiendo 
lo que podía suceder en aquellos barrios donde vive bastante gente 
mala, trataron de poner fin á tanto escándalo y asegurar sus vidas y 
propiedades. Los dueños y dependientes de los establecimientos de 
comercio y de las fábricas y talleres de aquellos barrios, la mayor parte 
de ellos pertenecientes á los cuerpos de Voluntarios, y armándose sus 
dependientes de pistolas y escopetas, salieron todos á la calle después 
de tantas horas de desorden y después de haberse derramado la sangre 
impunemente de los agentes de la autoridad, resonó en aquellos barrios 
el enérgico grito de *^¡Viva España!'* pronunciado por los peninsulares 
y cubanos leales que vivían en las calles inmediatas. La manifestación 
de aquellos hombres produjo su efecto. Los que dirigían el desorden 
y mandaron asesinar á los agentes de policía,'contaban á no dudarlo con 
la indiferencia de la autoridad; pero no habían pensado en el castigo 
que podían recibir de mano de los españoles leales dispuestos á salvar 
sus vidas y propiedades, y conservar á la nación española sus Antillas. 
Para que se pueda formar una idea de la ceguera del Capitán Ge- 
neral y de los que le rodeaban, basta copiar la siguiente Gacetilla que 
publicó un periódico y que habiendo salido el día 15 por la mañana 
debió escribirse el 14 por la noche, con referencia á las funciones tea- 
trales que se habían celebrado el trece: dice así la Gacetilla: 



— 91 — 

^^ Teatro de Villanueva: Ante más que regular concurrencia, de la 
que formaba parte nuestra digna primera autoridad, se pusieron en es- 
cena en el Teatro de la puerta de Colón varias piezas del género 'ojnq 
entre ellas la titulada '*Z¿? que va de ayerá hoy,^' original de los miem- 
bros de la compañía de bufos habaneros; cantaron varias guarachas y 
una canción: hubo aplausos y chiamatasy 

Los bufos habaneros, como los minstrels en los Estados Unidos 
eran jóvenes blancos que tiznándose cuando asi con venia, remedaban 
los ademanes y el lenguage de los negros, y venían rcípresentando 
piezas y cantando guarachas que al través de escenas y salidas extrava- 
gantes dejaban ver siempre su carácter político. Las piezas y guara- 
chas pasaban por la censura de teatros antes de representarse; pero nadie 
ignoraba que los actores, que eran á la vez autores de aquellas ridiculas 
composiciones intercalaban en ellas y decían en las tablas todo cuanto 
les convenía para sus fines políticos. Abolida la censura de teatros los 
bufos se despachaban á su gusto. 

Para dar una idea de lo que sería la función que daban los bufos 
habaneros, á la que asistieron el Capitán General y muchos altos fun- 
cionarios el día 13 de Enero de 1869 pocas horas después de haber de- 
rramado su sangre los funcionarios de policía y cuando los españoles 
leales del cuarto distrito tenían que estar armados en las calles para 
contener á los perturbadores del orden, será conveniente copiar íntegro 
el anuncio y programa de la función de aquella noche: 

"Teatro de Villanueva. — Bufos Habaneros. — Función para 
hoy 13 á la que asistirá el Excmo. Sr. Capitán General D. Domingo 
Dulce; la Excma. Sra. Marquesa de Castell Florite y demás autori- 
dades. 

'* Programa. — La danza titulada *V Viva la Libertad!''^ 

**Guaracha cubana por los individuos de la compañía, apareciendo 
al final un cuadro alegórico iluminado con luces de Bengala. 

'*La ensalada cómica titulada, **Los negros catedráticos," en 
la que se canta la graciosa canción / Que te vaya bien chinita! 

** Gorriones y Bigiritas (peninsulares y cubanos) danza por F. A. 
Valdés tocada por la orquesta. 

* 'Segunda parte de *'los negros catedráticqs,** titulada **-£"/ 
Bautismo'^ en la que se canta al piano la sentimental canción '*Z¿z 
Isabel;'' se baila la danza ^^Los liberales'' y otra danza ^' Se armo la 
gorda, ' ' 

"Chisporretazo bufo-catedrático de circunstancias titulado **Z¿? que 
va de ayer a hoy," en la que se cantará la bonita guaracha titulada 
'* Ya cayó'' A las 7 en punto." 

Con sólo pensar en las circunstancias en que se encontraba la Isla 
de Cuba en aquellos días, aun prescindiendo de lo que acababa de 






-^' 






— 92 — 

suceder en un barrio de extramuros de la Habana, se comprenderá que 
por el solo hecho de haber asistido la primera autoridad de la Isla, de 
una manera casi oficial á una función de tal naturaleza, debía perder to- 
do el prestigio que le quedaba entre los españoles. Ya se ha dicho que 
el Teatro no estaba lleno (una más que regular concurrencia) lo que 
prueba la previsión de algunos funcionarios públicos de los que están 
en el deber de asistir á las funciones donde ha de presentarse oficial- 
mente el Gobernador General de la Isla; pudiendo decirse que desde 
aquella fecha el General Dulce se encontró en una posición falsa, pues 
ni aun muchos de los partidarios de la revolución, que habían venido 
con él de la Península á desempeñar importantes destinos, veían con 
buenos ojos á los que rodeaban al ofuscado gobernante ni estaban con- 
formes con su política. Entre tanto los que trabajaban contra España 
no dejaban pasar ninguna oportunidad para hacer pública manifestación 
de sus sentimientos. Desde el día 8 de Enero todos los días había en 
la Habana manifestaciones an ti -españolas y los leales necesitaban de 
gran prudencia para no castigar ciertos actos como merecían. Desde 
las puertas y ventanas de las casas se dirigían provocaciones y burlas de 
mal género á los soldados y voluntarios que pasaban por las calles. 
Muchas veces al pasar éstos, salían niñas jóvenes gritando **;Viva Cés- 
pedes!'' ó ** ¡Viva Cuba libre!" Los padres ó deudos que esto con- 
sentían ó que tal vez lo ordenaban, sin duda no calculaban donde po- 
dían llegar las cosas siguiendo tan mal sistema. Una de las manifesta- 
ciones de los enemigos de España que pudo costar mucha sangre fué la 
que hicieron con motivo del entierro de dos jóvenes cubanos casi des- 
conocidos: se reunieron detrás de los cadáveres un inmenso número de 
confabulados y los agentes de policía se vieron en el caso de procurar 
que no se perturbase el orden. Los concurrentes ó sus directores pro- 
movieron altercados que sabe Dios á lo que hubieran llegado; pero las 
medidas de la policía y la actividad de los leales contuvieron á los que 
se habían propuesto alterar el orden y provocar un sangriento conflicto 
antes de llegar con los cadáveres al Cementerio. 

El día 15 de Enero, esto es, á los dos días de las escenas sangrien- 
tas de la calle del Carmen, apareció el primer número del periódico 
titulado Za Vcrdady que vino á echar combustible a la hoguera revolu- 
cionaria. Las manifestaciones de los envalentonados separatistas toma- 
ron ya otro carácter. Ya no ocultaban sus simpatías por los insurrectos 
del Camagiiey y del Departamento Oriental, y lo mismo se burlaban 
de los que creían en el buen éxito de las negociaciones, que de los es- 
pañoles leales decididos á someterlos por medio de la fuerza. La Voz 
de Cuba que se había presentado en la arena periodística tan resuelta á 
combatir á los conservadores y defender dentro de la nacionalidad, los 
principios de la democracia, viendo la situación de la Isla, conociendo 



'í^ 



— 93 — 

J^^jor los planes y aspiraciones de los llamados reformistas y cediendo 
^ ^os más nobles sentimientos patrióticos, el día 19 de Enero se colocó 
'^-^ Licitamente al lado de la Prensa dispuesta á combatir con energía 
^^ trra los que llamaban laborantes y contra los insurrectos, contra los 
^^^ ejercían más influencia de la que convenía á los intereses de la 
.j ^*~ia en los consejos de la autoridad y contra la política de contem- 
jj ^^^ iones que se venía siguiendo con los enemigos. D. Gonzalo Casta- 
p^ ^ * fundador y director de La Voz de Cuba era uno de los jóvenes 
¿^^ i xisulares entusiastas por lo que se llamaba las conquistas de la 
^^^s^*"tad y creían que, en la Península y en las Antillas, los principios 
\v ^^ Jamados por la revolución triunfante habían de obrar prodigios. 
^^^^*de su fundación La Voz de Cuba dsifcndía el programa de la Revo- 
\^ión de Cádiz y pedía la asimilación completa de Cuba á la Metró- 
poli. Después de las escenas sangrientas del 17 de Enero y de los 
escándalos que daban constantemente los enemigos de la nacionalidad, 
comprendió que antes de pensar en establecer sistemas políticos era 
necesario vencer á los enemigos declarados y encubiertos de la patria. 
En buena hora La Voz de Cuba tomó tan patriótica resolución: se ha- 
bían encontrado ya algunos soldados y voluniarios muertos por las ca- 
lles: algunos habían sido heridos de bala sin haberse podido averiguar 
de dónde habían disparado los tiros. La Voz de Cuba en dicho día 19 
de Enero se colocó como se ha indicado al lado de la Prensa que con 
tanta energía luchaba contra todos los regeneradores. La Voz repro- 
dujo el ultimo artículo editorial de la Prensa que terminaba como 
sigue: 

'^Prescindiendo de las causas que hayan impulsado á los insurrec- 
tos, causas que distan mucho de ser tan nobles y tan justas como supo- 
ne La Verdad y el Gobernador General les ofrece amnistía: si no la 
aceptan; si persisten en su empeño de proscribir á sus padres; si quie- 
ren separarse de España, entregarse á los Estados Unidos y expulsar á 
Jos españoles residentes en esta Antilla, cediendo á los extrangeros au- 
xiliares las propiedades de sus compatriotas nacidos en las provincias 
peninsulares, sin declamar y sin hacer alardes de fuerza, nos veremos 
en la necesidad de acabar con ellos por medio de las armas. Si por 
una serie de circunstancias imprevistas nos viéramos atacados por ene- 
migos extrangeros aliados ó auxiliares de los insurrectos, como lo he- 
mos dicho muchas veces en estas columnas, los españoles de la Isla de 
Cuba pegaríamos fuego á los restos de la rica herencia de los Reyes 
Católicos y no la abandonaríamos aun cuando no quedase de ella más 
que carbón y ceniza. * ' 

La Voz de Cuba reproduciendo y haciendo suyas estas y otras 
enérgicas manifestaciones desbarató los proyectos de los enemigos. Es- 
tos habían contado hasta entonces con su habilidad para atraer á la 



— 94 — 

juventud peninsular que antes de venir á las Antillas había estado afilia- 
da en los partidos democráticos de la Metrópoli. El ejemplo de Cas- 
tañón y de sus amigos produjo el mejor efecto. Desde entonces ya 
nadie pensó en la organización de los partidos políticos. Muchos 
hombres de buena fé, peninsulares y cubanos que desde la salida del 
General Lersundi se agitaban para organizar progresistas, conservado- 
res y republicanos según las instrucciones que habían recibido de la 
Península, con el objeto de luchar en las elecciones que contaban de- 
bían verificarse de un día á otro y enviar á las Cortes Diputados por 
Cuba afiliados á sus partidos respectivos, dieron punto final á sus traba- 
jos. Desde aquel momento ya no se trató de sistema de gobierno, ni 
de elecciones, ni de partidos. Para los españoles leales no había más 
que un deber: el de acabar con los enemigos de la nacionalidad. Desde 
entonces el partido español de la Isla de Cuba quedó sólidamente 
constituido. 



-♦"»• 



CAPITULO IX. 



La bandera de los rebeldes en el Teatro de ViUanueva.— Avisos á la 
autoridad.— Indiferencia de ésta.—Manifestación pública.— Alar- 
ma.— Los voliintaiios corren al Teatro.— Tiros y desgracias.— 
Knevos desórdenes.— Medidas serias.— Emigraciones.- Decreto 
de elecciones.— Manifiestos.— Reuniones inútiles.-Gonsenradores. 
—Resolución de los españoles. 



Cuando en la capital de la Isla de Cuba los ánimos estaban más 
excitados por los atentados que se cometían por las calles contra los 
voluntarios y soldados desarmados, contra los cuales disparaban tiros, 
enemigos que no daban la cara, desde los coches, de las ventanas y de 
las azoteas, sin que las autoridades tomaran ninguna medida por des- 
cubrir á los culi>ables ó impedir que aquellos crímenes se repitieran, se 
anunció para el día 21 de Enero de 1869 una función de los Bufos 
Habaneros en el Teatro de Villanueva, á beneficio de la joven Da Flo- 
rinda Camps, actriz cubana, que en aquellos días se había hecho céle- 
bre j»or la gracia con que representaba las piezas anti-españolas. Ade- 
más se anunciaba ya para el siguiente día 22 de Enero, otra gran fun- 
ción á beneficio de unos insolventes. Nadie ignoraba el significado 
de los dos grandes anuncios. Los mismos periódicos separatistas, que 

21 



se designaban con el nombre de laborantes, habían tenido buen cuida- 
do de dar la clave de lo que eran aquellas funciones y el objeto á que 
sus fondos se destinaban. Las piezas que se anunciaban para ambas 
noches eran las más'anti-espafíolas del repertorio bufo, y el publico 
había sido escogido repartiéndose las localidades á domicilio. I^os 
redactores de la * 'Prensa'* quisieron ver por sus propios ojos lo que 
pasara en el Teatro de Villanueva. Exceptuando á los audaces escrito- 
res conservadores, puede decirse que todos los concurrentes á dicho 
teatro simpatizaban con los insurrectos. No faltaban allí mujeres más 
entusiastas que los hombres. I^ función de la noche del 21 fué ya una 
manifestación política anti-espafiola. Después de haber aplaudido á la 
señorita Camps cuantas veces había echado á volar conceptos subversi- 
vos, vestida de negrita ó luciendo las barras y las estrellas de la bande- 
ra anglo-americana, los directores de la manifestación mandaron sacar 
la bandera de la Estrella Solitaria, Desde entonces la representación 
se redujo á dar entusiastas vivas á Cuba libre, á Carlos Manuel Céspe- 
des y á las vírgenes de Yara. Sin duda el Alcalde ó Regidor que pre- 
sidía la fimción del Teatro de Villanueva no vio nada de lo que allí 
sucedía, puesto que según se aseguraba después, á la salida del Teatro 
se fué á ver al Capitán General su gran amigo para decirle que nada de 
particular había ocurrido, apesar de lo que por la tarde habían dicho los 
periódicos reaccionarios. Como las opiniones del señor Concejal del 
Ayuntamiento de la Habana que aquella noche presidió la función del 
Teatro de Villanueva no era la de los españoles, éstos no pusieron en 
duda que había permitido todo cuanto quisieron hacer los amigos de 
los insurrectos y que había dado cuenta al General de aquellas mani- 
festaciones como de lo más inocente del mundo. Habiendo salido tan 
bien de aquel primer ensayo, los directores de la primera manifestación 
debieron contar con que podían realizar impunemente otras más signi- 
ficativas y que llevasen á su más alto grado de calor el entusiasmo de 
los partidarios de los héroes de Yara. 

Desde por la mañana del 22 de Enero flameaba en el pórtico del 
Teatro de Villanueva la bandera de la Estrella Solitaria^ que habían 
sacado en las tablas la noche anterior y que simbolizaba la Independen- 
cia de Cuba. Ningún agente de la autoridad, durante todo el día, dio 
un paso para que se quitara aquella bandera: en cambio se decía en 
todas partes que por la noche habría una gran manifestación en la que 
los patriotas cubanos querían poner en evidencia su resolución y sus 
fuerzas numéricas; y cada cual entendía á su manera lo que en todas 
partes se contaba. Continuando la agitación, desde las seis de la tarde 
empezaron á entrar en el Teatro de Villanueva gran número de señoras 
con el pelo suelto y vestidas con los colores de las banderas cubana y 
anglo-americana: antes de levantarse el telón y estando el Teatro com- 



— 97 — 

pJetamente lleno empezaron los entusiastas vivas á los insolventes bene- 
ficiados y á Cuba libre. 

Tal vez aquella demostración no hubiera tenido más trascendencia 
que la de la noche anterior, si sus directores se hubiesen limitado á 
dar pruebas de su entusiasmo dentro del Teatro. Pero quisieron lle- 
var más lejos las cosas. Saliendo en considerable número de la platea, 
de los palcos y de las altas localidades con banderas, invadieron el 
pórtico del Teatro y el café inmediato, y subiendo enciiiia de las me- 
sas, sillas y sofás empezaron á pronunciar discursos sediciosos, á dar 
vivas, protestar y pronunciar juramentos, dejando asombrados á los 
esi>afioles peninsulares y cubanos que hablan acudido al oír tantos gri- 
tos y aplausos. 

Un corto número de Voluntarios que ÜQgó al pórtico del Teatro 
se propuso poner fin á un desorden que no podía tolerarse; pero aque- 
lla pequeña fuerza se vio desatendida, silbada é insultada. No sa- 
biendo qué hacer los voluntarios salieron afuera y dispararon los fusi- 
les al aire; y los concurrentes al Teatro que en su mayor parte estaban 
armados de pistolas y revolvers, también hi( ieron disparos al aire, sin 
íjue Hubiese allí desgracia ninguna, apesarde la mucha gente que había 
aglomerada. La alarma que produjeron los disparos cundió por toda 
la ciudad en un momento, y los españoles que estaban ya tan agitados 
desde los días anteriores, sin que nadie los llamara, sin Jefes que les 
dieran órdenes ni autoridades que inquirieran lo que pasaba, corrieron 
alacia el Teatro de Villanueva en su mayor parte armados, contando 
ílue algo grave allí pasaba. Los promovedores de aquellas manifesta- 
c^ones, después de los tiros quedaron sorprendidos al ver cómo de to- 
^ partes acudía gente armada y desarmada al rededor del Teatro. 
^^ €íran parte de ellos con las señoras de sus respectivas familias se 
tiraron sin pérdida de tiempo; quedándose los más resueltos é impru- 
entes en el Teatro y casas inmediatas; empezando á disparar tiros de 
^^^v-er sobre los salvaguardias, serenos y voluntarios. Sabe Dios lo 
* ^ hubiera sucedido si no se hubiesen presentado allí el General Se- 
^do Cabo, D. Felipe Ginovés y Espinar, que era muy querido y 
Petado, con algunos Coroneles de los cuerpos de voluntarios y el 
^t>^riiador político Sr. López Roberts. Estos señores con los Oficia- 
^^ voluntarios que fueron llegando, consiguieron con su prudencia 
rj; ^^'Suar los ánimos. Sin la prudencia del General Segundo Cabo el 
*^^^^o de Villanueva, que era de madera, habría quedado reducido á 
^^xas antes que hubiesen podido salir los que se encontraban en él 
^^^T'ados, que eran justamente los separatistas más exaltados. 

íln los primeros momentos y en los siguientes días se habló con 

^^lia exageración del número de muertos y heridos que hubo en las 

^Mediaciones del Teatro de Villanueva. No existen datos respecto á 



-98- 

los perturbadores que según se dijo, fueron heridos y recogidos por sus 
parientes y amigos. No sería extraño que algunos se curaran en sus 
casas en secreto. Tampoco es imposible que alguno hubiese muerto y 
fuera enterrado como fallecido de enfermedad, con papeleta de nvédico 
amigo. Los escritos que hemos examinado, publicados posteriormente 
en el extrangero por los separatistas, nada dicen respecto á patriotas 
muertos ó heridos en aquella noche. La policía sólo encontró y reco- 
gió un sereno muerto, dos voluntarios y un moreno heridos; el uno de 
mucha gravedad. Los que aseguraban que habían muerto diez perso- 
nas y que fueron heridas más de veinte no pudieron añrmar lo dicho. 
Es notorio que los primeros voluntarios que llegaron y quisieron con- 
tener á los separatistas dispararon al aire, por lo que no se supo que 
hubiese ningún herido: cuando llegaron el General Espinar y los Coro- 
nóles, ya los que victoreaban la bandera habían disparado los tiros y al 
ver como acudían de todas partes los voluntarios y militares sólo 
pensaron salvarse retirándose ó escondiéndose. Los que se hablan 
quedado en el Teatro y los que volvieron á entrar, se retiraron después 
sin que nadie les molestase, cruzando por entre los españoles. Durante 
la noche los ánimos continuaron agitados, aunque una gran parte de 
los que habían acudido al rededor del Teatro después de las once se 
retiraron á sus casas. 

Al día siguiente los españoles leales, sin distinción de clases ni de 
partidos, dirigían severos cargos á la primera autoridad, porque se supo 
que había dado personalmente la autorización para el beneficio de los 
insolventes pocas horas antes de principiar, sabiendo lo que había suce- 
dido la noche precedente. ¡Es preciso convenir en que los falsos ami- 
gos del General Dulce se burlaban de él de una manera lamentable! 
En la Habana corría de boca en boca el nombre del despreocupado in- 
dividuo del Ayuntamiento, que estando de semana había presidido la 
función del 21 y debía presidir la del 22, que aseguró al General que 
no habría en Villanueva el menor desorden. Teniendo en cuenta los 
antecedentes del Sr. Concejal que pronto tomó el camino de los Esta- 
dos Unidos, se puede asegurar que estaba en el secreto de lo que se 
proyectaba, y que no hizo ninguna advertencia á los que victoreaban 
la bandera de Céspedes, y al mismo tiempo pedían que se sacara y se 
paseara por las calles. 

Sin duda el General Espinar, hombre de recto juicio y de patrio- 
tismo acrisolado, que conocía bien la Isla de Cuba y las aspiraciones y 
tendencias de los que rodeaban al General Dulce, que después de haber 
sido anexionistas y reformistas pedían entonces la autonomía del Ca- 



— 99 — 

nsL<3.éL y simpatizaban con los insurrectos, debió decir la verdad de todo 
lo sucedido al Capitán General y éste no pudo desentenderse de lo que 
ex poiiía el General Segundo Cabo de la Isla. Lo cierto es que el día 
23 de Enero se publicó el siguiente documento: 
''Habaneros: 

^'Anoche se ha cometido un grande escándalo, que será castigado 
con todo el rigor de las leyes. 

^'Algunos de los trastornadores del orden público están en poder 
de 1<3S tribunales. 

''Ciudadanos pacíficos, confianza en vuestras autoridades; defen- 
sores todos de la integridad del territorio y de la honra nacional, se 
hará justicia y pronta justicia. * ' 

Poco decía este documento, pero ea él quedaba consignado que 
se lia.bía cometido un gran escándalo y que un número de perturbado- 
res del orden habían sido entregados á los tribunales. Lo que no decía 
el documento oficial se encargaron de ponerlo en claro los laborantes. 
Durante algunos días continuaron los desórdenes en las calles: la poli- 
cía y los serenos y salvaguardias no podían andar sino con grandes pre- 
cauciones por las calles, donde se formaban grupos que no querían 
dispersarse sino cuando veían que se aproximaba alguna fuerza respeta- 
^^^' Desde las ventanas y azoteas y desde los coches que corrían por 
las calles se disparaban tiros á los soldados y voluntarios. Apesar de 
^o c|tie se había dicho en la alocución del 23, nada se había hecho para 
contener á los alborotadores. Los periódicos separatistas cada día se 
^ítpresaban en términos más despreciativos respecto á España y á la 
primera autoridad de la Isla de Cuba que esperaba la sumisión de los 
insurrectos. La Prensa y la Voz de Cuba no tan sólo contestaban 
^"^^^gicamente á los órganos de los separatistas, sino que i)edían á la 
autoridad, sin faltarle al respeto, que pusiera fin á tanto desorden. La 
^^^^^€3, que siempre formulaba sus pensamientos de una manera clara 
j ^oncrisa, pedía que todo grupo que no se disolviera á la indicación de 
^ ^Sentes de la autoridad fuese disuelto á la fuerza; que todos los ha- 
^^rit^s de una casa desde cuyas azoteas ó ventanas se dispararan tiros, 
^^'"^ reducidos á prisión hasta que se descubrieran los culpables; que 
^^ permitiera á los coches andar por las calles sino á trote corto y 
' l^c>s cocheros parasen tan pronto como las personas que iban en el 
~^^ dispararan tiros, aun que fueran al aire. 

l^ero estaba escrito que el General Dulce, rodeado siempre de fal- 

^"í^riigos, no se debía dar por entendido: los tiros continuaban y los 

^^tarios empezaron á recorrer las calles en grupos, dispuestos á cas- 

"S^r por su mano á sus enemigos. De aquí había de resultar doble 

o^Or^ien. Al jxisar uno de estos grupos por frente de la casa de los 

^^^^- Aldama, donde residían únicamente algunos criados, se dijo que 



1 



— lOO 



desde la azotea se había disparado un tiro á los voluntarios: se reunió 
gente frente de dicha casa y los más exaltados se empeñaron en reco- 
nocerla. Según los mismos amigos de los Sres. Aldama ninguna ame- 
naza se hizo á los criados; y no fué por deseo de destruir aquella regia 
vivienda sino por casualidad que se rompió un espejo y se descompu- 
sieron algunos muebles, (i) Teniendo el General Dulce amistad ínti- 
ma con los Aldamas, con una actividad que no le era propia, ordenó 
que se formara causa á un voluntario contra el que alguien había decla- 
rado. De la causa resultó probado que si bien los voluntarios entra- 
ron en la casa en busca del que suponían haber disparado un tiro, no 
cometieron ningún desmán, ni atropellaron á nadie. 

El suceso más triste de la noche siguiente fué el alboroto que se 
armó frente del café del Louvre, el mejor y más concurrido de la capi- ' 
tal de la Isla. También allí se dijo que se habían disparado tiros. 
Quizá algún malévolo, desde la misma casa ó de las contiguas disipara- 
ría su revolver; lo cierto es que hubo atropellos en el salón principal 
del café, resultando siete ú ocho personas heridas. Lo más doloroso 
fué que murió un extrangero generalmente querido, y que ninguna 
parte había tomado en las escenas de aquellos funestos días. A la ma-* 
ñaña siguiente ya no se disparaban tiros desde las azoteas ni de los co- 
ches, y no porque la autoridad hubiese tomado alguna medida para 
impedirlo, sino por haber comprendido los directores del partido se- 
paratista que, continuando las provocaciones, los españoles exasperados 
pudieran hacerles pagar cara aquella temeridad. ¿Qué habían conse- 
guido con sus extemporáneas manifestaciones? Demostrar que en la 
ciudad de la Habana y en otras poblaciones la fuerza estaba de jxirte 
de los leales; que éstos formaban un solo grupo al cual se juníalmn 
todos los españoles, fueran liberales, republicanos ó absolutistas. Por 
ñn la autoridad dictó las medidas que hacía ocho días estaban pidiendo 
constantemente la ^^ Prensa^ ^ y la ^^Voz de Cuba^ Se destinaron 
numerosas patrullas de Infantería y Caballería á recorrer las calles; se 
colocaron convenientemente por parejas los serenos y salvaguardias; se 
mandaron desembarcar fuerzas de los buques de guerra y se establecie- 
ron fuertes retenes de marineros y soldados de marina, en la ciudad y 
en los distritos exteriores. 

Como sucede siempre que se sigue mala política, aquellas tardías 
disposiciones se atribuyeron á la impresión que causó entre ciertas 
gentes la entrada de los leales en la casa de Aldama, considerada como 



(i) No hay más que registrar lo que escribían en el exlrangero los enemigos de 
España para comprenderla poca importancia de los daños que sufrió el palacio de Al- 
dama que permanecía en sus ingenios con la familia, haciendo la zafra con cuyo pro' 
dttcto se trasladó después á los Estados Unidos á presidir la Junta Cubana. 



— toi — 

inviolable por la elevada posición de los dueños, por la gran influencia 
que tenían en el país y por las deferencias que hacia aquellos magnates 
habían tenido desde larga fecha todas las autoridades que, sabiendo que 
no eran adictos á la Metrópoli deseaban atraerlos á fuerza de lialagos. 
He aquí porqué las autoridades que habían visto con la mayor indife- 
rencia los sucesos de las calles del Carmefn y de las Figuras, se apresu- 
raron á tomar medidas enérgicas para impedir que los magnates cono- 
cidos como decididos separatistas fuesen atropellados por los leales. 
Como en esto había un fondo de verdad, el General quedó mal parado. 
Desde entonces los directores de aquellas escenas comprendieron 
que no podían continuar sus trabajos: el Sr. F. B . . • que había 
presidido las funciones del Teatro de Villanueva se proveyó de un 
salvo-conducto para poder embarcarse, y el Sr. Aldama solicitó y ob- 
tuvo de la autoridad una guardia de soldados para poder continuar en 
sus ingenios hasta terminar la zafra que debía producirle cuarenta mil 
onzas de oro y que sirvieron para fletar buques, comprar armas y en- 
ganchar aventureros en los Estados Unidos para auxiliar á los insurrec- 
tos. A principios de febrero empezó la emigración de cubanos sepa- 
ratistas más ó menos declarados para los Estados Unidos. Los leales 
no trataron de impedir que desde Aldama hasta los hombres de escasos 
bienes de fortuna abandonaran la Isla, aunque supieran que iban á tra- 
bajar en favor de los insurrectos. 

*** 

Cuando más excitados estaban los ánimos, se publicó el decreto 
del Gobierno Supremo de la Nación, mandando proceder á la elección 
de Diputados para las Cortes Constituyentes en las provincias de Cuba 
y Puerto-Rico. Los laborantes llenaron las columnas de sus periódi- 
cos con dicterios y sarcasmos contra el gobierno que había expedido 
tal decreto. Aconsejaban á sus amigos que no fueran á las urnas. Se- 
gún su órgano más caracterizado, Cuba no debiera mandar Diputados 
á Madrid. El ** Tribuno'' decía: *^ Diputados por Cuba: Se ha publi- 
cado en la ^* Gaceta' ' del viernes la ley electoral para que nombre 
Cuba los ;i8! individuos que la han de representar en las Cortes cons- 
tituyentes de Madrid. Nosotros creemos que todo cubano debe abs- 
tenerse de votar. Después de lo que hicieron en 1837 con los últimos 
Diputados que fueron á representarnos, parécenos que la dignidad 
aconseja la política del retraimiento. Nada de Diputados. No los 
queremos. Nada de representación." 

En los tres distritos en que se dividía la Isla debían nombrarse 18 
Diputados, número proporcionado á la población blanca. Divididas 
las circunscripciones por él mismo decreto, la influencia de la ciudad 



— 102 — 



de la Habana, única población donde los peninsulares predominaban, 
quedaba anulada. Como i)ara ser elector se exigía que se pagaran 25 
pesos de contribución al afto, quedaban excluidos del cuerpo electoral 
el inmenso número de dependientes de las casas de comercio, los hom- 
bres dedicados á los i^equefíos negocios y los artesanos y los capataces 
de muelles, astilleros, careneros y fábricas, en su inmensa mayoría ¡pe- 
ninsulares. En cambio los pequeños propietarios que disfrutaban de 
las ñncas rústicas y urbanas que habían heredado y que en su inmensa 
mayoría eran cubanos tenían voto. Por fortuna muchos de estos cu- 
banos no eran separatistas como algunos magnates y casi todos los 
abogados, escribanos, procuradores y pica-pleitos y no pocos médicos, 
boticarios é hijos de padres ricos que habían derrochado sus fortunas. 
Sin duda habían tenido en cuenta el estado de la sociedad cubana los que 
proporcionaron al Ministro de Ultramar sus informes sobre el censo 
que debía establecerse. De todos modos es un hecho que si los insu- 
rrectos se hubiesen manifestado menos intransigentes y sus amigos hu- 
biesen acudido á las urnas electorales, hubieran triunfado los candidatos 
separatistas en muchos distritos de la Isla. Con los compromisos que 
había contraído el Gobierno de la Metrópoli y con los informes del 
General Dulce es seguro que en Madrid se habrían dictado leyes y dis- 
posiciones funestas para los intereses españoles de las Antillas. Así 
debieron comprenderlo los hábiles políticos cuyos planes habían que- 
dado desbaratados con el levantamiento de Céspedes. Como eran tan 
perseverantes como hábiles, el grupo de los que se llamaban reformis- 
tas trataron de aprovechar la oportunidad de las elecciones para atraer 
á los ricos hacendados cubanos que no estaban conformes con los se- 
paratistas exaltados, y á ciertos peninsulares que antes se habían mani- 
festado favorables á un sistema parecido al de los llamados reformistas. 
El grupo se constituyó en comité electoral. Un periódico, órgano 
de aquellos políticos evolucionistas, dio cuenta de los primeros trabajos 
del comité en estos términos: 

**Dos veces se han reunido en estos últimos días una numerosa 
concurrencia de vecinos y propietarios de la Habana, convocados para 
buscar alguna solución pacífica á la terrible crisis que estamos atra- 
vesando. 

* 'Quedó nombrada en la primera Junta la Comisión que debía 
formular el voto de la mayoría y uno de sus miembros leyó en la últi- 
ma reunión una Memoria explicando y motivando la conclusión que 
propuso y fué ésta, si mal no entendemos: Que la autonomía de Cuba^ 
debidamente garantizada ^ resuelve todas las dificultades y conflictos que 
aquejan al país, 

* 'Mucho sentimos no haber podido tener á la vista este trabajo, 
que algún día esperamos leer impreso; pero prestamos á su lectura la 



— lO^ — 



atención suficiente para hacer un resumen que, si bien brevísimo, no 
por eso dejará de ser fiel en lo esencial." 

El autor del articulo después de condenar el sistema colonial al 
que debían todos los concurrentes á la reunión sus fortunas y después 
de tributar grandes elogios al General Dulce, condenando el proceder 
de Tacón, 0*Donell, Concha y otros generales decía: 

*'Este programa, si lo plantean en Cuba, atendiendo á su letra y 
á su espíritu, y conformándose á su índole descentralizadora, será una 
tabla de salvación, y pondrá á cubierto á los cubanos de los vejámenes 
é indignidades á que hasta ayer han estado sometidos. Hay quien se 
asusta todavía de las innovaciones necesarias para que el país sea go- 
bernado por el país y pero á la aplicación de esta fórmula tienen que ve- 
nir precisamente, de buena fé, los principios que proclamó el Gobier- 
no provisional en su manifiesto." 

Años después se publicaron las actas de aquellas reuniones, con 
los nombres de los señores que formaban la Comisión encargada de 
redactar **un proyecto de leyes que aceptado por todos los partidos, 
diera por resultado la cesación del estado violento y peligroso que agi- 
taba todos los ánimos." 

Largo era el informe de la Comisión, que fué aprobado por una- 
nimidad. Se nombró otra Comisión, compuesta de los señores de la 
anterior y del Sr. D. José Morales Lemus para entenderse con el 
partido peninsular, "autorizándoles con un voto de confianza para la 
redacción de las bases constitutivas y su discusión con la Comisión del 
partido peninsular." 

Convocóse una reunión de peninsulares á la (jue concurrieron los 
más notables por su fortuna, posición social é inteligencia, en número 
de ciento. Allí se expusieron las proposiciones de los autonomistas 
que no fueron aceptadas, (i) puesto (jue todos lo.s concurrentes des- 
pués de haber escuchado atentamente lo que dijo el ilustre y decidido 
español en cuya casa la reunión se celebraba, y después de haber oído 
lo que expusieron los dos señores á quienes los autonomistas habían 
dado el encargo de entrar en negociaciones, todos los concurrentes 
guardaron profundo silencio. El que era entonces director de la 
^^ Prensa^' fué el único que se levantó y dijo que: F^ncontrándose allí 
reunidos tantos y tan importantes españoles nacidos en la Península 
para oir á los dos señores comisionados por un gran número de hijos 
de Cuba, que se habían propuesto entrar en convenios con los penin- 
sulares residentes en la Isla á fin dr; tratar de lo que se debía hacer en 



(i) En pocas palabras el Sr. D. Julián de Zulueta, en cuya casa se celebraba 
aquella reunión de peninsulares, dejó á sus oyentes convencidos de lo absurdo de aque- 
llas proposiciones. 

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— 104 — 

aquellas circunstancias, la contestación era muy sencilla: ''Desde el 
momento se debía proceder á organizar una Asociación política y 
nombrando una Junta Directiva provisional, admitir en el seno de 
aquella sociedad á todos los cubanos y peninsulares que se añlíaran en 
ella con el firme propósito de defender la nacionalidad española, sin 
pedir ni exigir condiciones, puesto que al tratarse de la defensa de la 
integridad de la patria es necesario sacrificarlo todo. ' ' ''Acabemos con 
los que se levantaron contra España, dijo al terminar, y luego pensa- 
remos en discutir cual es el sistema de gobierno que se debe establecer 
en la Isla de Cuba para estrechar cada día más y más los lazos que de- 
ben unir á los españoles de las Antillas con los de la Metrópoli." (i) 

Asi terminó aquella reunión: nadie profirió una palabra en favor 
del proyecto de unión propuesto por los autonomistas. En los últimos 
meses muchos de los peninsulares ricos y con familia en el país que de 
algunos años atrás se habían dejado alucinar por los que les pondera- 
ban las ventajas que reportarían los hacendados y los capitalistas de 
Cuba del gobierno autonómico, comprendían bien la situación del país 
en general, la de los autonomistas de la Habana y la de los peninsula- 
res establecidos en Cuba. Después de lo que había pasado desde el 
mes de Octubre, los españoles leales sin distinción de clases ni de opi- 
niones, lo mismo si habían nacido en Cuba que si eran peninsulares, 
comprendían que en aquellas circunstancias no podía haber en la Gran- 
de Antilla más que dos partidos: el que capitaneaban en el Departa- 
mento Oriental, Céspedes, Aguilera y el Marqués de Santa Lucía y el 
que llamaban español intransigente, á cuya cabeza estaban los Jefes de 
los Voluntarios y cuyas aspiraciones y principios sostenían y propagaban 
la ''Prensa'' y la ''Foz de Cuba:' 

En aquellos mismos días unos pocos hombres poco conocedores 
de la situación de Cuba y de la Metrópoli soñaron con organizar un 
partido que quisieron llamar conservador, y que pretendían que re- 
presentara en Cuba al antiguo partido moderado de la Metrópoli. Al- 
gunos empleados A quienes el Gobierno de la Revolución había dejado 
cesantes y unos pocos peninsulares de cortos alcances tuvieron reunio- 
nes y hasta mandaron publicar el prospecto de un i^eriódico para que 
defendiera á los candidatos moderados en . las elecciones. Pronto los 
autores de este plan comprendieron que era absurdo y desistieron de 
llevar á cabo su proyecto. Los carlistas por su parte recibieron con 



(i) Por consideración á los dos distinguidos hijos de Cuba que vinieron con las 
proposiciones á la reunión y porque era notorio que una gran parte de los ricos cuba- 
nos las habían firmado, los concurrentes guardaron profundo silencio; pero después 
de levantada la sesión todos abrazaron con entusiasmo al Sr. Zulueta y al Director de 
la "Prensa:' 



— IOS — 

el mayor desdén las indicaciones que se les hicieron en nombre del 
Pretendiente, con títulos ó sin ellos algunos supuestos agentes. Se su- 
po entonces que el Pretendiente había ofrecido á los cubanos la auto- 
nomía mientras que otros aseguraban que lo que buscaba era que en las 
Antillas se le reconociera como soberano legitimo á fin de emprender 
más adelante la campaña en la Península. Los españoles de corazón, 
republicanos, progresistas, moderados y carlistas, siguiendo las indica- 
ciones de la ^^ Prensa,'^ abandonaron y olvidaron por completo las 
opiniones políticas que habían sostenido en la Metrópoli, se alistaron 
en los batallones de voluntarios, declararon que no estaba la Isla de 
Cuba para elegir Diputados para las Cortes Constituyentes, y sólo pen- 
saron en vencer á los que habían dado el grito de independencia y que 
se burlaban del Gobernador General de la Isla. 



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CAPITULO X. 



Disgusto general.— Nuevos desengaños de la Primera Autoridad.— 
Audacia de los laborantes.— Sus insultos al General Valmaseda 
y al Ooronel Acosta.— Exasperación de los leales.— Levanta- 
miento en las Ginco Villas.— Importancia de aquellas jurisdic- 
ciones.— Manejos, intrigas, impresión y falsas noticias. 



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Las medidas tomados por el General Dulce no bastaron ¡xira darle 
el prestigio que necesitaba. El Capitán General estaba animado á no 
dudarlo de nobles sentimientos y buenos deseos: quería restablecer la 
paz y gobernar con justicia; ¿quién puede dudarlo? pero no escogía 
bien los medios porque seguía los consejos de personas que no eran 
dignas de su confianza bajo el punto de vista político; aunque como 
particulares fuesen muy dignas y respetables. Como en la Habana se 
recibían constantemente periódicos de los Estados Unidos y de Jamai- 
ca, donde se sabía y se publicaba todo lo relativo á las operaciones de 
los insurrectos y los trabajos de los laborantes, aumentaba el disgusto 
de los leales á quienes parecía eterno el plazo que se había dado á los 
enemigos para presentarse. Se decía entonces, quizá sin fundamento, 
en público y en privado, que el General Dulce se había expresado en 
términos bastante duros respecto á los voluntarios de la Habana. Lo 



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— lo7 -* 

que no puede negarse es que el General no guardaba tantas considera- 
ciones á los defensores incondicionales de la nacionalidad como á los 
políticos que consideraba bastante influyentes y hábiles para terminar 
la pacificación, que él suponía adelantada, por medio de las negocia- 
ciones con los caudillos de los rebeldes. Además el General que no 
leía periódicos ni recibía noticias sino por medio de personas determi- 
nadas, no sabía quizá que los actos reprensibles de los leales habían si- 
do consecuencia forzosa de las provocaciones de los enemigos de la 
patri-a. El General Dulce, por último, al terminar el mes de Enero 
de 1S69 estaba quizá más desorientado que nunca y no comprendía 
siqui era las evoluciones de los hombres que tenía á su lado. Esto au- 
mentaba el disgusto y el temor de los leales, que comprendían lo que 
biiá:-aban los que pedían la autonomía. 

El General Dulce, disgustado y enfermo recibió nuevos y crueles 
deseJigaños cuando estaba ya próximo á terminar el largo plazo consa- 
bido. Muchos de los amigos que tan fácil suponían la pacificación 
por medio de convenios se embarcaban para los Estados Unidos, y 
algunos días después llegaban á la capital de Cuba noticias del recibi- 
miento que les hacían en los muelles de Nueva- York los enemigos de 
España. Luego se sabía que formaban parte de comisiones y Juntas 
encargadas de trabajar en favor de los insurrectos de la Isla. Por otra 
parte los periódicos separatistas de la Habana se expresaban cada día 
con menos circunspección: como muestra de lo que significaba la 
prensa llamada autonomista bastará reproducir aquí algunas líneas de 
un artículo escrito contra el Banco Español de la Habana: 

'^Supongamos que Cuba quedara esta vez perdida para España. 
Todo cabe en lo posible y nadie podrá negarnos la facultad de formar 
esta hipótesis, supuesto que al estudiarla y al pesar sus consecuencias, 
obramos en el terreno de la legalidad, como que al gobierno mismo 
debe haberle ocurrido más de una vez tal idea y que mientras la insu- 
rrección no haya triunfado ó sucumbido, nadie puede tampoco conocer 
con seguridad cuál será el fin. Supongamos, pues, decíamos, que 
Cuba quedara esta vez perdida para España. ¿Cómo juzgaría el mundo 
este acontecimiento? ¿Cómo lo juzgaría la historia? Procedamos por 
partes: lo que correspondería en primer lugar sería indagar las causas 
que impulsaron á los cubanos á romper el yugo que los ataba á la Me- 
trópoli. Y después, averiguar las circunstancias en que dieron tan 
decisivo golpe.'' 

Después de este introito el periódico separatista seguía discurrien- 
do sobre este y otros temas parecidos. Sus correligionarios seguían 
escribiendo en el mismo sentido, sin tener en cuenta lo que había pa- 
sado y sin considerar lo que podían hacer los españoles leales exaspe- 
rados; que eran los más numerosos y los más fuertes. 



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Por desgracia todas las provocaciones de los periódicos separatis- 
tas sólo servían para desprestigiar al General Dulce. Las medidas 
severas que había tomado parecían encaminadas á proteger á los que 
hacían propaganda anti-española. Y no se crea este aserto exagerado: 
**Za Verdad^* se burlaba del Conde de Valmaseda, de los Coroneles 
Acosta y Benegasi y de los defensores de Santiago de Cuba, y el nu- 
mero en que se trataba tan mal á los heroicos defensores de la bandera 
española se pregonaba por la calle á ciencia y paciencia de las auto- 
ridades. 

Las noticias que llegaban del Departamento Oriental eran favo- 
rables á las armas españolas: los insurrectos que no habían querido 
aceptar las proposiciones de los comisionados del General Dulce ha- 
bían continuado las hostilidades, y los Jefes de nuestras columnas con- 
tinuaban las operaciones. En vano los órganos de los separatistas 
aseguraban que Céspedes y Aguilera rechazaban las proposiciones que 
se les habían hecho, aunque se les habían ofrecido los más altos em- 
pleos, porque contaban seguro el triunfo. Los españoles leales com- 
prendieron ya que debían pensar en salvarse por sí mismos: les sobraba 
fuerza y resolución para conseguirlo. Su resolución era ya conocida. 
La Prensa había formulado el pensamiento de los defensores de la 
l)andera española diciendo: ''¿Se habrán figurado nuestros enemigos 
que resolver y efectuar la expulsión de los españoles de la Isla de Cuba, 
es cosa tan fácil como decretar y efectuar la exclaustración de las 
monjas? Se equivocan: ¡aquí estamos y aquí queremos permanecer 
aunque no queden en Cuba más que cenizas, carbón y montones de 
ruinas!'' 

Esta actitud de los leales y el temor que su exasperación infundió 
en el ánimo de ciertos individuos produjo su efecto. Súpose que ha- 
bía salido para los Estados Unidos el Concejal que presidía las funcio- 
nes del Teatro de Villanueva en las noches de los escándalos porque el 
Juez competente formaba causa á sus autores. En seguida empezó la 
emigración en grande escala de todos los que simpatizaban con los in- 
surrectos: apesar de correr los meses más fríos del año se embarcaban 
por centenares con sus familias; y aunque decían que su ausencia sería 
corta no podían disimular que por una parte se marchaban porque no 
sabían si la autoridad seguiría la misma política de tolerancia, de la 
que tanto habían abusado y por otra dudaban del próximo triunfo de 
los insurrectos. 

Mientras en la Habana los autonomistas trataban de llegar á lo 
que llamaban un convenio con los peninsulares en las Cinco Villas ha- 
bía no pocos hombres que procuraban alucinar á los peninsulares que 
residían en aquellas jurisdicciones, tal vez con el objeto de ganar tiem- 
po y ver como salían los insurrectos del Centro y del Oriente, que 



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— 109 — 

tenían en las Villas. Sea como fuera la Época periódico de Villa Cla- 
ra, hoy ciudad de Santa Clara y capital de la provincia del mismo 
nombre, publicó un artículo titulado: ^^ Integridad Nacional: Gobier- 
no delpats por el pais: Aclaraciones J*'* Firmaba el articulo D. Rafael 
F. Rojas, cuyo articulo fué después recomendado á los españoles de la 
Isla por la circular siguiente: 

''Muy señor nuestro: Los que suscriben en representación del 
pueblo de Villa Clara, se permiten dirigirse á Vd. rogándole interpon . 
ga la legitima inñuencia que ejerce en ésa, para cooperar á que sea se- 
cundada la manifestación adjunta con que en ésta quedan tranquilos los 
ánimos y satisfechas las aspiraciones de sus habitantes insulares y pe- 
ninsulares." 

Firmaban esta circular tres personas de las que se habían dejado 
alucinar por los reformistas hacia mucho tiempo. Venia en seguida 
el manifíesto en que se pedia como en el articulo fírmado por el señor 
Rojas, un gobierno autonómico como el del Canadá para la Isla de 
Cuba, y la declaración de conformidad, que fírmaban centenares de 
personas, en su mayor parte hacendados y propietarios residentes en 
Villa Clara, muchos de ellos nacidos en la Península. De estos docu- 
mentos se tiraron miles de ejemplares, que se hicieron circular por to- 
da la Isla. 

Cuando los insurrectos se burlaban de la primera autoridad que 
les enviaba comisionados para entrar en negociaciones, y cuando se 
acercaba la hora de emprender las operaciones, puesto que en el largo 
plazo que se les habia dado para deponer las armas los rebeldes sólo 
habían pensado en organizarse y prepararse para el combate, ¿podía 
haber peninsulares tan candidos que de buena fé creyeran en la eñcacia 
del remedio que proponían? I^ Prensa dirigió enérgicos artículos á 
los autonomistas de las Villas y en particular á los que siendo peninsu- 
lares y cubanos leales habían firmado el manifiesto de los autonomis- 
tas. Puestas las cosas en claro se vio que todos aquellos trabajos los 
habían dirigido separatistas antiguos y bien decididos por medio de 
los afíliados en las logias masónicas. 

*** 

Desde muy antiguo se da en la Isla de Cuba el nombre de las 
Cinco Villas á todo el rico y montuoso territorio comprendido dentro 
del gran cuadrilátero con las dos costas del Norte y del Sur, las dos 
lineas que van la una desde Cienfuegos á Sagua la Grande y la otra 
desde Sancti-Spíritu á San Juan de los Remedios. Separadas de Puer- 
to-Principe por extensos territorios sin desmontar y casi despoblados, 
los habitantes de las Cinco Villas habían tenido siempre menos reía- 



cienes con los del Camagüey que con los de la ¡arte Occidental de la 
Isla, aun antes de construirse las vias férreas. En los aftos que prece- 
dieron á la revolución la población y la riqueza de aquellos fértiles va- 
lles y pintorescas sierras hábiaii aumentado mucho y se contaban nu- 
merosas fincas azucareras de las mejores de la Isla. Para formar ¡dea 
de la riqueza de aquel territorrio bastará decir que ya en el año de 
i86t en la jurisdicción de Sagua se contaban 119 ingenios; en la de 
Cienfuegos 94; en la de Villa Clara algunos más que en ésta; en la de 
Trinidad 44 y otros tantos en la de Remedios. En los puertos de Cien- 
fuegos y Trinidad, había mucho capital y mucho comercio con elextran- 
gero. Desde 1861 hasta 1868 el número de fincas de todas clases había 
aumentado considerablemente en iMrticular en la jurisdicción de Reme- 
dios. La Tenencia de Gobierno de Cienfuegos, contaba 29,701 habi- 
tantes blancos; 7,207 libres de color y 17,126 esclavos; la cabecera, que 
es la villa del mismo nombre, contaba 10,000 habitantes. I^ Tenencia 
de Gobierno de VitlaClara, 34,579 blancos; 11, aoo Ubres de color y 
6,865 esclavos. En la cabecera del distrito se calculaba que habría 
10,000 habitantes. L-t Tenencia de Gobierno de Remedios tenia 
28,593 blancos; 4,924 libres de color y 9,223 esclavos. La cabecera 
tendría unas 8,000 almas, y está situada á dos leguas del puerto de 
Caibarién por el cual hacia gran comercio. La de Trinidad registraba 
17,936 blancos; 9,034 libres de color y 10,534 esclavos. En la anti- 
gua ciudad cabecera del partido vivían unas 16,000 almas. El distrito 
de Sancti-Spíritus, contaba 27,188 blancos; 6,808 libres de color y 
8,685 esclavos. De este número vivían en la ciudad caliecera unas 
15,000 de distinta.s razas. I^ jurisdicción de Sagua, contaba 30,410 
blancos; 2,416 libres de color y 8,685 esclavos. 

De los datos estadísticos que preceden y cpie es necesario conocer 
se desprende que en las jurisdicciones de las Cinco Villas había 281,594 
habitantes; equivalente á la quinta parte de los de toda la Isla y tres 
veces más que en Puerto -Principe y las jurisdicciones del Camagüey 
donde campeaban los insurrectos libremente. El Gobierno Provisio- 
nal había nombrado Comandante General de las Cinco Villas al Briga- 
dier D. Carlos Detenre, francés de nacimiento, amigo personal del 
General Prim y enlazado con una sefiora cubana. Sus ideas jKiliticas 
eran democráticas; pero era buen esi^añol y militar subordinado. Al 
tomar posesión de su importante destino, el Brigadier Detenre, dirigió 
una alocución á los habitantes de las Cinco Villas que se publicó en 
Villa Clara el dia 22 de Enero de 1868 en la cual decía entre otras 

'■He venido aquí á regir con prudencia, con justicia y con liber- 
tad: haré cuanto me permitan mis facultades en obsequio vuestro: oiré 
con la misma afabilidad al más humilde jornalero como al más opuleu- 



\ 



^ III — 



to magnate: para mi todos los hombres de bien son iguales. * * En otro 
párrafo y tratando de la libertad de imprenta decia el demócrata Bri- 
gradier: **La prensa libre no es cosa que me asuste; al contrario, creo 
(iUG es uno de los medios más seguros y eficaces de que pueden echar 
mano los gobiernos basados en la soberanía del pueblo, en la imparcia- 
liílad, en el sufragio popular y en las leyes del deber con el mayor 
acierto.*' 

Pronto el demócrata amigo de Prim debió comprender que las 
gentes que habitaban en aquellas importantes jurisdicciones no eran 
todas tan adictas á España como él ni tan bien intencionadas. Sin 
a^uda encontró graves dificultades en el desempeño de sus funciones, y 
P^ede ser que según se aseguraba cometiera algunas imprudencias. Sea 
como fuere, lo cierto es que el Brigadier Detenre al ensayar su sistema 
tuvo c|ue dejar el mando despidiéndose el dia 23 de Enero; cinco días 
después de haber dirigido la palabra por vez primera á los habitantes 

^ las Cinco Villas se despidió de ellos en los siguientes términos: 
5^ * 'Habitantes de Villa Clara y su distrito: Al hacer hoy entrega al 

|->^ ' CiDronel D. Francisco Montaos de la Comandancia General del 
Q í^^»*tamento y Tenencia de gobierno de esta ciudad, cumpliendo lo 
d,^ ^^ ha servido disponer el Excmo. Sr. Capitán General, Goberna- 
^^^ ^viperior Civil de la Isla, no puedo menos de significaros, por este 
^X:^* ^^^ la honda pena que me causa separarme de un pueblo donde 
^^^ simpatías he encontrado. Al despedirme de vosotros os ruego 
\v^sV^is á mi sucesor la misma confianza que me habéis dispensado, 
apartándoos de toda senda que os conduzca á sinsabores, y pueda cau- 
sar alarma á vuestros convecinos, asegurando á la vez que donde quie- 
ra que la suerte me conduzca, podréis contar con vuestro amigo. — Gar- 
ios Detenre y 

Probablemente el Brigadier en los pocos días que ejerció el mando 
de aquellas jurisdicciones, ocupado en hacer protestas de su amor á la 
libertad y en recibir felicitaciones de los hermanos masones y de los 
demócratas que se le presentaban como correligionarios, no había te- 
nido tiempo de averiguar lo que allí pasaba, ni daría quizá importan- 
cia á los trabajos de los que declamando contra el pasado procuraban 
ocultar lo que pretendían conseguir. Es de advertir que á la llegada 
del demócrata Brigadier á las Cinco Villas se estaba ya preparando el 
movimiento que esperaban los autonomistas de la Habana. Justa- 
mente los órganos de éstos echaron á volar la especie de que ni aun 
con la autonomía del Canadá podían darse por satisfechos si no la ase- 
guraba la garantía de alguna gran potencia extrangera. Como lo que 
deseaban era ganar tiempo y reunir armas y pertrechos, los separatistas 
de las Cinco Villas hacía más de tres meses que al parecer desaproba- 
ban la conducta de Céspedes y Aguilera, esperando la oportunidad de 

23 



— 112 — 

dar el golpe y conseguir con más facilidad que los impacientes del 
Departamento Oriental y del Camagüey lo que consideraban como 
término de sus aspiraciones. 

Mientras esto pasaba en las Cinco Villas, en Vuelta-Abajo, y hasta 
en poblaciones poco distantes de la Capital de la Isla se notaron movi- 
mientos alarmantes. La Prensa dio cuenta de haber recibido de Mana- 
gua, escrita por persona respetable, una carta en la que se daba cuenta 
de lo ocurrido el día 4 de Febrero en las inmediaciones de aquel pueblo. 
Capitaneados por el duefío del ingenio ** La Pastora'' se habían le- 
vantado una partida de conjurados y se habían atrincherado en el mis- 
mo ingenio; pero el Teniente Gobernador de Santa María del Rosario 
y después la Guardia Civil del Calvario, con los voluntarios y la tropa 
que había en el Bejucal acudieron al ingenio. Los enemigos se habían 
escapado pero se encontró un depósito de armas. Al día siguiente pu- 
blicaba el mismo periódico la noticia de haber aparecido una partida 
de gente armada entre Cienfuegos y Villa Clara el día 6 de Febrero, y 
que el Tefniente Gobernador de Cienfuegos había salido en su persecu- 
ción con una pequeña fuerza. Así empezaba la insurrección en el 
Occidente de la Isla, cuatro meses después de haber estallado en Orien- 
te, pero dirigida por^l mismo partido que si bien divididos sus indi- 
viduos por ambiciones personales y por rivalidades de localidad, no 
tenía otro fin que conquistar la independencia de la Isla. 

Desde el día 9 de Febrero en las inmediaciones de Villa Clara se 
había establecido un campamento de insurrectos. Menudeaban las 
conferencias entre los agentes del campamento y los españoles leales 
de la población, y no faltó algún peninsular que tomó parte en las ne- 
gociaciones. Los insurrectos pedían al Teniente Gobernador la auto- 
nomía del Canadá y como era natural la autoridad de la población 
contestaba que no tenía atribuciones para concedérsela. Apesar de sus 
protestas de fraternidad, los insurrectos de la jurisdicción de Villa Cla- 
ra no dejaron de cometer muchas tropelías, y en los primeros días des- 
truyeron uno de los puentes del ferro-carril de Cienfuegos. El plan 
era dar simultáneamente el grito de insurrección en las jurisdicciones 
todas desde Remedios á Cienfuegos y declarar que ya nada se quería 
de arreglos ni de autonomía. Debía proclamarse General en Jefe de la 
insurrección al ciudadano Federico Cavada, que según los datos había 
servido como Coronel voluntario durante la guerra de los Estados Un i- 
dos. Es probable que Cavada estaba de acuerdo con los laborantes de 
la Habana entre los cuales había muchos que pensaban en la anexión 
á los Estados Unidos antes que someterse á los caudillos de Oriente y 
del Centro en cuyas filas algunos Jefes de color tenían mucha impor- 
tancia. 

En las Cinco Villas las gentes de Cabada no tan sólo robaron 



— 113 — 

establecimientos sino que mataron algunos hombres indefensos. El 
Coronel Montaos no tenía fuerzas de que disponer y no podía hacer 
otra cosa que tomar disposiciones para que los insurrectos no se apo- 
deraran de Villa Clara, que defendían los voluntarios y unos pocos 
soldados. Se comprende la importancia que tenía para la causa de 
£spa.fl£i aquella población central, residencia del Comandante General 
de las Cinco Villas y enlazada por la vía férrea con importantes pue- 
blos del interior y de las costas Norte y Sur de la Isla. D. Francisco 
M!onta.os que conocía bien la Isla, procuró ante todo atraer á los pe- 
ni nsi^ilares que se habían dejado alucinar por los separatistas: pasó repe- 
^^<ios telegramas y enérgicas notas al Capitán General dándole cuenta 
detallada de todo cuanto pasaba en aquellas jurisdicciones y exponien- 
do los proyectos de los enemigos: y como Dulce y cuantos le rodeaban 
conocían perfectamente el carácter del Coronel Montaos, no pudieron 
desatender los telegramas y notas de un militar de tales condiciones. 
I^csde entonces se notó más actividad en la Capitanía General: se puso 
mayor cuidado en la elección de los Jefes que debían mandar las fuer- 
^^s y desempeñar los cargos de Tenientes Gobernadores. Por la vía 
^^ Ba tábano salieron tropas de la Habana para Cienfuegos y otras po- 
blaciones del Sur; mientras que los entusiastas voluntarios de Colón, 
^^^denas y Matanzas, se pusieron en movimiento de orden de la Capi- 
tanía. General, y organizando juntos una respetable columna de Infan- 
'■^^^^ y Caballería, pudieron contener el movimiento de avance de 
los reh)eldes de las Villas. 

Hora era ya de que la primera autoridad de la Isla de Cuba abrie- 

^^ los ojos: puede decirse que en la primera mitad del mes de Febrero 

^^ I 869 fué cuando la causa de la Nación Española corrió mayor peli- 

S''o en la Grande Antilla. Los peninsulares y cubanos leales de las 

^^nco Villas en su mayor parte creían que era lo más conveniente en- 

^nderse con los autonomistas: de la Península llegaban constantemen- 

^ nialas noticias, puesto que hasta se pedía la venta de la Isla de Cuba 

^ *os Estados Unidos y la independencia de los cubanos en folletos y 

*^^*ódicos á ciencia y paciencia del gobierno. Gracias á la juventud 

^*^rosa, enérgica é ilustrada que ateniéndose á los sólidos argumentos 

-^ ^ los inflexibles principios de la ^^ Prensa'' y de la Voz de Cuba que 

scí^undaba noblemente, los egoístas utilitarios que siendo españoles 

^**^s buscaban los medios de conservar sus fortunas, tuvieron queg'iar- 

^^ silencio y dejar que los más que eran los decididos á defender la 

^^^^Sridad nacional á toda costa, dieran la palabra de orden á los lea- 
les d^ ^^j^ j^ jg|^ 

I*ero al lado del general Dulce, á pesar de haber emigrado ya al- 
g^^txos laborantes de los más comprometidos, quedaban todavía políti- 
c<^s Viábiles trabajando en favor de sus ideales, y creían que lo que de- 



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— 114 — 

bían procurar ante todo era sofocar al elemento español que llamaban 
intransigente. Había algunos altos funcionarios públicos que secun- 
ban á los hábiles políticos por la cuenta que les tenía, pues contaban 
que con algunos meses que pudieran conservar sus empleos, les im- 
portaría poco tener que abandonar después la Isla. A pretexto de 
evitar la excitación de las pasiones, se trató de suprimir todos los jie- 
riódicos de la Habana, dejando únicamente Za Gaceta del Gobierno. 
Todos los españoles leales comprendieron en el acto que el gol[)e se 
dirigía á sus periódicos. Habiendo tratado de restablecer la previa 
censura, claro está que habían de desaparecer los periódicos que hacían 
propaganda separatista: á los laborantes les convenía que desaparecie- 
ran al mismo tiempo la Prensa y la Voz de Cuba. La primera recibía 
noticias de todas las poblaciones de la Isla y la autoridad no podía ya 
desentenderse de lo que publicaba la Prensa. El Teniente Gobernador 
de Remedios y los voluntarios de Camajuaní estaban dispuestos á defen- 
der la nacionalidad á toda costa. Se sabía que en un ingenio se reunían 
jiersonas sospechosas y que tenían los conspiradores depósitos de ar- 
mas: se daba parte á la autoridad y nada se resolvía. Por último, el 
Gobierno Superior pedía explicaciones al Comandante general de las 
Villas respecto á la suspensión de un Juez de Primera Instancia. La 
digna autoridad local contestó que el referido Juez no había sido sus- 
pendido sino que se había marchado con los rebeldes. La Prensa que 
sabía y publicaba estas noticias y otras de la misma gravedad, estaba 
bien informada de lo que en los salones de la Capitanía General con- 
tinuaba su tarea; aun cuando contaba que no había de conseguir que 
la Primera Autoridad se desengañara del todo. El General Dulce 
creía á los falsos amigos cuando le decían que los españoles leales daban 
á la insurrección de las Villas más importancia de la que tenía. Por 
esto se recibían con indiferencia ¡martes como el del Capitán de partido 
de Seibabo en que decía que por la noche iban á caer sobre aquel pun- 
to 300 insurrectos. El nuevo Comandante General de las Villas ad- 
vertía que la prisión simultánea de algunos sugctos reconocidos como 
principales agitadores desbarataría todos planes. La contestación que 
recibió de la primera Autoridad de la Isla fué original: se le contestó 
por telégrafo que los prendiera si tenía la certeza de que conspiraban; 
que se les sumariara y se diera cuenta de lo que resultara contra ellos. 
Como no se podía tener la certeza del delito antes de sumariarlos, no 
fueron presos. ¿Es procediendo de esta manera como se sofocan las 
revoluciones? Aquellos directores de la revolución pronto estuvieron 
al frente de tres ó cuatro mil hombres en Manicaragua, esperando que 
se les reuniesen los insurrectos de Trinidad y Sancti-Spíritus. 

Entre tanto, llegaban constantemente á la Habana españoles pro- 
cedentes de todas las jurisdicciones de Cinco Villas, que habían visto 



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•f. 






— US — 

sus casas saqueadas y que con trabajo habían conseguido salvar sus vi- 
das. Estos contaban todo lo que había pasado y se burlaban de los 
¿íue habían creído que los rebeldes de las Cinco Villas no eran tan 
decididos partidarios de la independencia como los de Bayamo y los 
de Puerto-Príncipe. Aquella indiferencia del Gobierno exasperaba á 
los leales, y cada uno comentaba á su manera los hechos conocidos de 
todos. Los telégrafos funcionaban y las comunicaciones terrestres eran 
continuas entre la Habana y Cienfuegos. En tales circunstancias y 
después de lo que había sucedido, considérese el efecto que debía pro- 
ducir en el ánimo de los españoles la noticia que se recibió de que, 
cuando el primer Comandante General de las Cinco Villas había reci- 
bido al fin la orden de proceder al arresto de los directores de la insu- 
iTección, hacía ya seis días que estaban en el campo de los insurrectos. 
^or fin la mar de fondo que se levantaba contra los malos consejeros 
^^l Capitán General y contra la política que se seguía con los que se 
habían levantado en las Villas porque lo habían hecho al grito de 

m 

¡Viva la autonomía! y no al de ¡muera España! como los de Bayamo 
impresionaron á ciertos intrigantes. Nadie creía en las noticias falsas 
Qe arreglos que daban los hábiles políticos que tanto abusaban de las 
preocupaciones, de la falta de salud y del apasionamiento del General 
I'Ulce. Muchos de los que tenía por amigos emigraban y los que se que- 
daban no frecuentaban tanto los salones de Palacio. Entonces algunos 
"Ombres de corazón consiguieron hacerse escuchar: y como en la Haba- 
na había fuerzas disponibles se enviaron tropas á las Cinco Villas. Aun- 
^^e la. estación era la mejor del año no se pudo reparar de golpe el 
'^al: fué preciso empezar la lucha en las Villas como cuatro meses an- 
tes en Oriente. Si se hubiesen enviado fuerzas á Vi Hadara cuando las 
P^^ia. el Comandante General y las había disponibles en la Habana 
^^ hubiera cortado el levantamiento. Por las intrigas de los laboran- 
^^ y con las noticias falsas de negociaciones y arreglos no se declaró 
^ í -^l^. en estado de sitio; no se emprendieron debidamente las opera- 
^loi-^^^ militares y los enemigos se prepararon para una lucha, larga, 
^^^^^•"ienta y dispendiosa. 



CAPITULO XI. 



Cambia la política.— Nueva Ley de imprenta.— Delitos de infidencia.— 

Termina el plazo ftmesto.— Actos de crueldad de los rebeldes. — 

Los leales se defienden.— Morales de los Bios, Claudio Herrera 

y otros jefes baten al enemicro.— Llegan fuerzas.— Sale Pueyo á 

campaña.- Estado de la Isla. 



No habiendo podido realizar el plan de suprimir todos los perió- 
dicos, menos la Gaceta, y continuando las publicaciones separatistas 
y las que á pretexto de defender las ideas democráticas les servían de 
auxiliares, desde que se vio la urgencia de cambiar de política, en vis- 
ta del incremento que tomaba la insurrección con tanta tolerancia, se 
trató de contener á los audaces escritores separatistas, autonomistas y 
demócratas. Para dar una idea de lo que en Febrero de 1869 se escri- 
bía en la Habana bastará decir que cuando el conocido escritor demó- 
crata D. Juan Martínez Villergas, fundador y propietario del Moro 
Muza, regresó de la Península, lo primero que hizo fué declarar categó- 
ricamente que no reconocía como política suya la que durante su au- 
sencia había heoho dicho periódico, cuya dirección y redacción había 
dejado á cargo de demócratas, algunos de ellos funcionarios públicos. 
El Sr. Villergas procedió en esto romo español de corazón, puesto que 



- 117 — 

^1 Moro Muza con sus elogios á las personas que rodeaban al General 
/?ü/ce, con sus ditirambos á la política de tolerancia y con sus ataques 
á 7a jPrensa que calificaba de retrógrada había prestado durante aquellos 
/neses valiosos servicios á los separatistas. • 

Al fin se cambió en parte de política, y en las columnas de Id Ga- 
cefa ¿/el Gobierno se publicaron los siguientes decretos: 

Gabierno Superior político de la siempre fiel Isla de Cuba, — El 
plazo fijado por mi decreto del 12 de Enero espira el veinte de este 
mes. 

«El Gobierno provisional de la Nación quiso dar ejemplo de tole- 
rancia y de concordia y fué el primero en proclamar, con los princi- 
píos salvadores de la revolución de Setiembre, una nnevd era de re- 
conciliación y de olvido. Yo así lo dije en su nombre, y á mis pala- 
^i^as fueron muchos los insulares que, comprendiendo el verdadero y 
^^g^timo interés de la Patria, aceptaron el honroso beneficio de una 
ttiedida, que, á más de proporcionarles bienestar y reposo en el seno 
de sus familias, auguraba el término de una lucha para ellos desespera- 
da y estéril. 

«Los trastornadores, sin embargo, del orden público; aquellos que 
fian su importancia presente y su medro futuro en la destrucción ine- 
vitable y el aniquilamiento necesario de la Patria en que nacieron, y 
otros que procuran retardar de esta manera la acción de los tribunales 
"^ justicia, lejos de cesar en ellos, redoblan sus astutas maquinaciones 
con el criminal propósito y deliberado fin de colocarme en la doloro- 
^ a^lternativa, ó de permanecer indiferente y tibio en presencia de los 
proyectos insensatos que pugnaban, ó de recurrir á medidas violentas 
y de viciosa interpretación siempre, y que, sobre haber repugnado á 
"^1 Carácter, hubieran contribuido á poner en duda la estabilidad de 
^^ Concesiones políticas de la Revolución y el noble deseo de regene- 
^*ores impulsos del Gobierno Provisional. 

**^ Desgraciadamente para ellos han conseguido lo segundo. 
.^^ ** Abierto tienen, empero, el camino trazado en mi decreto de am- 
^^^^^^ los insurrectos de Yara y cuantos se encontraban con las armas 
^^\5i mano el dia 12 de Enero; abierto lo tienen hasta el día 20 del 
pésente mes. No así los que hoy alucinados sin duda por la imagi- 
naria quimera de la posibilidad del triunfo, se levantan en son de gue- 
rra, al grito de independencia, incendiando fincas, y destruyendo el 
porvenir de infinito número de familias. No cuenten éstos ni los que 
les sirven de dóciles instrumentos, con la generosidad del Gobierno. 
Las cuestiones sociales reclaman eficaces remedios y terribles sacrifi- 
cios. Se han equivocado grandemente al interpretar como flaqueza la 
que ha sido tolerancia del Gobierno. 

«La opinión publica en el resto de la Nación Espafiola se mani- 



fiesta unánime; ta integridad del territorio á todo trance, y el sosiego 
público, como el mejor cimiento de la libertad política de un país. 
El Gobierno provisional contrajo el solemne compromiso de conservar 
aquélla y el de salvar el sagrado depósito que le encomendóla Revolu- 
ción espafiola. 

íEI Gobierno Provisional cumplirá tan ineludible obligac¡<in. 

«Deplora, sin embargo, verse compelido por la mala voluntad de 
los menos y la absurda ingratitud de los más, á la adopción de medidas 
que, no porque las autorice la legalidad de la revolución, dejan de ser 
contrarias al espíritu de progreso y á la esencia de las instituciones 
modernas. 

oAsí, pues, y en uso de las facultades extraordinarias de que me 
ha revestido el Gobierno provisional de la Nación, decreto lo siguiente: 

«Artículo io — Cesan por ahora y mientras duren las actuales cir- 
cunstancias, los efectos de mi decreto del 9 de Enero, sobre libertad 
de imprenta. 

mArt. 20 — Queda restablecida la previa censura. 

•'.'Vkt. 39 — Los causas incoadas ya seguirán los trámites que mar- 
can las leyes, con arreglo á las prescripciones del decreto del 9 de 
Enero. 

hArt. 40— No se repartirán los periódicos sin el permiso escrito 
del fiscal. 

«Art. ío — No podrá publicarse ningún periódico sin licencia del 
(lobierno Superior Político. 

"Art. 69 — 1.a contravención de cualquiera de estas disposiciones 
será considerada como delito de infidencia, y sus autores entregados á 
los Consejos de Guerra. — Habana 12 de Febrero de 1869. — Domingo 
Dulce». 

«En uso de las facultades extraordinarias de que me ha revestido 
el Gobierno provisional de la Nación, decreto lo siguiente: 

oArtículo 10 — Los delitos de infidencia serán juzgados por los 
Consejos de Guerra ordinarios. 

«Ari\ 39 — Las causas incoadas ya, seguirán el curso que marcan 
las leyes de los tribunales de Justicia. 

«Art. 30 — Toda agresión de obra ó de j^alabra contra cualquiera 
de los delegados del Gobierno será considerada como delito atentato- 
rio á la Autoridad, y quedará sujeto su autor á los Consejos de Guerra. 
— Habana 12 de Febrero de 1869, — Domingo Dulce». 

Aunque se reconocía que el Gobierno quería iniciar otra política, 
el preámbulo del primero de los decretos y el contenido del segundo 
no eran por cierto muy apropósito para satisfacer á los leales. La su- 
presión de la libertad de imprenta y restablecimiento de la previa cen- 
sura se consideraban medidas convenientes; pero era de temer que el 



- 119 - 

rígor de las nuevas leyes se hicieran sentir más contra los leales que 

pudieran faltar de obra ó de palabra á los delegados de la autoridad, 

que contra los enemigos de la Patria. En primer lugar era dirigir una 

nueva, advertencia, fuera de tiempo á los insurrectos, cuando se sabia 

que rio querían presentarse ni entrar en negociaciones. ¿Con qué ob- 

Jtto se recordaba el término del plazo de los cuarenta días en el preám- 

buLo de la nueva ley de imprenta? ¿No era aquello una advertencia á 

/os periódicos españoles? Lo más particular del caso fué que en se- 

g^*<ia. de los decretos se publicó la siguiente prosa del Sr. Secretario 

^^l Oobierno Superior Político, que era un distinguido poeta: 

«*• No tienen fundamento ninguno, decía, los rumores que circulan 
^n esta ciudad, sin otro fin que el de alarmar á las familias. Después 
del día 20 sucederá lo que hoy sucede. Los tribunales continuarán 
en el ejercicio de sus funciones, y únicamente los trastornadores del 
orden publico y los enemigos de la Patria, estarán expuestos á la in- 
mediata y severa aplicación de las leyes guardadoras y protectoras 
Siempre del hombre honrado y pacífico, cualesquiera que sean sus opi- 

«Toda noticia en contrario que circule, ofende á la Autoridad, y 
^s una mancha en la proverbial hidalguía española; y la Autoridad está 
resuelta á que se apliquen sin contemplación ninguna las prescripcio- 
nes del Código, si lo que no cree ni espera, hay insensatos que pro- 
niuevan trastornos bajo este ó el otro pretexto, en la Capital de la 
P'^^vincia de Cuba ó en cualquiera otra parte de la Isla». 

IDejando aparte las poco meditadas observaciones de la Secretaría, 

Que Venían en pos de los decretos, es un hecho que si éstos se hubie- 

^^^ publicado veinte y cinco días antes, después de los sucesos san- 

s^ieiitos que van referidos, hubieran producido mejor efecto. Promul- 

*^^^^^^^s tales decretos con tales observaciones después del fracaso de los 

'^"^ isionados enviados á los insurrectos; cuando ya había estallado y 

"^^^cJo mucho incremento la insurrección de las Cinco Villas y cuan- 

la mayor parte de los que poco antes eran consejeros áulicos del 



, . ^r-al Dulce estaban en los Estados Unidos, donde habían sido reci- 
^-*Os como aliados por los separatistas, poniéndose á trabajar con ellos 



'\fOX de Céspedes, no podían devolver á la Autoridad el prestigio 

t^abía perdido. Se cometió además la falta de elegir Censor de 

a á un abogado que siempre había estado identificado en ideas 

miraciones con El Siglo, Los directores de la Prensa y de la Voz 

ba estaban poco dispuestos á abandonar el campo, y continuaron 

*"* V:>iendo sobre la situación del país y sobre las medidas que á su jui- 

^^ debían tomar para acabar con los rebeldes y emprender la reor- 

^.^ dación del país; pero tenían ambos periódicos que sostener una 



y 

de 



ci 



dV^^ 



"^sión cada día con el Censor, quien al parecer no tenía otra misión 



24 



que jiasar et lápiz rojo por las columnas de los artículos editoriales y 
encima de las noticias de la Isla que insertaban los dos únicos defen- 
sores decididos de la nacionalidad española. No pudiendo resistir 
más, el director de la Vas de Cuba se qurjó al general Dulce, y consi- 
guió que el Sr. Gobernador Político de la Habana, D. Dionisio Ló|)ez 
Roberts le censurase el periódico. El director de la Prensa puso al 
Censor en la necesidad de cambiar de sistema. Lo dicho basta para 
demostrar cuan tirantes eran las relaciones entre la primera Autoridad 
de la Isla y los que representaban á los únicos elementos con ijue en 
Cul)a se debia contar para la defensa de la nacionalidad española. 

Mucho debió sufrir el general Dulce al saber que la mayor parle 
de los que tanto le habían obsequiado y habían merecido su confianza 
pocas semanas antes, apenas desembarcaban en New- York, se afiliaban 
en los clubs de los jxirtidarios de la independencia de Cuba, contri- 
bulan con sus donativos á aumentar el fondo de la Junta Cubana y de- 
claraban que toda su vida hablan tral>ajado contra la nacionalidad es- 
paflola. El general Dulce, que al desembarcar, dispuesto á seguir bs 
instrucciones del Gobierno Provisional de la Nación, habla recibido 
como amigos leales á los hombres que durante su primer mando en la 
Isla se le vendían por amigos leales, españoles fieles y partidarios de 
las instituciones democráticas, no podía creer que hubiesen vendido, 
hipotecado y traspasado sus fincas á subditos extranjeros con el fin de 
poder prestar auxilio á los insurrectos. Pero los hechos eran eviden- 
tes, y debió conocer el alucinado general que cuando aseguraban que 
planteando instituciones democráticas en Cuba se podría conservar la 
paz sin necesidad de ejércitos ni escuadras, s61o se proponían conse- 
guir que en virtud de sus informes la Isla de Cuba queda.se indefensa 
y pudiesen los conjurados conseguir su independencia sin necesidad 
de Kicliar con los elementos dispuestos á defender á todo trance la na- 
cionalidad española. Algunos demócratas peninsulares, que se alegra- 
ron de ver al general libre de los titulados reformistas cubanos que se 
liablan burlado de él, lo rodearon y le a.seguraron que terminado el 
plazo de lus cuarenta días, atacando á los insurrectos con todas las 
fuerzas de (jue podía disponer, conseguiría ¡xicificar la Isla en pocas 
semana*; y se cubriría de gloria planteando en la Grande .\ntilla las 
instituciones democráticas. Aquellos demócratas peninsulares habla- 
ban de buena fé al General Dulce y éste, propenso siempre á creer to- 
do lo que estaba conforme con sus ideas y aspiraciones, sólo pensó en 
llevar á cal)o el plan que había expuesto el gruiK- de demócratas |>enin- 
sulares que tenía gran prestigio entre los funcionarios públicos. 



— 121 — 



El plazo concedido á los rebeldes para deponer las armas había 
terminado. Lejos de acogerse al indulto algunos de sus caudillos lia- 
bíaa tolerado y quizá procurado que los insurrectos cometieran repeti- 
dos actos de crueldad en varias jurisdicciones. Quizá los sagaces 
cabecillas esperaban que habiendo cometido tales delitos los campesi- 
nos qixe acaudillaban no se atreverían á presentarse por temor de los 
castigos que la Autoridad pudiera imponerles. Desde que no habían 
depuesto las armas era necesario someter á los rebeldes por medio de 
la fuerza. Quedaban todavía dos meses de tiempo fresco y seco, y era 
necesario aprovecharlos, ya que se habían j^erdido los mejores meses 
del afío, que son Enero y Febrero, para la campaña en la Isla de Cu- 
^a. Debían emprenderse las operaciones militares bajo un buen plan, 
puesto que se había tenido tiempo de sobra para prepararlo todo. En 
efecto: algo se había hecho cuando se mandaron tropas á distintos 
puntos; se organizaron varias columnas cuya mando se confirió por lo 
general á jefes acreditados y muchos de ellos conocedores del terreno 
que ocupaba el enemigo. Al mismo tiempo los Tenientes Goberna- 
dores, con el concurso de los voluntarios, tomaban las disposiciones 
n^ás acertadas para defender las poblaciones y caseríos de sus respecti- 
v'cs distritos. El de Trinidad publicó el día 12 de Febrero la sjguien- 
^^ Ori>en del día: 

« Comandancia militar de Trinidad, — El heroico comportamien- 
to tenido por el Capitán Pedáneo de Sipiabo, D. Antonio Conde, con 
^'^ínte y nueve voluntarios del poblado del Jumento y dos soldados, á 
las once y media de la noche del 8 del actual, contra doscientos insu- 
rrectos, es digno de todo elogio, pues con el denuedo y arrojo de este 
puñado de entusiastas, los voluntarios insulares y peninsulares, recha- 
zaron y pusieron en precipitada fuga á los doscientos insurrectos, se- 
S^n manifestación hecha por D. José Le/xano, jefe de la misma parti- 
^^ <lue hicieron prisionero, y varios heridos, cogiéndoles además quin- 
^^ 3.rmas de fuego útiles, de la clase de carabinas Minié, cananas y 
^^^petas de dos cañones; seis caballos, siete sombreros con escarapela 
y otros efectos, sin tener que lamentar desgracia alguna por nuestra 
parte- distinguiéndose por su arrojo y decisión el capitán Conde y los 
^ ^^ cié voluntarios D. Manuel López Cacho y D. Antonio Modesto 
'^^S^i-, con sus dos hijos y D. Manuel Liborio Carreras. 

^ X^o que se inserta en los periódicos de esta cabecera para general 
^c^<:^imiento y satisfacción de los buenos habitantes de esta ciudad. — 
***ciad 12 de Febrero de 1869. — Francisco Patino». 

-¿aunque de poca importancia este hecho de armas levantó el espí- 

^ I>Ciblico. En las Cinco Villas las operaciones militares empezaban 

^ ^ ^Vienta y riesgo de los españoles leales, insulares y peninsulares 

^^^ ^l estallar la insurrección, se habían armado por su cuenta, dis- 



puestos á defender la bandera escafiola. Sin esperar que el Gobierno 
Superior de ia Isla les diera órdenes, y aunque no habia espirado el 
plazo concedido á los rebeldes, éstos atacaban y los leales se defendían 
apesar de contar (¡ue no se habían de destacar tropas en su auxilio. 
Los voluntarios y los particulares que no querían tonuir parte en la 
insurrección, nombraban jefe al particular ó funcionario público que 
más conñanza les inspiraba, y defendían sus respectivos pueblos y 
hasta sallan en persecución del enemigo. Lo que pasó en el Jumento 
nos da una idea de lo que sucedía en otras poblaciones. Donde hnbo 
algunos españoles de corazón, insulares y peninsulares, se organizaron 
voluntarios de infantería y caballería que son el principal sostén de la 
nacionalidad española. 

Publicóse en aquellos días una aclaración del decreto del día ii 
de Febrero, sobre los delitos de infidencia, que debian ser juzgados 
l>or los Consejos de guerra, lo mismo que los robos en despoblado y 

El dia 15 de Febrero se recibió en la Habana la noticia de haber 
sido derrotados los rebeldes de las Cinco Villas en Manicaragua. Los 
insurrectos en número de dos mil estaban acampados, cuando llegó allí 
la primera columna que salió de la Capital de la Isla con el objeto de 
proteger á los leales. Se componía de soldados de artillería é iba á 
las órdenes del Coronel de la misma arma Morales de los Rios. Los 
soldadas cayendo sobre el enemigo, lo dispersaron matándole más de 
treinta hombres. En aquellos mismos días empezaron la campana los 
voluntarios de caballería del escuadrón de Guamutas, de la rica juris- 
dicción de Cárdenas. Este escuadrón lo alistó y organizó en pocas 
semanas D. Claudio Herrera que tomó su mando. Constaba de 250 
hombres, que se llamaban Chapelgorris por haber adoptado la boina 
roja que debía ser el terror de los rebeldes. Estos decididos volunta- 
rios del escuadrón de Guamutas eran en su mayor parte hombres de 
campo hijos de la Isla de Cuba, y se encargaron de perseguir á los 
enemigos de España por los pantanosos terrenos del Jagüey Grande y 
por la Ciénaga de Zapata, donde fueron á buscar refugio los insurrec- 
tos al verse perseguidos por las trojas y voluntarios. Los de Bemba 
fueron también de los primeros que organizaron cuerpos y secciones 
de voluntarios de infantería y caballería, y á la primera seflal corrieron 
alas armas y contribuyeron eficazmente á dispersar y acorralar á los 
enemigos, que tan orgullosos se presentaban hacía pocos días. Al día 
siguiente, es decir el 16 de Febrero, se recibió en la Habana una bue- 
na noticia de Manzanillo. El coronel Loño, con una columna poco 
numerosa, habia llegado á dicha población de la costa del Sur de la 
Isla, bajando desde Bayamo y arrollando á los rebeldes cuantas veces 
trataron de impedirte el paso, apesar de las trincheras que hablan le- 










— 123 — 

cantado en las más ventajosas posiciones y apesar de los árboles que 

^bían cortado y atravesado \)ot el camino. Se supo después que va- 

^os cabecillas reunidos y contando con 250 hombres habían atacado 

^/ pueblecito de Mayagigua, en la jurisdicción de Remedios. Según 

noticias los pocos españoles leales del pueblo, en su mayor parte pe- 

'^'nsu lares, trataron de defenderse; mas hubo otros vecinos que hablan 

^^do palabra de ayudarles, abandonaron el pueblo y se pasaron al ene- 

*€'or como si esto no bastara, reunidos todos entraron á saco á las 

^sas- las incendiaron llevándose á siete i>eninsulares que se habían 

'^Mciido heroicamente y los mataron á machetazos! Esta noticia 

^. ,A **^rfctada, ampliada quizá y exagerada, exaltó los ánimos de los leales. 

s;;^^* ^"tnpezó aquella lucha que debía durar tanto tiempo y costar tanta 

**" ! En aquellos mismos días fueron también sacrificados 56 infe- 

cjue en las inmediaciones de Trinidad cayeron en poder de los 

les! 

i se tiene en cuenta que todo esto sucedía antes de terminar el 
concedido á los rebeldes para deponer las armas y cuando aun 
n en la Habana y continuaban siendo amigos del general Dulce 
^^s hombres que el público sabía que eran enemigos de España se 
^^ víV^renderá lo que perdía en prestigio la primera Autoridad y lo que 
•^igraba el orden público en las poblaciones donde las autoridades y 
las personas calificadas de enemigos de España no fueran prudentes. 
El elemento español predominante en las principales poblaciones de 
la Isla podía tomar un día medidas extremas. Federico Cavada y Vi- 
llergas fueron los dos jefes rebeldes que prendieron á los 56 infelices: 
se dijo que primero mandaron fusilar á once en presencia de sus desdi- 
chados compañeros, quienes fueron después sacrificados por grupos en 
distintas localidades, después de haber sido tratados cruelmente. Des- 
pués de estos actos de crueldad ya se puede suponer que la guerra se 
había de hacer sin cuartel, aun cuando se encontraran luchando en 
distintos bandos individuos de la misma familia. 

El día 1 7 de Febrero llegaron á la Habana en el vapor correo 
procedente de la Península los Mariscales de Campo D. Antonio Ló- 
pez de Letona y D. Antonio Peláez; los brigadieres D. Carlos Nava- 
rro, D. José López Pinto y D. Félix Ferrer; los coroneles D. Asencio 
Martínez, D. Ramón Fajardo, D. Federico Montero y D. Alejandro 
Rodríguez. El mismo vapor correo condujo 589 soldados del batallón 
de San Quintín. También llegó en el mismo buque el Sr. D. Mauri- 
cio López Roberts, hermano del Gobernador civil de la Habana, que 
pasaba como Ministro plenipotenciario de España á Washington. Los 
expresados generales, jefes y oficiales, lo mismo que los soldados salie- 
ron de la Habana para los puntos donde fueron destinados al día si- 
guiente de su llegada. 



Desde entonces se notó que se desplegaba mucha actividad en 
todas partes. Las tropas se movían, los jefes que llegaban eran inme- 
diatamente destinados á distintos puntos de la Isla y los va[K)res de la 
costa del Sur como los de la del Norte trasportaban tropas y jtertre- 
chos á los puertos de los de par lamen tos Central y Oriental, mientras 
que por los ferrocarriles de Matanzas, Cárdenas y Júcaro remitían 
también pertrechos á las Villas. Nadie ignoraba que en la Isla de 
Cuba había elementos de sobra para perseguir con actividad á los ene- 
migos; sin embargo aquel movimiento de tropas que se notaba desde 
mediados de Febrero no inspiraba gran confianza porque se decia que 
nadie sabia qué plan se proponía seguir el Capitán General: hasta se 
aseguraba que toda aquella actividad desplegada cuando tan próximo 
estaba el término del plazo sólo obedecía al deseo constante del Gene- 
ral Dulce de tratar con los enemigos. ¿Se creería que los cabecillas 
de los rel>eldes, al ver aquellos preparativos escucharían proposiciones 
de convenio? Según parece se liabian dado pasos en sentido favorable 
á las negociaciones, que como los anteriores resultaron infructuosos. 

Ajwsar de la previa censura la Prensa con la perseverancia y ener- 
gía de que habla dado tantas pruebas, encarecía la necesidad de decla- 
rar la Isla en estado de sitio. «Teniendo el Capitán General extensas 
facultades y estando animado de los mejores deseos, como los tiene á 
no dudarlo, puede tomar las más enérgicas medidas ¡jara conseguir 
pronto et triunfo, decia. Siguiendo el ejemplo de nuestros enemigos 
los laborantes, debe la Autoridad Superior de la Isla de Cuba repetir 
las enérgicas frases de los que al iniciar sus trabajos, se dirigieron á 
todos sus amigos quedirecta ó indirectamente podían ayudarles con la 
cómica frase, equivalente á una alocución, y que publicaron en todos 
los periódicos de los Estados Unidos: «¡Laborens! Now or never! 
Governement of the conntry by the countryu, imprimiéndose miles de 
ejemplares en castellano que rejíartieron sus activos agentes. 

«¡Ahora ó nunca! debe decir á todos la Primera Autoridad y to- 
dos los espafíoles cubanos y peninsulares contestarán que eslán dis- 
puestos á no perdonar gasto ni sacrificio para acabar pronto con los 
enemigos.» 

La Prensa y la Voz de Cuba, continuaban su tarea, denunciando 
abusos hasta donde les era permitido. Un día que un tren del ferro- 
carril de Batabanó, llegó á su destino con dos horas de retardo y el 
vapor de la costa del Sur no lo es¡>eró habiendo tenido los soldados 
que esperar dos días en el Surgidero, la Prensa denunció el hecho y 
el Censor no pudo impedir que pidiera la formación de causa á los 
culpables de la demora, porque el director del periódico dijo que ha- 
■ bla resuelto publicar la noticia sin licencia, El administrador del 
ferrocarril dió explicaciones sobre el retardo del tren; pero á los pocos 



- 125 - 

días dejó su cargo embarcándose para New- York, donde ocupó el que 
le correspondía entre los que, por confesión propia, trabajaban hacia 
%ioHo tiempo contra la dominación es[>afíola. 

IVlientras el coronel Morales de los Ríos, con la columna de arti- 
llería, continuaba la persecución de los rebeldes de las Cinco Villas, 
otroíi jefes á cuyas órdenes se habían puesto los soldados recien llega- 
dos y los voluntarios de distintas poblaciones trabajaban activamente 
Parü exterminar á las partidas rebeldes. Una de éstas, bastante nume- 
rosa. ^« aproximó á Trinidad: inmediatamente salieron fuerzas y les 
pa5ic«-on en precipitada fuga. Una columna mandada por el teniente 
coror^^l Bascones, alcanzó y batió en Sipiabo otra gran partida de in- 
sun-^^^ ios. De Matanzas para Bolondrón dos compañías de volunta- 
nos^ á. las órdenes del rico comerciante D. Juan Soler, teniente coro- 
nel d.^ uno de los batallones de la ciudad, y allí reunidos con otras 
dos cr <z>mpañías del mismo cuerpo, recorrieron varios puntos donde los 
^^'^^^is de los cabecillas de otras jurisdicciones procuraban alterar el 
oti^j-^ . Las cuatro compañías de voluntarios de Matanzas, á las órde- 
^^ <i^l Sr. Soler consiguieron que no se alterara allí el orden. Por 
f" T>í^í-te de Sagua aumentaba el número de los rebeldes, apesar de haber 
*^^^ tatida una partida de más de 400 hombres por las fuerzas que 
^^^^aba el teniente de la Guardia Civil D. Manuel Vizcaíno, com- 
Pvi^íj^;^^ de 16 guardias de si% tercio y 40 voluntarios de infantería y ca- 
^*^^ria mandados por los capitanes D. Nicasio Viñas y D. Antonio 
^í^a. <iel partido de Santo Domingo. Por la parte de Remedios y 
^*Uai7a,cabulla los insurrectos saqueaban las tiendas y mataban á sus 
^^^fios si tenían la desgracia de caer en sus manos. Los voluntarios 
dtifendían y las autoridades locales de la jurisdicción i^edían refuer- 
^^- Los voluntarios de Cárdenas y de Colón se habían puesto sobre 
.^^ orinas y recorrían aquellas jurisdicciones donde radicaban los más 
'^Poftantes ingenios de la Lsla á fin de impedir que los cabecillas de 
- "^ CÜ i neo Villas trataran de propagar el fuego de la insurrección en 
* O venios donde trabajaban tranquilamente tantos miles de esclavos. 
V '^ria palabra, antes de terminar el plazo consabido, en todas partes 

j^ ^^^^n empezado las operaciones militares, por iniciativa de los volun- 
^ *c>s y de los jefes de columna ansiosos de contener por la fuerza á 
^^emigos que no querían deponer las armas. 

Como habían llegado ya á la Habana bastantes fuerzas de la Pe 
^^Vila, en 24 de Febrero salió por el ferrocarril de Batabanó el 
^^^^x\o. Sr. Mariscal de Campo D. Ensebio Puello, uno de los distin- 
^ ^^os dominicanos, que al abandonar nuestro ejército Santo Domin- 



1 

\ 



go se embarcaron como españoles para Cuba. Los agentes de los insu- 
rrectos habían conseguido seducir á muchos de los jefes y oñciales 
dominicanos que también hablan servido en el ejército español; pero 
Fuello, Valera y otros permanecieron sordos á las pérfidas insinuacio- 
nes de los insurrectos cubanos y prestaron en la Grande Antilla bri- 
llantes servicios á la causa de Es|)aña. 

El general Fuello debía operar en las Cinco Villas. En conse- 
cuencia se habla puesto á sus órdenes una columna compuesta del 
batallón de cazadores de San Quintín y una sección de caballería cuyas 
fuerzas sumaban unos mil hombres. Conocedor de la guerra de mon- 
taña y sabiendo lo que se debe hacer en estos climas, el general Fuello 
merecía la confianza de sus soldados como la del público. Por ultimo 
se preparaba para salir otra columna compuesta del batallón de caza 
dores de Chiclanay alguna otra fuerza; de manera que al terminar el 
mes de Febrero habían salido de la Habana todas las tropas disponi- 
bles, quedando el servicio de la plaza, la guarnición de las fortalezas y 
la vigilancia de las inmediaciones de la Capital á cargo de los cuerpos 
de voluntario:', que después de lo que había pasado sabían que eran 
suficientes para desbaratar cualquier proyecto de los enemigos. Se 
había terminado el alistamiento de un cuarto batallón de voluntarios 
movilizados que fué inmediatamente destinado al departamento Orien- 
tal donde debían activarse las operaciones. Pasaban ya de cuatro mil 
los voluntarios movilizados que estaban en activo servicio en su mayor 
parte peninsulares aclimatados, eran los mejores compañeros que po- 
dían haber encontrado los soldados recien alegados de la Península. 

Apesar di^ todo, al terminar el mes de Febrero de 1869, la situa- 
ción de la Isla de Cuba no podía considerarse satisfactoria. Los in- 
surrectos tenían ya levantadas las jurisdicciones de Cinco Villas y 
amenazaban por una parle la jurisdicción de Matanzas y por otra 
las de Vuelta Abajo. Por la Ciénaga llamada de Za|>ata, teniendo 
abundancia de caballos y buenos prácticos podían correrse hacia Vuel- 
ta Abajo donde debían tener partidarios y encontrar alH abundantes 
recursos para aproximarse á la Habana, donde no había más fuerzas 
que los cuerpos de voluntarios, I,as noticias que se recibían de la 
Península eran poco satisfactorias. Con el desorden que reinaba 
en las provincias el Gobierno de Madrid no había de poder man- 
dar ya más soldados á la isla de Cuba, y por otra parte el verano 
se aproximaba y el vómito debía diezmar á los soldados recien llega- 
dos. Así lo decían en todos sus periódicos los insurrectos y sus 
agentes en el extranjero, en particular la llamada Junta Cubana de 
Nueva York que se tomó atribuciones de representante de la nueva 
república y pedía á los gobiernos extranjeros el derecho de beli- 
gerantes para los insurrectos de Cuba que contaban según decían 



— 127 — 

con un ejército de cuarenta mil hombres con los cuales tenían á 
los españoles encerrados en las fortalezas. 

De todos los inconvenientes de aquella situación triunfaron los 
españoles de corazón que en la Habana, Matanzas, Cárdenas, Cien- 
fuegos, Colón y otras poblaciones que se armaron y se pusieron en 
movimiento y los fieles habitantes de las jurisdicciones de Vuelta 
Abajo que rechazaron con decisión las proposiciones de los agentes 
de los insurrectos. 



25 



CAPITULO XII. 



Flan de reformas.— Asimilación.— No ae pueden efectuar las eleccio- 
nes.— Dificultad de plantear cambios políticos .—Nuevos emplea- 
dos.— Necesidad de recursos .—Las Aduanas.— El Intendenta 
Escario.- £1 Banco Espafiol.— Emisión de guerra.- Se' atiende 
con los biUetes á los gastos y á la compra de boanes.- Iios 
cubanos en los Estados Unidos.- El Presidente Orant.— lia 
emigración cubana le visita.— Alocución significativa.- Los cu- 
banos en Méjico.- Desengaños.— Los militares licenciados de 
los Estados Unidos.— Apoyan á la Junta cubana.— Oompra de 
buques 7 enganche de gente.— Primara expedición filibustera.- 
Pequaños embarcaciones de las Islas inglesas.— Recursos que 
reciben los insurrectos de la misma Isla. 



Aunque los directores de la revolución cubana tenfan en poco á 
los esi»afioles establecidos en las Antillas y a los gobiernos de la Me- 
trópoli, bien comprendían cjue los partidarios de la independencia no 
eran bastante fuertes para luchar con la Nación Espafiola. Por esto 
unas veces dirigían sus miradas á Washington buscando el auxilio de 
la Gran República y otras procuraban ponerse en relaciones con los 



— 129 — 

jefes de los partidos políticos de la Penirsula á fin de tenerlos de su 
parte para lo que proyectaban algunos de los mismos directores del 
partido que antes de la emancipación de los esclavos en los Estados 
Unidos eran decididos anexionistas. Aunque en Febrero de 1869 ya 
podía verse claro respecto al anterior proceder de ciertos reformistas 
cubanos que ya en la vecina República se habían quitado la careta, el 
Gobierno Provisional de la Metrópoli persistía en su propósito de 
plantear inmediatamente en la Isla de Cuba todas las reformas políti- 
cas, económicas y administrativas que los amigos de la libertad de 
Cuba habían pedido. Ya se había tratado de la organización de los 
municipios y de las diputaciones provinciales; se buscaban los medios 
de organizar la administración de justicia, las comunicaciones y la 
instnicción pública bajo el mismo sistema que en la Metrópoli. 

Pero es el caso que la revolución triunfante, si bien podía derri- 
bar todo lo existente no estaba en el caso de establecer las reformas 
administrativas que los partidos radicales reclamaban, y se limitaba á 
dar al pueblo la libertad política y cambiar funcionarios públicos á ñn 
de poder colocar á los amigos. Esto fué lo que el Gobierno Provi- 
sional hizo en Cuba. En cuanto á Instrucción pública dejó las cosah 
como estaban y por lo que toca al Consejo de Administración sólo 
pensó en darles plazas remuneradas á varios liberales amigos de los 
Ministros. Es verdad que desde la salida ^del General Dulce de la 
Península con amplias facultades para plantear reformas en todos los 
ramos de la Administración, los miembros del Gobierno Provisional no 
pensaron más que aprobar cuanto decretara el Gobernador General de 
la Isla. Este se veía más perplejo cada día: las elecciones de diputa- 
dos para las Cortes Constituyentes no podían verificarse desde que, 
los enemigos de la nacionalidad y no pocos demócratas radicales de 
la Península, hubieran negado que en aquellas circunstancias pudieran 
representar la opinión de los habitantes de la Isla. Por lo demás, los 
españoles leales no tenían interés en mandar diputados á Madrid, y 
en cuanto á la organización de los municipios y de las diputaciones 
provinciales, división de territorio, etc., decían con razón que no se 
podía pensar en ello hasta después de vencidos los rebeldes y asegurada 
la tranquilidad de un extremo á otro de la Isla. Los españoles leales de 
Cuba aceptaban la asimilación con las provincias peninsulares, pero 
querían que se estableciera en ocasión más oportuna. Los nuevos 
empleados trataron, sin embargo, de las reformas que se debían hacer 
en los indicados ramos de la Administración, y como reconocieron la 
imposibilidad de tratar de municipios, diputaciones y elecciones de 
diputados se limitaron á tocar lo referente á la Hacienda, al Consejo 
de Administración y á los tribunales de justicia. Al efecto pasaron 
circulares á los jefes de los Centros administrativos á fin de que les in- 



dicaran cuáles eran las reformas que debían plantearse con más urgen- 
cia. De todo esto resultó que se hablara de la necesidad de expulsar 
á los Padres de la Compañta de Jesús; que se diera la administración 
de Correos á un hermano del Ministro de Ultramar; la de Aduanas á 
un sobrino del General Serrano, que nunca habla servido en el ramo, 
y que ast se procediera en los demás ramos de la Administración pú- 
blica. Esto probaba que el General Dulce debía haber perdido 
muchas de sus ilusiones. Mas como no estaba dispuesto á dimitir un 
cargo que debía hacérsele más pesada cada día, le fué necesario tratar 
del asunto más importante: era necesario tratar de reunir recursos para 
atender á ks gastos de la guerra, y se ha indicado ya cuál era el estado 
del Tesoro de la Isla. 

La llegada de tropas de la Península, el inmenso material de gue- 
rra que se necesitaba en los extensos y despoblados territorios del 
Centro y del Oriente; las dificultades de los trasportes y la pérdida de 
los víveres por las aguas y los calores exigían cantidades enormes. 
Era además necesario adquirir buques á propósito para atender á la vi- 
gilancia de las costas. No había que pensar en la contratación de 
empréstitos en aquellas circimstancias ni podía el Tesoro de la Metró- 
poli auxiliar al de Cuba. A pesar de cuanto se había dicho contra las 
Aduanas cuando se pedia su supresión, se reconoció entonces que sólo 
de ellas se podían sacar cuatitiosos recursos. Así estaban los negocios 
de Hacienda en Cuba cuando la tenía á su cargo el Excmo. Sr. D, 
Joaquín Escario que había llegado á la Habana el i8 de Enero nom- 
brado Intendente General de Hacienda de la Isla. Venia el Sr Esca- 
rio precedido de envidiable fama como hombre honrado y entendido, 
y nadie dudaba que después de haber estudiado con la debida atención 
el estado de la Hacienda, la situación de la Isla y los recursos con que 
podía contar, formularía un verdadero plan de administración de Ha- 
cienda que asegurase al Tesoro los necesarios recursos paja atender á 
los gastos de la guerra. 

Desde mucho tiempo atrás los hombres entendidas y previsores 
consideraban al Banco EspaRol de la Habana como poderoso auxiliar 
del Gobierno en cualquier época en que peligrara la tranquilidad pú- 
blica ó pudiera la Isla verse amenazada por enemigos extranjeros. Lo 
mismo lo comprendían los enemigos de España, puesto que desde su 
fundación no cesaron de hacer la guerra al primer establecimiento de 
crédito de la Isla. También reconocieron los hombres previsores y 
entendidos que las Aduanas debían ser la principal fuente de recursos 
del Tesoro de Cuba, y justamente por esto era que desde 1866 los que 
preparaban los ánimos para un cambio político radical abogaban con 
tanto empeño para <iue se abolieran las Aduanas á fin de favorecer la 
agricultura. Los mismos que pidieron la supresión da las Aduanas no 






/ 



se cansaban de escribir en favor de la libertad de Bancos de Emisión 

para favorecer al comercio. Estas y otras reformas económicas que 

Jos titulados reformistas venían pidiendo, no tenían otro objeto que 

dejar 2I Tesoro de Cuba sin dinero, sin medios de recaudación y sin 

crédito cuando llegara el conflicto que esperaban. Desde su llegada á 

la. Hathana. el Intendente Escario debió comprender que sólo por medio 

de contribuciones podría proporcionar recursos al Tesoro; y que ni 

3611 a^í, dadas las circunstancias, no podría hacer frente á los gastos 

^i'di narios y extraordinarios, y que por consiguiente se vería en la ne- 

^^idsLd de apelar al crédito. 

Tan pronto como á principios de Enero de 1869 se suprimió la 
piev^ist censura, el Banco Español de la Habana fué el blanco de los 
enve-r-i. uñados tiros de los separatistas. La ^*Frefisa^^ que con tanta 
ene 1-^5^ f a había combatido antes los proyectos y las aspiraciones de los 
que ^^ titulaban reformistas, no tan sólo defendió al Instituto de Cré- 
dito ejue tanto detestaban los que simpatizaban con los insurrectos si- 
ní> cj^ume indicó los medios que debían emplearse para que el Banco pu- 
dierst facilitar recursos al Tesoro. Al fin se tomó una resolución que 
las criiircunstancias habían hecho necesaria. El día 10 de Febrero de 
18^^ ^1 Gobernador General de la Isla reunió en su palacio á los prin- 
^'Píí.Xcis capitalistas y hacendados por vez primera para tratar de pro- 
P^^'^^icDnar secursos al Tesoro. Después de haber celebrado varias 
reurx iones y discutido con toda libertad distintos proyectos, se acordó 
^ ^ ^1 Banco Español de la Habana emitiera billetes por series, hasta 
"^ ^^«ntidad determinada y que los fuera entregando á la Intendencia 
^^xal de Hacienda á medida que se necesitaran para cubrir las aten- 
. *^^s del Estado. La medida no podía demorarse: había sido nom- 
jjjj^ ^^^::í Comandante General del Apostadero D. José Malcampo y 
^ '^•^ Cesto que era necesario adquirir buques á propósito para guardar 
\ ^^^C:istas, lo que por necesidad agravaba la situación del Tesoro: con 
^^ ^X>ii¡sión de Billetes del Banco por cuenta del Gobierno se creyó que 
*^'\)odrían cubrir todos los gastos de guerra y adquirir cañoneros de 
poco calado y buena marcha en el extranjero. 

A fin de amortizar los billetes que se emitieron se impuso un dere- 
cho de exportación á !os productos del país; se aumentaron los dere- 
chos de importación y se recargaron otras contribuciones en un tanto 
por ciento que se llamó recargo extraordinario de guerra. Parecía 
claro que en una Isla cuyas exportaciones 'ascendían á más de sesenta 
millones de pesos al año y las importaciones á poco menos, la necesi- 
dad de cubrir un déficit de siete ú ocho millones de pesos al año no 
podía causar perturbaciones en la producción ni en el comercio. Y en 
efecto, no la hubiera producido apesar de haberse prolongado la lucha, 
á no ser por los errores y abusos que se cometieron ! 



— 13* — 

Los billetes del Banco Español de la Habana, emitidos [tor cuenta 
de! Gobierno, con las mismas planchas con que se habían tirado los 
del Establecimiento se confundieron por completo con los que circu- 
laban desde mucho tiempo atrás, y durante bastante tiempo el billete 
de banco (onfumlido el nuevo con el antiguo circuló á la |)ar del oro y 
fué el mis poderoso auxiliar del Gobierno, porque sin necesidad de 
apelar á ruinosos empréstitos, y sin imponer contribuciones directas 
que |ioco hubieran producido en el estado en que la Isla se encontraba, 
no tan sólo pudo atender á los gastos del ejército y armada sino qii; 
se pudieron remitir fondos á los Estados Unidos ]>ara proceder con 
toda la prontitud posible á la construcción de treinta cañoneros que el 
General Malcampo habla pedido por considerarlos indispensables para 
vigilar las costas debidamente. 

Y aquí es del caso observar que si la emisión de Guerra se hubiese 
efectuado de otra manera; emitiendo bonos del Tesoro ó poniendo en 
circulación i)a|>el moneda de cualquier clase, se puede dar por seguro 
que aun cuando los más ricos capitalistas y hacendados se hubiesen 
comprometido á recibirlo; aunque se le hubiera dado por garantía toda 
la riqueza de Cuba y de la Metrópoli no hubiera podido sostener su 
valor, y su caída habría sido rápida, como lo fué la del pajwl moneda 
que emitieron los confederados del Sur de la República anglo-ameri- 
cana durante la guerra y como lo ha sido en otros países donde se ha 
emitido i>apel moneda [wr cuenta del Gobierno en tiempos de revolu- 
ciones y guerras: aunque se haya declarado el pa|>el moneda del Estado 
de circulación forzosa. 

Cuando los enemigos de Espafla promovían alarmas hasta en las 
inmediaciones de la Habana y el estado de la Metrópoli era tan poco 
satisfactorio, los españoles leales de la Habana y de alg unas otras po- 
blaciones, aceptando ])atri óticamente á la ]>ar del oro el pai>el emitido 
por cu;nta del Estado, probaron de una manera evidente que estaban 
dispuestos á llevar á cabo ios mayores sacrificios para salvar la Grande 
Antilla. 



Como ya se ha dicho, los hombres obcecados é ingratos, que ha- 
cía muchos años trabajaban en favor de la independencia de Cuba, 
casi siempre habían fijado sus esperanzas en el pueblo y en el Gobierno 
de los Estados Unidos. Poreslo se ha visto que Céspedes y sus com- 
pañeros, apenas nombraron el primer Gobierno Provisional de la Re- 
pública de Cuba, se apresuraron á p.isar notas y comunicaciones al 
Gobierno de les Estados Unidos. Esto era lo más natural del mundo: 
la inmensa mayoría de los reformistas cubanos, (¡us habían hecho ya 



— Í33 — 

claras manifestaciones respecto al verdadero objetivo de todas sus evo 
luciones, estaban íntimamente convencidos de que en último resultado 
sería en el Capitolio de Washington donde habrían de fijarse los futu- 
ros destinos de la Isla de Cuba. 

El dia 4 de Marzo de 1869 el general Ulises Grant que tanto se 
había distinguido durante la guerra separatista, tomó posesión de la 
Presidencia de la República de los Estados Unidos, para cuyo alto 
cargo había sido elegido. El telégrafo submarino lo anunció á los 
habitantes de la Isla de Cuba pocos minutos después de haber termina- 
do el solemne acto en la Capital Federal de la República; la ^^ Prensa''* 
al publicar el telegrama decía que desde el día en que Jorge Washing- 
ton había dejado vacante la silla Presidencial se habían sentado en 
ella diez y seis presidentes elegidos por el pueblo; pero que examina- 
da la situación de los Estados del Sur y de los del Norte, se veía claro 
que el General Grant, para reorganizar el país necesitaba gran pruden- 
cia. Enseguida entraba el periódico español en consideraciones acerca 
de lo que más importaba á los habitantes de la Isla. ''Entre los 
cientos de miles de curiosos que á estas horas recorren las anchas ave- 
nidas de la Capital Federal que conducen al Capitolio y á la Casa 
Blanca, residencia del Presidente de la República, quizá nadie se haya 
preocupado más del acto solemne que los hijos de la Isla de Cuba que 
en mala hora han concebido la idea de separarse de la Madre Patria y 
abrigan la esperanza de que el Gobierno de los Estados Unidos ha de 
prestarles su apoyo moral ó material para que puedan más fácilmente 
conseguirlo. ' ' 

Cuando el día 4 de Marzo el General Grant tomó posesión de la 
Presidencia de la República eran ya muy numerosos los emigrados cu- 
banos. Desde principios de Febrero todos los más notables indivi- 
duos del partido autonomista se habían embarcado con sus familias 
para Nueva York, y una vez allí, arrojada la máscara, se afiliaron en 
los clubs separatistas y trabajaban en favor de los insurrectos. Desde 
luego se prepararon para visitar al nuevo Presidente de la República 
de una manera que llamara la atención del pueblo y del Gobierno 
dando á su visita todo el carácter de una manifestación política en 
favor de la Independencia de la Isla de Cuba. Verificóse el acto con 
gran aparato. Reunidos en Washington un gran número de cubanos, 
acompañados de sus esposas, hijos y hermanos, visitaron al nuevo Pre- 
sidente y á los Ministros y Secretarios de Estado, manifestándoles en 
sentidos discursos la situación en que se encontraban;- cuáles eran sus 
sentimientos hacia la Gran República y lo que esperaban del pueblo y 
del nuevo Gobierno. El Presidente Grant y los Secretarios de Estado 
I recibieron con las debidas atenciones á las señoras y caballeros de 

Cuba; les dirigieron algunas palabras que no tenían alcance político, 



I 



i 
I 

l 

I 



- Í34- 
haciendo votos por la libertad de los ciibanos. El pueblo de los Es- 
tados Unidos, apesar de los artículos que publicaban algunos periódi- 
cos jiagados en favor de la independencia de Cuba, miraba ya con 
desdén á los emigrados cubanos que desde los jíaseos y teatros de 
Nueva York pretendían conquistar la inde|>endencia de la Isla. El 
corresi>onsal del Herald que desde Washington díó cuenta de la ma- 
nifestación de los emigrados cubanos y de su visita al nuevo Gobierno 
de la Repíiblica, lo hizo en tono casi humorístico, celebrando las jó- 
venes cubanas que calificó de bonitas y graciosas. 

Los emigrados cubanos de menos fortuna que no podían vivir con 
facilidad en los Estados Unidos se trasladaron á Méjico. Allí empe- 

■ zaron también á escribir y á pronunciar discursos en favor de la inde- 
pendencia de Cuba. En ia República Mejicana fueron todavía menos 
afortunados que en los Estados Unidos. .\lli no recaudaron fondos 
ni reclutaron auxiliares. Un español establecido en Veracruz 
tuvo la feliz ocurrencia de publicar un anuncio en los perió- 
dicos, ofreciendo pasage gratis y salvo conducto á todo cubano que 
quisiera embarcarse para la Isla de Cuba con el objeto de incorporarse 
en las filas de los insurrectos. Esto puso en gran parte en ridículo las 
manifestaciones de los emigrados cubanos que buscaban mejicanos 
que se prestaran á embarcarse para Cuba á fin de ayudar á los que lu- 
chaban por la independencia. En los pueblos de Méjico losemigra- 

■ dos cubanos sólo pudieron contar en adelante con los productos de 
las funciones que daban en los teatros y circos las compañías de Bufos 
Habaneros que habían adquirido celebridad representando las piezas 
patrióticas en los pueblos de la Isla de Cuba, y en particular en la 
Habana, cuando al efecto tomaron por su cuenta el teatro de Villa- 

El Presidente Grant en su proclama inaugural dirigida al pueblo 
decía que se proponía conservar las buenas relaciones de paz y amistad 
con todos los gobiernos extranjeros; que protegería á los ciudadanos 
anglo-americanos, naturales ó naturalizados; pero respetando los dere- 
chas de todas las naciones y exigiendo el mismo respeto de todas en lo 
concerniente .i los derechos de la República. Esto implicaba declarar 
que quería respetar los derechos de la Nación Española, con la cual es- 
taba su i»aís en buenas relaciones. Los emigrados cubanos sin duda da- 
ban poca importancia al párrafo de la proclama Presidencial en que se 
emitían estos conceptos. Habiendo un gran número de generales y jefes 
después de terminada la guerra sejjaratista en iSfi', habían quedado re- 
bajados, como simples ijarticulares, sin empleo ni sueldo, buscaron 
auxiliares entre aquellos hombres que debían estar cansados de perma- 
necer inactivos. Como entonces muchos de aquellos emigrados po- 
dían disponer de cuantiosos fondos que habían sacado de Cuba ven- 



\ 



dienóo ó hipotecando fincas, pudieron atraerse buenos amigos. Los 
generales Bank, Butheler y otros les prestaron buenos servicios pro- 
nunoiando discursos en favor de los insurrectos cubanos, y por estos y 
otros medios consiguieron enganchar gente para la primera expedición 
quG determinaron mandar á la Isla de Cuba. Compraron buques, 
3.rmajs y pertrechos y burlándose de la vigilancia (más ó menos rigu- 
rosa) de las autoridades marítimas, la Junta Cubana empezó sus traba- 
iOs más importantes, que como se puede comprender eran los de 
^^m i ü Ir á los insurrectos toda clase de auxilios. 

lEsto presentaba más dificultades de lo que los señores de la Junta 
se /i^^uraban. Se perdió tiempo porque los marinos y soldados ex- 
tia.n^^ ros que se enganchaban no tepían gran prisa para salir de los 
pw^rtros. I^ primera expedición que salió de los Estados Unidos 
{^S\^w\ el autor de los datos) no lo verificó hasta el día ii de Mayo. 
^'^v--s^,ba 105 hombres, al mando de D. Francisco X. Cisneros, acom- 
P^"^í^<:3o del general Tomás Jordán. Esta expedición llegó con felici- 
^^ 3.^ desembarcó en la bahía de Ñipe. Allí se reunieron con los 
^^F^^^iÜcionarios unos ciento cincuenta campesinos. Según dice el 
misirir^ o escritor laborante, una vez reunidos los campesinos con los 
^^r*^<Üci()narios fueron atacados por una fuerza española y la rechaza- 
'^^'^ > ^zon lo que consiguieron salvar la gran cantidad de armas, muni- 
^'•^■^^s y pertrechos que habían desembarcado, y á los pocos días ya 
estíí.l:>^n todos reunidos con un cuerpo de ejército cubano fuerte de dos 
^^ ^ ^fcombres. 

l^as noticias que recibió la Capitanía General del desembarco de 
Xprimera expedición filibustera fué algo distinta. Es cierto que la 
^^ña fuerza que atacó á los expedicionarios fué rechazada; pero 
que las columnas em^^ezaron su persecución así que se internaron, 
ron obligados á dispersarse, salvándose pocos de los aventureros 
¡dando en poder de los españoles ó abandonados en los caminos 
'^i los efectos que desembarcaron. Para terminar ahora con los 
ios que en aquellos primeros tiempos emprendieron los emigrados 
^^^os en los Estados Unidos les dieron escasos resultados: la mayor 
de los buques que compraban y despacharon con hombres, ar- 
y pertrechos, ó fueron detenidos por las autoridades marítimas de 
\^ Estados Unidos, á instancia de los representantes de España ó hi- 
cieron arribadas en puertos intermediarios por temor de caer en poder 
de los buques españoles al recalar en las costas de la Isla de Cuba. 

Los insurrectos de algunos puntos podrían recibir más fácilmente 
annas y municiones, conducidas por pequeñas embarcaciones que sa- 
Han de las pequeñas islas inglesas del Banco de Bahama que atravesa- 
ban con facilidad el Canal y verificaban el desembarco en algún cayo 
de los inmediatos á la costa de la Isla ó en alguno de los muchos pe- 

26 




i»« 



- 136- 
queRos puertos de la misma que nadie vigilaba y donde los insurrec- 
tos debían tener amigos. Sin embargo, con lo que los cabecillas re- 
incides recibian por mar de los Estados Unidos y de las islas inglesas 
de Bahama no hubieran podido sostenerse. La mayor parte de lo que 
recibian era mandado por sus agentes de la Habana, Matanzas, Cien- 
fuegos y otras ijoblaciones importantes de la Isla. Por una parte ha- 
liia poca vigilancia en lo que se Ira-sportaba en los ferroi;arr¡les y en 
los puntos donde se desembarcaban los efectos. Aunque únicamente 
algunos empleados subalternos fueran cómplices de los agentes de 
los rebeldes, podían fácilmente dejarse en determinadas estaciones 
efectos que recogían con facilidad los que estaban esperándolos 
para llevarlos á los puntos poco distantes dur.de tenían sus cam- 
jKimentos los cabecillas. En cuanto á los balandros y goletas que 
diariamente sallan de los puertos habilitados para las pequeñas pobla- 
ciones, fincas y cortes de madera de las costas, se comprende que po- 
dían embarcar sin grandes dificultades toda clase de pertrechos y ar- 
mas para los insurrectos 

Resulta de aquí que los em¡gr:;dos cubanos, desde los Estados 
Unidos y de otros jiaíses prestaron buenos servicios á los insurrectos, 
abogando en favor de su causa y denigrando á los defensores de la 
bandera esiwílola y á los gobiernos de la Metrópoli; pero los recursos 
¡«cuniarios que les mandaron, y los auxilios <pie recibieron de hom- 
bres, armas y pertrechos, los cabecillas, por msdio de expediciones 
marítimas, fueron de poca consideración comparado con lo que facili- 
takín á los insurrectos sus amigos que se quedaron en la Isla. 



CAPITULO XIII. 



Oambio de política.— Medidas severas.— Noticias de relevo del general. 
—Embarque de presos para Femando Póo.— Desórdenes y cas- 
tigos.— Gran revista de Voluntarios.— Alocuciones.— Atentado 
abordo del vapor ''Comanditario."— Disgusto general.— I^ecución 
de León y Medina.— Desórdenes y desgracias en el Campo de 
la Punta.— Actitud de los Voluntarios.— Reflexiones. 



El General Dulce había prometido seguir una política menos sua • 
ve cuando llegara la hora y debía cumplir su promesa. Los enemigos 
de la Patria habían abusado ya demasiado tiempo de su credulidad y 
tolerancia: era necesario, además, contener á los que tantos esfuerzos 
hacían para propagar el fuego de la insurrección en las jurisdicciones 
de Vuelta-Abajo, que hasta entonces habían permanecido tranquilas. 
Así correspondían á las medidas generosas del general Dulce, que á su 
llegada á la Habana había mandado poner en libertad á todos los presos 
políticos que había en las fortalezas, cogidos los unos con las armas 
en la mano y los otros conspirando y trabajando en favor de los insu- 
rrectos. El general había visto la ingratitud de los que con tantas 
consideraciones había tratado y al mismo tiempo comprendía que le 
seria difícil sin cambiar de política, inspirar confianza á los leales. Se 



- ijS- 

sabia que el General habla mandado á Madrid su dimisión, ]>ero se 
aseguraba que aun cuando la había fundado en el mal estadit de su sa- 
lud, no le sena admitida, suponiendo muchos tjue esto tra justamente 
lo <|ue es[)eraba y deseaba el general y sus amigos: con sorpresa se leyó 
en toda la Isla el siguiente telegrama: 

«Madrid 24 di Febrero de i86g. — El general Caballero de Rodas 
reemplazará al general Dulce en la Capitanía General de la Isla de 
Cuba." 

Se habló durante algunos días de las medidas severas que se pro- 
ponía tomar el Marqués de Castell Florile contra los enemigos de 
España y del desengaño que habían de recibir los mismos que habían 
abusado de su generosidad que lo deseaban y pedían al gobierno de 
la Metrópoli su relevo, A los pocos días de haberse recibido el expre- 
sado telegrama se jtublicó en la Gaceta el siguiente documento: 

n Intendencia General de Hacienda. . — Debiendo procederse, con 
autorización del Gobierno Provisional y por disposición det Exce- 
lentísimo Señor Gobernador Superior Político al embarque de tres- 
cientos quince presos políticos, con destino á Fernando Póo, se hace 
sjber al público ¡jara que los armadores de buques y demás i)ersonas ó 
cor[X) rae iones que deseen tomar á su cargo este servicio, puedan pre- 
sentar sus proposiciones en la Contaduría General, de diez á cuatro de 
la tarde, desde esta fecha iiasu las doce del día 6 del corriente, con 
arreglo al pliego de condiciones qii; sa halla aprobado y estará de 
maniñesto. — Habaoa 3 de Marzo de 1S69. — Joaquin Escario. 

Este anuncio produjo cierta sorpresa, y el público en general se 
figuró que no habría tal embarque de presos; y hasta cierto punto esta 
opinión era fundada. En la Isla había fragatas de guerra y traspones 
que no salían de la Habana, porque no eran buques apropósito para 
vigilar las costas. ¿Porqué no se encomendaba tan delicado servicio 
á un buque de la armada? ¿No podía tm buque de vapor de guerra 
efectuar el viaje de ida y vuelta en 45 días, sin más gastos que el insig- 
nificante del combustible? Ya se suponía que ningún armador había 
de tomar á su cargo este servicio. Luego se pidió á los cuerpos de vo- 
luntarios de la Habana, el suficiente número de individuos para escoltar 
á los presos hasta su destino. Mucho se habló de esta medida severa 
del General Dulce; y muchos persistían en afirmar que no se llevaría 
á cabo tan severa medida. Los amigos y consejeros det general com- 
prendieron sin duda que ya no se podía retroceder, y que aun cuando 
no se presentó nadie dispuesto á prestar aquel servicio en buque parti- 
cular, los presos no podían quedarse en la Isla. Sea como fuere se 
anunció que el ai de Marzo los presos políticos se embarcarían en el 
trasporte de guerra San Francisco de Borja, su Comandante el Tenien- 
te de Navio D. Celestino la Hera, para ser conducidos á la citada isla 



— 139 — 

del Golfo de Guinea. Estaba ya nombrada la compañía de volunta- 
rios que debía embarcarse en el mismo vapor trasporte para custodiar 
á los presos, y una fragata de guerra fondeada en la bahía, estaba pron- 
ta para navegar con el San Francisco de Borja, hasta después de haber 
desembocado el Canal de Bahama. 

El día y la hora en que se verificó el embarque de los presos; la 
circunstancia de ser muchos de ellos personas de buena posisión social 
y el lugar donde se verificó aquel imponente acto, dieron por resultado 
los trastornos que vamos á referir. 

Desde la víspera se habían embarcado los voluntarios que debían 
dar guardias en el trasporte: este buque y la fragata Leatad debían 
fondear frente á la Cabana, donde estaban los presos. Desde el amane- 
cer se reunió un gentío inmenso desde la Capitanía del Puerto hasta 
la Aduana vieja: las lanchas y botes de los buques de guerra, con cañón 
á proa y los marineros armados de carabina y machete, se colocaron 
en los puntos que se les tenían señalados para impedir cualquier des- 
orden. Los presos empezaron á bajar de la Cabana con sus correspon- 
dientes equipajes, y llegaron á bordo del vapor trasporte sin el menor 
desorden. Por desgracia no pasaron así las cosas en el muelle, donde 
según se ha dicho, acudió un gentío inmenso. ; Otra vez corrió san- 
gre inútilmente! 

Uno de esos degraciados llamados carteristas, qu^ acuden siempre 
donde se amontona mucha gente, robó un portamonedas. Empezaron 
los gritos y el desordenado movimiento de aquella gran masa de gente. 
Nadie sabía lo que pasaba y la mayor parte de los concurrentes creye- 
ron que se había querido hacer alguna manifestación en favor de los 
presos. Al momento corrió la voz de que se habían dado gritos sub- 
versivos, lo que no era verdad. En la plaza de Armas donde se diri- 
jió la gente detrás del carterista arrestado, aumentó el desorden y la 
gritería; habiéndose pasado á vías de hecho resultaron dos muertos y 
muchos estropeados. A duras penas se pudo contener por un mo- 
mento aquella inmensa gritería para hacer comprender que un Consejo 
de Guerra verbal juzgaría inmediatamente al sugeto acusado de robo y 
de haber proferido gritos sediciosos. A nuestro juicio ese desgraciado 
no era más que un ratero: negó que hubiese dado vivas subversivos; 
pero hubo testigos que declararon haberlos oído. ¿Sería que el acu- 
sado, después del robo del portamonedas, al verse descubierto, daría 
algún grito, para provocar un desorden y escaparse? En el muelle y 
plaza de Armas había un gentío inmenso, compuesto de españoles de- 
cididos; de amigos de los que se embarcaban para Fernando Póo y de 
esa clase baja de todas razas y colores, dispuesta siempre á tomar la 
parte más activa en todo desorden. ¡Con cuánta pena veían los espa- 
ñoles sensatos los desaciertos de una autoridad que no tenía prestigio 






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— 140 - 

ni fuerza material para contener los desórdenes que podía haber evita- 
do con sólo verificar de otra manera y en otro hora el embarque de los 
presosl ¡Aquel desgraciado ratero fué sacrificado para apaciguar á 
los amotinados I En la misma tarde fué juzgado, sentenciado á muerte 
y ejecutado! 

Por extraño que parezca, estos desórdenes y este desprestigio de 
la primera Autoridad, que tanto lamentaban los españoles de corazón 
que saben los malos resultados que dan en todos los países las perturba- 
ciones y los desórdenes de las clases más numerosas y menos ilustradas 
de las sociedades era lo que más esperanza infundía á Ins enemigos de 
España. Tanto los residentes en los Estados Unidos, como los que 
en la misma Isla trabajan en favor de los insurrectos se figuraban que 
los desórdenes, los actos de insubordinación y la desunión de los es- 
pañoles leales, habían de facilitar el triunfo á los partidarios de la in- 
dependencia ó provocar una intervención de los anglo-americanos. 
Como si lo ocurrido no bastara, á los pocos días de haber salido de la 
Habana el trasporte Borja con los presos se recibió la noticia de ha- 
ber entrado de arribada en Puerto-Rico. Aunque este acontecimiento 
no tenía nada de extraordinario, ya fuese que le obligara á entrar en 
aquel puerto alguna descomposición en la máquina ó la falta de agua, 
fué comentado de mil modos, pero prevalecía la idea que desde la me- 
nor de nuestras Antillas los presos irían á la Península ó al extranjero; 
con lo que se aumentó el disgusto y disminuyó más el prestigio de la 
Autoridad entre los leales. ¡Era una desgracia que hasta aquellas me- 
didas severas, dictadas para imponer á los insurrectos y conspiradores 
venían á favorecer sus planes! Sin embargo, pronto se supo que el va- 
por Borja con los presos había salido ya de Puerto-Rico para el punto 
de su destino. 






Después de haber pasado cerca de tres meses tratando de arseglos 
y conciliaciones con los caudillos de la insurrección que nada querían 
con España, segím lo habían declarado terminantemente y que atri- 
buían á debilidad y falta de recursos de la Nación el empeño con que 
el Gobernador General de la Isla procuraba negociar con ellos un con- 
venio, el General Dulce cambió de política como se ha indicado. Has- 
ta entonces no había creído conveniente pasar en revista los cuerpos 
de voluntarios, sin duda porque creía que un acto que siempre y en 
todas partes tiene un significado honroso para los cuerpos revistados 
no sería del agrado de los que pretendía atraer por medio de concesio- 
nes. El día 22 de Marzo se publicó en la Gaceta una alocución en la 
que se leían los siguientes párrafos: 



— 141 - 

«Os ofrecí justicia y pronta justicia, y la población entera de la 
Habana ha presenciado ayer uno de esos espectáculos terribles que no 
jxjrque estremezcan á la humanidad dejan de ser necesarios en momen- 
tos dados y cuando la traición levanta una bandera de exterminio. 

«Dos desgraciados, instrumentos tal vez de la i)erversidad de 
ocultos promovedores de la rebelión, se atrevieron á prorrumpir en 
gritos sediciosos, contraviniendo descaradamente y á la luz del día, las 
disposiciones que rigen. El uno de ellos, contra el que las pruebas 
eran palmarias, ha pagado con su vida su loca temeridad.» 

Dirigiéndose en seguida á los voluntarios les decia: 

« Vuestra prudencia ha sido en el día de ayer sólido cimiento del 
orden público; vuestra disciplina será de hoy más un elemento vigoro- 
so que robustezca el prestigio nunca menoscabado de la Autoridad. Al 
mérito de los servicios militares, que sin vestir el uniforme del soldado 
venís prestando á nuestra patria, añadid desde luego con orgullo el 
timbre honroso de buenos ciudadanos, sostenedores de la propiedad y 
la familia. 

«España, nuestra madre España en el difícil y peligroso trance 
de una regeneración inevitable, os lo agradece. 

« Voluntarios: Creed en la palabra de un soldado cuya sangre ha co- 
rrido muchas veces en defensa de nuestra patria: todo por la ley. 

«No me falta vuestra confianza, y la bandera española, terminada 
que sea esta guerra de hijos ingratos contra una madre generosa, tre- 
molará más brillante y esclarecida. — Habana 22 de Marzo de 1869. — : 
Domingo Dulce, y^ 

Al siguiente día de la Gran Revista que fué imponente por el 
gran número de voluntarios que formaron y por lo perfecto de su 
equipo, estado de instrucción militar y armamento, dirigió el General 
á los Cuerpos la siguiente proclama: 

« Voluntarios: Las circunstancias difíciles que atravesaba esta pro- 
vincia, amenazadora si no triunfante una rebelión inicua, y la atención 
preferente que de mí reclamaba el estado de la Administración pública, 
no me había permitido, hasta hoy, pasar revista á vuestros batallones.» 

« Voluntarios: Mi sorpresa ha sido grande; os felicito por vuestra 
brillante organización y felicito á nuestra Patria porque cuenta en el 
numero de sus defensores armados á hombres como vosotros, que si 
carecéis de esos hábitos rudos que sólo se adquieren en la vida de los 
campamentos, tenéis en cambio la costumbre de la dignidad nacional 
y la conciencia del deber como españoles. 

« No peligra, no peligrará nunca la integridad del territorio. El 
morado pendón de Castilla no se verá jamás atropellado por esas ban- 
das que buscan en el pillage y el incendio su seguridad presente y su 
medro futuro. 



— 142 — 

o Voluntarios: Si algún día las circunstancias ó las necesidades del 
momento os obligasen á abandonar vuestros hogares y á |)re5entar 
vuestro pecho descubierto á las balas de los enemigos de nuestra patria, 
os lo prometo desde ahora, á nadie cederá la honra de mandaros vues- 
tro Capitán General, Domingo Dulce. — Habana 23 de Marzo de 1869. >> 

No hay necesidad de comentar esta alocución |)ara demostrar el 
escaso efecto que produjo en el ánimo de los es|)afioles armados á 
quienes iba dirigida. Que el General hablaba de buena Té nadie lo 
ponía en duda, porque todos los españoles sabían que tanto el Gober- 
nador Su]jerior de la Isla como los demás altos funcionarios públicos 
que tres meses antes habían desembarcado en la Habana pensando tan 
sólo en plantear instituciones democráticas, tratar con los insurrectos 
y aprovecharse de sus destinos sin acordarse de los voluntarios y no 
pocas veces hablando con cierto desdén de la Institución, se quedaron 
sorprendidos al ver tantos y tan bien organizados, equipados y arma- 
dos cuerpos en línea de ¡tarada. Ni aun en los tiempos en que la 
guarnición de la Habana y sus inmediaciones había sido más numero- 
sa nunca se habían podido presentar en linea tantos cuerpos que 
constasen de tantas plazas, pues casi todos los batallones contaban con 
i,aoo hombres. Los funcionarios demócratas y quizá en secreto 
hasta el mismo Capitán General, desde el día de la revista debieron 
comprender todo lo que aquellos numerosos batallones y escuadrones 
de voluntarios habían de ])esar en la balanza de los destinos de Cuba, 
aunque no lo ]tensaran los gobernantes de la Metrópoli. 



En aquellos mismos dias se recibió en la Habana otra noticia que 
conmovió profundamente los ánimos, dando lugar á que se hicieran 
entre los españoles leales, serios á la [>ar que tristes comentarios. El 
caso no era para menos; del desgraciado acontecimiento que vino á 
sorprender á los hombres de corazón se desprendía en primer lugar 
que la alia policía de la Isla de Cuba ó no existía ó estaba malísima- 
mente servida; luego que los enemigos de la nacionalidad no tan sólo 
tenían cómplices y auxiliares en todas partes y que tenían más audacia 
y sangre fría de lo que muchos se figuraban. He aqui el hecho tal 
como lo reñrieron testigos presencíales. 

El día 22 de Marzo salió de la Habana para Cárdenas el vapor 
español Comanditario. Estando en alta mar, el sobrecargo y el maqui- 
nista del mismo buque, cubanos de nacimiento, con el concurso de 
veinte y tres pasajeros, que se hablan embarcado apropósito para lle- 
var á cabo el plan, se apoderaron por sorpresa del Capitán y tripulan- 
tes del vapor, y en seguida de los pasajeros ¡leninsulares que estaban 



- 143 - 

durmiendo en sus respectivos camarotes. Una vez dueños del buque 
se declararon servidores del Gobierno de Cuba Libre al cual desde el 
momento el Cmnanditario jDertenecía. Los autores de aquel criminal 
atentado se aproximaron 4 un cayo desierto y en él desembarcaron á 
los pasajeros peninsulares y cubanos leales y á los tripulantes dejándo- 
les abandonados á merced de Dios, expuestos á los rayos del sol y á 
morir de hambre y de sed después de alguuas horas de cruel martirio! 
El Comanditario^ desde allí hizo rumbo á las islas de Providencia. 

Las víctimas del pirático atentado después de largas horas de 
martirio tuvieron la fortuna de ser socorridas por un buque que pasan- 
do cerca del cayo pudo ver las señas que le hicieron y tuvieron la di- 
cha de regresar á la Habana. Como era consiguienta, hicieron publi- 
car en los periódicos relación detallada de lo sucedido y de las noti- 
cias que dieron acerca de los pasajeros que se pusieron á las órdenes 
del Sobrecargo, se desprendió que no eran ágenos del todo al atentado 
algunos de los que corrían con los pasajes y pasaportes. 

De la Habana salieron buques [de guerra en busca del vapor que 
podía ser considerado como pirata: pero hasta más tarde no se supo su 
paradero y los piratas no recibieron el castigo que merecían. 

Como el general Dulce había iniciado nueva política y debía 
cumplirse lo que se había prometido de castigar severamente á los ene- 
migos de la Patria, claro está que no podían quedar impunes los críme- 
nes cometidos en la calle de las Figuras y demás inmediatas y cuyos 
principales autores habían sido entregados á los Tribunales de Justicia. 
I^ causas siguieron su curso y el pueblo de la Habana supo que el día 
8 de Abril habían sido puestos en capilla á las siete de la mañana para 
ser ejecutados en el Campo de la Punta al siguiente día los paisanos 
Francisco León y la Nuez y Agustín Medina y Gutiérrez «en cumpli- 
miento de la sentencia recaída por la Excma Audiencia de la Habana, 
contra dichos reos convictos de traición.» León y Medina además de 
haber tomado activa parte en los desórdenes de la calle de las Figuras, 
habían sido los autores de las heridas inferidas á los funcionarios de 
policía. Probados estos delitos fueron sentenciados á la última pena 
por el Alcalde Mayor de Jesús María y la sentencia acababa de ser 
confirmada por el Tribunal Superior de la Isla. 

No á las siete de la mañana como se había dicho sino á las once, 
formado el cuadro por una compañía de cada batallón de voluntarios 
de la Habana, se reunió en el campo de la Punta un inmenso gentío. 
Salió primero de la cárcel, León, con paso firme y subió las gradas del 
tablado donde debía ser ejecutado en garrote. Aquel desgraciado, 
en vez de prepararse para morir como buen cristiano, prorrumpió en 
gritos subversivos, y no faltaron espectadores y de los que más inme- 
diatos estaban á los voluntarios que formaban el cuadro que no tan só- 

27 



— 144 — 
lo contestaron con entusiasmo á los vivas del reo sino que le victorea- 
ron! Inmediatamente estalló terrible gritería, acompañada de disparos 
de revólver. Mezclada la horrorosa gritería de los curiosos asustados 
con los vivas y mueras de los que quizá hablan concebido algdn plan 
descabellado, corría la gente en todas direcciones. Hubo muchos ti- 
ros hasta por las calles inmediatas á la cárcel y resultaron de aquel des- 
orden seis muertos y no pocos heridos. ¡La cantinera de uno de los 
batallones de voluntarios, que estaba tranquilamente en su casa, cayó 
muerta de un tiro, dejando huérfanos á sus tres hijos! 

Los voluntarios de las compaftias que formaban el cuadro proba- 
ron en aquellos terribles momentos qne podían competir con las tro- 
pas veteranas mejor organizadas en valor, serenidad y disciplina. Co- 
nociendo cuál era su terrible deber permanecieron firmes en sus puestos 
en correcta línea, sin atender á lo que pasaba á sus espaldas mantuvie- 
ron el cuadro cercado hasta qiie el ejecutor de la ley terminó su terrible 
misión con el obcecado é impenitente reo! Cuando de León y la 
Nuez sólo quedó «1 cadáver, los voluntarios que formaron el cuadro 
dieron media vuelta y se quedaron formando el mismo cuadro cerrado 
de cara al público, dispuestos á contener cualquier manifestación con- 
traria á lo prevenido por las leyes. Salió poco después el desgraciado 
Medina de la cárcel: sea que estuviera persuadido de que sus amigos 
les hablan prometido lo que no les podían cumplir, ó .sea que los con- 
sejos de su acompañante que en nombre de la Religión de Jesucristo 
procuraba cousolarle ejerciesen buen efecto en su ánimo, es lo cierto 
que caminaba en ademán más humilde y resignado que su infeliz cora- 
pañero. Subió las terribles gradas en silencio. El verdugo cumplió 
con su deber, y cumplido el fallo de la justicia humana, los voluntarios 
regresaron á sus cuarteles. A juzgar por lo que dijeron los reos estan- 
do en capilla, por los gritos sediciosos que profirió León y por la ener- 
gía con que luchó con el ejecutor de la justicia hasta los últimos mo- 
mentos, no puede negarse que hasta el momento fatal de dejar este 
mundo abrigaban la esperanza de que sus amigos los hablan de salvar. 
Algo se dijo después del plan de los conjurados; y hasta se aseguró que 
por una parte muchos de los comprometidos no acudieron al campo 
de la Punta y por otra no continuaron la manifestación después de la 
gritería y los disparos de revólver porque les impuso la serenidad de 
las compañías de voluntarios que formaban el cuadro, y por haberse 
reunido un gentío tan inmenso en los alrededores de la cárcel y del 
tablado. Como sucede siempre en tales casos, la inmensa mayoría de 
los concurrentes serían curiosos; sin embargo, aquel gran gentío era 
un obstáculo casi insuperable para que los conjurados, si los habla, 
pudiesen reunirse y formar un grupo compacto y abrirse i>aso en \m 
momento dado para prestar auxilio á sus amigos. Sea como fuere es 



— I4S — 

lo cierto que si al dispararse los primeros tiros entre la espantosa gri ■ 
leria los voluntarios no hubiesen permanecido firmes en sus puestos 
sólo Dios puede saber lo que habría sucedido. 

A primera vista parecerá extraño y hasta increíble que en aquellas 
circunstancias hubiese en la Capital de la Isla de Cuba |>ersonas capa- 
ces de tramar un plan tan descabellado como lo era el de salvar á los 
reos en el acto de la ejecución de la sentencia y que encontrasen per- 
sonas dispuestas á tomar parte en una empresa descabellada tan peligro- 
sa. Sin embargo, meditando un poco acerca de los acontecimientos 
de aquellos días y sobre tc)do teniendo en cuenta los elementos com- 
ponentes de la sociedad habanera se comprenderá que lo que sucedió 
y lo que se dijo no son cosas tan extrañas como parecen i primera vis- 
ta. En primer lugar hay que convenir en que los enemigos de España 
estaban entonces fanatizados, y las imaginaciones de los habitantes de 
los climas intertropicales suelen considerar como de fácil realización 
empresas las más difíciles. Es necesario reconocer también la facilidad 
con que pudieran haberse comprometido algunos de los individuos de 
todas condiciones y razas para que tomaran parte en la empresa. Los 
que saben de qué manera se nacen matar ó matan á sus adversarios los 
blancos y negros afiliados en las sociedades de ñañigos habían de con- 
venir en que las desgracias que hubo aquel día en las inmediaciones de! 
canil» <i^ ^3 Punta no fueron ca.suales sino consecuencias de un plan 
más ó menos descabellado; pero concebido quizá por gentes que no te- 
nían tanto interés en salvar á los reos como en promover nuevos des- 
órdenes. 

Los hombres sensatos del partido español comprendían que la si- 
tuación se agravaba más cada día. La primera Autoridad, apcsar de 
las medidas severas que últimamente había tomado no había conseguido 
infundir saludable temor á los enemigos de la Patria ni conquistar el 
prestigio y la confianza que necesitaba para hacer frente á una situación 
tan difícil. Los españoles de corazón deseaban vivamente que cuanto 
antes llegase el General Caballero de Rodas que como se ha dicho ha- 
bla sido nombrado para sustituir al General Dulce. ¡Por desgracia 
las tristes circunstancias en que se encontraban entonces las provincias 
peninsulares aplazaron la liora del relevo, dando lugar á que sobrevi- 
nieran otros acontecimientos lamentables! 



CAPITULO XIV. 



Operacionea mllitans en las Villas— El Cond« de Volmaseda en Ba- 
yamo.— El general La-Tone en Santiago de Caba.— £1 Brigadier 
Lezca socoire Fnerto-Fríncipe; Goyenecbe en Santa Cruz del Sur, 
detalles del paso de la Sierra de Oubitas por Lesea.— Qran sa- 
tisfaccióa que cansa la noticia.— Llegada k la Habana de loa 
Batallones le Voluntarios de las proTinclaa peninsulares.— Gran- 
des fiestas.— Excelente efecto que producen. 



Mientras en la Capital de la Isla se verificaban los acontccÍmii;n- 
los ([ue se acaban de referir, los beneméritos generales y jefes encarga- 
dos del mando de las fuerzas españolas no iwrmanecian ociosos. De-- 
scando aprovechar el [joco tienii>o que les quedaba antes de entrar en 
la estación de las aguas y los calores, empezaron con actividad las ojie- 
raciones militares en todas las jurisdicciones de la Isla, desde el dia 
en que se dió por terminado el plazo concedido á ios rel>eldes. En la 
primera quincena del mes de Marzo de 1869 empezaron a recibirse en 
la Habana noticias de las operaciones de las columnas. El Coronel 
Trillo, Teniente Gobernador de Sagua la Grande dió parte de haber 
l)erseguÍdo activamente y batido varias veces, algunas partidas de in- 
surrectos que habían aparecido en las jurisdicciones de su mando y en 



— 147 — 

las inmediatas. El Coronel Morales de los Ríos que continuaba man- 
dando la columna llamada de Artillería, operando por las jurisdiccio- 
nes inmediatas á Villa-Ciara, habia conseguido varias veces dar alcance, 
Iwtir y dispersar á los enemigos, I.os generales Letona y Peláez da- 
ban parte de haber destacado desde Cienfuegos varias columnas en per- 
secución de las partidas rebeldes, y et General Puello había empezado 
ya las operaciones por las jurisdicciones de Sanctí-Spiritus. Se reco- 
nocía la necesidad de acabar ante todo con la insurrección de las Cin- 
co Villas, á fin de salvar las zonas donde radicaban las más valiosas 
fincas de la Isla. 

Mientras tanto el Conde de Valmaseda recorría con sus tropas las 
jurisdicciones de Bayamo, Holguín y las Tunas, [jersiguiendo al ene- 
migo cpie nunca esperaba á nuestras columnas, apesar de la facilidad 
con que podía tomar ventajosas posiciones en aquellas montañosas re- 
giones centrales del Departamento. Desde Santiago de Cuba el nuevo 
Comandante General D. Simón I.a-Torre, habia organizado algunas 
pecpieíias columnas, y desde mediados de Marzo recorr'an aquellas 
sierras, y lo mismo las inmediaciones de la jurisdicción de Guantána- 
mo, donde había valiosas fincas azucareras, á fin de impedir que los 
cabecillas sacaran de ellas gente y recursos ó interrumpieran los traba- 
jos de los ingenios, habiendo conseguido que muchos campesinos re- 
gresaran á sus hogares y se dedicasen á sus ordinarios trabajos los que 
los habían abandonado contra su voluntad cuando los cabecillas de la 
insurrección algunos meses antes les obligaron á incorporarse en sus 
fila. 

Por interesantes y satisfactorias que fuesen las noticias de las ope- 
raciones militares que se recibían del Departamento Oriental y de las 
Cinco Villas no bastaban á tranquilizar los ánimos preocupados con la 
¡dea del peligro que corrían los defensores de Puerto-Príncipe; apesar 
de las altas pruebas de valor y energía que habia dado aquella reducida 
guarnición mandada por el viejo Brigadier Mena. El Brigadier don 
Juan I^zca habia sido encargado de levantar el sitio de la Capital del 
Departamento Central, y al efecto, se había puesto al frente de una 
columna compuesta de fuerzas que durante el tiempo de las negocia- 
ciones, habían permanecido en varios puntos de la costa del Norte. 
Por una carta de Santa Cruz del Sur, conducida á Batabanó por uno 
de los vapores de la línea de Santiago de Cuba, la cual estaba fe- 
chada el dia 6 de Marzo, se supo que el Brigadier Lezca había entrado 
en Puerto- Príncipe, con una columna compuesta, de un batallón de la 
Unión y otro del Rey, tina sección de Ingenieros, otra de Caballería 
y otra de Artillería con dos piezas de montaña, sumando todas estas 
fuerzas unos 1800 hombres. En la misma carta se anunciaba la llega- 
da á Santa Cruz del Sur, de una columna de 600 hombres del Regí- 



— 148 — 

miento de la Reina, una sección de Caballería y otra de Artillería, con 
dos piezas de montaña, á las órdenes del Coronel Goyeneche. Esla 
columna había salido tres días antes de Puerto-Principe en dirección á 
Santa Cruz, habiendo encontrado en su marcha varias partidas de in- 
surrectos que siempre fueron batidos, matándoles en los varios comba- 
tes diez y seis hombres, sin haber tenido la columna más que dos heri- 
dos. La carta terminaba diciendo que Goyeneche había vuelto á salir 
de Santa Cruz para Puerlo-Prínciiw, sín perder momento, con treinta 
bestias cargadas de provisiones. 

El día 9 de Marzo, se recibió el parte del Brigadier Lezca fecha- 
do el dia 26 de Febrero, en el cuál daba cuenta á la Capitanía General 
de la marcha de la columna y de los combates que había sostenido con 
los insurrectos hasta su entrada en Puerto- Príncipe. El Brigadier 
salió con su columna del puerto de la Guanaja el día 17 de 
Febrero, y á las dos horas de haberse puesto en marcha, estando cerca 
del ingenio Sanfa Rosa, la vanguardia de la columna fué atacada por 
un gran número de insurrectos. Habían tomado posiciones en la es- 
pesura de un bosque, pero fueron rechazados y la columna siguió su 
marcha. El enemigo se corrió á retaguardia, procurando hostilizarlas 
tropas. El Brigadier Ixzca sabia que Quesada había reunido todas las 
partidas de insurrectos, á fin de impedir el paso de la columna. Sabía 
también el jefe esi»aí5ol, que su enemigo había ofrecido a! Comité revo- 
lucionario romi>er su esgiada si la columna llegaba á Puerto-Príncipe. 

Bien conocía Lezca los obstáculos que había de encontrar en el 
camino, habiendo tenido Quesada elementos y tiempo de sobra ¡tara 
preparar la resistencia. Resuelto á salvar á los defensores de la capital 
del Camagiiey, Lezca tomó resueltamente el camino de la Hinojosa. 
Arrollando a! enemigo en toda.s partes, flanqueando las cortaduras y 
talas de árboles que encontraban, apesar de todas las dificultades, la 
columna pernoctó en el citado punto como su jefe se había propuesto. 
Al siguiente dia cuando la columna se hallaba en la máxima altura del 
Paso lie las Sierras ife Cubilas, dominadas por las crestas escabrosas 
de piedras cubiertas de bosques, la vanguardia fué detenida por una 
serie de talas de arboles, que tuvo que destruir bajo el nutridísimo 
fuego que recibía de las indicadas alturas, ocupadas por infinidad de 
rebeldes. Parapetados éstos en las rocas que formaban trincheras na- 
turales, se generalizó el fuego, que envolvió por todas partes la colum- 
na. Fué contestado con tesón por nuestras tropas mientras la fuerza 
de Ingenieros allanaba el paso. Dos Companfa&, una del Regimiento 
Infantería del Rey y otra del Batallón Cazadores de la Unión se des- 
tacaron por el flanco izquierdo, que era el más fuertemente amenazado 
cargando denodadamente á la bayoneta y desalojando al enemigo de 
sus [josiciones. 



— 149 — 
Siempre avanzando con decisión y energía, siguió la columna su- 
friendo constantemente el fuego de los insiirrectos, que al través 
de los grandes matorrales que habían de atravesarse ¡jor necesidad 
la hostilizaban impunemente por la imposibilidad de que pudiese ju- 
gar la bayoneta para escarmentarlos; consiguiendo llegar á un lugar 
próximo al término de la Sierra, después de cuatro horas y media de 
fuego que nos hicieron experimentar las pérdidas de treinta y un 
muertos, inclusos dos oficiales, ochenta y nueve heridos y diez y seis 
contusos. Las del enemigo debieron ser muy numerosas, á juzgar por 
los cadáveres que se encontraron en las trincheras laterales que se to- 
maron con arrojo y bizarría. Terminado el combate y con la calma 
necesaria para recoger todos los heridos, se continuó la marcha por la 
llanura, en la cual se hizo un ¡xíquefSo alto, que sirvió para prepararse 
á batir de nuevo al enemigo, que á distancia de un kilómetro se pre- 
sentó en grandes gnipos. Mas, sin duda, desconcertados por la lec- 
ción anterior t-n la que todas las tropas de la columna rivalizaron en 
arrojo y serenidad, no se atrevieron á medir sus fuerzas con los de- 
fensores de España, bastando para ahuyentarlos dos disparos de grana- 
da. La columna pasó la noche en unas casas situadas á corta distan- 
cia de la Sierra de Cubitas. 

El retraso de la acción anterior y el transpone de todos los he- 
ridos, obligó á prolongar la marcha el día 24 por terreno despejado, 
sin haber visto en todo el trayecto un solo insurrecto hasta las cinco 
de la tarde del 25 que llegó !a columna á Puerto PríncijK. 

« La entrada de nuestras tropas, dice el documento oficial que va 
copiado casi literalmente, reanimó el espíritu de aquella ciudad tanto 
tiempo angustiada.» 

El coronel Goyeneche que durante el sitio se habla distinguido 
por sus acertadas operaciones, tan pronto como llegó el brigadier Lez- 
ca se puso en marcha para Santa Cruz del Sur, como se ha dicho, re- 
gresando á la capital del CamagUey con rapidez asombrosa con los ví- 
veres y pertrechos de que tanta necesidad tenían. Santa Cruz del Sur 
dista veinte leguas de Puerto Príncipe; la carretera estaba en mal es- 
tado: sin embargo Goyeneche con sus valientes soldados efectuaron 
aquella rápida y atrevida operación sin sufrir pérdidas. ¿Por qué no 
trataron los insurrectos de impedir el paso de aquella pequeña colum- 
na? La gente de todas razas que instigada por los magnates habla 
tomado las armas no estaba entusiasmada en favor de la independencia, 
y los abogados, hacendados y en general los directores de la revolu- 
ción no eran los hombres más apropósito para organizar aquellos ele- 
mentos que necesitaban otra clase de caudillos. 

El general Quesada, hijo de Puerto Príncipe, de familia influ- 
yente y que habla servido en el ejército mejicano, al llegar al Cama- 



— 150 — 
giley supo colocarse por encima de todos los caudillos: el mismo Cés- 
pedes no se hubiera atrevido á disputarle et mando en jefe del ejército, 
Kíi vano los amigos de Quesada anunciaban' victorias: el hecho es que 
Lezca había forzado el famoso paso de Cubilas y estaba en Puerto 
Príncipe y que Goyeneche dirigiéndose á la costa Sur de la Isla había 
regresado en pocos días al punto de salida con un convoy de víveres y 
l>ertrechos. Sin embargo, los esi>añoles no dejaban de conocer que 
la situación era difícil. En Santa Cruz del Sur era poco lo que había 
y nada se |>ensaba organizar para asegurar el racionamiento de los 
puertos de las regiones centrales. Se iba á entrar en la estación de 
las aguas y los calores. Kl vómito, el cólera y las calenturas, á juzgar 
por lo que decían los enemigos de Es[iaña habían de acabar con nues- 
tros soldados y voluntarios. ¡Por desgracia muchos cayeron víctimas 
de las enfermedades! Como veremos luego, murieron muchos más 
rebeldes de miseria, de enfermedades y de falta de asistencia en los 
campamentos. 



En virtud de las comunicaciones que recibían de sus corres- 
ponsales, parientes y amigos, los españoles de las provincias que más 
interés tenían en las Antillas comprendieron que debían hacer un su- 
premo esfuerzo para sofocar cuanto antes una insurrección que á su 
juicio había tomado tanto incremento por falta de tacto del Gobierno. 
Comprendiendo el buen efecto que había de producir en la grande 
Antilla la llegada de unos cuantos batallones de voluntarios engancha- 
dos, organizados y i>agados, las Diputaciones Provinciales de la Pe- 
nínsula, empezaron á tratar este asunto con la atención debida. La 
Diputación Provincial de Barcelona fué la que tomó la iniciativa en el 
asunto y procedió á nombrar una comisión para (jue empezara ít recau- 
dar fondos, alistar jóvenes y organizar batallones de voluntarios catala- 
nes para defender la bandera española. 

Ij. Comisión la componían los señores siguientes; D. José I^onel 
yBon, D. José Canela y Reventos, D. Manuel Roig y Estalella, D. 
Juan Jover y Serra, D. José Celada, D. Agustín Robert, D. José An- 
tonio Salóm y D. Pelegrin Pomes y Bordas. Cuan acertada fué la 
elección de los sefSores comisionados lo prueba el hecho de que el día 
24 de Marzo de 1869 se presentó el primer batallón de Cazatiorís de 
BarC€hta perfectamente organizado y equipado. Al recibir la ban- 
dera en la plaza de la Constitución, el primer Presidente de la Diputa- 
ción Provincial pronunció un elocuente discurso que fué dignamente 
contestado por el primer Coronel D. José Saenz Izquierdo de Tejada, 
primer Jefe del Cuerpo. Entre un inmenso gentío y entusiastas vivas 



V 



- isi " 
' España, á Catahiíla y á Cuba se embarcó aquel primer batallón de 
'olui^tarios catalanes, quedando ya alistados suficientes jóvenes para 
'""ga.ííiiar dos nuevos batallones que pronto debían embarcarse para la 
"'SínaAntilla. 

, 'Jan pronto como dos casas de comercio de la Habana recibieron 

] "noticia telegráfica de haberse embarcado el primer batallón de vo- 
i.|. *3->-iosen Barcelona, se trató de los medios de hacerles un digno re- 
i]^l'*'*\Íento. Se fijó la atención de las personas que primero conocieron 
|)^ bisunto, en tres puntos: demostrar el gran aprecio con que recibían 
i ^ **-»JXÍlios de las provincias peninsulares; evitar que el acto tuviera 
-^^•ticter de provincial, á fin de evitar rivalidades entre los peninsu- 
'^ residentes en Cuba y levantar el espíritu público. Se formuló 
^m programa de festejos y se nombró una comisión para llevarlo á cabo. 
Nombróse Presidente de la Comisión á D. Manuel Martínez Rico; 
vice-presidente D. Francisco Camprodón; secretario D. Gil Geipi y 
Ferro, y vocales á D. Eduardo Maclas, D. Joaquín de Freixas, D. Jo- 
sé Olano, D, Gerónimo SagUés, D. Patricio V. de Landaluce, D. José 
Rafecas, D. Pablo Dardet, D. Juan Tabernilla, D. Ramón Villa, D. 
Gonzalo Castañón, D. J-sé Partagás, D. A. Alvarez de la Campa, D. 
Juan Fiol y Vich, D. Mariano Campos, D. I^andro Soler, D. Antonio ' 
Tellerla, D. León Lleó, D. José H. Egáftez, D. Antonio Serpa, D. 
Saturnino Gómez, D. Manuel Marzán, D. Manuel Ceruelos, D. José 
Perier, D. Ricardo Morales, D. Antonio Bosch, D. José Castro, D. 
José Echunln, D, José Torres y D. Santiago Aiemany. Esta Comisión 
compuesta de hijos de todas las provincias de España en pocos días 
hizo todos los preparativos necesarios para una gran fiesta cívica. 

El día i8 de Abril de 1869, en el vapor-correo España, capitán 
D. Francisco Segovia, llegaron .i la Habana los voluntarios del primer 
Batallón de catalanes que constaba de mil plazas. Los periódicos sa- 
ludaron todos con entusiastas artículos de bienvenida á los primeros 
jóvenes que venían voluntariamente de la Península á defender en Cu- 
ba la bandera de la Patria. La noticia de la llegada de los catalanes 
circuló por la ciudad con admirable rapidez y en un momento apare- 
cieron embanderadas y con colgaduras las casas particulares y adorna- 
dos los arcos de triunfo que los vecinos habían levantado en las calles 
por donde habían de pasar los voluntarios. Los muelles se llenaron de 
gente y lo mismo las azoteas, balcones y calles del tránsito marcado en 
el programa de la gran procesión cívica que la Comisión de festejos te- 
nia preparada. De las poblaciones de la Isla enlazadas con la Habana 
por las vías férreas habían acudido millares de personas para presenciar 
Ja fiesta cívica que se había preparado. 

Formada» las compaRíasde voluntarlos, milicias blancas y de co- 
lor y bomberos de la Habana y secciones de distintos pueblos, desem- 



— isi — 

batearon los voluntarios de Cataluña á los que dieron la bienvenida el 
eminente poeta D. Francisco CamprodAn en catalán y el Director de 
la fos í/^ Cuba, D. Gonzalo Castafión en castellano. Ambos discursos 
fueron aplaudidos con entusiasmo. Púsose en marcha la procesión cí- 
vica como la vamos á describir, por acontecimiento nunca vislo en la 
Habana, y contribuyó en gran manera á levantar el espiritu público y 
á eslrechar los lazos que imlan á los espalioles leales de todas las pro- 
vincias y que desanimó por completo á los enemigos de España. 

Como estaba prescrito en el programa, abrían la marcha los bati- 
dores del 10 de Caballería y de Húsares de voluntarios de la Habana: 
zo C<<misión del primer batallón, gastadores y banda de música y la 
Bandera Nacional seguida de los estandartes de Cuba, Cataluña, Álava 
y Alicante: 30 Comisión del segundo batallón con los estandartes de 
Barcelona, Habana, Almería y Asturias: 49 Comisión del tercer bata- 
llón con los estandartes de Tarragona, Puerto Rico, Aragón y Algeci- 
ras: 50 Comisión de) cuarto batallón con los estandartes de Gerona, . 
Filipinas, Burgos y Coniña: 60 Comisión del quinto batallón con los 
estandartes de Lérida, Cádiz, Castellón de la Plana y Canarias: 70 Co- 
misión del sexto batallón con los estandartes de Cuenca, Guipúzcoa, 
Granada y Galicia: 89 Comisión del primero de Ligeros con los estan- 
dartes de Logroño, Mallorca, Málaga y Murcia: 99 Comisión del sép- 
timo batallón, con los estandartes de Navarra, Oviedo, Falencia y Pam- 
plona: 10. Comisión de voluntarios de artillería, con los estandartes 
de Santander, Sevilla, Segoviay Toledo. 11. Comisión de voluntaritM 
de Casa Blanca, marinos, con los estandartes de Huelva y Pontevedra: 
12. Voluntarios de Jesús del Monte, con los estandartes de Huesca y 
Avila: 13. Comisión de Regla y Guanabacoa, con los estandartes de 
Vigo, Vizcaya, Valencia y Valladolid: 14. Comisión de voluntarios 
de Cárdenas, con los estandartes de Cárdenas, Zaragoza, Madrid y Hol- 
güín: 15. Comisión de Matanzas, con los estandartes de Matanzas, 
Santiago de Cuba, Puerto Principe y Manzanillo: 16. Numeroso coro 
de naturales de Cataluña en traje de las provincias, cantando hermosos 
himnos, acompañados por la música de bomberos de color: 17. Comi- 
sión de este honrado cuerpo: 18. Comisión de festejos: 19 El batallón 
de voluntarios catalanes, objeto de la fiesta, formado en columna. Ce- 
rraban la marcha secciones de voluntarios y húsares de caballería, con 
lujosos carros de las fábricas la La Honradez y Para Usted, condu- 
ciendo tabacos y cigarros para los recién llegados. 

La procesión cívica siguió con admirable orden por las calles mar- 
cadas en el programa, pasando por frente de la Capitanía General don- 
de estaba la brillante Compañía de Guias, y desde cuyo balcón princi- 
pal el Excmo. Sr. Marqués de Castell Florite presenció el desñle y 
saludó á los voluntarios catalanes, dando vivas á Espalla y á Cuba 



— 153 — 
BspafíoW, vivas que fueron contestados con indescriptible entusiasmo 
por ios esi>a(5oles que formaban la gran procesión cívica y por el inmenso 
gentío de todas razas y condiciones que llenábala Plaza de Armas y 
las calles inmediatas. Por la noche las calles y plazas continuaron lle- 
nas de gente ansiosa de contemplar las iluminaciones, las colgaduras y 
los arcos de triunfo. Los voluntarios eran en todas partes obsequiados 
y aciuellos jóvenes catalanes recién llegados manifestaban su agradeci- 
miento prometiendo que cumplirían como buenos sus deberes hacia la 
Patria, 

Al dia siguiente se dio á los jefes y oñc i al es un gran banquete 
en la Quinta de los Molinos, residencia de verano de los Capitanes 
Generales, Se habían preparado mesas con más dí trescientos cubiertos, 
y en ellas se sentaron con los jefes y oficialei recién llegados los hom- 
bres iná.s im[>ortantes de la Habana. Un gentío inmenso de sefioras 
y caballeros presenciaba el banquete desde las espaciosas galerías y de 
l*í» innnediaciones del edificio. El banquete fué suntuoso bajo todos 
conceptos, y al llegar la hora de los brindis, el Sr. Martínez Rico, co- 
""^ presidente de la Junta de obsequios, sabido á los jefes y oficiales 
^'^\'>ala]lón de catalanes y brindó por Es]>aíSa y Cuba Española. El 
^"«íitingiiido poeta D. Francisco Camprodón, v ice -presiden te de la mis- 
i^im Junta recitó irnos versos en catalán dignos de su fama y de su i)a- 
ttiotismo. Enseguida el Sr. Gelpí, secretario de dicha Junta ó Comi- 
sión de obsequios, en nombre de la misma y de todos los espafloles 
leales de la Isla de Cuba que se habían asociado á su i>ensamiento, sa- 
ludó á los hijos de la tierra catalana, tan rica en históricos recuerdos, 
y cuyos hijos tanto se han distinguido en todos tiempos en el estudio 
de las ciencias, en el cultivo de las artes y en el ejercicio de la indus- 
tria como en la abnegación con que lo han sacrificado todo en aras de 
la patria, y como por el valor y energía que han desplegado siempre 
en los combates terrestres y marítimos. Brindó por CuCaluHa y por 
las mujeres catalanas, que á juicio de uno de los más eruditos escritores 
modernos, hijo de Andalucía y conocedor del carácter y costumbres 
del antiguo Principado, son las que en los tiem|>os modernos más se 
parecen á las heroicas mujeres de la antigua Esparta. Al carácter que 
imprimen sus madres á los catalanes se debe la prontitud y abnegación 
con que acuden al llamamiento de su patria, lo mismo para defender 
de extranjeros enemigos el territorio nacional en los desfiladeros de las 
montanas que cuando por mar ó por tierra han de sostener en lejanos 
países la integridad y la dignidad de la Patria. p:i Sr. Gelpí fué inte- 
rnimpído durante su discurso varias veces por los entusiastas aplausos 
de los asistentes y del inmenso concurso que desde las galerías presen- 
ciaba el banquete. Enseguida el General de Ingenieros D. Rafael Cla- 
njo, el Coronel de los voluntarios catalanes y otros señores pronun- 



W''\ 



1: 



— «54 - 
ciaron elocuentes discursos que fueron también aplaudidos por los con- 
currentes. 

Al dia siguiente el Capitán General D. Domingo Dulce revistó á 
los vohintarios, celebrando su excelente organización y equipo, y lue- 
go se embarcaron en el vapor que había de llevarles á Nuevitas. 

El Sr. D. Julián Zulueta, tan pronto como recibió la noticia de 
estar prontos para embarcarse los vohinlarios del Primer tercio que las 
Juntas estaban organizando para venir á Cuba, reunió en su casa á va- 
rias (personas distinguidas y á las que habían formado ])arle de la Co- 
misión de obsequios para recibir á los catalanes. Bajo la presidencia 
del Sr. de Zulueta quedó constituida la Comisión encargada de recibir 
y festejar á los voluntarios vascongados. El día i de Junio llegaron 
éstos en el vapor Guipúicoa y desembarcaron en el muelle de la Ma- 
china. Allí se había colocado un hermoso laurel de la India, simboli- 
zando el histórico Árbol de Guernica, alrededor del cual se colocó la 
Comisión de obsequios en cuyo nombre dirigió la palabra al Primer 
Tercio Vascongado dándole la bienvenida en castellano y en vascuence, 
el Sr. Eleizegui. Siguiendo el mismo curso y programa que se adoptó 
para la recepción de los voluntarios catalanes, los vascongados verifí- 
caron su entrada en la Capital de la Isla de Cuba, abriendo la marcha 
el Escuadrón de Caballería de Guamutas, llamado de Chapelgorris que 
al efecto había llegado á la Habana, como otras fuerzas de varias po- 
blaciones para asistir á la recepción de los voluntarios vascongados. 

El día 3, después de haber tomado los Voluntarios excelente ran- 
cho, costeado por la Comisión, se celebró el gran banquete que se da- 
ba á los señores jefes y oficiales del Cuerpo. Este se preparó en el 
Gran Teatro de Tacón, con mesas para cuatrocientos convidados, y 
estando iluminado y adornado espléndidamente. Antes de sentarse 
en las mesas los invitados, los palcos, lunetas y corredores estaban 
materialmente llenos de señoras y caballeros. 

El servicio fué delicado y espléndido: á los postres el Sr. de Zu- 
lueta pronunció Un brindis entusiasta y hablaron enseguida los señores 
generales de Marina, Artillería é Ingenieros y el Sr. Presidente de la 
Audiencia- Los seflores Ariza, Gelpi y Castallón, Directores respec- 
tivamente del Diario de la Marina, La Prensa y La Vos de Cuba, 
hablaron en nombre del público de la Isla, dando á todos las gracias 
el Sr. Coronel Jefe del Primer tercio. El Sr. D. Julián de Zulueta, 
Presidente de la Comisión, tuvo la feliz idea de reunir y publicar en 
im Álbum con ¡japel y tipos de primera calidad, todos los artículos y 
poesías que se publicaron en los periódicos de la Habana á la llegada 
de los Voluntarios Vascongados y los brindis pronunciados en el ban- 
quete. En aquel lujoso volumen se registran aquellos escritos y dis- 
cursos inspirados por el patriotismo mas puro, que los españoles 



- >ss- 

1 kales de la Grande Antilla con stis demostraciones de gratitud, dirigían 

I ásuü liermanosde las provincias peninsulares que tan expon táneamen te 

/ icudian á su auxilio. El que medita acerca de la situación en que se 

I flicon traba entonces la Madre Patria, al leer aquellas entusiastas mani- 

I estaciones de los espafioles leales de la Isla de Cuba comprenderá que 

i l(s enemigos de España, que todo lo esperaban de la anarquía que 

/ ' w>er»azaba á la Península, no hablan de ver sus deseos realizados tan 

) "vilmente. Entre los emigrados cubanos de los Estados-Unidos pro- 

■í** fifan impresión la llegada de los batallones de Voluntarios orga- 
"'^^ctíjs á costa de las provincias [jen insulares, y el modo como en la 
, ^t»í*.«ia eran r.;cibidos. Entonces los directores del ¡lartido que se 
\ "~*Ss*. puesto contra su voluntad al lado de los hombres de Yara, cuan- 
I ^^'^nlaban conseguir del Gobierno de Madrid la autonomía primero 
li^ ^^-^0 la Independencia de hecho, comprendieron toda la fuerza de 
j,*^ *^leraentos esjiañoles intransigentes que había en Cuba y en la Pe- 
■^5;^^^ la dispuestos á conservar á toda costa los valiosos restos del gran- 
^*"*^ imperio que fundaron nuestros antepasados en América. Lo que 
^^■ívlribuyó á desanimar sobre todo á los enemigos, debió ser, la cor- 
dial fraternidad que en todas aquellas fiestas reinaba entre cubanos y 
Ijen Ínsula res; entre mililares y voluntarios y entre los hijos de las dis- 
tintas regiones de la Península. 

Sucesivamente fueron llegando á la Habana los batallones de .An- 
dalucía, de Asturias ó Covadonga, de Santander; segundo y tercer ba- 
tallones de catalanes y otros cuerpos. A todos se les hizo el mismo 
recibimiento y se les tributaron los mismos obsequios, uniéndose siem- 
pre los hijos de todas las provincias peninsulares residentes en Cuba, 
para la realización de tan patrióticos actos, dejando si á los paisanos 
de los Voluntarios que llegaban, la iniciativa de los obsequios; por es- 
to no se suscitó el más mínimo disgusto ni hubo la menor señal de ce- 
los ni rivalidades en aquellas tiestas cívicas que se prolongaron durante 
algunos meses, puesto que los seginidos y terceros batallones de Volun- 
tarios de algunas provincias no pudieron embarcarse hasta después de 
algún tiempo. 

Entretanto el Gobierno de la Metrópoli, que había comprendido 
el error en que al principio cayera el General Dulce, no podía consen- 
tir que el General nombrado para reemplazarle se encontrara en Cuba 
sin las fuerzas suficientes para emprender una campaña seria y activa 
contra los insurrectos. Por esto, además de los batallones de Volun- 
tarios que se embarcaban en las provincias del litoral, se dio orden de 
tmbarcar para la Isla de Cuba algunos cuerpos de Infantería y caballe- 
ría del ejército. Varios de estos cuerpos desembarcaron en Santiago 
ne Ciiba, Gibara y Nuevitas, pero otros vinieron á la Habana, donde 
« les obsequió como á los Voluntarios de las provincias y con esto se 



- is6- 
estrechaban los lazos de unión entre los cuerpos organizados por las 
provincias y los del ejército que llegaban á Cuba con el objeto de de- 
fender la bandera de la Patria. Muchos de los jefes, oñciales y clases 
•de los cuerpos de Voluntarios y del ejército, habían tomado parte ac- 
tiva en la Metrópoli en las pasadas revoluciones. En gran parte eran 
demócratas y estaban afiliados á los partidos politicos y no pocos de- 
berían su empleo en los batallones de voluntarios á sus relaciones con 
los individuos de las Diputaciones provinciales. Esto no lo ignora- 
ban los hombres que dirigían el partido español de la Isla de Cuba. 

Por esto el mismo día en que desembarcaban en la Habana, los 
jefes, oficiales y clases, leían los periódicos y en los artículos de bien- 
venida que se les dedicaban en todos, se les advertía que en Cuba no 
se venía á hacer política y que por consiguiente nadie debía acordarse 
del partido político en que había militado en la Península, puesto que 
en Cuba sólo se trataba de defender la bandera de la patria y que aquí 
[Kleaban en defensa de ella, unidos como hermanos, los que en la Pe^ 
niusula habían sido monárqnicos, republicanos, progresistas, modera- 
dos y carlistas. 

El entusiasmo con que eran saludados en los banquetes los ora- 
dores que se expresaban en estos términos, probaba que aquellos no 
bles militares conocian el camino que debían seguir en esta Isla. Pue 
de asegurarse que esta unidad de pensamiento que se consolidaba en 
aquellas fiestas fraternales, fué una de las grandes ventajas que reportó 
la causa de EspaRa de las recegx^iones hedías á los que venian á defen- 
der la Bandera Española en Cuba. 



CAPITULO XV. 



Fersecución del enemigo.— Diflcultades que presenta.— Lezca mantiene 
las comunicaciones entre Puerto-Frincipe 7 Hneñtas.— Expedi- 
ción 4 la Signanea.— Relación de las operaciones practicadas.— 
Escasos resultados gue producen.— Oeneral disgusto.— Batallón 
de Voluntarios de color organizado por el Ooronel Joller.— Se 
mandan ñierzas i Lezca.— Bapara la vía férrea de Huevitas.— 
Desembarco en Ñipe de fllibnsteros.— Se ven abaudooados.—Fal- 
sa noticia de la captura de Oéspedes.—Circulares.— Decreto de 
embargo de bienes.— Falsas noticias.— Llegan tropas .— Manifes- 
tación contra Feláez 7 Hodet.-Fin del mando del Oeneral 
Dulce. 



En el curso de los meses de Marzo y Abril, los militares encarga- 
dos del mando de las columnas procuraron aprovechar el tiempo que 
les quedaba antes que empezara la estación de las lluvias y los fuertes 
calores. Lo mismo en las jurisdicciones de las Villas que en los de- 
partamentos Central y Oriental, se desplegó bastante actividad en la 
persecución de los insurrectos. Con las tropas y los batallones de Vo- 
luntarios que llegaban de la Madre Patria, se establecieron y guarne- 
cieron puntos estratégicos y se aumentó el número y la fuerza de las 
columnas de operaciones. Sin embargo, desde entonces se compren- 



-158- 
dio cuan difícil y penosa habla de ser la guerra de Cuba, á pesar de 
regresar á sus casas la mayor parte de los campesinos que habla seguido 
al principio á los cabecillas. Entonces se comprendió que unos cuan- 
tos de éstos, los más audaces y prácticos del terrL'no, con algunos cen- 
tenares de hombres cada uno, podían dar mucho que hacer á los jefes 
de las columnas; á menos que se adoptase el sistema que siguen los 
caudillos de las repúblicas del vecino continente, de destruir el país 
inmediato al que ocupan los rebeldes y fusilar á todo el que se dirija á 
los puntos ocupados por éstos ó proceda de ellos. En la pane más 
despoblada de la Isla, en los departamentos Central y Oriental, los 
enemigos podían dis|)ersarse y esconderse fácilmente para reunirse en 
un día y en punto determinado indicado por un cabecilla. Estos po- 
dían proporcionarse noticias de la marcha de las columnas y de tas 
fuerais que había en cada destacamento. I.4is lluvias debían empezar 
pronto y poner los caminos intransitables, con lo que se haría suma- 
mente difícil racionar los soldados destacados á puntos distantes de la 
grandes poljlacíones y trasportar á ellas los enfermos. Esto esperaban 
los cabecillas, sin acordarse que su gente liabría de suirir tanto 6 más 
que los espafloles los rigores del tiemiK). En los ranchos donde los 
rebeldes se recogían no encontraban recursos de ninguna clase y los 
enfermos y heridos morían la mayor ¡larte de las veces privados de to- 
do auxilio, aún antes de entrar en la estación de las aguas y los ca- 

El Brigadier I^^ca se había quedado con las tropas de su mando 
en el De|utrtamento Central, y destacaba columnas en varias direccio- 
nes, que batían, dispersaban y causaban bajas á los enemigos. Los 
cabecillas camagüeyanos eran ¡lerse verán tes y no pocas veces se reunían 
|)ara caer sobre alguna columna con todas sus fuerzas, 6 para atacar al- 
gún destacamento. Lezca como precavido, impedía que llevasen á fe- 
liz término ninguna de sus empresas, y procuraba al mismo tiempo 
proteger los convoyes ipie desde los puertos de Nuevjtas y de Santa 
Cniz del Sur se des|»achaban ¡jara Puerto-Príncipe y otros puntos ocu- 
pados por nuestras tropas en el interior del Departamento. 

Los generales Peláez, Letona y Buceta, desde el mes de Marzo 
habían hecho los jireparativos que consideraban necesarios para pene- 
trar simultáneamente por varios puntos en el valle central llamado de 
la Siguanea, en el cual se suponía que los rebeldes tenían mucha-s 
fuerzas y grandes fábricas de armas, municiones y pertrechos. Los 
citados generales, en Cien fuegos, Trinidad y otros puntos se hablan 
proiKircionado hombres prácticos para llevar las columnas por los úni- 
cos pasos de los montes que conducían al famoso valle. Se aseguraba 
que los tres únicos senderos por donde se podía penetrar en la Sigua- 
nea estaban fortificados y que nuestras trojios no penetrarían en ella 



*in 1 ¡brar antes grandes combates en las posiciones ocupadas por los 

Rebeldes. Se suponía además que dueñas nuestras tropas de aquella 

íl'*ar¡<la que los rebeldes consideraban Inexpugnable, quedaría pacifica- 

'^ ^l extenso y montuoso territorio desde el cuál el enemigo amena/.a- 

I cíonstantemente las ricas y pobladas comarcas de aquella parte de 

** CTinco Villas. Para dar cuenta de aquella operación militar, copia- 

^*;>s lo que dice el general Peláez que tomó parte en ella: 

^f- «wCon aviso del Excmo. Sr. Capitán General de que pronto se ve- 

,0 ^*7ia una expedición á la Siguanea, dice el indicado General, puse 

«.^^^^0 raciones de ataque en Arimao y reclamé de Trinidad las dos 

"^ vX^flias de Baza, que regresaban á Cienfuegos el i6 por la tarde. 
*^/^ 4. 23 de Marzo se reunieron en Cienfuegos conmigo, los generales 
^"tia y Buceta, para acordar el modo de llevar á efecto símultánea- 
^S.Vite la expedición á la Siguanea: conviniendo en el número de co- 
lumnas que habíamos de formar y marchas que habíamos de hacer, se- 
gún la distancia, para llegar á las entradas del Valle el día 30 por la 
mañana: hecho esto el General Letona regresó á Villa-Clara y Biiceta 
continuó en Trinidad. 

•El 27 fui á pernoctar á Arimao: en este punto quedó, además de 
la compañía de Simancas, mandada por ti Capitán Daban, el Coronel 
Portal con doscientos hombres de Tarragona, cincuenta caballos y por 
segundo el Comandante Pérez Vega ó Castillo. Por cierto que al ver 
que los dejaba á siete leguas, senda directa por los montes de la Sigua- 
nea, donde creían que sus compañeros iban á cubrirse de gloria, que- 
daban tristes y desanimados: entonces les dije que vigilasen mucho de 
noche y de dia el camino de San Narciso y el sif/a llamado Barranco 
del Infierno, y que estaba seguro de que tendrían ocasión de batir á 
los rebeldes, como así sucedió. 

■El 28 llegué con infinitas i>enalidades, con un convoy de ao.ooo 
raciones á Cumanayagua: en el camino, desde la orüla opuesta del Ha- 
nabanilla, hicieron los rebeldes cinco ó seis disparos: nuestros cazado- 
dones sin contestarlos, se arrojaron al rio y no encontraron á nadie. 
En Cumanayagua supe por los prácticos que el camino de Cenicero, 
para el sitio llamado el Rancho del Capitán, era jror sí impracticable 
para los caballos, y que con los infinitos estorbos que los rebeldes ha- 
bían acumulado en él, para impedir l?s visitas que la guarnición de 
Cumanayagua pudiers. hacerles, lo era también para la gente de á pié. 
Supe además que por el expresado Rancho, no se iba directamente á 
la Siguanea, pues su vereda [jara hacerlo se nníaá la del Valle en el si- 
tio llamado las Minas. Esto hizo variar mi plan, y en lugar de divi- 
dir mi fuerza (unos 900 hombres) con dos piezas de artillería en dos 
columnas, resolví marchar con ella reunida, yendo la troi>a á la ligera 
y con tres raciones de ataque. 



«El 29 salí para Venge, en donde acampé, sufriendo la troi>a un 
¡iimeDso aguacero, por haber quemado los rebeldes las casas. 

■El 30 me puse en marcha al ser de dia y sín obstáculo de ningún 
género y sin tener más pruebas de que habla rebeldes que los abando- 
nados parapetos que habían construido, y el incendio de todas las ca- 
sas, penetré á las ocho de la mafiana en el tan famoso Valle de la Si- 
guanea, encontrando en el camino pasos diñciles y posiciones muy 
fuertes para gente que espera batirse á cuerpo descubierto ó defender 
un parapeto; pero sin tales portillos ni montañas de roca. En la Si- 
guanea no se vé una sola pefia: los montes que forman este Valle, 
aunque cubiertos de bosque muy espeso, son todos de tierra y practica- 
bles con el machete en la mano para cortar la maleza; su configuración 
lejos de ser larga y estrecha es parecida á una lágrima, comunicando 
al Oeste, por el ángulo agudo, con el Valle del Guayabo, y á la entra- 
pa de éste, qu: es largo y estrecho con algunas peñas en sus laderas, 
está también la entrada del Valle del Nicho. 

« Establesida mi fuerza en posición, mis avanzadas, que iban á re- 
conocer el valle del Guayabo, se encontraron con las del General Buce- 
ta, á quien hablan extraviado los gulas, que en lugar de llevarle á Jiba- 
coa para penetrar el 30 en el valle, según teníamos acordado, le con- 
dujeron por un camino lleno de horribles desüladeros, infranqueables 
en su mayor parte, y penetró en el Guayabo por el Guanascora, en la 
tarde del 20. Hay otra salida por el río de los Negros, y la que los 
rebeldes abrieron á través de los bosques por et Nicho. 

«A las nueve de la mañana llegó el Brigadier Escalante con una 
columna por el camino de Pueblo Viejo, y el General Letona, que to- 
mó el del Sumidero, no pitdo llegar hasta las cinco de la tarde por ha- 
hit tenido que abrirse paso par midió d.' los basques y ser más fácil 
hacerlo (jue desembarazar el que había di los obstáculos acumulados en 
él por los rebeldes. 

» Estos, la tarde antes, habían díisaparecid',) por el Nicho, Jibacoa, 
Abra de los Negros y Guayanara. Desjjués he sabido que la mayor 
parte de los insurrectos de Trinidad, al ir por este camino, se escon- 
díer<>n en el bosque para no encontrarse con el General Buceta, que 
pasó á menos de cien pasos de ellos. 

* Visto que nada teníamos que hacer ya en el Valle, en el que 
ningún recurso más que carne podíamos encontrar, que hablamos he- 
cho ver al país que en todo él no hay ningún rincón á donde no pue- 
dan penetrar nuestras bayonetas, y que los insurectos eran incapaces 
de hacernos frente, ni aún en el tan famoso valle de la Siguanea, re- 
solvimos regresar al dia siguiente á nuestros res[)ectivos territorios pa' 
ra im|>edir que los rebeldes aprovechasen nuestra ausencia. 

re En esta conferencia propuse á mis compañeros el fortificar un 



Punto del valle y establecer allí una fuerza de 300 hombres: por razo- 
tes muy atendibles no admitieron mi proyecto, y ha sido un mal, pues 
'ícujaada la Siguanea, en donde se organizan y les sirve de refugio al 
f^gr^so de todas sus expediciones, hace tiempo que )a insurrección de 
'^ dZ ínco Villas, lejos de reponer su fuerza habría desaparecido, n 

Estos párrafos de la relación de aquellas operaciones que publicó 
^™ .^^ladrid el general Peláez, antes de terminar el mifmoaflo de 1869, 
'^''** ^1 objeto de justificar sus actos cuando se vio atacado injustamen- 
' t>í».stan para dar una ¡dea clara de lo que era ya entonces la guerra 
'^ »jba. Y téngase entendido que si bien el territorio que recorrie- 
j^ *í»s coinmnas es montañoso y ¡wco poblado, no lo es tanto como 
A«^ *>as otras regiones de la Isla. Por lo demás creemos que se proce- 
^ ^^-Tin acierto no dejando á la entrada del verano trescientos sóida 
^'^ aislados en un punto de la Siguanea, cuando tanto habría costado 
atastecerlos de víveres y pertrechos, sin que hubiesen podido impedir 
que los insurrectos tuviesen siempre retirada segura en aquellas dilata- 
das serranías. Bien sabido es la sangre que costaba el abastecer á los 
destacamentos que se dejaban en puntos distantes de las costas y de las 
grandes poblaciones de la Isla! 

K! día 14 de Abril salieron de la Habana todas las fuer/as de ar- 
tillería que guarnecían las fortalezas y se trasladaron á Nuevitas, con 
el objeto de reforzar las columnas que mandaba el Comandante Gene- 
ral del Departamento del Centro, Brigadier D. Juan Lezca. Las for- 
talezas todas quedaron á cargo de los voluntarios de la Habana que ha- 
bían organizado ya cuerpos de Artillería y podían manejar las piezas 
de todos los sistemas y calibres. También salió l>ara Nuevitas un ba- 
tallón de Voluntarios Movilizados de color que acababa de alistar y 
organizar el entendido coronel D, Ignacio Joller y Lersundi, que ha- 
bía desempeñado antes con notable acierto, el cargo de ;vfe Superior 
de Policía de la Isla. 

Con gran satisfacción se supo en la Habana que el Brigadier Lez- 
ca, secundado por el de igual clase D. Félix Ferrer, al terminar el mes 
de .\bril y después de una serie de bien combinadas operaciones, ha- 
bían conseguido restablecer las comunicaciones constantes entre Puerto 
Príncipe y Nuevitas, que la Capital del departamento del Centro es- 
taba siempre bien abastecida y que se estaba trabajando en reparar la 
vía férrea de Nuevitas á Puerto Principe, Se supo que se pensaba con- 
IÍ3r álos voluntarios catalanes y á los movilizados de color la defensa 
del ferro-carril que debía mantener siempre expedita la comunicación 
entre la Capital del Departamento Central y aquel importante pueito 
de la Costa del Norte, que está treinta horas de navegación de la Ha- 
bana. Estableciendo puntos fortificados á lo largo de la vía férrea y 
teniendo en ella algunas columnas volantes, se creyó y con razón que 



Piierlo Prlnc¡|je quedaba asegurada de loda tentativa de los rebeldes. 
Eslos en aquella época no acostumbraban esperar á ninguna de las co- 
lumnas que los perseguían: solamente en el punto llamado las Auras, 
nuestras tropas consiguieron dar alcance á un.; partida de insurrectos, á 
la que batieron y dispersaron causándoles 1 7 muertos y muchos heridos. 
A últimos de Mayo desembarcaron en la costa de Cuba 250 ex- 
tranjeros que los laborantes liabian conseguido enganchar en los Esta- 
do Unidos y despachar para la Isla. Estos infelices llegaron á la gran 
bahía de Ñipe, llenos de ilusiones, contando que, como se les había 
asegurado, serian recibidos al llegar á tierra por los grandes dignata- 
rios de la RepCiblica Cubana, ansiosos de recibir á los auxiliares ex- 
tranjeros que alli acudían á jalearen favor de la indejiendencia. Segíin 
los más fidedignos relatos, aquellos ilusos permanecieron 36 horas en 
el mismo punto donde ios desembarcó el buque, que se hizo á la mar 
temeroso de ser sorprendido ytor alguno de los cruceros españoles. 
Durante aquellas largas horas los ex])edÍcionarios no vieron un solo 
cubano ni sabian hacia donde dirijirse ¡«ira encontrar las lro|)as de la 
República, que según les habían asegurado los miembros de la Junta 
Cubana de Nueva York, eran dueftas de toda la Isla, menos de algu- 
nas [TOblaciones fortificadas de la costa. ;Qué desencanto para aque- 
llos ilusos extranjeros! Estando en tal situación se vieron atacados 
poruña pequeña columna española que habla salido de Mayari: los 
aventureros fueron batidos, viéndose obligados á abandonar cuanto 
habían desembarcado, entre otras cosas ocho cañones y hasta la ban- 
dera cubana, bordada en Nueva York ¡jor Da Emilia Casanova de Vi- 
llaverde. Como la fuerza que batió á los extranjeros era muy redu- 
cida, no pudo emprender su persecución por temor de encontrarse con 
fuerzas rebeldes, qiie fueran en busca de los ex|>edicionarios y de las 
armas y |>ertrechos que la Junta les remitía. Pero sea que los cabeci- 
llas de los rebeldes no supieran nada de la expedición ó sea que 
tenían poca esjjeranza que el buque consiguiera recalar en el punto 
convenido, es lo cierto que entonces todas las fuerzas rebeldes estaban 
reconcentradas en las jurisdicciones de Holguin y Bayamo, observan- 
do los movimientos de las columnas del Conde de Valmaseda. Como 
los rebeldes habían salido mal en el Centro, donde no pudieron dete- 
ner en Alta Gracia un convoy conducido por I.ezca, en trenes arras- 
trado por caballos por el ferrocarril de Nuevitas, mientras en Puerto- 
Principe se trabajaba activamente en la composición de las máquinas, 
los cabecillas camagueyanos fueron á prestar su concurso á los que pre- 
tendían tomar la ofensiva en otro Departamento. Tan insignificantes 
eran las fuerzas que quedaron en el Camagüey en aquella fecha que 
el General Puello hacía recorrer por pequeñas columnas todo el terri- 
torio que se extiende desde Sancti-Spíritns hasta Puerto-Príncipe. 



- 163- 

Entre tanto los rebeldes de la Cinco Villas habían incendiado al- 

I 'tos ingenios; pero, habiendo empezado ya la estación de las aguas y 

^ ^alores, los cabecillas se habían retirado á las sierras jior evitar las 

aiV*"» turas que atacan á los que en las tierras bajas han de dormir al 

ft^j libre. La misma abundancia de agua imitedia quesc supieran no- 

f*ís^^ de lo que sucedía en puntos poco distantes y esto producía dis- 

^. ^ ^ en lodas partes. El nial resultado que había tenido la expedi- 

™^ de la Siguanea; las noticÍa.s confusas que hablan llegado á la Ha- 

AaTia (¡el desembarco de los filibusteros en Ñipe, y la circunstancia de 

no hablarse más de ellos después de un encuentro con la pequefla co- 

luin:ia de Mayari se comentaba todo de mil maneras. 

El General Dulce había adoptado una nueva política y deseaba 
someter á los insurrectos por medio de las armas, pero los resultados 
de sns planes no correspondían á sus esperanzas ni á la impaciencia del 
público que al entrar la estación de las aguas lamentaba el tiempo bue- 
no que se había perdido en las negociaciones con los insurrectos. El 
General estaba disgustado con algunos hombres distinguidos del parti- 
do español desde su llegada y no quería bien á ciertos jefes militantes 
de valla. De todo cuanto salía mal, como sucede en tales casos se 
quería hacer responsable á la primera Autoridad cuyo prestigio dismi- 
nuia constantemente. 



Los incansables enemigos de Espafia continuaban en las poblacio- 
nes de la Isla sus trabajos de zapa, pro]>alando noticias falsas, desmin- 
tiendo las que se publicaban favorables á la causa de la nacionalidad 
y sembrando la desconfianza entre los españoles leales. Como prue- 
ba de la desconfianza que reinaba entre los leales bastará decir que el 
día 10 de Abril corrió en la Habana la noticia de que Céspedes y otros 
Jefes de la insurrección habían caído prisioneros; ^ue llegarían por el 
lien de Batabanó y que en la misma capital de la Isla se embarcarían 
l>ara los Estados Unidos ¿Por donde se sabía la noticia? Nadie tra- 
taba de averiguarlo: loque si se ijcnsó fué en rodear la Estación del ferro- 
carril donde acudió un gentío inmenso. En vano personas respetables 
)■ entre ellas el General Espinar, segundo Cabo, el de Artillería Venene 
y ei de Ingenieros Clavijo, trataron de persuadir á las gentes que 
debían retirarse, porque la noticia era falsa y probablemente echada á 
volar por los laborantes con el objeto de burlarse de los leales. Estos 
desconfiaban y durante cuarenta y ocho horas permanecieron miles de 
hombres en el Campo de Marte y en los alrededores de la Estación 
del ferrocarril, creyendo que lo que quería la Autoridad era embarcar 
á los prisioneros en un buque angl o -americano tan pronto como llega- 



ran á la Habana á fin de libratlesdel castigo que merecían. Sin duda 
el General Dulce comprendió su situación y mandó publicar el siguien- 
te documento: 

"(íobierno Superior Politizo. — Habitantes de la Habana: 

" Es cierto que las comunicaciones que se reciben del ttfntro de la 
guerra son numerosamente satisfactorias; que los rebeldes huyen á la 
desbandada, y rnie la situación de los mismos es comprometida y difí- 
cil en el de|>artameiito Central, pero la noticia que circula de que 
Cési>edes, el incendiario de vuestras propiedades, el asesino de vues- 
tras familias y de vuestros amigos se encuentra en el castillo del Prín- 
ci])e, es una insigne falsedad, inventada \kit quien tendrá interés en 
mantener viva la ansiedad y la agitación aquí, para explotarla en el ex- - 
tranjero en sentido calumnioso y ofensivo á vuestra dignidad como es- 
(jafioles y á la honra de nuestra querida Patria. 

«Yo os lo anuncio desde ahora, sin temor de que los sucesos me 
desmientan: El triunfo defimtivo de la causa española en Cuba es in- 
evitable, es seguro, es inminente: La insurreeeibn está dominada; está 
vencida. ¡Ay de aquellos que intenten reanimarlal 

B Voluntarios: Procurad con la i>ersuasión convencer á los dema- 
siado crédulos y á los impacientes. Apoderaos vosotros mismos de to- 
do el que pro^wle noticias, que por agradables que os sean, puedan 
contribuir á la excitación y al desbordamiento de las ¡lasiones. 

n Tened confianza en mi como la tiene en vosotros completa, vues- 
tro Gobernador, Domingo Dula. 

"Habana 12 de Abril de 1869. a 

Recibióse en aquellos días una circular de la Junta Cubana de 
Nueva York, de la (¡ue formaban ¡«irte varios individuos que dos me- 
ses antes eran los más íntimos amigos del Capitán General, en cuya 
circular se pedia dinero á los cubanos : I.a -autoridad expidió los si- 
guientes documentos. 

«Gobierno Superior Político de la Provincia de Cuba: Circular; 

«Se ha recibido por el correo y circula con profusión un papel Íni- 
pa'so, firmado José Morales Lenius, Presidente de la junta Central 
Republicana de Cuba y Puerto Ri( o. 

«De la lectura de ese documento se desprenden importantes con- 
sideraciones, que yo, primera y Superior -autoridad de esta provincia 
española, y responsable á mi propio de la integridad del territorio no 
puedo menos de tomar en cuenta. 

« Deslindados están los cam;)os y desplegada la bandera; de los 
enemigos de nuestra patria no son los más temibles aquellos que de 
monte en monte y de sierra en sierra esquivan el encuentro de nues- 
tros soldados, porque aun así, hay algo de nobleza en su cobardía. 
A su modo luchan y las más de las veces riegan el campo con su san- 



- i65- 
ifje; desde un principio dijeron adonde iban y proclamaron la inde- 
pendencia del (jais en que nacieron, olvidándose, es verdad, de que 
españoles son y serán contra su misma voluntad, porque el idioma, la 
religión, la; costumbres y la sangre de (|ue se vive constituye para el 
hombre la patria verdadera. 

«Más c«l|)ableí del crimen de traición son aquellos que con sola- 
pa de humildad y rastrera h¡iwcresía, demandaron derecho;, políticos, 
como único remedio á nuestras discordias, y respondieron cuando les 
fueron concedidos, con providencial ingratitud. 

«Desde ese dia sus maquinaciones han sido el único y exclusivo 
objeto de mi vigilancia. Desde ese día he seguido sus jtasos y hasta 
■ he expiado sus intenciones. Con medidas preventivas les hice ver en 
una ocasión solemne que no me eran desconocido! sus propósitos. 
Desapoderados y ciegos, sin embargo, no se han mantenido tn los lí- 
mites de su habitual prudencia, y. ellos mismos, con ese documento, se 
apresuran á justificar las medidas tomadas j'a, los acuerdos jiara cuya 
inmediata aplicación habrá recibido ó recibirá V. S. instrucciones de 
carácter reservado, y el sistema de inquebrantable rigor q-ie me he 
propuesto seguir, mas necesario hoy, que la rebelión armada ha entrado 
en un periodo de agonia, que cuando en la (rarte Oriental y Occiden- 
tal de esta provincia y en su deiJartam?nto Central se ostentalia con 
alardes de vigor. 

«En ese documento, que de realizarse lo que en él se reco- 
mienda, se encontrarían sus autores con una mina de oro ¡jara sus 
servicios y provechos individuales, se intenta amedrentar á los tímidos, 
se lisongea y .se halaga el instinto de los codiciosos y se amenaza á los 
qne fieles á la tradición española, no serán nunca pérfidos ni traidores, u 

«Como V. S. comprenderá, ni el respeto á las doctrína.s, n¡ el cul- 
to á los principios, hoy precisamente <]ue la legalidad política y admi- 
nistrativa de nuestra Patria es un secreto de! porvenir, me detendrán, 
por i^ijcro que fuera, en el camino que la tranquilidad de las familias 
y la salvación dé la propiedad me aconsejan. 

"Dominada y vencida la insurrección armada, fuerza es, porque 
así lo reclaman la conveniencia de todos, la equidad y la opinión, que 
la aplicación severa de ciertas leyes, seque el manantial en donde bus- 
can y encuentran sus recursos los encubiertos instigadores de esta lu- 
cha fratricida.» 

"Encargo á V. S. pues, una prudente vigilancia, no comprometa 
con bullicioso exceso de patriotismo el cumplimiento de las órdenes 
que haya V. S. recibido y reciba en adelante. 

"Cualquiera omisión ó descuido, por insignificante que sea, me 
Impondría el penoso deber de castigarle con todo el rigor de la ley. 



"Dios guarde á V. S. muchos att os. — Habana 15 de Abril de 1869. 
— Domingo Dulce." 

"Sr. Gobernador de " 

"Circuliir. — Con fecha lodel actual dije al limo. Sr. Gobernador 
Politiro de esta Capital lo que sigue; 

"limo. Sr. — Procederá V. S. inmediatamente y sin levantar mano 
a! embargo de todos los bienes y demás propiedades que los seífores 
D. Néstor Ponce de León, D. Manuel Casanova, D. José M. Mestre, 
D. José Ba.ssora, D. José M. Mora, D. José Fernández Criado, Don 
Antonio Fernández Bramosio, D. Ramón Aguirre, D. Javier Cisneros, 
D. Tomás Mora, D. Federico Mora, D. Federico Gálvez, D. Francis- 
co Izquierdo, D. Plutarco González y D. Joaquín Delgado posean ó 
hayan poseído en esta Isla, mientras no quede justificado respecto á 
estos últimos haberse cumplido escrupulosamente, cuantos requisitos 
tienen establecidas las leyes para el traspaso de dominio. 

"I.o que traslado á V. S. jiara su conocimiento y á fin de que 
pruceda desde luego al embargo de todas las fincas y bienes que posean 
en esa jurisdicción los individuos comprendidos en la relación prein- 

"Habana 15 de Abril de i&6<).— Domingo Dulcf." 

"Sr. Teniente Gobernador de " 

Según la Circular á que se referían estos documentos oficiales, la 
Junla Central Republicana de Cuba y ./'«fr/'f .í (Ve establecida en New- 
Vork, se dirijia á los cubanos y puerto-riqueños sin corazón ni con- 
ciencia, que sordos k la voz de la patria se negaban á contribuir á los 
gastos de la guerra. A los viles aduladore:; de los intereses materiales, 
etc., y se prescribía que se formase un padrón de los cubanos y puerto- 
riqueffos que se encontraran en el caso de poder prestar auxilios pe- 
cuniarios á la causa de la revolución: que se invitara por medio de es- 
quelas á los que se encontrasen en situación de contribuir para que lo 
hicieran, y que se mantuviera secreto el nombre de los donantes. Fir- 
maban la Circular el Presidente de \z Junta José Morales Lemus y el 
Secretario, J. F. Bassora. El día 17 de Abril se publicó un decreto 
nombrando un Consejo de Administración de los bienes de los citados 
individuos, y el zo se publicó otro decreto dando reglas para impedir 
la ocultación de los bienes y como debía procederse en Ioí embargos 
de los bienes de dichos individuos y de los de cuantos en adelante que- 
daran sujetos á la misma j)ena, por haber lomado parte en la insurrec- 
ción, por haberla auxiliado ó por haber emigrado para auxiliarla y no 
haberse acogido al indulto. Nombróse Presidente del Consejo de Ad- 
ministración de los bienes embargados á los individuos citados y de 
los que en lo sucesivo se embargaran, al limo. Sr. D. Dionisio López 
Roberts, Gobernador Político de la Habana; vocales á D. Juan Atila- 



- i67 - 
no Colóme, Don Mamerto Pulido y el Conde de Pozos Dulces como 
individuos dei Ayuntamiento; á D. José A. Cabarga, D. Juan Poey y 
I). Joaquín Pedroso, como propietarios y hacendados; Don Fernando 
illas, D. Bonifacio Blesa Jiménez y D. Segundo Kigal, como comer- 
i.iantes; D. Agustín Genón, como Jefe de Sección de Contribuciones y 
Estadisiica: y fué nombrado Secretario del Consejo, D. Justo Zaragoza. 



Desde principios de Marzo las ¡lasiones estaban excitadas como se 
ha dicho, y más en poblaciones importantes como Cienfuegos, Trini- 
dad y Cárdenas que en la Habana. I,as tendencias de los trabajos de 
zaja eran impedir que los campesinos alucinados por los laborantes 
nu se acogieran al indulto; desunir á los leales y desprestigiar á los 
jefes del ejército á fin de que los soldados y los voluntarios no tuvieran 
en ellos confianza. Quizá las imprudencias de algunos militares de 
alta graduación y las ideas que respecto a la guerra solían emitir con- 
tribuyeron mucho al general disgusto que se notaba entre los leales. 
I.as autoridades se empeñaban en dar la insurrección por vencida: el 
público sabía que no era cierto. Un día se publicó un telegrama de 
las Cinco Villas anunciando la presentación y petición de indulto de 
los cabecillas Villamil y Villegas con 600 hombres, cuya noticia resul- 
tó falsa. Por otra parte el público exageraba las fuerzas de nuestras 
columnas y destacamentos, cuando según los datos que presentó el Ge- 
neral Peláez en las extensas jurisdicciones de las Cinco Villas, entre 
las columnas y los destacamentos sólo habla 37 compañías de infantería 
que quizá no contaban con 1.600 hombres en aptitud de prestar servi- 
cio, 250 de caballería y cuatro piezas de artillería. Gracias á los ser- 
vicios que prestaban los voluntarios de Colón, Cienfuegos, Sagua, Vi- 
lla Clara y otras poblaciones los rebeldes no podían bajar de las sierras. 

El gobierno de la Metrópoli había procurado reforzar el ejército 
de Cuba; el General Córdova, Director General de Infantería procura- 
ba enviar soldados á la Isla, pero la situación de la Península era grave: 
los republicanos de Andalucía y de otra? provincias ponían al gobierno 
en graves conflictos. Sin embargo los vapores de la Compañía de Ló- 
pez y algunos trasportes del Estado en los meses de Enero, Febrero y 
Marzo desembarcaron en los puertos de la Isla de Cuba 9.000 soldados 
y más de mil voluntarios catalanes. Todos esos soldados estaban en 
campaña; pero con Mayo entraron las aguas y los calores y poco se 
podía adelantar en la vía de la pacificación y esto aumentaba el males- 
tar pdblico. 

A últimos de Mayo llegó á la Habana el General Peláez, enfermo 
y estropeado por haberse caldo del caballo al correr en persecución de 



los rebeldes. Con él llegó el Sr. Modet, Coronel de Ingenieros que 
algunos meses antes habla sido embarcado para la Península por haber 
formado parte de la Comisión que fué á pedir al General Lersundi que 
planteara el sistema que se habia proclamado en la Metrópoli, habiendo 
sido el Coronel Modet quien con mayor calor apoyó á los cubanos. 
Habiendo regresado á Cuba con el General Dulce, el Coronel Modet 
fué destinado á las Cinco Villas, donde desempeñó bien su deber, y 
fueron calumnias de los enemigos las noticias que se propalaron contra 
él y contra el General Peláez respecto á salvo-condudos dados á ciertas 
¡wrsonas. Sea como fuere, al saberse que el General Peláez y el Co- 
ronel Modet estaban en la Habana se hicieron contra ellos ciertas ma- 
nifeftaciones que si no produjeron de^racias dejaron á la Autoridad 
muy mal parada. El general y el coronel se embarcaron para la Pe- 
nínsula. 



En las primeras horas de la noche del lo al 2 de Junio recorrió 
las calles de la Habana un grupo de hombres desarmados que fué 
aumentando y se dirigió á la Plaza de Armas, dando vivas y algunoj 
mueras. .\si pasaron algunas horas sin que trataran de retirarse los 
autores de la demostración ni los curiosos. Las fuerzas de la Guardia 
Civil y de Caballería de la Reina se colocaron stn oposición en las in- 
mediaciones de Palacio. Algunas horas después tos batallones de Vo- 
luntarios formaron en sus respectivos cuarteles y en seguida fueron á 
c<'locarse en tas calles contiguas á la Plaza de Armas. Como de cos- 
tumbre, á las altas horas de la noche las puertas del Palacio se cerra- 
ron, habiendo entrado antes parte de la fuerza de caballería que se 
quedó en el patio. Luego salieron algunos militares de alta graduación 
que hablaron con la gente reunida en la plaza, que no pensaba en re- 
tirarse. El general Dulce recibió después una Comisión de los cuer- 
pos de Voluntarios y les dijo que tenia presentada la dimisión de su 
cargo y que haría entrega del mando tan pronto como recibiera la no- 
ticia de haber sido aceptada. 

No es del caso entrar en pormenores sobre lo que sucedió aquella 
noche ni sobre las contradictorias relaciones que de aquellas tristes 
ocurrencias se han publicado en distintas fechas. Basta decir que el 
general Dulce se v¡ó obligado á entregar el mando Superior de la Isla 
al general Segundo Cabo. 

El general Dulce, que habla perdido el prestigio entre los españo- 
les leales, entre los militares y entre los voluntarios, recibió un rodo 
golpe con la publicación de una carta escrita en Nassau por uno de los 



-16,- 
ires comisionados qne habia mandado al cani|x> de los insurrectos: cn- 
m^ otras cosas decía la carta: 

«Después de otra entrevista con la mencionada Autoridad, quedé 
encargado de ir al campo de los independientes en compafíia de don 
R. K.. C. y D. H. T. con el objeto de entregar una carta del mismo 
jmetal Dulce á Carlos M. de Céspedes y tratar de que concluyera la 
lucha. 

•El general Dulce con las lágrimas en los ojos, nos suplicó que lle- 
váramos á su palacio á comer con él al referido Céspedes, y nos dio 
pUnos poderes para que hiciéramos en su nombre toda clase de arreglos 
con los insurreclosii. 

Luego decía: 

•Es de advertir que C. T, y yo adoptamos [wr base indisiwnsable 
de todo arreglo, la Milicia Nacional, con cuya institución habla de 
quedar el país en disposición de hacerse indejiendiente, desde el momen- 
to en que el gobierno espafiol no cumpliera su promesa de darle la li- 
l»ertad más completa. 

«No creia yo que de este modo podría ser perjudicial mi misión. 
Si los patriotas contaban con los medios suñcientes para salir victoriosos 
con la lucha, en vez de inclinarlos d la paz, habia de animarlos á que 
siguiesen combatiendo. Si el triunfo deñnitivo era imposible, la razón 
me dictaba aconsejarles que entrasen en negociaciones con el gobierno 
es|)aflol, con la garantía de la Milicia Nacional, la que signiñcaba la 
conservación de las armas en poder de los que tas hablan tomado en 
favor de la independencia, y el armamento del resto de los hijos del 
país, que permanecían inmóviles por hallarse inermes y sin recursos pa- 
ra combatir de momento contra el deshonroso gobierno de España. Si 
como era posible, en vista del carácter especial de D. Domingo Dulce, 
conocido por lodos desde el engatlo de que hizo victima al general 
Bluser, se trataba de hacer caer en un lazo durante las negociaciones 
á los patriotas, mi posición me permitía frustrar ios siniestros planes 
del jefe español y hacerles mayores ventajas en beneficio de la revolu- 
ción». 

En el último párrafo de su carta decia el Comisionado: 

■Es probable que pronto se publique la Historia de la Comisión 
del general Dulce al campo insurrecto; mis compañeros y amigos don 
R. R. C. y D. H. T. cuya opiniones y sentimientos podrían ser tal 
vez distintos de los mios, tienen en su poder datos preciosos que ser- 
virán para explicar algunos de los crímenes cometidos en el Camagüey 
por los españoles, después de haberme alejado yo de aquella parte del 
pats.i 

Los dos compañeros del autor de la carta algo contestaron, pero 
nada dijeron que pudiera tranquilizar á los españoles; aunque conti- 



- 170 — 
miaban gozando de buenos destinos y con el favor de la primera Auto- 
ridad de la Isla que tan mal parada dejaba en su carta un amigo y com- 
pañero. Por otra parte ajiesar de los decretos de Abril, nada ó muy 
poco se hacia para registrar y embargar los bienes de los infidentes ri- 
cos ni en la Habana ni en otras poblaciones de la Isla, lo que hacia 
su|>oner que aquellos decretos en la práctica habían de ser letra muerta. 
Asi se explican las causas de los sucesos de la noche del 2 de Junio 
de 18Ó9. 

Después de haber dimitido el Gobernador General y encargado 
del mando superior de la Isla el General Segundo Cabo, el gentío de 
la Plaza de Armas desaijareció; los cuerpos de Voluntarios y las fuerzas 
de la Guardia Civil y de Caballería del Ejército se dirigieron á sus 
respectivos cuarteles. Al día siguiente por la mañana todo el mundo 
se dirigió á sus ordinarios trabajos y quehaceres como si por la noche 
nada hubiera sucedido. 

Aquel mismo dia llegó á la Habana el primer Tercio de Volunta- 
rios Vascongados que desembarcó por la larde, habiéndosele hecho el 
gran recibimiento que se ha dicho en otro capítulo. 



CAPITULO XVI. 



Salida de la Habana del Oeneral Dulce.~El Oenaral Espinar.— Acer- 
tadas medidas qne toma.— Manifestaciones en varios pueblos 
contra determinados militares.— Noticias varias, y al^nnas des- 
gradadas.- Signen las operaciones militares. -Uaerte del Inten- 
dente Escario.— Llegada del General Caballero de Bodas.— Alo- 
endones bien recibidas.— Sn Secretario.— Confianza de los leales. 
— Baena política.- Los cabecillas del Oamagüer txatan de des- 
tmir la linea férrea de Nnevitas.— Desgracia de un destacamento. 
—Correrlas de los insurrectos.- Loa envalentonados rebeldes se 
desaniman. 



El Sr. Marques de Castell Florite se embarcó jiara la Península y 
le acompañaron á bordo los generales Espinar y Malcampo con mu- 
chos jefes del ejército y de los cuerpos de Voluntarios y gran número 
de altos funcionarios públicos. Se embarcaron en el mismo vapor 
Guijtáuoa, además de la sefiora de! General y familia, D. Juan Pérez 
Calvo, D. Ramón Rodríguez Correa, D. Domingo Sterling y Heredia 
el Sr. Secretario de Gobierno, Sr. Diaz y los señores Escosiira, Gol- 
mayo y Anleo. El General Espinar nombró Secretario de Gobierno 
al joven Comandante de Infantería D. Ricardo de Guzmán el Bueno y 



— ¡71 — 
Padilb, de instrucción y talento y que habia perdido un brazo en una 
de las más sefialadas acciones que precedieron á la toma de Bayamo, 
queriendo jKirar un machetazo dirigido al Sr. Conde de Valmaseda, 
Este nombramiento fué muy bien recibido. También se tuvo por 
acertado el nombramiento de D. Francisco Camprodón para Censor 
de Imprenta. 

Pesada era la carga y ardua la empresa para el General Segundo 
Cabo. Nadie podia negar al veterano militar experiencia, juicio rec- 
to y buen deseo de acierto. Los escritores públicos y los hombres más 
influyentes del partido espaBoI procuraron tranquilizar los ánimos é in- 
fundir confianza á los leales de todas clases y condiciones. Esto era 
tanto más necesario por cuanto se recibían noticias desagradables de 
algunas poblaciones importantes de la Isla. En Matanzas se reunieron 
más de tres mil personas para pedir el relevo del Gobernador López 
Pinto, y fué necesario complacer á aquella gente. Para restablecer la 
calma los españoles más influyentes de Matanzas resolvieron que el 
llamado Comité Nacional toma.se el nombre de Espaflol conservador y 
procuraron que se pusiera en armonía con el nuevo titulo. 

Entretanto en las columnas de La Prensa y de Za Voz de Cuba 
se publicó una carta del Sr. Coronel Modet en la cuál trata de probar 
la rectitud y buen acierto con que habla procedido en el desempeño 
del cargo conque habla sido honrado, y diciendo que perdonaba de 
corazón á sus enemigos. La verdades que ni el Coronel Modet ni 
los generales Peláea y Ló{>ez Pinto no tenían en Cuba más enemigos 
que los que lo eran de Esjiaíia; pero se encontraron entre hombres lea- 
les desconfiados, que dieron cierta interpretación á palabras que en la 
Península y con la democracia triunfante hubieran sido celebradas. Es 
de advertir que las noticias oficiales que se publicaban respecto á la 
insurrección nunca concordaban con las que recibían los particulares 
de españoles residentes en las inmediaciones de los puntos donde los 
rebeldes tenían sus fuer/as. Los laborantes continuaban propalando 
falsas noticias. Basta observar que respecto á la expedición filibustera 
que desembarcó en Ñipe, y que según los datos publicados después en 
Nueva York no pa.saba de 250 hombres, hicieron correr la voz de que 
se componia de seiscientos soldados y que se hablan incorporado ya 
con las tropas de Céspedes. Como durante muchos días el Gobierno 
no recibió noticias de aquellos aventureros, el público creta lo que 
contaban los agentes de los insurrectos. Por desgracia salió cierta la 
noticia que circuló primero como- vago rumor, de haber sido muertos 
31 soldados de Tarragona sorprendidos por 1.500 rebeldes de las Cin- 
co Villas. Habiéndose encerrado en una casa aquellos valientes sol- 
dados pelearon hasta quemar el último cartucho, causando bastantes 
bajas á los enemigos. Al fin, viéndose rodeados y sin municiones, se 



— 173 — 
n en la necesidad de entregarse á los rebeldes que los sacri- 
ñcaronsin misericordia! 

Entretanto el General Fuello habia conseguido alcanzar y ba- 
tir una partida enemiga matándole zo hombres. En las jurisdircio- 
nes de Manzanillo y de Santiago de Cuba hablan tenido algunos en- 
cuentros nuestras columnas con las partidas de insurrectos causándoles 
algunas bajas. Por las tierras de Bayamo las columnas que estaban á 
las inmediatas órdenes del Conde de Valmaseda continuaban la perse- 
cución de los cabecillas que se mantenían en aquellas serranías, y al 
mismo tiempo procuraban mantener expeditas las comunicaciones en- 
tre los puertos de las costas del Sur y del Norte con los pueblos fortifi- 
cados del interior y protegiendo constantemente el i)aso de los convo- 
yes de víveres y pertrechos. En el curso del mes de Junio el Conde 
consiguió alcanzar y batir á los enemigos en el Naranjo, en Barrancos 
y en las orillas del Cauto, dispersándolos y matándoles alguna gente. 
En el Departamento Oriental, por la parte de Santiago de Cuba el Ge- 
neral D. Simón La- Torre continuaba su sistema de persecución, pro- 
curando que las columnas de Cámara, Hidalgo y otro; entendidos jefes 
i fuerza de actividad y con acertadas combinaciones escarmentasen á 
los rebeldes de aquellas jurisdicciones. En las Cinco Villas, después 
de las ocurrencias referidas tomó el mando de las fuerzas de operacio- 
nes el Brigadier D. Juan l.ezca que con tan buen éxito había operado 
en e! Camagüey. Con los refuerzos que se hablan mandado á las im- 
porUntes jurisdicciones de las Villas, el nuevo Comandante General 
hubiera activado á no dudarlo, la persecución del enemigo; mas la 
buena estación habia pasado, empezaban los calores y las aguas. Lezca 
tuvo que limitarse á aumentar los destacamentos, escogiendo tierras 
altas á fin de que el soldado sufriera menos é impedir que los rebeldes 
establecieran en ellas sus campamentos. 

El General Espinar recibió felicitaciones de los jefes militares y 
de los cuerpos de Voluntarios de todas las poblaciones de la Isla. Te- 
nían íé en su rectitud de intención y en su buen sentido práctico. Los 
cálculos de los leales no salieron equivocados. Durante el corto tiem- 
po que el General Espinar ejerció interinamente el mando Superior 
Militar y Político de la Isla, todas las medidas que dictó fueron califi- 
cadas de prudentes y oportunas. El General Fuello y el Coronel Be- 
negasi fueron llamados á la Habana para conferenciar con el Gobierno 
y recibir órdenes é instrucciones. El General Fuello, hombre de co- 
lor y dominicano, por la buena fé con que habla abrazado la cansa de 
Espafía y por la práctica que tenia en aquella clase de guerras, merecía 
la confianza de todos. El Coronel Benagasi ¡lasaba por hombre en- 
tendido; habia prestado en aquellos meses valiosos servicios y nadie 
dudaba que podia dar excelentes informes al Gobernador General ¡n- 



teriiio, quién podia trasmitirlos á la Metrópoli. El Brigadier D. Car 
los Navarro se hizo cargo de la jefatura del Estado Mayor y el Coro- 
nel D. Carlos Rodríguez de Rivera pasó á Puerto Príncipe como jefe 
de Estado Mayor de la Comandancia General del Centro. 



Cuando más preocui>adüs estaban en Cuba los gobernantes y los 
espafloles leales en general con la cuestión de recursos, murió prema- 
turamente despuésde una corta enfermedad el Excmo. Sr. D. Joaquín 
Escario, Intendente General de Hacienda de la Isla, de cuya superior 
inteligencia, probada energía é incontestable probidad se esperaba que 
pondría en orden los más importantes ramos de la administración, que 
viniendo ya viciada desde los tiempos anteriores, con la insurrección 
y con los cambios de sistemas y de j^rsonal habla empeorado, y se 
necesitaba un hombre del temple del Sr. Escario para establecer el or- 
den en todo. Aunque los billetes del Banco, apesar de las emisiones 
hechas por cuenta del Gobierno estaban á la par con el oro, era nece- 
s;itio jiroceder ( on gran tino en el manejo de la Hacienda; era indis- 
pensable tomar medidas bien calculadas á ñn de no tener que emitir 
muchos billetes por cuenta del Tesoro. En la Habana, Matanzas, Cár- 
denas y Cienfuegos se dccia en alta voz que era hora de tomar medidas 
serias contra los defraudadores de las rentas del Estado y contra los 
que malversaban los caudales públicos. Las Aduanas que debían ser 
las principales fuentes de recursos para el Tesoro no se administraban 
bien. Con el objeto de cortar el mal se nombraron Comisiones de 
vigilancia como se habla hecho años antes siendo Intendente el seRor 
La-Rua. 1.a medida al principio produjo algún resultado; pero pron- 
to se reconoció que para contener á los malos empleados y á los co- 
merciantes egoístas se necesitaba un hombre de las condiciones del 
malogrado Escario al frente de la Hacienda de la Isla. 

El Excmo. Sr. D. Felipe Ginovés Espinar, si durante su corto 
mando no realizó todo lo que se proponía, en cambio dio muy buena 
dirección á todo, y cnando llegaba nn vapor con soldados estaba ya 
todo preparado para que á las pocas horas de haber desembarcado es- 
tuvieran ya en camino, por ferro-carril ó por vapor de costa hacia al- 
gún punto de tierras altas de la Isla. Esta precaución, en aquellos 
titmpos de calor salvó á muchos infelices soldados que si hubieran per- 
manecido en la Habana habrían sucumbido. En los últimos días del 
mes de Junio se recibieron noticias de algunos encuentros favorables á 
nuestras armas y de las medidas acertadas que habla tomado el Briga- 
dier Lezca para impedir que los rebeldes continuasen destruyendo é 
incendiando fincas. Ya se ha dicho que habiendo entrado en la esta- 



— 175 — 
din de los calores y las aguas, la i)eri>eciición de los rebeldes no podia 
reactiva. Sin embargo, por las jurisdicciones de Sagua los valientes 
ykciclidos cubanos que formaban el Regimiento de Milicias DiscipH- 
"íias de Güines y que habían salido á campaña, tuvieron la oportuni- 
áii de escarmentar varias veces al enemigo. 



Ya se ha dicho que habla sido nombrado para sustituir á D. Do- 
Wingo Dulce en el Gobierno Superior de la Isla de Cuba, el Teniente 
General D, Antonio Fernández Caballero de Rodas, quién llegó á la 
Habana el día 28 de Junio de 1869. Gozaba fama de militar entendi- 
do y resuelto desde antes de estallar la insurrección de Cádiz en la que 
lomó parte. Después tuvo la fortuna de sofocar las revoluciones repu- 
blicanas de Andalucía, y por esto los esiiaflole.s leales de Cuba celebra- 
ron su elección desde que tuvieron de ella noticia. Contaban que era 
hombre á propósito para tomar enérgicas medidas para sofocar la in- 
surrección armada, conteniendo al mismo tiempo á los que conspira- 
ban en las poblaciones de la Isla, servían de agentes á los emigrados 
y facilitaban noticias y recursos á los cabecillas de los insurrectos. 

A las 1 1 de la mafiana del mismo dia de su llegada, hizo su entra- 
da el nuevo Capitán General y se dirigió como está prescrito á los sa. 
Iones del Ayuntamiento, por entre las filas de Voluntarios que le vic- 
torearon con entusiasmo; después de haber prestado en el salón del 
Municipio el juramento que prescriben las leyes, pasó á la Capitanía 
General donde después de haber recibido á las Autoridades y personas 
notables qne fueron á felicitarle, dirigió un corto discurso 4 los jefes y 
oficiales de los cuerpos del ejército y voluntarios que fue muy bien re- 
cibido y contestado con vivas entusiastas. El General Espinar fué sa- 
ludado cordialmente por aquel numeroso concurso, y en seguida, desde 
los balcones de la Capitanía General S. E. presenció el desfile de las 
fuerzas que hablan formado para aquel solemne acto. 

En Gaceta extraordinaria se publicaron las siguientes alocuciones: 
■Capitanía General de la Isla de Cuba: 
•Habitantes de la Isla de Cuba: 

«Hace nueve meses que pesa sobre esta Isla el azote más terrible 
que puede afligir á la humanidad: la guerra civil. Desde que en mala 
hora empezó ese periodo funesto, veis languidecer el comercio, arrui- 
narse la industria, desaparecer las propiedades más pingües al impulso 
del viento de la insurrección y de la tea incendiaria que hijos espúreos 
de Cuba ó fanáticos alucinados por utopias irrealizables atizan, procu- 
rando en su insensatez, por todos los medios, aniquilar á la madre, 

3' 



- 176 - 
lia<; i é Hilóla descender desde el elii]iorio de la riqueza y bier 
que se hallaba, áscr un país yermo cubierto de ruinas y de cenizas. 

«Veis además una emigración progresiva, que disminuye rápida- 
mente los elementos de riqueza, y lo que es peor, diezmados los her- 
manos por el plomo fratricida ó por el puftal alevoso de los asesinos. 

«No descenderé en este momento á ocuparme de las cansas que han 
(Mídido conduiiros á la situación actual. Dado el presente estado de 
cnsa-s, mi misión es establecer la calma y la confianza, acabar con la 
guerra civil á lodo trance y estudiar después vuestras necesidades y 
uníanlo conduzca al bien del país, ¡«ira proixiner al Gobierno de la 
Nación todas las reformas que puedan influir para que esta perla de las 
Antillas alcance el grado de cultura, ri(pieza, ilustración y felicidad A 
que sin duda la llama su destino. 

"Comprendo todas las dificultades ron que tengo que luchar al 
encargarme del espinoso mando con ipie el Poder Kjecutivo se lia ser- 
vido honrarme; i>cro me alienta la esperanza de que me ayudarán en 
mi empresa, ademas de este ejército valeroso y disciplinado, los Volun- 
tarios armados, á cuya decisión y esfuerzo se debe en gran |)arte la 
salvación de la Isla, y todos los hombres sensatos y honrados. 

"Natural es que deseéis saber cuál será mi linea de conducli: se 
anunciará en tres palabras: Ks])aña, Justicia y Moralidad. Es|iafia que 
sacará de su inmenso ])atriotisnio recursos inagotables para conservar 
la inlcgridad de su territorio dentro y fuera de la Península. Morali- 
dad y estri<:la economía en todos los ramos de la .Administración. Jus- 
ticia jwra todos, lo mismo ¡lara el hombre acaudalado y jiara el alto 
.funcionario que |iara el modesto bracero. 

nCmi este seni;Íllo programa, i|ue adopto con fé inquebrantable y 
con voluntad firme, esjiero borrar las huellas de exterminio y destruc- 
ción que deja Ira; si la guerra civil, apagar los enconos, cicatrizar las 
heridas y enjugar tantas lágrimas. Os reclamo generasidad, digna de 
la nol)le sangre es|)añola ¡wra olvidar ofensas; y si llegamos al fin que 
me pro|>ongo, sea para vosotros la gloria y la felicidad: la satisfacción 
de lial>er contribuido á ella ¡lara vuestro Gobernador y Capitán Gene- 
ral, Cal'alkr.1 de RodiU.« 

Ksta alocución fué bien recibida porque el que la firmaba de bue- 
na fé, inspiraba confianza. I.a segunda estaba concebida en estos ter- 

n Voluntar IOS: — Con vuestra actitud enérgica y decidida habéis 
¡irestado eminentes servicios á la causa del orden, de la justicia y del 
derecho. Por ello merecéis bien de la Patria, y en toda su extensión 
resuena un grito unánime de alaltanza para los que, abandonando sus 
habituales ociLpai iones, se han crmvertido en soldados, defendiendo la 
honra nacional. 



■Orgullosos del>eis estar iKir viitstro ¡>riK:tder: también yo lu estoj', 
lauto por encontrarme á vuestro frente pata sostener la Imena causa, 
como para tener la fortuna de daros las gracias, siendo fiel intérprete 
dd Gobierno de la Nación y de nuestros conciudadanos. 

■Voluntarios: ;Viva Espafla! ¡Viva C'ulia la más tjella provincia 
española! 

I^ tercera alocución decia: 

■Soldados v Marinos:^— Unos cuantos cubanos de genio ini|uie- 
to y turbulento se han levantado en armas enarliolando la bandera de 
la rebelión contra la Patria común El asesinato y el incendio han si 
do los únicos hechos que pueden conmemorar, para vergüenza propia 
y elocuente lección á los ciudadanos ipie, jiermaneciendo fieles, saben 
ya lo que deben esperar de ellos. 

«Vosotros respondisteis al grito de la sedición con el de vuestra 
acrisolada lealtad, aprestándoos al combale, pero ¡vana quimeral los 
rebeldes no miden sus aceros con los vuestros, limitándose á cometer 
artos de iierfidia, crueldad y traición. Con lodo, si no sostL'ueis com- 
bates, porque vuestros enemigos los rehusan, no por ello alcanzáis 
menos gloria, mostrándoos como siempre, sobrios, ¡lerseverantes, su- 
bordinados y dignos hijos de nuestra (pierida Es|>aña. 

■ Hoy que me cabe la honra de ponerme á vuestro frente ¡wra ler- 
minar la obra de pacificación que con tanto ardimiento como buen 
éxito habéis empezado, os encarezco <iue seáis el amparo de los buenos; 
fieles amigos de los Voluntarios, hoy vuestros hermanos de armas, ge- 
nerosos con los vencidos y justos con los que fueren aprehendidos con 
las armas en la mano. 

«Obrando asi, la Patria os quedará reconocida; propios y extraños 
admirarán vuestras virtudes y dejareis un recuerdo inqicrecedero rn 
vuestro Capitán General, Cahalkro de Rodas. 

Al día siguiente de su llegada el nuevo Gobernador tl'jneral llamó á 
su despacho álos señores Directores de los periódicos políticos, y en un 
largo y bien meditado discurso expuso sus principios políticos; .su opi- 
nión respecto á las necesidades de Cuba y el sistema ¡pie se proponía 
seguir ])ara llegar pronto á la terminación de la obra de pacificación y 
reorganización de la Isla. S. E. dijo que reconocía lo mucho ipie los 
escritores leales habían trabajado en favor de la causit de la Patria, y 
manifestó que abrigaba la esperanza de que todos le ayudarían en la 
tarea, ilustrando la opinión y manteniendo levantado el es]iiritu públi- 
co, sin excitar las malas |>asÍones. Los concurrentes, después de haber 
dado las gracias al nuevo Capitán General por los términos tan honro- 
sos para ellos en que se había expresado, y después de manifestar ipie 
estaban completamente de acuerdo con sus principios y proyectos, le 
aseguraron que p<jdia contar con su cooperación, como ciudadanos. 



- 178- 
como miembros, la mayor parte de ellos del instituto de Voluntarios 
y como escritores públicos. Los directores de los periódicos se retira- 
ron Intimamenie convencidos de la clara inteligencia y de la rectitud 
de intención del General D. Antonio F. Caballero de Rodas. 

Como Secretario del Gobierno General, vino el Capitán de Fra- 
gata de la Armada, D, Cesáreo Fernández Duro, marino de su|)erior 
ilustración, conocedor de la Isla y cuñado del Sr. Caballero de Rodas- 
El nuevo Secretario conferenció largamente después sobre la situación 
de la Isla, con los directores de los periódicos politicos y convino en 
la necesidad de continuar el sistema que venían siguiendo La Prensa y 
La Voz de Cuba de no dejar de mano la obra de combatir las publica- 
ciones de los enemigos que circulaban por toda la Isla. 

Entretanto los cabecillas del Camagtley trabajaban activamente á 
fin de reunir fuerzas en las montañas del Departamento Central con el 
propósito de destruir la vía férrea de Nuevilas. Contaban que con las 
aguas, los calores y las enfermedades que hablan de diezmar los solda- 
dos españoles les serla fácil llevar a cabo su proyecto. Tan seguros es 
taban de ello los insurrectos que algunos caudillos de otras jurisdiccio- 
nes, olvidando por el momento celos y rivalidades, estaban dispuestos 
á coadyuvar á la realización de la grande empresa. Era evidente qtie 
destruida la vía férrea durante la estación de las aguas en que los ca- 
minos se ponen intransitables, los defensores de Puerto- Príncipe habían 
de encontrarse completamente aislados y sin pertrechos de guerra ni 
víveres, ¡El plan de los insurrectos no quedó por desgracia fnistrado! 
Al día siguiente de haberse encargado del Gobierno Superior de la Is- 
la, se recibió en la Habana una noticia que se consideró la más triste 
de cuantas se hablan recibido durante los ocho meses de lucha! 

Según se ha dicho, la vía férrea de Nuevitas á Puerto- Príncipe es- 
taba protegida por destacamentos de tropas y voluntarios situados co- 
mo á una legua de distancia el uno del otro, vigilados por numerosas 
columnas volantes repartidas por todo lo largo de la vía que tenían el 
especial encargo de proteger en caso de ataque á los soldados de los 
destacamentos. Estos, como se puede suponer contaban con poca 
gente, y las condiciones de las obras de defensa, como improvisadas, 
no eran tan perfectas como conviniera. 

La noticia que tan dolorosa impresión causó en la Habana, como 
todas las malas, circuló primero como rumor vago: luego se supo que 
en Puerto- Príncipe había llegado parte de que el destacamento del 
punto llamado Sabana Nueva, compuesta de ochenta hombres habla si- 
do atacado por mil insurrectos y que los soldados habían sucumbido. 
Al fin el público salió de dudas: se supo que aquellos valientes habían 
luchado heroicamente hasta quemar el último cartucho: que la noticia 
del ataque del destacamento de Sabana Nueva habia llegado á Puerto- 



Principe sin saber por dónde y sin que se dieran detalles respecto á las 
fuerzas de los insurrectos. Se supo después que el General Letona, Co- 
mandante General del I>e[)artamento del Centro, había salido al día si- 
guiente de Puerto-Principe con una columna ¡tara Sabana Nueva y sólo 
encontró allí seis cadáveres. Los enemigos des])iiés de haber dado 
aquel primer golpe y destruido todo cuanta tenían allí nuestros solda- 
dos se retiraron á los montes, probablemente divididos en varias par- 
tidas para esijerar el momento oportuno de atacar otro de los destaca- 
mentos de la vía férrea. 

También se recibieron en aquellos dias malas noticias del Valle 
de Trinidad: reunidas algunas de las partidas rebeldes que desde los 
primeros meses anteriores se habían refugiado en las serranías imme- 
diatas, se habían lanzado de improviso a la zona de las haciendas, la 
fecorn'eron en gran parte, robando establecimientos y destruyendo 
nncds. Como se puede comprender, aquellos merodeadores de todas 
razas se llevarían á los montes muchos efectos de los que necesitaban 
^ra pasar en los montes tos meses del estío. Las fuerzas que salieron 
^1 Su persecución se cansaron en vano, pues no era la intención de los 
^**oec/llas esperarlas y batirse con ellas. 

Ai>esar de encontrarse la estación tan adelantada continuaban lle- 
^<jf^ ^ tropas de la Península á los puertos de Cuba. Una jiarte de 

W' *os soldados eran reenganchados que habían servido ya en las 
A^as y se prestaban voluntariamente á pasar á Cuba sin temor á las 
t\iíeTmedades, pero otros eran soldados nuevos y por esto se conti- 
jiuaba el buen sistema de mandarlos inmediatamente á las tierras alta.i 
del interior de la Isla. 

Algunas medidas acertadas que se tomaron; la confianza (|ue ins- 
piró el General Caballero de Rodas á los leales y la continua llegada 
de fuerzas de la Península, impusieron á los enemigos envalentonados 
poco antes |>or lo que en Cuba había sucedido y por las noticias que 
recibían de sus amigos de la Metrópoli. Estos les aseguraban que ya 
el Gobierno de la Revolución no podría enviar más soldados á Cu- 
ba, porque en el ejército había descontentos, porque faltaban recursos 
y porque el desorden era general en las provincias peninsulares. Los 
laborantes y los cabecillas insurrectos ya no se hacían ilusiones: com- 
prendían qne el nuevo Capitán General tan pronto como pasaran los 
calores emprendería la campafla con grandes elementos. 



CAPITULO XVII. 



rundación del "Oaaino Espafiol de la Habaui".— Antiguas AsocUcio- 
neB.— Abusos que se cometian.—OonBeJos de "La Prensa" —8e 
flinda el "Oomité de Matansas."— Beunión en el Teatro de Ta- 
cón: gran concursa de españoles.— Se funda el "Casino" y se 
nombran dos "Juntas", Directiva y Consultiva .—Solemne inau- 
guración.— Discurso del General Caballero de Bodas.— Qrui en- 
tusiasmo. 



Mucho tiempo antes de estallar la insurrección de Yara, algunos 
hombres previsores, observando las sefiales de los tiempos, y conocien- 
do los trabajos y aspiraciones de los llamados reformistas, sentían 
el descuido en <]ue vivían los españoles leales, lamentando aisladamen- 
te la ceguera de algunas autoridades y funcionarios públicos. Cqm- 
prendian cuánto poder, fuerza é influencia tenian en el país los ele- 
mentos es|)afioles conservadores y deseaban que se asociaran, se orga- 
nizaran y hasta donde las leyes lo permitían entraran en la vida públi- 
ca como desde algunos años atrás venían haciéndolo los llamados re- 
formistas. Debía llegar la hora de defender los intereses españoles en 
la Metrópoli y en las Antillas y convenía que de antemano los elemen- 
tos dispuestos á defender la Nacionalidad Española á todo trance estu- 



viesen unidos, preparados y organizados. Desde muchos abosantes 
en todas las poblaciones de la Isla de Cuba se hablan creado asociacio- 
nes literarias, cientiñcas y de recreo, de las cuales Tormaban )Kirte in- 
sulares y i>en insulares, ricos particulares y funcionarios públicos que 
asistían á las brillantes reuniones que daban con frecuencia con sus 
familias. Como los directores y miembros activos de las tales asocia- 
ciones de recreo y literarias pertenecían al partido reformista, puede 
decirse que todos los discursos que se pronunciaban y todas las coin- 
¡Kjsiciones poéticas que se leian estaban basadas en el mismo tema; en 
la opresión de Cuba, rodeada de repúblicas independientes y libres. 
La tolerancia de las autoridades y la indiferencia de los es()afioles lea- 
les habían llegado al último extremo: oradores y poetas apenas se to- 
maban el trabajo de encubrir su pensamiento intimo. Baste decir que 
en el Lkeo de ¡a Habana se dió un baile en el que todas ó por lo me- 
nos la mayor parte de las señoras y señoritas se presentaron vestidas 
con las barras y las estrellas de la bandera anglo-americana, sin excep- 
tuar las de los peninsulares ricos y funcionarios públicos que eran socios 
del Lkeo. Esta indiferencia ya se ha visto como se convirtió en en- 
tusiasmo tan pronto como, al estallar la insurrección, aquellos nume- 
rosos es|)annles cubanos y peninsulares, que dedicados á su trabajo y á 
sus negocios, ninguna parte tomaban en las diversiones de los magna- 
tes que en sus sociedades literarias y de recreo tan hábil y activamente 
se dedicaban á los trabajos de propaganda política, testóse explica 
fácilmente. Desde muchos años antes de las conspiraciones y expedi- 
ciones de los que querían anexar la Isla de Cuba á los Estados-Unidos, 
puede decirse que D. Salvador Sama, D. Francisco Marty y algunos 
otros españoles eran los únicos é indiscutibles jefes y representantes de 
los intransigentes y constantes defensores de nuestra bandera. Nadie 
les habla conferido ni ellos hablan buscado tan importantes cargos; 
pero cuando era necesario se acercaban á las Autoridades y exponían 
las necesidades del país; y á su vez los Capitanes Generales é Inten- 
dentes les pedían informes y los consultaban cuando era necesario to- 
mar alguna medida administrativa que pudiera afectar los intereses del 
público. Aquellos hombres tan influyentes entre los defensores de la 
Nacionalidad Española, encabezaban todas las suscriciones patrióticas; 
organizaban empresas y disponían de los caudales que reunían sin que 
nadie les pidiera cuentas respecto al cómo ni en qué los habían inver- 
tido. ¡Tan absoluta era la conñanza que en ellos tenían los españoles! 
Si se tiene en cuenta el sistema político social existente, se coin- 
pienderá que en la Isla de Cuba las autoridades y los hombres más 
fluyentes del partido español debían mirar con desconñanza todo pro- 
yecto de asociación que pudiera crear rivalidades y excitar pasiones; 
por esto preferían todos que unos cuantos hombres de acrisolado pa- 



— I8i — 
trioiiümo, llevaran la dirección del partido opuesto á los anexionistas 
convertidos después en refurmistas y que se entendieran con las auto- 
ridades, y hasta que tuvieran sus agentes en Madrid para conferenciar 
en caso necesario con diputados, escritores públicos y ministros, En 
Setiembre de 1868, se encontraban en la Corte D. Julián de Zuluelay 
D. Manuel Calvo, que podían considerarse como herederos, sucesores 
y continuadores de la misión política de D. Salvador Sama y D. Fran- 
cisco Marty, que habían muerto. Triunfante la revolución, se conta- 
taban por millares los peninsulares y cubanos residentes en la Penín- 
sula que tenían sus intereses en las Antillas. Sin embargo, en aque- 
llos momentos críticos en que el Gobierno Provisional y el General 
Dulce tan equivocados estaban respecto á la situación de Cuba, única- 
mente D. Manuel Calvo, D. Julián Zulueta y D. Vicente Vázquez 
Queipo, se pusieron en movimiento, tocaron mil resortes y se emps- 
fiaron con los más influyentes personajes para impedir que se decretase 
to que determinadas personas interesadas en desligar las Antillas de la 
Metrópoli habían pedido. Aquellos patricios escribieron á sus amigos 
de Cuba, y entonces se reconoció en todas partes, que no bastaba ha- 
ber organizado cuerpos de Voluntarios, sino que como venía indican- 
do La Prensa desde antes de estallar la insurrección, era necesario or- 
ganizar el partido de manera que tuviera uniformidad de ideas, abun- 
dancia de recursos y que sus determinaciones tuviesen el carácter de 
dictadas por todo el partido. Comprendióse al ñn, que el partido or- 
ganizado debia tener una Junta Directiva que pudiera dirigirse al pi!i 
blico, á las autoridades y hasta á los poderes supremos de la Nación en , 
nombre de los elementos que siempre hablan defendido la bandera es- 
pafiola, ya que las asociaciones y corporaciones de recreo y literarias, 
en las que predominaban los elementos que en último resultado eran 
separatistas, siempre se ocupaban de política y hablando en nombre 
de las Antillas. 

*»* 

Toca á los espaRules de Matanzas la honra de haber sido los pri- 
meros que en aquella Ciudad organizaron el Partido, consiguiendo 
allegar recursos para sostener á los defensores de la integridad de la 
Patria y poniendo fin á los disgustos que había entre los leales, ocasio- 
nados las más de las veces por mezquinas pasiones y por secretos ma- 
nejos de los enemigos encubiertos de nuestra bandera. Organizado, 
como en otra parte se ha dicho, el 39 Batallón de Voluntarios movili- 
zados, se reunieron el día 19 de Febrero en el Teatro Esteban más de 
tres mil españoles, y se nombró un Comili de treinta y dos individuos 
que debía encargarse de dirigir el Partido, en el que debían afiliarse 



- i83 - 
todos los españoles leales insulares y peninsulares. Se entregaron 
57 mil pesos recaudados para pagar durante tres meses los haberes del 
Batallón de Voluntarios movilizados y se acordó tomar algunas medi- 
das para atender á la seguridad de las jurisdicciones de Matanzas é in- 
mediatas. El Capitán General aprobó todo lo propuesto por aquellos 
])atrÍotas reunidos en el Teatro. 

Desde aquel momento quedó constituido el Comité Nacionai. 
Conservador de Matanzas y elegida su Junta Directiva, compuesta 
de los señores siguientes; 

Pt<sident€: D. Francisco Aballl, natural de Cataluña. — VicePre- 
sidenle: D. José Seríate, de Cartagena, y D. Manuel Cardenal, de 
Montaubán. — Vocales: D. León Crespo de la Serna, Montaílés. — Don 
Francisco Hernández Morejón, de Matanzas. — D. Simón Labayén, 
vizcaíno. — D. José María Gago, castellano. — D. Antonio Almendrio, 
de Estremadura. — D. Francisco Gumá, catalán. — D. Juan Ales, anda- 
luz.— D. Anselmo García, vizcaíno. — D. Fernando Borrón, asturiano. 
— D. Serapio Hernández, de Matanzas. — D. Emilio Bou, de Matan- 
zas. — D. Ignacio Arellano, navarro. — D. Juan Soler, catalán. — Don 
José Fonrodona, catalán. — D. Martin Arzanégui, vizcaíno. — D. Sal- 
vador Castafier, catalán. — D. Enrique Crespo, de Matanzas. — D. Ri- 
cardo García Oña, gallego. — D. Joaquín PoUedo, asturiano. — Don 
Francisco Setién, montañés. — D. Manuel González Arias, asturiano. — 
D. Manuel A. del Campo, asturiano. — D. Francisco Zengotita, vizcaí- 
no. — D. Ambrosio C. Sauto, cubano. — D. Manuel Bea, vizcaíno. — 
D. Francisco Coronado, andaluz. — D. Juan Francisco Michelena, cu- 
bano. — D. Pedro G. Arias, cubano. — Secretario: D. Martin Cevallos, 
monlafiés. 

Los hombres que se afiliaron en el Comité y eligieron su primera 
Junta Directiva, procedieron con gran cordura dando sus votos á per- 
sonas nacidas en distintas provincias de la Nació::, evitando así celos 
y rivalidades, consolidando la unión de todos los espaBoIes leales, in- 
sulares y peninsulares, como lo prueba el formar parte de la Junta sie- 
te hijos de la Isla de Cuba. El Comité celebraba sesión diaria, y 
pronto su acción enérgica se vio coronada por el buen éxito. Las ri- 
cas jurisdicciones de Matanzas, que tan agitadas estaban y tanto peli- 
gro ofrecían en los meses de Enero y Febrero, gracias á la actitud que 
tomaron los leales, á los sacrificios que se impusieron y á la influen- 
cia que ejercieron los miembros del Comité y otros hacendados y ca- 
pitalistas de aquella Ciudad sobre los hombres del campo quedaron 
perfectamente tranquilas. 

En otras poblaciones de la Isla los españoles leales se agruparon 
y organizaron asociaciones para trabajar colectivamente en favor de la 
Patria. La necesidad les hizo conocer que aisladamente corrían peli 



gro de extraviarse y tjue los enemigos de la Patria podrían sacar parti- 
do de su extravio. Por otra parte, tos hombres que por su edad ó por 
su posición no podían empufiar un fusil, se consideraban en el deber 
de prestar otros servicios y en particular en el de buscar recursos para 
hacer frente á las necesidades de los pueblos. Es claro que tan buenos 
|>atrlotas debían afiliarse en las asociaciones que se proponían allegar 
recursos para atender al armamento, equipo y sostén de los Volunta- 
ríos <|ue defendían con tanto entusiasmo la causa de la Patria. 



Transcurrían las semanas y los meses y los espafloles leales de la 
Habana no pensaban en asociarse y organizar el Partido con un Centro 
Directivo (¡ue pudiese proponer, discutir y acordar lo más conveniente 
á los intereses de la Patria, apoyando y dando prestigio á la primera 
Autoridad de la Isla. Los hacendados, banqueros, comerciantes y 
propietarios, lo mismo que las empresas y sociedades de crédito, todos 
contribuían, como se ha dicho á pagar los gastos del servicio de los 
Voluntarios; todos, cuando se pedían sacrificios pecuniarios respondían 
como buenos al llamamiento de la Patria; pero esto no bastaba. Era 
necesario organizar en la Habana un dntrg Directivo, que debida- 
mente reglamentado, representara y formulara el pensamiento del Gran 
Partido Espafiol de la Isla de Cuba. Por desgracia en la Capital de 
la conmovida Antilla, los hombres empellados en organizar el Partido 
Es|iañol tropezaban con diñcultades, al i)arecer insuperables. I,os ha- 
cendados y capitalistas sucesores de los difuntos Sama y Marty unidos 
con algunos amigos particulares continuaban trabajando y sacrificando 
respetables cantidades en beneficio de la causa de los leales de Cuba. 
En Madrid y en la Isla, aquellos hombres tenían influencia; pero no 
podían en aquellas circunstancias tener por si solos la representación 
del iiartido. De buena fé á no dudarlo, creían que todo debía hacerse 
en adelante como en los tiempos pasados, y en esto se equivocaban. 
Sesenta mil hombres que hablan empuñado el fusil en los momentos 
de |ieligro para defender la bandera de la Patria y otros tantos que con 
sus recursos contribuían á sostener los gastos de los Voluntarios, no 
podían resignarse á que una docena de hombres, por beneméritos que 
fueran, tuviesen á su cargo la dirección de los negocios públicos, en 
representación de los españoles leales, mayormente cuando era notorio 
que algunos afios antes, algunos de aquellos hombres bien intenciona- 
dos se hablan dejado alucinar por los anexionistas y reformistas. Ade- 
más, para algunos era peligrosa la Asociación, por cuanto pudieran 
algunt» hombres apasionados abusar de su influencia entre los asocia- 



_ i8s- 
dos. Asi transcurría el tiempo, hasta que alguniis individuoü formiila- 
ron un proyecto de Reglamento de un Casino y convocaron á los es- 
palóles que quisieran inscribirse como socios, á una reunión pú- 
blica. 

Esta se efectuó en el Gran Teatro de Tacón, donde acudieron 
miles de españoles insulares y peninsulares: Se expuso allí el plan de 
'* Asociación, y se advirtió que se fundaba con la competente auto- 
"zación del Gobierno Superior de la Isla; se leyó el proyecto de Re- 
f/amento, y desde entonces quedó establecido el Casino EspaSol de 
í-* Habana que tan briosamente debía trabajar en favor de Cuba Es- 
partóla. El numero de socios que corrieron á inscribirse fué muy su- 
períor al que se habia calculado. Se tomó la grandiosa ca.sa situada 
*n la calle de San Rafael esquina á la de Amistad, se procedió á for- 
"•ar el proyecto de Reglamento y ae celebraron las primeras reu- 
niones. 

En los días ii y 13 de Junio de 1869 se procedió á la elección 
<"* I*«"esidente y vocales de la Junta Directiva y de la llamada Con- 
sultiva del Casino EspaSol de la Habana, y resultaron favorecidos 
con los votos de los recién asociados, los señores siguientes: Para la 
JtiNTA. Directiva: /•r«tV/í«/í, Sr. D. Segundo Rigal.—rtfífl/íí, Don 
)osé ^i_ Avendailo. — D. Antonio C. Tellería. — D. Ixirenzo Pedro. — 
"- Justo Arliz.— D. Juan Toraya.— D. Isidro Gassol y D. Tiburcio 
^- Cuestó. 

I*ara la Junta llamada Consultiva fueron nombrados los señores 
^- José Gener.— D. José Bidaguren.— D. Julián Alvarez.— D. Gabriel 
*'«e«iábar.— D. Nicanor Troncoso.— D. Juan F. Tabernílla.— D. Vi- 
ttte Oalaria. — D. Manuel Maruri. — D. José Barahona. — D. Avelino 
oirán. — D. Juan Fernández Crespo. — D. Francisco Otamendi y Don 
*^elpí y Ferro. 
■^or la fuerza misma de las circunstancias, que no iwdian favorí- 
\SX i- 'ios que al tomar la iniciativa para organizar la Asociación y for- 
^^\ar el Reglamento hablan hecho ciertas combinaciones, pronto las 
^ffi Junios, Directiva y Consultiva quedaron refundidas en una sola 
t>3Jo la presidencia del Sr. Rigal; aunque algunos de los señores de la 
primera eran los que en realidad en aquellos primeros días lo dirigían 
todo. No se habia querido seguir el ejemplo de Matanzas, donde se 
pusieron al frente del Comité las personas más ricas é influyentes del 
partido español: en la Junta Directiva del Casino Español de la 
Habana figuraban personas muy patriotas y muy dignas, pero que no 
ocupaban los primeros puestos entre los hombres de inteligencia del 
putido español ni entre los grandes capitalistas y ríeos hacendados. 
Por esto comprendieron pronto que no eran bastantes para la gran ta- 
rea de organizar un partido y dirigir sus trabajos, y trataron de fusio- 



nar en una sola las Aos Juntas. Luego el tiemix) vino á demostrar que 
esto todavia no bastaba. 

Es preciso confesar que en vista áe la imporlancta que el público 
daba i la Asociación, ya no hubo quien se acordara de las primeras 
combinaciones; ya no hubo distinciones ni vocales influyentes; todos 
olvidaron pequeflas rivalidades y sólo pensaron en desempeñar bien su 
cometido. Sin embargo, era necesario inaugurar el Casino proce- 
diendo con cierto tino ya que la Asociación se fundaba como de recreo 
según la solicitud presentada á la Autoridad por los iniciadores del 
proyecto. 

Una vez arreglado el espacioso edificio donde debia instalarse el 
Casino Español de la Habana, se fijó el día 15 de Agosto de 1869 
para la solemne inauguración de la Sociedad, acordándose que una 
Comisión de la Juiíta pasase á invitar á la Primera Autoridad de la Is- 
la, suplicándole que honrase c<in su presencia aquel acto. 



Habiéndose dignado el Excmo. Sr. Gobernador General de la Is- 
laasistir personalmente á la inauguración del Casino EspaRol de la 
Habana, fijando las ocbo de la noche de dicho día 15 de Agosto para 
el acto, desde antes de las siete los socios llenaban los espaciosos salo- 
nes de la gran casa magníficamente adornada y con una iluminación 
qne nada dejaba que desear. Las calles inmediatas no podian conte- 
ner el gentío que en ellas se apiñaba, y el Sr. Presidente de la Junta 
con nna Comisión de la misma, esperaban á S. E. en la jiueria del 
edificio. \ la hora fijada se presentó la Primera Autoridad con el se- 
fior Secretario del Gobierno Superior y los Ayudantes de S. E, 
compás de la Marcha Real que tocaban las bandas de música, fué re 
cibido el Sr, Gobernador con entusiastas vivas á Espafla, al General 
Caballero de Rodas y á los defensores de la bandera Española, que 
pella la multitud que llenaba las calles. Entre los vivas de los soc 
y de la entusiasta multitud, llegó S. E. al gran salón donde estaban 
perando el resto de los señores de la Junta Directiva. 

Colocados todos en sus respectivos puestos y reinando el más pro- 
fundo silencio, después de tantos y tan entusiastas vivas, el Sr. Presi- 
dente del Casino D. Segundo Rigal leyó un discurso de circunstancias 
adecuado á la idea de los iniciadores del proyecto qne solicitaron 
correspondiente permiso de la Autoridad para fundar la .Asociación de 
Recreo durante el mando del General Dulce. 

El Excmo. Sr. Capitán General D. Antonio F. Caballero de Ro- 
das tomó en seguida la palabra y pronunció un elocuente discurso en 
que puso derelieve sus brillantes'dotes como orador y como hombre 



- i87- 
de Gobierno, que sabia y quería cumplir con sus deberes, obligando á 
todos sus subalternos á seguir su ejemplo y á obedecer las autoridades 
y las leyes. El Gobernador General, dirigiéndose enseguida á los se- 
ñores de la Junta, les dijo que d<-sde su llegada á la Isla de Cuba tenia 
noticias de los trabajos que se estaban practicando con el objeto de 
organizar el partido español, asociando á todos los leales con el objeto 
de proceder en todo con la necesaria unidad de acción; pero que se le 
habla dicho que se pensaba dar á la nueva sociedad el nombre de Ca- 
sillo Peninsular, lo que no le hubiera satisfecho como el nombre que 
hoy lleva la asociación, más digno, bajo todos conceptos, por cuanto 
son tan buenos españoles los hijos leales de estas provincias, como los 
de las peninsulares; y entre hijos de una madre común no deben exis- 
tir diferencias. 

La Primera Autoridad de la Grande Antilla, felicitó á la Junta 
Directiva y a los señores socios del nuevo Casino EspaSol de la 
Habana en general por haber llevado á feliz término un gran proyecto, 
■(]ue podrá dar fecundos resultados, dijo, mientras no se lance al terre- 
no de la política.» E>e aqui partió el Capitán General para manifestar 
en elocuentes frases, que cuando las asociaciones como la que se inau- 
guraba aquella noche entraban en el terreno de la política, pronto de- 
jeneraban en da&s revolucionarios, lo que seria un mal muy grave pa- 
ra el pais, puesto que la experiencia tiene demostrado que cuando lea- 
les sociedades invaden el campo de la política se convierten en ele- 
mentos de oposición á la Autoridad y estorban la franca y desembara- 
zada marcha que requiere el Gobierno de un pais y más en tiempo de 
guerra y de transformaciones sociales y políticas. 

S. E. recomendó á la Junta y á los socios que desecharan toda 
idea de esta clase, pues obrando ast, podia asegurar largos años de 
existencia al Casino Español DE la Habana que desde aquel mo- 
mento declaraba ahietto oficialmente. 

I.as palabras del Genera! Caballero de Rodas fueron escuchadas 
con religioso silencio. Al terminar, como nada se habla acordado 
previamente ni el Sr. Presidente ni ninguno de los Vocales de la Junta 
contestaba al Excmo. Sr. Capitán General, que al parecer se disponía 
ya á retirarse, el Sr. D. Gil GeipI y Ferro pidió la palabra y en nom- 
bre de los fundadores y socios del Casino y en el de todos los españo- 
les de la Isla, dio las más expresivas gracias al Excmo. Sr. Capitán Ge- 
neral por haberse dignado honrar aquel acto con su presencia, proban- 
do así el cordial y mutuo afecto que existía entre la primera Autoridad 
y los decididos defensores de la Nacionalidad Espadóla en la Isla de 
Cuba. Manifestó que todos los socios del Casino EspaRol de la 
Habana, como todos los españoles leales insulares y peninsulares co- 
nocían bien sus deberes y estaban dispuestos á cumplirlos ñelmente. 



— i88 - 
Que comprendían al mismo tiempo cuánto importa no entorpecer la 
marcha del Gobierno, como tan elocuentemente acababa de exponerlo 
S. E. Porque los socios del Casino asi lo comprenden, la Autoridad 
encontrará siempre en ellos su más firme y constante apoyo. 

Para terminar, dijo el Voail de la Junta, que en aquel momento 
sentía que la gran reunión no tuviese carácter policioo; porque si tal 
carácter tuviera podria exponer detenidamente cuál era la situación de 
la Isla de Cuba al recibirse por telégrafo la noticia de haber sido nom- 
brado el General Caballero de Rodas para venir á ejercer el mando Su- 
¡jerior Civil y Militar de ella; podría explicar las causas de la gran satis- 
facción que prodtijo entre los leales españoles la acertada elección de! 
Gobierno Supremo, y por último, que si la reunión tuviera en aquel 
momento ese carácter, podría manifestar al Excmo. Sr. Capitán Ge- 
neral D, Antonio F. Caballero de Rodas, los sentimientos de la Junta y 
de los socios del Casino, que, como Codos los españoles lealesde la Isla 
de Cuba tenian en él plena confianza, i>orque estaban intimamente con- 
vencidos de que S. E. habla de restablecer la yaz y reorganizar el Go- 
bierno y administración de esta antes tan afortunada como envidiada 
Antilla. «Todos los españoles leales de esta Isla conocemos los glorio- 
sos antecedentes y las relevantes dotes de nuestro Capitán Geneaal, di- 
jo, y confiados esperamos que, con la ayuda de Dios, veamos pronto 
realizadas las esperanzas que concebimos al comunicamos el telégrafo 
la noticia de su nombramiento». 

El discurso del Vocal de la Junta aunque improvisado y sin 
acuerdo de nadie fué recibido con grandes aplausos y considerado co- 
mo verdadera manifestación de los sentimientos y convicciones de los 
sdcieí del Casino Español de la Habana que tan solemnemente se 
inauguraba. La satisfacción con que fueron recibidas las palabras del 
Sr. Geipi se consignó en el acta de inauguración del Patriótico Ins- 
tituto. 

El Excmo. Sr. Capitán General, por su parte, y dejando cierta 
res&rva natural en vista de lo que en la Isla había pasado y sabiendo lo 
que en todas partes puede resultar en tiempos intranquilos en las reu- 
niones muy numerosas, manifestó la mayor satisfacción al ver la acti- 
tud de los seliores socios y del público y los nobles sentimientos de 
que todos los leales estaban animados. Acompañado de los señores 
Presidente y vocales de las/tenías pasó S. E. al salón donde habla un 
excelente refresco preparado y en seguida recorrió los espaciosos y bien 
amueblados departamentos del gran edificio, retirándose ' después 
acompañado de los señores de la Directiva y Consultiva á los acordes 
de la Marcha Real y entre los vivas entusiastas de los seRores socios y 
del inmenso gentío que llenaba las calles inmediatas, como se ha 
dicho. 






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— 189 — 

X «augurados los trabajos del Casino y aumentando diariamente el 
nóm^íTO de socios se dirigieron cartas circulares á ¡personas importantes 
^e l¿s^ poblaciones donde los leales no estaban asociados y á los seño- 
fes p^«r<?sidentes de todas las asociaciones patrióticas de la Isla. Desde 
en t:oT^ •<:(*$ en todas las localidades de alguna importancia los hombres 
tná^ i «fluyentes del partido español, conociendo la necesidad imperio- 
sa d^ trabajar unidos en favor de la causa de la Patria y convencidos 
de l^L^ ventajas de tener un Centro común, procuraron establecer Ca- 
si >íe>s ó asociaciones que respondieran á los patrióticos fines que tenían 
en -vista los fundadores del de la Habana. Dentro de pocas semanas 
no ^£Lii sólo en todas las poblaciones de alguna importancia de la Isla 
los explanóles leales habían organizado asociaciones encomendando su 
direcrcrión á las personas que les inspiraban más confianza, sino que to- 
das la^s nuevas asociaciones, tomando el nombre de Casinos se pusie- 
ron ^n comunicación con la Junta Directiva del de la Habana pidien- 
^^ i Instrucciones, comunicando noticias y dando informes sobre el pro- 
^^^^r* de particulares y de funcionarios públicos. Por la misma fuerza 
^^ l^s circunstancias el Casino Español dé la Habana se encontró en 
con$5t:íi.iites relaciones con todas las poblaciones importantes de Cuba y 
"uei-t:c>-R¡co y como es consiguiente las exigencias de la situación con- 

^■^ti^ron la Sociedad que se fundó como de recreo en Asociación po- 
liti, 



Desde entonces, no tan sólo la Autoridad Superior de la Isla, 

^'^^^ hasta el Gobierno de la Metrópoli, tuvieron que tomar en consi- 

^''^<^ión lo que representaba el Casino Español de la Habana, que 

y^<S cjesde su creación perfectamente su cometido, aún en las más di- 

* *^s circunstancias, apesar de lo que en contra de la patriótica socie- 

j^^^^ escribían constantemente los órganos de la Junta Cubana de 



^^V: 



-York, algunos periódicos de Madrid inspirados por los agentes 



^^ \C^^ insurrectos y los empleados corrompidos de la Isla de Cuba. 

Desde su inauguración hasta la terminación de la guerra el Casino 
^5PAñol de la Habana llenó perfectamente su cometido. Ejercien- 
do influencia política, porque así lo exigían las circunstancias, siempre 
estuvo al lado de la primera Autoridad, siendo ante ella fiel intérprete 
de los sentimientos y aspiraciones de los españoles de la Isla. Lejos 
de convertirse en elemento de oposición á la Autoridad y estorbar la 
marcha franca y desembarazada del Gobierno como indicó el General 
Caballero de Rodas al inaugurar el patriótico Instituto, fué el más fir- 
me sostén y el más poderoso auxiliar del Gobierno mientras se exigían 
al país los más penosos sacrificios. Durante el tiempo que el General 
Caballero de Rodas permaneció al frente del Gobierno de la Isla de 
Cuba, pudo convencerse de que los Casinos, si bien por la fuerza de 
las circunstancias habían de proceder como asociaciones políticas, en 
nada se parecían á los clubs revolucionarios de Europa dirigidos por lo 



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general por políticos ambiciosos que sólo tienen en cuenta sps intere- 
ses personales y los del partido á que pertenecen. Los socios y los 
directores de lus Casinos de la Isla de Cuba estaban consagrados ex- 
clusivamente á conservar para España sus envidiadas Antillas; y á esta 
idea lo sacrificaban todo. Si reclamaban ciertas medidas por medio 
de los periódicos que eran sus órganos reconocidos; si se quejaban del 
proceder de ciertos funcionarios públicos ó si trataban de les opera- 
ciones de ciertos jefes militares, era con el objeto de llamarla atención 
de la Primera Autoridad sobre los actos que no estaban conformes con 
los intereses de la Patria ni con las necesidades de la Isla. 

El Casino EspaSol de la Habana tan pronto como lo creyó 
conveniente abrió una gran suscrición con el objeto de recaudar fon- 
dos con que auxiliar á los inutilizados en campaña y socorrer á las viu- 
das y padres de los que morían defendiendo la bandera de la Patria en 
la Grande Antilla. Este noble pensamiento fué secundado por todos 
los Casinos y por todos los españoles leales de la Isla. Mientras du- 
r& la lucha y después de terminada, se reunieron cuantiosas sumas para 
auxiliar á los inutilizados en campaña y se procuró repartirlas con 
equidad y justicia. 

En el curso de esta historia se verá cuánto contribuyó el Casino 
EspaHol de la Habana, secundado eficazmente por los de las demás 
poblaciones de )a Isla, al definitivo triunfo de los defensores de la ban- 
dera española en la Isla de Cuba. 



CAPITULO XVIII. 



Primeras medidiis del nnevo Oeneral.— Ordena los mai^lM militares.— 
Los rebeldes Intentan aserrar un puente del ferro-carril de Nue- 
Titas.— Levantamiento en Baracoa sofocado.— Bienes embargados. 
—Comisiones de Tigilancia eu las Aduanas.- Operaciones milita- 
res.— Diflcnltades «De ofrecían en aquella estación.— Oonvor de 
Pneito Padre & las Tunas.— Combates de la escolta.— Proclama de 
Céspedes.- Ataque 7 heroica defensa de la guarnición de las Tunas. 
— Pérdidas del enemigo y de los leales. -Besengafios de los Insu- 
rrectos. — Oonsecneucias . 



Como era natural, tan pronto como el General Caballero de Ro- 
das tomó posesión de su alto cargo, puso toda su atención en los me- 
dios de terminar la guerra y en proporcionar al Tesoro, los recursos 
necesarios para cubrir sus perentorias atenciones, .^tendiendo á la 
clase de guerra qne se hacia en la Isla de Cuba, era fácil comprender 
que ante todo convenia tener en los mandos militares, y sobre todo al 
frente de las columnas encargadas de perseguir al enemigo, generales y 
jefes de inteligencia y actividad acreditadas puesto que de poco servían 
los planes de antemano combinados ni las minuciosas instrucciones pa- 

33 



— 192 — 

ra jefes que operaban en pais despoblado, distante de las ciudades y 
villas donde habia recursos, y persiguiendo á un enemigo que se dis- 
|>ersaba cuando lo tenía por conveniente. El nuevo Capitán General 
dispuso (]ue el Conde de Valmaseda que liabia penetrada eii lo más 
escabroso de la Sierra Maestra, continuara operando en Bayamo; 
qne el (ieneral La Torre continuara en su mando de Santiago 
de Cuba y el Brigadier I.ezca en las Cinco Villas. Nombró Coman- 
dante General de Puerto Principe al Mariscal de Campo de las reser- 
vas de Santo Domingo, D. Eusebio Puello, disponiendo que regresase 
á Nuevitas con una pequeña Tuerza, después de haber recibido órdenes. 
Puello en Nuevitas organizó una pequeña columna y con ella empren- 
dió la marcha hacia Puerlo-Prlncipe. Allí tomó el mando del Cama- 
güey que le entregó el General letona. 

Entretanto los rebeldes hablan formado un plan que hubiera po- 
dido tener funestas consecuencias si no se hubiera descubierto á tiennpo 
y como providencialmente. Aprovechándose de la oscuridad de la 
noche y habiéndose proporcionado sierras muy finas, los insurrectos 
consiguieron aserrar los principales maderos de uno de los puentes del 
ferro-carril de Nuevitas, que continuaba expedito, gracias á los desta- 
camentos y á las columnas volantes que se mantenían como se ha dJcho 
a lo largo de la linea. El trabajo practicado no se vela, y los enemi- 
gos es|>eraban que al pasar un tren con víveres, pertrechos y soldados, 
el puente se desplomarla. Por fortuna «1 jieligro se descubrió á tiem- 
po: el puente se compuso inmediatamente y pudieron continuar exjje- 
ditas las comunicaciones entre Nuevitas y Puerto- Principe, Los jefes 
de columna comprendieron la necesidad de redoblar !a vigilancia para 
desbaratar los planes que combinaban los enemigos. Estos, que con- 
taban con ba.slan tes amigos en Puerto- Principe, penetraron en número 
de dos mil en las calles de la población que estaban fuera del recinto 
fortificado. Los soldados y voluntarios, dirigidos por el General 
Puello, no tan sólo rechazaron á los insurrectos sino que los persiguie- 
ron hasta la distancia de más de dos legiuxs de la población, matándo- 
les 40 hombres. 

Por aquella misma época hubo un levantamiento en la jurisdicción 
de Baracoa. Los que se levantaron eran gente indultada ya una vez; 
y sofocado el movimiento, los que lo habtan dirigido fueron senten- 
ciados á muerte y ejecutados, quedando de nuevo tranquila aquella ju- 
risdicción y las inmediatas. Entretanto los coroneles Acosta y Albear, 
Velosco y Ampudia, continuaban la persecución de los rebeldes, apesar 
de estar en la estación de los calores y las lluvias. Con más ó menos 
actividad, según las condiciones del terreno y la clase de gente aclima- 
tada de que podían disponer, todos los jefes de columna continuaban 
las operaciones contra los rebeldes. Desde entonces los enemigos de 



Espaffa pudieron haberse convencido de que las enfcrmedadej del ve- 
rano, con las que tanto contaban para vencer á los defensores de la 
nacionalidad, ¡ban desapareciendo, y que estaban equivocados. Desde 
la campafia de aquel primer verano debieron haber comprendido que 
los calores, las aguas y las enfermedades no habían de causar tantas 
Mjas en las filas de los españoles como en las de los insnrrectos i|ue no 
'enian albergue ni víveres saludables las más de las veces y que carecían 
'^"Jtnpletamente de abrigos, hospitales y medicinas. Es cierto que los 
"onilíres de color qne militaban en el campo rebelde podían rísislir el 
^', las lluvias y el rocío, \mt mucho tiempo, i>ero no sucedía lo mismo 
**'* los hombres de raza blanca, que no podían contar como los solda- 
os y voluntarios peninsulares y cubanos, mejor alimentados, alojados 
^sisjijgj en las poblaciones y puntos fortilicados. 
^ r>esde que se encargó del Gobierno Stii»erior Político el tieneral 
lj- ^^llero de Rodas, se activaron los trabajos referentes al embargo de 
¿¡^ ^s á los infidentes. El Gobernador Su|>erÍor dictó acertadas nie- 
lo^ ,^ F^ra impedir que las lincas continuasen en manos de amigos de 
^^y ^^lirrectos y emigrados que tenían el encargo de explotarlas y re- 
^"^s sus productos que en parte servían para sostener á los rebeldes. 
Y.'ÍV Wiuchas poblabiones, hasta entonces nada se había hecho para sacar 
partido de los bienes de los infidentes. Las autoridades locales en 
muchas partes sólo habían presentado listas de infidentes que nada te- 
nían. No [xjcos acreedores supuestos, administradores hábiles y pa- 
rientes de influencia, conseguían <iue las fincas no se embargaran, pro- 
moviendo cuestiones y apelando á toda clase de recursos para imijedir 
la terminación de los exiwdientes. Con la llegada del nuevo Capitán 
General, temerosos de que se les aplicasen los castigos <iue ixs leyes 
imiMinían á los encubridores, se apresuraron muchos apoderados y ad- 
ministradores de los bienes de los infidentes á prestar las correspon- 
dientes declaraciones y á entregar los bienes que hasta entonces habían 
retenido. Los Tenientes Gobernadores de toda la Isla, gracias á las 
enérgicas circulares que del Gobierno Su[)erior se les pasaron, desde 
entonces procedieron con actividad para cumplir con su deber, desen- 
tendiéndose de toda clase de influencias. Estos trabajos aumentaron 
la confianza de los leales, pudiendo asegurarse que durante los primeros 
meses de mando del General Caballero de Rodas, no tan sólo todos 
aplaudieron sus medidas, porque las consideraban justas y acertadas 
sino que tenían la intinta convicción de que en la próxima cam|)aña 
de invierno quedarla terminada la jiacificación de la Isla. Por desgra- 
cia no se vieron realizadas las esperanzas de los leales esiiafioles. 

Como se ha visto en otra ¡«irte, en tiempo del malogrado Inten- 
dente Escario, se había tratado de tomar medidas serias á fin de ¡nqje- 
dir que continuara el contrabando que se hai:ía por las Aduanas, <jue 



debía ser la principal fiicnle de recursos del Tesoro. Con la muerte de 
aquel honrado y entendido jefe de Hacienda, quedaron las cosas como 
estaban. Con el objeto de jioiier ñn á los abusos, contando con la 
aprobación de los comerciantes que no entraban en negocios de cierta 
clase con los malos empleados, la autoridad creyó conveniente estable- 
cer Comisiones de Vigilancia en las Aduanas, y con fecha del ii de 
Julio de 1869 se publicó el siguiente decreto: 

Gobierno Supíríor Político de la Prffvinda de Cuba. 

Decreto: — Conviniendo al mejor servicio, restablecer Comisiones 
de vigilancia que intervengan en las operaciones de las Aduanas; te- 
niendo en cuenta los beneficios que han de producir al Erario y al co- 
mercio de buena fé, y en uso de las facultades que me están concedi- 
das por el Gobierno Supremo de la Nación, he tenido por conveiiicnte 
decretar lo siguiente: 

« 19 En todos los puertos habilitados se restablecerán desde ro 
de Agosto próximo, con las modificaciones (jue he creído oportunas, 
las Comisiones de comerciantes establecidas en distintas épocas para 
vigilar las operaciones de todas las Aduanas de la Isla. 

* 19 Dichas Comisiones se compondrán: en la Habana de veinte 
y cuatro individuos del comercio, distribuidos en cuatro secciones: en 
Matanzas y Cuba de doce; en Cárdenas, Cienfiiegos, Sagua, Trinidad, 
Nuevitas y Manzanillo de ocho, y en las colecturías de Aduanas de 
cuatro, con igual división si es posible y su servicio lo requiere y con 
iguales facultades que la de la Habana en las localidades que lo i>ermi- 
tan. Habrá también el número de suplentes que se considere necesa- 
rio para cubrir el servicio en ausencias y enfermedades. 

«39 Serán nombrados por el Intendente General de Hacienda. 
á propuesta de los gremios de comerciantes, almacenistas y mercaderes 
donde se hallen establecidos y en igual proporción, si fuere |>osibte, 
para completar el total de individuos que deban hacer este servicio al- 
ternativamente lodo el afio. Con este fin los síndicos de los referidos 
gremios, previa convocatoria y acuerdo de los mismos, elevarán las 
propuestas referidas para que en vista de todas, pueda aquella Autori- 
dad elegir el número de comerciantes de todos ramos qtie han de com- 
poner la Comisión y funcionar el tiempo que sédala el Reglamento. 
En los puntos donde no se hallen establecidos dichos gremios ó que 
jmr cualquier otra cau.sa, no sea posible elevar la |>ropuesta en la forma 
que se indica, lo verificarán los Goliernadores ó Tenientes Goberna- 
dores, previos también los informes conducentes, explicando el moti- 
vo ó motivos que lo justifiquen. 

« 40 Hecha la propuesta en la forma prevenida, y por una sola 



— 195 — 
v» p>£«,ra todo el afio, los individuos délos expresados gremios por 
coiici».«<;to de los Gobernadores ó Tenientes Gobernadores, remitirán 
i» )>aropaestas y nombrarán provisionalmente de los primeros que (i- 
pii^x^ «n ellas, el número proporcionado de los que han de componer 
l3'^<=>ra-)isión, para que empiece á funcionar desde luego, si para el lo 
*' irrfccs entrante no hubiera recibido el definitivo nombramiento, 
«nt i ^-B wando en lo sucesivo los nombrados por la Intendencia; hasta 
'F ^ssla acuerde el relevo ó sustitución de los que deben cesar en el 

"59 '-os síndicos de los gremios respectivos ó los Gobernadores 
" * «r» ientes Gobernadores en su caso, dictarán las órdenes oportunas 
. ^"* el cumplimiento de este Decreto en los puertos habilitados de su 
^'^'i'í^icción. 

" Habana 21 de Julio de 1869. — Caballero de Rodas.» 
j^^ *~^on este Decreto se publicó el Reglamento que debian observar 
l;j^ ^Omisiones de Vigilancia en sus relaciones con los empleados de 
t'^i"^^ lianas. En el Decreto habla lujo de detalles, pero en Cuba, 
^1^ V ^ «n la Metrópoli, en los Estados- Unidos y en otros paises donde 
*-^en grandes contrabandos en la Aduanas, poniéndose de acuerdo 
WtvVveados con comerciantes, es muy difícil cortar el mal jior medio 
¿e Reglamentos. Solólos severos castigos impuestos .sin contempla- 
ciones á los defraudadores, y buscando medios de descubrir los fraudes 
pueden contener á los comerciantes, contrabandistas y á los empleados 
de rentas. 

El General Caballero de Rodas encontró los trabajos preparados; 
se le aseguró que las Comisiones de Vigilancia darían buenos resulta- 
dos y lirmó los Decretos. Dictó también algunas otras medidas ten- 
dentes á mejorar otros ramos de la Administración, y particularmente 
en todo lo que se relacionaba con la buena alimentación del soldado y 
la asistencia de los enfermos. -Ayudaban eficazmente al Capitán Ge- 
neral en su tarea, el Sr. Secretario de Gobierno D. Cesáreo Fernández 
Duro y el Brigadier Jefe del Estado Mayor D. Carlos Navarro, que 
trabajaba con extraordinaria actividad desde su llegada á la Isla. 



Al tomar el mando Caballero de Rodas, en la |wrte Oriental de 
la Isla, desde la linea que va de Morón á Ciego de Avila, puede decir- 
se que no habia más pueblos fortificados y ocupados permanentemente 
por los soldados y voluntarios, fuera de los de las costas, qne Puerto- 
Príncipe, Bayamo, Holgutn y las Tunas, siendo aquella región la más 
ancha y menos poblada de la Isla. Apesar de ser tan pocas las pobla 
ciones que las fuerzas españolas ocupaban en el Centro de dicha región 



— 196 — 
Oriental, las columnas que en ellas operaban casi tenian que dedicarse 
exclusivamente á la conducción de convoyes que desde las costas se 
hablan de conducir fuertemente escoltados y protegidos por malos ca- 
minos y á muchas leguas de distancia. En el Camagüey no se podía 
desatenderla defensa de la vía férrea de Nuevitas á Puerto- Principe, 
contra cuya via repetían los cabecillas insurrectos sus tentativas. La 
Ciudad de Bayamo se abastecía por el rio Cauto, por medio de peque- 
ñas embarcaciones y ])or convoyes conducidos desde Manzanillo. El 
Conde de Valmaseda no podía desatender Bayamo, Holguln y las Tu- 
nas. Puede calcularse cuánto costaría en la estación de las aguas y los 
calores el trasporte de víveres, iiertrechos, refuerzos y enfermos desde 
los puertos de la costa. En el Camagüey, los distritos de Jibanico y 
Ciuáimaro antes de estallar la insurrección apenas contaban ocho mil 
habitantes, rei)artÍdos en jjequeñas rancherías; los caminos eran casi 
intransitables páralos que no eran prácticos del terreno. Allí se habían 
establecido las llamadas Cámaras y el Gobierno Ejecutivo de la Repú- 
blica Cubana, con la seguridad que durante la estación de las aguas 
y los calores no hablan de jxxler llegar allí las columnas españolas. 

A principios de Junio salió de Puerto-Padre, situado al Oeste de 
Gibara, un convoy de veinte y tres carretas cargadas de víveres y i>er 
trechos con dirección á las Tunas. Escoltaban el convoy dos compa- 
ñías del Regimiento de Ñapóles, dos del Batallón de la Habana, 59 
Voluntarios movilizados, con dos pie7.as de Artillería. Los caminos 
estaban intransitables, y los soldados y Voluntarios se vieron pronto 
rodeados de enemigos. Ajiesar de todos los obstáculos el convoy se- 
guía adelante, sosteniendo la escolta repetidos ataques, en uno de los 
cuales murieron el Teniente Amigó del 50 movilizado de la Habana y 
el Cabo de Artillería Otero, después de haber hecho prodigios de va- 
lor rechazando al enemigo, gracias á la serenidad del Jefe de la fuerza 
Hernández Calvez que en uno de los ataques tuvo el caballo muerto. 
Convencido de la imposibilidad absoluta de hacer adelantar las carre- 
tas por el estado de los caminos y por los ataques del enemigo, buscó 
un punto apropósito para colocarlas y defenderlas con alguna gen- 
te y procuró que una parte de los efectos llegara á las Tunas con mu- 
las de carga. En los continuos combates los rebeldes perdieron mucha 
gente y lo mismo los soldados y voluntarios de la escolta. Los insu- 
rrectos explicaron y comentaron á su manera aquella marcha y deten- 
ción del convoy salido de Puerto- Padre, de !a que no puede negaise 
que sacaron ventajas, pero quisieron darle más importancia que la que 
■ tuvo. Los nuestros dejaron los cadáveres del Teniente Amigó, del 
Cabo Otero y los de algunos soldados y voluntarios; dejaron las carre- 
tas en el camino; pero causaron muchas bajas á los rebeldes y llegaron 
con lor víveres y pertrechos á su destino. 



— 197 — 

^UTreyeiido el titulado Gobierno dí la República Cubana que ha- 

^ 1 l«^gado la hora de probar que sus Ejércitos sabían vencer á los es- 

'"^ *^ 1 ^^s y podían reparar el prestigio que habían iwrdido desde que no 

'*^ '^^ »-on defender el famoso paso de Cubitas, mandó reunir en las in- 

, ■^^-«iones de las Tunas las fuerzas délos más afamados cabecillas. 

*^-^*-"ba Césjjedes que seria fácil, por medio de un golpe de mano, 

,y^*^^warse de aquella población central defendida por una guarní* ion 

I¡j ^^ ¡da y escasa de municiones, antes que pudiera ser socorrida por 

C^ ^^*^^lumnas que con tantas diñcultades operaban en aquel territorio. 

■^l^^^^^-da tenía más interés que el mismo Gobierno Cubano en llevar á 

'*^\^ aquella empresa, de cuyo buen éxito no dudaba, contando que 

p'Vi^ llegado la hora de recobrar su |>erdido prestigio entre los suyos, 

;íVj^^ laoniénduse de nuevo á los demás cabecillas. Reunidos éstos con 

\\4* ^u gente en los puntos que se les había indicado de antemano, el 

^■^o Presidente de la República les dirigió la siguiente proclama: 

«■Soldados del Camagücy y de las Tunas: 

«A vosotros se ha confiado una de las operaciones más importan- 
tes de esta campaña. Seguro de que excederéis el cumplimiento de 
vuestro deber, el Gobierno Supremo viene á contemplaros. 

«.Soldados: tenéis un General entendido y valiente! Sus órdenes 
os conducirán á la victoria! A vosotros toca asegurarla con vuestro 
valor, vuestra constancia y vuestra subordinación y disciplina. 

oSoldados de Cuba: Vuestro enemigo cobarde tiembla detrás de 
sus trincheras. Sólo confia para sostenerse, en vuestra inex|>eriencía 
y falta de recursos. Poseedores sois con exceso, de práctica militar y 
de material de guerra; hacedle ver que tras de diez meses de campaña 
sabéis poner inmensa distancia entre este dia y el 13 de Octubre 
de 1868. 

"Entonces erais los bisotlos; hoy sois los veteranos de la libertad. 
;Vi.'a el ejército cubano! ¡Viva el General en Jefe! ¡Viva la Repú- 
blica! — El Presidente, Car/os Manuel de Céspedes.» 

He aquí el extracto del parte del Teniente Coronel graduado. Co- 
mandante D. Enrique Boniche, Jefe que era entonces de la guarnición 
de las Tunas: 

A la.s cuatro y media de la mañana los insurrectos atacaron la po- 
blación, en número de cinco á seis mil hombres y una pieza de Arti- 
Ileria rodada y fueron rechazados; aunque en los primeros momentos 
penetraron hasta la misma pla/a. 

La guarnición de las Tunas estaba reducida á poco más de cuatro- 
cientos hombres útiles, de los cuales habían salido doscientos á las ór- 
denes del Coronel de las extinguidas milicias de Santo Domingo, Don 



Jasé Viuente Valera, tina hora antes con el objeCo de recoger ganad» 
con que aliiiieiUar á los soldados y al vecindario, quedando reducidas 
las fuerzas en el momento del ataque á |>oco más de doscientos hombres 
inclusos los de servicio. El enemigo atacó por las avanzadas del Este 
y fué contenido hasta que el Comandante Boniche pudo mandarlas re- 
forzar. Después se generalizó el ataque por tos cuatro puntos cardi' 
nales de la i>oblación, |>ero regresó inmediatamente á ella el mencio- 
nado Coronel Valera con su tropa, avisado por los tiro»; atacó por re- 
taguardia a los insurrectos que estaban avanzando por la parte dei 
Norte, causándoles numerosas bajas. 

Orientado el Comandante Boniche de los principales puntos de 
ataque, dispuso que el Coronel Valera, que ya se le hibla reunido, 
ocupara con cien hombres la avenida de la Conga con el objeto de de- 
fender la parte débil y rechazar al grueso del enemiguen el caso de 
insistir. Ordenó también que el Capitán de Bailen D, Martín Ale- 
sanco, con la segunda avanzada y otros veinte y cinco hombres atacase 
á la bayoneta un gran gru|)o de rebeldes que apoderados en los prime- 
ros momentos del corral de las acémilas, al Este de la población, se 
hallaban interpuestos entre las trincheras y los fuegos oblicuos de la 
avanzada; cuya posición abandonaron dejando en el sitio muchos 
muertos. Al Capitán de Bailen IJ. José de la Torre, le ordenó Boni- 
che que se situase en las trincheras de la Plaza, atacadas simultánea y 
bruscamente. Al de la propia cla.se 1>, José Martínez Menárquez dei 
Regimiento de la Habana, le mandó defender la trinchera Lealtad y 
al Capitán D. Julio Antón le encomendó la defensa del cuartel. Ert 
esta disposición estaban los defensores de las Tunas cuando aclaró el 
día. Empezaron los nuestros las salidas por ¡pelotones y iiblígaron á 
los enemigos, á pesar de hal>er llegado por la parte del Sur de la po- 
blación, ]>erforando paredes ha.sta Ia.s trincheras, á desistir de sus pro- 
pósitos. El pelotón mandado por el Coronel Valera se apoderó des- 
pués de un ataque á la bayoneta, tomando al enemigo las barricadas, 
de la casa del Colector de Rentas, desde la cual sostuvo un vivo fuego 
con los insurrectos que trataban de avanzar. El valiente y malogrado 
Capitán La Torre, con su pelotón atravesó á paso de carga, por medio 
del fuego enemigo hasta llegar al Hospital de Caridad, causando nu- 
merosas bajas á los rebeldes. Agregósele en dicho pnnto el sargento 
primero Facundo Martin, quien en combinación con la primera fuerza 
destrozó un gran grupo de insurrectos. 

Al notar que más de mil enemigos con una pieza de artillería se 
presentaban á atacar el punto que defendía, el Capitán La Torre juzgó 
conveniente abandonarlo, arrollando al enemigo interpuesto entre 
aquél y las trincheras, situándose en la casa Cuartel de la primera 
Compañía de Bailen, desde donde, confiando su defensa á un oficial, 



— '99 — 

penetró en la Plaza á dar cuenta al Jefe de lo ocurrido, pereciendo al 
poco rato atravesado por una bala enemiga. 

Sobre las diez y media de la mañana notó el Comandante Boni- 
che que el fuego recrudecía por las casas situadas á la espalda de la 
calle Real y que los rebeldes colocaban una pieza rodada contra las 
trincheras encomendadas al Capitán D, José Ramos, Reconcentró 
entonces algunas fuerzas y acudió á la defensa de los puntos más ame- 
nazados. A las doce del día el Jefe dio orden de avanzar hacia los 
rebeldes, lo que verificaron los soldados españoles con su bizarría ca- 
racteristica. Sobre la una y media el enemigo se retiraba hacia el 
campo, habiendo incendiado más de cíen casas de las inmediaciones, 
en su mayor parte de guano. 

Entre los que más se distinguieron en aquella brillante defensa se 
hace particular mención del Alférez graduado, Sargento primero del 
segundo Batallón de la Habana D. Facundo Martin Picado, Coman- 
dante de la contra-guerrilla montada á imitación del enemigo, que en 
combate personal y con la serenidad y aplomo que !e distingue, se 
apoderó de una magniñca bandera de glacé, dando muerte al que la 
llevaba, en medio de su gente, cuya bandera fué recibida como mere- 
cía. Su heroico autor fué debidamente honrado y recompensado más 
tarde cuando llegó á la Capital de la Isla. 

Los proyectos del enemigo, según o|K)rtu na mente escribió el Co- 
mandante Boniche, al reunir á todos los Cabecillas del CamagUey y las 
Tunas por medio de una pioclama de Céspedes, tenia en vista apode- 
rarse de aquella población Central ¡lara establecer en ella el Gobierno 
de la República. Desde la loma de Mercader, situada á un kilómetro 
de las Tunas y en la parte del Sur, contemplaba Céspedes acompañado 
de Quesada y de un numeroso Estado Mayor las peripecias de la lucha 
que empezó con una sorpresa. Aguardaban Céspedes y el General en 
Jefe el momento en que dueños ya los camagüeyanos y holguineros de 
la plaza hicieran la señal convenida y emprender todas las fuerzas un 
simultáneo movimiento de avance y obligar á la guarnición de las Tu- 
nas á rendirse. ¡Vanas ilusiones qne pronto quedaron desvanecidas! 
Aquellos cuatrocientos denodados españoles les dieron una lección te- 
rrible. 

Sin duda con el objeto de dar mayor importancia á la entrada ofi- 
cial del Gobierno de la Repítblica y del General en Jefe de sus ejérci- 
tos en las Tunas, por el camino de Puerto Príncipe llegaba una gran 
caravana de mugeres engalanadas, montadas en buenos caballos, á las 
que sin duda hablan invitado anticipadamente los Jefes y los gobernan- 
tes para aquella gran solemnidad, contando tener seguro el triunfo. 
Tan pronto como los insurrectos desde las calles donde habían llegado 
en los primeros momentos y donde se hablan sostenido empezaron á 



cejar, Céspedes y Quesada, que como se ha dicho estaban en una loma 
distante un kilómetro del pueblo, bajaron de ella y se retiraron, segui- 
das de los numerosos jefes, ofíciales y funcionarios que los acom))aña- 
l>an y de las mugeres engalanadas que se les hablan reunido. I..OS in- 
surrectos al retirarse incendiaron muchas casas de las calles en que ha- 
blan penetrado y de las inmediaciones del pueblo, dando muerte á va- 
rias personas indefensas. 

S^ün. el parte del Comandante Bon i che, tos enemigos debieron 
tener 500 bajas. Las pérdidas de los intrépidos defensores de las Tu- 
nas fueron un Capitán y 19 individuos de tropa muertos; tres oficiales 
y 59 soldados heridos y 10 contusos. Se perdieron además, un oñcial 
y 13 individuos de tropa enfermos y convalecientes, que sorprendidos 
fueron presos por el enemigo. En aquella gloriosa defensa, jefes y ofi- 
ciales y tropa, capellanes castrenses, Sanidad Militar y Administración 
cumplieron todos sus deberes como buenos. Los Voluntarios, Bom- 
baros y paisanos leales de la población, hijos de la Isla en su mayor 
parte, se batieron denodadamente rivalizando con la tropa en decisión 
y valentía; por lo que el ilustrado y equitativo Jefe que los mandaba 
se complació en recomendarlos á la consideración del Gobierno Supe- 
rior de la Isla para que fuera conocido y debidamente recompensado 
su heroico comportamiento. 

l.:ias consecuencias del descalabro sufrido en las Tunas por Céspe- 
des y Quesada con las fuerzas de tantos caudillos reunidos fueron fu- 
nestas para los rebeldes de Cuba. Después de tantos meses de cam|>a- 
fia y apesar de las malas condiciones con que los es|)afioles hablan 
tenido que luchar contra ellos, no habían adelantado nada. Despresti- 
giados después de la acción de Cubilas, y no pudiendo cortar las co- 
municaciones por la vía férrea de Nuevitas, liablan reconcentrado sus 
fuer7.as para apoderarse de una población central de alguna importancia 
y no hablan podido conse^iiir su objeto. 

\j\Jiin/a Cubana de los Eslados Unidos y los agentes del titulado 
Gobierno de la República habían hecho concebir la esj^eranza á Cés- 
pedes de que los rebeldes cubanos serían reconocidos como beligeran- 
tes por los gobiernos extranjeros tan pronto como el Poder Ejecutivo 
y el legislativo de la nueva República tuvieran establecido su asiento 
ñjo en alguna población de importancia. Hasta entonces lo hablan 
tenido en caseríos pobres é insignificantes que no llegaban á contar 
cien vecinos. Frustradas sus esperanzas que algunos meses antes ha- 
bían acariciado de apoderarse de Puerto Principe, concibieron el plan 
de apoderarse de las Tunas, establecer allí un Gobierno, comunicarlo 
á las Naciones y |>edir en seguida los derechos de beligerantes que 
tanto desealian y que con tanta insistencia pedían. Las Tunas era al 
fin una población de cierta imjKirtancia, cabecera de ui 



Gobierno, cJrcuiisUncia que algunos Senadores y Diputados amigos de 
l£L independencia de Cuba hubieran hecho vjier en el Senado de los 
Estados Unidos. Caro costó á nuestros valientes soldados y volunti- 
rios la defensa de las Tunas, pero su sacrificio fué entonces una gran 
ventaja ]xira la Nación Esi)aflola Iwjo el punto de vista niilitir y mayor 
si cabe en el resultado político. 



CAPITULO XIX. 



Trabajos de los agentes de los cubiuioB.— Nnevo Oobienio Snptemo. — 
Prim envía fberzas á Ouba.— Mr. Sickles amigo de los inanrrectos. 
--Prudencia del Qobíemo de Washington.— Folletos notables-— 
Propuestas de venta-— Manifestaciones de los leales de Onba. — 
Donativos voluntarios.— Praebas de patriotismo.— Se reorgaulsui 
nuevos cuerpos.— Los Ayuntamientoa.— Bendiciones y entrega de 
banderas.— £1 Oeneral Valmaseda en Santiago de Cuba. — Sos 
proclamas.— Cartas interceptadas á los rebeldes. — Situación de 
éstos.— Interrogatorio en Nueva York. — Lo que declara un ex- 
tranjero-— Efecto que producen las noticias. 



Los desaires que recibían del jiueblo y del Gobierno de los Esta- 
dos Unidos, no desanimaban á los laborantes cubanos- Tenían agentes 
en las principales ciudades de la Repíiblic.i anglo-americana, recauda- 
ban fondos por varios medios y enviaban comisionados á Europa y á 
las repúblicas hispa no -ame rica ñas, con el objeto de abogar en favor de 
la independencia de Cuba. En la Península, los amigos de los in- 
surrectos obtuvieron notables triunfos. En algunas grandes poblaciones 
de la Madre Patria los hábiles diplomáticos laborantes consiguieron 



r la opinión pública. Comentado un párrafo del mensaje pre- 
sidencial y publicada una moción presentada al Congreso de Washing- 
ton por el general Banks, los laborantes de Madrid hicieron creer á los 
hombres politicos más importantes de la Metrópoli qne muy pronto 
los insurrectos de Cuba podrían contar con los auxilios del Gobierno 
de los Estados Unidos. Esto era grave, y es necesario dar sobre este 
punto algunas explicaciones. 

Desde el dia i8 de Junio de 1869 habia quedado constituido el 
Gobierno Provisional de la Nación Española, de la manera siguiente: 
Regente del Reino, el Sr. Duqiie de la Torre; Presidente del Consejo 
y Ministro de la Guerra, D, Juan Prim; Estado, Sílvela; Gracia y Jus- 
ticia, Rniz Zorrilla; Hacienda, Ardanaz; Marina, Tojjete; Goberna- 
ción, Sagasta; Fomento, Echegaray y Ultramar, Becerra. Sí hemos 
de atenernos á lo que entonces dijo un escritor anglo-americano, los 
partidarios de la indei>endencia de Cuba tenían algunos amigos en el 
nuevo ministerio; pero desconfiaban de Silvela, Ardanaz y Prim. Este 
ultimo los tenia disgustados por el silencio que guardaba cuando le re- 
cordaban antiguos compromisos y con la actividad que había desple- 
gado para enviar tropas á Cuba. Según el mismo escritor extranjero 
que en aquella fecha se ocupaba bastante de lo que pasaba en Cuba y 
en la Metrópoli, el general Prim, como presidente del Consejo y como 
Ministro de la Cíuerra, fué quien ordenó que todos los insurrectos co- 
gidos con las armas en la mano fuesen [>asados por las armas inmedia- 
tamente. 

Tan pronto como Mr. Sickles fué nombrado Ministro Plenipoten- 
ciario de los Estados Unidos en Madrid, se hizo notable por el entu- 
siasmo con que emprendió la defensa de los cubanos, procurando que 
el gobierno anglo-americano ofreciera su mediación para llegar á un 
arreglo entre el gobierno de Espafia y los insurrectos de Cuba. Al 
efecto pasó notas al Secretario de Estado de relaciones exteriores de 
Washington, dándole noticias y consejos; mas, el ministro de Estado, 
tan prudente como entendido, no se interesó por los insurrectos cuba- 
nos como lo deseaba Mr. Sickles. El Gobierno anglo-americano 
comprendió perfectamente que reconociendo como beligerantes á los 
rebeldes cubanos que no tenían un solo puerto en las costas de la Isla 
y que no dominaban en ninguna población central de alguna Ím])or- 
lancia, establecían precedentes que algún dia otras naciones podrían 
invoTJtr contra la República. Por estas prudentes consideraciones el 
gobierno de Washington se desentendió de las notas de Mr. Sickles, 
como se habia desentendido de las reclamaciones de la titulada Junta 
Cubana y de los discursos que algunos diputados y senadores hablan 
pronunciado en el Congreso. Como todas las grandes naciones y 
quizás más las repúblicas que las monarquías, están sujetas á revolu- 



% ' 



} 



— 205 ~ 

peWí^ciicos de Jamaica. Tiene el autor del folleto, como todos los 
líom L>res desús opiniones un gran inconveniente que vencer. Los 
911C <=ronoceraos los pasados acontecimientos nunca permitimos que la 
verciís-d pierda sus fueros ni que se tergiversen los hechos. 

-mEI Sr. de Arrieta no quiere para Cuba la asimilación, ni un 
s¡st«i nrta basado en los principios en que lo está hoy la ley fundamental 
de 1^ Nación Española. Probado que no salió bien el ensayo que el 
gen^x-al Dulce hizo, el autor del folleto no quiere que se repita. Pide 
«l^nra. as que sólo tengan derechos electorales los hombres que pagan 
200 siluros de contribución al afio. Esto sin duda responde á la idea 
^c ataraer á su partido á los ricos cubanos y peninsulares. Sin embar- 
S^> ^5)esar de la habilidad con que el Sr. Arrieta ha amalgamado lo 
^^^í>^sible con lo inaceptable para los que queremos á toda costa con- 
*^^^^^»-"r- la nacionalidad española en esta Antilla, se ve en la dura nece- 

^ ^^^ de explicarse. Lo hace con muchos rodeos, pero al fin nos po- j 

^"^-^ plan de manifiesto». 1 

'^enía razón la Prensa, El Sr. Arrieta en su folleto decía que el í 

jj^lj ^^i'no de Madrid debía mandar de una vez á Cuba treinta y cinco ! 

nf^ *^<:^ldados y cien cañoneros de vapor, tripulados por diez mil mari- 
rre>^ ^ ;» dominar todos los elementos de desorden (sin duda á los insu- 
^^:^ y á los voluntarios) y establecer la Autonomía del Canadá, 
\^^ tabo de algunos años de gobierno propio, Cuba rica y floreciente 
^s^ría en el caso de decidir respecto á su futura suerte, esto es, si que- 
ría continuar siendo española de nombre ó si prefería ser en absoluto 
independiente. Como estas publicaciones de Madrid coincidían con 
las notas de Mr. Sickles, que se publicaban en los Estados Unidos y 
con las noticias que mandaban publicar los laborantes en el extranjero 
respecto á las medidas que se pensaban tomar contra los voluntarios 
de Cuba y sobre el pronto reconocimiento de los insurrectos como be- 
ligerantes. Apesar de todo, gracias á los enérgicos artículos de la 
Prensa y la Voz de Cuba los españoles leales de las Antillas nunca 
desconfiaron de sus hermanos de la Península. 

No faltaban, sin embargo, en la Península y en Cuba, ricos egoís- 
tas que hubieran aceptado cualquier proyecto con tal de poder aumen- 
tar, ó por lo menos conservar, las fortunas que tenían en Cuba; pero 
eran pocos y no se atrevían á poner en evidencia sus ideas antipatrióti- 
cas. Uno solo de todos los peninsulares en la Metrópoli y que tenía 
fortuna en Cuba, salió á la palestra en favor del interés de los egoístas; 
fué un médico que después de declamar contra los insurrectos y con- 
tra los anglo-americanos, en un folleto de pocas páginas pedía «una 
transacción honrosa, por venta de la Isla con ventaja.» Encontraba 
dificil la operación por cuanto los gobiernos españoles tenían que 
atender á ciertas preocupaciones populares. Pero, decía el médico 



publicista: «Cuando los poderosos y riquisimos ingleses han dicho 
con toda indiferencia á sus subditos del Canadá: «Si quieren ustedes 
entregarse ó anexionarse al Norte de América, pueden hacerlo cuando 
les diera la gana, pero si quieren seguir de buena voluntad siendo 
nuestros subditos, os defenderemos contra toda agresión y desde ahora 
os concederemos la Autonomía con tal ó cual forma.> Cuando ade- 
más hizo abandono de la productora Jamaica: cuando la Rusia ha ena- 
jenado su América, que contiene más terreno que la Europa, aunque 
inculto; y cuando la Dinamarca vende sus Antillas por poco dinero, 
¿á que vienen los escrúpulos de monja de los esiiañoles de no querer 
enagenar una Isla que por fuerza ha de de ([uedar desierta si continúa 
bajo su dominio, cuando pudiera obtener ventajosísimas proposiciones? 
¿Qué diríamos de un noble arruinado que no quisiera enajenar la 
única casa solariega, apuntalada por amenazar ruina, sólo por la deli- 
cadeza, ó mejor, tonterías, de no consentir que se derribara'i los borra- 
dos blasones de sus tatarabuelos? ¿Qué es la Isla de Cuba comparada 
con el Canadá, y la miseria española en parangón con la opulencia in- 
glesa, más que un pigmeo con un coloso ? 

■ Dijimos que hallamos casi imposible la transacción honrosa. De 
ningún modo podría agenciarse con los criollos, porque no cumplirían 
ni una sola palabra de cuanto se conviniera tan luego como el gobier- 
no espafiol hubiese embarcado el último soldado. ¡Pobres infelices 
de los que quedaran en los hospitales !» 

Por el lenguaje del médico escritor se comprenderá que era hom- 
bre de pocos escrúpulos y de sentimientos nada envidiables. Tenien- 
do en Cuba fincas valiosas temía, sin duda, que los insurrectos triun- 
fantes se las conñscaran. Por esto decia desde luego: 

■ Sólo pudiera ser factible la transacción con el Gobierno america- 
no, á titulo de venta, tomando parte activa en ella los hacendados y 
comerciantes de lá Habana, Matanzas, Barcelona, Cádiz y Madrid, 
garantizando lo convenido Francia, Inglaterra y Portugal, haciéndoles 
participes á la par, de las ventajas comerciales consignadas en el trata- 
do, cuyas bases deberian cimentarse en considerar á Cuba, por largo 
número de aílos como territorio, como el Nuevo Méjico, y bajo el man- 
do exclusivo del gabinete de Washington. Probablemente las agallas 
y el orgullo criollo, tan sediento de sangre y de mando, no consentirla 
en este extremo, que considerarla humillante; pero poco importa sí se 
obliga al Norte á que le retire su injusta y escandalosa protección, po- 
niendo en práctica con decisión y valentía los medios propuestos, que 
deben estimarse del todo eficaces y seguros, si después de vencida la 
insurreción se desconfía de su disimulado amañamiento; si se tratan 
como vencidos, aunque fuera con menos rigor que los americanos á sus 
rendidos hermanos del Sur, por el tiempo que fuera necesario: sí se les 



k una moderada libertad muy diferente de la anchisima qite se disfni- 
ü hoy en Espafía (pues con ésta pronto verían logrados sus intentos;) 
en una palabra, si equivocadamente y por de^racia el Gobierno espa- 
fol llegara á creer un día, ni nunca que existan mil de los hijos de 
CoTia. que puedan conformarse con menos que con la independencia, 
ul como ellos la entienden y la dejamos descrita, bien puede desde 
llora, dejar de hacer estériles sacrificios de sangre y dinero, debiendo 
fcor<3ar la prudencia del perspicaz y poderoso Napoleón III quien, 
bien penetrado de las enunciadas duras verdades, sacrificó el orgullo 
^ sus águilas en Méjico, á tiempo. Trate pues de aprovecharlo 
"adiendo la Isla por los cien ó doscientos millones de duros que 
'''sa; dedique estas cantidades á levantar el crédito del papel del Es- 
*^o; pero que no aparte la vista de la salvación de los intereses de los 
Pafioles que allí residen, según merecen los heroicos sacrificios, ni 
. ^^os olvide la confección del tratado de comercio que dejamos tan 
'aliadamente explanado. Póngase en guardia contra algunos perio- 
jj " ^s y hasta diputados que trataron de engafiarie y prepárese para 
t^ ^^f en armas cincuenta mil soldados de la reserva y ciento cincuen- 
^1 ,^*' voluntarios de la libertad, que será muy fácil los haga necesarios 
v^w^ *^ criollo y el americano, el isabelino y carlista y aun parte del 
^^«ío republicano. Si no nos equivocamos, alistarse debe el señor 
Vittv^Tal Prim para calzarse las espuelas y el gobierno para publicar ta 
\ey marcial de Abril de 1821, haciéndola cumplir con más exactitud 
y firmeza que lo ha hecho en la última intentona carlista, sea cual 
fuese el color de la bandera de los traidores que la alzaron, bien con- 
vencido de que si compadece á sus enemigos morirá en sus manos. ■ 

El proyecto tan extravagante como anti -patriótico, mal escrito y 
sólo inspirado por el más refinado egoísmo fué recibido como merecía 
entre los defensores de la bandera española. Sin embargo, un escritor 
que suponía al General Prim como el alma del Gobierno de la Metró- 
poli, supone que no faltaron políticos que le aconsejaron que adoptase 
aquel proyecto, ya que los anglo-americanos pensaban reconocer á los 
insurrectos de Cuba como beligerantes. 

En ta Península se exageraba el níimero de los soldados y volun- 
tarios que hablan muerto en Cuba y no se acordaban de los rebeldes 
que hablan perecido en las acciones y en los bosques faltos de toda 
clase de recursos. Los cubanos residentes en Madrid, autonomistas y 
partidarios de la independencia, que estaban en buenas relaciones con 
el General Serrano, Jefe del Gobierno Supremo y que escribían y tra- 
bajaban en favor de sus ideales, consiguieron que se pidiesen informes 
reservados al General Caballero de Rodas respecto á si se podría apelar 
ó Dó á la venta de la Isla, y si la situación era tan mala como se supo- 
nía. El Capitán General contestó de una manera conforme en un 

35 



— ao8 - 
todo con lo que pensaban los espaKoles leales de Cuba y con su enér- 
gica contestación desbarató los proyectos de unos pocos ricos egoístas 
de los antiguos anexionistas cubanos y de los que por cualquier medio 
querían desligarse de la Metrópoli. 



Mientras en la Península y en el extrangero los que simpatizaban 
con los insurrectos pedían para Cuba una autonomía, que de hecho era 
la independencia, tos peninsulares y cubanos que en la Grande Antitla 
defendían la bandera española daban cada día nuevas pruebas de reso- 
lución, actividad y desprendimiento, como lo prueban los siguientes 
hechos. Un dia se presentó al Capitán General una Comisión de na- 
turales de Cataluña para pedir el competente permiso, en nombre de 
sus paisanos, para comprar y regalar á los voluntarlos catalanes que tan 
heroicamente defendían la causa de la Patria en el Camagiley mil fusi- 
les del sistema Remington que era entonces el mejor que se conocía. 
El Banco Español de la Habana, por acuerdo de su Consejo de Direc- 
ción, hizo otro cuantioso donativo para gastos de la guerra. También 
lii sociedad de la Aliansa, dio 3,000 pesos; la Compañía del Gas, 1,000 
pesos; -la Caja de Ahorros, 5,000 pesos; La Compañía de Almacenas 
lie Regla y Banco de San José, dio 15,000 pesos; y las demás socie- 
dades y los particulares ricos hicieron cuantiosos donativos. Querían 
que al em[>ezar la campana de invierno el gobierno, además de los ne- 
cesarios recursos tuviese la fuerza moral que le daban aquellas pruebas 
materiales de abnegación de los leales. Un hijo de Cuba, el sellor don 
Francisco Goyri, entregó quinientas onzas de oro para comprar y rega- 
lar cien caballos á un nuevo escuadrón que se organizaba, y que tomó 
el nombre de Cazadores de Valmaseda. Por último el Catino Español 
de la Habana con la suscrición que abrió para socorrer á los ¡uutili^- 
dos en campaña recaudaba muchos miles de pesos, que distribuía de 
una manera equitativa. 

Como los |)eriód¡cos de los Estados Unidos, pagados por los la- 
borantes, publicaban noticias las más absurdas, el Ayuntamiento de la 
Hal)ana adoptó la siguiente moción, que luego adoptaron todos los mu- 
nicipios de la Isla. Decía asi: 

« Excmo. Sr. Los que suscriben que tanto se honran de pertene- 
cer á este consistorio, considerando que interpretan los sentimientos 
de este y de todos los espafloles de esta provincia, hacen moción so- 
lemne para que si V. E. se digna acordarlo, manifieste una vez más, 
por si, y á nombre de los referidos amantes y defensores de la integridad 
nacional, al Excmo. Sr. Gobernador Snperior Civil, primero: Que 
están dispuestos, como lo han estado siempre, á sacrificar vidas y 



Wcr mandas para sostener á todo trance la dignidad de la Nación; segun- 
do; <Jue si por ventura algún poder estraflo desconociese con actos de 
dir^»^!» ó indirecta hostilidad el derecho de España, y atentase contra 
el «J^<oro de su soberanía, el Gobierno Supremo puede obrar con en- 
, tea-cr* clesembarazo y enérgica decisión sin detenerse jamás ante el temor 
<^ c¿ «je puedan experimentar perjuicios accidentales los habitantes de 
W^ Isla; pues que estos antepondrán siempre á sus particulares inte- 
'«s^rsi el honor de la bandera nacional que debe aiiarecer limpia y glo- 
fiosi^». ante todos los pueblos del mundo. 

«Y por último, proponen también que se traslade íntegra esla 
1"-*^^ ■ «in á todos los mity Ilustres Ayuntamientos de esta provincia, so- 
'^* *" ~» -«ido su adhesión á esta manifestación del más acendrado patriotis- 
*~*» <:]ue no dudan ni por un momento será acordada por V. E. - 



Atii 



«Habana, Setiembre 14 de 1869. — Apolinar del Rato, Jnan 
7 *^*-iio Colomé, Francisco F, Ibáfiez, Mamerto Pulido, Julián de 

*-*^ta, Anselmo González del Valle. » 
^¡ __^ 3^írmaron este documento, no tan sólo los miembros del Ayunta- 
< todos los españoles insulares y peninsulares de alguna 
5 demás jxíblacLo- 

(g^,^ ^e la Isla donde los Ayuntamientos adoptaron la moción con 
^^Vsiasmo. Este hecho en aquellas circunstancias tuvo grande impor- 
NSXcia. En la Península y en el extrangero se pudo comprender (jue 
si en la Isla de Cuba habla algunos egoístas, negociantes y malos 
empleados que sólo pensaban en conservar ó aumentar sus fortunas, la 
inmensa mayoría de tos españoles residentes en la Isla estaban dispuestos 
á sacrificarlo todo por el triunfo de su causa. 

Como aumentaba el número de peninsulares y cnbanos que 
libaban á la edad de poder empuñar las armas y no cesaba la inmi- 
gración de hombres jóvenes procedentes de la Península é islas 
adyacentes, en la Habana se organizó un nuevo batallón de Voluntarios 
que lomó el número y denominación de « Segundo de Ligekos, » y 
fué nombrado Coronel D. Francisco Anipudia, quien en pocos días lo 
puso en estado de prestar servicio activo y contando con más de mil 
plazas. En otras poblaciones de la Isla también aumentaba constan-. 
(emente el número de plazas de los cuerpos de voluntarios, y se orga- 
nizaban nuevas compañfas y nuevos escuadrones. Los laborantes y 
lodos los que simpatizaban con los insurrectos recibieron un nuevo 
desengaño. Se ñguraban que con los escritos imprudentes sobre la 
venta de la Isla de Cuba y las vacilaciones del Gobierno de Madrid los 
leales de las Antillas, se desanimarían. Justamente sucedió lo contrario: 
Voluntarios y soldados, hacendados y comerciantes estaban todos de 
acuerdo en que era necesario acabar con los insurrectos por medio de 
las armas. Desde que estalló la insurrección se hablan organizado en 



la Habana (además de los movilizados,) seis nuevos cuerpos de 
Voluntónos: 50, 60 y 70 de Linea; 10 y 20 de Ligeros; lo de Artillería 
y un Escuadrón de Húsares. Era necesario darles sus correspondientes 
banderas y al e/ecto se trazó el plan de una imponente fiesta militar y 
patriótica. Esta se celebró el dta 17 de Octubre de 1869, en la Quinta 
de los Molinos. Asistieron el Capitán General y el Segundo Cabo; las 
autoridades civiles y todos los Jefes y Oficiales del ejército y voluntarios 
libres de servicio. El número de personas distinguidas invitadas era 
grande y el gentío que acudió expontáneamente inmenso. 

Celebró la misa de campafla el Excmo. Sr. Deán de la Santa 
Iglesia Catedral, D, Gerónimo Usera, quien en e! Ofertorio pronunció 
un elocuente discurso, recordando á los Voluntarios los deberes del 
Soldado Cristiano y lo que los soldados cristianos españoles habían 
hecho en el Nuevo Mundo. Enseguida los nuevos batallones prestaron 
el juramento de orden y recibieron sus respectivas banderas, saludándo- 
las con las correspondientes descargas. 



Entretanto continuaban las operaciones militares. En el Depar- 
tamento Oriental, por renuncia del General Ij Torre, el Conde de 
Valmaseda se puso al frente de la Comandancia General, conservando 
el mando del ejército. Nombró Gobernador de Santiago de Cuba al 
Brigadier Ferrer y dio las oportunas órdenes á los Jefes de las colum- 
nas. En seguida dirigió una proclama á los insurrectos del Departa- 
mento diciéndoles que el General Caballero de Rodas al conferirle 
el nuevo cargo, le daba sus instrucciones. Luego les decía: «Presen- 
taos á las autoridades legítimamente constituidas pues todas tienen sus 
órdenes para perdonar á los rjue arrastrados por las circunstancias, han 
peleado como soldados. Aprovechad el tiempo de la clemencia y no 
olvidéis que asi como conozco vuestras guaridas, donde os llegará este 
mi último llamamiento, también en ellas mismas os buscarán mis sol- 
dados para llevaros el castigo de vuestra obcecación. — Eí Cotnandante 
General. — Conde de Valmaseda.» 

Mientras los enemigos procuraban difundir noticias favorables á 
los insurrectos, lo mismo en la Península que en el extrangero, catan 
en poder de las tropas importantes cartas y documentos que ponían en 
evidencia cuál era la situación de los rebeldes y lo que pasaba en el 
campamento del titulado «Gobierno de la República de Cuba.t Una 
de esas cartas era como sigue: 

kAI C. Emiliano García. 

I Querido hermano: Mucho es lo que siento estar tan lejos de 



l'a ra donde residen las personas que más aprecio; pero quizá mi ausen- 
'^'s j>tjeda convenir algún dia por el bienestar de la familia. 

(cSabráscomo por esta jurisdicción progresamos brillantemente, 
/"•^s ya empiezan á pasarse muchos soldados de las filas enemigas para 
^ ri uestras, y por otra parte dentro de poco tendremos más recursos 
''^ Hcimbres, víveres y armamento. S¡ las otras marcharan como ésta, 
l"'*^r» to ocuparíamos las poblaciones y terminaríamos la guerra; mas no 
siic:e;de así por Bayamo, donde segün noticias está desmoralizándose 
"«est ra gente por !a impericia y desidia de tantos generales que emba- 
"^^r» las operaciones y dan tiempo al enemigo á que levante la contra- 
^"^olwción. 

•*E1 orgullo, la ambición y otros perniciosos virios que dominan 
*** bichos de nuestros improvisados Jeres, son la causa del desaliento 
^ sufren hoy nuestras tropas, pues si contáramos con un gobierno 
(i- **'al, justo, sabio é imparcial que rigiera los destinos de la revolu- 
S¡ *^ » un General ó Capitán General que lejos de refugiarse en las 
w^, ■~-as, hiciera lo que hizo Bolívar, Santana y Guillermo Tell y 
"i^^ ** muchos, esto es, que se lanzase el primero al combate para con- 
^ vjar y merecer el puesto que ocupa, dejándose por ahora de pensar 
^■ft piones y estrellas; viendo y corrigiendo el ptllage y escándalo que 
ge va desarrollando entre los soldados libertadores; sosteniendo el pro- 
grama que publicó primeramente y que nosotros sellamos con nuestro 
juramento; dejándose de asesinar á los prisioneros de guerra lo que 
dará origen á una guerra sin cuartel, que desprestigia altamente nues- 
tra conducta; reparando la enemistad que ha conseguido con el desor- 
denado levantamiento de la esclavitud; procurando atraerse sabiamente 
á millares de habitantes que permanezcan inactivos todavía y que 
cuando descubran lo que pasa se mostrarán hostiles á nu.estra causa: en 
ñn, si contáramos, repito, algunos Jefes desinteresados, valientes y pe- 
ritos, entonces el soldado cubano no daría un paso atrás, y la revolu- 
ción tomaría otra vez el milagroso vuelo que tantos triunfos alcanzó 
en sus preliminares. Nosotros, á título de hombres de honor patrió- 
tico, debemos protestar contra el sin número de actos vandálicos que 
se están cometiendo, y constituir de acuerdo con los camagüeyanos y 
revolucionarios de otros distritos, un Gobierno, Central que nos dirija 
con la cordura y el tino que se necesita. 

■ Triste, muy triste es por cierto que un centenar de hombres de- 
seosos de su independencia se lanzaran, antes del tiempo convenido 
por los demás, á la revolución, por el solo hecho de evitar la prisión 
de un cabecilla que hoy ñgura como Capitán General, para que éste, 
en vez de esforzarse y procurar la reparación de los perjuicios á que ha 
dado lugar aquella anticipación, se enorgullezca, aspirando á la silla 
presidencial, sin contar aíin una acción de guerra. 



«Al escribirte con tanta virulencia sólo deseo dar espansión á mi 
espíritu, el cual, sumido en profundas consideraciones, necesita de un 
pecho noble y generoso que forme eco á sus concepciones. 

«Espero tu contestación para saber cómo se halla la jurisdicción 
de Manzanillo y cuál es tu opinión acerca de lo que pasa. Dime al 
propio tiempo lo que sepas del inepto Mármol y del rosario de genera- 
les que hubiese por aquellos lugares; pues ansio saber lo que ocurre |>or 
todas partes. He tenido una conversación con Francisco Heredia, y 
me ha hablado muy bien de tí, lo mismo que Marcano y otras personas 
de buen criterio. Esto me congratula mucho y me llena de regocijo. 
Escríbeme largo, pues hace tiempíj (jue no recibo carta tuya. — Miguel 
Garda. » 

En este sentido é igualmente desanimados escribían otros cabe- 
cillas de la insurrección á sus amigos. El gran número de hombres de 
todas razas que se aprovechaban del iiidulto y se presentaban á las au- 
toridades dejaba solos á tantos caudillos que se consideraban mejores 
que los principales Jefes y apelaban á I oda clase de medios para des- 
prestigiarlos á tin de ocupar sus puestos. 

En aquella misma época las autoridades de Nueva- York, para im- 
pedir que los cubanos enemigos de Espafla encontrasen infelices que 
se dejaran engañar por sus promesas, sometieron al Comandante 
H. M. Walcher á un interrogatorio que se publicó. He aquí ¡arte de 
aquel curioso interrogatorio: 

— «Cuándo y en qué buque salió Vd., para Cuba? 

— Salí de Nassau el ii de Mayo de 1869 en el vapor Sniz'aJor, 
Capitán Carling. 

— Cómo desembarcó, y en qué punto se reunió con los insurrectos? 

— Trasbordándome á otro vapor en la costa de la jurisdicción de 
Holguin. 

— Qué poblaciones están en poder de los rebeldes y cuál es la im- 
porlancíade ellas? 

— Sibanicíi, la Cuaba y varios caseríos del interior de poca impor- 
tancia. 

— Conservan alguna plaza constantemente? 

— Nór la gente está en continuo movimiento. 

— Tienen algún punto fortificado? 

— Ninguno particularmente. 

—Dominan ó poseen algún puerto de mar? — Ninguno. 

— Cuál es el número de los rebeldes? 

— Cuantos son hábiles para el servicio en los puntos que dominan, 
pero no podrá decirse el número ni siquiera aproximadamente. 

— Cuántos extrangeros hay en las filas de los insurrectos y de qué 
países proceden ? 



— Sobre unus 25 americanos y otros que se titulan así, j)ero que 
son cubanos naturalizados en los Estados Unidos. 

— Cómo consideran los extrangeros A los cubanos? 

— Ix)s americanos los miran como á los peores soldados, sobre 
todo como á los más cobardes que jamás hayan visto. 

— Están satisfechos y contentos? ¿Cuáles son sus sentimientos y 
esperanzas? 

— No están satisfechos, y sus sentimientos son un vivo deseo de 
^lirdel atolladero en que se han metido; si pueden. 

—¿Qué es lo que piensan hacer en la próxima estación? 

— Conflan recibir refuerzos de los Estados Unidos por medio de 
nuevas expediciones filibusteras. 

— Qué grado y posición ocupaba Vd., entre los rebeldes? 

— Primero ful Capitán y después Comandante, por ascenso conce- 
dido por el presidente Céspedes. 

— Cuánto tenia Vd-, allí de paga? 

— Como Capitán 150 pesos mensuales; y como Comandante 200 
pesos. 

—Cuánto ha cobrado? 

— Ni un solo centavo; excepto un peso de piala. » 

Ni la carta de Garcia, ni las contestaciones quedió J. M, Wallher 
en el interrogatorio necesitan comentarios. No podía decirse que en 
b carta del cubano hubiese exageración, pues eran muchas las que ha- 
bian interceptado nuestras columnas escritas todas en idéntico sentido. 
U inmensa mayoria de los hombres de las poblaciones y de las gran- 
des fincas que al estallar la insurrección se habían ido al campo rebel- 
de eran cubanos pertenecientes á las clases de la sociedad acostumbra- 
das á las comodidades; no pocos eran sugetos distinguidos por su 
ilustración en sus respectiv:;s jurisdicciones; médico.s, abogados, escri- 
banos, procuradores, poetas y hacendados; ninguno de ellos habla 
pensado en servir de simple soldado en las ñlas de los cubanos. Al 
"bo de un ado de lucha, y después de haber sufrido desengaflos y pri ■ 
'•aciones de todas clases, y después de haber visto morir miles de ami- 
gos en los campamentos, victimas de las enfermedades y de miseria, sin 
™ás alimento que caldo de jutia, se velan obligados á someterse á las 
ordenes de los cabecillas de distintas razas que tenian prestigio entre 
l"s soldados que podían resistir las fatigas y privaciones de la campafia 
y que no pensaban en presentarse. Los cubanos de las clases acomo- 
dadas é ilustradas que se encontraban en las lilas de los insurrectos y 
^ quejaban porque hablan recibido crueles desengaños en un alio de 
Panosa campafia, eran injustos con Céspedes, Aguilera y los demás 
/í^« iñsibles de la revolución: éstos no tenían máá remedio que capi- 



tular con los es|)anoles oponerse á discreción de los cabecillas que 
tenían prestigio entre las gentes del campo de todas razas, apropósito 
para correr montes y llanuras en pequeBas ¡lartidas, reunirse, dar un 
golpe de mano y retirarse con el fruto de la expedición vandálica á sus 
guaridas. Justamente aquellos cabecillas podían continuar la guerra 
durante largos afíos sin gran peligro; y esto lo sabían Céspedes y 
sus compañeros que esperaban del tiempo y de los conteci míen tos de 
la Metrópoli su triunfo definitivo. 

Por lo que toca á las contestaciones que dio el Comandante Wal- 
ther en el interrogatorio, no es del caso entrar en la cuestión de si dijo 
ó nó la verdad respecto á lo que á él personalmente te habla sucedido. 
No faltó quien después quiso negar importancia al tal interrogatorio 
que se publicó Integro: lo que sí se puede asegurar por lo que respecta 
á la situación en que se encontraban los rebeldes que no ocupaban más 
que pobres caseríos, es que no sabían con qué gente podían contar, 
que los extrangeros que servían en sus filas eran contados; que muchos 
titulados americanos eran cubanos naturalizados en los Estados Uni- 
dos, y que á nadie pagaban los sueldos asignados es un hecho notorio. 
Todo lo que se apunta en el interrogatorio lo decían los presentados 
que eran cada día más numerosos y lo vinieron á probar después los 
hechos. 



CAPITULO XX. 



Operaciones en 6lDepaiÍ!UiientoOrieatal.-ElCondede Valmaseda sng- 
titnrfl á La-Torre.- -Cabecillas muertos.— Fuello en Fnerto-Friuci- 
pe.— Operaciones en el Oamagüey, Oriente y las Villas en No- 
TÍembre.- Plan de levantar los negros de los ingenios.— Se frustra. 
— Noticias de expediciones filibusteras.- Llegan soldados y 
Tolnntarlos de la Fenínsula.— Voluntarios de la Habana salen á 
campaña.— Carbó en Cinco Villas.- Mejora la situación i fin de 
año. -Besefia histórica del Anuario de Appleton, según nosotros 
necesaria.— Exacto conocimiento.— Los rebeldes lo sabian todo.— 
Besefia histórica escrita por un extrangero — La Junta Suprema 
de Cuba 7 el Presidente de los Estados Unidos. —Belaciones exac- 
tas las unas 7 exageradas las otras.- Bigniflcatlvo silencio respec- 
to á las Tunas. 



Cuando el General D. Simón de La Torre dejó el mando del 
Departamento Oriental, dijo en su proclama de desj^dida, que las ba- 
jas sufridas por los insurrectos en el territorio de su mando, desde que 
habla adoptado el sistema de los pequeflos destacamentos consistían, 
en ei territorio de su inmediato mando, en 601 muertos y 137 heridos; 
añadiendo que en estos números sólo estaban comprendidos los que 

36 



liabian sido por todos vistos y contados, (ya se sabe que los rebeldes 
en cuanto podían se llevaban á los.bosqiies sus muertos y heridos.) De 
resultas de aquella ]>ersecucióii, segfin el mismo General La Torre, se 
balitan jiresentado aprovechándose del indulto, que nunca se les nega- 
ba, 2244 rebeldes. En el mismo periodo, corto y poco favorable por 
la estación, se habian obtenido en la Comandancia General de Santia- 
go de Cuba estas notables ventajas. Además, se habían retirado del 
territorio ocupado por los enemigos 11 13 familias. En laComandan- 
dancia de Santiago de Cuba, durante el mando del General La Torre, 
previa formación de causa, fueron fusilados 42 enemigos, entre ellos 
algunos cabecillas. Esto dará una idea de la persecución y de las ba- 
jas que durante el verano sufrió el enemigo, pues lo que pasaba en el 
Dejiariamento Oriental era lo mismo qtie sucedía en el resto de la Isla. 
Encargado el Conde de Valmaseda del mando y habiendo refrescado 
el tiempo, la persecución de los rebeldes de Oriente fué más activa. 
Los Tenientes Coroneles D. Marcelino Obregón y D. Vicente Villa- 
res consiguieron liatir y dispersar en Octubre varias partidas de insu- 
rrectos. 

Publicáronse después los nombres de los 16 cabecillas muertos en 
aquellos últimos meses: fueron los siguientes: 

.Luis Marcano, General, en Gua; Félix Marcano, Brigadier; Bal- 
domcro González, Coronel, muerto en Guantánamo; Emiliano G. Pa- 
vón, en Bicana; Emiliano Céspedes, Coronel, en el mismo punto; 
Bartolomé Martínez en Bayamo; Gregorio Santisteban, en ideni; Ra- 
fael Tornel, Intendente, en idem; Manuel G. Pavón, en Yareyat; Vi- 
cente Cortés, Capitán, en Ídem; el mulato Zacarías, Capitán, en Cinco 
Villas; Ramón Sánchez, Coronel, en idem; José Pentón, Coronel, en 
S.igua; Rafael Muño?., idem en idem; Abelardo de León, Presidente 
de' la Junta revolucionaria de Sancti Spíritus. Además tuvieron enton- 
ces igual fin, Ángel Castillo, Brigadier, en .Arroyo Blanco; Bernardino 
Cadalso, Tello Mendoza, Tanuyo, Mainer, Vargas y Juan Sánchez, 
todos insurrectos notables. Este último, segiin parece, fué quien di- 
rigió en realidad el ataque de las Tunas. 

En el mismo mes de Octubre, por disposición del General Puello, 
salió de Puerto Prínciiie el Coronel Lázaro, con el objeto de sorpren- 
der á Javier Varona, lo que consiguió; mas, al llevárselo preso, dicho 
Coronel Lázaro se vió atacado por un gran número de insurrectos, y 
apesar de no tener más que 75 hombres, de la contra-guerrilla y ai vo- 
luntarios consiguió rechazarlos, causándoles 23 muertos. En Cinco 
Villas, el Coronel O'Daly, qtie fué herido, las columnas del Coronel 
Laquidain, del Teniente Vizcaíno, de la Guardia Civil, del Coronel 
Portillo y otros, durajite el mismo mes de Octubre causaron muchas 
bajas á los insurrectos de aquellas jurisdicciones. 



— 217 — 

En los primeros quince días del mes de Noviembre, el Capitán 
General recorrió el territorio de Cinco Villas. En Cienfuegos, Tri 
nicla.<J, Santa Clara, Saiicti Spíritus y demás poblaciones. Caballero de 
RocJeis recibió las más evidentes pmelias de la confianía que en él te- 
nían los españoles leales, y en todas iwrtes tomó acertadas disposicio- 
nes \>a.Ta activar la persecución del enemigo. Kn las Cinco Villas y 
ei» líiís jurisdicciones de Sagna y Morón durante el mes de Noviembre 
hubo nías de veinte acciones; fueron de poca importancia porque los 
insurrectos se dispersaban, pero en todas perdían gente. El Coronel 
Fortún en Monte Zanzo mató 13 insurrectos: Acosta y Albear por 
Sancti Spíritus y el Coronel Menduiña y la Guardia Civil del Potreri- 
íio destruyeron campamentos y batieron varias partidas de rebeldes, 
l^or Ciltinio, las columnas de oi^eraciones consiguieron mantener ex- 
|«<ditos y proteger tos trabajos délas fincas en la extensa región en que 
^*3t»a.r» radicados la mayor parte de los Ingenios de la Ista. 

J^ii el Departamento Oriental el Coronel Corchado, que mandaba 
una d<= las columnas del Conde de Valmaseda, batió una partida de re- 
"^^^i^ts en Monte Oscuro matándoles 18 hombres. Los Coroneles León, 
'^'^'^^*1 1 , Torrero, Hidalgo y Heredia, con las columnas de su mando, 
d'irai-» te el mes de Noviembre batieron en distintos punios del E)e])ar- 
'^•^"^^í^to Oriental á los enemigos. En el Camagüey los enemigos ra- 
^^'^ "^^ees se presentakín frente de las columnas: todo su afán era ¡nte- 
rruixipi r las comunicaciones entre Nuevitas y Puerto Principe cortando 
" '^ostruyendo la vía férrea, pero no pudieron conseguirlo. Aunque 
taras veces los rel>eldes se aproximaban á los puntos fortificados, por- 
que siempre se veían rechazados por los soldados y voluntarios que los 
guarrie(;ian, no dejaron éstos de sufrir algunas pérdidas por falta de 
P'"udeiicia. Kn el canii)amento llamado de San José, que estaba sobre 
* rnisiiia vía férrea de Nuevitas, defendido por cien voluntarios cata- 
les, algunos de ellos enfermos, se cometió la imprudencia de permí- 
tjue veinte hombres se alejaran demasiado del camiumento. De re- 
1 nte se vieron los veinte voluntarios rodeados por todas las fuerzas de 
*^"*l>eta y otros cabecillas. Muertos aquellos veinte temerarios, el 
^ tie los insurrectos trató de a|>oderarse del destacamento entero. 
' ^*^ó á las voluntarios del campamento con todas sus fuerzas: los en- 
'i^os todos abandonaron sus camas y lodos reunidos rechazaron al 
, '^'^'go que tuvo muchas bajas, quedando así vengados los veinte vo- 

*^*"íos sorprendidos. 

. í^abiendo pasado la estación de las lluvias y los calores, apcsarde 

'Otinen.sas distancias de unas poblaciones á otras, las troicas podían 

orrer toda la Isla aunque la Habana dista ciento noventa y siete 

SUas de Santiago de Cuba. Como estando los caminos buenos, las 

Í'^S que avanzaban por el interior podían ser abastecidas de los 



puertos de la costa del Sur y del Norte las operaciones eran menos di- 
ficiles. Por esto las columnas emprendían grandes marchas y mayor- 
mente los voluntarios movili/^dus y los guerrilleros cuya gente era 
aclimatada yí propósito para montar los caballos y his muías de la 
tierra. Mandados por buenos jefes y guiados por prácticos excelentes 
insulares y peninsulares, las columnas pasaban rápidamente de un De- 
partamento á otro, ai>esar de las inmensas distancias que tenían que 
atravesar, y persiguiendo de pa-sü á los rebeldes, destruyéndoles los 
campamentos que tenían en lu^ montes. 

Desde principios de Noviembre se decía que los rebeldes se pro- 
ponían levantar tos negros de los ingenios de las jurisdicciones de &i- 
gua y Remedios. Los hacendados poruña parte y las autoridades por 
otra, tomaron medidas para desbaratar los proyectos de los que se pro- 
ponían levantar primero los quince ó veinte mil esclavos de aquellas 
jurisdicciones y luego todos los de la Isla, dando á la insurrección el 
carácter de guerra de raza, de la cual los blancos que militaban en las 
filas rebeldes hubieran sido las primeras víctimas. Era entonces Te- 
niente Gobernador de Sagua, I). Enrique Trillo de Figueroa que ha- 
bla prestado ya muy buenos servii:ios desde que estalló la insurrección. 
Este jefe supo corlar á tiempo el mal, castigando á los instigadores 
reconocidos de las dotaciones de los ingenias. Los enemigos de Es- 
pafia no se cansaban, pero sus proyectos fracasaban, gracias á la ener- 
gía de los leales. 

Habiéndose recibido en la HaUma la noticia de que en Nassau se 
estaban preparando dos vapores, el Hornet y el Lilian, para conducir 
gente, armas y [jcrtrechos á las costas de Cuba, se tomaran algunas 
medidas encaminadas á dejar bien vijilados los puntos por donde po- 
dían intentar los enemigos el desembarque. Entre otras cosas se dis- 
puso que uno de los batallones de Voluntarios de la Habana pasase á 
Vuelta Abajo á prestar servicio. Habiéndose ofrecido todos los cuer- 
pos á salir en primer turno, fué preciso sortearlos á fin de dispensar 
este honor al que designase la suerte. Esta favoi'cció al Segundo de 
línea, del cual era digno Coronel D. Julián de Zulueta. El día de 
la salida de este Batallón de Voluntarios de la Habana hubo verdadero 
entusiasmo. Los comiiatíeros de los que salían á campaña fueron á 
despedirlos con músicas, y el Coronel Sr. de Zulueta i>agó generosa- 
mente de su |)eculÍo el equipo del Cuer|K) que no bajaría de mil cien 
plazas, y que apesar de encontrarse en excelente estado de organización, 
uniforme y armamento, necesitaban equiparse cada «no de sus indivi- 
duos de lo que les hacía falta para ¡lermanecer un mes en campña fue- 
ra de sus casas. 

Al llegar á Diciembre pudieron activarse las operaciones militares. 
Habían desembarcado ya en Cuba una buena |jarte de las tropas des- 



— «9 — 
tildas á reforzar los Cuerpos de la Isla, y los Batallones de Volunta- 
fíos organizados por las Diputaciones Provinciales dt la Península y 
(ii)ij t?i-»ibari[uc se había aplazado i>ara cuando la estación fuese mt- 
tefíilurosa. Los Voluntarios do Covadonga, asturianos; los nionta- 
''Ws <!«; Santander; los de Cádiz y el S^gum/o y Tercero de Catalanes 
f*toii recibidos con el mismo entusiasmo y se les tributaron los mis- 
^ ot>scquios (¡ue á los CuerjMís de las provincias que habían llegado 
^"fís á la Isla. I,as fuerzas <itie llegaban se distribuían con gran tacto 
*S'Ji'» 1 o exigían las necesidades del servicio. Las col uní nxs del I)c- 
pirtaiii tinto Oriental que continuaban bajo las órdenes del Conde de 
Vah-»m*í^(la que con frecuencia pasaba desde Santiago de Cuba á Baya- 
iiio, recibieron refuerzos. En Puerto PrinciiK el General I'uello reci- 
bió también nuevas tropas y aprovechando la buena estación, activó la 
ferseciición del enemigo en el Departamento del Centro. 

Habiendo llegado á la Habana el Excmo. Sr. Mariscal de Campo 
"- Kuenaventura Carbó, nombrado General Segundo Cabo de la Isla 
* trasladó á las Cinco Villas, por haberse visto obligado el distingui- 
^^ Brig-adier Lezca á dejar el mando de aquellas Importantes jurisdic- 
ciones y embarcarse muy enfermo para la Península. El General 
Carlíó cuya actividad é inteligencia eran bien conocidas en la Metró- 
poli y pronto debían serlo, mejor si cabe, en la Isla de Cuki, ordenó 
ei servicio de columnas y destacamentos conforme al mayor número de 
soldados y voluntarios de que podían disponer desde la llegada de las 
R«evas fuerzas, y desde entonces la persecución de los rebeldes de Cin- 
co Villas fué sumamente activa. Los Voluntarios de la Habana con- 
tinuaron prestando servicio en Vuelta .\bajo y en las Cinco Villas, sa- 
liendo cada mes de la Capital uno de los batallones para el servicio de 
campaña. Durante el mes de Diciembre, el Coronel Lo[)ez Cámara, 
que 0[(eraba en el Departamento Oriental batió varias veces á los re- 
beldes ¡xir las Sierras de Mogote. El Coronel Velasco y el Teniente 
Coronel Boniche escoltaron im convoy hasta Viciaría de ¡as Tunas, 
numbre que se dio á la poblai-ión que tan bizarramente se habia defen- 
dido. En el camino los distinguidos jefes batieron varias veces al 
enemigo que había reunido fuerzas i>ara cortarles el paso y apoderarse 
de! convoy. Habiendo causado bastantes bajas á los rebeldes, Velasco 
y Boniche llegaron á su destino, sin haber |)erdÍdo una sola de las 
veinte carretas y doscientas acémilas de que constaba el convoy de 
víveres y pertrechos; Las tropas de la escolta en aquellos combates 
perdieron tin oficial, un sargento y varios soldados. También el Co- 
ronel Marín y otros jefes que o])eral)an desde Bay amo á las Tunas en 
el curso de Diciembre batieron varias veces á los insurrectos, a|>esar 
de no esperar nunca á nuestras columnas. 

En las Cinco Villas la pacificación adelantaba rápidamente. Los 



Coroneles Portillo, Mcnduifía, Franch y el Teniente Gobernador de 
Cienfuegos no dejaban descansar al enemigo; éste, con los destaca- 
mentos establecidos y reforzados por el General Carbó, se vio al fin 
obligado á abandonar tas Cinco Villas, pasando al Departamento del 
Centro. Los rebeldes no esperaban á nuestros soldados, por lo que 
se disptiso organizar pequeñas partidas para perseguir mejor á los que 
lan pronto se dispersaban. Los Comandantes, León, UUoa, Iriarle y 
algunos oficiales de la Guardia Civil con este sistema consiguieron ha- 
cer muchas bajas á los rebeldes. Entonces todas las noticias de las 
Villas que se recibían en la Habana eran satisfactorias. Los leales de 
todas las poblaciones tributaban elogios á los Coroneles, Laquidain y 
Chinchilla que mandaban los Batallones de Baza, San Quintín yColón, 
lo mismo qué á los soldados de Simancas y á las Milicias Disciplinadas 
de Güines. A estos Cuerpos, á las Milicias blancas y de color y á los 
Honrados Bomberos de la Habana que con tanta decisión peleaban en 
favor de España se debió que las gentes del campo de las Cinco Villas 
comprendieran la situación de la Isla y á que la mayor ]^rte de los in- 
surrectos de nquellas jurisdicciones se presentaran. En un año los 
hombres del campo hablan visto que por haber seguido los consejos de 
los magnates, muchos de los qne habían procurado emigrar á tiempo 
y estaban divirtiéndose por Europa y los Estados Unidos, se encon- 
traban con sus sitios destruidos, sin hogar y sin ganados, después de 
haber visto morir de balas ó de enfermedades en los despoblados á 
muchos de sus |)arien[es, vecinos y compañeros. 

Al terminar el afio de 1869 la situación de la Isla de Cuba había 
mejorado mucho, aunque bajo el punto de vista político, militar y eco- 
nómico no fuese tan satisfactorio como suponían muchos funcionarios 
públicos, Generales y publicistas que engañados por sus buenos déseos 
no comprendían las dificultades que se hablan de encontrar ¡lara con- 
ducir la pacificación y llevar á cabo la reorganización cuando en la 
Metrópoli tan agitados estaban los partidos políticos. En aquella fe- 
cha los hombres más importantes del Gobierno Supremo de la Nación 
reconocían que en Cuba, mientras hubiera enemigos de España con 
las armas en la mano no se debía pensar en reformar radicalmente el 
orden social y político; pero los enemigos encubiertos qne trabajaban 
en la Metrópoli, en el extrangero, y en la Isla en favor de los insurrec- 
tos esperaban el triunfo de los nuevos desórdenes promovidos en la 
Península por los partidos extremos, de la desmoralización de los fun- 
cionarios públicos y del cansancio y desunión de los defensores de '¡a. 
Bandera Espafiola. 



Siguiendo el plan que nos hemos trazado, apesar de estar persua- 
didos de que no será aprobado por personas ilustradas que saben cómo 
debe escribirse la historia, hemos de dedicar algunas páginas al relato 
de los acontecimientos mismos que hemos referido, hecho por escrito- 
res extrangeros de nombradla, pero que simpatizaban con los partida- 
rios de la independencia de Cuba y que tomaban los datos de la junta 
Cubana de Nueva York, de los aventiireros que servían en la Isla con 
los insurrectos y de los Cónsules y agentes del Gobierno anglo-ameri- 
cano encargados de informar acerca de la situación de las Antillas es- 
pañolas. Nuestro plan por original ó por inconveniente que parezca, 
tiene por objeto poner al lector eu el caso de juzgar por si mismo de 
la veracidad de nuestro relato. Por otra parte, ya se sabe que se ha 
dicho que las autoridades de la Isla no permitían que se diera publici- 
dad á las noticias que se recibían en la capital de la Isla ventajosas pa- 
ra los insurrectos: se ha dicho también que los Comandantes Generales 
Tenientes Gobernadores y Jefes de columnas arreglaban los partes de 
las medidas que tomaban y de las acciones que sostenían con los rebel- 
des del modo que más les convenia, seguros de que por de pronto nadie 
había de desmentirlos; y se ha dicho por ultimo, que la pasión política 
de los escritores espafioles desfiguraba constantemente los hechos. 
Teniendo todo esto en cuenta se verá que nuestro plan no es tan in- 
conveniente como parece á primera vista. Aunque se haya de repetir 
mucho de lo dicho, como ha de ser quien hable et enemigo de Espada 
ó el amigo de los insurrectos, el relato ha de parecer nuevo. Dadas 
estas necesarias explicaciones vamos á empezar el relato histórico de 
los acontecimientos de la Isla de Cuba del aBo de 1869, publicado por 
el Anuario de más imtK)rtancia y crédito de los Estados Unidos. 

Aunque hemos tenido á la vista, al escribir los precedentes capítu- 
los, cuanto han publicado de más importante los partidarios de la in- 
dependencia, creemos conveniente dedicar algunas páginas á la Resefla 
que délos sucesos de Cuba en 1869 publicó un distinguido escritor 
anglo-americano que no ocultaba entonces sus simpatías por los insu- 
rrectos. Aunque hemos sacado ya noticias y documentos del impor- 
tante Anuario en que se publicó la Reseña, (i) creemos que su traduc- 
ción integra tendrá mucho interés para los lectores; aunque contenga 
noticias que ya van publicadas con más detalles. 

Así se verá como procedió la titulada Junta Suprema desde sus 
primeros pasos; lo que trabajaron los laborantes y el escaso fruto que 
sacaron de su trabajo. 

Después de haber dado cuenta de la proclama que al principiar el 

(t) Apfdctons Annual Cyclopeedia and RegistcT oT impoiUDl evenls, 1S69. 



aflo dio el General Dulce, empieza el escritor anglo-americano su relato 
en estos términos: 

«Ningún efecto produjo la prodania en el ánimo de los directores 
de la insurrección, que en aquella fecha estaban, el Marqués de Santa 
I.ucía y el General Castillo en las inmediaciones de Puerto Príncipe: 
otros sitiaban á Gibara; dos mil hombres tenían en jaque at Coronel 
Loño en las Tunas y el General Céspedes, con el Gobierno Provisio- 
nal estaljan cerca de Santiago de Cuba. 

B Iak primeros refuerzos que en 1869 llegaron de España consis- 
tían en 1500 hombres. El General Valmaseda consiguió juntarse con 
el Coronel Loño y marcharon hacia Baj-amo, Al mismo tiempo, una 
fuerza cubana de 6,000 hombres, al mando de Quesada, avanzalw ha- 
cia Puerto Príncipe que defendía el Coronel Mena con 7,000 hombres. 

« El 15 de Febrero llegó otro refuerzo de 1,000 hombres y se dio 
el decreto aboliendo la libertad de imprenta y estableciendo los juicios 
por Comisiones Militares, Los habitantes de la Habana fueron llama- 
dos |»ara aprontar veinte y cinco millones de pesos jiara el Gobierno, 
Y los voluntarios continuaban promoviendo disturbios. Este cuerpo 
organizado por Lersundi, aunque sostenedor de la revolución que en 
España había derribado á Isabel, se manifestaba resuelto á defender el 
régimen español en Cuba. Los siete batallones contaban entonces 
cinco mil hombres y su comportamiento era de dueños de la sitúa- 
ció». (O 

n En Febrero 5,700 insurrectos, divididos en tres cuerpos, entre 
Villa Clara y Cienfuegos, estuvieron destruyendo_ los ferrocarriles y 
cortando los alambres telegráficos. Hubo un encuentro por San Cris- 
tóbal, veinte y dos leguas al Oeste de la Habana, con un cuerix» de 
insurrectos mandados por Prieto, en el que las tropas fueron deshechas 
y hubieron de retirarse. Otra acción hubo en Guanajay á once leguas 
de la Habana, sobre la costa del Norte, en la que resultaron veinte es- 
¡lañoks heridos. La llegada de refuerzos al Conde de Valmaseda im- 
pidió que los cubanos se apoder^iran de Santiago: los insurrectos aun 
bloqueaban á las Tunas. ]ji Habana estaba de hecho en estado de si- 
tio y el General Dulce se veía compelido d declararlo oficialmente, 
pero no estaba incliiiado á verificarlo; al paso que ponía en libertad á 
los cubanos que le presentaban carta de naturalización americana. 



(1) Es preciso advertir que el escritor aiiglo- americano al principio cíe la iiisu- 
rrecciún, simpatizando con los paitídaiios de la Independencia y no habiendo podido 
conocerlos H fondo, se conoce (}ue prestal>a crédilo ¡i las noticias que le comunicaban, 
l)e ai[uE los juicios c(|uivocado<i y las exageraciones en que no incurrió más tarde. Pa- 
ra que Ec vea claro cómo procedtan los laborantes no hemos querido supcitnir las falsas 
noliciu que publicó el escritor extranjero. 



[AmerUan ttaturalitaiio» paper) Los cubanos destruyeron el telégra- 
fo y detuvieron el correo en Trinidad. Los bandoleros saquearon las 
fincas de las inmediaciones de Kuevitas. Un cuerpo de tropas enviado 
el ;de Febrero á San Miguel, quemó la población, pero los insurrec- 
tos conservaron el terreno en las inmediaciones; los mismos continua- 
ban sitiando á Puerto Principe, cuyos habitantes surrieron mucho por 
la &lta de víveres. 

( Una fuerza de tropas españolas, al mando de Quirós, avanzaba 
hacia Jiguani, cerca de Bayamo, desde Santiago de Cuba, luchando to 
do el camino con los insurrectos, mandados por Cés|)edes, con orden 
de reunirse con Valmaseda que estaba en Jiguani con el grueso del 
tjírcito. Los jefes insurrectos se movieron constantemente á fin de 
cansar con inútiles marchas las tropas españolas. Con el objeto de ha- 
cer más difíciles las jornadas de las columnas, los cubanos continuaban 
destruyendo lincas, puentes, calzadas y ferrocarriles. El día 14 de 
Febrero el Coronel I-ofio con su columna llegó á Manzanillo, proce- 
dente de Bayamo, conduciendo más de 1,000 recogidos. También 
esta columna durante su marcha fue de continuo hostilizada por los in- 
surrectos. Estos se apoderaron del puerto de la Guanaja, pequeño 
pueblo pocas leguas distante de Nueviías, y lo fortiñcaron con dos ca- 
ñones conducidos por anglo-americano.s. A mediados de Febrero lle- 
garon otros 1,000 cazadores de Espalla que pasaron á Cíenfuegos con 
el General Puello. Se dió por terminado el plazo de la amnistía, pe- 
ro el Capitán General proclankó el perdón de todos Ips insurrectos que 
se presentaran voluntariamente, con ó sin armas; exceptuando única- 
mente de esta gracia á los cabecillas, á los incendiarios, ladrones y ase- 
sinos. A fin de evitar contestaciones con los Estadns Unidos, el Ge- 
neral Dulce pidió al Cónsul americano los nombres de los subditos de 
la República residentes en Cuba, (i) 

« El 20 de Febrero en I.as Lajas, á cinco leguas de Cienfuegos, los 
insurrectos en número de 1,500, qnemaron los archivos de la policía 
y los uniformes de la Guardia Civil, apoderándose de sus armas y ca- 
ballos. La expedición naval que salió de la Habana para la Guanaja, 
tuvo un éxito completo. Los fuertes levantados por los rebeldes fue- 
ron primero bombardeados desde los buques; luego desembarcaron las 
tropas y ios marinos y asaltaron y tomaron aquellos mismoí fuertes, 
1^ insurrectos huyeron hacia el interior y quedó allí una guarnición 
«pafiola por ser el punto de importancia. De la Guanaja salieron dos 
tiMallones de tropa el 23 de Febrero con el objeto de auxiliar á los de- 
fensores de Puerto Príncipe. En el mismo día el General Dulce se 

(1) En el mismo Anuario se pueden ver los Documentos Diplomiiicos y la Co- 
""pxidfacia extranjera del Gobierno de la República Anglo-:<] 



dirigió á los cabos y sargentos de voluntarios, exortándoles i mantener 
el orden y la obediencia, y á desaprobar toda agitación peligrasa. En 
lo^ varios encuentros que hubo portas inmediaciones de Santa Cruz. 
durante el mes de Febrerj, entre las tropas españolas y los insurrectos, 
éstos fueron batidos y dispersados, viéndose obligados á huir por las 
montanas. AI mismo tiempo el General Lezca, bien reforzado iba 
adelantando desde la Guanaja hacia el interior y el General Fuello 
llegaba con retuerzos á Cienfuegos. En Santo Domingo, jurisdicción 
de Sagua la Grande, tuvo lugar un sangriento encuentro en que fueron 
muertos muchos hombres de uno y otro lado. En tal situación, por 
demás oscura, la emigración de cubanos aumentaba considerablemente 
No se podía calcnlar la duración de aquel estado de cosas. Era evi- 
dente que se necesitarían nuevos contingentes de tropas de la Madre 
Patria para ocupar militarmente el país y sofocar la insurrección. 

« 1.3S tropa.s no hacían por entonces más que conservar sus puestos. 
Los habitantes de los campos sufrían inmensos males y por millares 
dejaban abandonadas sns casas, buscando refugio en las ciudades. Otro 
refuerzo de 1,000 hombres llegó el dSa 3 de Marzo que fué mandado 
inmediatamente al interior. El General Dulce enganchaba nuevos ba- 
tallones de Voluntarios. Para los gastos de la guerra el clero ofreció 
la ^exta [tarte de sus rentas. El General letona emi^ezaba una vígo- 
ro.sa cami)atla en el distrito de Cknfuegos, mientras el General Fuello 
dividía ix>r la parte de Sancti Sspiritus su fuerza en tres columnas vo- 
lantes para batir el terreno. En el ne|»artamento Oriental las parti- 
das que corrían entre Holguín y Gibara cometieron muchas depreda- 
ciones; ]>ero auntpie enarbolaban la bandera de los insurrectos, éstos 
los consideraban como bandoleras. El General Lezca adelantaba ha- 
cia Puerto Prínci|>e. En esta marcha se dio la mis fuerte acción que 
hubo desde el priucipio de la guerra. El General Lezca encontró al 
enemigo en nfunero de 4,000 hombres fuertemente atrincherado en la 
Sierra de Cubitas. Colocáronse las piezas de artillería y empezanin 
un vigoroso fuego sobre los trabajos de fortiñcación. Cubiertos por 
las baterías los es|)añoles formando una columna de soldados de linea, 
fuerte de 1,500 hombres, atacaron al enemigo á la bayoneta. Ambos 
|>art¡dos pelearon con resolución. El General Leica hace subir sus 
pérdidas á treinta y un muertos y ochenta heridos; otras relaciones 
aseguran que los españoles perdieron doscientos hombres. Las pérdi- 
das de los rebeldes fueron calculadas por los espafloles en mil muertos 
y heridos. 

« Por este tiempo, — Marzo de 1869 — las fuerzas disponibles de 
Quesada ascendían á siete mil hombres. Entonces fué reforzado por 
el desembarco de la expedición conducida por Cisneros en la costa del 
Norte de Cuba, cerca de Mayarí, donde el General Céspedes estaba 



— 225 — 

esperstndo un vapor con pertrechos de guerra. Este buque condujo 
Joo criábanos, todos bien armados con rifles, rewólvers y espadas, varias 
pkzsts <le artillería de campaña con algunos buenos artilleros. Además 
desexx^lDarcaron un millón de cartuchos y otros artículos de guerra. 

«r DI General Céspedes permanecía en Mayarí con una gran fuerza 

M -^fcastecida y pertrechada, pero muy entusiasta y conñada en el 

triur^ fV:^. de sa causa; la libertad de Cuba. Continuaba su política de 

^abio ^n esta guerra con las tropas españolas, hasta que sus soldados 

^tii-vi^^ran bien armados y desapareciera la desigualdad á ese respecto 

^'^A Ist.^ fuerzas del enemigo. Mientras tanto partidas irregulares se- 

^'tía.n. incendiando plantaciones y destruyendo campos por las inmedia- 

Cic>n€^ss de Manzanillo y Santa Cruz. 

««' TILa Asamblea de Representantes de los insurrectos del Departa- 
^^*^t:o Central, decretó en Marzo la abolición déla esclavitud. Los 
P^**"ic>tíis debían ser indemnizados por la pérdida de sus esclavos, y 
éstos <Í€bían hacerse soldados ó quedarse cultivando la tierra. 

•f <3on el objeto de robustecer su causa, los directores de la insu- 
rrecoic^n de Cuba dirigieron sus miradas á los Estados Unidos, nues- 
tras si armpatías y algunos auxilios de hombres y armas les habían dado 
an.im^^2^ . Con motivo de la toma de posesión de la Presidencia del Ge- 
^^''^1 Cürant, se le remitió la siguiente exposición: 
«« ^-í 5. £. el Presidente de los Estados Unidos: 
^ Señor: El pueblo de Cuba, por conducto de su Gran Junta 
íJ^pr^^xna Civil y por el de su General en Jefe, Sr. Céspedes, desea so- 
iT^^t^i- ¿ y E 1q siguiente; entre otras razones, porque V. E. como 
r''esid^nte de los Estados Unidos, puede acordarles el derecho de be- 
^^^^^^ rites y reconocer su independencia. 

^ i^orque de los corazones de las noventa y nueve centésimas par- 

t^s d^ j^ habitantes de la Isla de Cuba se elevan votos por el triunfo 

^^ las armas de la república; y porque tan sólo por falta de armas y 

'^^Un i o iones este paciente pueblo permanece aun sujeto al tiránico yugo 

^ -^ísiiaña. La unanimidad de las masas del pueblo por la república 



•^ i^orque la república tiene ejércitos que suman 70,000 hombres, 
rxiente en campaña y en operaciones. Estos hombres están or- 
^^^*^ai.cios y gobernados bajo los principios délas leyes militares de 
^ l>^-ieblos civilizados. Los prisioneros que se han hecho y que son 
tres >^^^es ^lás numerosos que los que les han hecho sus enemigos, son 
^•JJS^^^A^s como los prisioneros de guerra en las más adelantadas nacio- 
,^j^t^5^^el globo. Esperando ser reconocidos por los Estados Unidos, 
han practicado la ley de represalias, ni aun en los casos de provo- 
cación más marcados. 

«Porque las Autoridades españolas han muerto siempre á los sol- 



— 126 — 

dados de la repbblíca rendidos y porque últimamente se ha publicado 
la orden oñcial de no dar cuartel. Esto se ha hecho á fin de evitar 
disgustos á la autoridad civil. Pero esto es un ultraje á la civilización 
que las naciones no pueden tolerar. 

« Porque los Estados Unidos es la nación civilizada más inmedia- 
ta á Cuba y porque sus instituciones son la cuerda sensible del corazón 
de los cubanos. I,os intereses mercantiles y financieros de los dos 
pueblos son idénticos y recíprocos por naturaleza: por esto Cuba pide 
el incuestionable derecho de reconocimiento. 

n Porque las armas y la Autoridad de la República dominan las 
dos terceras partes de la superñcie geográfica de la Isla y también la 
inmensa mayoría de sus habitantes. 

« Porque tiene en vía de construcción una escuadra que en núme- 
ro y calidad excederá á la que puedan mantener los españoles en estas 
aguas. 

irPorque estos hechos, sencillamente expuestos á la faz del mundo 
prueban que esto no es un movimiento promovido por unos pocos des- 
contentos, sino el gran levantamiento de un pueblo que quiere ser libre, 
y hace el último esfuerzo para asegurar á su posteridad estos incues- 
tionables derechos. — Libertad de conciencia y libertad individual. 

«Finalmente porque Cuba sigue los pasos de la misma Espafla 
tratando de deshacerse de sus despóticos gobernantes y darse otros de 
su elección; teniendo más y mejor derecho para hacerlo desde que se 
le mandan de pais extranjero multitud de empleados para ocupar desti- 
nos creadas tan sólo (jon el objeto de asegurar el bienestar individual, 
tomando el jugo, con sus altos Salarios á los naturales de la tierra. 

«Séanos permitido añadir con el mejor sentimiento que hay dife- 
rencia entre la revolución de los Estados Unidos y la de Cuba; la pri- 
mera fué hecha por una minoría pequeña que se reveló contra las leyes 
en cuya formación había tomado parte y (¡ue habia tenido el derecho 
de no aceptar; mientras que en Cuba estamos resistiendo á un poder 
extrangero que nos oprime el corazón, como lo ha hecho durante siglos, 
sin permitirnos apelar á otro medio que al de las armas y eligiendo sin 
nuestro consentimiento, voto, aviso ni conocimiento, los déspotas de 
su país que han de darnos leyes y consumir nuestros recursos. 

« j Patria y Libertad ! 

■ Aprobado por la Suprema Junta y mandado promulgar por el 
Sr. General Céspedes, Comandante en Jefe de las fuerzas republicanas 
de Cuba. 

■ Cuartel General en campaña lo de Marzo de 1869.» (i) 

(i) Todos estos documentos rte los insurreclos fueron publicados en la Habana 
por el aulor de esta obra. 



~ 227 — 

El día 7 de Marzo los españoles atacaron á los insurrectos atrin- 
cherados en la Macaca y consiguieron desalojarlos y derrotarlos. 

I La columna del Coronel Velasco se puso en marcha hacia Maya- 
ri contra Céspedes, á fin de reunirse con López que entró en Mayari 
después de una lucha desesperada. 

«Los insurrectos, hicieron una tentativa sobre Jiguani, posición 
del Conde de Valmaseda, pero fueron rechazados y hubieron de reti- 
rarse á los pocos monientOT. 

■ El 12 de Marzo llegaron otros i,20o hombres de España, los que 
ton el resto de otras Tuerzas, avanzaron contra los rebeldes en todas 
direcciones. Los insurrectos derrotados en Mayari se dirigieron hacia 
Holguin. 

• A mediados de Marzo e! General Dulce dió una proclama cam- 
biando el sistema de contribuciones. Los impuestos sobre fincas, ga- 
nados, propiedades y contribución extraordinaria de guerra impuesta 
recientemente, se redujo un cincuenta por ciento, y no se cobraba el 
úliimo trimestre vencido. Para compensar las bajas del Tesoro que 
habían de resultar de esta disminución de contribuciones, se imponían 
los siguientes derechos; etc., etc. 

"Al mismo tiempo los insurrectos llevaban adelante su plan de in- 
cendiar y destruir las plantaciones y fincas en todas partes. También 
X llevaban los esclavos y los hacian soldados. El día i8 de Marzo 
hubo un combate cerca de Alvarez: los insurrectos fueron derrotados y 
se dividieron en dos partidas la una que huyó hacia Macagua y la otra 
hacia Tocurí Grande. En olro encuentro por Guaracabuya, murieron 
136 insurrectos (según noticias oficiales.) En las jurisdicciones de 
Sagua y Remedios se contaban entonces de 7,000 á 9,000 insurrectos, 
especialmente dedicados á quemar ingenios y destruir ferrocarriles y 
telégrafos. 

■ El día 20 de Marzo un trasporte de la Armada salió con cerca 
de trescientos presos para Fernando Póo, convoyado por la fragata de 
guerra ■ Lealtad. ■ Una columna de artilleros y un escuadrón de caba- 
llería, al mando de Morales de los Ríos, cayó sobre 2,000 rebeldes de 
Villa Clara á Potrerillo que mandaban Morales, Villamil y otros: los 
insurrectos fueron completamente derrotados, teniendo 205 muertos, 
300 heridos y zi prisioneros, perdiendo armas y caballos etc. Tam- 
bién fueron rescatados treinta españoles prisioneros. Los españoles 
perdieron un Teniente y un soldado. Según parte oficial el General 
Letona llegó á Villa Clara el 14 de Marzo, después de haber tenido 
varios encuentros con los rebeldes, en los que según se afirmaba los 
había castigado severamente. El Gobierno dispuso la concentración 
de todas las fuerzas hacia el distrito de Villa Clara, incluyendo las de 
Letona, Pcláez y Puello, con la columna llamada de Artillería de 



— 328 — 

Morales de los Rfos y una fuerza considerable de caballeria, haciéndo- 
se subir el número á 10,000 hombres. Los lebeldes, apesar de sus des- 
ventajas, de su escaso número y falta de armas, y sobre todo de arli- 
Ileria, continuaban peleando con bravura y desesperadamente. 

«Aun no habia gobierno regular civil en los distritos ocupados por 
los insurrectos, ni se habia procurado organizar uno. En el Deparla- 
mento Central la Autoridad del General Quesada era la reconocida; 
mientras que en el Oriental Céspedes era considerado como Jefe. Ha- 
bla escasas comunicaciones y faltaba unidad de acción. Lo que sólo 
les movia á todos era el deseo de combatir á los es]>ai5oles. Los iiisii- 
rrectos de los distritos de Villa Clara tenian organización distinta de 
los de Céspedes y Quesada. 

«El día 20 de Marzo hubo un combale entre 300 soldados, algu- 
nos cazadores y Voluntarios contra 3,000 rebeldes atrincherados en 
Placetas, donde tenian, además, caFiones y muchos caballos. Una 
fuerza avanzada de aoo insurrectos fue descubierta en Nazareno y re- 
chazada hacia su <:ampo. Mientras los espafloles se acercaban, los in- 
surrectos hacian nutrido fuogo que duró tres horas, jugando la artille- 
ría, no mal dirigida. Los españoles contestaron los fuegos, y después 
atacando á la bayoneta, desalojaron al enemigo tomándole los tres 
cañones de moniafla. Los insurrectos tuvieron 136 muertos y muchos 
heridos. Las tropas les cogieron inmensa cantidad de armas, bande- 
ras, caballos etc. y no tuvieron sino un herido. 

«En el mes de Abril se reunieron en Guáimaro, pequella población 
del Departamento Central á unas veinte leguas de Puerto- Príncipe, los 
representantes de todos los distritos de la Isla. El día 10 el General 
Céspedes dimitió sus cargos de General en Jefe de las lro|)as y de Jefe 
del Gobierno Provisional por medio de una alocución ó mensage en 
que decía: 

o Reunida felizmente en Guáimaro la Cámara de Representantes 
de toda la Isla, desde el momento de su organización, viene á ser la 
suprema y única autoridad para todos los cubanos, porque es la depo- 
sitaría de la voluntad del pueblo soberano al presente y vigilante para 
el porvenir. Toda autoridad y poder temporal cesa desde el momento 
en que queda planteado el sistema democrático que á la sombra del 
frondoso árbol de la libertad nos viene á dar — después de haber sufrido 
un régimen opresor — las más hermosas y magníficas de las humanas 
instituciones, un gobierno republicano.» 

Suprimiremos en obsequio de la brevedad las largas y pomposas 
proclamas de Céspedes á los habitantes del Departamento Oriental y á 
los de toda la Isla. «El Congreso, dice el historiador ang i o -americano, 
proclamó la Republica de Cuba; eligió á Carlos Manuel de Céspedes 
Presidente, y al General M. Quesada, Comandante en Jefe de las fuer 



— i29 — 

zas. ■ Suprimimos también las proclamo-s de ambos al pueblo y al ejér- 
cito. También el mismo historiador publica á renglón seguido la que 
el día lo de Abril dirigió desde Bayamo á los habitantes y á las fuer- 
zas de su mando. Luego sigue la relación de los hechos en los siguien- 
tes términos: 

- En Abril el Gobierno reconcentró fuerzas al Norte y at Sur de 
Puerto Príncipe: el General Dulce decretó un aumento de i.ooo hom- 
bres de Guardia Civil para la mayor protección de Cárdenas, Colón, 
Sagua, Cienfuegos, Santa Clara y Remedios. Los insurrectos por su 
parte tloqucaban Trinidad, cortando todas las comunicaciones por la 
parte de tierra; continuando e! incendio de fincas por el lado de Sagua, 
R-emedios y Santiago de Cuba. Los empleados del Gobierno conli- 
nuaba.n confiscando las propiedades de los ausentes. Para impedir los 
incendios se destinaron lo.hombres en cada finca. I-a falta de fuer/a 
■noral del Gobierno frente á frente de los Voluntarios, empezó á excitar 
graves aprehensiones entre los españoles más inteligentes y ricos, (i) 
^ vendieron muchas propiedades por la mitad de su valor, (z) Los 
í*ficiales del Ejército, no acostumbrados á recibir órdenes de su 
S^nte, estaban muy disgustados con la insubordinación constante de 
\«s Voluntarios. (3) En Nuevitas los negros movilizados se negaron 
3 servir de vanguardia en los ataques á los insurrectos. (4) 

w ^1 área de la rebelión se iba extendiendo hacia el Departamento 
■Jf' Ocsste. 

•* El 17 de Abril, 1800 soldados mandados por los Generales \£- 

lona, y Escalante llegaron á Nuevitas desde Villa Clara, y se reunieron 

"*■=>- siguiente con 1200 hombres mandados por el General I^ezca, 

'"***^^«3ente de Puerto Principe. Hubo un encuentro entre las tropas 

Pa-*l«:ilas al mando de dicho General Lezca y los cubanos en Alta 

*"*^ *^. Según el parte, los rebeldes se resistieron mejor que en otros 

^***-tes anteriores: los españoles confesaron la pérdida de un Coro- 

." *^* »i Capitán y seis hombres muertos y treinta heridos. Según pos- 

j, **^ís noticias los cubanos perdieron 200 hombres y los españoles 

^^"^itre muertos y heridos, 
j ^" Esta fué la primera batalla .seria de la revolución cubana, pero 
<]efínitivo resultó de ella. El día 3 de Mayo se dio otra batalla 






) Esto conürma to que se ha dicho. 



^jjüj^^^^^ ) Serian tos laborantes, pues los leales no venilían lincas porque no pensaban 
^^^^nar la Isla ni temían que se las confiscaran. 
t0 ^^^ -^) ¡Ojalá el Ejéfclto de la Metrópoli en aquella época hutnese seguido el ejem- 
^^ los soldados y voluntarios de Cuba! 

V-^.) Ya hemos dicho que el acreditado eícriior anglo- americano en aquellos pri- 
tiempos dio demasiado ciídilo á los e^rilos de los laborantes. 



— 23" — 
en los Minas. Según noticias de origen rebelde los españoles manda- 
dos por I^2ca tenían 1,300 hombres. Las fuerzas de la revolución 
estaban bajo el mando de Quesada. Según una relación, antes de 
empezar la lucha, Quesada colocó á los hijos de Cuba al frente prote- 
gidos por trincheras, y situó detrás una fuerza de 400 dominicanos y 
Voluntarios angl o -americanos, dándoles la orden de hacer fuego sobre 
ellos si cejaban. Colocados así entre dos fuegos, los cubanos peleeron 
desesperadamente. Los es|jafioles atacaron las trincheras por tres veces 
á la bayoneta. Los dos primeros asaltos fueron rechazados por los cu-' 
baños; el tercero fué muy resuelto y severo y los cubanos empezaron á 
vacilar, cuando Quesada ordenó á la retaguardia <]ue pasara al frente, 
.avanzaron, empujando á los cubanos hacia el frente del enemigo. El 
combate fué mano á mano: en él fué horrible la carnicería! Los es- 
pañoles, ñnalmente perdiendo terreno se retiraron, pero en buen or- 
den. Sus i>érdidas se calcularon en 160 muertos y 300 heridos; la de 
los cubanos en zoo muertos y im número proporcionado de heridos. 
Después de la acción las fuerzas de Quesada se retiraron hacía San Mi- 
guel «guemando la población en vista de la retirada de los españoles. 

« Las proporciones de esta acción según parece, se han exagerado 
bxstante. Con la estación adelantada españoles y cubanos sufrían mu- 
cho de enfermedades. Los insurrectos quemaron el pueblo de Mani- 
caragua, 

a Un expedición despachada en los Estados- Un ¡dos, mandada por 
el General Tomás Jordán, desembarcó en Mayo en Mayarl, llevando 
4,000 rifles, 300 Remington y 500 revolvers: además doce hermosas 
piezas de artillería de á 24 y 32 con su correspondiento número de 
cartuchos.. Llevaba además 1,000 lanzas y 1,000 ¡lares de zapatos, 
ropas y dos imprentas completas, medicina, arroz, carnes saladas y to- 
do lo necesario para racionar seis mil hombres. La expedición cons- 
taba de 300 hombres. En marcha hacia el interior fueron atacados y 
hubo un recio combate en el que se dice que las tropas del Gobierno 
tomaron dos cañones: se asegura que los españoles perdieron 32 hom- 
bres y los insurrectos 80 muertos y heridos. 

«El dia 16 de Mayo hubo un encuentro á cuatro millas de Puerto 
Padre, pequeHa población de la costa del Norte en el Departamento 
Oriental. Los insurrectos atacaron una fuerza de 1,000 españoles que 
conducían un convoy de víveres á las Tunas. La acción tuvo lugar 
en lo largo de la orilla del rio que por muchas horas trataron de cru- 
zar en vano los españoles. Eran muertos en la orilla enrojeciendo las 
aguas con su sangre. Al tin se vieron obligados á retirarse desistiendo 
de su propósito dz abastecer á las Tunas. Los españoles han confesa- 
do que perdieron 34 hombres muertos y 100 heridos; peroles insu- 
rrectos añrman que la pérdida fué mucho mayor. 



— 23' — 

«El Capitán General de Cuba, General Duke, tanto por falta de 
balitd como por el mal estado de los negocios en Cuba y en la Pt-nín- 
sula, que le quitaban de continuo su importancia, resolvió retirarse;, 
|(ero antes de llevar á cabo su propósito un motin de Voluntarios le 
oítligó á entregar el mando al General Espinar, (i) Algunos de los 
Jefes de los Voluntarios se supone que meditaban un plan de uii Go- 
bierno Colonial; su proceder sin embargo se limitó á nombrar una 
Comisión para examinar los actos del General Dulce, (a) 

■ El Brigadier Ferrer, que salió de Nuevitas el 25 de Mayo jwra 
reforzar las tropas de Puerto Padre, regresó en fatal estado por haberse 
declarado el cólera entre la gente. Consiguió su objeto, conduciendo 
pertrechos de Puerto Padre á las Tunas. Estaban cansados cuando 
atacados en la Breñosa, rechazaron á los rebeldes (jue perdieron 80 
iioinbres. Los españoles perdieron 76 hombres entre muertos y heri- 
dos. Los insurrectos se acreditaron de valientes y se retiraron en 
buen orden. 

"El Gobierno de la Nación, con gran satisfacción de los volunta- 
ríos, nombró para suceder á D. Domingo Dulce al General Caballero 
de Rodas. ■> 

Después de haber dado cuenta de las medidas que tomó el Capi- 
tán General á su llegada, continúa el autor de la resef5a histórica como 
sigue: 

• El General Fuello, fué atacado cerca de Bagá, |>eqiiefia |>obÍa- 
ción situada en la misma bahia de Nuevitas y poco distante de esta 
población. Tenía 300 marinos á sus órdenes y se vieron obligados á 
retirarse hacia Nuevitas con pérdida de 80 hombres. Durante el mes 
de Julio las iro^Kis españolas de los distritos insurreccionados recibie- 
ron refuerzos de gente disponible, que había en la Isla. En las Cinco 
Villas hubo encuentros bastantes entre joquenas partidas. Se asegura 
i|ue en aquellos combates, entre muertos, heridos y prisioneros, los cs- 
])añoles perdición cerca de 400 hombres. I^^s tropas de refuerzo se 
re|)artieron particularmente en los distritos en que el General Jordán 
mandalia fos cubanos; pero á causa de las lluvias -ambos partidos se 
vieron obligados á suspender las oi>eraciones. Los cubanos continua- 
ban recibiendo refuerzos de voluntarios de los Estados Unidos, Dos- 
cientos veinte y cinco reclutados en Indiana, Ohio y Kentuky, consi- 
guieron desembarcar el 28 de Julio y reunirse á las fuerzas (|ue 



(i) Asi preparaban los laborantes el terreno para decir dcipués que los verda 
deíos rebeldes de Cuba eran los espafiules leales. 

(2) 1.0 único que se quería era que el General Dulce dejase el mando, ya que 
no se resolvía k romper sus relaciones In timas con las personas que no eran adictas & 
la aacioaalidad; pero nadie pcnsá en Comisiones ni en investigaciones. 

38 



— aja — 
mandaba el General Quesada. Con ellos desembarcáronse, armas, 
municiones y gran cantidad de pertrechos de campaña. 

«En Octubre los voluntarios continuaban entrometiéndose en los 
asuntos püblicoi, y el General no i>odla al parecer contenerlos. Pre- 
valecía el disgusto y la alarma no considerándose con seguridad los 
naturales ni los extrangeros. (i) 

a El decreto de las Cortes Constituyentes estableciendo la libertad 
religiosa en Cuba y Puerto-Rico, se publicó en 25 de Octubre y estu- 
bo en vigor ya como ley del país. El decreto decía que Espafia no 
podía permanecer agena al movimiento general de Europa y del mun- 
do, añadiendo que esta consideración es más poderosa para las Anti- 
llas, que tienen cerca un continente donde la libertad religiosa es re- 
conocida por las leyes. Una cláusula del decreto previene que nadie 
puede ser recusado para los cargos públicos por causa de sus creencias 
religiosas. Este decreto fué recibido por el publico con general 
satisfacción. (2) 

» En Octubre, con la fuerza del cólera cjue se llevó gran parte de 
las fuerzas de Valmaseda, las de Quesada que consistían en 8,000 hom- 
bres bien armados y organizados, aprovechaban el tiempo en los ejer- 
cicios y tiro de blanco. En Octubre (según las relaciones de los cubanos) 
había cerca de 15,000 insurrectos en las Cinco Villas, y además unos 
3,000 á las órdenes del General Polaco Ruloff. Mucho habla perjudi- 
cado la causa de los insurrectos el malogro de la mayor parte de las 
expediciones de los Estados Unidos, puesto qvie había gran necesidad 
de armas, I^ ex|)edición más im{}ortantc que llegó á Cuba, fué la que 
había organizado el General (loicuria. El vapor LiUian, que de 
Nueva Orleans ¡lasó á Cedar Keys, y á la costa de la Florida, donde 
se embarcaron 600 hombres, algtmos cañones, gran cantidad de fusiles 
con las correspondientes municiones. La expedición llegó á la co.-ita 
de Cuba sobre el 20 de Octubre. Después de haber desembarcado el 
¿/7//aH se dirigió al puerto de Nassau, donde fué secuestrado por. las 
autoridades inglesas, pero al cabo de pocos días le fué levantado el 
embargo. 

n Durante el mes de Noviembre continuó el incendio de las fíncas. 



(i) Sabido es cuín (|uerido era el Capilán General en aquella ípoca y como lo 
fué siempre. Ix>e< CE^panolea leales eTiconlralian á su lado la mejor lux^da, y se abri- 
¡raba la esperanza de que al lerniinar la estación de verano se emprendería la campalla 
con aclividid y que la insuirección quedaría sofocada. 

{2) En aquella época muchos cabanos en los Estados Unidos se hicieron pro- 
testantes, Tigurándose que conquistarían amigos. Suponían que para Cuba signilicaba 
mncho la lilieríad de cultos, ¡Poco sabia el nulor de la resefla que nadie pensaba en 
levantar una capilla fuera de los católicos! 



V-, 



\ 



— 233 — 

O'ento sesenta grandes ingenios pertenecientes á cubanos que habían 
sido e^xnbargados por los españoles, con la mira de sacar dinero de sus 
¿a/ras, tuvieron los cañaverales incendiados. El 20 de Noviembre las 
Bm^js españolas sufrieron un gran revés en Mogote, donde en uu ata- 
que A ^a posición fortificada de los insurrectos, fueron rechazados con 
pérdicis. Mandaba las tropas el Coronel Cámara, y el ataque empezó 
con ci i «sparos de granadas y terminó con cargas á la bayoneta. 

•c 3L,os cubanos permanecieron firmes, y después de una lucha de- 
sesp^irsi.da, los españoles fueron rechazados. No se conocen los deta- 
lles x^ X las pérdidas pero se sabe que éstas fueron grandes por ambas 

n Noviembre fué reorganizada la Junta Cubana en Nueva York, 

iendo en seis individuos y el Presidente Sr. D. Miguel Aldama; 

los miembros eran abogados de gran fama y los otros tres hom- 

negocios de elevada posición. 

«c El General americano Jordán, que entonces fué nombrado Ayu- 

<}eneral del ejército Cubano, decía en una carta que este cons- 



te lEi 



coa 
tres 
bres 

dan 



taba, d^ 26,000 hombres armados, seguidos de 40,000 libertos armados 
de ^^^€^^/ietes, y que si los cubanos tuvieran 75,000 equipos, la guerra 
pudi^i-a terminarse en 30 días. 

•c ^ principios de Diciembre el General Céspedes expidió una pro- 
3- llamando á todos los fieles cubanos para destruir las cosechas de 



cía 



este 

nar 

de 

Yo 

las 



tabücro y de azúcar, á fin de privar á los españoles de estás fuentes de 
recia.i-sos. Todas Jas operaciones de los cubanos, teniendo en cuenta 
an, se dirigieron á incendiar fincas. La insurrección al termi- 
1 año de 1869 no estaba muerta todavía; y cuando los periódicos 
Üabana digeron que en Diciembre \di Junta Cubana de Nueva 
liabía requerido á los Jefes de la insurrección para que depusieran 

as, la noticia fué negada con indignación. 
Desde el día de su levantamiento, los insurrectos cubanos encon- 
'^^^^^i^ las más cordiales simpatías en la América del Sur. Los gobier- 
^^ Chile y del Perú los reconocieron formalmente, (i) y la nota 
-*^^€sidente del Perú fechada el 13 de Mayo de aquel año, dirigida 
^"Xieral Céspedes, » Capitán General del ejército libertador de Cuba 
^^xiía el siguiente parágrafo: 

•* !E1 Presidente del Perú tiene profundas simpatías por la causa 
*^ de que es V. E. el más distinguido campeón y desea poder darle 
^tx^s del interés con que desea que esa Isla lo más pronto posible 



nos 

del 

al 



Pue-ci; 



tomar su puesto entre las naciones civilizadas del mundo. El 



^^mo del Perú reconoce como beligerante al partido que lucha en 



laci^^. 



^ Sabido es que en aquella fecha el Gobierno español no estaba en buenas re- 
con los del Perú y Chile. 




— aj4 — 
favor de la independencia de Cuba y dc-sea que cuanto antes sean reco- 
nocidos como tales por lodas las naciones; y al mismo tiempo que la 
guerra ]>iieda hacerse con la regularidad que marcan las leyes interna- 
cionales, s l.,as simpatías en todas las demás repdblicas eran notorias y 
los cubanos al terminar el año de 18Ó9 podían esperar que pronto se- 
rían reconocidos |K)r todos sus gobiernos. 

11 En los Estados Unidos, las simpatías de la opinión pública eran 
cuando menos igualmente grandes, y esto se probó en gran número de 
mee/iiiss, en las resoluciones del Congreso y en la prejíaración de nu- 
merosas expediciones. Estas simpatías fueron también claramente 
expresadas en el mensage del Presidente Grant, en Diciembre de 1869, 
aunqne por otra parte decía que, « la lucha no había asumido todavía 
las condiciones de una guerra (jue en virtud de lo que prescriben las 
leyes internacionales, existiera de fado una organización polilica de 
los insurrectos suñcieute para justíñcar su reconocimiento de beli- 
gerancia. 

B El Presidente más adelante manifestaba que los Estados Unidos 
no estaban dispuestos á inmiscuirse en las relaciones existentes entre 
España y sus posesiones coloniales de este continente creyendo que á 
su debido ticnqio Esjiaña y los demás poderes europeos tendrán inte- 
rés en terminar estas relaciones. « 

Después de haber publicado íntegra esta reseña hecha por un es- 
critor anglo'-americano, que pudo proporcionarse cuantos datos necesitó 
de los españoles y de los cubanos, es escusado que se nos diga que en 
Cuba no se ha podido saber nunca la verdad, [Hjrque el Gobierno 
prohibía la publicición de noticias desfavorables á la causa de PJspafSa. 
Por niiestra jiarte tenemos lo que han publicado los exlrangeros y 
cubanos dignos de crédito; y con publicar la verdad destruiremos los 
errores en que han incurrido los que se inspiraron en las relaciones 
exageradas ó completamente falsas de los escritores laborantes de U 
Metrópoli y del extrangero. 

Sí durante el curso del año de 1869 los insurrectos cubanos hubie- 
sen conseguido alguna victoria importante, cómo había de ignorarlo en 
Nueva- York el autor de la reseña? 

Es el caso que siendo el Anuario una publicación de gran crédito 
no podían publicarse en sus columnas relaciones de victorias supuestas. 
Harto hizo en favor de los insurrectos exagerando los sucesos de la 
Habana, no dando la debida importancia á la defensa de las Tunas ni á 
otras acciones brillantes de los españoles y hablando de los estragos 
que hicieron el cólera y otras enfermedades entre los españoles sin de- 
cir que fue mayor el que hicieron entre los rebeldes privados de asis- 
tencia, de medicinas y hasta de víveres y alojamiento en los meses de 
lluvias. 



CAPITULO XXI. 



Ojwraciones militares.— Los enemigos se organizan.— Varios encuentros. 
— Algunos de importancia.- -Lleírada del General Pleltaln.— Sus 
condiciones.- Instrucciones que tenia del Gobierno Supremo.— Su 
parecer sobre la situación.— Asuntos de la Metrópoli.— Campaña 
de Teraiio.— En Oriente, Brigadier Oamino.—Uontaner.— San- 
grientos combates.— Acción del Zarzal.— Los Voluntarios de " Val- 
maseda."— Columna de VUdies.— Oolumna de León en el Oentio.— 
Huerto de Ignacio Agrámente.- Sorpresa y muerte de Bomanl jr 
más de 100 guerrilleros.— Otros encuentros.- Juicio de Fieltain.— 
Idemde Uáximo Oomez sobre la situación de Cuba.— La verdad 
de los hechos. 



Mientras en la Mctróimli pasaban los aconCecitnientoK referidos 
en el precedente capitulo, que llamaban la atención del mundo civili- 
zado y que tanto preocupaban á los españoles leales de las Antillas, los 
soldados, voluntarios y guerrilleros al empezar el año de 1873, conti- 
nuaron la persecución de los rebeldes, tratando de aprovechar los me- 
ses frescos y de tiempo seco, como lo venían verificando desde que se 
abrió aquella campaña de invierno. Los cabecillas insurrectos conti- 



- 236 - 
nuaban en su trabajo de aumentar y organizar sus respectivas partidas 
con las gentes de todas razas mas idóneas para aquella clase de guerra, 
pero continuaban encastillados en los montes, no bajando sino cuando 
proyectaban dar algún golpe seguro para aiioderarse de lo que encon- 
traban en los pueblos ó recibir lo que sus amigos les remitían del ex- 
trangero y de la Isla. Como se ha dicho, las fuerzas insurrectas de 
las Villas se habían corrido hacia el Camagüey, donde Agrá monte pro- 
curaba organizarías á fin de tenerlas dispuestas para secundar los pro- 
yectos de Máximo Gómez. Escasos eran los refuerzos que se hablan 
recibido de la Metrópoli en aquellos meses, pero los soldados y volun- 
tarios hablan conseguido mantener la tranquilidad en las productivas 
jurisdicciones de las Villas, que era lo que más interesaba, como así lo 
comprendían el General Celullos y el infatigable Portillo que manda- 
ba en ellas. Este benemérito Comandante General había sabido ins- 
pirar tal conñanza entre los habitantes del íxtenso territorio de su 
mando, que en él la Guardia Civil prestaba servicio por parejas como 
en tiempo de paz y los hacendados no temian por sus ñncas. 

A principios de Enero fué alcanzado y muerto el cabecilla bando- 
lero, José González López; y las ¡jequeñas columnas de Tiradores de 
la Patria y Voluntarios de Camajuaní, hicieron varios muertos y pri- 
sioneros al enemigo. I^ activa y bien ordenada persecución de los 
insurrectos y bandoleros que bajaban de los montes; la muerte del lla- 
mado Chico Gómez que cayó en poder de una fuerza de prácticfís y 
soldados de Baza, dieron en las Villas excelentes resultados: algunos 
rebeldes que permanecían en los montes se presentaron, y los compro- 
metidos á incorporarse á las partidas á que hablan pertenecido cuando 
fueron llamados por sus respectivos cabecillas, se negaron en su mayor 
parte á cumplir su compromiso, a¡)esar de los acontecimientos de la 
Metrópoli y de las diligencias que practicaban los laborantes residen- 
tes en la Isla. 

Con respecto al Departamento Central, nos limitaremos á estrac- 
lar los partes que se publicaron, remitidos á la Capitanía General de 
las operaciones practicadas y resultados obtenidos por las columnas. 

Atacado el tablado de Magarabomba por el enemigo, fué recha- 
zado por soldados del Batallón de Talavera y la Guerrilla local. Los 
rebeldes al retirarse incendiaron ocho bohíos los más distantes del 
fuerte. Del ataque resultaron dos prisioneros heridos; mientras que 
los insurrectos al retirarse se llevaron 14 acémilas con muertos y heri- 
dos. Entretanto fuerzas de los batallones de Cortés y de Santander 
emprendieron la persecución de los rebeldes en su retirada, y habién- 
dolos alcanzado el dia 3 de Enero en Buey Sabana, después de rudo 
combate, el enemigo tuvo que dispersarse dejando 6 muertos en el 
campo y un prisionero, y llevándose los heridos. Al día siguiente por 






y \ 



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- 237 — 



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. *^>^st.<irugada los soldados de la columna avistaron una fuerza de Ca- 
^«l^-x-Sa, que atacada inmediatamente, huyó en dirección al Limpio 
, ^^^*ic3e. Nuestras pérdidas en estos encuentros fueron de 5 muertos, 
(ly^^^**idos y 2 contusos. La Guardia Civil del puesto de Maraquean 
^t^ó una i^artida de rebeldes que intentó sorprender el puesto. La 
na del Coronel Marín hizo al enemigo un muerto y 5 prisioneros 
los últimos el titulado Coronel Isidro Benítez y D. Antonio Gi- 
,. médico de las Villas, 
n las jurisdicciones de Holguín y las Tunas la contraguerrilla 
«neral destruyó un camimmento, sembrados y depósitos de efec- 
1 enemigo. I^ columna de Movilizados de Matanzas en Darna- 
, capturó al titulado subprefecto Manuel Rio con documentos 
santes. Una columna del Batallón de la Habana, en un recono- 
nto, hizo 2 muertos y 8 prisioneros al enemigo. Las fuerzas cu- 
^^'^^ operaciones dirigía el Coronel Bascones causaron bastantes bajas á 
las pequeñas partidas de insurrectos que hacían sus correrías por aque- 
llas mismas jurisdicciones de Holguín y las Tunas. 

Reunidas de nuevo las partidas de varios cabecillas dieron otro 
ataque al poblado de Mayarí, pero fueron rechazados por soldados de 
Santander, Voluntarios y 20 hombres de marina. I^ columna de^ 
Teniente Coronel Dieguez tuvo un combate con el enemigo situado en 
las posiciones de Baguano, que duró algunas horas, retirándose los in- 
surrectos con muchas bajas. I^a columna tuvo un oficial y 2 soldados 
muertos, 15 heridos y 12 contusos. Las columnas pertenecientes á las 
divisiones tercera y cuarta de Bayamo, Manzanillo, Guantánamo y Ba- 
racoa, continuaron las operaciones, sin que en toda la primera quince- 
na de Enero el enemigo esperara una vez siquiera á los soldados y Vo- 
luntarios. 

Según parte oficial del Estado Mayor, las bajas que tuvieron les 
rebeldes durante dicha primera quincena de Enero de 1873 íueron los 
siguientes: Rebeldes muertos en los combates 46, con muchos heridos 
que retiraron según costumbre. Por nuestra parte, en el mismo perio- 
do tuvimos 7 muertos, 24 heridos y 12 contusos. Según el mismo 
parte había sido pasado por las armas el cabecilla Chico Gómez, hecho 
prisionero como se ha dicho. 

Durante la segunda mitad de Enero se aparecieron algunas pe- 
queñas partidas rebeldes en las jurisdicciones de las Villas, lo que re- 
velaba el firme propósito de sus directores de perturbar la tranquilidad 
en la parte Occidental de la Isla, que el año anterior había querido 
invadir Máximo Gómez con todas las fuerzas rebeldes reunidas. Una 
pequeña fuerza del Batallón de Santander, mandada por un sargento, 
encontró 16 rebeldes en los montes del Caonao; los dispersó matando 
á uno y cogiéndoles 4 caballos. Encontró después la partida de Mota 



-238- 
y le hizo un muerto y un prisionero; luego le mató otros dos dejando 
al cabecilla (negro) con sólo 7 hombres. Kn aquellos mismos días 
hubo varios encuentros de esta clase, que ai>esar de su ¡mea im|)ortan- 
cia revelaban que se i>ersegii¡a con actividad á los audaces reclutadores 
de negros de las fincas y de presentados de los caseríos, con cuya gen- 
te los cabecillas querían amnenlar sus respectivas jwrtidas y dar el gol- 
pe que meditaban hacia tiempo los titulados Gobernantes de Cuba Li- 
bre. Por fortuna el General Portillo, que mandaba en las Villas, ha- 
bía dado las órdenes oiwrtunas t>ara impedir la realización de los pla- 
nes del enemigo. 

En la Trocha de Morón 250 guerrilleros, mandados por el Co- 
mandante Maclas, el día 21 de Enero alcanzaron á los rebeldes en Jo- 
bo y los batieron y dis|)ersaron. Iais insurrectos dejaron 7 muertos 
en et campo, y según relación de dos paisanos que se llevaban presos 
y consiguieron escaparse, el enemigo retiró otros 7 muertos y muchos 
heridos que cargaron en los caballos. Dijeron además que los rebeldes 
estaban á las órdenes de Ignacio Agramonte, quien pocos días antes se 
había reunido con varios cabecillas para acercarse á la línea de Morón 
y practicar algunos reconocimientos. Según cálculos del Comandante 
Macias, los rebeldes serian como 500 hombres. Este encuentro fué 
muy sangriento: las guerrillas tuvieron 2 oficiales y 4 de tropa muertos; 
3 oficiales y 14 de tropa heridos y contusos. 

Después de haber dejado los heridos en Magarabomba, al amane- 
cer del día 24 salió la coluuma y por la tarde se encontraron las guerri- 
llas con los rebeldes apostados en la Sabana de Lázaro. Después de 
un sostenido y rudo combate el enemigo se retiró dejando en el campo 
15 muertos que fueron enterrados, y entre ellos el Comandante de la 
caballería de Agramonte, José Morein. Se les cojieron 56 caballos 
con sus monliiras mejicanas y 7 armas de fuego. Por nuestra (larte 
tuvimos un Sargento y 4 soldados muertos y 14 heridos. En todas 
las jurisdicciones del oeste de la Trocha se practicaron reconocimien- 
tos causando bajas en las pequeñas partidas que habían salido de los 
bosques. En uno de estos re*:onocimientos los incansables Voluntarios 
de Camajuaní dieron muerte al cabecilla AraSa, después de haber ba- 
tido y disi^ersado la partida que mandaba. Fuerzas de los batallones 
de Tarragona y Santander causaron bastantes bajas al enemigo que 
por falla de recursos se veía obligado á bajar de los montes. 

I^ columna de la primera división del Centro destruyó varios 
campamentos; y la guerrilla de Baza batió la partida del cabecilla Cas, 
tellanos, haciéndole 5 prisioneros y cojiéndole 15 caballos con sus 
monturas, que abandonaron á fin de salvarse á pié en el bosque, lle- 
vándose los muertos y heridos que tuvieron, El Comandante Fernán- 
dez, con la guerrilla del Yayeral persiguió y dio muerte á varios insu- 



— 239 — 

rrecrtos y entre ellos á un Capitán en cuya cartera se encontraron im- 
porüaxites papeles. 

^En la parte Oriental, por las jurisdicciones de Guantánamo y Ba- 
racr<i>ix hubo varios encuentros de escasa importancia. Esto se debió á 
qu^ l^íibía por allí escasas fuerzas enemigas, porque los cabecillas con- 
tal>¿3.v^ que se acercaba la hora de invadir las Villas, y dirigían sus tro- 
pas l-a<sncia el Oeste. Sin embargo de la resistencia que encontró Agra- 
mox~k t^ al adelantarse hacia la Trocha de Morón debió hacer compren- 
dei- ¿m. los cabecillas y al titulado Gobierno de la República Cubana que 
no cü- wsL tan fácil como parecía llevar la guerra al Occidente de la Isla. 

I_as bajíis que tuvo el enemigo durante la segunda quincena de 
Ei^^ar<3de 1873, según i)artes oficiales, fueron las siguientes: «Enemi- 
gos. mTnuertos 51, prisioneros 17; caballos cogidos 80. En la misma 
qui»^<ir€na nuestras fuerzas tuvieron 10 muertos y 50 heridos, con 
65 cr<:>ii tusos. 

-Al principiar el mes de Febrero, una pequeña columna de Volun- 
tar 10^ del Batallón de Covadonga á las órdenes del Capitán Camilos, 
dic!> xTiuerte á 4 insurrectos de una partida que al parecer había recibi- 
^^ 1^ orden de cortar los alambres telegráficos de las líneas. Los Vo- 
luntaríos en aquel encuentro 2 heridos. La orden dada por los cabe- 
cu la.55 (Je cortar las lineas telegráficas demostraba que estaban prepa- 
rándose para la invasión de las Villas. 

En el Centro donde el enemigo tenía sus principales fuerzas, la 

P^rs^oución era constante; aunque los cabecillas no deseaban batirse. 

columna de I^ón encontró en los monies de San Vicente á una 

l^J'tido^ de cuarenta rebeldes de los cuales consiguió matar á 4 y dis- 

P^rsa.r los restantes. El Brigadier Marín, el Comandante Martitegui 

y ^tros Jefes que operaban en el Centro causaban siempre bajas al 

^rnigr^ Nuestras tropas no pudiendo hacer otra cosa, desde (pie los 

*-*^o¡l|-^j; evitaban los encuentros y combates, penetraban en los 

j. ^^*^55_, procuraban llegar á los campamentos, destruían cuanto en 

I ^ ^^riían los rebeldes de sembrados y pertrechos y se llevaban á los 

j. ^*"^s y mujeres que no conseguían escaparse emboscándose á 



de 
el d 



tx aquellos mismos días una numerosa partida de rebeldes trató 

1> Tender el poblado de Sibanicú. El enemigo fué rechazado por 

12 ^O^camento y se retiró con pérdida de algunos hombres y entre 

^l cabecilla Sebastián Castellanos. I^a fuerza del destacamento 

- ^ ^'V'o bajas. I^ misma partida rebelde, al retirarse de Sibanicú, 

^^•'^^^nzada por una columna compuesta de soldados de la Reina: 

^ ^ ^^c:>s los insurrectos se dispersaron dejando 9 muertos en el campo 

^ ^*>dose bastantes heridos. Al mismo tiempo el Coronel Esponda, 

^ ^^^do por las inmediaciones de Guáimaro, dio muerte al titulado sub- 

39 




^ ' 



\ 



prefecto Antonio Román y cogiendo 5 prisioneros. I..as columnas <le 
Marín y de I.eón, dnmnte la quincena, causaron algunxs bajas al ene- 
migo. En las demás jurisdicciones del Centro y Oriente hubo tam- 
bién encuentros de iMca. im])ortancia; iieroen los que los rebeldes per- 
dieron más gente (pie nuestras tropas, sufriendo además las pérdidas 
consiguientes á la destrucción desús sembrados y cuanto tenian en sus 
campamentos. Según los partes del Kstado Mayor de la Capitanía 
General durante la primera quincena de Febrero de 1873 los insurrec- 
tos en toda la Isla tuvieron 55 muertos y 22 prisioneros: nuestras co- 
lumnas sólo tuvieron 4 muertos y 14 heridos. 

Durante la segunda (¡uincena del mismo mes nada de particular 
ocurrió en las Villas, fuera de un reconocimiento practicado por «na 
fuerza de Milicias Disciplinadas de Güines que dio por resultado la 
muerte de dos liandidos que el Teniente Sauri perseguía con dicha 
fuerza de Milicias. En el Centro y Oriente las operaciones se conti- 
nuaban con actividad. Kl Coronel Es]K>nda batió y dispersó la fuer- 
zas q;ie mandaba Vicente García; y habiéndose reunido de nuevo 
fueron atacados por la columna del Teniente Coronel Vergel, que era 
una de las que con más actividad perseguía á los rebeldes. I.as fuer- 
zas del tercer distrito, desde Najaza á San Miguel hicieron tamb-én 
bajas al enemigo. El Comandante Martitegui batió una partida cerca 
de Castorro, matando 6 hombres, hiriendo á varios y capturando des- 
pués al titulado General D. Francisco Muñoz Kubalcaba, que tenia 
grande influencia en el Departamento del Centro. Tan activa fué en- 
tonces la persecución que sufría el enemigo por las fuerzas del Coronel 
Esponda, que los cabecillas se vieron obligados á i;orrerse hacia otras 
jurisdicciones |)ara {toder dar algtm descanso á su gente. Las colum- 
nas que o|ieraban en Holguin y las Tunas, tampoco ijerníaneclaii inac- 
tivasi la contraguerrilla de San Andrés, la columna del Teniente Co- 
ronel Diéguez; la del Comandante Macías y otras, mataron bastantes 
rebeldes de las partidas de Belisario Peralta y demás que bajaban de 
las Sierras. Por Manzanillo y Hayamo al principiar Marzo no queda- 
ban más (pie merodeadores que eran activamente perseguidos y que 
(lerdian gente cada vez que se veían obligados á pelear con los solda- 
dos, voluntarios y guerrilleros. Los resultados de las operaciones de 
la segunda quincena de Febrero, según parle del Estado Mayor publi- 
cado en la Gaceta fueron los siguientes: Las pérdidas de los insurrec- 
tos fueron 37 muertos, 47 prisioneros y 53 caballos cogidos. En los 
]»artes de la Capitanía General no se podían incluir los muertos y los 
heridos que los rebeldes se llevaban al dispersarse é internarse en los 

El General Riquelme, con fecha 5 de Marzo, desde Puerto Prín- 
cipe comunicalia á la Capitanía General el regreso á dicha Ciudad de 



/ 



gadi. 



1). Sabas Marín en otro encuentro posterior había capturado 



^*"'eildes. En la jurisdicción de Bayamouna fuerza de Bailen man- 



dada- 
camv». 



í>or el Teniente Peula, fué sorprendida por los rebeldes e 



di««:>T>. 



^*^^ts. Reforzados los soldados de Bailen por 6o hombres, empren- 



la persecución del enemigo, qne fué retirándose y contestando 



i 



'a columna mandada por el Coronel Camino, que en reconocimientos '•'.•■•.'1 

por las sierras de Najaza y otros puntos, había dado muerto á 6 insurrec- É^'t 

tos y entre ellos al cabecilla D. Juan José Varona. También la co- W^ •, 

lunnna cié Camino causó heridos y destrviyó campamentos al enemigo. fe'¿ 

Por la parte de Bagá y por las inmediaciones de aquella Trocha cuyos ^ f<s 

trabajos se continuaban, hubo también pequeños encuentros en los que FW * 

los rebeldes perdieron gente. ^3H 

Según parte del mismo General Riquelme el Jefe de la columna 9f| 

del Bfitallón de León, en el Departamento Centra!, dio muerte al ti- iK..^ 

tulado Coronel Llauger, al Capitán Varona y á otros dos insurrectos, "íi^ 

.haciéndoles i8 prisioneros y cogiéndoles armas y efectos; y en virtud ^^^3t 

de una combinación del Coronel Camino, ima fracción de sus fuerzas O^^ 

tuvo un choque con !a partida de Ignacio Agramonte en el cual las 
fuerzas de Camino tuvieron algunas bajas, pero habiendo acudido más 
gente c3e la columna, los rebeldes fueron dÍs|)ersados dejando s muer- 
tos en el campo. Los soldados de Camino cogieron armas, efectos y 
1^ correspondencia de Céspedes á Agramonte. En Jiguaní trataron 
los insurrectos de sorprender á los soldados y voluntarios que guarne- 
clan el fuerte. Tampoco esta vez pudieron conseguir su objeto y tu- 
'"^*"on que retirarse con pérdidas. En otro telegrama decía el Gene- 
ral R-icjueime desde Puerto Principe: 

«I-a columna del Regimiento del Rey, con 150 hombres al mando 
^^^ CTomandante Sánchez del Campo, practicaba un reconocimiento al 
^^orte <ie la vía férrea de Nuevitas, cuando el día 7 se encontró con 
fuerzas de Agramonte, reunidas en número considerable junto al paso 
"^* K- i o Máximo, como á una legua de Limones: después de obstinado 
COn)l>^te, el enemigo se retiró en dirección á los montes de Alta Gra- 
^'^' <3e-jando en el campo 30 muertos, y teniendo por nuestra jiarle s8 

"ajas ^ntre muertos y heridos, entre éstos el Jefe de la columna. So- WWj 

'^ *^1 «rastro del enemigo van dos columnas de á 800 hombres cada rJLni 

^' ^ las órdenes del Brigadier Weiber. ^^n 

" ^5«gün declaración de un prisionero, hecho i)or el batallón de ' T^f 

""^ » «:3e la acción del Potrero Najaza, dada por la columna del Briga- 3» *J 

^ ""^^rín, salieron heridos el titulado Coronel, A, Rodríguez Madri- Se ■ 

" <de gravedad, y 14 insurrectos raásj y en la de Ciego Najaza, 
.^^^^ enemigo 6 muertos y bastante numero de heridos. » 

*^ otro telegrama decía el mismo General Riquelme que el Bri- 



i 



**»€nte al fuego de los soldados. Estos fueron atraídos hasta un 



_ 242 — 

punió donde estaba Calixto García con mimerasas fuerzas: por no 
ver.-se envueltos, los soldados emprendieron la retirada en buen orden, 
latiéndose y conteniendo con las bayonetas las cargas de machete de 
la caballería. Gracias á tanta serenidad los insurrectos de García se 
contuvieron; y al divisar la segunda contraguerrilla volante se retiraron, 
dejando dos muertos y dos caballos en el campo. Iaís soldados de 
Itailén tuvieron algunas bajas: el Teniente Peula fué herido, pero con- 
tinuó mandando hasta que la acción estuvo terminada. 

Al paso que adelantaba el año de 1873 '"^^ cabecillas se presenta- 
ban con sus fuerzas mejor organizada-s, con gente escogida y dispues- 
tos á no aventurar combates. Por i>ar(e de las columnas la persecución 
continuaba activa en el Centro y en Oriente; pero los rebeldes, aunque 
mal avenidos entre sí los cabecillas más importantes y los titulados Po- 
deres de la República, no desistían de sus propósitos de invadir la par- 
te Occidental de la Isla, la n pronto como recibieran las noticias que 
esperalwn de sus agentes. Durante el mes de Marzo se continuó tra- 
bajando en la Troclia de Bagá, apesar de lo que contra el proyecto ha- 
bian dicho militares entendidos. El General Ceballos quería dejar á 
su sucesor el cargo de continuar ó abandonar aquellos trabajos que ha- 
bían sido sus|K'ndidos con tanta fe por su antecesores que considera- 
ban fácil y provechosa una Trocha que atravesara la Isla de cosía á 
cosía como la de Morón, apesar de la mayor longitud que había de 
tener y de las fuerzas que se debian necesitar para su defensa. Las 
fuerzas destinadas á proteger los trabajos de la Trocha de Bagá causa- 
ron también bajas at enemigo. 

Según los partes del Estado Mayor, en la segunda quincena de 
Marzo los relwldes tuvieron 23 muertos, 36 prisioneros y los heridos 
que recogieron y se llevaron: lasbaja.^ de nuestras columnas sólo fueron 
de 6 muertos y iS heridos. .\demás de resultas de la i>ersecuc¡ón y 
destruccción de campamentos se presentaron 150 hombres útiles para 
las armas y 64 trabajadores. 

Entrado ya el mes de Abril, el Capitán D, Juan Camiianeira con 
fuerzas de Milicias Disciplinadas de Matanzas y Voluntarios de Cama- 
juanl, en el punto denominado «El Rayo» batieron á pequeñas parti- 
das matando a é hiriendo 4 rebeldes, Kn los Departamentos del Cen- 
tro y Oriente, fueron igualmente los encuentros de escasa importancia. 
Durante la primera mitad del mes de Abril nada de notable ocurrió 
en la parte Occidental de la Isla. Muchos de los cabecillas que con 
sus |>equeñas partidas que aun á principios del aíío se sostenían en las 
sierras de Trinidad y Sancli Spíritiis y por las jurisdicciones de Reme- 
dios, no pudiendo resistir ya por más tiempo la activa persecución que 
sufrían cada vez que salian de los bosques, gracias á las buenas dispo- 
siciones que tenía tomadas el General Portillo y al celo y actividad de 



— 243 — 

^os J^£es de las columnas, que en su mayor parte procuraron cruzar la 
froorJ-ka de Morón en pequeños grupos y correrse hacíalos Depárta- 
nle n tos del Centro y Oriente. 

EIn el Departamento Central el Capitán Urquiza encontró en el 
Cai rira. ¡ to al cabecilla Benitez con 300 hombres: atacados los rebeldes 
con "i:>:ravura después de ser perseguidos durante dos horas, se vieron 
obl i ^-^xlüs á dispersarse y emboscarse, dejando 4 muertos en el camino 
y íl^v^sndose otros con muchos heridos. I^a columna tuvo que lamen- 
tar 1.^ muerte del alférez D. Vicente Urquiza, hermano del Coman - 
dati t^ <ie la fuerza y 2 soldados heridos. En el Departamento Oriental 
una. czrolumna de la segunda división de Holguín, mandada por el Co- 
ma, r^^ii^n te Lambar, encontró en Arroyo San Antonio varias partidas 
^^ r^^-'beldes reunidos. Atacados los enemigos por la columna fueron 
cot^^^:>jetarnefite batidos. Según el parte, los rebeldes tuvieron 20 
ma^^^tos vistos, siendo de suponer que se llevaron algunos más con los 
nei"¡<:ios. La columna tuvo 4 muertos y 2 oficiales y 11 soldados heri- 
dos. El enemigo que se retiraba en dirección á San Agustín, se en- 
con t: ír<3 con dos emboscadas preparadas hábilmente por el Comandante 
G^^^^iíaral de la División. Nuestros soldados, rompiendo el fuego á 
treii-^ t:ü pasos de distancia, obligaron al enemigo á retirarse precipita- 
d2*~>^ <^" "Bite con muchas bajas. Por nuestra parte hubo 3 muertos y 4 he- 
ridoís^ El Teniente Coronel Diéguez, del Regimiento de la Habana, 
^^ ^^M. marcha hacia Ensenada, encontró cerca de Santa Rita una parti- 
da <i^^ rebeldes á la que batió causándole 2 muertos y varios heridos. En 
^'■'^'^"s encontró también otra pequeña partida que se dispersó al ser 
atí^<^.^<:5a sin oponer gran resistencia. La columna del Teniente Coro- 
^^ "^^ ilches alcanzó á los enemigos en la jurisdicción de las Tunas y 
'' ^.A^ *spersó haciéndoks 2 muertos y 8 prisioneros. En la parte Oriental 
^^^^ "V)epartamento los Coroneles Arias y Campillo, con algunos otros 
^^é^s de columna continuaban la persecución de los rebeldes causando 
bíijas á las pequeñas partidas que se habían quedado en aquella parte 
del territorio. 

Según parte oficial que se publicó en la Gaceta como de costum- 
bre, en la última quincena de Abril, los insurrectos tuvieron 35 muer- 
tos y i^ prisioneros con un proporcional número de heridos, que se 
ílevaron á los bosques según costumbre. Hubo también durante la 
quincena un buen número de presentaciones. 



* 



*, 

«i!^ 



El día 18 de Abril de 1873 l^^gó á la Isla de Cuba el Excmo. Sr. 
Gobernador Superior Civil, nombrado por el Gobierno Ejecutivo de 
»a República, é inmediatamente tomó posesión de su alto cargo, de- 



_ 144 — 
jando el Excmo. Sr. D. Francisco Cebaltos y Vargas el mando que 
interinamente y con tan buen acierto venia desemiieflando hacía al- 
gunos meses. Los esiiatloles leales hubieran deseado en su mayor 
parte que el honrado y enérgico General Ceballos hubiese sido nom- 
brado Gobernador Superior y Capitán (leñera' de la Isla en propiedad; 
pero como era de su deber, todos acataron y ofrecieron de corazón sus 
servicios al Gobernante elegido por el poder supremo de la Metró- 
poli. 

El Teniente Genera! D. Cándido Pieltaín nombrado Gobernador 
Superior Civil y Capitán General de la Isla de Cuba por el Gobierno 
Supremo de la República, antiguo amigo del General Prím, había se- 
guido siempre al partido radical en sus vicisitudes, y segítn dice el 
mismo General en su Memoria publicada años después, cuando el [lar- 
tido radical fué llamado i>or segunda vez al poder, [toco antes de la 
abdicación de D. Amadeo, el Presidente del Consejo de Ministros 
(Sr. Ruiz Zorrilla) que como dice el mismo General, «Conocía bien 
mis modestas aspiraciones de soldado y leal servidor de mi patria, que 
no desconocía tampoco mi desahogada posición social ... me dis- 
pensó la honra de acordarse de mi, designándome para el mando supe- 
rior de ta Isla de Cuba, con preferencia inmerecida sobre otros digní- 
simos Generales, que no ocultaban su honrosa ambición de alcanzar el 
titulo de paciñcadores de nuestra trabajada provincia ultramarina.» 

El Gobierno republicano, con conocimiento de la elección ante- 
rior, nombró Gobernador Superior Civil, Capitán General y General 
en Jefe del Ejército de la Isla de Cuba, «cargo este último que hasta 
entonces á ningún General se confiara expresamente,» al General 
Pieltaín, quien tres días después salía de Madrid para Cádiz. El mie- 
vo Gobernador General era hombre probo y honrado: en tiempos nor- 
males hubiera podido desenijjeñar su cargo de una manera satisfactoria. 
Entendía que era necesario terminar la guerra, asegurar el orden y 
educar el pueblo de Cuba, para disfrutar de la libertad democrática según 
el encargo que del Supremo Gobierno de la Nación había recibido. 
Con el General Pieltaín desembarcaron el Mariscal de Campo D. José 
Montero Gabutti, Jefe de Estado Mayor General; el Auditor de Guerra 
Sr. Ramírez Durapierre y sus ayudantes. No trajo empleados favori- 
tos; por de pronto ninguna innovación en el sistema de gobierno, ni 
varió el personal del Ejército. 

Ante todo debemos extractar las instrucciones que dió al nuevo 
Capitán General el Gobierno de la República y que confirmó después 
el Ministro de Ultramar, Sr. Sorni cuando ya el General Pieltaín ejer- 
cía el mando Superior de la Isla. Nada se quería conceder á los sei>a- 
ratistas; para el Gobierno lo primero era la integridad de la Patria, y 
que se harían todos los sacrificios posibles para anonadar á los enemi- 



X 



^ 



— 245 - 



^^ esta integridad, y que así debían tenerlo entendido los insurrec- 
Ixi esclavitud debía ser abolida dentro de un plazo no lejano. 



Se^e recomendaba estudiar la conveniencia de acelerar ó retrasar las 
reformas políticas que la República debía llevar á Ultramar. «Es de 
todo punto indispensable que desaparezca la diferencia que existe en- 
tre el español de la Península y el español de las Antillas.» Que debía 
informar sobre el ejercicio de los derechos políticos, no permitiendo 
difundir el odio á España, que debía procurar mantener la disciplina 
del Ejército, evitar que se perturbara el orden público y confiar cargos 
públicos á los insulares. Que procurara que todas las cuestiones se re- 
solvieran por medio de transacciones, que el Gobierno quería sostener 
á todo trance la República sin atropellar los intereses creados, é inves- 
tigar hasta qué punto la codicia de un lado y de otro la repugnancia á 
las reformas pueden influir ó hayan influido en los horrores de la gue- 
rra, que debía el General procurar que terminara procediendo con todo 
rigor. 

Con estas instrucciones se encargó del Gobierno Su¡Derior Civil y 
de la Capitanía General de la Isla de Cuba, con todas las formalidades 
de ordenanza, el Excmo. Sr. D. Cándido Pieltaín el día 18 de Abril 
de 1873. 

íí Dolorosamente impresionado, dice, quedé al enterarme desde el 
primer día del verdadero estado en que se hallaba el Ejército y el país, 
bastante peor que el poco lisongero que resultaba de los datos obteni- 
dos en los centros oficiales de la Metrópoli á mi salida de Madrid. El 
Ejército con un efectivo, por todos conceptos de 54,000 hombres, con 
2.600 caballos y mulos y 42 piezas, considerado no con relación al 
número de insurrectos en armas, (unos 7.000) sino más bien á la ex- 
tensión del territorio y numerosos puntos que tenían que cubrir, dista- 
ba bastante del que hubiera sido preciso para obtener resultados bri- 
llantes, prontos y decisivos; y tenía mermadas en más de una tercera 
parte estas cifras de Revista y Presupuesto y por efecto de las bajas co- 
munes en todos los Ejércitos, y en Cuba más numerosas y también por 
vicios de organización bien conocidos, y nunca entre nosotros reme- 
diados y que allá alcanzan mayores proporciones. 

«Y si por su fuerza numérica dejaba el ejército mucho que desear, 
por su calidad y condiciones distaba también de lo que hubiera sido 
conveniente. Lejos de mí el pensamiento de rebajar en lo más míni- 
mo el mérito de los hechos gloriosos, de las acciones distinguidas que 
tuvieron lugar antes, durante mi mando y después de él; ni menos el 
de los sufrimientos de todo género que eran consecuencia inevitable 
de la especialidad de aquella campaña, más que otra difícil y penosa. 
Soldados españoles que han combatido en Cuba por la integridad de 
la Patria, no han desmerecido de su origen por su valor, sobriedad, 



± 



nonstanci.1 eti las fatigas, y hasta por su iiroverbial constancia y aban- 
dono, ijiie no son tan landables por cierto, si<|uiera constitnyen una 
fase de nuestro carácter nacional.» 

F,l (iencral PieltaSn tenía razón al tratar de la ^itnación del Ejér- 
cito, qne desde principios de 1870 no reciliia de la MetróiMÜ los re- 
fuerzos necesarios, ni en el estado en que se venía encontrando el Te- 
soro desde 1S71 pudieron sus antecesores organizar y atender las 
tropas como hubiera convenido. 

Dadas las instrucciones que había recibido el niievo (Jobernador 
General debía dar á los demócratas republicanos amplia libertad para 
difundir sus ideas, y no tardaron en hacer manifestaciones ruidosas y 
poco prudentes aunque haciendo alarde de patriotismo, de cuyasma- 
nifeslaciones sacaban partido los enemigos de la Patria. En cuanto al 
personal encargado de mandar la troiias, el nuevo (íeneral dejó el 
mismo que había escojido el General Ceballos. Es de observar que á 
poco de haber dejado éste el mando, entró Mayo que es ya mes de 
aguas y calores. Los cabecillas permanecían en su sistema de alimen- 
tar y organizar sus fuerzas, sin comprometerlas y esperando grandes 
aconlecimientos. Sin embargo como las columnas continuaban su 
persecución se veían obligados á batirse. 

En el Departamento Oriental, una fuerza del Regimiento de la 
Reina mandada por e! Teniente Coronel Pila, encontró en Mayagual 
una ¡Mirtida de 500 insurrectos. Trabóse recio combate, dis|>ersándo- 
se por fin el enemigo, dejando 10 muertos en el camix» y varios caba- 
llos. La columna de Pita tuvo de t>érdida 6 hombres y cinco caballos. 
I^s guerrillas que mandaba el Comandante Martítegui mataron 8 in- 
surrectos, recogiendo cuanto encontraron en varios campamentos. 

En el Centro, el Brigadier VVeiber encontró en la Najaza 800 ene- 
migos y los batió y dispersó: no pudo continuar su persecución por 
falta de raciones. Una |tariida de 200 rebeldes atacó poco después el 
poblado de la Guanaja y fueron rechazados por la guarnición y por los 
disparos que les hizo el cañonero Delfiíi desde su fondeadero. La gue- 
rrilla que mandaba San Feliú dio dos veces alcance á la ¡urtida de 
Acosta y le malo 7 insurrectos y le hizo heridos. También la colum- 
na de las Minas dio muerte á 3 insurrectos y les destruyó los camjja- 
mentos de las inmediaciones. 

En la segunda mitad de Mayo, según los partes de la Capitanía 
General tuvieron los insurrectos 38 muertos y 26 prisioneros: las co- 
lumnas 13 muertos y 9 heridos. 

El mes de Junio de i873em|>ezó bajo malos auspicios. En la 
Metrópoli la situación empeoraba y en Cuba muchos presentados y al- 
gunos desertores engrosaban las partidas de los cabecillas más inteli- 
gentes. Habier.do empezado la estación de los calores y las aguas au- 






— 247 — 

nientaba el número de los enfermos, y no había que esperar refu^^rzos 
^e la Península para cubrir las bajas. 

De Santiago de Cuba se recibieron noticias de las operaciones mi- 
litares» c3e Oriente. Según ellos, el Brigadier Camino se encontró con 
'ooo insurrectos acampados en Guaironabo, donde habían levantado 
ooo t>ohiíos. El Cabo Camino, como llamaban sus soldados al valiente 
^^ilitsLr- desde la gnerra de África, después de dos horas de combate 
^onsi^vtió dispersará los insurrectos, que dejaron 32 muertos en el 



En e-l 



de 
los 

tavk 



La columna tuvo un Jefe, 2 oficiales y 2 soldados heridos, 
ismo Departamento Oriental, los Coroneles Valera y Campillo 
aban la persecución causando bajas al enemigo. La columna 
tañer en los montes de Baraceja fué batiendo y persiguiendo á 
^Ides hasta el Aguacate. Los enemigos tuvieron 71 muertos y 
TTina de Montaner 19 muertos y 42 heridos. Estas cifras bas- 
ra probar cuánto habían aumentado sus fuerzas y mejorado su 
nación los cabecillas de aquel departamento, justamente cuando 
les noticias se recibían de la Metrópoli. 



Presi 
lueg 
sí d 



=^ X Comandante General del mismo Departamento Oriental, dio 
e haber sabido que reunidos varios cabecillas de distintas pro- 
as, á fin de cortar disgustos y rivalidades entre ellos, habían 
nombrar Generalísimo de las fuerzas insurrectas al titulado 
nte de la República Cubana, lo que era cierto, como se verá 
n el relato de Máximo Gómez. Aunque la noticia pareciera en 
^^scasa importancia, revelaba que los enemigos de España se or- 
an y preparaban para emprender nueva campaña, 
-•^s partidas rebeldes reunidas, fueron alcanzadas por las columnas 
<Joroneles Campillo y Sostrada y del Brigadier Camino en el 
CD Zarzal. Trabóse la acción que fué larga y sangrienta. Los 
os fueron batidos y se retiraron, dejando en el campo 160 
s. Nuestras columnas tuvieron también lamentables pérdidas, 
^ritre muertos y heridos contaron 90 bajas. ; Allí terminó su 
el Teniente Coronel D. José Sostrada, militar honrado, valiente 
>ít remo querido de sus soldados ! El día 8 de Junio la columna 
fallón de « Voluntarios de Valmaseda, » tuvo un encuentro con la 
de Majin Díaz, en el que murieron este cabecilla, el titulado 
ante Maximiliano Ramos, el Capitán y 28 insurrectos, cogien- 
voluntarios 25 caballos, armas y pertrechos. 
gj "'^— ^ columna que mandaba el Teniente Coronel Vilches, sorprendió 

j^p ^^^ pamento de Vicente García y Pancho Varona en las inmediacio- 
Qj.. J^^^^ las Tunas, dando muerte á 15 insurrectos entre ellos el Capitán 
1^ ^^^^ * \j3l. columna de Vilches tuvo un voluntario muerto y dos Oficia- 
ridos. En el campamento se recogieron armas, caballos y paineles 
^:;ntes pertenecientes á dichos cabecillas. En el mismo Depar- 

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-248- 
tameitto Oriental, hubo durante aquello» meses, ya entrado el verano 
algunos otros encuentros, [jero de menos importancia que los referidos. 
En el Departamento Central, nuestros soldados y voluntarios con- 
tinuaron también las oijeraciones militares con actividad y varia 
suerte. El Coronel Verdugo, por las inmediaciones de Cubilas, prac- 
licA víirios reconocimientos causando bajas al enemigo y tuvo algunos 
encuentros con las jtarttdas de Ricardo Estrada, Sanguilf y otras. 

El día II de Mayo la columna de León encontró á los insurrectos 
á 8 leguas al Sudoeste de Puerto Princi[ie. Después de un reñido 
combate los enemigos se retiraron aunque contaban con más de 800 
hombres; mientras que la columna sólo se componía de 400 hombres 
de I.eón, 250 de la columna volante y 60 guerrilleros y una pieza de 
artillería. Las pérdidas del enemigo consistieron en 80 muertos vistos 
y en muchos heridos que se llevaron. En esta acción murió el titula- 
do General D. Ignacio .\graraonte, cuyo cadáver fué cogido y condu- 
cido á Puerto- Pr I nclijc, expuesto al público é identificado; habiéndose 
levantado acta después de verificada y comprobada la identidad por 
una población inmensa. Nuestras bajas consistieron en 6 muertos, 15 
heridos y 16 contusos. La muerte de Agramonte Jefe de ínñuencia, 
valor y actividad fué muy sentida entre los suyos. Un escritor militar 
supone que la muerte de este Jefe camagüeyano, fué fatal para los es- 
jañoles, i)ori[ue defensor de los derechos de la raza blanca, rechazaba 
el concurso de las fuerzas de Oriente mandadas por Máximo Gómez y 
otros Jefes de la gente de color, (]ue como era natural, tendían á hacer 
prevalecer los fueros de su raza. 

Corrian |>or la Habana rumores de haber sufrido nuestras fuerza.s 
del Camagiiey un notable descalabro que la Autoridad quería ocultar y 
esto aumentaba el disgusto y el sentimiento de los leales que no querían 
que se les ocultasen las noticias malas. Comprendiendo al fin que no 
era prudente guardar silencio sobre un hecho que cada uno contaba á 
su manera, se mandó publicar en la Gacela lo siguiente: 

<il¿l temerario arrojo del Jefe déla Zona de Cultivo de Puerto 
Principe, Comandante Romani, quien ha pagado con la vida su deso- 
t>ediencia á órdenes terminantes, nos ha costado la vida de 39 hom- 
bres de la primera guerrilla, sorprendidos en un potrero cerca de Yu 
catán. El resto de la columna hasta 90 hombres de que se componía, 
qiLe se liatieron noblemente, apesar de haber caldo su Jefe á los prime 
ros tiros, ha conseguido romper entre el enemigo ajiesar de ser muy 
superior en número.» 

Aquella primera noticia oficial no era bastante detallada, y se tar- 
dó poco en sal>er la verdad de lo sucedido. I.^is guerrilla.s que man 
daba el infortunado Romani sorprendidas y con las fuerzas divididas 
se batieron bien, pero murieron tío hombres, y lograron salvarse dos 



^ —neral Pieltaín para dar á conocer mejor la situación de la Gran 



*^ ^as, aparte de estas circunstancias que soy el primero en reco- 
, . ^^> existían causas, eventuales si se quiere, acaso fortuitas, (¡ue re- 
-'^'^ la cualidad de las tropas en su conjunto. 

*^ Estas causas eran, rindiendo tributo á la verdad, que por nada 

• I^Oi- nadie habrá de ocultar, la poca escrupulosidad en el recluta- 

•£ ^^^O; la falta de aclimatación y de instrucción; el disgusto por la 

* ^■'"^ii^ad de derechos con iguales deberes, pues había cuerpos en que 

^- •^^^r del soldado era de un peso, ó de cuatro pesetas diarias, raien- 

^Xvxe en otros estaba reducido á poco más de 9 pesos mensuales; el 

. .^^^^^cio, sobre todo en los cumplidos que no veían término á su ser- 

,^^^ y eran objeto de constante seducción; el desuso en que habían 

^^-^ algunos principios y buenas prácticas militares, al frente de un 

^ ^^o astuto y casi siempre invisible; el desaliño en cuanto ávestua- 

' *^ desigualdad del armamento; el descuido hasta cierto punto dis- 




-^ de la policía; cierta tendencia á colocarse á retaguardia en 
^^^<^s pasivos y provechosos; la molicie consiguiente á destacamentos 



% 



— 249 — 

oficia-l^s y 40 guerrilleros. ¿A qué publicar que sólo habían muerto 
59 Homnbres? ¿No llegaban todos los días á la Habana vapores proce- 

^^"^Xtc^ de Nuevitas con pasageros paisanos y militares de Puerto Prin- í 

^vpeP ^Cómo no habían de saber y contar lo que había sucedido? f- 

JK^ mediados de Junio por un telegrama de Santiago de Cuba se \ 

supo <^x.ie el Coronel Arias se había apoderado de un campamento en v. 

el p£t.i-ii:»l, habiendo dejado los insurrectos 7 muertos y habiéndose lie- \ 

^sdo nr» uchos heridos. La columna de Arias tuvo 4 muertos y 9 heri- 
dos. XPor aquellos mismos días el General Portillo desde Ciego de ( 
Avílsi^ daba parte de los pequeños encuentros que habían tenido las - 
colunrm. x-m as que operaban á sus órdenes por las jurisdicciones inmediatas 
^ ^^ J^a:~«cha y habían causado bajas á los rebeldes. * 

^^^^^ún telegrama de Puerto Príncipe, una columna de soldados del 
Kegí «rx-^ i ento del Rey, salida de las Mi 1 jas, se había encontrado con una \ 

coluL-MTM. -«-^a de 250 rebeldes, y habiéndola perseguido hasta el campamen- " 

to d^ -í'^guilera, y luego hasta la Bermeja donde la partida se vio obli- 
gada. 5^ dispersarse y emboscarse llevándose los muertos y heridos. La I 
coluBTirfc. -K-^ a del Rey tuvo 5 muertos y 4 heridos incluso un oficial. 

^^^X 24 de Junio por la noche los insurrectos intentaron sorprender 

la I*^:>V:>'lación de Nuevitas pero fueron rechazados por la guarnición, 

vol\4-ir^^^^j.j^g y fuerza de los cañoneros á las órdenes de D. José Beraza 

^^ ^^i-^te (Je Navio que después salió á perseguirlos no habiendo tenido 

^^^"í^ensores del pueblo más que 2 heridos. 

-^^sí terminó Junio de 11873, ^^^ memorable bajo todos conceptos. 



) 



- -í^cjuí es del caso copiar algunos párrafos de la ya citada Memoria \ 

^^'^neral Pieltaín para dar á conocer n *- *- *" — '"" ^" '" '^'~ 
tilla. Hablando del Ejército dice: 



y guarniciones con carácter permanente; la murmuración contra los 
siiperiuresj la exageración algunas veces ridicula en los partes de ope- 
raciones; b falta de vigilancia é inspección en los servicios de gtierra; 
los celos, rivalidades y hasta declarada enemistad entre las altas clases; 
un espíritu no menos marcado de independencia en éstas y en las cla- 
ses menos elevadas, y por ultimo la prodigalidad /fr/V/a/ de las recom- 
pensas, al mismo tiempo que \a. par^iifífaii en- otorgar las meri.><?ida.s. 

Conformes estamos con lodo cuanto dice el General Pieltain en 
los párrafos copiados. Los soldados, voluntarios y guerrilleros («lea- 
han como héroes; pero conictian faltas, descuidaban sus deberes mili- 
tares y se abandonaban. Muchos jefes y oficiales adelantaban más 
|>ermanecicndu en las oficinas, desempefiando cargos descansados y lu- 
crativos que los que estaban en cami>aña; pero estos males eran efecto, 
no lan sólo de la clase de guerra, de las condiciones del i>ais y de los 
errores y faltas de los Gobernadores Generales y Comandantes Milita- 
res sino también de lo que sucedía en la Metrópoli, por lo que se ha 
dicho en los precedentes capítulos. Con resiíecto á lo que (Tice el 
General Piellain acerca de las rivalidades y enemistades entre los jefes 
de alia graduación debemos afíadir i[ue, á no ser por la actitud enérgica 
del partido esiiaflol intransigente y por las indicaciones, advertencias y 
observaciones de la Consíaiicia, órgano entonces el más caracterizado 
del lartido, sabe Dios hasta dónde hubieran llegado el extravio y las 
aspiraciones de algunos militares que habían prestado, á no dudarlo, bue- 
nos servicios. Las relaciones constantes del Casino EspaSol de i,a 
Habana con los de todas las ]>ob!aciones importantes de la Isla y la 
confianza que á todos inspiraba la Dirección de la Constancia para co- 
municarle las más importantes noticias sobre el proceder de algunos jefes 
y altos funcionarios, evitaron que en la Isla de Cuba, los celos, rivalida- 
des y ambiciones ¡K-rsonales produjeran tan funestos resultados como 
desde iSo8 hasta 1824 en los virreinatos del Continente Americano. 

Es necesario reconocer que el Gobierno Republicano de Madrid 
confirió el mando Superior de la Isla de Cuba al General Pieltain en 
circunstancias tan difíciles que hubieran acabado con las fuerzas de 
hombtes suiíeriores como militares y como políticos, A fin de que se 
vea que no exageramos, queremos reproducir algo de lo que dice 
Máximo Gómez, referente á la éjraca del General Pieltain y á los me- 
ses anteriores y posteriores; Dice asi: 

n Pasó el alio de 1872 y el principio del 73: la ¡jérdida del nunca 
bien sentido héroe camagüeyano Ignacio Agrámente, me colocó al 
frente del Ejército del Centro; desde luego mis movimientos envolvían 
todos siempre la tendencia invasora, de manera que insensiblemente 
me fueran proporcionando el desarrollo de mis proyectos. En los 
Cuerpos del Camagüey, en los talleres y en otras comisiones del serví- 



— 251 — 

cío estaban colocados muchos hombres de las Villas, y mi primera 
disposición fué que se incorporasen en sus respectivas divisiones para 
nutrir aquel cuerpo que debía ser la vanguardia, viendo pronto reuni 
dos, sólo de aquella fuerza, cerca de mil hombres, y á las tropas del 
Camagüey, que en su piayor parte eran de caballería; lo que era dar- 
les la organización que se quería; mas no obstante, faltaba aún lo 
principal, no contaba con municiones suficientes y el Gobierno no 
podía dármelas ni abrigaba esperanzas del extrangero. En tal situa- 
ción no quedaba más que un medio, arrebatarlas al enemigo. Doy 
principio á mis trabajos y pronto logramos contener al enemigo, 
nuestras filas se engrosaron y el entusiasmo y la decisión en hermosísi- 
ma creciente suplían la carencia de municiones, y favorecida la revo- 
lución por la situación política de España^ principió á tener la época 
más brillante de su vida, que por desgracia no supo aprovechar, » • 

Estos párrafos de Máximo Gómez no necesitan comentarios: los 
sucesos de la Península infundieron á los insurrectos valor y esperanza 
y si no se aprovecharon de aquellas circunstancias, fué por el valor y 
abnegación de los que en Cuba defendían la bandera de la Patria, y 
porque si los tristes acontecimientos de la Madre Patria duraron por 
desgracia demasiado tiempo, el período más i^eligroso de la República 
wpafíola no duró sino algunos meses. 

No queriendo adelantar la relación de las operaciones militares de 

agueJIa campaña de verano, que nuestras columnas continuaron según 

los recursos de que podían disponer y las circunstancias lo permitieron 

Como se verá luego, debemos por ahora dejar consignado al terminar 

^te capítulo, que después de proclamada la República en la Metrópoli 

^'emento de color tuvo la preponderancia en el campo enemigo, lo 

^ facilitaba á Máximo Gómez y á sus amigos los medios de llevar la 

I ^'"''3. á la parte Occidental de la Isla, destruir los ingenios y armar á 

. ^^^líivos aptos para el servicio militar que como es sabido ascendían 

'^^xcrl^os miles. Hasta cierto punto tenía razón el escritor militar 

, ^^^xisideró la muerte de Ignacio Agramonte en aquellas circuns- 

j I ^-^^ -como funesta para la causa de la Metrópoli. Los insurrectos 

' 'r:r;.^,*>3agüey no querían que la guerra dejenerara de política á social, 

. . *^^ querían el predominio de la raza blanca, antes y después del 

V ^^ definitivo de la causa de la Independencia de Cuba. No pen- 

. lo mismo la mayor parte de los caudillos del Departamento 

^^í^l: lo que querían, y entre ellos Carlos Manuel de Céspedes, 

^ ..'^*' Racimo Gómez llevara á cabo sus proyectos, aunque el triunfo se 

^^^^ de obtener á costa de la preponderancia de una raza hasta 

^*'-^s sometida á la servidumbre; pero que luego había de querer 

X^^^nerse á las otras. A Dios gracias la firme resolución de los es- 

V^ *^3 leales evitó á Cuba la triste suerte de la grande Antilla vecina. 




^^ .]■ 



CAPITULO XXII. 



Proyectoa jr trabajos de los ínsnrTectos.— Sus esperanzas .—Peligros pre- 
Tifltoe.— Desórdenes en la Península.— Lo que refiere Pl Hargall. 
—Figueras y sa gobierno desoliedecldos-— Cortes constltayentes.— 
Saludo de Snlier y CapdevUa.— El General Pieltain.— Oomo Jnzga 
la situación de Onba. - Operaciones militares.— Accíód de Yucatán. 
—Máximo Oómez.— Desgracia de Diégnez: pérdida de 125 solda- 
dos.— Relación de Máximo Qómez respecto á la sorpresa de Santa 
Cruz del Sur.— Otro relato.— La Junta de Nueva York.— La Tro- 
cha de Bagá.— Gastos inútiles.— Besumen de la campalla de vera- 
no de 1873 por Acosta y Albear.— "Memoria" del General Piel- 
tain.— Sus comparaciones,— Sus re sentimientos .—Paltas de cálen- 
lo y de reflexióB.— Cómo pudieran sacar los enemigos gran paiUdo 
de BUS equivocados juicios y &lta de noticias. 



Desde que sabemos cuánto esperaban los jefes de la insurrección 
de Cuba y los que en favor de ella trabajaban en el extrangero de ta 
proclamación de la República en la Metrójxili, y desde que sabemos 
con qué objeto aumentaban y organizaban sus fuerzas, persuadidos de 
que ia Autoridad Superior de CuIki no podría recibir soldados ni re- 



— 2S3 - 
cursos de la Península, no podemos prescindir de dar cuenta detallada 
de lo que sucedía en la Madre Patria y de las dificultades que los en- 
cargados de dirigir la Repóbüca Española encontraban en su camino. 
Hemos visto ya los primeros telegramas dirigidos [lor el Poder Su|>re- 
mo de la República á los habitantes de la Isla de Cuba y á los soldados 
marinos y voluntarios, que con tanto heroismo defendían la bandera 
de la Patria. Sin embargo, los esiañoles leales, sin desconocer las 
buenas intenciones de los gobernantes, comprendían que no habia de 
ser ei Gobierno Republicano el que había de terminar la guerra y po- 
ner fin al desorden administrativo. Muchos de los hombres que el 
Gobierno de la República mandaba á la Isla con empleos, venía á jus- 
tificar la desconfianza de los leales. 

Aunfiue los peligros se hayan previsto y se tengan hechos los pre- 
parativos necesarios para conjurarlos, cuando llega la hora crítica te- 
men hasta los hombres más serenos. En Cuba nadie podía considerar 
las instituciones republicanas como ¡lanacea eficaz para jxtner remedio 
á los males de la Patria: preveían todos nuevos desórdenes y sangrien- 
tas guerras. Los ijue s¡m¡)atizaban con los insurrectos trataban de ex- 
plotar el egoísmo de algunos <¡ue según decían estaKín ya cansados de 
hacer sacrificios, y ponderándoles la prosjjeridad de los Estados Uni- 
dos, trataban de organizar de nuevo el [partido anexionista contando 
que si otra cosa no conseguían, por lo menos sembrarían la desunión 
entre los defensores de la bandera española. Estos permanecían fir- 
mes en sus propósitos, ])ero no podían prescindir de fijar la atención 
en lo que sucedía en la Metrópoli. Los gobernantes mal avenidos en- 
tre ai; el Ejército insubordinado y el federalismo predominante en las 
provincias. En varios puntos la Internacional adelantaba sus trabajos 
condenando la República de !a Burguesía, y las autoridades nada po- 
dían resolver contra aquellos anartiuistas. Kl mismo Pí y Margall nos 
explica la situación de Cataluña cuyo comercio tenía sus intereses tan 
enlazados con los de Cuba. El Jefe de los radicales nos dice que el 
General Gamundi hizo renuncia de su cargo y se embarcó sin esperar 
el relevo: que el Segundo Cabo de Cataluña dio orden á varios bata- 
llones de salir á camiJaña, y en vez de dirigirse á las 'puertas de la 
ciudad, fueron á ponerse á las órdenes de la Diputación Provincial, al 
grito de / yira la Repüblica! 

hDc aquí nació, dice Pí y Margall, la malhadada indisciplina del 
Ejército, si no rara en los fastos de nuestras discordias, siempre deplo- 
rable y de funestas consecuencias. Pudo la necesidad cohonestar el 
hecho; pero nunca podrá lamentarse bastante que tal necesidad hubie- 
se. Para colmo de mal, gran número de oficiales no supieron ó no 
quisieron luego imponerse á sus tropas; y en vez de morir en sus 
puestos, como el honor les aconsejaba, los abandonaron cobardemente. 



Cundió así la indisciplina i>or toda la Catalufia y amtnazó extenderse 
L-n las demás provincia';.» 

Aüi se expresaba un hombre que habiendo malgastado sus fuerzas 
y su in:.ontestab]e talento en difundir principios disolventes, se a^a'iló 
al ver los resultados ipie daban jiuestos en práctica. Ix)s Comités re- 
publicanos lo podían todo: ¡el Kstado Catalán Íl»a á ser un hecho y el 
Poder Ejecutivo de la Narión no sabia nada! 

« Llamé al telégrafo, dice el mismo Jefe del federalismo, á los 
directores de los conjurados, entre los cuales habla hombres de sensa- 
tez y de talento, que se habían sentado conmigo en las Cortes y apuré 
cuantas razones me sugirió mi entendimiento y mi patriotismo para 
disuadirlos de su i>eligroso em|>eño. Plíseles de manifiesto los conflic- 
tos que pudieran surgir de su conducta, la anarquía, que era fácil que 
sobreviniera, la reacción que se produciría en los partidos que hablan 
aceptado sólo como una necesidad la RepÉiblica, las grandes probabili- 
dades que teníamos de llegar á la federación sin estrépito y sin sangre, 
si reservando sus fuerzas las i)rov¡ncias y permaneciendo arma al brazo 
lográramos que se reunieran las Corles Constituyentes.» 

Para conjurar el peligro salió aquella misma noche para Barcelona 
el Sr. Figueras, Presidente del Poder Ejecutivo. Fué allí recibido 
con gran entusiasmo, pero tuvo que contemporizar con los federales. 
Nadie obedecía las órdenes del (íobierno de Madrid: nadie quería pa- 
gar las contribuciones, y se gastaban considerables sumas en organizar 
batallones de Voluntarios que .se enganchaban y después se negal>an á 
prestar servicio. 

Decretada como se ha dicho la abolición de la esclavitud en Puer> 
to Rico, el General Martínez Plowes fué relevado á las [tocas semanas 
por un (ieneral republicano improvisado. Kn Cuba, e.xistiendo la 
previa censura, nada de inconveniente se publicaba, aunque se daba 
cuenta de lo que ocurría en la Metrópoli. Los enemigos de España 
comentaban á su manera todo cuanto decían los jieriódicos extrange- 
ros y losde la Península resjjecto á la situación de Espafía. Para ellos 
habla llegado la hora de la independencia de Cuba: los leales no se 
daban por vencidos. En Madrid, Cautelar y Salmerón no se enten- 
dían con el (iobierno. La Comisión Permanente de las Cortes estaba 
en constante lucha con el Ministerio y 3000 Voluntarios ofrecían su 
apoyo á la primera. 

« Hallábame yo á la ^a/ón, dice Pi y Margall, de Presidente inte- 
rino del Poder Ejecutivo: recordando que el día 24 de Febrero á mis 
espaldas y á las del Ministro de la (juerra se había atrevido la mesa de 
la Asamblea á disponer de la fuerza armada, invadir con Guardia Ci- 
vil mi propio ministerio y nombrar por su autoridad un General en 
Jefe del Ejército de Castilla, convine la noche del la, con el Gober- 



— 255 ~ 

nador de Madrid que se ocultasen calladamente los ediñcios de la ca- 
lle Mayor y la de Alcalá con fuerzas de Orden Público. La precau- 
ción era tan conveniente y la conspiración tan manifíesta, que horas 
después se avisaba á domicilio á los milicianos de ciertos batallones 
para que acudiesen á una revista que en las primeras horas de la maña- 
na debía pasar el Alcalde en la Plaza de Toros. ¿A qué esa revista? 
¿Cómo se habla esperado á pasarla el 23 de Abril, día de trabajo? 
¿Cómo se limitaba á los Voluntarios de procedencia monárquica y no 
se la hacia extensiva á todos los de la República?» 

La verdad es que el Gobierno ni en Madrid ni en las provincias 
era obedecido. El plan de revista en la Plaza de Toros puso en ridí- 
culo á sus autores, pero no díó prestigio á los republicanos dueños del 
poder, á quienes trataban de derribar sus mismos amigos. Entretanto 
se efectuaron las elecciones y salieron 250 Diputados republicanos fe- 
derales, y 40 pertenecientes á los demás partidos. Pero los anarquis- 
tas eran omnipotentes en Andalucía: los carlistas tenían en las provin- 
cias vascongadas cuerpos bien armados y organizados, y en Cataluña' 
Savalls habiendo bajado de la montaña, había puesto á contribución 
hasta los pueblos más inmediatos á Barcelona, resultando de aquí que 
D. Carlos sacaba recursos del país, cuando el Gobierno Republicano 
nada podía obtener de los contribuyentes. 

El día 19 de Junio se abrieron las Cortes Constituyentes: el señor 
Figueras, Presidente del Poder Ejecutivo, en su discurso, sin duda por 
no tener cosa mejor que decir, anunció que el Gobierno presentaría 
importantes proyectos de reformas para la Isla de Cuba. Las Consti- 
tuyentes no hicieron más que discutir en vano. 

«El proyecto constitucional que hubiera podido y debido ser pre- 
sentado en los primeros días de Julio, dice el citado escritor, lo fué el 
17 cuando estaba ya sublevada Cartagena y en ebullición las provin- 
cias: se empezó á discutir el 1 1 de Agosto. Se consagraron entonces 
tres días consecutivos una ó dos horas á tan importantes debates y no 
hubo ya ni siquiera intención de continuarlos. Murieron las Cortes 
Constituyentes sin dejar nada constituido. » 

En los pocos meses de establecida la República los Ministros de 
Ultramar habían sido cambiados varias veces. El Sr. Sorní había 
sustituido al Sr. Salmerón; éste sólo permaneció en su puesto hasta el 
día 10 de Julio que fué sustituido por un político de fama poco envi- 
diable: el Sr. Sufier y Capdevila, quien anunció á los habitantes de las 
Antillas la toma de posesión de su elevado cargo con el siguiente tele- 
grama: 

«Saludo á los habitantes de Cuba y Puerto Rico sin distinción de 
procedencia ni de color; el nuevo Gobierno de la República man- 
tendrá á todo trance la integridad nacional, y confia que los 

41 



insiirrectos desistirán de una guerra sin gloria y sin objeto, cuya termi- 
nación ha de facilitar la emanci|íación de los esclavos y la asimilación 
de las colonias con la Península. » 

Aunque el Sr. Sulier y Capdevila fuese un visionario, no debía 
desconocer que su permanencia en el Ministerio de Ultramar dcbia ser 
corta, y |xir consiguiente hubiera querido que los insurrectos depusie- 
ran las armas para decretar todas las reformas políticas y sociales que 
su I >ar ti do había prometido á los cubanos añilados en las huestes del 
radicalismo. Pero entonces los republicanos más célebres ya no se 
hacian ilusiones. A ese respecto dice Pi y Margall lo que sigue: 

» Después del 23 de Abril comprendí que los mas graves obstácu- 
los los había de suscitar mi propio jtartido. Sentía desde el telégrafo 
Central el latido de las provincias y encontraba las más republicanas 
poseídas de una exaltación calenturienta. « 

Después de relatar lo que pasó en las Cortes Constituyentes y de 
la situación en (pie se encontraban cuando Castelar, Salmerón y Fi- 
gueras se negaron á formar parte del Gobierno afiade: 

"El antiguo ministerio había sido el mejor antemural contra to- 
do género de ambiciones; descompuesto y sin posibilidad de reconsti- 
tuirlo, des|Krtóse en muchos la codicia del mando, y aspiraron al ]>o- 
der unos hombres oscuros que acababan de entrar en la vida política. * 

Mientras en la Metrópoli los acontecimientos seguian su curso, el 
General Picllafn confiaba todavía en que la consolidación de la liber- 
tad en la Península produciría al ñn sus efectos entre una parte de los 
que aspiraban á la inde[)endencia de Cuba. Algunos republicanos 
peninsulares que estaban con él en buenas relaciones le habían hecho 
creer que se efectuaría este milagro. V aquí es del caso copiar lo que 
6 años después decía el mismo General Piellatn en su Memoria acerca 
de lo que pa.só en Cuba en 18)3 puesto que prueba lo poco que cono- 
cía el honrado General los ]iartidos militantes de la Isla de Cuba y sus 
aspiraciones y tendencias. Franco por carác ter, en sus conversaciones 
particulares decía lo que pensaba, y se puede calcular el efecto que sus 
palabras producirían entre los leales y los enemigos de la patria. 

Hé aquí lo que dijo después el General Pieltaln en su Memoria: 

* Los intransigentes del |)artido peninsular califícaban de insurrec- 
to á todo aquel que preconizaba ó quería introducir una política li- 
beral de atracción y concordia, del mismo modo que los separatistas á 
todo trance maltrataban y iicrsegulan sin tregua ni piedad á los insu- 
lares que creían posible y conveniente nna transacción dentro de las 
nuevas ideas. Para los primeros la esclavitud, el privilegio, leyes es- 
peciales muy restrictivas y una dominación absoluta era el (mico me- 
dio de llegar al fin que apetecían; para los segundos el triunfo comple- 
to de su bandera utópica era lo que todo cubano debía i)rocurar. De 



•*1 



— 257 — 

*^^M la conducta seguida con el General Dulce, quien habría tal vez 
¿'^^5ieg^iaido la paz tan anhelada por todos los buenos, sin las contrarie- 
G^^^s oon que tuvo que luchar y que terminaron como es sabido, arro- 
^^tidos^ por vez primera en Cuba el principio de Autoridad y estable- 
ciendo xin precedente funesto. 



afect 
dittíi 
da ó 

yk 
ucrirrx $ 



V 



aquí el apoyo, el encomio y toda clase de demostraciones de 

p>ara con las Autoridades y Jefes que se inspiraban en los proce- 

t:os del antiguo régimen y en la arbitrariedad, por más que na- 

iiy poco adelantasen en su especial misión. De aquí también 

ion de periódicos que como el Tribunoy anterior á mi mando 

3 de Cuba que de mucho antes venía defendiendo el retroceso, 

ándose mutuamente y á sus partidarios, favorecieron, acaso 

'^^^"erlo la causa de la insurrección y sostuvieron y ahondaron más 

^•^ión y el encono. De aquí por fin la injusta y poco disimulada 



,0*"*^ 



ion con que fué recibida en ciertos círculos la noticia de mi 



yjw^^^-^ miento para el mando Superior de la Isla, llegando hasta el 
^ ^^^ de pensar algunos en oponerse á mi desembarco, no porque 
^^ v\^ra más ó menos antipático, sino por odio á la República que me 
enviaba, porque no habiendo influido ciertos elementos en mi nom- 
bramiento, á los que se aplicaba y se aplica el nombre gráfico de una 
sociedad que yo no debo reproducir y los cuales venían hacía tiempo 
gestionando en favor de otra personalidad, recelaban, y no sin funda- 
dos motivos, que era llegado el término de su dominación, y porque 
unos cuantos empleados, más conocidos por sus apellidos y por la pro- 
tección que alcanzaban en la Península que por sus escritos y aptitudes 
para los destinos que desempeñaban, no podían resignarse á perder la 
posición que ante la nueva Autoridad veían comprometida. 

« La población de la Isla de Cuba, de suyo escasa para tan extenso 
territorio, estaba pues dividida en raza blanca y de color, en criollos y 
peninsulares y unos y otros en separatistas y unionistas, transigentes é 
intransigentes; y había autónomos de la víspera, convertidos más tarde 
por puro egoísmo en unionistas intransigentes de primera fila, y había 
españoles sin condiciones que se habían impuesto, y no renunciaban 
imponerse de nuevo á la Autoridad; filibusteros platónicos que hacían 
su negocio por medio de la insurrección, mentidos liberales y falsos 
leales que no reparaban en los medios con tal que respetaran sus inge- 
nios y sus plantaciones y que pudieran realizar pingües ganancias. 

«Había también, cierto es, una mayoría de hombres honrados de 
todos los partidos, de funcionarios probos é inteligentes, de insulares 
pacíficos y consecuentes con su afecto á la Madre Patria, de peninsu- 
lares prudentes y de elevados sentimientos. 

« Pero en Cuba más todavía que en otras partes esas mayorías 
tranquilas y entregadas á sus propios quehaceres, muchas veces fasci- 



-258- 
nadas por alardes de patriotismo que juzgaban tan sincero y desintere- 
sado como el suyo y predispuestos siempre á tolerar un mal, que supo 
nen menor \xita evitar otros mayores, prestan por lo general poco 
apoyo á la polUica y al derecho, u 

Después de haber leído lo que han escrito los enemigos de Espafia 
se comprenderá que no era la [iersonalidad del (ieneral Pieltain la que 
infundía confianza á los insurrectos y serios temores á los espafloles 
leales de Cuba sino la situación de la Metrópoli y el proceder de los 
republicanos. Por lo demás el General Pieltain no encontró en las 
sociedades, corjxjraciones, institutos ni individuos obstáculo en el ejer- 
cicio de sus funciunes. Por lo general se le agradec !a que hiciera po- 
co y que su Jefe de Estado Mayor el General Montero Gabutti, á 
quien se atribuía la dirección de los negocios, hubiese dejado las tro- 
pas á las órdenes de los militares que las mandaban antes. Si cuando 
el General Pieltain quiso tomar una medida inoportuna y que no po- 
día emanar de su Autoridad una Corporación que debía tomar parte 
activa en su ejecución se negó á asumir la responsabilidad que por la 
misn\a medida habla de caberle, fué como se verá luego, para evitar 
graves males al pais y el desprestigio del General mismo. El General 
Pieltain publicó en 1879 su libro en Madrid cuando ya la guerra de 
Cuba había terminado y se habían planteado im|)ortantes reformas, sin 
duda quiso hacer auto de fé radical <]uejándose al mismo tiempo de 
todos los habitantes de Cuba, cuya situación, por lo que de su misuio 
libro se desprende, no comprendió bien durante el tiempo que perma- 
neció al frente del Gobierno ni después que el elemento espaRol con- 
servador de la Península y de Ultramar consiguió la completa pacifica- 
ción de la Grande Antilla, después de vencidos los carlistas. Por esto 
sin duda, dice: 

«Me vi aislado desde el primer momento, sin que los unos por 
odio á las ¡deas y proyectos que se me atribulan, por el temor los otros 
de ser incursos en el anatema contra mí lanzado cuando aún surcaba 
las aguas del Océano, y por apatía, fascinación ó impotencia en los 
demás, pudiese recabar el apoyo resuelto, la cooperación eficaz que 
hubiera necesitado. Exceptuando una parte del elemento oficial, que 
me secundaba con decisión, y contados amigos personales, que me die- 
ron pruebas de su sincero y consecuente afecto, siquiera fuese muy dé- 
bil e! apoyo que me pudieron prestar, aquellos españoles sin condiáones 
no se aetrcaban á la Autoridad tomo no fueran llamados, ó bien para 
la consecución de siis fines particulares, no siempre dentro de la justicia: 
sólo en una ocasión estuvieron resueltamente á mi lado y no sin que 
fuera estimulo para decidirles lo que juzgaban de su interés. « 

Hemos creído necesario ocupamos de la Memoria del General 
Pieltain á fin de evitar que los políticos que todo lo tergiversan saquen 



— 259 — 

^ ella erróneas consecuencias. Sin duda creía que á no ser por los 
* ^otarios el General Dulce hubiera puesto fin á la guerra y plantea- 
. *^ libertad, y luego que á no ser por los esjxiñoles intransigentes él 
. '^ra conseguido reunir á todos los cubanos al rededor de la bandera 
fQ * -í^epública Española. Los españoles leales de Cuba nunca sofia- 
ey^j. ^*^ oponerse al desembarque del General ni le contrariaron en el 
moís ^^*^^ de sus funciones. Los escritores enemigos de España, repeti- 
Cuft^ ^^.n explicado mejor que el General Pieltaín lo que pasaba en 
díí/ (^^ arante el periodo de la República. Por lo demís, los hechos 
sc^^ >>.^^''^^ Pieltaín fueron mejores que sus palabras y sus escritos: no 
t(^\ ^;^^«de hacer responsable del aumento de fuerzas de los insurrec- 
^ ^Vv^ ^uiendo las órdenes é instrucciones del Gobierno de la Metró- 
\ >/^^^-Yra¡t¡ó que los demócratas republicanos fundaran periódicos, 
^^^^^^^"^"íisen reuniones y difundiesen sus doctrinas; y según parece el 
General Pieltaín al publicar su Memoria se había olvidado de que du- 
rante su mando la Voz de Cuba había venido á ser un periódico repu- 
blicano, abolicionista y librecambista. 

El General Pieltaín se encontró con dificultades en el ejercicio de 
sus funciones; j)ero no fueron los españoles intransigentes los que las 
suscitaron. La libertad religiosa se planteó sin obstáculos; pero en 
Santiago de Cuba los hubo con la llegada del Sr. Llórente, nombrado 
Arzobispo de aquella archidiócesis sin intervención ni noticia de la 
Santa Sede. El cabildo Metropolitano y la mayoría del clero se nega- 
ron á reconocer al nuevo prelado. Los señores Canónigos Urberá y 
Sánchez fueron encarcelados. La fracmasonería y algunos demócratas 
republicanos tomaron á pecho la defensa del Sr. Llórente. La Cons- 
titución combatió enérgicamente las pretensiones del Arzobispo nom- 
brado por el Gobierno de la República, demostrando que desde el 
momento en que el Sr. Llórente se ponía en pugna con la Santa Sede, 
no podía ser considerado como sacerdote ni menos como prelado ca- 
tólico. La Constancia tuvo entonces un poderoso aliado para comba- 
tir á los separatistas, llamar al orden á los demócratas que hacían alar- 
de de españoles y mantener la unión entre los españoles defensores in- 
cansables de la bandera española. La Voz de Cuba pasó de las manos 
de un demócrata republicano libre cambista, á la de un reputado es- 
critor español y de ¡deas conservadoras. 

• 

La necesidad de tratar con detención de los acontecimientos polí- 
ticos de la Metrópoli y de la Isla de Cuba y la de explicar ciertos he- 
chos y rectificar juicios que contiene el libro que publicó en Madrid 
el General Pieltaín nos ha obligado á suspender la relación de la cam- 



paila de verano del año de 1873 bajo la dirección ináü ó menos directa 
del Cobernador Superior nombrado por el Poder Kjeciitivo de la Re- 
pública. Se ha visto <jiie por liaber dimitido sus cargos el General 
Riqíielme, había sido nombrado Comandante General del Departa- 
mento del Centro el Mariscal de Campo D. Ramón Fajardo y el Bri- 
gadier D. Juan Burriel del de Santiago de Cnba, y convencido el Ge- 
neral Pieltain al lin, de que los insurrectos lo único que querían era la 
independencia, dice que cuando le hablaron de la posibilidad de un 
arreglo contestó: n Que depongan las armas y confien en nuestra gene- 
rosidad; mientras tanto, nada que no sea guerra franca y leal pueden 
esjierar. » 

Una columna de «Talaverau alcanzó á la |>artida que habla sor- 
prendido á Romani: la atacó ccn denuedo y le causó bajas, apoderán- 
dose de una cartera de Sanguilf con importantes pa|>eles. Otra colum- 
na de soldados de! « Rey» les picó varias veces la retaguardia. Al re- 
gresar á Puerto Principe la columna de "Talavera» practicó un recono- 
cimiento en el Yucatán encontrando sin sepultura 24 cadáveres de in- 
surrectos pertenecientes á las partidas que pelearon contra Romani, y 
entre ellos el del titulado Comandante Uriarte. 

Durante el mes de Julio los insurrectos de las Villas nada de serio 
emprendieron: el General Montero Gabutti, Jefe de Estado Mayor 
recorrió el territorio de las Villas y la Trocha de Morón con el Gene- 
ral Portillo sin llevar más fuerza que una escolta de 25 soldados de ca- 
ballería. Sólo una vez, en la noche del 13 de Julio los enemigos ama- 
garon un ataque por la torre de la Trocha que consideraban menos 
fuerte,, siendo rechazados por el Batallón de Ingenieros empleados en 
la.s obras que acudió con prontitud persiguiendo por gran trecho á los 
rebeldes y causándoles bajas. Los Ingenieros sólo tuvieron un muerto. 
El Coronel Montaner alcanzó el 20 del mismo mes una partida en Ca- 
tanao poniéndola en fuga y causando numerosas pérdidas á los re- 
beldes. 

El enemigo atacó de nuevo la población de Nuevilas, contando 
sorprender á los soldados y voluntarios. Penetraron fácilmente en las 
primeras casas, pero no pudieron realizar su proyecto, porque hasta 
los enfermos, al oÍr e! fuego sallaron de sus camas y acudieron á la de- 
fensa. Los rebeldes hubieron de retirarse dejando 3 muertos en las 
calles y llevándose los heridos. Por nuestra parte tuvimos 4 muertos 
hechos en los primeros momentos de la sorpresa. Máximo Gómez 
trató de sorprender en Guanal una columna de la zona de Puerto Prin- 
cipe y no pudo conseguirlo. Dirigióse á otros puntos de la misma zo 
na que tampoco consiguió sorprender. Pero al retirarse los rebeldes 
se encontraron con 50 soldados del Regimiento de «Talaveraa que se 
dirigían á Puerto Principe. Rodeados por todas las fuerzas de Máxi- 



— 201 — 

^o Oómez, aquellos valientes se defendieron con bizarría. Según el 

niismo General Pieltaín 31 de aquellos soldados quedaron en el campo 

'^^ezclados con los cadáveres del enemigo. Las fuerzas rebeldes del 

^apartamento Central continuaban reunidas: dirigiéronse á las Yeguas 

^<^ncle tampoco pudieron penetrar, retirándose con perdidas. Los de- 

^^'ísores de las Yeguas tuvieron 2 soldados muertos y 4 heridos, inclu- 

^tx práctico del Batallón de Cortés. Varias columnas emprendieron 

^*"55ecución de Máximo Gómez; y si bien no consiguieron darle al- 

, ^^ encontraron los cadáveres de 18 insurrectos muertos de las heri- 

*í tae habían recibido. En Caobillas fueron muertos el titulado Co- 

^. Pedro Nolasco Zayas y otro insurrecto. 



1^ ij¿^^ ío dicho resulta que desde que empezó la campaña de verano I 

^ ^3 hasta fines de Agosto, por parte del enemigo hubo cuatro ata- j 

L(S\5^ ^"^istrados con el de Nuevitas. Todo lo que consiguió Máximo ¡ 

r>^ ^ con la reunión de sus fuerzas, fué la sorpresa de los 50 soldados 

v^ ^^avera. Ya veremos que luego fué más afortunado. j 

\ 'En el Departamento Oriental durante los meses de Julio y Agosto 

nada ocurrió de notable. El cabecilla Arias se acogió al indulto con , 

10 insurrectos armados. I^ columna del Batallón de Reus practicó ! 

reconocimientos por Manzanillo sin encontrar enemigos. Parte de la ¡ 

tripulación de un cañonero y 300 hombres del Regimiento de Cuba 
desembarcaron en Playa Negra é internándose pusieron en fuga una 
pequeña partida de rebeldes. Otra partida más numerosa cerca del 
Humilladero, emprendió la fuga al divisar la columna del Batallón de 
Antequera. Calixto García en Arroyo Flores y en Mano Pilón fué 

batido por la columna del Teniente Coronel Diéguez, que tuvo 3 i 

muertos y 27 heridos. La columna de Alcántara, en largos y deteni- 
dos reconocimientos por las lomas del Mato y de San Pedro se apode- 
ró de dos campamentos. 

El día 27 de Setiembre l^i colunma que mandaba el Teniente Co- 
ronel D. Ángel Diéguez, fuerte de 400 hombres, y el que con tanta 
actividad como buena suerte hasta entonces venía persiguiendo á los 
rebeldes en el Departamento Oriental, se encontró sorprendida y en- 
vuelta en la misma zona que tenía el encargo de guardar, y en la que 
el enemigo debía tener cómplices y espías. Nuestros soldados se ba- 
tieron contra fuerzas triplicadas. El intrépido y quizá harto confiado. 
Diéguez fué herido y hecho prisionero. La columna tuvo 125 bajas, 
entre ellas varios oficiales: el resto de los 400 hombres fueron batién- 
dose en retirada, no sin haber dejado muchos enemigos tendidos en el 
camino, hasta que llegaron oportunamente fuerzas de la misma zona 
de Holguín y se emprendió la persecución de los relDeldes. El Coro- 
nel Esponda, con aquellas fuerzas y otras de su mando alcanzó á los 
dos días, en los campamentos de la Chaparra á todas las partidas insu- 



rrectas de aquellas jurisdicciones ri;iinida.s. Alacólas con grande arro- 
jo y las batió causándoles numerosas bajas y persiguiéndolas en su 
retirada durante d resto del día. Es|>onda tuvo 1 1 muertos y algunos 
heridos. I.,as i)erdidas del enemigo debieron ser grandes, pues deja- 
ron en el campo más del doble nfimero de cadáveres, viéndose obli- 
gado á abandonar sus campamentos y d¡si>ersarse. De lo dicho re- 
sulta que la campafla de verano de 1873 no resultó ventajosa para los 
defensores de la bandera espaftola, apcsar del valor y abnegación con 
que ])erseguían al enemigc. Kste envalentonado, ^reforzado y mejor 
organizado que antes, se aprnvechalta de las noticias qne le daban sus 
amigos para preparar los goliies que causaban á los españoles pérdidas 
sensibles, .\liora nos toca referir otro hecho que también fué de ma- 
" los resultados para los defensores de la bandera española. 

Ya se ha dicho que Máximo (íómez, colocado al frente de las 
fuerzas del Departamento Central desde la muerte de Ignacio Agrá- 
mente, sólo se preocúpala de su proyecto de invadir las Villas. Su 
idea constante; su plan predilecto era c^tt^ar la Trocha de Morón y lle- 
var la guerra á las ricas y pobladas jurisdicciones de donde sacaban los 
espartóles todos su recursos. No tenia municiones iwra emprender la 
marcha desde el Centro hacia el Oeste, cuando recibió una noticia que 
el mismo nos refirió en los siguientes términos: 

n Se me jwrticipa por el Coronel Miguel Hetancourt, encargado de 
las conlidencias de la Pla/.a de Santa Cruz del Sur, la jXKibilidad de 
aiKHjerarnos del depósito de municiones del enemigo: se estudia el 
plan de ataque, y el 18 de Setiembre estaban en nuestro jíoder icio.ooo 
[iros. Desde entonces creí realizado mi propósito; mas era preciso 
para tan trascendental movimiento, dar liarte al Gobierno y contar 
con los refuerzos que pudiera enviar, asi como aprovechar el invierno 
en que íbamos á entrar. » Como se ve los cabecillas insui rectos tenían 
bien organizados los confidentes y les daban noticias exactas y oportu- 
namente. Hé aquí como refiere un testigo ocular el ataque de Santa 
Cruz del Sur, cuyos detalles no publicó el Jefe de los rebeldes. 

«A las cinco de la mañana del 28 de Setiembre, Máximo Gómez, 
al frente de más de 1000 hombres de infantería y caballería, atacó la 
población por tres puntos simultáneamente; el Cementerio, la Calzada 
y la Plaza de Armas. [^ fuerza que se hallaba del lado del Cemente- 
rio, iK)r encontrarse allí el Parque y el Almacén de vestuarios, no pudú 
impedir que los escalaran, sacando de ellos municiones, armas y efec- 
tos de vestir, apesar de la resistencia que les opuso la sola Comjiañia 
de trojia que existía en la Plaza y de haberlos hostigado con imo de 
los cañones situados en aquel punto, que desde un principio no cesó 
de enviarles proyectiles. Entró la caballería haciendo fuego á cuantos 
se asomaban por las ventanas y puertas y la infantería avánzalo al mis- 



~ 263 — 

•^0 ^ ¿^^snopo por la Plaza. Incendiaron y robaron los enemigos cuanto 

^tw^^<z> á su alcance y asesinaron á cuanto peninsular hallaron en la ca- 
lle. 



.percibidos del hecho los voluntarios formaron inmediatamente 

""^-^^^^^ras, y auxiliados de un cañón rayado de grueso calibre, logra- 

^"^^^rir de muerte al Jefe de la caballería, llítmado García, con lo 

i «efundieron en ellos un terror pánico, que les hizo abandonar 

, ^ ^<:> el poblado, salvándose de sus depredaciones dos terceras partes 

. ^ I^s pérdidas que hemos experimentado, según el parte oficial, 

len á 28 bajas; 12 muertos, entre los cuales se cuentan un Capi- 



tán 

aoe^^ ^3os Alféreces uno de éstos de Artillería. I^ pérdida del enemi 

fodc:^ ^^"^nsiderable, pues apesar de los muertos y heridos que se llevaron, 
puc:%J^ los días aparecen cadáveres debajo de los escombros. En el 
gp:^^ ^^^ de Santa Cruz existen hoy dos vapores y la guarnición se ha 
a^ ^j^ "^^do con un Batallón del « Rayo. » En el momento del ataque 
Aj. ^V\)ía en el Puerto ningím buque de guerra. » Más tarde se reci- 
^^^Ti otros detalles; que el enemigo tuvo 12 muertos; j^ero la impor- 
\UTiCÍa de este golpe de mano no consistió en las bajas que hubo de 
una y otra parte, sino en las ventajas que de él reportó el audaz cabe- 
cilla cuando tanta falta tenia de municiones. 

Durante el mes de Octubre continuaron las aguas y los calores con 
temporales. Los insurrectos permanecieron en sus campamentos y ^ 
nuestras columnas se movieron poco. Según telegrama de Puerto 
Príncipe, el Capitán Velilla, con gente délas guerrillas 8a y 9a practi- 
có reconocimientos por la Trocha de Bagá, cuyos trabajos continuaban 
cojió caballos y monturas á los insurrectos, dando muerte al cabecilla 
Benjamín Villa. Otro telegrama de la misma ciudad anunció que el 
Capitán Ríos, con 50 caballos de la guerrilla de Simancas, y 50 de las 
volantes, atacó á media noche un campamento llamado Convoy de 
Vicente García, á 6 leguas de las Tunas, causando al enemigo 7 muer- 
tos vistos y cogiendo mujeres, niños y efectos. 

Entretanto la Junta Cubana de Nueva York publicaba y remitía 
á Cuba entusiastas proclamas. En una que publicó la Independencia 
y que procuraron remitir á los campamentos decía: 

« ¡Cubanos, no soltéis el fusil! ¡No os desciñais el machete! ¡Pié 
firme en el campo de la insurrección! Si os ofrecen representación á 
Cortes; si os ofrecen derechos de Provincia; si os proponen la condi- 
ción de Estado federal . . . . ; Fuego ! 

«El soldado que está de función no oye la voz del enemigo sino 
para dispararle á la cara. El pueblo que combate por la libertad no 
hace pacto con sus opresores porque lo tiene hecho de antemano con 
la muerte. 

«No os dejéis engañar de Castelar. Ya engañó una vez á la Amé- 
rica y no tiene derecho para que le creamos. Nos habló de la sobera- 

42 



-264- 
nta radical de los pueblos y mentía. Voceaba en defensa del derecho 
de las agrupaciones humanas que constituyen una sociedad que tienen 
04'asión de constituir un gobierno, y mentía! 

■ Dibujó con el pincel soberano de la palabra que se quiebra en 
ruyoü de mil colores al brotar de sus labios los contomos bellísimos de 
su gmnde y Traternal repCiblica del porvenir, y cantó en todos los tonos 
la política moderna de la independencia de los pueblos y la redención 
de las naciones . . . ; Mentía !» 

Estas proclamas, que circulaban por los pueblos y por los campos 
de Cuba, producían su efecto en el ánimo de los presentados, justamente 
cuando los periódicos demócratas republicanos de la Habana, declama- 
ban constantemente contra lo pasado y contra la tiranta. En cuanto 
á los cabecillas de los insurrectos continuaban mirando con el desdén 
de siempre á los cubanos que desde el extrangero echaban á volar 
proclamas y no desplegaban la actividad necesaria para remitirles ar- 
mas, pertrechos y auxilios cuando se acercaba la hora de la crisis. 

KI verano de 1873, fué de desgracia á causa de los temporales de 
aguas y huracanes. En los dios 5i 6 y 7 de Octubre, hubo uno terrible 
(|ue recorrió una gran parte de las jurisdicciones de la Isla, causando 
daños de consideración en los campos, en las vías públicas y en los 
^edificios. 

El General Pieltaíu según se ha dicho, daba como sus predeceso- 
res grande importancia á los trabajos de la Trocha de Bagá á la Zanja 
m.is larga y costosa como se sabe que es la de la linea del Jiicaro. Du- 
rante el verano de 1873 se tocaron los grandes inconvenientes que en 
.aquellas circunstancias ofrecía la continuación de los trabajos. £1 Co- 
ronel n. Manuel Armifíán era entonces el director de la obra y encar- 
gado de la defensa de la línea, donde cada día escaseaban más los 
brazos. Ya con fecha 4 de Junio el Gobernador General había yie. 
dido á los hacendados dueflos de esclavos el 10 por too de los trabaja- 
dores de sus respectivas fincas para ir á terminar de una vez los trabajos 
de la Trocha de Bagá, ponderando las ventajas que todos habían de 
reportar del sacrificio que se les exigía. Según los documentos oñcia- 
les la Primera Autoridad encontró á todos los hacendados dispuestos á 
projwrcrionar los trabajadores que se les i)edlan. I.uego se convino en 
(|ue, con tres mil hombres acostumbrados á los trabajos de los ingenios 
habría los brazos suficientes para la pronta terminación de la Trocha. 
Procedióse á la contrata de asiáticos que se encargasen de aquel traba- 
jo, pagándolos los dueños de los ingenios, que no podían desprenderse 
sin sufrir grandes pérdidas de los traltajadores de sus fincas, y que con 
nizún consideraban peligroso mandar A aquellos hombres acostumbrados 
á la vida de las grandes fincas donde tenían sus pequeños haberes y sus 
familias á tan distante territorio bajo la dirección de Jefes militares. 



— 265 — 

Sin entrar en apreciaciones acerca del emi^eño que se tenía en 
continuar los trabajos de la Trocha de Bagá cuando los insurrectos ha- 
bían aumentado considerablemente sus fuerzas y se preparaban para 
llevar á cabo sus proyectos de invasión en la j>arte occidental de la Isla, 
nos limitaremos á decir que fueron muchos los hombres entendidos 
que consideraron inútil la continuación de aquellos trabajos que resul- 
taban tan costosos. 

Así terminó la campaña de verano de 1873, coincidiendo con el 
fin del mando del General Pieltaín, cuya campaña merece algunas 
observaciones. Para que se pueda apreciar mejor y comprender los 
trascendentales acontecimientos que hemos de referir hemos de repro- 
ducir algunos párrafos de un trabajo que publicó después el Brigadier 
Acosta y Alvear en Madrid, en cuyo trabajo se encuentran noticias y 
detalles que no se publicaron en aquellos meses. Hé aquí como se 
expresa el citado Brigadier, por lo general bien informado de lo (¡ue 
pasaba en los campos de Cuba. 

«Ya había ocurrido, dice, el 8 del mes de Mayo el combate de la 
Zona de Cultivo del Principe, con la muerte del bizarro Teniente Co- 
ronel Abril, 2 Capitanes y 60 individuos de troj^a. En 3 de Julio tuvo 
lugar la acción de la Bermeja en que la columna del Teniente Coronel 
Montaner sufrió una pérdida de más de 80 bajas. £1 10 las columnas 
de los Coroneles Campillo y Camino, concurrieron á la acción del 
Zarzal, donde perdimos un Teniente Coronel y tuvimos 90 bajas. íin 
Julio fueron batidas las dos guerrillas que mandaba el Comandante Ro~ 
mani, que pereció combatiendo heroicamente, muriendo con él 5 Ca- 
pitanes y subalternos y no individuos de tropa, salvandase únicamen- 
te 2 Oficiales y 40 soldados. £1 27 de Setiembre fué batida la columna 
del Teniente Coronel D. Ángel Diéguez, fuerte de 470 hombres, mu- 
riendo dicho Jefe y i)erdiendo entre muertos y prisioneros más de 250 
Oficiales y soldados. El 28 el pueblo de Santa Cruz, fué atacado por 
el enemigo, que incendió parte de él, después de apoderarse del par- 
que, donde existía considerable repuesto de armas y municiones. En 
Octubre se apoderó el enemigo del fuerte de la Zanja, que destruyó, 
como el poblado, haciendo presa de las numerosas raciones de su fac- 
toría, de un gran repuesto de armas y municiones y prisionera toda la 
guarnición. » 

Este resumen de las desgracias de aquella campaña hecha por el 
Brigadier Acosta debe considerarse exacto; aunque convengamos en 
(jue el enemigo, por su parte pagó caros aquellos triunfos. Lejos de 
atribuir al General Pieltaín las pérdidas de aquéllos, se ha visto que se 
debieron á otras causas. 

£1 General en su libro publicado en Madrid en 1879, refiere los 
mismos seis acontecimientos desgraciados y conviene en que j^erdimos 



« 



en ellos dos Tenientes Coroneles, un Comandante, varios Capitanes y 
subalternos y como 270 individuos de tropa, con las pérdidas de annas 
y pertrechos de guerra. Pero el General Pieltain affade á este resumen 
lo siguiente que no ]K>demos dejar de copiar, sin Taltar á mi deber de 
justicia. 

<• A estas jiérdidas, dice, hay ({ue agregar para obtener el resultado 
de las sufridas durante mi mando, las que tuvimos en los combates y 
encuentros ventajosos para nuestras armas. 

«Y tenemos del mismo modo en el /laierún tomar se|>arada mente 
en cuenta los encuentros de menor importancia, ni aquellos que sin 
sernos adversos, tampoco nos proporcionaron ^'entajas indudables. 

«10 Reconocí mi en t')s en Abril sobre Najaza y Chorrillos que 
tiempo hacia no visitaban nuestras columnas. 

«zo Acción ocurrida en el citado mes, en Arroyo San Antonio, 
primero y después hacia San Agustín (Departamento Oriental.) 

" 30 .Ataques el dia 38 del mes citado contra las partidas de Vi- 
cente Garda, Maestre, el Noy y Torres, reconcentrados en la Laguna 
de Piedra. 

« 40 Combate del 5 de Mayo en Naranjo Grande (Oriente) don- 
de se hallaba el enemigo fuertemente atrincherado, destruyéndoles to- 
dos sus campamentos. 

«50 Notable acción de J imaguaya, el 12 del propio mes en que 
l>erdió la vida el General insurrecto Ignacio Agramonte. 

dúo Acción del 10 de Junio en las I.omas de Guitumabo (De- 
[lartamento Oriental) donde fué alcanzado el cabecilla Modesto Diaz. 

n 70 .\cción de la Bermeja sostenida el diu. 3 contra dicho cabe- 
cilla, por fuerzas inferiores al mando del Coronel Montaner, que sin 
embargo le obligó á retirarse nuevamente. 

«89 Combale del Zarzal, (Oriente) ti día 10 en que tratando el 
enemigo de romper la línea de nuestras columnas combinadas, fué 
obligado por una de ellas á retirarse con grandes pérdidas. 

« 99 Sorpresa el dia 6 de un campamento insurrecto á orillas del 
rio Callosa (Tunas) que quedó en nuestro poder, arrojando de él á Vi- 
cente Garcia y Pancho Varona. 

o loo Acción de San Juan de Alta Mira (Holguin) el 9, en que 
los rebeldes fueron dispersados con perdida. 

B119 Operaciones en el Centro de la columna de Valmaseda, 
durante las cuales fué sorprendida y derrotada la partida de los titula- 
dos Coroneles Magín Diaz y Máximo Ramos, muertos con otros varios. 

« 1 zo Acción de Limones (Centro) contra las fuerzas que hablan 
derrotado al Comandante Romani, consiguiendo hacerlas retirar apre- 
suradamente, perseguidas por la columna del Rey y b de Talavera. 

« 139 Ataque frustrado de la ciudad de Nuevitas el zi, sin conse- 



- 367 - 
guirel enemigo penetrar en la ¡mblación, y siendo )ierseguido en su 
retirada. 

«149 Acción de Caranao, entre Vegui tas y Barrancas el 20 de 
Julio en la que fué atacado el enemigo y puesto en fuga |>or la columna 
del Coronel Montancr. 

«150 Ataque infructoso al |)oblado de las Yeguas en Agosto, por 
las partidas rebeldes del Centro reunidas, al mando de Máximo Gó- 
mez, sucesor de Agrámente. 

• 160 Acciones del 13 y 14 en Arroyo Flores y Mano Pilón, en 
que fué batido y obligado á retirarse Calixto Garcia. 

• 1 79 Acción de los cuatro caminos de la Chajtarra en 27 de Se- 
tiembre donde alcanzó y batió el Coronel Esponda, las fuernas insu- 
rrectas que habían derrotado la columna del Teniente Coronel Diéguez. 

« 189 Ataque de los insurrectos del Centro, al mando de Máximo 
Gómez, el 28 al frente de Santa CniK del Sur, siendo rechazados. 

"199 Apresamiento del vapor Virsiniíis, con los generales, Je- 
fes y Oñciales que conducía ¡jara la insurrección. ■ ( Fué después. ) 

Hecho así su resumen continúa el General Pieltaín su Memoria 
diciendo: 

■ Arroja pues el total haáer de mi cuenta, 19 acontecimientos de 
importancia favorables para nuestras armas, un general de gran concep- 
to entre los suyos, cuatro Coroneles, dos Comandantes y varios otros 
Oficiales muertos en el campo, sin contar los Generales, Jefes y Oficia- 
les que cayeron en el vapor Virginius, ni otros caljecillas capturados y 
muertos en las Villas. 

« Hay por tanto un saldo á mí favor bastante considerable, aun 
prescindiendo de varios hechos de armas que no incluyo en este balan- 
ce por su menor cuantía, haciendo caso omiso del segundo ataque de 
Nueviías, de algunos otros que si bien rechazados, no lo fueron al fin 
con indudables ventajas, y dejando también de computar la cifra nu- 
mérica de las bajas de tropa que tuvo el enemigo, aun aquellas cuya 
exactitud he tenido oportunidad de comprobar, b 

Como no se puede atribuir á la Primera Autoridad de la Isla la 
situación á que habla llegado al terminar el verano de 1873, "' 
las ventajas que los rebeldes, aprovechándose de las circunstancias, 
liabían conseguido; y como por otra parte el General Pieltaín duran- 
te los meses que desempeñó su alto cargo hizo grandes cambios en el 
personal que dirigía y llevaba á cabo las operaciones militares en ios 
departamentos que tenian sus mayores fuerzas poco ó nada tenemos que 
decir respecto á ciertos puntos de que trata en su Memoria. Demasia- 
do le daban que hacer los Ministros desde la Metrópoli, los empleados 
que constantemente llegaban para ocupar destinos que era necesario 
quitar á otros nombrados hacia poco, y las exigencias de los demócratas 



- 268 — 
impacientes. Por ditímü la cuestión de buscar recursos para atender 
á las necesidades del Estado, atm cuando dejara á la Intendencia que 
procediera como mejor le i>areciera, hacia que se ocupase de las 
cuestiones económicas. Dice y es verdad que por entonces el enemigo 
no pudo llevar la guerra á las Villas; que las conspiraciones de los ta- 
b(>rantes fueron descubiertas; «[ue fué apresada la expedición filibustera 
en la que cifraban los insurrectos sus esperaneas, y que no recibieron 
los recursos que les remitían sus ¡«reíales de los Estados Unidos: dice 
además que el enemigo no consiguió promover por medio de sus agen- 
tes los disturbios que en otras é|K>cas nos quitaron tanta fuerza moral, 
entre propios yextraflos. 

Según dice en su Memoria, el enemigo salió perdiendo en aquello-^ 
siete meses, «])orque perdió en fin y por completo su campafia de vera- 
no que tan fatal pudo sernos en 1873. • 

«A mi salida jxira Es|)affa, aRade, tudas las Itandas ínsurrect;is del 
IJe|Kirtamcnto Oriental según datos oficiales, apenas llegaban á 3,000 
hombres: no alcanzaban esta cifra los del Centro, y eran insigniñcan- 
tes las partidas de bandoleros que aun quedaban en las Villas. 

■ No hablan pues aumentado, sino más bien disminuido las fuerzas 
del enemigo, contra el cual ventajosamente operaban columnas que 
nunca pasaron de 800 á 1,000 hombres, constando por lo general de 
400 á 500 hombres. 

■ Al cesar en mi cargo á fines de Octubre, ninguna población im- 
]K>rtante se vela seriamente amenazada como lo estaban Manzanillo, 
Bayamo y otras al tomar ix)scsión en Abril. >• 

Ya veremos en otra [jarte que los errores y equivocados juicios en 
i|ue incurrió el General Pieltaín al redactar ó proporcionar los datos 
pora que se redactara aquella Memoria de 266 páginas, de cuyos erro- 
res y equivocados juicios tratarán de sacar partido algún dta los histo- 
riadores de la democracia republicana jieninsular y los de Cuba Libre 
o partidarios de la Independencia de las Antillas Esijaflolas, en parte 
deben disculparse; i>ero al mismo tiempo es necesario ponerles en re- 
lieve, que es lo <iue nos hemos propuesto en estas páginas. El Gene- 
ral Fieltain en 1879, creyó que debta contestar á lo que hablan escrito 
respecto á la situación de la Isla de Cuba en aquella ¿i>oca, dos milita- 
res de reconocido mérito que conocían bien el pais, que hablan de- 
seiniKffado en él imjiortantes cargos, y cuya competencia para tratar 
tan graves y complicados asuntos, nadie podia poner en duda. El Ge- 
neral Pieltaín se figuró que le trataban con demasiada severidad y quizá 
lo ^itribuyó en parte á espíritu de partido en atención á los principios 
)K>liticos que siempre había manifestado y sostenido el primer Gober- 
nador Superior y Capitán General de la Isla de Cuba, nombrado por 
el Poder Supremo de la República Española. En honor de la verdad 



1: 



— 209 — 

hemos de consignar aquí, sin quesea nuestro ánimo ofender, ni rebajar 
el mérito del General Pieltaln, que en aquellas circunstancias no era el 
hombre que en la Isla de Cuba se necesitaba para sostener nuestra ban- 
dera, y que sólo debió aceptar y sostener algunos meses un cargo tan 
su¡)er¡or á sus fuerzas porque no comprendía la situación del país ni la 
suya propia, confiado en lo que algunos amigos le decían. Por lo de- 
más, en Cuba no hubo desórdenes ni desánimo, porque los elementos 
intransigentes contra los cuales quiso echar algunos venablos el Ge- 
neral Pieltaín — que no llegó á conocerlos — estaban dispuestos á conti- 
nuar su noble y patriótica misión, y teniendo fé en el porvenir de la 
Patria, del exceso de sus males esperaban el pronto remedio. 



■j 



CAPITULO XXIII. 



Triste slttMcióB de la Hetrópoli.— Mnevo Oobienio.— Telegrtin» del Sr. 
Palanca.— Otro OoMemo.— Telegrama de Soler y Flá.— Actitud 
de loa espafioles.— Errores del Gteneral Fieltaia.— Suposiciones del 
Qobiemo respecto á loa carlistas. —Pieltaín procede bien.— Incen- 
dio de la Plasa del Vapor.— Siucricione8.--Patriotismo.—I];ecr8to 
de venta de Bienes embargados.— Los republicanos.— La Junta de 
la Denda.— Disgustos.- El Ministerio pide enérgicos castigos paia 
los carlistas de Cuba.— Benoncla de Pieltain aceptada.~Kambra- 
mientode Jovellar.— Temporales.— Estragos en Matanzas.— Lie- 
gada de JoveUu" con 0. Villainil.- Alocuciones.— Buen efecto «ue 
producen,— Nuera política en la Metrópoli.— Jorellar secunda & 
los que trab^an en &vor del orden.— Oonflanza.— Llega el Gene- 
ral Portillo á la Habana.— Recibe los obsequios que merece.— Des- 
pecho de los demagogos r de los separatistas. 



Por completar de una vez la relación de la campada de verano no 
liemos Iratado con la atención debida de la situación económica de la 
Isla de Cuba, siempre de sí mala y dificil y que debía agravarse más 
después de haberse proclamado la República en la Metrópoli. Como 



— 271 — 

^ ^a visto ya, los republicanos, federalistas entonces en su inmensa 

''^yoTia, no podían ponerse de acuerdo para establecer un sistema de 

«ooierno que llenara las aspiraciones de todos los partidos y de todas 



N^^ 



piones peninsulares, ni podían reunir fuerzas y recursos suficien- 
^j.^ *-*^ra contener á los carlistas, cada día más fuertes, numerosos y en- 
gt . '^ donados, ni estaban en el caso de pensar en enviar refuerzos al 
^^ •tc> de Cuba, ni menos de buscar medios de remediar su situación 
^f^ ^**^ica. En la Metrópoli se calculaba el défícit del presupuesto 
(2.5 ^^^uel año económico ^n ciento veinte y cinco niiilones de pesos, 
ps v.^^ millones de reales). Esto era lo más natural: el Gobierno ape- 

^^^^ía cobrar contribuciones de ninguna clase y los gastos del Es- I 

aumentaban constantemente. Después de varias combinaciones ' 

^ CSYganizó un nuevo Ministerio presidido por D. Nicolás Salmerón, | 

encargándose de la cartera de Ultramar el Sr. Palanca, quien pasó al 1 

Sr. Gobernador General de la Isla de Cuba el siguiente telegrama ([ue 
se publicó en el acto: ¡ 

«Habana 11 Agosto: El Ministro de Ultramar al Gobernador 
General de Cuba. ¡ 

«Los habitantes de esa Isla deben desechar toda clase de infunda- 
dos temores por el resultado de las reformas anunciadas. Preciso es í 
que todos los leales españoles que con tanta lealtad como constante ¡ 
celo vienen defendiendo la integridad y el honor de la Patria, se con- 
venzan de que á su dignidad cumple y á la prosperidad y porvenir dol j 
país interesa disfrutar cuanto antes de los beneficios de la libertad de 

que son tan acreedores. El criterio del Gobierno es, respecto á las > 

reformas dar la prioridad á la de la abolición de la esclavitud, que \ 

procurará llevar á cabo de la manera que menos lastime intereses legí ' 

timos y en armonía con los de la Patria. » 

Hasta cierto punto este telegrama del Sr. Palanca debía conside- 
rarse como tranquilizador, y más sabiendo que el nuevo Ministerio era 

opuesto al federalismo. Nadie ignoraba que la Ley de abolición se ' 

estaba preparando y que si no se planteaban las reformas radicales era 
porque se esperaba la terminación de la guerra. El telegrama en 
realidad debiera haberse dirigido á los insurrectos que aumentaban y 
organizaban sus fuerzas; pero ya se sabe que no querían nada con Es- 
paJSa. 

£1 Ministerio de Agosto tuvo poca vida: el día 1 1 de Setiembre 
subió otro: el Sr. Soler y Plá, nuevo Ministro de Ultramar, pasó al 
Gobernador General el siguiente telegrama: 

lí Por decreto del Gobierno de la República me he encargado de 
este Ministerio, y mi primer acto es mandar un cariñoso saludo á las 
autoridades y habitantes de esa provincia, tan querida de la madre pa- 
tria. La principal misión del nuevo Gobierno es extirpar la semilla 

43 



— 27* — 
de la intolerancia sostenida por tas hordas de los carlistas, dando al 
])ais el sosiego que reclama, para desarrollar magestuosamente las nue- 
vas instituciones. Nuestros hermanos de Ultramar nos ayudarán sin 
áiida. en tan [jatriótica empresa, y á la pacificación de la Península, se- 
^uhá, ast lo espera el Gobierno, la pacifícación de la Isla de Cuba para 
honra de España y gloria de los principios liberales, ■ 

El telegrama no necesita comentarios. 

Castelar presidia el nuevo Ministerio y contaba con el apoyo de 
las Cortes por haber cambiado con Salmerón sus respectivos cargos. 
Sin embargo el cambio de presidencias era debido á la diferencia con 
que los dos doctores de la democracia triunfante querían aplicar cier- 
tos principios. Salmerón no quería la aplicación de la pena de muerte 
y Castelar la consideraba que era indispensable guerra contra guerra 
para vencer á los enemigos: «¡ Fuego contra fuego; sangre contra san- 
gre; muerte contra muerte ! Procediendo de otra manera debemos ser 
frailes y no hombres políticos, n 

I-as Cortes se pusieron de parte del Sr. Castelar, y fué elegido 
Presidente del Poder Ejecutivo en lugar del Sr. Salmerón que fué 
electo Presidente de las Cortes. Pi Margall obtuvo de aquella Asam- 
blea 67 votos para el mismo puesto que habla abandonado pocas sema- 
nas antes. No hemos de referir con todos sus tristes detalles los suce- 
sos de la Metrópoli: la guerra carlista; los levantamientos de Andalucía; 
los de Cataluña y Cartagena; los trabajos de los cantonales; los pro- 
nunciamientos de los marinos, la insubordinación de las tropas y la 
anarquía de las provincias constituyen la más dolorosa serie de desgra- 
cias de nuestra patria. En aquellas circunstancias el General Pieltaln 
que tomaba consejos de pocos amigas, habla de conformarse con cum- 
plir las órdenes é instrucciones del Gobierno Supremo, y mal podía 
oponerse á que se hiciera propaganda democrática radii:al ó federal. 
t.os esiKiñoles de corazón no podían estar satisfechos; pero no se opo- 
nían á los actos de la primera autoridad de la Isla. El mismo General 
dice que con facilidad hubiera encontrado benevolencias con sólo dar 
á conocer á los españoles conservadores las órdenes y telegramas que 
recibía del Gobierno. Los republicanos peninsulares de Cuba no ade- 
lantaron mucho terreno ni hicieron prosélitos: únicamente los que 
tcninn en Madrid buenos amigos en el poder consiguieron buenos 
destinos, aunque por lo regular los conservaban por poco tiempo, por- 
tille sus protectores no se sostenían en el poder sino por poco tiemí». 

Algunos párrafos de la Memoria del General Pieltafn nos darán 
una idea de lo que hubiera sucedido en Cuba si el jiartido español in- 
transigente no hubiese permanecido firme en sus propósitos. 

H V.n 1.1S priiici|iales poblaciones, dice el General, y aun en otras 
de menos importancia, existían de muy antiguo sociedades de recreo 



— 273 - 

en su origen, eminentemente políticas después, algunas de las cuales 
que, como el Casino de la Habana, por ejemplo, venían á ser verda- 
deras potencias, al frente ó al lado de la autoridad, según ésta consi- 
guiera ó no captarse su benevolencia. Triunfante en España la ¡dea 
liberal, los pocos que en Cuba la rendían culto quisieron hacer valer 
de algún modo, dentro de aquellas sociedades la opinión vencedora; y 
no pudiendo conseguirlo por la exigua minoría que constituían, y 
blanco además de la intransigencia de sus contrarios, y sobre todo des- 
pués del advenimiento de la República, procedieron como era consi- 
guiente á constituir sociedades aparte, á imagen y semejanza de las 
primitivas. 

«r Preciso es convenir en que su derecho era incuestionable y (jue 
carecían por completo de él los que intentaban impedir lo ejercitaran 
libremente; mas como por desgracia la fuerza del derecho es 
todavía ineficaz ante el derecho de la fuerza, y ésta residía en los (¡ue 
eran más y se llamaban los mejores, aquella separación natural y pa- 
cífica se convirtió bien pronto en escisión alarmante, y las sociedades, 
como la prensa, ofrecían á propios y extraños un espectáculo poco 
edificante. 

«Mal acostumbrados los que eran más llevaron muy á mal y 
creyeron un principio de hostilidad el que á mi llegada no me apresu- 
rase á rendirles pleito homenaje, y que sólo una vez instado y por mera 
atención visitase el Casino de la Habana, interpretando los menos 
en su favor esta mi actitud, que no era otra cosa que reserva prudente 
entre lo que ocurría, juzgaron podían sumar la fuerza de la autoridad 
con la poca que alcanzaban, no ya para sostener su derecho, sino para 
anular el de sus contrarios, pretendieron aquellos que prohibiera yo las 
reuniones de carácter liberal, apelando al pretexto de siempre; esto es, 
calificar de separatistas y conspiradores á los que á ellas i>ertenecían; 
formularon igual exigencia los segundos, acusando á sus contrarios de 
antirrepublicanos y hasta de carlistas, y colocado yo entre ambas exi- 
gencias, opté por lo que no podía menos de optai, por sostener el de- 
recho de todos. Todas ó ninguna fué mi contestación á cuantos en 
uno ú otro concepto se me acercaron. 

« Y como los socios influyentes en los Casinos antiguos, y en es- 
pecialidad en el de la Habana no se hallaban con ánimo de renunciar á 
la preponderancia que venían ejerciendo, ni los nuevos tampoco á sus- 
tituirlos en ella, como no era esto, sino la ley del embudo lo que se 
quería, y no debía yo provocar un conflicto prohibiendo tales reunio- 
nes, lo cual indudablemente hubiera sido lo mejor, aunque no lo más 
ajustado á mi misión, tuve que ceñirme á impedir toda clase de mani- 
festaciones inconvenientes; toda extralimitación é ilegalidad come 
toda ingerencia en el Gobierno de la Isla. 



— *74 — 

1 Esta conducta me valió, como lo esperaba, la animadversión de 
tirios y troyanos, llegando al extremo de calificarme, periódicos reac- 
cionarios de la Península como demagogo capaz de perder la Isla, y 
calumniarme otros, los más avanzados, asegurando que en mi mesa se 
habla presentado cierto día un ramillete coronado ron la eSgie del 
Principe Alfonso; pero merced á esta conducta enérgica y prudente, y 
al mismo tiempo leal para el Gobierno, conseguí temperar tas intem- 
jierancias locales, sin dar ocasión á escenas que quizá habla interés en 
reproducir, ni que las reuniones clandestinas sustituyeran á las jiüblicas, 
como sucede siempre que se extrema la represión. 

B I,os republicanos de Cuba no tenían para qué conspirar, pudien- 
do á toda luz hacer valer sus derechos, que la proclamación de la Re- 
pública en España les garantizaba y que yo no combatía; constándome 
además de una manera evidente que el Jefe de Policía, Coronel Sán- 
chez, persiguió sin descanso, toda clase de reuniones secretas, no sólo 
en cumplimiento de mis disposiciones al efecto, sino también en ar- 
monía con su opinión de hombre de orden y poco amigo entonces del 
régimen imperante. 

K Conspirábase, si; pero los conspiradores eran filibusteros disfra- 
zados de españoles á todo trance y Iot auxiliares del carlismo cuyas 
maquinaciones fueron en mi tiempo descubiertas. Ya me hice cargo d'i 
una de las conspiraciones, laque tenia por objeto nutrir las filas insurrec 
tas con voluntarios de los que prestaban servicio en algunos poblados 
y con los operarios de algunas fincas del Departamento Oriental. Pro- 
cede ahora ocuparme de otra fraguada en la Habana en favor del car- 
lismo, y precisamente algo de lo ocurrido en este caso, que muy pocos 
supieron con todos sus detalles, servirá para dar á conocer mi cond«c- 
la respecto á las personas, aun aquellas que más en frente de mt se ha- 
blan colocado, por intransigencia ó por resentimientos particulares, 
que de todo hubo. 

■ No pudiendo et Gobierno enviarme los refuerzos que con insis- 
tencia reclamaba yo como indispensables para iniciar en oíofio una cam- 
pana de resultados, dispuso fueran conducidos á Cuba y destinados á 
servir en aquel ejército todos los prisioneros hechos por nuestras tropas 
en los combates contra los carlistas y cantonales, que á la vez desga- 
rraban las entrañas de la madre patria, y con «fecto llegaron á la Isla 
como unos 3,000 de ambas procedencias. 

■ La deserción crecida de estos nuevos soldados, con especialidad 
de los procedentes de las filas carlistas, hubo de llamar nuestra atención 
y ser causa de que se redoblase la vigilancia, consiguiéndose al fin por 
la policfa descubrir el centro organizado para proporcionar recursos 
pecuniarios y el regreso á la Península y á sus filas á los qne se hallaban 
prisioneros en Cuba, por lo cual dispuse la prisión y entrega á los tri- 



— 275 - 

bunales de un abogado que ejercía en la Habana y algún otro de sus 
cómplices. 

« Coincidiendo este descubrimiento y sus consecuencias, recibí un 
telegrama cifrado del Gobierno en el que me anunciaba un empréstito 
de cuatro millones de jjesos hechos á D. Carlos por propietarios de 
Cuba, mandándome intervenir pai)eles, libros y documentos de Zulue- 
ta, proceder á su prisión y á la de los demás que resultaran criminales, 
con su embargo de bienes etc. , pues el Gobierno consideraba convenien- 
te un enérgico escarmiento: esta disposición se reiteró exigiendo noticia 
de su cumplimiento en otro telegrama. 

«r Magnifica ocasión se me presentaba ¡xara deshacerme de mis con- 
trarios, descargando sobre el Gobierno toda la responsabilidad y para 
dejar franca y expedita y hasta fácil mi acción ulterior. ¿ Cómo la 
aproveché? Véase mi telegrama también cifrado del 28 de Agosto, en 
el que aseguraba, no sé si con bastante fundamento, que ni Zulueta ni 
ningún otro de los voluntarios de la Habana eran carlistas. Y en ma- 
nera alguna procedí contra ellos, ni los mortifiqué, y ni siquiera pro- 
curé captarme su buena voluntad dándoles á conocer lo que juzgo han 
ignorado hasta hoy. 

n Tal ha sido mi conducta con relación á las personas, sintetizada 
con estas dos palabras: Vigilancia y generosidad. » 

Teniendo en cuenta la situación en que se encontraban los ánimos, 
las noticias que se recibían de los departamentos Central y Oriental y 
los elementos de que se comi)onían y lo que representaban en Cuba los 
Casinosy la. prensa española y los cuerpos de Voluntarios, ¿Podía don 
Cándido Pieltaín que había llegado hacía cuatro meses á la Isla, que 
no sabia lo que en ella pasaba, que no había salido de la Habana, que 
sólo hablaba con un Jefe de Estado Mayor y con algunos demócratas, 
particulares amigos y de vez en cuando con algún español conservador 
ilustrado prender, confiscar los bienes y castigar á los hombres más 
influyentes de Cuba y á los que mayores sacrificios habían hecho para 
defender desde 1868 hasta aquella fecha la Bandera Española? Don 
Cándido Pieltaín debió haber contestado al Gobierno de la República 
que para ejecutar aquellas órdenes necesitaba antes llamar en su auxilio 
á Máximo Gómez, Vicente García y demás cabecillas de los insurrec- 
tos, vencer con ellos al ejército, voluntarios y marinos y declarar la 
Independencia de Cuba, sin Plan de Iguala, como el que celebró el 
General E.<»pafíol en Méjico. Los demócratas peninsulares nos dice el 
mismo Pieltaín que en Cuba sólo constituían una minoría exigua: pues 
bien á últimos de Agosto los más importantes estaban con la Cons- 
tancia, con el Casino y con Zulueta. Pero el General Pieltaín no de- 
bía saber nada de esto. No supo nada, no hizo nada, y con esto prestó 
un buen servicio á la patria evitando disgustos y conflictos. 



- 276 - 

Cuando un terrible incendio destruyóla Plaza del Vapor se vio la 
jwca importancia que tenia en Cuba el i>artido republicano democráti- 
co. Sus directores trataron de abrir una siiscrición entre los correli- 
gionarios, para socorrer ton su producto a las victimas del incendio: 
aquella suscricion fué considerada como una manifestación iiolitica: 
tomaron parte en ellaaltf» funcionarios públicos, amigos de la primera 
autoridad y algiinos separatistas disfrazados de espafíoles demócratas. 
Con todas estos elementos se reunieron 369 individuos que reunieron 
1,895 l'Csos en billetes de Banco. Este era el |)artÍdo que tantas pre 
tensiones tenia. Contalia con mayor número de afiliados; iiero perte- 
necían á las fracciones de internacionalistas, i^ctrolistas y demás |>arti- 
darios de la liquidación social completa, inmediata y absoluta. 

El Casino Espaííol de la Habana abrió también una suscricion 
á favor de las victimas del incendio de la Plaza del Vapor, y luego re- 
caudó cientos de miles de (sesos. Al ver tantos fondos recaudados ]»or 
el Casino, los mismos favorecidos cedieron la tercera parte del pro- 
ducto de la suscricion á favor de los inutilizados en campafla, entre 
los cuales U/tinía Directiva re|>artía todas las semanas cantidades res- 
])etables. £1 General Piellain estaba en su derecho no asistiendo al 
Casino EspaSol Instituto identificado con los voluntarios y defensores 
de la Nacionalidad; ¡lero habia que convenir en que los socios del Ca- 
sino y los Voluntarios; los Oficiales y Jejes del ejército y armada va- 
llan algo más que muchos héroes de barricada cuyos servicios habia 
recom|>cnsado el Gobierno de la República con lucrativos destinos en 
las Antillas y en Filipinas. Nadie negará que entre los espafíoles de 
Cuba había carlistas, y que como muchos hombres honrados de la 
Península creían que los carlistas podrían triunfar venciendo á los re- 
publicanos; pero la inmensa mayoría de los defensores de la Bandera 
EsiKiñola era ya entonces alfonsina. 

Desde Abril á Setiembre el premio del oro subió en Cuba al 30 
por loo; |)or el creciente déficit, por el aumento de fuerzas de los in- 
surrectos y por la situación de la Metró|>oli. El Sr. Canelo Villamil 
habia pasado á Madrid con el objeto de conferenciar con el Gobierno. 
Esto eni|>eoró la situación económica de la Isla. Los productos de las 
Aduanas bajaron de una manera notable, y esto los hombres honrados 
lo e.xplicaban todos de la misma manera. 

El día 4 de Setiembre y sin que nadie lo es|>erara se publicó un 
decreto de Venta de Bienes cx)nfisc\dos. Lo precedía un preám- 
bulo que firmaba como Intendente el Sr. Crespo Quintana. El decreto 
estaba concebido en estos términos: 

■ En atención a las consideraciones expuestas por la Intendencia 
Cieneral de Hacienda, en su consulta del 4 del actual, vengo en dispo- 
ner lo siguiente: 



— 277 — 

«Art. 19 Se procederá inmediatamente á la venta en subasta 
pública de todos los bienes, propiedades y valores de que se ha incau- 
tado la Hacienda por consecuencia de la insurrección. 

« Art. 20 Los productos íntegros de la venta de estos bienes, va- 
lores y propiedades se destinarán exclusivamente á amortizar una jxirte 
de la Deuda del Tesoro, sacando de la circulación Billetes emitidos 
por cuenta del Estado. 

<í Art. 30 Respecto á los bienes que se hallen en arrendamiento 
la venta de éstos se verificará sin daño de anteriores contratos. 

« Art. 40 La Intendencia de Hacienda dictará las órdenes nece- 
sarias para la inmediata ejecución de este decreto. 

« Habana 3 de Setiembre de 1873. — Cándido Pieltaín. m 

La Intendencia con fecha 1 1 del mismo mes publicó un decreto 
sobre el modo de proceder á las ventas, designando las corporaciones 
que debian intervenir en ellas, dejando sentado que el Tesoro necesi- 
taba recursos, que el Gobierno tenía derecho para tomar aquellas me- 
didas, y que era imposibte perder tiempo en tramitaciones. 

Así las cosas en la República Española, periódico fundado y diri- 
gido por un alto empleado de Hacienda improvisado, se publicó durante 
tres días, consecutivos, con letras muy grandes en columna preferente 
lo que sigue: 

«j Atención Espaííoles ! La venta de los bienes incautados, 
procedentes de la insurrección, decretada por el Gobierno Superior el 

día 3 del corriente á propuesta de la Intendencia General de Hacienda I 

y que con tales demostraciones de general aprobación se ha recibido \ 

en esta capital y en todos los pueblos de la Isla, halla una fuerte oposi. ' 

ción de parte de cierto grupo de españoles sin condiciones, • 

«j Atención CIUDADANOS ! Estamos completamente autorizados i 

para hacer saber que la Junta de la Deuda se opone abiertamente á la 

realización de esta venta. ¿Queréis más pruebas para conocer el ver- \ 

dadero patriotismo de esos españoles sin condiciones? 

« He aquí los nombres de los esclarecidos varones que forman esa ! 

Junta: Excmos. señores D. Julián de Zulueta, D. Pedro de Sotolongo, 
y D. Mamerto Pulido; y señores D. José Eugenio Moré, D. Gil Gelpí 
y Ferro, D. Vicente Galarza, D. Apolinar del Rato, D. Agustín Saa- 
vedra, D. Miguel García Hoyos y D. Julián Alvarez. d 

Una de las Rtinstas Quincenales que entonces se publicaban en la 
Habana decía con respecto á este ataque: «Todos los periódicos con- 
servadores desmintieron inmediatamente tan infamante injuria, y con 
el texto de la comunicación de la Junta de la Deuda y del Tesoro 
al Sr. Intendente probaron que dicha Junta en nada ni para nada se 
opuso ni podía oponerse á la venta de los bienes incautados, y que lo 



_í78- 
único que habla hecho fué manifestar que no estaba en sus atribuciones 
la realización de estas ventas para lo cual había una oñcina especial. * 

El Director de la República Española, y alto empleado de Ha- 
cienda fué llevado á los Tribunales: en el juicio de conciliación, se- 
gún consta en el acta expuso: lo * Que no habla estado en su ánimo 
la idea de causar injuria ni calumnia á los resj^etables individuos que 
componen la Junta de la Deuda, ni en su personalidad privada ni 
constituyendo Corporación. 39 Que el suelto aludido se publicó por 
disposición ofícial; y que el empleado público que comunicó al de- 
mandado la disposición le indicó que hasta pedia autorizarlo con las 
iniciales de su nombre. 50 Que al comunicarle la indicada disposi- 
ción oficial se le dijo que insertara al pie del suelto los nombres de los 
individuos que constituyen la Junta de la DeOda y que en justiñca- 
ción de cuanto alega pone el demandado á la vista det Juez, asimismo 
<tue á la del demandante y su hombre bueno la comunicación oñcial 
que le autorizó para publicar el suelto, encargándole que publicara los 
nombres de los seftores de la Junta de la Deuda v del Tesoro. El 
apoderado de ésta y su hombre bueno, en vista de los documentos que 
presentaba el demandado y del pase de la Cámara, que quedaron en 
manos del Juez, digeron que nada exigían del Director del periódico 
la República Española. « 

¿Qué se propusiéronlos que aconsejaron al General Pieltaln aque- 
llas medidas? Se proponían desprestigiar á los hombres que tanta re- 
presentación tenían entre los españoles ? No hay duda que algunos 
intrigantes abusarían de la falta de conocimientos del país, de sus leyes 
y su historia del Genera! Pieltain y le hicieron creer que todo el ele- 
nif nto espatíol se pondría de su lado y abandonaría á los directores del 
jtartido que estaban al frente de los Cuerpos de Voluntarios, del Casi- 
no y de la Prensa periódica. El General no podia comprender que 
hasta los españoles leales de las clases más humildes comprendían mejor 
que él la situación del país, y que puestosen venta los bienes embarga- 
dos quizás sólo se hubieran vendido algunos, cuyos documentos estarían 
ya preparados para que vinieran inmediatamente las reclamaciones de 
los ciudadanos americanos, venezolanos, mejicanos y haitianos. 

Pero ¿qué sabia el General Pieltaln de las habilidades de los ene- 
migos de los Casinos y de los Voluntarios t ¿No híd)la tenido buen 
cuidado de no rozarse con los reaccionarios que no querían entender 
de otra cosa que de conservar sus Antillas á la Metrópoli? 

En su Memoria nada dice el General sobre tan grave asunto, que 
pueda aclarar los hechos oscuros: sólo dice que el Gobierno de Madrid 
no aprobó aquellos decretos y que esto fué causa de su dimisión. 

Ahora reproduciremo.í los telegramas cambiados entre el General 
Pieltaln y los Ministros. 



— 279 — 

«El Ministro de Ultramar al Gobierno Superior. Por conducto 
autorizado dícese Gobierno que hacendados y propietarios de esclavos 
de la Habana han hecho á D. Carlos préstamo de cuatro millones de 
pesos. Asegurase uno de los principales prestamistas .... Criterio. 
V. E. apreciará la oportunidad de la prisión de criminales y embargo 
de bienes: evitar realización de hacer empréstito asi como cualquier 
otra medida. Un enérgico escarmiento sería conveniente para Cuba 
y para situación España. » 

La maniobra de los que daban noticias al Gobierno de la Repú- 
blica y le aconsejaban tan enérgicas medidas era hábil. Que coutaban 
dar un golpe decisivo lo revela el siguiente telegrama: 

ir El Ministro de Ultramar al Gobernador General de Cuba: 

« Ruego á V. E. me comunique datos sobre prisiones, embargos 
y resultados de las medidas tomadas por V. E. contra los prestamistas 
y conspiradores cQrMstas.^^Aóarzuza Pérez. » 

Los cubanos que en Madrid redactaban el Estado Federal y las 
Dos Banderas hablan conseguido al fin que el Gobierno considerase 
á los defensores de la bandera española como rebeldes. El Gobierno 
de Madrid preguntaba si estaban ya en libertad determinadas personas 
extrangeras y cubanas y cuáles eran los compromisos contraídos para 
plantear reformas. 

El General Pieltaín procedió bien en aquellas circunstancias. 
Entre otras cosas escribió al Gobierno lo siguiente: 

« La falta de recursos y la subida del oro á 56 por 100, perturban- 
dok) todo, me indujo á decretar venta de bienes confiscados, según 
Abogado Consultor y Ley de Indias, que aplaudió el Gran partido es- 
pañol, incluso fracción republ¡ca*:a, porque quizá facilitará recursos 
quitándolos al enemigo. 

« La supresión de la medida que no puede acogerse bien, acabará 
con mi fuerza moral en la Capital donde hoy es más necesaria por no 
tener otra para secundar las órdenes del Gobierno. En cuyo caso 
ruego muy respetuosamente me reemplace en este cargo político en 
que acaso no acierto, y me ocupe como soldado en sostener en la Pe- 
nínsula el orden y la libertad. j> 

Con fecha 24 de Septiembre el Ministro de Ultramar contestó al 
General Pieltaín con el siguiente telegrama, que es el último que con- 
tiene el apéndice de la Memoria^ de que nos hemos ocupado con la 
debida atención por referirse á la época en que la nacionalidad espa- 
ñola corrió los mayores peligros. 

«f El Ministro de Ultramar al Capitán General, Setiembre 24. 

K El Gobierno ha aceptado la dimisión presentada por V. E. nom- 
brando para reemplazarle al General Jovellar. 

« Pronto saldrán las nnevas Autoridades, y poco más tarde el 

44 



— 28o — 

Ministro que suscribe tendrá el gusto de ir á visitar esa provincia y es- 
tudiar sus necesidades, cumpliendo el acuerdo del Gobierno de la Re- 
pública. » 

El año de 1873 <l€bía ser el más funesto para los españoles de la 
Isla de Cuba bajo todos conceptos. Cuando más preocupados estaban 
los ánimos con los graves acontecimientos de la Metrópoli; cuando se 
recibían noticias tan poco satisfactorias de los Departamentos Central 
y Oriental, ocurrió en la Habana un terrible incendio del cual se ha 
hecho ya mención incidentalmente. Algunos de los habitantes de la 
Gran Plaza Mercado de Tacón, dejando encendido el gas se supone 
que fué el causante de tan terrible desastre, que redujo á cenizas las 
numerosas tiendas, depósitos de géneros, comestibles y toda clase de 
mercancías que valían millones de pesos destruyendo y calcinando el 
grandioso edificio. Mil familias acomodadas y otras que vivían de los 
puestos que tenían en el Mercado quedaron sumidas en la miseria. El 
Casino Español y los periódicos conservadores identificados con el 
Patriótico Instituto abrieron una suscrición para remediar en parte las 
desgracias causadas por el incendio. El público acudió al llamamien- 
to y se recaudaron cientos de miles de pesos, que comisiones de per- 
sonas respetables nombradas al efecto, y oyendo á los mismos que ha- 
bían sufrido las pérdidas repartían con equidad y justicia. Tan satis- 
fechos estaban del proceder del Casino los favorecidos con la suscri- 
ción, que como se ha dicho cedieron expontáneamente la tercera parte 
de su producto, en favor de los inutilizados en campaña. 

En pos de aquella desgracia vino un gran temporal que en los 
días 5 y 6 de Octubre causó inmensos extragos en muchas jurisdiccio- 
nes de la Isla. En Matanzas fué donde mayores desgracias produjo. 
La crecida de las aguas del mar y de los dos ríos que desembocan en 
la bahía obligaron á los habitantes de la parte baja de la población á 
buscar refugio en la alta por salvar sus vidas. ¡ Matanzas nunca podrá 
olvidar aquel terrible temporal ! El número de ahogados no se ha 
podido saber todavía á punto fijo. Centenares de familias vieron pe- 
recer arrastradas por las olas personas queridas, con sus casas, muebles 
y cuanto tenían ! En el campo las crecientes de los ríos y la fuerza 
del viento causaron daños incalculables en los campos, edificios y vías 
públicas. Las tierras bajas por donde pasó el huracán permaneiceron 
inundadas y convertidas en verdaderas lagunas por espacio de muchas 
semanas. Las líneas de ferrocarriles tuvieron costosas averías y en las 
cosías se perdieron bastantes embarcaciones. 



— 28l — 

La noticia de haber sido nombrado Gobernador Superior de la 
Isla de Cuba el Excmo. Sr. D. Joaquín Jovellar y Soler fué en la 
Habana muy bien recibida. Se tenían brillantes informes respecto á 
sus condiciones de hombre de orden, honradez y clara inteligencia. 
También fue bien recibida la noticia de que el Sr. Cancio Villamil ve- 
nía á encargarse de la Intendencia General de Hacienda, después de 
haber tratado detenidamente con el Gobierno acerca de la situación y 
de los medios de poder contar siempre c«m los defensores de la Ban 
dera Española, tan calumniados por los aliados de los insurrectos. 
Varios fueron los telegramas que se pasaron al Sr. Cancio Villamil ma- 
nifestándole la satisfacción con que se había recibido en Cuba la noti- 
cia de su nombramiento y de sus conferencias con el Supremo Gobier- 
no, y asegurándole al mismo tiempo que para llevar á cabo la obra 
que se había propuesto podía contar con la cooperación de todos los 
españoles leales. El Banco Español de la Habana, tan interesado en 
la reorganización de la Hacienda de la Isla, al saber el nombramiento 
del-Sr. Cancio Villamil paca la Intendencia General de Hacienda le 
pasó un telegrama concebido en estos términos: 

« Villamil. — Madrid. — Reunido Consejo Extraordinario, Banco 
Español, celebrará acepte cargo Intendencia. Ofrece cooperación. — 
Bidaguren. » 

La política que en la Metrópoli acababa de iniciar aquel Ministe- 
rio presidido por el Sr. Castelar, infundió en los españoles de Cuba 
cierto grado de confianza. El gran tribuno de la democracia com- 
prendía que las doctrinas que había estado propagando durante veinte 
años no podían funcionar en la práctica con regularidad, apesar de sus 
decantadas ventajas. Comprendía también que el nuevo Ministerio 
necesitaba el apoyo de ciertos elementos conservadores que permane- 
cían alejados de la política, y que era indispensable asegurar el orden 
y restablecer la disciplina del ejército. ¿Cómo conseguirlo? Esto 
no podía realizarse de un golpe y por lo tanto debía ser obra del 
tiempo. 

La noticia de los nombramientos del General Jovellar y de Can- 
cio Villamil produjo la baja del premio del oro: apesar de lo que de- 
cían La República órgano de los empleados de Hacienda; La Legali- 
dad^ periódico recomendado especialmente por el General Pieltaín, y 
El Gorro FrigiOy petrolista, cosmopolita y por coneiguiente auxiliar 
de los separatistas. 

Cuando ya el General Pieltaín se había despedido del Ejército y 
Marina de la Isla, llegó á la Habana el Teniente General D. Joaquín 
Jovellar y Soler: desembarcó con todos los honores de ordenanza, pres- 
tó el correspondiente juramento y tomó posesión de los altos cargos 
de Gobernador Superior y Capitán General de la Isla. Enseguida se 



. I 



— 282 — 

publicaron las alocuciones que insertamos integras, porque son verda- 
dero! programas de gobierno, y porque fueron muy bien recibidas por 
los españoles leales. He aquí los indicados documentos: 

« Habitantes de la siempre ñel Isla de Cuba: 

«El Poder Ejecutivo de la República ha tenido á bien conferiime 
el mando militar y político de la Isla. Llego á ella en ocasión en que 
después de una experiencia de cinco años, empleados en reconciliar, 
sin resultados hasta ahora definitivos, los diferentes extremos de la si- 
tuación más compleja por que puede atravesar un país, no parece ya 
admisible la duda sobre la conveniencia y aun la necesidad de subordi- 
nar todas las cuestiones á una sola, la de la guerra. 

(c No importa que la insurrección batida por la fuerza y gastada 
por el tiempo, haya perdido una gran parte de su importancia primiti- 
va, ni tampoco que los medios de acción sean hoy superiores á los que 
al principio por exceso de confianza, pudieron oponérsele. La bravu- 
ra y constancia del Ejército, el celo y vigilancia de la Marina, la ener- 
gía y decisión de los Voluntarios, responden seguramente en todo caso 
del éxito de una lucha que sólo puede ya subsistir por las dificultades 
materiales de penetrar en las guaridas del enemigo. Pero mientras 
exista el hecho de que en una parte cualquiera del territorio de la Lila 
se apellide guerra, siquiera sea por bandas errantes, heterogéneas y re- 
lativamente poco numerosas; mientras que con esto se sostenga la es- 
peranza en los enemigos de España y produzca en los buenos, ya que 
no inquietudes, que el buen sentido rechaza, la necesidad de extraor- 
dinarios sacrificios en sus bienes y personas. Mientras la producción 
rural, principal fuente de riqueza, siga expuesta en determinadas co- 
marcas á la devastación y al incendio; mientras en fin exista el pretex- 
to para que pueda juzgarse por la falsa medida de la duración, de la 
importancia de un movimiento ya en realidad muy decaído, nada de 
tanto interés y urgencia para el bienestar público, para el prestigio y 
la honra de la Nación como el restablecimiento del estado normal en 
la Isla. 

«Mi propósito es, por lo tanto, someterlo todo á esta elevada 
consideración, dentro de los límites trazados por las leyes. 

« La inmensa mayoría del país sostiene su nacionalidad, con un 
patriotismo digno de los más altos ejemplos, y ante esta circunstancia 
toda dificultad desaparece; porque en el sagrado altar de la Patria se 
ofrecerá expon táneamen te un sacrificio de tregua en toda discusión po- 
lítica, siempre ocasionada á debilitar, en provecho del enemigo co- 
mún, la cohesión del gran partido Nacional, porque continuará cada 
vez más exactq el pago de los impuestos y de todos los derechos del 
Tesoro, para no carecer de los recursos que hoy más que nunca nece- 
sita, y porque se prestará por todos el más eficaz auxilio para transfor- 






mar nuestra administración en agente celoso de todos los legítimos in- 
tereses como el crédito y la honra de consuno lo reclaman. De este 
modo la cuestión política y económica, que tanto impresiona y aún 
alarma la opinión pública, tendrá una solución fácil, sencilla y 
pronta. 

»En tanto, la reforma social, exigencia de la época presente, im- 
posición del espíritu ipoderno, puede y debe continuar siendo objeto 
de especial meditación y del concienzudo estudio que, no obstante la 
guerra, ha iniciado y está siguiendo la representación más genuina de 
los intereses agrícolas para que se resuelvan oportunamente en términos 
que concilien el cambio de condiciones de los trabajadores, los dere- 
chos de propiedad y el mantenimiento de la producción que, en bien 
general del país, tienen todos los gobiernos la misión de amparar. 
Por consiguiente, deben cesar los temores fundados en la creencia.de 
que se adoptasen medidas inconsideradas y extremas, y renacer la con- 
fianza, sin la cual no es tampoco, por otra parte, posible el restableci- 
miento del crédito público. 

«Presentándonos fuertes por la unión, ricos por la moralidad ad- 
ministrativa y enérgicos por el patriotismo, pocos temares podrá ins- 
pirar la guerra actual, y no es la expresión de un poder equivalente 
que dispute el triunfo de una causa, sino la esperanza despechada de 
un delirio que funda el éxito en nuestras discordias. Destruyamos es- 
ta esperanza, y la guerra habrá terminado. 

«Por último, todos podéis abrigar la seguridad de que, cumplien- 
do con las instrucciones del Gobierno de la Nación, seré incansable 
para procurar la paz y la prosperidad pública, fomentar el crédito y 
[perseguir el fraude con mano vigorosa; que cuidaré en fin con el ma- 
yor empefío de que ninguno de los grandes intereses del país sufra de- 
trimento mientras desempeñe el mando vuestro Gobernador y Capitán 
General, Joaquin Javellar, 

«Habana 5 de Noviembre de 1873. » 

«Soldados, Marinos v Voluntarios; 

«Tiempo hace que una lucha insidiosa, nacida de una insurrección 
injustificable mantiene en actividad no sólo vuestro valor sino también 
vuestra constancia y sufrimiento. Haciendo diaria prueba de estas 
virtudes militares, sostenéis con victorioso resultado el honor de las 
armas españolas, y la Patria agradecida os cuenta en el número de sus 
mejores hijos. 

« En condiciones ordinarias, el enemigo que tenéis al frente hu- 
biera quedado bien pronto destruido; él no es para vosotros sino la 
más pequeña de las dificultades de esta guerra, que sólo puede prolon- 
garse al amparo de impenetrables bosques y merced á la funesta influen- 
cia de un clima insalubre! 






- 283 ~ f 



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— 284 — 

« Antiguo soldado de este Ejército, he seguido con el mayor inte- 
rés todas las vicisitudes de la campaña: al tomar hoy el mando os feli- 
cito por vuestros triunfos, y cuento con vuestro siempre animoso com- 
l>ortamiento i>ara terminar la pacificación de esta gran provincia espa- 
ñola, afirmando así por completo la combatida integridad del territo- 
rio nacional. 

«Conozco detalladamente vuestras necesidades, y i>ara mejorar 
vuestra situación os dedicará con la más viva solicitud sus cuidados, 
vuestro General en Jefe, Jooquin Jovellar, 

«Habana 5 de Noviembre de 1873. » 

Del texto de las alocuciones del nuevo Gobernador General se 
desprendía que no consideraba su misión encaminada á preparar el te- 
rreno para la democracia, á sostener á los amigos del Gobierno Repu- 
blicano y sobre todo á vigilar y castigar severamente á los reacciona- 
rios y carlistas. El General Jovellar, hombre de talento é ilustración 
y (jue conocía la Isla de Cuba donde había servido, no había de preo- 
cuparse de las opiniones políticas de los que defendían la bandera es- 
pañola. No trató de sistemas políticos ni de la necesidad de afirmar 
las instituciones democráticas para labrar la dicha y la felicidad de los 
habitantes de las Antillas. Comprendía que lo urgente era pensar en 
los medios de poner fin á la insurrección, y que esto era difícil en vis- 
ta del incremento que en los últimos meses la rebelión había tomado, 
la actitud de sus principales cabecillas y la imposibilidad de obtener 
soldados de la Penísula para cubrir las bajas del Ejército. El General 
Jovellar sabía como todos los hombres ilustrados y conocedores del 
país que en Cuba no había más que dos partidos bien definidos: sepa- 
ratistas y españoles y que entre los dos no cabían convenios ni arreglos 
como los que soñaban los políticos demócratas. Justamente por esto 
los españoles de corazón comprendieron que el General Jovellar venía 
á realizar sus deseos; á dedicar todos sus esfuerzos á perseguir á los re- 
beldes, á moralizar la administración y mejorar la situación del solda- 
do con cuyas raciones, malos funcionarios era notorio que habían espe- 
culado. El General Jovellar que llegaba precedido de gran fami de 
l)robidad y honradez y que entendía la Administración Militar se con- 
sideraba como el Gobernador Superior más idóneo para extir^xir abu- 
sos (jue subsistían desde los primeros tiempos de la guerra. Teniendo 
esto en cuenta nadie pondrá en duda que la llegada del General Jove- 
llar á la Habana fué considerada como un fausto suceso entre los de- 
fensores de la Nacionalidad, que sus alocuciones fueron perfectamente 
recibidas y que esperaban verle seguir una política distinta de la que 
estaba empeñado en seguir su antecesor; aunque el nuevo Capitán Ge- 
neral había sido nombrado por el Gobierno de la República. 

La verdad es que cuando Castelar sucedió á Salmerón en la jefa- 



— 285 ~ 

tura del Gobierno, el antiguo tribuno adoptó una nueva política y no 
perdonó medio para dar al orden y al restablecimiento de la disciplina 
del Ejército cuantas garantías le fueron pedidas por los hombres que 
estaban en el caso de cooperar con éxito á su noble propósito de com- 
batir vigorosamente al carlismo, de tener Ejército y de que hubiese 
Gobierno. Ya antes en Bayona los generales Serrano, López Domín- 
guez, Caballero de Rodas y Letona; el Conde de Toreno, D. Alejan- 
dro Castro y Martos, habían tratado de establecer un Gobierno de 
orden. «Pero natural era que antes de emprender operaciones dirigi- 
das á cambiar la situación de España se supiese bajo qué enseña había 
de significarse el movimiento, que bandera alzar al invitar al Ejército 
y á la Nación que se uniesen á ella. Las conferencias sobre semejante 
punto debieron ser y fueron en efecto laboriosas. Se necesitaba el 
concurso de fuerzas de diferente y aun de opuesta índole, y como en 
toda coalición de elementos divergentes había que descartar todas las 
cuestiones de que no podían menos de surgir disidencias, para ocupar- 
se sólo de aquello en que era recíproco el interés y en que podían 
convenir todos los concertantes. » 

Por entonces los hombres de la revolución que temblaban por la 
muerte de la Patria no adelantaron gran cosa. El Sr. Cánovas del 
Castillo no quiso que el elemento alfonsino que le reconocía por Jefe 
admitiera ni aún provisionalmente el nombre de República. No se 
llegó á nada pero empezaban los trabajos de reacción y esto lo sabían 
los españoles de corazón de la Península y de Cuba y reanimaba sus 
esperanzas. «Renovadas en Madrid cerca del Sr. .Castelar por el 
Sr. Duque de la Torre sus anteriores y nunca abandonadas gestiones en 
pro del establecimiento del Cuerpo de Artillería, y dispuesto el prime- 
ro á no perdonar medio para que la ordenanza y la disciplina volviesen 
á imperar, estableciéndose cordiales relaciones entre ambos; y recono- 
ciendo el Sr. Castelar que no podía apelar á influencia más simpática 
que la del Sr. Duque para atraer al servicio de los buenos principios 
militares á los generales y jefes de crédito, el Presidente del Poder 
Ejecutivo depositó toda su confianza en las indicaciones del Duque de 
la Torre y se aprovechó de sus desinteresados consejos relativamente 
á los asuntos militares. » 

El General Jovellar al embarcarse en la Metrópoli para Cuba de- 
bía conocer los secretos de aquellos hombres que empezaban á trabajar 
en favor de un cambio político que pudiera salvar la Nación de tantos 
horrores, pero era necesario que fuese muy circunspecto, y lo fué en 
efecto en sus alocuciones y en los discursos que pronunció contestando 
á las autoridades, corporaciones é individuos que fueron á felicitarle. 
No habló como demócrata republicano, pero en cambio no pronunció 
ni escribió una frase que no revelara la más completa sumisión al Go- 



-. 286 — 

bierno Supremo de la Patria. El Sr. D. Mariano Cancio Villamil que 
llegó á la Habana en el mismo vapor correo que el General Jovellar 
estaba identiñcado con él en principios y en ideas, siendo de suponer 
que durante la travesía tratarían detenidamente de la situación de Cu- 
ba. £1 Intendente General de Hacienda que había pasado á Madrid 
para conferenciar con el Gobierno, tenía en la Capital de la Nación 
muchos y buenos amigos entre los hombres más distinguidos de todos 
los ]>artidos, y claro está que estaría bien enterado de los trabajos ini- 
ciados por los mismos hombres de la revolución para llegar á estable- 
cer en la Península una situación de orden. El Sr. Cancio Villamil 
tenía en la Habana amigos de gran confianza; no necesitaba guardar 
tanta circunsjíección como la Primera Autoridad de la Isla respecto á 
los trabajos de los hombres más prominentes que habían tomado parte 
en la revolución de Cádiz, y algo podía decir á banqueros, hacendados 
y capitalistas que sin alarmar á los republicanos, pudiera hacerles com- 
prender que el remedio para los males de la Patria no era tan difícil ni 
tan remoto como suponían los partidarios de la independencia y que 
la situación económica podría mejorarse, desde que estaba resuelto á 
poner fin á los fraudes y abusos que se cometieron durante su ausencia 
y disminuyeron las entradas del Tesoro. Sabiendo el buen concepto 
que en aquella época se tenía formado en la Habana del Sr. Cancio 
Villamil se compienderá que su llegada con el General Jovellar y las 
buenas relaciones que entre los dos mediaban debió infundir verdadera 
confianza á los leales. 

Dos dias después de haberse publicado las alocuciones del Gene- 
ral Jovellar llegó á la Habana el Excmo. Sr. D. Manuel Portillo, Co- 
mandante General de las Villas. La recepción que le hicieron los es- 
pañoles léales de la Capital de la Isla, fué digna de los servicios que 
tan inteligente y distinguido militar había prestado á la Patria durante 
cinco años de ruda y activa campaña. Los españoles leales de toda la 
Isla sabían que desde el principio de la guerra, á las acertadas disposi- 
ciones, al constante celo, á la extraordinaria actividad y á la influencia 
que el General Portillo ejercía entre los habitantes de las Villas se de- 
bía en gran parte la pacificación de aquellas ricas jurisdicciones. Úl- 
timamente, nadie podía negar que á la vigilancia del mismo se debió 
el que fracasaran todas las intentonas que en los últimos meses hicie- 
ron los cabecillas más importantes para encender de nuevo la guerra 
en la parte Occidental, levantando los miles de presentados que vivían 
tranquilos trabajando en los poblados y fincas. 

La recepción que" los españoles leales de la Habana hicieron al 
General Portillo además de merecida no pudo ser más oportuna. Los 
periódicos fundados y sostenidos por demócratas, republicanos, em- 
pleados públicos y pretendientes que rodeaban á las autoridades y en 



— 287 — 

particular La República Española y La Legalidad^ publicaciones re- 
comendadas por la Secretaría del Gobierno Superior y por otros 
Centros de la Isla algunos meses antes, no perdían la oportuni- 
dad cuando se les presentaba de manifestar su mala voluntad al 
General Portillo como á los Coroneles de Voluntarios, á la Junta de 
la Deuda y á toda Corporación ó gobernante que no pertenecieran á 
su comunión política. Como la previa Censura dependía y siempre 
había dependido de la Secretaría del Gobierno Superior Político, con 
la llegada del General Jovellar cesaron los rudos ataques á los milita- 
res, funcionarios públicos y corporaciones que no profesaban los prin- 
cipios democráticos, si bien respetaban y cumplían todo cuanto orde- 
naba el Gobierno de la República. Al poco tiempo ya los periódicos 
más procaces tuvieron necesidad de escribir con más circunspección; 
y como por otra parte los enemigos encubiertos de España, que con- 
tribuían á su sostenimiento, porque los consideraban como elementos 
de división y perturbación, vieron que el partido español se mantenía 
unido, compacto y dispuesto á continuar los sacriñcios en aras de la 
Patria, aquellas publicaciones fueron languideciendo hasta que no pu> 
diendo luchar con sus enérgicos adversarios, desaparecieron de la 
escena. 



45 



' 



CAPITULO XXIV. 



Juicio del General Pieltain sobre el proceder del Gtobiemo anglo-aiñeri- 
cano y las complacencias del Gtobiemo de Madrid.— Apresamiento 
del "Virginins'\—I>etalles.-'Oa8tigos.— Reclamaciones injustas.— 
Documentos oficiales.-^Protocolo desgraciado.— Burla y debilidad. 
—Los españoles leales.- Algunos egoístas.- Energía de la inmen- 
sa mayoría.— La prensa Asociada de Nueva York.— Ve claro en 
el asunto.— Los periódicos españoles de Cuba.— Se suspende la pu- 
blicación de la ''Constancia".— Debilidades.— Situación de la Me- 
trópoli.— Los cantonales de Cartagena dueños de la Escuadra.— 
Firmeza de los españoles de Cuba.— Operaciones militares.— Nada 
adelantan los insurrectos.— Juicio de un escritor extrangero.— 
Destitución de Céspedes por la Cámara.— Nombran Presidente á 
Salvador Cisneros.— No entiende de guerra.— No secunda los pro- 
yectos de Gómez.- -Desconfianzas. 



« No obstante las protestas de buena amistad que el primer Gobier- 
no de nuestra efímera República recibió del Gobierno norte americano, 
dice el General Pieltain, el pensamiento de reconocer con cualquier 
motivo la beligerancia de los insurrectos no se abandonó un solo mo- 



— 289 — 

mentó. Las expediciones filibusteras se organizaban sin fracaso: el 
Virginius se hizo á la mar con destino á nuestras costas, y llegó á ser 
muy grave el conflicto que produjo su aprehensión, cuyo resultado es 
notorio. De nada sirvió la facilidad con que el Gobierno acogía y 
satisfacía las reclamaciones infundadas en su mayor parte; el conflicto 
no se pudo evitar, y tuvimos que ceder al fin, cuando mejor podíamos 
hacer valer nuestro derecho, que incuestionable es y por encima de to- 
do está el de propia defensa contra la piratería, sea cual fuere la nacio- 
nalidad que aleguen los piratas. 

« Ignoro si continuando yo ejerciendo el mando algunos días más, 
habrían pasado las cosas del mismo modo, aunque tengo fundamento 
para creer que nó, con los procedimientos que me proponía emplear 
llegado el caso. De todos modos hubo á mi juicio sobrada compla- 
cencia. 

ffEn virtud de la frecuencia con que se pedía y acordaba la liber- 
tad de los extranjeros sujetos por conspiración á la acción de los tri- 
bunales, me permití hacer al Gobierno algunas indicacionas en carta 
semi- oficial dirigida al Ministro de Ultramar en 15 de Junio, porque 
creía y sigo creyendo que una política de consideración y hasta de de- 
ferencia, si se quiere, para con las naciones amigas no excluye la ener- 
gía conveniente para sostener nuestros derechos, y ni siquiera la debi- 
da cautela con el fin de no parecer débiles por demasiado apresura- 
miento en conceder la razón. Lo esencial está en no dar motivos pa- 
ra que se alegue con fundamento. )» 

A estos principios dice el General que sujetó sus relaciones oficia- 
les con los cónsules extrangeros y especialmente con los de los Estados 
Unidos, sin consentir que se les dieran noticias de queja ni alentar sus 

exageradas pretensiones de inmunidad para sus representados cuando i 

faltaban á las leyes. Por esto dice que acudían al Gobierno de la Na- ! 

ción, donde se resolvían sin pedir informes, favorablemente todas las 
pretensiones. Luego añade el General Pieltaín: 

« La opinión pública rechazaba estas disposiciones repetidas y á mi 
entender poco meditadas, que implícitamente declaraban la inviolabi- 
lidad de los extrangeros por criminales que fueran; lamentaba yo el 
deber en que me hallaba de darles pyntual y pronto cumplimiento, 
habiendo cruzado alguna vez por mi mente la idea de dimitir por tal 
motivo; mas ni contrarié la marcha del Gobierno dejando de cumplir 
en el acto sus órdenes, como pudiera en virtud de la facultad suspensi- 
va que las leyes de Indias me concedían, ni la opinión pública se dio 
á conocer, cual otras veces con menos motivo con actos desagradables, 
que repito no llegaron á realizarse durante mi mando en ningnna 
ocasión, j» 

Por desgracia la complacencia y debilidad de los ministros conti- 



'I 
\ 



— 290 — 

nuó, como luego veremos; lo que daba la facilidad á los enemigos de 
Espafia para burlarse de nuestras autoridades y leyes. Teniendo en 
los Estados Unidos una Legación cuyos servicios no correspondían á 
lo que costaba, los cubanos preparaban como querían sus expediciones. 
Se supo que el vapor Virginius se preparaba para llevar á Cuba una 
gran expedición de hombres, armas y pertrechos y se tomaron disposi- 
ciones para impedir el desembarque. 

En virtud de las órdenes que se hablan recibido al efecto, el Co- 
mandante de la corbeta Tornado vigilaba la costa comprendida entre 
el Cabo Cruz y el puerto de Santiago de Cuba. Recorrida la costa el 
dia 30 de Octubre, alejóse de la tierra unas 18 millas, y á las dos y me- 
dia de la tarde descubrió el humo de un vapor, que reconocido des- 
pués se vio que navegaba con rumbo al primer cuadrante. Al ver que 
el Tornado 'se dirigía hacia él, con el objeto de reconocerlo, cambió 
bruscamente de rumbo poniendo la proa al Sur Sueste. Con esta ma- 
niobra el Capitán de Fragata D. Dionisio Castillo, marino inteligente 
que mandaba el Tornado comprendió que el vapor avistado debía ser 
el Virginius cuya llegada esperaban los insurrectos. Mandó forzar las 
máquinas, y al oscurecer los dos buques estaban á unas cinco millas de 
distancia el uno del otro. Por fortuna habla luna clara y los marine- 
ros del Turnado entusiasmados, no perdían de vista al que también 
forzaba de máquina con el objeto de poder llegar, antes de ser alcan- 
zado, á Punta Morante, que era la tierra de la Isla de Jamaica que te- 
nían á menos distancia. Pero la marcha de la corbeta de guerra es- 
pañola era superior á la del buque perseguido y á las nueve y media de 
la noche se le hizo el primer disparo con la colisa de á 42 que al efec- 
to se había colocado en el castillo de proa. Al quinto disparo de gra- 
nada el vapor se detuvo. Se arriaron dos botes « que á las órdenes de 
los alféreces de navio D. Enrique Pardo y D. Ángel Ortiz, dice el 
parte del Comandante, se dirigieron á bordo con órdenes mías para 
apresarlo, como asi lo verificó este últinK) en nombre de la Nación Es- 
pañola. » 

Los prisioneros del Virgimus, que éste resultó ser el vapor apresa- 
do, fueren trasbordados á la Corbeta. £1 cargamento del buque había 
sido echado á la mar por los expedicionarios desde que se vieron per- 
seguidos por un buque de guerra español que les era superior en 
marcha. 

El día 10 de Noviembre á las cinco de la tarde fondearon la Cor- 
beta y su presa en el puerto de Santiago de Cuba: los marinos que 
tripulaban El Tornado fueron recibidos y saludados con indescriptible 
entusiasmo por los españoles de la Capital del Departamento Oriental, 
que podían apreciar la importancia del servicio que aquellos marinos 
acababan de prestar á la Patria. 



.1 

i 

1 



1 



-- 291 — 

El parte del Comandante Castillo termina de la manera siguiente: 

«A mi entrada en este puerto he dado cuenta á las autoridades del 
hecho, y ya hoy se halla bajo la acción de la justicia. Sólo me resta 
felicitar á V. S. en mi nombre y en el de los oficiales, clases y marine- 
ría del buque por esta lección severa, tan conveniente para los intere- 
ses de la Patria. — Dionisio Castillo. » 

En la Habana la noticia produjo el más vivo entusiasmo. En un 
momento se reunieron en Ja Plaza de San Francisco, músicas, hacho- 
nes y un gentío inmenso y se dio serenata al Gobernador General y al 
Comandante General del Apostadero, entre entusiastas vivas á España 
y á los tripulantes de el Tornado. Todos reconocían que la presa de 
aquel buque, tan esperado por los insurrectos por las armas, municio- 
nes y pertrechos que tenían á bordo y por la importancia de los expe- 
dicionarios, desbarataba sus planes mejor combinados. En los Casi- 
nos se abrieron suscriciones para regalar á los tripulantes del buque 
afortunado. 

El Virginius era un buque de gran velocidad, pero tenía sus má- 
quinas en mal estado. Sin embargo, la corbeta española tuvo necesi- 
dad de forzar las máquinas hasta enrojecer las chimeneas para poder 
dar alcance al que trataba de llegar á la costa de Jamaica, embarrancar 
en ella y ponerse bajo el amparo de las autoridades de la Gran Bretaña. 
Durante las primeras horas de caza pudieron abrigar la esperanza de 
escaparse pero muy pronto debieron perderla. El vapor apresado ha- 
bía hecho varios viajes á la Isla de Cuba con buena suerte. En Ve- 
nezuela, después de haber prestado importantes servicios á Guzmán 
Blanco, se habilitó y llevó una expedición de venezolanos á las costas 
cubanas, la que desembarcó, mandada por Rafael Quesada, como se ha 
dicho en otro capítulo. En una palabra, durante tres años el Virgi- 
nius estuvo constantemente al servicio de los insurrectos de Cuba, y 
en las columnas de los periódicos que éstos publicaban en los Estados 
Unidos se habían leido los detalles de las expediciones que su lijero 
vapor había conseguido desembarcar en las costas de la Grande Antilla. 
¿No era esto suficiente, en España como en todos los países civilizados 
del mundo, para que los tripulantes y pasageros encontrados á bordo fue- 
sen juzgados sumariamente y sentenciados y ejecutados como piratas? 
Por lo demás Bernabé Varona decía que el Virginius llevaba á bordo ele- 
mentos suficientes para poner en combustión toda la Isla. Los demás 
pasageros > tripulantes hicieron declaraciones idénticas. 

El Consejo de Guerra juzgó á los pasageros expedicionarios, y el de 
Marina, del que fué nombrado Fiscal D. José M. Autrán, álos tripulantes 
del buque. El Consejo de Marina, constituido á bordo de la Tornado 
condenó á muerte al Capitán y tripulantes del buque; habiendo decla- 
rado el dicho Capitán Mr. J. Free que sabía cuál era el objeto de la 



— 292 — 

expedición y lo que tenía el buque de su mando y que se le había ofre- 
cido una crecida suma para llevar la expedición á su destino, lo que 
había creído muy fácil. El Capitán Free y los treinta y seis tripulan- 
tes del vapor pirata fueron ejecutados en la playa haciéndoles fuego 
fuerzas de Marina de los buques de guerra fondeados en el puerto de 
Santiago de Cuba. 

El Consejo de Guerra condenó á muerte á Bernabé Varona, Cés- 
pedes, Jesús del Sol y O* Rían, los cuatro cabecillas bien conocidos en 
toda la Isla. Con estos fueron condenados y ejecutados otros doce 
exi^edicionarios. Franchi Alfaro, que había sido Ministro de la Re- 
pública cubana, fué pasado por las armas con los tripulantes del buque. 
Los expedicionarios eran 102 y los tripulantes, entre marineros verda- 
deros y supuestos 63: de manera que ascendía á 165 el número total de 
criminales, de los cuales sólo 52 recibieron el castigo que las leyes im- 
ponen á los que emprenden tales expediciones en todos los países civi- 
lizados. 

Tan pronto como se recibió en Madrid la noticia de la captura 
del VirginiíiSj los sei>aratistas cubanos, acompañados del Ministro an- 
glo-americano, corrieron de un Ministejio á otro á fín de salvar á los 
prisioneros. El Sr. Castelar dice un escritor, que al mandar que en la 
Península fuesen pasados por las armas dos desertores, quiso probar 
íjue también sabía matar, deseoso de complacer á los cubanos separa- 
tistas de Madrid, pasó telegramas al Gobernador General de Cuba or- 
denándole que suspendiera la ejecución de los filibusteros. Cuando 
las órdenes llegaron á Santiago de Cuba los reos habían sido ejecuta- 
dos. En los Estados Unidos los cubanos trataron de agitar la opinión 
pública, y hasta se habló de guerra con España. Los cubanos se figu- 
raban, dice un escritor anglo americano, que de aquel suceso había de 
resultar la expulsión de los españoles de la Isla de Cuba. Pronto re- 
cibieron un cruel desengaño al ver el giro que tomaban las negociacio- 
nes diplomáticas. 

Aunque tenemos á la vista todos los documentos y telegramas que 
se j>asaron entre los Ministros de España y los de los Estados Unidos 
respecto al buque pirata, nos hemos de limitar á decir que después del 
expediente que se formó á instancias del Sr. D. José Polo de Bernabé, 
Ministro Plenipotenciario de España en Washington, Mr. H. Frish, 
Secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la República, hubo 
de reconocer en una nota fechada el 2 2 de Diciembre que «el Virginias 
en el acto de ser capturado no tenía derecho á enarbolar la bandera 
anglo americana. » ¡ Y sin embargo ya sabemos hasta dónde llegaron 
las debilidades de Castelar y de los desgraciados que regían entonces 
los destinos de España. Para comprender cómo se burlaban los ex- 
trangeros de la condescendencia de nuestros gobernantes, nos bastará 



«M 



— 293 — 

reproducir el siguiente documento traducido del Registro Oficial de los 
Estados Unidos. 

ff Protocolo déla Conferencia celebrada en el Departamento de 
Estado de Washington el día 29 de Noviembre de 1873 entre Hamil- 
ton Fish, Secretario de Estado, y el Contra Almirante D. José Polo 
de Bernabé, Encargado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de 
España. 

«Los abajo firmados deseando llegar á un arreglo definitivo res- 
pecto al caso del vapor VirginiuSy que bajo la bandera de los Estados 
Unidos, el día 30 de Octubre fué capturado en alta mar por un buque 
de guerra español el Tornado^ han convenido en lo siguiente: 

cí España por su parte conviene en devolver dicho buque y los in- 
dividuos de la tripulación y pasageros que vivan y que el día 27 de 
Diciembre próximo saludará el pabellón de los Estados Unidos. Sin 
embargo, si antes de esta fecha España probase á satisfacción del go- 
bierno de los Estados Unidos, que el Virginius no tenía derecho á lle- 
var la bandera anglo americana, y que en la fecha de su captura la 
enarbolaba sin derecho é indebidamente, el saludo será expontánea- 
mente dispensado, puesto que no será necesario en este caso, no pu- 
diendo los Estados Unidos considerarse ofendidos ni considerar que 
haya habido ultrage á su bandera. 

«f Además de esto, si para el 25 de Diciembre ó antes se puede 
probar á satisfacción del Gobierno de los Estados Unidos, que el 
Virginius no tenía derecho para llevar la bandera anglo americana; si 
no tenía sus documentos en forma legal, los Estados Unidos formarán 
expediente y se procederá contra el buque si se ha violado alguna ley 
de los Estados Unidos y contra las personas que hayan tomado parte 
en actos ilegales en conexión con el asunto; sobreentendiéndose que 
España, según lo acordado en la segunda proposición hecha al Gene- 
ral Sickles, comunicada en su telegrama y leída al Almirante Polo el 
día 27 del corriente podrá investigar la conducta de los que hayan in- 
fringido las leyes españolas y las obligaciones de los tratados, se lleva- 
rán estos á los tribunales competentes y se les impondrán los castigos 
que merezcan. 

«Otras recíprocas reclamaciones serán objeto de consideración y 
arreglo entre ambos Gobiernos; y en caso de discordia será asunto de 
un arbitrage, si así lo entiende el Senado de los Estados Unidos. 

« Se ha convenido además, que el tiempo, modo y lugar de la en- 
trega del Virginius y de los supervivientes de los que estaban á bordo 
al efectuarse su captura, como también el tiempo, modo y lugar de sa- 
ludar la bandera de los Estados Unidos, en el caso de tenerse que efec- 
tuar el saludo, será objeto de un arreglo entre los abajos firmados den- 
tro de los dos primeros días. — Hamilton Fish. José Polo de Bernabé, » 



— 294 — 

¡ No, no era España; era el Gobierno de un partido el que pasaba 
por estas humillaciones ! ¿Era el buque pirata ó no lo era? ¿Noha< 
cía tres años que pertenecía á los insurrectos cubanos? ¿Quién podía 
negar al Gobierno español el derecho de capturar el buque y castigar 
á sus tripulantes y expedicionarios? ¡ Quizá algún dia la Nación que 
asi abusó de la debilidad del Gobierno de la efímera República Espa- 
ñola tenga que pasar por alguna crisis en la cual se le cite aquel abuso 
como antecedente para justificar actos piráticos! 

Tenemos á la vista las notas y telegramas de Sickles, del Ministro 
Fish y de las Autoridades de Cuba que se cambiaron entonces: 

La Correspondencia Diplomática de los Estados Unidos corres- 
pondiente á 1873 contiene todos aquellos documentos. En obsequio 
de la brevedad copiaremos algunos párrafos de los más interesantes y 
significativos. Con respecto al Protocolo del Almirante Polo, decía 
el Presidente de los Estados Unidos en su mensage: 

«El Almirante Polo, el día 10 de Diciembre trasmitió á Mr. Fish 
el siguiente testimonio ó prueba {evidence^ con el objeto de demostrar 
que el Virginius en el acto de su captura no estaba autorizado para 
llevar la bandera de los Estados Unidos, j» 

Después de la lista de los 18 procedimientos con documentos 
comprobantes, de las declaraciones juradas que presentó el Ministro 
plenipotenciario español, continúa el mismo extracto en estos tér- 
minos: 

«Mr. Fish acusó recibo de eátos testimonios el 22 de Diciembre 
diciendo que, del contenido de las pruebas hechas resulta, para satis- 
facción de los Estados Unidos que el Virginius en el acto de su captu- 
ra NO ESTABA AUTORIZADO PARA ENARBOLAR SU BANDERA. (It appear 

to the satisfaction of the United States that the Virginius was not en- 
titled to carry the ñeig at the time of her capture. ) Que desde luego 
no debía tener efecto el saludo, y que de conformidad con los térmi- 
nos del Protocolo debían empezar las averiguaciones y procedimientos 
contra el buque y las personas que resultasen culpables de actos ilega- 
les relacionados con ello. » 

No seguiremos traduciendo documentos y extractos de los nume- 
rosos, largos é interesantes donde están consignadas las debili- 
dades y la ignorancia de los hombres que en aquellos días regían 
los destinos de nuestra desgraciada Patria: nos limitaremos á hacer al- 
gunas observaciones respecto á la actitud de los españoles leales de la 
Isla de Cuba, que hubieran deseado salir de una vez de aquella situa- 
ción, y que conociendo el carácter del pueblo anglo americano de 
ninguna manera temían un conflicto teniendo España el derecho de su 
parte. Los anglo americanos debían mirar á los gobernantes de la 
República Española con tanto desprecio como á los cubanos, que per- 



— 295 - 

manecian en el extraDgero engañando aventureros para que fueran á 
conquistar la independencia de Cuba. £1 pueblo anglo americano, 
viril y decidido, despreciaba á los gobernantes españoles, pero admira- 
ba, respetaba y apreciaba en todo su valor á los que en Cuba defendían 
con tanto heroismo la bandera española. La Constancia habla tratado 
el asunto con la mayor sangre fria: en vano el General Jovellar reu- 
niendo Junta de Autoridades, consultando personas que consideraba 
influyentes y poniendo de maniñesto las órdenes que recibía de Madrid 
procuraba tranquilizar los ánimos: si un hombre de corazón que intén- 
tó pegar fuego al buque hubiese conseguido reducirlo á cenizas ningún 
español de corazón le habría negado sus aplausos, sin preocuparse ix>co 
ni mucho de las consecuencias. 

En la Habana nadie habla olvidado que los anglo americanos du- 
rante la guerra separatista, sacaron de un puerto del Brasil el Florida^ 
corsario de los confederados, y que cuando tras larcas negociaciones 
se acordó que fuese entregado al Gobierno del Brasil los anglo ameri- 
canos le pegaron fuego. i 

Con razón decía un año después de aquellos tristes sucesos en su ! 

folleto que publicó en Madrid el Sr. Ruiz de León lo siguiente: 

K Mas hé aquí que de iitiproviso empieza á cundir el rumor de que i 

el pueblo español ha despertado; que ha llegado á saber lo que con 
tanto empeño se le ocultaba; que ha comprendido que se estaba abu- 
sando de su conñanza, y al enterarse de que el extrangero le amenaza- 
ba con la guerra si no toleraba sus humillantes imposiciones, ha res- ¡ 
pondido: 

« Guerra pues al extrangero. « Guerra con España, j» repiten las 
cajas mecánicas y los mostradores; y en Wall Street el premio del oro 
que estaba de 38 al 40 por 100, sube en pocas horas al 65 por 100 y se 
habla de muchas quiebras de casas respetables, v 

I Qué inconveniente habría en esperar que los anglo americanos 
apelaran á la fuerza para llevarse el Virginius del puerto de la Habana ? 
¿Se hubieran atrevido á verificarlo? No por cierto. Ya desde los 
primeros telegramas que se cruzaron sobre la captura del buque, Mr. 
Fish encargó á Mr. Sickles que procediera con cordura, porque el bu- 
que no era anglo americano; pero Sickles y los cubanos separatistas de 
Madrid jugaban con los gobernantes de la República. En la Habana 
La Constancia publicó algunos artículos sobre este asunto, que el agen- 
te de la Prensa Asociada mandaba íntegros por telégrafo á los Estados 
Unidos donde se publicaban en los periódicos más importantes. 

He aquí como una de las Revistas Quincenales de la Isla daba 
cuenta de aquellos humillantes actos. 

«El vapor Virginius que ya había conducido antes y que volvía á 
conducir ahora, jefes y soldados al campo de nuestros enemigos, salió 

46 



— 296 — 

del puerto de la Habana para ser entregado á un buque de guerra de 
los Estados Unidos á las tres de la madrugada del 1 1 de Diciembre de 
1873. Ec una fecha histórica que deben tener presente todos los esfiaño- 
les. ¿Por qué no hemos de decir la verdad, aunque el sonrojo de la 
vergüenza tina nuestras mejillas y desgarre nuestro corazón el más hon- 
do dolor? i Qué baldón ! ¡ Qué ignominia ! ¡ Que vergüenza para 
el actual Gobierno de la Península ! ¡ Qué eterna maldición de la his- 
toria contra los que han roto en girones el sagrado manto de la Patria! 

tf En nombre de los españoles de Cuba, insulares y peninsulares; 
en nombre de todos los españoles que no han renegado de su sangre 
El Eco de Cuba protesta contra el Protocolo firmado en Washington 
el día 29 de Noviembre de 1873 P^"" Hamilton Fish, Secretario de Re- 
laciones Exteriores de los Estados Unidos y D. José Polo de Bernabé, 
Contra Almirante español y Ministro Plenipotenciario de España en 
Washington, y aprobado por el Gobierno de la República presidido 
por el Sr. Castelar. 

«Cientos de miles de españoles cubanos y peninsulares, blancos y 
de color hubieran firmado lo escrito por El Eco de Cuba y contra la 
política baja y débil del Gobierno de la Metrópoli y hasta contra la 
Autoridad de Cuba se quejaban todos. La Constancia que como an- 
tes La Prensa venía defendiendo con tanta energía la honra, la dig- 
nidad y la integridad de la Patria, después de lo ocurrido no podía 
permanecer en el palenque sin representar un papel desairado y suspen- 
dió sus tareas, contando reanudarlas en Madrid lo más pronto posible. 
El Eco de Cuba, que el día 14 de Diciembre se publicó orlado de ne- 
gro, después de dar cuenta de la entrega del Virginius y de las nume- 
rosas i)ro testas y ofrecimientos que se habían hecho, decía lo siguiente: 

« En nuestro apreciable colega La Constancia^ vemos, con verda- 
dero sentimiento, que nuestro estimado amigo y compañero, Sr. don 
(xil Gelpí y Ferro se separa de la dirección y redacción del ya mencio- 
nado periódico. Todos los españoles de Cuba saben con cuanta perse- 
verancia y con cuanto celo ha defendido el Sr. Gelpí los intereses na- 
cionales y los principios de moralidad y orden; y á nosotros sólo nos 
toca consignar que nos duele vernos privados de un comimñero en la 
prensa que con tanto tesón ha defendido en Cuba la causa de la honra 
y la integridad de la Patria. » 

Hemos terminado la relación de los tristes sucesos en que desple- 
garon tan poca habilidad los diplomáticos y hombres políticos que re- 
gían entonces los destinos de nuestra Patria; habiendo tenido la des- 
gracia de comunicar su pusilanimidad á determinadas personas que 
hasta entonces se habían distinguido por su resolución y enérgico ca- 
rácter. Tales cosas se vieron en aquellos días que los hombres pensa- 
dores llegaron á creer que sin la actividad que se desplegó en Santiago 



— 297 — 

de Cuba, ninguno de los piratas hubiera recibido el castigo que mere- 
cía, ¿Y qué hubiera sucedido en este caso? Que seguros de la im- 
punidad se habrían embarcado por millares los aventureros para parti- 
cipar del botín que les ofrecía la conquista de Cuba. ¿ Pensaron en 
esto algunos ricos egoístas que celebraron el proceder de las Autorida- 
des? La suerte de los tripulantes y algunos expedicionarios infundió 
temor á los aventureros que comprendieron bien que por encima de los 
débiles políticos de Madrid y de la Habana estaban los miles de espa- 
ñoles que defendían la bandera de su Patria y que eran bastante va- 
lientes y enérgicos para llegado el caso tomar medidas desesperadas. 
Por esto las exjDediciones no continuaron. 

* * 

Ni los acontecimientos que acabamos de referir, ni la noticia de 
haber sido detenida en un dicpie de Nueva- York nuestra fragata de 
guerra Arapiles que había terminado su carena y j)agado religiosamente 
los gastos hechos, preocupaban tanto á los españoles de Cuba como 
los acontecimientos de la Metrópoli. En Cartagena los cantonales se 
habían apoderado de la escuadra y de la plaza. El Gobierno de Ma- 
drid había declarado piratas á los tripulantes de 1?. escuadra cantonal 
que se había batido con la que mandaba el contra almirante Lobo, 
retirándose de nuevo á Cartagena después de dos horas de combate. 
Los buques de guerra extrangeros que cruzaban por el Mediterráneo 
tomaban parte en nuestros asuntos desde que los cantonales con sus 
fragatas podían cometer impunemente cualquier acto de piratería y no 
teniendo el Gobierno de Madrid fuerzas navales suficientes para impe- 
dirlo, los españoles de corazón, que como tantas veces se ha dicho 
nunca desconfiaron del porvenir de la patria ni .se amilanaban ante la 
perspectiva de guerras extrangeras, comprendían qué crisis se acercaba 
y esperaban que del exceso mismo del mal había de surgir el remedio. 

El General Jovellar apesar del estado en que Villamil encontró el 
Tesoro á su llegada á la Habana, y aun cuando el Gobierno de Madrid 
no pensaba en mandar á Cuba un solo soldado, trató de aprovechar 
los meses de invierno para emprender nueva campaña contra los insu- 
rrectos. Conocidos eran los proyectos de invadir las Villas, y -las 
relaciones del titulado Gobierno de la « República Cubana » con sus 
amigos de Madrid y con los laborantes de los Estados Unidos y de la 
misma Isla para nadie eran un secreto. Después de haber conferen- 
ciado con el General Portillo, con varios Jefes militares y con los Co- 
roneles de los Cuerpos de Voluntarios de la Habana y otras poblacio- 
nes que de nuevo se le ofrecieron para prestar servicio de campaña, el 
General Jovellar dictó las disposiciones que consideró más oportunas. 



— 298 — 

Los espafíoles, aunque reconocían las fuerzas del enemigo, conservaban 
su actitud resuelta y el nuevo Capitán General les inspiraba conñanza. 
Se reconocía la necesidad de apelar á medidas enérgicas. 

er De todos los puntos de la Isla, decía un escritor, no hay una voz 
leal que no se levante para pedir un supremo esfuerzo, y todos los es- 
pañoles de Cuba con la más absoluta y ciega confíanza en el ilustre 
General Jovellar, piden remedios heroicos; piden que ordene y mande: 
Que declare si es preciso el estado de sitio. Pero resulta desgraciada- 
mente que el actual Gobierno del sefior Castelar, ha hecho con el Ca- 
pitán General de esta Antilla lo que no se atrevieron á decretar Figue- 
ras, Pi y Margall y Salmerón: ¡ Le ha quitado las facultades extraordi- 
narias ! i Y en los momentos de mayor ¡peligro ! 

«I Si el Poder Ejecutivo no concede al General Jovellar — á quien 
todos los españoles quieren y resi^etan porque puede salvar la Isla — las 
facultades extraordinarias de que se hallaban revestidos sus antecesores, 
no hay quien pueda responder del porvenir. Y ¡ ay ! del señor Cas- 
telar si por debilidad ó ¡jor halagar á sus colegas que aspiran á dispo- 
nerlo todo desde Madrid hunde estas Antillas ! Suya será la respon- 
sabilidad de tatiiafía desgracia ante el inflexible tribunal de la historia; 
tribunal ante el cual ha citado á los gobiernos que combatía desde los 
bancos de la oposición durante largos años, y que sin embargo en sus 
manos no se quebrantaron ni en un ápice la dignidad y la integridad 
de la Nación Española. » 

Entonces se supo en la Habana que el Sr. Soler > Plá, nuevo 
Ministro de Ultramar se embarcaba para la Isla. Los que no conside- 
raban el viage como efecto de un acuerdo descabellado del Gobierno, 
lo miraban como enlazado con algún proyecto de los separatistas. Así 
las cosas, se empezaron las ojjeraciones militares de la manera que in- 
dica el siguiente telegrama. 

N Estación de las Tunas, Zaza, trasmite para Bayamo telegrama 
siguiente: Jefe de la tercera Brigada Bayamo: El Gobernador de 
Manzanillo: A las once y media ha sido atacada la población de Man- 
zanillo en todas direcciones por fuerzas numerosas: han sido rechazadas 
á las tres. Espíritu satisfactorio. » 

Posteriormente se supo que los enemigos contaban con 1,500 
nombres, mandados por Vicente García; que los defensores de Manza- 
nillo estaban preparados, que los rebeldes habían dejado 20 muertos 
en las calles y que no pudieron saquear más que tres tiendas. Entre 
tanto los laborantes de los Estados Unidos estaban haciendo inauditos 
esfuerzos para mandar expediciones á los insurrectos cubanos; pero las 
mismas exageraciones de sus órganos cuando los fusilamientos de los 
piratas en Santiago de Cuba quitaban el ánimo á los aventureros que 
temiendo la cfueldad de los españoles tomaban los pesos que les daban 



— 299 — 

los laborantes como enganche, y en su mayor parte desaparecían ó se 
negaban á embarcarse para Cuba. 

En esto llegó á Nneva-York el ciudadano Fernando López Peralta, 
que de la costa de Cuba había i>asado á Jamaica en una canoa y de la 
Isla Inglesa á los Estados Unidos. Tenia comisión y encargo de 
Céspedes de armar á toda costa una expedición y llevarla á Cuba 
cuanto antes. En los meetings que celebraron los cubanos se habló 
mucho de la empresa, y hasta el Herald procuró alentar á los que 
podian dar dinero y á los extrangeros que estuviesen en aptitud de ir á 
vengar á las victimas del Virginius; pero nadie quería embarcarse, sin 
duda porque temían que cayendo en poder de los españoles las recla- 
maciones habían de llegar tarde. Además, el Gobierno de los Pastados 
Unidos dio severas órdenes para impedir el enganche de expediciona- 
rios. Sin duda el Gobierno de Washington, quiso evitar nuevas com- 
plicaciones y no dejar sentados ciertos precedentes. Apesar de todo 
los laborantes creyeron que los insurrectos recibirían la gente, armas y 
pertrechos que necesitaban para llevar á cabo sus proyectos. Por las 
jurisdicciones de Baracoa, Mayarí y Guantán<imo, fueron presos algunos 
agentes de los cabecillas que alistaban gente y daban instrucciones á 
los que debían tomar las armas tan pronto como llegasen las expedi- 
ciones que esperaban. 

A mediados de Diciembre, en las inmediaciones de Jiguaní, don- 
de entonces se encontraban los llamados •» Poderes de la República 
Cubana, » hubo notables acontecimientos. La Cámara de Represen- 
tantes depuso al Presidente de la República Carlos Manuel Céspedes 
y nombró en su lugar á Francisco Aguilera. Creyendo seguro el 
triunfo de su causa aquellos políticos eran más ambiciososos que cuan- 
do se ocultaban en los bosques. Ramón Cési^edes fué depuesto de su 
cargo de Secretario de Estado y relaciones exteriores, sucediéndole el 
doctor Maceo. Los Quesadas, Céspedes y demás caudillos aristócratas, 
procedentes del Camagüey y de Bayamo estaban de baja, porcpie el 
elemento puramente militar, por estar sostenido por la gente mejor 
organizada y apta para aquella guerra era cada día más influyente. 
Después del ataque de Manzanillo los insurrectos no intentaron dar 
ningún otro golpe: al parecer no querían emprender nada hasta haber 
recibido los auxilios prometidos. Quizá esperaban que el Gobierno 
de Castelar al fin se prestaría á un arreglo, y qiierían ganar tiempo: lo 
cierto es que apenas hubo operaciones hasta pasada la primera quince- 
na de DicieiJibre. 

En un telegrama de Bayamo de fecha 20 de Diciembre, %i daba 
cuenta de haber sido atacado á las ocho de la mafíana el poblado de 
Santa Rita por una partida rebelde compuesta de 700 infantes y 50 ca- 
billos, al mando de Calixto García. No pudiendo resistir el fuego de 



— 300 — 

los fortines y el empuje de la guarnición, compuesta de 50 soldados 
de Antequera y los voluntarios del poblado, el enemigo tuvo que aban- 
donar precipitadamente el terreno. Las bajas del enemigo debieron 
ser muchas, puesto que dejaron 15 muertos en el poblado, los que 
recogidos por el vecindario, fueron enterrados. Entre los muer- 
tos fueron identificados el titulado Coronel Urquiola y el Capitán 
Rabiche. También dejó el enemigo en el camix) armas y 15 caballos. 
Por parte de los defensores de Santa Rita murieron un soldado, un 
paisano, una mujer y un niño. Los insurrectos sólo consiguieron ro- 
bar una tienda de las inmediatas á las fortalezas. 

El mismo día 20 de Diciembre se recibió otro telegrama d,í S m • 
tiago de Cuba, según el cual el 19 á las 7 de la mafíana, había sido 
atacado por 800 insurrectos el fuerte de Palmas Altas, inmediato á 
Manzanillo. En el fuerte sólo había 20 soldados del batalló:! de Ma- 
drid y un corto número de voluntarios. La resistencia fué valerosa y 
bien dirigida. Los enemigos tuvieron que retirarse, dejando 7 cadá- 
veres en el foso y el de un negro en las ruedas del puente levadizo, 
que los soldados no habían tenido tiempo de levantar. Entre los 
muertos había dos que, por su traje jxirecían Jefes. Como de coítuni- 
bre, el enemigo se llevó los heridos y algunos muertos, pero abandonó 
efectos y caballos en las inmediaciones del fuerte. A esto sj redujeron 
las operaciones militares de los últimos meses de 1873. Algo más se 
publicó en los periódicos del interior, pero nada de importancia. Los 
rebeldes no supieron sacar partido, después de los golpes que hablan 
dado, de la triste situación en que llegaron á encontrarse en a(juel 
funesto año nuestros soldados y voluntarios. El autor de las Revistas 
políticas que se publicaban en Nueva- York, dice: 

«Durante el año 1873, la historia de la insurrección de Cuba no 
l)resenta hechos de grande interés. Después de establecido en Esixiña 
el Gobierno Republicano se hizo un llamamiento á los insurrectos cu- 
banos á fin de que abandonaran la lucha por la independencia y para 
(jue aunaran sus esfuerzos con los de la República Española á fin de 
dejar establecidas permanentemente las instituciones republicanas en 
E^spaña y en las colonias. Los directores de la insurrección no acep- 
taron estas proposiciones y declararon que no querían darse por satis- 
fechos con nada que no fuese la completa independencia de Cuba. 
El partido esjjañol y en particular los Voluntarios, por sus sentimientos 
monárquicos, no estaban para cooperar con el Gobierno republicano 
á una conciliación con los insurrectos. Con gran disgusto se sometie- 
ron ellos mismos al nuevo Gobierno, y esto sin ocultar nunca su pre- 
dilección por la Monarquía y sus vehementes deseos de verla pronto 
restablecida en España. En Agosto, Máximo Gómez fué nombrado 
para el mando en jefe de los insurrectos, como sucesor del General 



— 30I — 

Agrámente. Ocupó otra vez Nuevitas el 25 de Agosto y publicó que 
había ganado algunas otra» victorias; p*ro al terminar el año, la situa- 
ción no se diferenciaba mucho materialmente de la que había sido en 
algunos de los años pasados. Antes de terminar el año, un aconteci- 
miento imprevisto hizo esperar á los partidarios de la independencia 
de Cuba que pronto verían sus esperanzas realizadas. » 

Lo que escribió después Máximo Gómez concuerda hasta cierto 
punto con lo que en la fecha de los sucesos dijo el bien informado es- 
critor anglo americano y prueba que los rebeldes, era de la Metrópoli 
de donde esperaban el triunfo de su causa: por esto no pensaron tanto 
en batirse con los soldados y voluntarios españoles como en organizar 
y conservar unidas sus fuerzas, estrechar las relaciones entre sus res- 
pectivos partidarios y prepararse para cuando llegara la hora de licen- 
ciar el Ejército y la Marina de la Isla, desarmar los Cuerpos de Volun- 
tarios y organizar las Milicias de la Isla como las de los Estados Uni- 
dos y del Canadá, con la intervención del Gobierno Anglo americano 
los elementos que desde 1868 sostenían la lucha en los campos y mon- 
tes de Cuba, no se vieran postergados y pretendieran regirlos destinos 
de Cuba independiente los políticos que en Madrid y en el extrangero 
habían trabajado en favor de la causa pero sin hacer grandes sacrificios 
ni correr el menor peligro. De los trabajos de los cabecillas nos dan 
una idea los siguientes párrafos de Máximo Gómez. 

«En esos momentos, dice, recibo una comunicación del General 
Vicente García, citándome para una conferencia en la que debíamos 
tratar asuntos importantes del país. Acudo á su llamamiento y nos 
vimos el 24 de Octubre en Santa Afta de L¿eo\ me expuso la imperio- 
sa necesidad en que estábamos los Jefes militares de toi)iar la iniciativa 
|>ara la deposición de Carlos Manuel de Céspedes, como Presidente de 
la República, puesto que se hacía necesaria esta medida y la Cámara á 
quien correspondía hacerlo, no tomaba providencia alguna. Le con- 
testé que no podía estar de acuerdo; que de cualquier modo que se hi- 
ciese aparecería como un motín militar, y que debía dejarse á la Cá- 
mara obrase con toda libertad en este asunto. » 

Luego el Jefe, dominicano de nacimiento, añade: 

« Eran momentos solemnes para mí; preocupado con la nueva 
campaña y temeroso de que se me trastornaran mis proyectos con el 
acontecimiento que me habia indicado el General García. Así suce- 
dió, pues aunque con antelación bastante envié una comisión al Go- 
bierno, participando mi plan de invasión, todo lo que se dispuso para 
protegerlo, fué escaso y tardío, j» 

La división en las filas de los enemigos y su apatía por lo que res- 
pecta á las operaciones militares, porque esperaban el triunfo di su 



— 302 — 

causa por medio de las negociaciones, fué un nuevo favor que la Divi 
na Providencia dispensó á los defensores de la bandera Española en 
los últimos meses de 1873: las debilidades de Castelar y las revolucio- 
nes y guerras de la Península no quebrantaron el ánimo de los españo- 
les de Cuba porque sabían en parte lo que pasaba en el campo insu- 
rrecto. Hé aquí como lo explica Máximo Gómez: 

ce Carlos Manuel de Céspedes es al fin depuesto por la Cámara, y 
le sucede en el destino Salvador Cisneros, que era Presidente de ese 
Cuerpo. Hombre sin ningunos conocimientos militares, fácil de de- 
jarse dominar por indicaciones de otros, es desgraciadaniente al que le 
toca ocuparse de la aprobación de mi plan y proporcionarme los re- 
cursos que pedía. Quinientos hombres, y con una organización espe- 
cial indicada en el mismo pliego, y al mando del entonces Brigadier 
Antonio Maceo, era el único refuerzo que pedía al Gobierno. Cono- 
cía el Ejercito de Oriente, y me permití enviar al Presidente hasta el 
cuadro de jefes y oficiales que debían mandar la columna. Sucedía 
esto en Noviembre, y esperaba que el refuerzo .se me incorporaría ^ 
la primera quincena de Diciembre. El Presidente me contesta que 
todo estaría listo ixira el plazo indicado, ofreciéndome hasta ser más 
largo en el envío de tropas; pero pasaron los meses de Diciembre, 
Enero y Febrero sin que llegaran los refuerzos, y supe oficialmente 
que el Gobierno había concentrado las tropas en Tacayo, jurisdicción 
de Holguin, y cuando se exigía economía de hombres y municiones, 
se marcha á las zonas enemigas de aquella ciudad. » 

Máximo Gómez no lo indica siquiera, pero es lo cierto que pre- 
dominando en la Cámara el elemento blanco, no debía ser del gusto 
de la mayoría el plan del Jefe dominicano. ¿Quién dudaba que inva- 
diendo las ricas y pobladas jurisdicciones de las Villas bien provisto 
de armas y pertrechos, podría armar algunos mi fes de esclavos de las 
fincas y tener á las pocas semanas batallones de jóvenes robustos y que 
le servirían como en todors los países de la América intertropical sirven 
las tropas de cc>lor á los caudillos que saben conquistar su confianza? 
Una vez dueño el dominicano Gómez del poder militar ¿á qué habría 
quedado reducida la autoridad de la Cámara, que después de haber 
destituido á Cési)edes de la Presidencia, había estado vacilando antes 
de elegir á Cisneros? 

Era evidente que la Junta cubana de Nueva York, los laborantes 
de Madrid y los que en la misma Isla de Cuba trabajaban en fayor de 
los insurrectos debían escribir á los hombres políticos de la titulada 
República cubana y á los cabecillas nacidos en las ciudades de Oriente 
del Centro y de las Villas, que eran de raza blanca y que podían dispo- 
ner de fuerzas de la misma que procurase evitar golpes y acciones que 
aumentaran el prestigio de los dominicanos y de los cabecillas del ex- 



— 303 — 

tremo Oriente, cuyas fuerzas en su mayor parte no eran de origen eu- 
ropeo. 

Teniendo todo esto en cuenta, y sabiendo cuánto temían una lu - 
cha de razas, desde que el elemento peninsular residente en la Isla, 
obligado por las circunstancias no se aviniera á entenderse con ellos á 
ñn de contener juntos el poder de los caudillos de la gente más idónea 
para la guerra, se comprenderá el por qué durante los tres últimos me- 
ses de 1873 ^os rebeldes no activaron las operaciones militares, apro- 
vechándose del entusiasmo que entre ellos hablan producido los golpes 
afortunados que habían dado en los meses anteriores/ 



47 



CAPITULO XXV. 



Llegada á la Habana del Sr. Ministro de Ultramar.— Recibimiento y 
obsequios.— Proyectos y discusiones.— Telegramas y desengaños. 
—Dimisión oportuna del Sr. Ministro.- Su salida de la Habana. 



Desde la llegada del General Jovellar á la Isla de Cuba se sabía 
(¡lie por haberlo dispuesto así el Supremo Ciobierno de la República, el 
nuevo Ministro de Ultramar se embarcaría pronto para las Antillas. 
Aun cuando se decía que el viaje de S. E., tenía por objeto contribuir 
en lo i)osible á la pronta i>aciricac¡ón y reorganización de la mayor de 
las Antillas, dada la debilidad del Gobierno de Madrid y el poco 
acierto con que había procedido en aquellos últimos meses ¿qué se 
podía esjxírar de los trabajos del nuevo Ministro que pasaba á Cuba con 
un número resj^etable de empleados con el objeto de contribuir á realizar 
la ixicificación y reorganización de la Isla? Si se proponían los 
Ministros conocer los resultados prácticos que las reformas políticas y 
sociales estaban dando en Puerto Rico, no necesitaban que atravesara 
el Atlántico ninguno de sus colegas. Se sabía que el nuevo Capitán 
Cieneral de la Antilla menor, después de planteadas las reformas no 
ocultaba su predilección por los demócratas radicales, que eran los 
antiguos separatistas. Paia nadie era un secreto que los desórdenes 



— 305 — 

erán frecuentes; que la producción había sufrido una gran baja; ijue los 
españoles leales, insulares en su inmensa mayoría estaban en extremo 
descontentos. En la Habana se supo que el Sr. Ministro de Ultramar, 
desde la Península se dirigiría á la Isla de Cuba. La noticia causó 
buen efecto entre los leales que temían la influencia que pudiera ejer- 
cer en el ánimo del joven Soler y Plá, el Gobernador General de 
Puerto Rico que sin saber cómo se había transformado en demócrata 
de los más avanzados, que favorecía y secundaba en todo á los radica 
les porto-riquefíos y que hacía alarde de conocer bien las Antillas. 

Al anochecer del día 20 de Noviembre de 1873, fondeó en el 
puerto de la Habana el vapor correo extraordinario Antonio IJypez en 
el que venía el Excmo. Sr. D. Santiago Soler y Plá, Ministro de 
Ultramar de la República española, como se había anunciado. 

Después de haber pasado á saludarle á bordo, el Excmo. Señor 
Gol)ernador General, con los Jefes de los cuerpos del ejército y 
voluntarios, comisiones del cuerpo municipal, y demás cuerpos é 
institutos, funcionarios públicos y correligionarios y amigos particulares 
del Sr. Ministro, se fijó para las nueve de la mañana del día siguiente, 
la hora del desembarque oficial de S. E. El día 21 de Noviembre por 
la mañana, estaba ya todo preparado para el gran recibimiento, según 
prescriben las Ordenanzas. En el muelle de Caballería esperaban al 
Sr. Ministro de Ultramar el Ayuntamiento de la Habana, presidido por 
el Gobernador Superior Civil de la Isla, todos los generales y altos 
funcionarios públicos, estando la carrera cubierta por los cuerpos de 
tropa y voluntarios, desde el desembarcadero de dicho muelle hasta el 
Palacio, en cuyos salones del Ayuntamiento, se le tenía alojamiento 
preparado, con la esplendidez y buen gusto correspondiente al 
repre.sentante y miembro del Poder Ejecutivo del Gol>ierno de España. 

Por entre las filas de los brillantes cuerpos que cubrían la carrera 
acompañado de tan numeroso y brillante séquito, seguido de inmenso 
gentío, mientras los cañones de la Cabana hacían las salvas de ordenanza 
y las músicas de los cuerpos tocaban la Marcha Real Española, el 
joven Ministro, visiblemente conmovido, se dirigió á Palacio, desde 
cuyos balcones presenció el desfile de los cuerpos, que victorearon con 
entusiasmo á Físpaña, al Gobierno Supremo de la Nación y al Capitán 
General de la Isla. El Sr. Ministro dio un viva á España y á Cuba 
Esjjañola, que fué contestado con indescriptible entusiasmo por los 
soldados, voluntarios y bomberos y por el inmenso gentío que llenaba 
la Plaza de Armas y las calles inmediatas. 

Como el Sr. Ministro de Ultramar llegaba acompañado de un 
j)ersonal suficiente para el despacho de los negocios que tenía el encargo 
de resolver, sin pérdida de tiempo se instalaron las oficinas, y todo 
quedó pronto para dar principio á los trabajos que se traían sin duda 



preparados. ¿ Cuáles eran los proyectos del Sr. Ministro, ordenados 
sin duda por el Gobierno Supremo de la República ? Nadie contestaba 
á esta pregunta porque nadie preguntaba nada. A los tres dfas de 
haber desembarcado en la Habana, todos los funcionarios que habían 
venido con el Sr. Ministro trabajaban en sus respectivas oficinas; pero 
el público permanecía en esi)ectativa porque era poco lo que respecto 
á los trabajos del Ministerio de Ultramar trasladado á la Habana se 
sabia. El Sr. Soler y Plá, joven activo é inteligente, además de dar 
las correspondieutes órdenes á sus subalternos y examinar sus trabajos, 
empleaba una parte de su tiempo en visitar cuanto encierra de más 
notable la Capital de la Isla de Cuba. 

En la noche del 25 el Sr. Ministro, acompañado del Gobernador 
General y de los altos funcionarios del Estado, visitó los suntuosos 
salones del Casino Español de la Habana, donde fué recibido y 
obsequiado debidamente por la Junta Directiva y por un número 
inmenso de socios que llenaban los extensos salones. Desde los balcones 
del Casino pudo S. E. , convencerse de que los cuerpos de voluntarios 
de la Isla de Cuba, estaban completamente identiñcados en ideas y 
sentimientos con aquella Asociación de Españoles leales, insulares y 
peninsulares, que tan buenos servicios había prestado á la patria y cuya 
organización había de hacer fracasar siempre todo plan político 
encaminado á poner los destinos de Cuba en manos de los enemigos de 
la Nacionalidad Española, completa, ñrme y absoluta. 

Para recibir al representante del Gobierno Supremo de la Nación, 
desde las nueve de la noche se habían colocado al rededor del grandioso 
edificio las escuadras de gastadores de los cuerpos de voluntarios de la 
Habana y pueblos inmediatos, con hachones encendidos con todas las 
músicas y bandas de cornetas. La oficialidad de todos los batallones, 
colocados por orden de antigüedad y con sus respectivos Coroneles á 
la cabeza, formaban un extenso cuadro, frente de la puerta principal 
del Casino y ocupando una gran parte de la Plaza de Monserrate. La 
Junta Directiva con el Sr. Zulueta su Presidente á la cabeza, estaba en 
la puerta del ediñcio esperando al Sr. Ministro. Al llegar éste, con el 
General Jovellar, fueron acompañados hasta el salón principal, donde 
el Sr. Presidente Zulueta le dio las gracias por su visita al Casino, 
centro de reunión de los españoles leales cubanos y peninsulares-, 
dispuestos siempre á sostener los derechos y defender los intereses de 
la patria. El Sr. Soler contestó manifestando la satisfacción que sentía 
por las distinciones y obsequios que desde su llegada le tributaban los 
españoles leales de la Isla de Cuba; por el espíritu de unión y fraternidad 
que había encontrado entre hombres de distintas clases y procedencias 
que sólo pensaban en sostener la bandera española. Visitó S. E., todos 
los departamentos del Casino y felicitó á los señores de la Junta 



— 307 — 

Directiva por haber conseguido en tan pocos años organizar un Instituto 
de tanta importancia. 

Asomándose después el Sr. Ministro y sus acomi)añantes á los 
balcones, pudieron admirar el hermoso golpe de vista que ofrecían los 
parques, plazas y calles de las inmediaciones con miles de hachones 
encendidos y con los Jefes y Oficiales de los cuerpos esi)erando el 
momento de subir á felicitar á S. E., lo que verificaron en seguida, 
llenando los salones presididos por el Coronel más antiguo de los 
cuerpos de voluntarios, el distinguido cubano seftor Marqués de 
Aguas Claras. Este saludó con entusiasmo en nombre del Instituto á 
S. E., ofreciendo de nuevo al Gobierno sus valiosos servicios, dispuestos 
á continuar firmes en sus puestos y sin reparar en sacrificios, hasta 
vencer completamente á los que habían levantado la bandera de guerra 
contra Espafía. I^ contestación del Sr. Ministro de Ultramar fué 
digna de un español de corazón que en tan solemnes momentos hablaba 
en nombre de la patria á hombres que tan valiosos servicios habían 
prestado y que estaban dispuestos á continuarlos. 

Ix)s miles de concurrentes aplaudían con el más vivo entusiasmo 
las levantadas frases del elocuente hijo de la Isla de Cuba, que desde la 
creación de los cuerpos de voluntarios, estaba al frente de uno de ellos 
y la digna contestación del representante del Gobierno Supremo de la 
Nación. La multitud que llenaba las inmediaciones, contestaba á los 
entusiastas aplausos de los socios del Casino repitiendo los mágicos 
gritos de «íí Viva Esj^aña ! ¡ Viva Cuba siemj»re Española !» 

Aqui es del caso observar que el Sr. Soler y Plá, durante su 
permanencia en la Isla de Cuba, y cuando á no dudarlo tenía especial 
encargo de investigar cuál era el verdadero espíritu de sus habitantes, 
en todas las poblaciones que visitó, en todos los actos públicos en que 
tomó parte y hasta en muchas reuniones de carácter privado, pudo 
observar la misma unidad de pensamientos y sentimientos; las mismas 
ideas y aspiraciones en todos los que en Cuba defendían la bandera de 
la patria. No podía ignorar, porque bien lo sabía el Gobierno de la 
República que en la grande Antilla había (¡uien trabajaba de acuerdo 
con los cubanos radicales de la Metrópoli para establecer un Gobierno 
autonómico y atraer á los separatistas y á los demócratas peninsulares. 
Pronto debió comprender que los amigos del Gobierno que de acuerdo 
con los cubanos de Madrid, pensaban llegar á una solución pacífica, 
sólo constituían una minoría insignificante y por consiguiente en Cuba 
no había sino españoles y enemigos de España. Las pocas personas 
afiliadas en los partidos peninsulares más avanzados que ocupaban en 
la Isla destinos de importancia y los aspirantes que presentados por 
algunos señores que con él habían venido, le visitaron y le hablaron de 
los asuntos políticos, debieron dejarle poco satisfecho. Los demócratas 



que intentaron hacer una manifestación, desistieron de su propósito, 
convencidos sin duda de que sólo conseguirían |K)nerse en ridículo ante 
un miembro del Gobierno Republicano. Entonces debió comprender 
la falsa situación en que se encontraba y las dificultades que habría de 
encontrar |>ara llevar á cabo los proyectos, cuya ejecución el Poder 
Ejecutivo de la República le había encomendado. 

Nadie ignoraba que la llegada á la Isla de Cuba del Sr. Ministro 
de Ultramar, obedecía á un plan político. Los separatistas se burlaban 
del Gobierno de la República y declaraban que nada querían con 
España. Los leales honraban y obsequiaban al representante del Poder 
Supremo de la Nación, sin i)edirle explicaciones, ni dirigirle preguntas 
esperando que dictara sus disposiciones. El Gobernador General ¡jor 
su parte nada decía al público, y los funcionarios que habían llegado 
con el Sr. Ministro trabajaban en sus respectivas oficinas. Algunos de 
aquellos funcionarios eran conocidos en la Habana, según se ha dicho 
y no muy queridos de los leales. Pero aquellos primeros días se pasaron 
en rece|>ciones, paradas y convites. 

Por fin en la Gaceta de la Habana, con fecha del 26 de Noviembre, 
se publicó una orden del Sr. Ministro de Ultramar, mandando 
desembargar los bienes de los ciudadanos extrangeros y darles posesión 
de los mismos. Como oportunamente decía una Rernsta Quincenal 
del 30 del mismo mes, aquella orden había sido antes comunicada al 
General Piel tai n y no se había publicado. 

<r La estancia en la Habana del Sr. Ministro de Ultramar, añadía 
la Revista ha sido motivo para que se haya dado á luz y ¿ porqué no 
hemos de decirlo ? Ha causado muy mala impresión entre los leales. 
T^a Constancia se ha ocupado del decreto en los siguientes acertadísimos 
términos: » Suponemos que la posesión de los bienes se dará á los 
apoderados, porque los ciudadanos extrangeros como Embil, Angarica, 
Fernández Criado y otros no han de venir |)ersonalmente á recibirlos 
y reclamar los consiguientes daños y i)erjuicios. Suponemos también 
que los Tribunales verán si se puede evitar que sean considerados como 
ciudadanos extrangeros para reclamar los bienes que les fueron 
embargados, y además daños y perjuicios los Aldamas, Bramosío, 
Mestre, Echevarría y otros de la misma clase. » 

La misma Revista terminaba la reseña diciendo que como todos 
los españoles leales de la Isla de Cuba, abrigaba la firme convicción de 
que aquellos á quienes habían de devolverse los bienes probarían su 
extrangería de una manera clara y concreta, y que serían excluidos de 
tanta clemencia los condenados á muerte por los Tribunales por sus 
delitos de traición y rebeldía contra la patria en que nacieron. Aquí 
debió reconocer el Sr. Soler y PJá, el escaso talento de Castelar y de 
los demás Ministros que le habían comprometido á pasar á la Isla de 



1 



/ 



— 309 — 

^uba. ¿ Eran tales ciudadanos extrangeros los que reclamaban como 

^^íes los bienes que les habian embargado las autoridades de la Isla ? 

^^m suponiendo que hubiesen sido declarados con todas las formas 

'^gales ciudadanos naturalizados por el (iobierno de una Nación 

^•^írangera ¿ podía éste pedir al (Gobierno de España la devolucción de 

'OS bienes que en el país de su nacimiento se les hubieran embargado 

Poí* haber cometido en él delitos de infidencia? Bien sabían los 

Ministros anglo-americanos lo que muchos hijos de Cuba estaban 

«ar iendo desde que estalló la insurrección: bien conocida tenían la 

'^g"í.slación internacional y las prácticas que se seguían en todos los 

países en estas cuestiones, pero cediendo á influencias de hombres 

^^í ticos apoyaban reclamaciones absurdas, como lo han hecho en las 

^Publicas anglo-americanas no pocas veces; pero con menos fortuna 

Que en España, porque nuestros Gobiernos llevaron su debilidad mucho 

^*^ allá que los del vecino continente. 

. ^ -La. Junta de la Deuda era la que tenía á su cargo el examen de 

.,^^ Podientes que presentaban las personas procedentes de la emigra - 

^ ^ del campo enemigo pidiendo el desembargo y devolución de 

jj ;^^^*^«s. Al efecto aquella y//«/<; desde su creación tenía ordenado 



. c> de proceder. Los emigrados y los insurrectos pres^entados lo 

^^^'^Ti, se conformaban con aquellos procedimientos y cuando lo 

^^^ ^dían estaba ajustado á la ley conseguían lo que solicitaban del 
^QÍ)ierno General previo informe de Xz. Junta, Los emigrados y los 
insurrectos estaban divididos para los efectos de la ley de embargos en 
tres clases. Pertenecían á la primera los jefes de la insurrección; los 
individuos de la Junta Cubana de Nueva York; los titulados agentes de 
la República Cubana en el extrangero, y los que organizaban y condu- 
cían expediciones filibusteras á las costas de Cuba. Como se puede 
suponer, hasta entonces ninguno de los cubanos pertenecientes á estas 
clases que tenían bienes embargados se había presentado pidiendo su 
devolución al Gobierno de la Isla. Sin embargo, las mugeres de al- 
gunos habian pedido la i)arte de los bienes que les pertenecían, como 
muchos acreedores, quizás no todos verdaderos que presentaban docu- 
n\entos que acreditaban que habían prestado cantidades sobre las fincas 
embargadas antes de publicarse los decretos del General Dulce. A to- 
dos por lo general se les concedía lo que solicitaban. 

Pero es el caso que, para los efectos del decreto del Gobierno que 
no se había publicado cuando se recibió por telégrafo durante el man- 
do del General Pieltaín, y que apareció como se ha dicho, en la Ga- 
ceta el día 26 de Noviembre, se pasó oficio á la dicha Junta de la 
Deuda á fin de que despachara cuanto antes los expedientes de treinta 
y tantas personas, cuyos nombres acompañaba la lista comprendidos 
según decía el oficio en el decreto. La Junta por unanimidad resolvió 



contestar que el Gobierno podía devolver los bienes á las personas de- 
signadas y á cuantas tuviera por conveniente conceder la misma gracia; 
pero que desde aquel momento la Junta de la Deuda se consideraba 
relevada de su cargo hononfíco^ puesto que sus individuos no podian 
ni debían intervenir en lo que se quería resolver gubernativamente. 
Después de varias contestaciones y de haberse pasado telegramas á 
Madrid, la funta de ¡a Deuda, fué convocada á reunión extraordinaria 
presidida por el Sr. Ministro de Ultramar y el Gobernador General de 
la Isla. 

Fácilmente se comprenderá la situación en que se encontraron co- 
locados los doce individuos que constituían \2i Junta de la Deuda hom- 
bres de fortuna (menos uno) que desempeñando gratuitamente sus car- 
gos en tan difíciles circunstancias, y cuando poco antes se habían visto 
atacados, según se ha dicho en otro capítulo por no haber querido in- 
tervenir en la venta de los bienes embargados á los infidentes. Pero 
es el caso que ya no se debía pensar en lo que se había decretado en la 
Isla y que el Gobierno de Madrid había desaprobado: tanpoco debía 
tenerse en cuenta si la Junta había procedido conforme con lo que or- 
denaban los decretos vigentes sobre embargos y desembargos de bienes 
de infidentes. Tampoco se debían ya tratar de si se devolvían ó nó á 
las personas indicadas los bienes de que se había incautado el Gobier- 
no cuando eran españoles y rebeldes declarados y se presentaban recla- 
mando como ciudadanos extrangeros: era necesario tratar de los em- 
bargos y desembargos en general, de la situación del país, de los esj^a- 
ñoles de Cuba que habían tomado carta de ciudadanía en el extrangero 
después de haber trabajado en favor de la independencia de Cuba, y 
de las reclamaciones del Gobierno de los Estados Unidos. De todo 
esto debía tratarse en aquella reunión de lo. Junta de la Deuda presidi- 
da por el Sr. Ministro de Ultramar y el Gobernador General de la 
Isla. Y es necesario dejar aquí consignado que lo mismo el Sr. Soler 
y Plá que el General Jovellar manifestaron vivos deseos de conocer con 
todos sus detalles los antecedentes de tan delicados asuntos, y de que 
los señores de la Junta, todos tan competentes para tratarlos, expusie- 
ron sus opiniones con toda libertad acerca de lo que debía hacerse. 

El Sr. Cancio Villamil, Intendente General de Hacienda y Presi- 
dente de la Junta de la Deuda expuso en un discurso tan elocuente 
como bien razonado, el espíritu de la ley en virtud de la cual se em- 
bargaron los bienes á los infidentes; las disposiciones que se habían to- 
mado desde que el General Dulce en Abril de 1869 había dictado 
aquella sabia y oportuna medida; las ventajas que había producido, 
proporcionando recursos al Tesoro y privando de ellos á los enemigos. 
Explicó en seguida las distintas medidas que se habían tomado para 
mejorar la administración de los bienes embargados, y lo que de ellos 



— ^11 — 



^ había sacado para sostener á los presentados que se establecían en 
*os poblados, contando con las raciones que les daba el Gobierno has- 
^^ ^ue podían vivir por su cuenta ó alistarse como guerrilleros. Mu- 
^has y muy sólidas razones expuso el Sr. Cancio Villamil contra los 
proyectos del Gobierno que privaban al Tesoro de recursos y aumen- 
^oan los del enemigo. La conclusión d^l Sr. Intendente fué que no 
^^^íb. modificarse el sistema establecido hasta conseguir la completa 
i^cificación de la Isla; y que una vez asegurada la paz habría llegado 
^ ¿ora de decretar una amnistía general y devolver los bienes embar- 
cados á los infidentes en el estado en que se encontraran á la fecha de 
ios decretos. 

El Sr. D. Apolinar del Rato, distinguido jurisconsulto y Vocal 
^^íite de la Junta de la Deuda expuso la manera como esta Corpo- 
"'on habia procedido en el desempeño de sus delicadas funciones; 
*^ examinaba los expedientes que se le pasaban; de qué manera 
^i^ba los documentos que contenían y la satisfacción con que 
^^j^ban que fuesen devueltos los bienes á todas aquellas personas 
^ ^1 estallar la insurrección se habían hecho sospechosas ó habían 

CQ >^l\^o actos de infidencia, se habían presentado ó regresado de la 
^jSCV^'^ación dispuestas á permanecer tranquilas en sus hogares. Dijo 
que se habían devuelto los bienes á personas allegadas á infidentes 
comprendidos en la primera categoría, siempre que habían probado 
que los bienes embargados pertenecían á sus mujeres ó á sus hijos; 
exigiéndoles únicamente que fijasen su residencia en la Isla. Manifes- 
tó que para proceder como las órdenes é instrucciones vigentes marca- 
ban era necesario hacer un detenido estudio de los documentos, y con- 
cluyó el Sr. Rato sentando que, si como había dicho el Sr. Intendente 
el Gobierno decretaba la devolución de los bienes que tenía por con- 
veniente ya de hecho nada tenía que hacer \^ Junta de la Deuda. 

Debiéndose tener en cuenta cómo se había efectuado en Cuba el 
embargo de los bienes de los infidentes, de las doctrinas que seguían 
los gobiernos en materia de confiscaciones de bienes, y de las recla- 
maciones del Gobierno de los Estados Unidos acerca de los bienes 
embargados á los ciudadanos naturalizados, pidió la palabra el Sr. don 
Gil Gelpí y Ferro y explicó de qué manera los senadores y diputados 
más eminentes de la República Anglo americana, al estallar la guerra 
entre los Estados del Sur y los del Norte habían demostrado en el 
Congreso el perfecto derecho que tienen los gobiernos democráticos 
para confiscar y vender los bienes de los que conspiran ó se rebelan 
contra la Patria. Refirió como los gobernantes y los jefes militares 
de los Estados Unidos desde 1861 hasta 1865 habían puesto en prácti- 
ca las leyes de confiscación más severas y cómo se habían desentendido 
de las reclamaciones de los gobiernos extrangeros. Recordó los trá- 

48 



— 312 — 

mites que debían seguir y los juramentos que tenían que prestar los 
extrangeros en el territorio de la República anglo americana para con- 
servar las propiedades y trasladarse de un puntó á otro durante la gue- 
rra, lamentó la condescendencia de los gobiernos de la Metrópoli, 
que no hablan sabido sacar partido de estos y otros antecedentes y no 
hubiesen arreglado su conducta á la de los distinguidos y enérgicos 
hombres de Estado anglo americanos que nunca cedieron á las preten 
siones de los extrangeros, ni aun cuando sus orgullosos enemigos del 
Sur con sus poderosos ejércitos estaban á poca distancia del Capitolio 
de Washington. El Sr. Gelpí concluyó manifestando que nunca un 
Gobierno espafíol debió haber reconocido como ciudadanos anglo- 
americanos á los laborantes cubanos ni las reclamaciones que en su fa- 
vor se habían hecho. 

Desde aquel dia el Sr. Ministro de Ultramar y las personas que 
le acompañaban comprendieron la falsa situación en que se encontra- 
ba. La Jtinia de la Deuda había declarado, por unanimidad, que 
sin infringir los decretos en virtud de los cuales había sido creada y 
sin faltar sus individuos á los más sagrados deberes de conciencia no 
se podía acceder á lo que el Gobierno exigía. El Sr. Presidente y los 
dos Vocales de la Junta que hablaron en nombre de sus compañeros 
debieron dejar convencido al Sr. Ministro de la imposibilidad de lle- 
var á cabo el plan del Gobierno sin declarar disuelta antes aquella Cor- 
poración que tan buenos servicios había prestado y que conocía la situa- 
ción de Cuba mejor que el Gobierno de la República de corta pero 
triste historia y que quizá había dictado tan desacertadas disposiciones 
bajo la influencia de los enemigos de España que en Madrid trabajaban 
con habilidad en favor de la inde|)endencia de Cuba. 

Con los graves acontecimientos de la Metrópoli, de los que va- 
mos á dar cuenta en el siguiente capítulo quedaron sin efecto los pro- 
yectos del Gobierno, Por otra parte las reclamaciones del Gobierno 
anglo americano y las notas que se pasaban con motivo de la captura 
del vapor pirata y castigo de los filibusteros, quitaron en parte el inte- 
rés que á la llegada del Sr. Ministro de Ultramar tenía en Cuba la 
cuestión de los bienes embargados. 

El Sr. Soler y Plá con una prudencia y cordura superiores á su 
edad, supo captarse las simp>atías de los buenos españoles en aquellas 
difíciles circunstancias: al embarcarse para la Madre Patria, las Auto- 
ridades, los jefes y oficiales de los cuerpos de Voluntarios, los escrito- 
res públicos y las personas más distinguidas de la Habana fueron á 
acompañarle y despedirle con toda la consideración y respeto que se 
merecía. 

FIN DE LA PARTE PRIMERA. 



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Gil Gelpí y Ferro. 



SEGUNDA PAKTB. 



HABANA. 

tipografía de la «gaceta oficial», teniente rey, 23. 

1889. 







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DE LA 



REVOLUCIÓN Y GUERRjl DE CUBJl, 



HISTOBMi 



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Gil Gelpi y Ferro. 



♦ >^ 



Cuando se reflexiona sobre los ríos de sangre 
y de lágrimas que cuestan á la humanidad algunos 
errores, que hubieran podido destruirse con facilidad, 
antes de haber adquirido crédito, uno se pregunta 
si el que conoce la verdad tiene el derecho de ca- 
llarse, y si no delxí tener siempre valor para decirla. 

Letires á Mr. IJ Abite de Pradt^ par un imii- 
í^^t'fie de L^ Ameriqíte du Sttd. — Paris, l8l8. 



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■^P.-^ 



Tipogrraña de la GACETA OFIOIAL, Teniente Rey, 23. 



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SEGUNDA PARTE. 




CAPITULO PRIMERO. 



Jnra de D. Amadeo de Saboya en la Isla de Onba.— Oompleta sumisión 
de los leales á los poderes públicos de la Metrópoli.— Confianza en 
el Conde de Valmaseda.— Sus amigos oficiosos.— Progresos mate- 
riales.— Espíritu de empresa desarrollándose.— Fin de la guerra 
franco prusiana.— Desgracias de la Francia.— Aumentan la pro- 
ducción y el consumo.— Continúan las operaciones militares con 
buena fortuna.— Especuladores.— Pacificación de las Villas.- Pre- 
sentaciones y nuevos poblados.— Prolongación de la vía férrea del 
Júcaro.— Acciones en el Centro y Oriente.— Alarma infundada: 
amenaza de expedición filibustera.— lias presentaciones.— Cam- 
bios de residencia de trabajadores y de familias. 



Habiéndose recibido en la Isla de Cuba la noticia oñcial de la 
proclamación de D. Amadeo de Saboya, como Rey Constitucional de 
España y la correspondiente orden para proceder á la proclamación y 
jura del nuevo soberano, en todas las poblaciones de las Antillas Espa- 
ñolas, las autoridades y el pueblo leal, como los institutos armados, 
dispuestos siempre á obedecer y acatar las órdenes y disposiciones de 
los poderes públicos de la Metrópoli, se fijó día para la solemne pro- 



— 8 — 

clamación y jura del Rey elegido por las Cortes. Sabiendo que en las 
Antillas no debía tratarse más que de la conservación de la Naciona- 
lidady lo mismo se prestaban de buena voluntad á jurar el nuevo mo- 
narca los defensores todos de la bandera de la Patria, insulares y pe- 
ninsulares, monárquicos constitucionales, republicanos demócratas y 
carlistas absolutistas. Persuadidos estaban todos de que no era en las 
provincias ultramarinas donde cada partido debía defender sus ideales 
respectivos, y que por consiguiente, los que deseaban pelear contra el 
régimen establecido debían trasladarse á la Península. 

Teniendo todos los leales la más completa confianza en el Con- 
de de Valmaseda, que desempeñaba interinamente el mando Superior 
Político y Militar de la Isla; aunque los hombres sensatos dudaban 
de la estabilidad del nuevo régimen, hasta cierto punto, se daban por 
satisfechos, puesto que se ganaba tiempo, se podía continuar la perse- 
cución de los insurrectos hasta conseguir la completa pacificación de 
la Isla y hacer los preparativos necesarios para conjurar futuros peli- 
gros. Los optimistas que daban poca importancia á los insurrectos 
que aún permanecían con las armas en la mano, suponían que sentado 
ya en el trono de España un príncipe de una dinastía como la de Sa- 
boya, que tan hábiles políticos é ilustres militares ha producido, se po- 
día dar por asegurada la tranquilidad en la Metrópoli y pacificada la 
grande Antilla. Los que no participaban de esta confianza decían á 
los leales que debían estar prevenidos por si acaso subían al poder lo> 
demócratas radicales, dispuestos á sacrificar las colonias por salvar los 
principios ó cumplir con los compromisos de partido. 

El domingo 12 de Marzo de 187 1, se verificó la jura del Rey 
Amadeo en la Habana y en las demás poblaciones de la Isla, sin faltar 
en nada á lo que para tales actos las leyes y las ordenanzas prescriben. 
Nadie procedió con doble intención: « Nosotros, dicía un escritor, 
fieles observadores de las leyes y defensores acérrimos de las autorida* 
des, acatamos cuanto disponga la Madre Patria, y asistimos con placer 
al solemne acto militar en que prestaron su juramento de defender al 
Rey> los generales, jefes, oficiales, soldados y voluntarios que actual- 
mente se encuentran en la capital de la Isla. » 

Unos quince mil hombres de todas armas, soldados, voluntarios, 
milicianos blancos y de color y Bomberos, concurrieron al acto: el 
Excmo. Sr. Gobernador Superior y Capitán General, Conde de Val- 
maseda, acompañado de un brillante Estado Mayor, tomó el juramento 
prescripto á los distintos batallones, escuadrones y compañías sueltas, 
que formaban la gran línea de parada desde frente al Teatro de Tacón 
por el Parque de Isabel la Católica, Campo de Marte, Calzada de la 
Reina, Paseo de Carlos III hasta las faldas del Castillo del Príncipe. 
Colocándose después el Conde con su Estado Mayor frente del Tea- 



tro de Tacón, desfilaron aquellos bien organizados cuerpos con admi- 
rable precisión, victoreando á España, al Rey y al Capitán General de 
la Isla. Ante aquella manifestación ¿qué podía importar lo que es- 
cribían, en Madrid y en el extranjero, los enemigos de España? 

El Conde de Valmaseda, que á no dudarlo había prestado grandes 
servicios á la Patria, tenia muchos amigos que trabajaban para que se 
le confiriera en propiedad el cargo de Gobernador Superior y Capitán 
General, que desempeñaba interinamente. Acreedor era el Conde á 
tal distinción; pero sus oficiosos amigos pintaban con colores demasia- 
do brillantes la situación de la Isla. Sin embargo, como las exagera- 
ciones de los optimistas producían su efecto y como todos e^^peraban 
que el Conde de Valmaseda sería al fin nombrado Capitán General en 
propiedad, la confianza en el porvenir era completa. Los negocios 
mercantiles se aumentaban más cada día, apesar de repetirse las emi- 
siones de Billetes del Banco, el premio del oro no aumentaba y había 
dinero para todo. Se reparaban los daños causados en las fincas, se 
desmontaban tierras y se encargaban máquinas y aparatos de las últi- 
mas invenciones para montar en los antiguos y en los nuevos ingenios, 
generalizándose por entonces las centrífugas y el triple efecto que an- 
tes pocos ingenios poseían y se prolongaban las vías férreas; de suerte 
que al principiar el año 1871, con la actividad que imprimía al comer- 
cio exterior y al tráfico interior el consumo de toda clase de efectos 
que hacía el ejército; con el aumento de papel en circulación, con los 
buenos precios que obtenían los azucares y con las buenas zafras, se 
seguía rápidamente aumentando y mejorando los medios de produc- 
ción y de transporte. Por su parte el Estado reparaba todas las líneas 
telegráficas que en los años anteriores se habían destruido y se estable- 
cían otras nuevas. En la Habana y en otras poblaciones de la Isla se 
construían magníficos edificios por cuenta de particulares, y hasta los 
municipios gastaban más que antes en el ornato público. Las magní- 
ficas casas levantadas en los terrenos de las antiguas murallas de la 
Habana, se empezaron á construir por aquella época. En vista de estos 
hechos, es fácil comprender, como los escritores que aconsejaban la 
prudencia y manifestaban ciertos temores, respecto al porvenir, fuesen 
calificados de pesimistas. 

Las sociedades humanas, además de las condiciones generales co- 
rrespondientes á su estado de civilización, riqueza y cultura, tienen 
siempre otros especiales que constituyen su carácter y su modo de ser 
particular, resultado de su origen y costumbres y de las ideas que entre 
las clases más numerosas predominan. Los pueblos mercantiles, y en 
particular los de América, que tan rápidos progresos han hecho en 
distintas épocas, y en los que con tanta facilidad se levantan capitales, 
después de algunos reveses, se figuran siempre que terminado un pe- 



— lO — 



ríodo malo ha de venir otro mejor que todos los anteriores; el pueblo 
español de la Isla de Cuba, que en el último medio siglo, había visto 
aumentar tan rápidamente la producción y la riqueza, al dar la guerra 
por terminada, esperaba un largo período de paz y de progreso. Su- 
ponían los optimistas que la cuestión social con la Ley Moret ya pro- 
mulgada, se resolvería definitivamente; y contaban que al paso, que en 
virtud de ella, los esclavos se fueran emancipando, se aumentarían por 
distintos medios los trabajadores libres que necesitaban la agricultura y 
la industria para continuar desarrollándose, por lo menos, en la misma 
proporción con que aumentaban sus productos en los años que prece- 
dieron á la insurrección que acababa de ser vencida. Se tenía gran con- 
fianza en los resultados de la inmigración blanca, porque hacía años 
que así lo aseguraban los admiradores de las instituciones anglo ame- 
ricanas que se desentendían de las condiciones del suelo y del clima, y 
que no querían parar la atención en lo que estaba pxsando en las veci ■ 
ñas islas. 

El telégrafo anunció á los habitantes de la Isla de Cuba la paz ce- 
lebraba entre Francia y Alemania. FA día 12 de Mayo se había firma- 
do y la Asamblea Nacional había ratificado el tratado votando en pro 
440 diputados y 98 en contra, triunfando, por consiguiente, el Gobierno, 
que estaba resuelto á poner fin á la guerra. Después de una lucha tan 
sangrienta como desgraciada con sus poderosos enemigos; después de 
los desórdenes de la Comunc^ por duras que fuesen las condiciones im- 
puestas por el vencedor á los franceses, éstos, en su inmensa mayoría, 
agradecían á Mr. Thiers y á sus amigos y compañeros, sus trabajos: los 
hombres de corazón, si no estaban satisfechos, al menos se consideraban 
libres de mayores peligros. Los españoles de Cuba celebraron la ter- 
minación de tan desastrosa guerra entre dos grandes naciones, con las 
cuales tenía importantísimos negocios mercantiles, y que habían estado 
paralizados durante la lucha. Además, harto sabían que en el caso de 
haberse prolongado ésta, al fin habrían tenido que tomar parte en ella 
otras naciones, lo que hubiera i>erturbado más los negocios mercanti- 
les; y una vez ajustada la paz, se hicieron grandes pedidos á Francia y 
Alemania de artículos de aquellas procedencias que escaseaban mucho 
en los mercados de Cuba y esto dio mayor vida al comercio. 

No tardaron los leales de la Isla en recibir noticias de la Metrópo- 
li menos satisfactorias, como luego veremos; pero por de pronto no 
dieron mucha importancia á los trabajos de los partidarios de la Inter- 
nacional ^ sociedad cosmopolita, demoledora y relacionada con las de 
igual clase de otras naciones. Muchos republicanos radicales habían 



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condenado con energía las doctrinas y los proyectos de la InUrnacio- 
nal, pero esto no impidió los progresos de la asociación que hizo pro- 
sélitos numerosos en Madrid y en las provincias, justamente porque 
mientras algunos republicanos radicales se pronunciaban contra ella, 
otros la defendían en las Cortes y en la prensa. Como hemos de dar 
cuenta luego de les acontecimientos de la Metrópoli, que tanto debían 
influir en la suerte de Culta, nos limitaremos por ahora á decir que al 
principiar el afio de 1871, los esiwfioles leales de la Isla se considera- 
ban afortunados bajo todos conceptos. Los negocios habían mejorado; 
había confianza en el porvenir, y se esperaba que el Conde d'i Valma- 
seda en los meses que restaban de buen tiempo, con las fuerzas de (juc 
l>od¡a disponer, con la libertad de acción que tenía como Gobernador 
y Capitán General, con el conocimiento del terreno y de los jefes de 
las columnas, con cuya cooperación podía contar, acabaría con los 
restos de la insurrección de la Grande Antilla. 



Se ha visto ya cuan adelantada estaba la imcificación de la Isla al 
terminar el año de 1870. Kn el vasto y rico territorio de las Cinco 
Villas solo quedaban algunas pequeñas partidas que apenas se atrevían 
ú salir de los montes. En los departamentos Central y Oriental, don- 
de tan pujante había estado la rebelión quince meses antes, no tenían 
sua jefes un punto donde descansar tranquilos. Hasta los llamados 
poderes públicos de la República Cubana, se velan obligados á irashu- 
wrtr constantemente pernoctando á la intemperie muchas veces á fin de 
no ser sorprendidos por las columnas que les perseguían constantemen- 
te por aquellos despoblados montes. El Conde de Valmaseda conti- 
nuaba la obra de su antecesor, conociendo bien el modo que tenían los 
cabecillas de hacer la guerra. Sabia el Conde que algunos caudillosde 
los insurrectos estaban resueltos á continuar la lucha hasta el último ex- 
tremo, y no ignoraba que, divididos en ¡jequeñas partidas, siendo prác- 
ticos del terreno y contando con amigos y confidentes en las poblacio- 
nes y en los campos, su exterminio había de ser dificil. Sin embargo, 
el Conde esperaba conseguir su objeto, porque sabia lo que pasaba en 
los campamentos de los rebeldes. Estos tenían mujeres de color que 
cuidaban de los sembrados de maíz y boniatos, que criaban animales 
y aves y que les proporcionaban víveres. Cuando se aproximaba una 
columna al campamento, las mujeres y los hombres, con los animales y 
todo lo que podían recojer, pasaban A otro campamento de aquellos 
montes, por ocultos senderos, y así se salvaban fácilmente; pero cuando 
las columnas penetraban en aquellos camiíamentos abandonados, lo 
primero que llamaba la atención de oficíales y soldados era el grin nú- 



— 12 — 



mero de sepulturas" recien cerradas á corta distancia de los bohíos, en 
las que estaban enterrados los insurrectos blancos y de color que mo- 
rían de enfermedades y de resultas de las heridas recibidas en los- com- 
bates. Entre los rebeldes había un considerable número de negros y 
chinos que no eran idóneos para pelear, pero que trabajaban en las 
siembras, abrían senderos entre los montes vírgenes y enterraban log 
muertos. No pocos de éstos servían de espías á los cabecillas. 

El Conde de Valmaseda, sabía perfectamente que algunos especu- 
ladores vendían efectos á los negros y chinos que servían á los cabeci- 
llas, efectos de los que más necesitaban los insurrectos en los caraiDa- 
mentos. Algunos de los negociantes que compraban reses, cueros 
y efectos robados á los insurrectos y que les vendían artículos de 
distintas clases, fueron castigados como merecían; pero ¿cuántos nego- 
ciantes de esta clase se quedaron sin el merecido castigo? 

En el territorio de las Cinco Villas, el Brigadier Portillo, que 
había sido nombrado Comandante General de aquella demarcación, 
tomaba cuantas medidas juzgaba convenientes para asegurar la tranquili- 
dad y evitar las depredaciones de los bandoleros. « A las acertadas medi- 
das del Brigadier Portillo, á sus bien combinados planes, decía un 
periódico de Cienfuegos, á principios del mes de Febrero de 1871, se 
debe que las partidas que infestaban nuestros campos hayan sido des- 
truidas, peireciendo parte de los insurrectos en las bayonetas de nues- 
tros soldados y presentándose los otros muertos de necesidad.» Y es 
del caso observar que en las Villas, como en los departamentos Central 
y Oriental, los jefes de columna y las autoridades locales, recibían á 
cuantos insurrectos se presentaban, sin averiguar nada respecto á sus 
antecedentes y les proporcionaban los medios de trabajar en lugar 
seguro para que pudiesen atender á su subsistencia. Tomóse la me- 
dida de reunir los presentados con sus familias en los puntos que 
llamaron Poblados^ donde se establecioron pequeños destacamentos 
de tropa ó de voluntarios, (f Terminada está, pues, la insurrección 
de las Villas, decía el mismo escritor, y no quedan más que bandoleros 
en pequeñas partidas, como los ha habido siempre en más ó menos 
escala, las cuales irán cayendo en manos de la Guardia Civil, que se 
ocupa en su persecución activamente.» 

Razón tenía el escritor de Cienfuegos al expresarse en estos tér- 
minos: comprendiendo el Conde de Valmaseda cuanto importaba la 
conservación de los ricos y productivos territorios de las Villas, había 
puesto á disposición del Brigadier Portillo las fuerzas que se habían 
considerado necesarias para acabar con los enemigos. En los últimos 
meses de 1870, Portillo, tan activo como entendido, conocedor del 
terreno y teniendo buenos amigos en aquellas jurisdicciones, acabó de 
una vez con las correrías de los cabecillas que bajando de las sierras 



— 13 — 

alarmaban el país y cometían toda clase de depredaciones. Las parti- 
das capitaneadas por Cavada, Jesús del Sol y otros cabecillas naturales 
de aquellas jurisdicciones empezaron por dividirse y diseminarse, pre- 
sentándose enseguida casi toda la gente que formaban parte de ellas. 
Los individuos que no lo verificaron por ser más tenaces ó por haber 
cometido delitos comunes, se vieron obligados á correr hacia los de- 
partamentos del Centro y Oriente, incorporándose en las partidas que 
allí se sostenían. Muchos de los presentados se enganchaban como 
guerrilleros en las filas de los españoles, prestando muy buenos servi- 
cios en las columnas: un gran numero de ellos encontraron trabajo 
bien remunerado en los ingenios y en los poblados, y muchos se con- 
trataban para trabajar en las obras del ferrocarril de Cárdenas á Júca- 
ro, que se prolongaba hasta Santo Domingo, con el objeto de poner 
la Habana en comunicación directa, no tan sólo con la ciudad de San- 
ta Clara, sino con Sagua la Grande y Cienfuegos, dos importantes 
puertos situados el uno en la costa del Norte y el otro en la del Sur de 
la Isla. 

Siendo imposible dar cuenta detallada de todos los pequeños en- 
cuentros que tuvieron los soldados, voluntarios y guerrilleros con los 
rebeldes divididos en pequeñas partidas, nos limitaremos á referir los 
que tuvieron alguna importancia por las pérdidas que los enemigos 
sufrieron ó por las maniobras dispuestas por los cabecillas. 

En el Departamento Central las fuerzas españolas estaban dividi- 
das en seis columnas, destinadas á la línea de Guáimaro y Cascorro 
las que, según ya se ha dicho, con sus movimientos combinados, con- 
siguieron que se presentase mucha gente de todas razas y que Céspedes 
con su Gobierno y Cámaras abandonase el departamento por no con- 
siderarse seguro en sus montes. En los varios encuentros que dichas 
columnas tuvieron con el enemigo que se retiraba, hicieron prisioneros 
41 insurrectos, y entre ellos un titulado general, en cuya cartera se en- 
contraron importantes documentos que se remitieron al Superior Gobier- 
no. El Comandante General del Centro, Don Pedro Caro, salió de Puer- 
to Príncipe con todas las fuerzas disponibles, que divididas en pequeñas 
columnas penetraron hasta en los puntos donde los rebeldes se creían 
más seguros. El Brigadier Suances se distinguió mucho en aquellas 
operaciones. En uno de los campamentos de los montes nuestras 
tropas se apoderaron de una imprenta, que desde 1868 tenían los jefes 
del Camagüey para imprimir proclamas, noticias y documentos que 
sus partidarios repartían por toda la Isla. Los rebeldes no esperaban 
á los soldados, pero en una batida que duró cinco días, se encontraron 
varias veces entre dos columnas y los cabecillas de aquellas pequeñas 
partidas se vieron obligados á batirse. Así perdieron los rebeldes 43 
hombres que dejaron muertos en el campo. De los campamentos se 



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- 14 - 

sacaron i8o personas, que fueron conducidas á los poblados, donde 
habían soldados y voluntarios destacados, para que cultivasen la tierra 
de las inmediaciones. El Capitán Pando, con una pequeña columna 
de soldados y guerrilleros, dio alcance al cabecilla Reyes, destrozando 
por completo la partida, matándole 12 hombres y haciéndole 18 pri- 
sioneros. 

Al terminar el mes de Febrero las noticias que de toda la Isla se 
recibían en la Habana eran satisfatorias. Era general la creencia de 
que antes de la estación de las aguas, la lucha quedaría terminada. De 
repente cundió una noticia alarmante: se decía que pronto había de 
desembarcar una numerosa expedición de filibusteros en un punto de la 
costa que nadie indicaba, que se habían estado preparando los buques 
y los expedicionarios con gran sigilio en distintos puertos; que en un 
día dado debían reunirse en un punto poco distante del escojidopara 
efectuar el desembarco. Como sucede en tales casos, muchos de los 
optimistas que consideraban ya como terminada la pacificación de la 
Isla, fueron los que más se alarmaron. Los hombres de corazón pre- 
visores y perseverantes aprovecharon aquella alarma para insistir en 
que Lis autoridades no debían descuidarse ni los leales dormirse sobre 
los laureles conquistados. Los pacíficos hubitantes de Vuelta Abajo, 
que habían probado ya su resolución de perseguir y castigar á los que 
trataran de invadir sus ricas jurisdicciones, como lo hicieron con Arre- 
dondo y su partida, se prepararon para el caso de que las noticias fui- 
sen ciertas y de que los filibusteros tratasen de desembarcar en la parte 
Occidental de la Isla. Como los periódicos leales no podían discurrir 
con la debida libertad sobre las cuestiones de guerra, los amigos de los 
insurrectos á media voz difundían noticias y exponían proyectos que 
por necesidad habían de producir efecto, particularmente entre los 
presentados de las jurisdicciones de Cinco Villas y del Departamento 
del Centro. Se decía que el cabecilla Bartolomé Hernández, estaba 
reuniendo todas las partidas diseminadas por los montes, y que en el 
momento oportuno estaría con respetable fuerzas en las inmediaciones 
del punto señalado para el desembarco de los filibusteros para prote- 
gerlos é incorporarse con ellos. Poco á poco la alarma se fué disi¡xin- 
do, pero de lo que por entonces se dijo, los optimistas pudieron com- 
prender que los insurrectos continuaban recibiendo armas, municione.» 
y pertrechos de las islas vecinas en pequeñas embarcaciones que se 
sustraían á la vigilancia de los cruceros; y que por consiguiente, era 
necesario redoblar la vigilancia y activar la persecución de los rebeldes 
durante el tiempo que quedaba, antes de las lluvias y los calores. 

El Brigadier Fajardo, que mandaba los batallones del Orden y de 
Chiclana^ con algunas otras fuerzas, estableció dos grandes campamen- 
tos, en los que reunió á los presentados y á muchos campesinos que no 



querían verse expuestos á ser arrancados de sus casas por los cabecillas 
que deséala» aumentar sus partidas. El entendido Brigadit-r organÍKó 
los poblado-s con aquella gente y los soldados de los destacamentos y 
de las columnas, encontraron en adelante en ellos víveres, alojamiento 
y buenos amigos. «Como por encanto, decía un testigo ocular, los 
soldados construyeron fuertes y excelentes barracones, y en ellos se 
establecieron los presentados y los mismos soldados. En los dos 
campamentos pronto se contaron más de 1,500 personas. Los pre- 
sentados pidieron al Gobierno semillas para sembrar en las inmedia- 
ciones de los fuertes y caseríos. Como estaba todo previsto de antemano 
no tan solo se les proporcionaron las semillas que pedían, sino que, has- 
ta se les sefSaló socorro permanente y se les aseguró que solo se les sus- 
pendería cuando pudiesen realizar las cosechas. Todos los hombres en 
estado de llevar armas se organizaron en guerrillas y auxiliaron efi- 
cazmente á los soldados, siempre que se trató de rechazar á los insu- 
rrectos, a 

En los Departamentos Central y Orienta! fueron también muy 
numerosas las presentaciones. Pero es el caso, que si se exceptúa la 
jurisdicción de Guantánamo, donde las fincas liabian estado bien defen- 
didas y por consiguiente hablan recibido poco daño en sus máquinas, 
edificios y vias, en el resto de los departamentos del Centro y de Orien- 
te puede decirse que la producción y la riqueza habían de'japarecido por 
completo. En los grandes potreros 110 habían quedado animales: los tra- 
bajadores, por orden de sus antiguos amos los unos, y por cuenta propia 
los demás, habían abandonado aquellas ñucas, arreando vacas y caballos 
ó dejando el ganado abandonado, que en dos años consumieron y des- 
trozaron los insurrectos y las columnas españolas que pasaban ó acam- 
paban por aquellas fértiles y antes ricas Jurisdicciones. Muchos esclavos 
lacificos, desde los primeros meses de la insurrección, fueron trasladados 
por cuenta de sus amos á los ingenios de las Villas, y no pocos a 
Cie